2

El despertador estalla con un sonido ensordecedor y me remuevo entre las sábanas, soltando un gruñido de fastidio. Me incorporo un poco para mirar el reloj y veo que solo son las siete de la mañana. ¿Qué hago despierta tan temprano? Lo apago y me dejo caer de nuevo sobre la almohada con un suspiro.

Mi mente comienza a introducirse en un pesado sopor cuando un recuerdo aflora en ella: puse el despertador a aquella hora porque mi madre hoy había ido a trabajar muy temprano, y me tocaba encargarme de absolutamente todo.

Me levanto de la cama de un salto y me dirijo rápidamente al cuarto de baño. Me deshago de la ropa y me meto en la ducha, ahogando un grito cuando mi piel entra en contacto con el agua fría. En menos de cinco minutos estoy fuera de nuevo, me visto y corro a la habitación de mi hermano.

Cuando abro la puerta, me recibe una oscuridad completa. Me acerco a la cama y me inclino sobre mi hermano, que duerme profundamente bajo las sábanas.

—Tyler, despierta —susurro, sacudiéndole por el hombro—. Es hora de levantarse.

Se mueve un poco, pero no me responde.

—Tyler —insisto—. Tyler.

—¡Déjame en paz! —exclama con voz roca, apartándome de un empujón.

Levanto las cejas, sorprendida. Me cruzo de brazos y le observo, a la espera de que añada algo más.

—Sigues enfadado por lo de ayer, ¿verdad? —No responde. Suspiro y me acerco de nuevo, sentándome en el borde de la cama—. Lo siento, ¿vale? No lo hice con mala intención.

Sé que está escuchándome. Está de espaldas a mí y tiene los ojos abiertos, clavados en la pared. Le veo parpadear y girar la cabeza hacia mí, expectante.

—No puedes actuar como si fueses mi madre.

Reprimí el impulso de poner los ojos en blanco.

—Sí, lo sé —respondí—. Pero tú tampoco puedes pasarte dos días enfadado por una simple tontería.

Guarda silencio, así que ambos no hablamos durante unos segundos. Apoyo mi mano en su hombro y le doy un pequeño apretón.

—Qué, ¿me perdonas?

—Bueno —dice—, si me haces tortitas para desayunar, quizás me lo piense.

Suelto una risa y él sonríe.

—Trato hecho.

Mientras mi hermano se ducha, bajo a la cocina y preparo las tortitas. Nos permitimos disfrutar del desayuno más tiempo del que debemos, así que, cuando miro mi reloj, me doy cuenta de que llegamos tarde. Recogemos todo rápidamente y salimos corriendo de casa.

Llegamos al instituto dos minutos antes de que toque el timbre. Me despido de Tyler y me dirijo rápidamente a mi clase. Suelto un suspiro de alivio cuando observo por la ventana que la profesora de Literatura no ha llegado todavía, así que entro en el aula más tranquila.

Cuando me acerco a mi sitio, encuentro mi lápiz sobre la mesa. Lo cojo, frunciendo el ceño, y miro a Harry. Está apoyado sobre el respaldo de la silla, con las manos en los bolsillos de su chaqueta y los ojos cerrados. Sacude la cabeza al ritmo de la música que sale de sus auriculares, completamente aislado del mundo.

«Así mejor», respondo, recordando lo increíblemente imbécil que fue ayer. Me obligo a calmar mi enfado y me siento en la silla, a la espera de que llegue la profesora.

Sorprendentemente, las tres primeras horas transcurren con rapidez, así que, cuando suena el timbre anunciando el descanso, me coge desprevenida. Recojo mis cosas y salgo de la clase para dirigirme a mi taquilla. Guardo los libros y los sustituyo por mi desayuno; hace tiempo que me prometí no probar más la comida (por llamarlo de alguna forma) de la cafetería.

Busco con la mirada a Paige, extrañada de que aún no haya llegado. La veo a lo lejos del pasillo, aferrada a su carpeta y con el rostro oculto bajo un mechón rubio. Corro hasta ella para saludarla.

