3
Hoy Harry no acude a clase en toda la mañana.
Nada más que veo su silla vacía, me siento tan aliviada que casi me pongo a saltar. Si ha faltado, es porque está enfermo o ha decidido pasar el día en su cama, así que, con suerte, esta tarde no se presente en mi casa. Aun así, si lo hace, lo último a lo que estoy dispuesta es a dejarle entrar.
Las primeras horas se pasan demasiado lentas y aburridas. Mi cuaderno termina lleno de garabatos y dibujos y cuando toca el timbre, me falta tiempo para salir corriendo del aula.
Esta vez Paige tampoco aparece en la cafetería, así que vuelvo a sentarme sola en la mesa mientras observo a la gente de mi alrededor sin mucho interés. Algunos comen tranquilos, otros se dedican a hablar con la boca llena y el resto solo sabe hacer ruido y comportarse como auténticos niños de cinco años.
«Os odio a todos», pienso.
En las siguientes tres horas tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no quedarme dormida sobre el pupitre y atender a las explicaciones. Cuando en Historia el profesor me coge desprevenida y me pregunta sobre un suceso del que no tengo remota idea, me quedo en blanco y mis compañeros se ríen de mí. Noto cómo mis mejillas se encienden y me hundo ligeramente en el asiento.
Finalmente, el timbre se digna a sonar anunciando el fin de las clases, por lo que salgo rápidamente del aula y me abro paso entre la gente que se acumula en los pasillos, dirigiéndome a la salida. Contraigo el rostro en una mueca de dolor cuando alguien me pisa el pie y empujo educadamente a los que se interponen en mi camino para salir de aquí, agobiada. Suelto un suspiro de alivio cuando la brisa otoñal me roza la piel y me revuelve el pelo, y echo andar hacia el aparcamiento.
—¡Ally!
Me giro hacia la voz y veo a Paige corriendo hacia mí.
—Hola —digo, frunciendo los labios en una tímida sonrisa.
—Oye, Ally, yo... —Cambia el peso de una pierna a otra, nerviosa. La veo coger aire y me mira—. Siento haber estado así contigo. Estaba algo malhumorada y...
—No hace falta que te disculpes —sonrío, encogiéndome de hombros.
—Pero estuvo mal. No hiciste nada y yo...
—Paige —la interrumpo—. Está bien.
Ella baja la mirada, mordiéndose el labio. Suelto un suspiro y la abrazo. Paige me rodea con sus brazos y me estrecha con fuerza.
—La mejor forma de solucionar esto —digo, separándome de ella— es con una tarde de compras. ¿Mañana?
Mi amiga suelta una risa.
—Mañana —afirma.
Tras despedirnos, echo a andar hacia donde aparqué el coche esta mañana. Estoy contenta de haber solucionado las cosas con Paige. Tampoco es que me haya dejado suficientemente claro lo que le sucedía, pero lo importante es que volvemos a estar como antes.
Me paro en seco cuando estoy a unos metros de mi aparcamiento, intentando visualizar la escena que se lleva acabo frente a mi coche. Un chico está a horcajadas encima de otro, con la mano cerrada en un puño, mientras el que se encuentra tumbado en el asfalto le agarra por las muñecas. Sin embargo, el primero parece más fuerte y consigue asestarle el puñetazo. Oigo un grito de dolor y el chico de abajo se retuerce. Entonces, consigo verle la cara.
Tyler.
—¡Eh! —exclamo, empujando a los que se han agolpado alrededor—. ¡Tyler!
Consigo llegar justo cuando el chico vuelve a pegar a mi hermano y me lanzo contra él. Lo agarro por los hombros, mientras éste intenta zafarse de mí y me clava el codo el el estómago. Ahogo un quejido y tiro del joven, separándolo de mi hermano.
—Pero, ¡¿qué coño haces?! —me grita, furioso. Veo que un moratón está comenzando a aparecer en su pómulo izquierdo; Tyler también le ha pegado.
—¡No vuelvas a pegar a mi hermano! —grito, roja de ira.
Él me mira con una ceja levantada y suelta una risa desdeñosa. Baja la mirada a Tyler, que sigue tirado en el suelo.
