7

—¿Ya te vas?

Mi madre aparece a mi lado. Asiento, mientras me coloco la chaqueta frente al espejo del recibidor. Me echo el pelo hacia atrás y me ajusto las mangas.

—Si muero durante el viaje, recuérdale a Paige que tiene que devolverme la camiseta que le presté —digo, cogiendo mi mochila.

—Vas con Harry. ¿Qué te puede pasar?

—Mejor dicho: ¿qué no me puede pasar?

Ella alza la mirada al cielo y yo pongo los ojos en blanco. Abro la puerta y me giro una última vez hacia mi madre.

—Volveré sobre las nueve. —Sonrío como despedida y cierro tras mí.

Cruzo el jardín y atravieso la valla que separa mi casa de la calle. Alzo la mirada y me cruzo con los ojos verdes de Harry, que me observan llegar divertidos. Está ligeramente sentado sobre el asiento de su Harley, con los brazos cruzados sobre el pecho. Se pasa una mano por sus rizos y se impulsa hacia delante, avanzando un par de pasos hacia mí.

—Hola, miss América —me saluda, mientras mastica un chicle.

—¿Algún día dejarás de llamarme así? —pregunto, molesta.

—¿De verdad crees que despreciaría una de mis grandes tácticas para sacarte de quicio? —sonríe, burlón.

Me trago el insulto que amenaza con salir de mis labios y me cruzo de brazos.

—Bien, ¿nos vamos?

—¿A dónde?

—¿A visitar a tu amigo el biólogo, quizás?

—Ah, es verdad —asiente, mientras coge uno de los cascos y me lo tiende.

—Dios mío, Harry. Tienes que pensarte seriamente lo de dejar el alcohol. Está afectando gravemente a tus neuronas.

Él ignora el comentario y señala el casco que tiene en su mano. Lo cojo y me lo coloco. Aunque nunca antes me he puesto uno, me las apaño para abrocharme el cierre y ajustármelo correctamente. Harry me lanza una mirada y frunce los labios para reprimir una sonrisa.

—¿Qué? —pregunto.

—Te queda fatal —ríe.

Le golpeo en el hombro, molesta, y espero a que él se coloque el suyo. Se monta sobre la moto y me hace un gesto para indicarme que suba. Torpemente, lo consigo.

—¿No vas a agarrarte a mí? —me pregunta, al verme con los brazos sobre mis piernas.

-Si crees que esta va a ser otra de tu larga lista de tácticas y que te voy a dar el placer de estar pegada a ti durante todo el viaje, estás equivocado.

Él se encoge de hombros.

—Como quieras.

Entonces, la Harley emite un rugido y Harry pisa con fuerza el acelerador, saliendo despedidos de nuestra posición. Suelto un grito y me agarro involuntariamente a su chaqueta, mientras recorremos a toda velocidad la calle.

—¡Para! —chillo, golpeando su espalda, mientras el aire silba a nuestro alrededor—. ¡Para!

Harry disminuye la velocidad poco a poco, hasta que nos detenemos de nuevo. Me bajo de la moto de un salto y me quito el casco, furibunda, echando a andar hacia mi casa a grandes zancadas.

—¡Eh, Allison! —me grita, corriendo tras mí—. ¡Espera!

Me agarra por el hombro y yo me giro bruscamente.

—¿¡Estás loco!? —le grito, echa una furia—. ¡Podríamos habernos matado!

—Tranquila —dice, mirándome fijamente.

—¡No! ¡Me pediste que confiara en ti y lo he hecho, pero lo único que estás haciendo es cagarla!

—Lo siento, ¿vale? —se disculpa. La diversión ha desaparecido de sus ojos por completo.

—¿El qué sientes? ¿Lo de la moto o ser un gilipollas en general?

Harry baja la mirada. Sacude la cabeza y baja la visera del casco.

—Vamos —murmura, dándome la espalda y dirigiéndose hacia la moto.

Aprieto la mandíbula y me vuelvo a colocar el casco. Con mala gana, me acerco de nuevo a la Harley y me monto. Me aferro a tiempo a las asas traseras antes de que Harry arranque, esta vez con cuidado y sin superar el límite de velocidad.

