30

Nunca he sentido tanto miedo como en este preciso momento. Ni siquiera aquel día en el incendio, cuando creí que iba a morir. Ese tipo de miedo sé que puedo soportarlo. Pero el que siento ahora mismo me está consumiendo. Lo siento reptar por mi garganta y adherirse a mis pulmones. También lo noto por mis brazos y piernas, estrangulándolos. Es como si tuviese vida por sí solo.

Harry no deja de mirarme durante todo el trayecto. No sé si es porque está preocupado por mí, o porque teme por su vida; al fin y al cabo, estoy conduciendo casi al doble de la velocidad permitida. Sin embargo, en este momento, no puedo permitirme perder tiempo en respetar los valores cívicos. Cada minuto que pasa, es una posibilidad menos de evitar que Paige cometa alguna locura.

Detengo el coche frente a la puerta de su edificio, sin preocuparme de si está bien aparcado o no. Quito las llaves del contacto y salgo rápidamente al exterior para dirigirme corriendo hacia la entrada. Harry me sigue en silencio. Me acerco a la mesa del conserje, que se ha quedado dormido en la silla. Doy un golpe en la superficie del mostrador y éste abre los ojos de golpe.

—Pero, ¿qué...? —murmura. Se detiene cuando posa la mirada en mí—. ¿Se puede saber qué sucede?

—Necesito entrar —respondo, señalando a la puerta cerrada que da al segundo recibidor.

—Son las dos y media de la mañana. No es hora para visitas.

Doy un segundo golpe, esta vez más fuerte. Harry me lanza una mirada, pero lo ignoro. Estoy comenzando a perder los nervios.

—Le he dicho que necesito entrar.

El escuálido hombre me mira con desaprobación por encima de sus gafas redondas. Cuando comienzo a temer que no me permita entrar, se levanta de su silla con un gruñido y se dirige a la puerta, sacando de su bolsillo un enorme manojo de llaves. Espero a que haga su trabajo con los brazos en jarra, subiendo y bajando el pecho con rapidez. Harry me coloca una mano sobre mi hombro en un intento de calmarme, pero no lo consigue.

—¿Están el señor y la señora Crawford en casa? —pregunto. El conserje niega con la cabeza.

—Salieron sobre las diez de la noche y aún no han vuelto.

Me rasco la frente en un gesto nervioso, mientras mi campo de visión comienza a volverse borroso por las lágrimas.

Si los padres de Paige no están en casa, eso significa que mi amiga ha tenido suficiente tiempo para hacer lo que se le antoje.

—Tranquila, Allison —me susurra Harry—. Estará bien. Ya lo verás.

Intento creerle. Sin embargo, no puedo evitar que mi mente se convierta en un completo cúmulo de pesamientos negativos.

Cuando el conserje hace girar la llave y la cerradura emite un chasquido, me abalanzo hacia la puerta y la abro de un empujón. Ignoro la expresión de sorpresa del anciano y entro en el segundo vestíbulo . Subo las escaleras corriendo, y aunque Harry me pide que le espere, no me detengo hasta llegar a la quinta y última planta. Con el corazón desbocado y los pulmones doloridos, palpo la pared hasta encontrar el interruptor de la luz y pulso el botón, provocando que las luces se enciendan y un pequeño rellano se manifieste ante mis ojos. Me dirijo a la puerta más cercana y llamo varias veces al timbre. Sin embargo, nadie responde. Me giro hacia Harry, que está terminando de subir los tres últimos escalones, agotado.

—No contesta —le digo, con voz temblorosa. Él se queda mirándome durante varios segundos antes de acercarse a mí y apartarme con suavidad. Entonces, comienza a aporrear la puerta con fuerza.

—¡Paige! —exclama—. ¡Paige! ¡Paige, abre!

Escucho los ladridos de un perro en la puerta de al lado y Harry deja de llamar. Nos quedamos quietos, observando la puerta que se encuentra frente a nosotros, hasta que el silencio vuelve a reinar en la planta. Frunzo los labios y clavo la mirada en mis botas llenas de nieve y barro, sintiendo cómo lás lágrimas vuelven a aparecer.

—Deberíamos llamar a la policía —murmura Harry. Asiento, incapaz de levantar los ojos del suelo.

Me apoyo contra la pared mientras Harry coge su móvil y marca el número de emergencias. Se lleva el aparato a la oreja y comienza a caminar por el rellano, esperando a que alguien al otro lado de la línea conteste.