—Así que necesitas que venga tu hermanita para salvarte el culo. Valiente imbécil —escupe.
—Déjale en paz —gruño. Me arde la cara.
Me recorre con la mirada de arriba a abajo y esboza una sonrisa concupiscente. Siento la rabia acumulándose en mi pecho y estoy a punto de pegarle una bofetada. No obstante, si lo hiciese, toda la culpa me la llevaría yo, dado que soy mayor que él. Me contengo y observo cómo se aleja. La gente de nuestro alrededor suelta una exclamación de disgusto y se disipa, dejándonos solos a mi hermano y a mí.
Me acerco a Tyler, furibunda, que está intentando incorporarse. Le agarro del brazo y lo levanto de un tirón.
—¡¿De qué vas?! —me chilla, llevándose la mano a la nariz. Rebusco en mi maleta y le tiendo un pañuelo para que se seque la sangre.
—Entra en el coche. ¡Ya! —grito, empujándolo hacia el vehículo.
Una vez que estamos dentro del coche, lo saco del aparcamiento y piso con fuerza el acelerador, provocando que las ruedas chirríen. Aprieto el volante con tanta fuerza que mis nudillos se vuelven blancos.
—¡¿Por qué lo has hecho?! —me suelta Tyler, claramente enfadado.
—¿Estás de broma? ¡Te estaba partiendo la cara! ¿Qué querías que hiciese?
—¡Te dije que dejaras de comportarte como si fueses mi madre! ¡Por tu culpa me has dejado como un imbécil que no sabe defenderse por sí solo!
—¡Tyler, por Dios! ¡Ese chico era el doble que tú! —digo—. ¡No habrías podido con él!
Se queda callado y vuelve la cara hacia la ventana. Le lanzo un par de miradas, preguntándome qué he dicho para que no me haya respondido. Le veo pasarse la mano por la mejilla y entonces sé que está llorando.
—¿Tyler? —pregunto, esta vez más tranquila—. Tyler.
—Déjame en paz —murmura. Su voz suena temblorosa.
—No. ¿Qué te ocurre?
Él sacude la cabeza y suspiro.
—Oye, sé que soy una hermana bastante plasta y que me paso el día con sermones, que podría ser más... divertida, y que a veces llego a ser insoportable. Qué diablos, ni siquiera yo me soporto —añado, poniendo los ojos en blanco—. Pero me importas, por eso he apartado a ese chico de ti, porque no soportaba ver cómo te hacía daño.
No responde, sino que se queda con la vista clavada en algún punto más allá del cristal de la ventanilla.
—Por eso —continúo—, como te conozco lo suficientemente bien para saber que te ocurre algo, me gustaría que confiaras en mí y... bueno, me contases lo que te hace estar así.
Le miro de reojo, esperando a que reaccione. Sin embargo, sigue sin mirarme. Me muerdo el interior de la mejilla, exasperada. He dicho todo lo que tenía que decir, y si él no quiere hablar, ya no puedo hacer nada más.
—Hay una chica.
Abro mucho los ojos y lo miro. Por fin aparta la vista del paisaje y clava sus ojos marrones en los míos.
—Me gusta desde el año pasado —explica, sorbiéndose la nariz—, pero para ella soy casi invisible. Sabes que no soy bueno disimulando, la miro mucho y siempre intento preguntarle cualquier cosa en clase. Creo que piensa que le estoy acosando, se lo ha dicho a su novio y... bueno, ya sabes.
—Ha ido a decirte que la dejases en paz, ¿me equivoco?
—No —suspira—. Hemos discutido y se nos ha ido de las manos.
—Ya veo.
Suelto un suspiro y giro el volante para doblar una esquina. Mi hermano está colado hasta las trancas por una chica, una chica cuyo novio es un imbécil que va pegando a todo aquel que se acerca a ella. ¿Qué debo aconsejarle? No quiero que vuelva a salir mal parado otra vez.
—¿Por qué no me lo has contado antes? —pregunto.
—Me daba vergüenza —reconoce—. Es la primera vez que me gusta una chica en serio.