Durante el trayecto, no puedo evitar sentir una constante tensión. No me siento segura en el asiento trasero, donde no puedo ejercer ninguna influencia sobre los movimientos de Harry. Sin embargo, parece que mi cabreo le ha hecho entrar en razón, porque mantiene la distancia de seguridad con el resto de los vehículos, se detiene en los semáforos en rojo y no supera la velocidad que marcan las señales.

Entramos en el centro de Baltimore y el ambiente se llena del sonido de los coches y la gente. Contemplo los edificios cuando pasamos por delante de ellos y pienso en mi padre. ¿Qué estará haciendo en estos momentos? Suspiro a la vez que nos detenemos en uno de los semáforos y observo las piernas de Harry extenderse hasta que sus botas tocan el suelo. Gira su cabeza lo máximo que el casco le permite y se sube la visera, mirándome de reojo.

—¿Vas bien? —me pregunta. Asiento y él se vuelve de nuevo.

Tras dejar atrás la urbe y adentrarnos en la carretera, Harry aumenta la velocidad y yo aguanto la respiración. Nunca me he sentido más vulnerable que en este momento. Siento mi pelo alborotándose debido al viento que zumba a nuestro alrededor y me arrepiento de no haber insistido más para poder ir en coche hasta allí.

Por suerte, no tardamos demasiado en llegar a Catonsville. Durante varios minutos, lo único que puedo ver son verdes y frondosos árboles a ambos lados, hasta que nos introducimos en una calle con bonitas casas. La tranquilidad de la zona se ve alterada por el estruendo que provoca la Harley, y cuando pasamos por delante de varias personas y dirigen sus miradas hacia nosotros, no puedo evitar sentirme algo abochornada.

El trayecto perdura durante unos instantes más hasta que Harry detiene la moto frente a una casa, en cuya acera opuesta se encuentra el inicio de un denso bosque. Se incorpora ligeramente sobre sus piernas para dejar que me baje. Cuando lo hago, me quito el casco, sintiendo aún la presión de este sobre mi cabeza.

—¿Qué nota me pones? —pregunta, aplastándose los rizos con una mano en un intento de domarlos.

—Mmmm... —Entrecierro los ojos, pensativa—. Un ocho.

—Oh, vamos. ¿Un ocho? Yo diría que un nueve y medio.

—Te has incorporado a una autopista sin detenerte siquiera. Un ocho —asiento.

Él esboza una media sonrisa.

—Cualquiera diría que detrás de esa cara de ángel se esconde una chica tan exigente y terca.

—Que te den —suelto, aunque la sonrisa que aparece en mis labios desvela que estoy bromeando.

Harry suelta una risa y comienza a caminar hacia la casa. Le sigo, observando el paisaje que nos rodea. Catonsville es una población pequeña, pero es bonita y tranquila. Si me ofrecieran vivir aquí, no tendría muchos problemas para aceptar.

Cuando llegamos a la entrada, Harry golpea la puerta y me mira, frunciendo los labios en una leve sonrisa, que desaparece al segundo. Esperamos en el exterior hasta que un hombre alto y rubio nos recibe.

—¡Harry! —Se abraza a él, palmoteando su espalda—. Cuánto tiempo. Estás hecho todo un hombre.

—Bueno... —Las mejillas de mi compañero adquieren un tono rojizo—. Tú también te ves bien.

El hombre se gira hacia mí y clava su mirada azul en la mía.

—Si me hubieses avisado de que traerías a una chica tan guapa, me habría arreglado más. —Se ríe de su propia broma y extiende el brazo, aún sonriente—. Soy Bob.

—Allison, encantada —respondo, estrechando su mano.

Bob nos invita a pasar y Harry y yo entramos. La primera sensación que siento al hacerlo es de hogar. El interior de la casa es de madera, como si se tratase de una cabaña, lo que hace de la estancia un lugar agradablemente acogedor. Los muebles son claros y modernos, aunque sin alejarse demasiado del estilo del resto de la decoración.

—Es una casa muy bonita —comento, observándola.

—Gracias —sonríe Bob.