—¡Paige! —exclamo, intentando llamar su atención, sin éxito.

Frunzo el ceño y reduzco la velocidad. Llego hasta ella y la agarro por el brazo.

—Paige, llevo un buen rato llamándote. ¿Dónde tienes la cabeza?

Ella se detiene y alza la vista para mirarme.

—Ah, hola —dice, echando a andar de nuevo—. No te había visto.

—¿Estás bien? —pregunto, caminando a su lado.

—Claro, ¿por qué?

—No lo parece.

Se encoge de hombros.

—No ha sido un buen día.

—¿Y eso? ¿Ha ocurrido algo? —Ella suelta un suspiro.

—No importa, ¿vale? —responde, cortante.

—Claro que importa, eres mi amiga.

—Pues para ser mi amiga, estás siendo algo pesada.

Me lanza una mirada irritada y me paro en seco, observándola alejarse. Paige nunca se comporta así con nadie. ¿Qué le ocurre?

En la cafetería solo se habla de la expulsión de Logan Donovan y del chico de tercero. No sé por qué se sorprenden; no es la primera vez que Logan monta un numerito como el de ayer, podría llegar a considerarse hasta como algo cotidiano. Recuerdo cuando una vez le expulsaron durante tres meses por pegar a un profesor, cosa que no le pareció importar demasiado dado que se pasaba la mayor parte del tiempo haciendo novillos.

Me siento sola en nuestra mesa de siempre. Paige parece haberse marchado a algún otro lugar a desayunar. No entiendo qué le ha podido pasar para esquivarme de esa forma, pero si no quiere contármelo, no pienso insistir.

El timbre suena de nuevo, así que me dirijo de vuelta a la clase. Cuando entramos, el señor Campbell ya se encuentra en el aula, por lo que nos limitamos a sentarnos en nuestros respectivos sitios y guardar silencio.

—Bien —dice el profesor, poniéndose en pie—. Hoy vamos a hablar de un trabajo que tenéis que realizar por parejas. —Se da la vuelta y escribe algo en la pizarra. Cuando termina, se echa a un lado para que podamos leerlo—. Microbiología e inmunología.

Me remuevo en mi asiento. No me gustan los trabajos en pareja. Me ponga con quien me ponga, siempre acabo haciéndolos sola y pasando las noches en vela para acabarlos.

Todos comienzan a murmurar y a mirarse entre ellos, eligiendo rápidamente a sus compañeros de trabajo.

—Chicos —dice el señor Campbell, hablando por encima de las susurros—, no perdáis el tiempo. Las parejas las haré yo.

La clase suelta una exclamación de disgusto y él alza una mano para pedir silencio. Coge una hoja del escritorio y comienza a leer lo que hay escrita en ella.

—Margaret Thompson y Rick Adams. Ethan Baker y Charles Evans. Carter Rogers y Hailey Morgan. Allison Cooper y Harry Styles.

Pego un bote en mi asiento.

—¿Qué? —exclamo, sin darme cuenta—. ¿Está de broma?

El señor Campbell me mira con una ceja levantada y se cruza de brazos.

—¿Hay algún problema, señorita Cooper? —pregunta.

Noto cómo se me encienden las mejillas, avergonzada por mi reacción.

—No —respondo, hundiéndome en la silla.

—Perfecto.

Escucho la risa de Harry detrás de mí mientras el profesor continúa leyendo nombres. Noto un tirón de pelo y me giro, poniendo los ojos en blanco. Harry clava en mí sus felinos ojos verdes.

—Tranquila, miss América —sonríe burlón—. Me portaré bien.

—Tú no sabes lo que es comportarse bien —respondo con desdén, dándole la espalda de nuevo.

Cuando termina la hora, todo el mundo sale del aula para dirigirse al laboratorio, donde tiene lugar la clase de Química. Todos excepto yo. Recojo mis cosas y me acerco a la mesa del profesor, donde el señor Campbell se encuentra ordenando unos papeles.

—¿Ocurre algo, Allison? —pregunta, sin levantar la vista de la mesa.