—¿Y esa chica se merece que por ella ahora tengas un moratón en la mejilla y la nariz medio rota?
Él se muerde el labio y sacude la cabeza.
—No lo sé.
Tuerzo la boca y cojo aire. Llegamos a nuestra casa y aparco el coche frente a ella. Rebusco en mi mochila para encontrar las llaves y las introduzo en la cerradura, abro la puerta y ambos entramos. Suelto la mochila en un rincón de la entrada y me dirijo hacia la cocina mientras Tyler comienza a subir las escaleras.
—Ally —me llama. Me giro y lo miro. Está de pie sobre el primer escalón, aún con el rostro algo hinchado.
—¿Sí?
—No le cuentes nada a mamá.
Suspiro.
—Tranquilo.
Él asiente y me quedo observándolo mientras continúa subiendo las escaleras. Sacudo la cabeza y entro en la cocina.
-
Cierro el libro de Historia de un golpe y apoyo la espalda en la silla, resignada. Tengo la cabeza tan llena de fechas, guerras, sucesos y nombres de personajes históricos, que tengo la sensación de que, como siga estudiando, me va a explotar.
Guardo el libro en mi mochila y salgo de mi habitación. Me acerco al cuarto de mi hermano y llamo a la puerta.
—¡Pasa! —le escucho decir.
Lo encuentro tumbado en la cama, leyendo un cómic. Sé que debería estar estudiando, pero como no quiero volver a discutir con él, lo dejo pasar.
—¿Qué pasa? —pregunta, apartándose el cómic del rostro y mirándome.
—Vengo a ver cómo estás. —Me siento a su lado y le cojo la cara entre mis manos. Le paso el dedo por el moratón y suelta un quejido—. Te duele, ¿verdad?
No responde, pero sé que es así. Tiene una herida en uno de los orificios de la nariz, pero por el resto, no parece tenerla rota.
—¿Cómo pretendes ocultarle a mamá las heridas?
Tyler se encoge de hombros.
—Ya se me ocurrirá algo —responde, retornando la lectura de su cómic.
Me quedo observándolo durante unos segundos. Tyler siempre ha sido impulsivo, pero nunca se me había pasado por la cabeza que sería capaz de pegarse a puñetazo limpio con un chico como aquel. ¿Tan fuerte es lo que siente por esa chica como para que ésta llegue a influir sobre su personalidad?
Decido dejar a mi hermano tranquilo, así que salgo de nuevo al descansillo. Bajo las escaleras, entro en la cocina y rebusco entre los armarios algo de comer. Encuentro un paquete de patatas fritas, así que lo cojo. Después de sacar una coca-cola del frigorífico, voy hasta el salón y me dejo caer en el sofá con un suspiro. Estiro el brazo para coger el mando y enciendo la televisión. Zapeo un poco, pero como no encuentro nada interesante, termino dejando la primera película que encuentro, una de hace bastantes años que tiene pinta de ser un auténtico tostón. Pocos minutos después, acabo dejando de echarle cuenta y me pongo a pensar en mis cosas, comiendo patatas fritas de vez en cuando.
Me paso el resto de la hora así, haciendo absolutamente nada más que estar tirada en el sofá. Recibo un mensaje de mi madre preguntándome cómo estamos y avisándonos de que llegará para la cena.
Mi madre es congresista, así que se pasa la mayor parte del tiempo trabajando. También viaja mucho, por lo que en mi casa suelo hacer más de madre que de hija. Solo consigo llevar una vida relativamente normal cuando Tyler y yo nos vamos con mi padre, que es periodista. Es bastante bueno; siempre he sido la primera en leer los artículos que escribe, y sé que, si no fuera por él, el periódico para el que trabaja no conseguiría ni la mitad de sus actuales ventas.
Estoy a punto de quedarme dormida sobre el sofá cuando suena el timbre. Gruño y me incorporo lentamente, tan adormilada que termino golpeándome en la espinilla con la mesita de café. Suelto un taco y me dirijo al recibidor cojeando. Abro la puerta y me encuentro con unos ojos verdes y una sonrisa socarrona.