—¡Harry!

Un niño de unos seis años sale de una de las habitaciones y corre hasta abrazarse a las piernas de Harry.

—¡Stanley! —exclama él, revolviéndole su rubia cabellera—. ¿Cómo está mi guerrero favorito?

Se inclina ligeramente para hacerle cosquillas y Stanley estalla en carcajadas. No puedo evitar sonreír ante la escena, al igual que Bob.

—¡Para, para! —grita el niño, entre risas.

—Rendirse no es propio de los guerreros —responde Harry, fingiendo seriedad. Entonces, agarra a Stanley y lo coloca sobre uno de sus hombros. Nos mira—. ¿Adónde hay que ir?

—Seguidme —indica Bob.

Lo seguimos escaleras arriba. Bob me cuenta que vino a Catonsville hace un par de años junto a su esposa y su hijo por motivos de trabajo, pero que decidieron quedarse dado a que se encontraban bastante a gusto en el lugar. Mientras, a nuestras espaldas, Harry aún carga a Stanley sobre su hombro. Juegan, gritan y ríen, y a pesar del ruido que forman, resulta agradable escucharlos. Nunca había visto a Harry de esa forma, tan alegre y afectivo. No pensaba que fuese el tipo de chico al que le gustan los niños, pero al parecer, estaba completamente equivocada.

—Stanley —dice Bob, girándose—, ¿por qué no vas a tu habitación? Tenemos que trabajar.

Harry lo baja al suelo. El niño mira con tristeza a su padre.

—¿No puedo seguir jugando con Harry? —pregunta, apenado.

—Después, cuando hayamos terminado, ¿de acuerdo? —Él asiente y su padre le da un beso en la frente antes de que se marche.

Cuando nos quedamos los tres solos, Bob nos lleva hasta el final del descansillo y abre una de las puertas. Entramos, y no puedo evitar sorprenderme ante el tamaño de la habitación. Las paredes están ocupadas por estanterías que alcanzan el techo, cuyas baldas están repletas de libros. En el centro hay una enorme mesa, sobre la que descansa un portátil y un gran número de papeles.

—Podéis sentaros —nos indica, y aceptamos. Lo hacemos en la zona de la mesa que se encuentra libre de objetos, ya que no queremos tocar nada que no debemos.

Bob se dirige a las estanterías. Lo observo sacar varios libros antes de acercarse de nuevo a nosotros y dejarlos sobre la superficie de madera.

—De acuerdo, empecemos por lo básico —dice—. ¿Qué es la Microbiología y la Inmunología? Bien. La microbiología es la ciencia que se centra en el estudio de organismos microscópicos, mientras que la inmunología es la ciencia biológica que estudia todos los mecanismos fisiológicos de defensa de la integridad biológica de un organismo. Ya lo sabíais, ¿no?

Ambos asentimos, aunque la verdad es que ninguno tenemos ni idea al respecto. Bob sigue con una charla sobre los dos conceptos, mientras que Harry y yo nos dedicamos a tomar nota sobre lo que nos dice.

Nos dedicamos a lo mismo durante un buen rato: Bob habla, Harry y yo escribimos. Mi mano comienza a entumecerse de tanto apretar el bolígrafo y de pronto, esta habitación deja de ser acogedora y se vuelve pequeña y agobiante. Necesito desesperadamente un descanso.

—Ahora que habéis apuntado los datos principales, llegamos a la parte interesante. —«Seguro», pienso irónicamente—. ¿Os interesan las curiosidades?

Asentimos de nuevo, aunque supongo que ya lo hacemos por rutina.

—Bien. ¿Sabíais que el cuerpo humano tiene más bacterias que células humanas? Hay casi diez veces más células bacteriales que células humanas dentro de cada persona. Es más, los microbios han ido evolucionando a la vez que el ser humano.

—Pero aun así —interviene Harry—, un microbio no se puede transformar en otra especie, ya que tiene su propio metabolismo, ¿no?

Miro a Harry, levantando una ceja.

—Cierto. Los distintos tipos del metabolismo microbiano dependen, por ejemplo, de la forma en la que el organismo obtiene el carbono para la construcción de la masa celular. Puede ser autótrofo, heterótrofo y...