Cojo aire.

—Quería preguntarle si... si podría cambiarme de pareja.

—¿Qué problema tienes con Styles?

—Básicamente, muchos —respondo—. Pero el primero de todos, no lo aguanto. Señor Campbell, Harry es insoportable. Quiero hacer bien el trabajo, y no creo que con él pueda.

Él suelta un suspiro y finalmente clava sus ojos en los míos.

—Allison —comienza a decir, con voz tranquila—, tengo mis motivos para haberte puesto con él. Si aguantas hasta el final, comprenderás por qué.

—Pero...

—Confía en mí. —Esboza una sonrisa apaciguadora. Sin embargo, no consigo templarme.

Asiento y decido salir de la clase, sabiendo que insistir en el tema no servirá absolutamente de nada.

-

Apoyo el pie sobre una valla para abrocharme los cordones y aprovecho para estirar. Doy dos pequeños saltitos, uno con cada pierna, y echo a correr. Me concentro en controlar la respiración para no cansarme demasiado pronto, regulando el aire que entra y sale de mis pulmones cada segundo.

Miro el reloj. Las seis menos cuarto. Hoy no podré correr mucho tiempo; como mi madre llegue del trabajo y vea que he dejado a Tyler solo, me caerá la bronca del siglo. Aún le cuesta asumir que ha cumplido catorce años y que ya sabe cuidarse por sí mismo.

Cuando doblo la esquina, me veo obligada a entrecerrar los ojos, ya que el sol me da de pleno en el rostro. Me aparto una mechón de pelo que se ha soltado de la cola y lo coloco detrás de mi oreja, sin dejar de mirar al frente. Estoy a punto de girar otra calle cuando alguien aparece por la esquina, sobresaltándome. Pego un grito y me aparto de un salto.

—¿Qué haces aquí? —exclamo furiosa, sin pararme.

Harry se coloca bien el gorro y comienza a correr a mi lado.

—Lo mismo que tú.

—Nunca has salido a correr.

—¿Y cómo lo sabes? ¿Acaso me observas? —pregunta, esbozando una sonrisa divertida. Pongo los ojos en blanco.

—Más quisieras.

Seguimos corriendo. Por mucho que lo intento, no consigo deshacerme de Harry. Aunque lleva una sudadera, se nota que su cuerpo es musculoso y fuerte, y sin embargo, no parece estar en forma. Supongo que es lo que tiene emborracharse todos los fines de semana.

Comienzo a correr más deprisa, y Harry por fin empieza a quedarse atrás. Escucho sus jadeos a mi espalda, pero aun así, no se para.

—¿Por qué corres tan rápido? —pregunta, sofocado—. Ni que estuvieras huyendo de una estampida de elefantes.

—Estoy intentando huir de ti.

—Qué directa. ¿Te gusta la ensalada?

—¿A qué viene eso? —pregunto, desconcertada.

—Nada, curiosidad. Oye, ¿cuándo vamos a empezar el trabajo?

Me paso una mano por la frente para secarme el sudor. Contraigo el rostro en una mueca cuando noto un pequeño tirón en el abductor, pero no me detengo. Estoy consiguiendo agotar a Harry, por lo que si sigo adelante, pronto se cansará y dejará de correr conmigo.

—El señor Campbell va a cambiarme de pareja —miento.

—Lo dudo —jadea él—. ¿Mañana a las seis y media en mi casa?

—¿Qué parte de "voy a cambiarme de pareja" no entiendes?

—Ya. ¿Qué es lo que quieres hacer? Yo he pensado en coger una cartulina y...

Me paro en seco y Harry hace lo mismo, aliviado.

—Harry —le indico—, no pienso hacer el trabajo contigo.

Frunce el ceño y me mira durante largos segundos.

—Ahora que lo pienso, mañana no puedes venirte a mi casa. Mejor en la tuya. A las seis y media, ¿vale?

Abro la boca para replicar, pero antes de que pueda decir nada, echa a correr por donde hemos venido, dejándome perpleja en mitad del asfalto.


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