—Pero, ¿qué...? —digo, con el ceño fruncido—. ¿Qué demonios haces aquí, Harry?
—Seis y media en tu casa, ¿recuerdas? —Sacude la cabeza y entra en el interior sin permiso alguno, cargado con cartulinas y bolsas.
—De lo único que me acuerdo es que te dije que no pensaba hacer el trabajo contigo —respondo, volviéndome hacia él y cruzándome de brazos—. Y para tu información, no he cambiado de opinión.
Observo cómo se tropieza con el filo de la alfombra y se le caen las cartulinas al suelo. Suelta una maldición y se agacha para recoger las cosas, agarrándose el borde de los vaqueros oscuros por detrás para evitar que se le bajen.
—Oye, ¿te importaría dejar de mirarme el culo y ayudarme?
—Tengo mejores gustos —respondo, apretando los labios en una sonrisa fingida, y me agacho a su lado para recoger las cartulinas.
Nos incorporamos y le tiendo las cosas. Harry las coge como puede y comienza a caminar hacia el salón. Maldita sea, ¿de verdad aún recuerda mi casa?
—Eh, eh —le detengo agarrándole por la camiseta. Él se para en seco con un gesto exagerado y se vuelve hacia mí—. No te he dicho que sí.
—Vamos, miss América, ¿con quién harías el trabajo entonces? ¿Sola?
Frunzo el ceño, molesta porque haya dicho justo lo que estaba pensando hacer.
—Estoy dispuesta a hacerlo sola si con ello no tengo que estar contigo.
—Uf... creo que con eso debería sentirme ofendido. —Sacude la cabeza—. Bueno, ¿vamos o qué?
Expulso todo el aire que contiene mis pulmones. Estoy comenzando a perder la paciencia. ¿Por qué no le entra en la cabeza que no estoy dispuesta a pasar ni un solo segundo junto a él?
—Harry —le aviso—, vete.
—Mira, prometo comportarme adecuadamente, ¿vale? —dice—. Venga, ni que fuera un violador.
—No, pero sí un gilipollas.
—¿Has asistido a algún curso de cómo hacer sentir mal a la gente? Porque, vaya, seguro que aprobaste. Dame una oportunidad, miss América.
—Deja de llamarme así —gruño.
Harry pone los ojos en blanco.
—De acuerdo, Allison. Qué, ¿me la das?
Me quedo mirándole durante unos segundos. Mi lógica me dice que no, que cuanto más alejada me encuentre de él, mejor. No obstante, una pequeña parte de mí siente curiosidad por conocerle más, quizás porque aún tengo esperanzas de que siga existiendo dentro de él parte del Harry al que un día consideré mi mejor amigo. Y a pesar de saber que tengo la respuesta ante mis ojos, de que ya no queda ni rastro de ese antiguo él, me descubro aceptando.
—Vale, está bien —suspiro—. Pero a la primera gilipollez que hagas o digas, te largas, ¿me oyes?
A Harry se le iluminan los ojos y esboza una amplia sonrisa.
—Entendido, mi señora.
Entramos en el salón y apago el televisor. Harry deja las cosas sobre la mesa y se sienta cómodamente en el sofá. Agarra mi coca-cola y le da un sorbo, mientras que yo lo miro estupefacta.
—¿Esto es lo que entiendes por «comportarse adecuadamente»?
Él se ríe y se apoya contra el respaldo del sofá, con los brazos cruzados tras la cabeza. Antes de soltar cualquier grosería, salgo del salón y subo las escaleras rápidamente. Escucho abrirse la puerta de la habitación de mi hermano y Tyler aparece tras ella.
—¿Quién ha venido? —pregunta.
—Harry —respondo de mala gana, entrando en mi cuarto. Él me sigue.
—¿Harry Styles? ¿Tu amigo?
—No es mi amigo —digo, fulminando a Tyler con la mirada. Estoy empezando a cabrearme—. Solo ha venido para hacer un trabajo de Biología.
Él asiente lentamente con la cabeza mientras yo agarro mi portátil y salgo de nuevo de mi habitación.
—Harry mola —suelta Tyler.