—Mixótrofo —completa él. El hombre vuelve a asentir. Mientras tanto, yo no consigo salir de mi asombro.

—Correcto. Por lo que veo, te gusta la Biología —sonríe Bob. Harry se encoge de hombros y baja la mirada, posándola sobre su cuaderno.

Durante la media hora siguiente, Bob nos termina de explicar algunos detalles para completar el proyecto, y tras acabar, nos deja trabajar a solas en su despacho. Hojeamos alguno de los libros que nos ha dejado sobre la mesa y recopilamos algunos datos más. Trabajamos en silencio, a pesar de que no dejo de formular preguntas en mi mente.

—¿Cómo demonios has sabido eso? —pregunto, rompiendo la tranquilidad del ambiente.

—¿El qué? —responde Harry, sin levantar la vista.

—Lo de los microbios. ¿Cómo? —repito.

—¿No era obvio?

—No —digo lentamente—. Bueno, al menos no viniendo de ti.

—Te recuerdo que mi padre es el rey de los documentales. Debo de haberlo escuchado en una de esas tardes familiares en la que insiste en que me ponga a ver con él reportajes sobre el apareamiento animal.

—¿Ahí es donde aprendes tus grandes tácticas?

Touché.

Sonrío y él me imita, provocando que sus hoyuelos salgan a la luz. Estira los brazos por detrás de su cabeza y se incorpora. Se acerca a la ventana y observa el paisaje, con las manos cruzadas sobre la espalda.

—¿Te acuerdas cuando fuimos con nuestros padres al bosque? —dice, con un tono pensativo—. Mientras ellos almorzaban, nos fuimos a investigar y nos perdimos.

La escena de aquel día aparece instantáneamente en mi mente. Nueve años atrás, cuando aún éramos amigos.

—Te hiciste una herida en la rodilla y me obligaste a cargar contigo todo el camino —sonríe, sacudiendo la cabeza—. Hasta en aquella época eras una auténtica cabezota.

—Olvidas el detalle de que, mientras pasábamos por un lago, te hartaste de mí y me tiraste al agua.

Harry soltó una carcajada y se inclina sobre sí mismo.

—Fue la mejor decisión de mi vida —comenta, con una amplia y reluciente sonrisa.

—Todo un caballero —gruño.

—¡No dejabas de llorar y de agarrarme del pelo! —exclama.

—Hmm —asiento, recordando la escena con claridad—. Me pasé un poco.

—En eso estoy de acuerdo contigo.

Suelto una risa y Harry vuelve a ocupar su asiento. Apoya ambas manos sobre la mesa y las observa sin hacerlo realmente, abstraído en sus pensamientos.

—Éramos buenos amigos —comenta.

Asiento, en silencio. Durante varios segundos, ninguno dice nada y solo se escucha el sonido de nuestras respectivas respiraciones y los constantes golpes de mi bolígrafo contra la madera de la mesa. Entonces, él carraspea y se incorpora de nuevo. Recoge rápidamente sus cosas y las coloca bajo su brazo.

—Deberíamos irnos ya —murmura, dirigiéndose hacia la puerta. Vuelvo a asentir, mientras guardo mis pertenencias en mi mochila y me la coloco en mi espalda.

Avisamos a Bob y le damos las gracias por su ayuda, que, honestamente, nos ha venido bastante bien. Harry se despide de Stanley, que se entristece al ver que no se quedará a jugar con él, y tras ello, abandonamos la casa.

Harry camina delante de mí con prisa, como si de pronto volver fuese algo realmente urgente. Me tiende el casco y me lo coloco con más facilidad que la primera vez, mientras él hace lo mismo. Se monta en la Harley y señala tras sí con un movimiento de cabeza, indicándome que suba. Frunzo el ceño.

—Harry, ¿estás bien? —pregunto.

—Claro —responde, con indiferencia—. Sube.

Le lanzo una mirada recelosa y obedezco. Me aferro a las asas y Harry arranca, poniéndonos en movimiento al instante. Miro al cielo; el sol acaba de esconderse en el horizonte.



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