Me giro y le miro horrorizada.
—¿Estás de coña? —le pregunto.
Se encoge de hombros y se encierra en su cuarto. Sacudo la cabeza y bajo las escaleras.
—¿Dónde eftabaf? —pregunta Harry, con la boca llena de patatas fritas. Ha encendido la televisión, donde están echando un partido de béisbol.
Cojo el mando y la apago. Me siento a su lado y coloco el portátil sobre mi regazo mientras espero a que se encienda. Él estira el cuello y sonríe al ver el fondo de pantalla, en el que salimos Paige y yo en la playa.
—Bonito biquini.
Le aparto de un codazo y él suelta un quejido, tumbándose en su lado del sofá. Le lanzo una mirada asesina y Harry se incorpora rápidamente.
—Lo siento —dice, aunque lo último que hay en su voz es disculpa.
El resto de la tarde se convierte en una auténtica eternidad. Harry no deja de ponerme de los nervios, de comer y beber lo que en un pasado fue mi refresco. Intento ignorarle y buscar la información que necesitamos para el trabajo, mientras él se dedica a hacer el idiota.
—Me han contado que hoy te has peleado con un tío —comenta Harry, moviendo la chapa de la lata de coca-cola hacia delante y atrás.
Me encojo de hombros.
—Estaba pegando a mi hermano.
Él asiente y se crea un incómodo silencio entra ambos. Termino de teclear una frase en el portátil y me echo hacia atrás, satisfecha.
—Hecho —digo—. Ya tenemos toda la información para el trabajo.
—¿En serio? —pregunta Harry sorprendido, inclinándose sobre la pantalla para comprobarlo—. Eso es genial. Somos un gran equipo.
—Sí, sobre todo porque he sido yo la que lo he hecho todo.
—¡Oye! Yo he traído las cartulinas.
—Ya, claro.
—¿Ally?
Escucho el sonido de unos tacones y mi madre aparece en el salón. Su expresión cambia repentinamente cuando se percata de la presencia de Harry.
—¡Harry! —exclama, dirigiéndose hacia nosotros. Él se incorpora y acepta sus dos besos—. ¡Qué de tiempo sin verte! Tienes muy buen aspecto.
—Lo mismo digo, señora...
—Amber. Llámame Amber —sonríe. Harry asiente—. ¿Qué haces aquí?
—Un trabajo de Biología —respondo, algo molesta por el entusiasmo de mi madre—. El señor Campbell nos ha puesto juntos.
—Ya veo —asiente—. Pues es un motivo perfecto para recuperar esa amistad que teníais, ¿no creéis?
—Mamá —le aviso, lanzándole una mirada. No quiero que se meta en ese asunto, no es de su incumbencia.
Sin embargo, ella me ignora y vuelve a poner su atención en Harry.
—Me encantaría saber cómo te va. ¿Por qué no te quedas a cenar?
Estoy a punto de lanzarme contra mi madre y gritarle qué demonios pretende. La ira se acumula en mi interior y noto cómo me arde el rostro. No. Harry no puede quedarse a cenar. He hecho un gran esfuerzo aguantándole estas últimas dos horas como para tener que soportar su presencia más tiempo. He sido paciente con él, he intentado tomarme sus tonterías lo mejor que he podido, pero lo que quiere mi madre sobrepasa los límites, y yo no estoy dispuesta a resignarme una vez más.
—No hace falta, mamá —digo, con el tono de voz más tranquilo que consigo—. De hecho, Harry ya se iba, ¿verdad?
Acentúo la última palabra con fuerza y le lanzo una mirada a Harry, haciéndole entender que lo último que debe hacer es aceptar la invitación. Él clava sus ojos verdes en mí y levanta una ceja, divertido. Después, se vuelve hacia mi madre y esboza una amplia sonrisa.
—Me encantaría, Amber, gracias.
Me llevo una mano al rostro y cierro los ojos, sin terminar de creerme que esto esté sucediendo. Me dejo caer en el sofá y sacudo la cabeza.
Al parecer, todo el mundo se ha puesto de acuerdo parar conspirar en mi contra.
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