Es entonces cuando oigo un fuerte silbido a lo lejos, como el del viento colándose por la rendija de una ventana mal cerrada. Me quedo observando las escaleras que suben hasta la azotea, y entonces, una idea se me cruza por la cabeza.

—Harry —le llamo. Él se gira y me mira, expectante—. Cuelga. Creo que sé dónde está.

Corremos escaleras arriba hasta llegar a otro rellano, esta vez más pequeño y con una sola puerta de metal. Me doy cuenta de que está mal cerrada, y de que el gélido aire se cuela por un delgado resquicio, provocando el siniestro sonido que he escuchado segundos antes. Coloco la mano sobre la superficie de la puerta, que se queja con un chirrido cuando la empujo.

Una bocada de aire me azota el rostro y me veo obligada a cerrar los ojos por un instante. La respiración se me congela cuando vuelvo a abrirlos y la silueta de Paige aparece varios metros ante mí, de espaldas, sentada sobre el borde del edificio y con los pies colgando en el vacío. Está tan quieta que, si no fuese por el viento que revuelve su pelo, diría que se ha convertido en piedra.

Durante unos instantes, no sé qué hacer. Paige no parece haberse dado cuenta de nuestra presencia. Podría ir hacia ella lentamente y apartarla del borde antes de que reaccione. Sin embargo, es posible que se enfurezca, y lo último que quiero en este momento es que pierda los nervios. También podría simplemente hablar con ella y convencerla de que se aparte. Pero, ¿qué voy a decirle? ¿Cómo va a sentirse comprendida, si durante todo este tiempo ha evitado acudir a mí para intentar solucionar sus problemas?

Cierro los ojos y cuento hasta cinco. Incluso tras la oscuridad de mis párpados, aún soy capaz de visualizar la imagen de Paige, como si mi retina fuese incapaz de deshacerse de ella. Por un instante, siento estar en un sueño, y la pequeña y absurda esperanza de que todo esto no sea real me invade momentáneamente. Sin embargo, todo se desvanece cuando vuelvo a abrirlos y el cuerpo de mi amiga continúa frente a mí, al borde del suicidio.

Trago saliva y echo a andar lentamente, deteniéndome en límite de la azotea. Con un nudo en la garganta, observo detenidamente a mi amiga, que examina el amplio horizonte con ojos vacíos. Su mente parece encontrarse en otro lugar, ajena a todo lo que le rodea. Extiendo el brazo hacia ella, pero lo dejo caer de nuevo contra mi costado, dándome cuenta de que el contacto físico quizás no sea lo más apropiado en este momento.

—Paige —la llamo. Mi voz suena estrangulada, así que carraspeo un par de veces para aclararme la garganta—. Paige, ¿podemos hablar?

Aunque sé que me está oyendo, no responde. Incluso su rostro permanece impasible, como si nada pudiese modificar su expresión.

—Escucha, Paige —empiezo a decir—. Sé que estos meses hemos estado algo distantes, y que no han sido demasiado buenos para ambas. Y me arrepiento. Me necesitabas y no he actuado como debía. Pero, ¿sabes una cosa? A pesar de todo, sigo estando aquí, y sigo siendo tu amiga. Siempre hemos superado todo juntas, ¿por qué no íbamos a superar también esto?

Aunque mis palabras me dejan un amargo sabor de insatisfacción en la boca, decido callar y esperar a que hable. Sin embargo, los segundos pasan y no obtengo nada más que silencio. Me giro hacia Harry, que asiente con la cabeza para tranquilizarme y hacerme ver que lo estoy haciendo bien. Aun así, la inseguridad y el temor de que no consiga salvar a mi amiga continúan martilleándome contra el pecho.

—¿Paige?

Veo que parpadea varias veces, aunque su semblante permanece sereno. Gira el rostro hacia mí y me observa durante un par de segundos.

—Deberíais iros —dice simplemente, volviendo la mirada de nuevo al frente. Yo niego con la cabeza.

—No pienso irme a ningún lado. No si no vienes conmigo.

Paige no dice nada. Tampoco parece importarle que Harry y yo estemos allí, ni que tan solo unos centímetros la separen de perder el equilibrio y precipitarse al vacío.

Siento la desesperación consumiéndome a cada segundo que pasa. Miro a mi alrededor, como si pudiese encontrar allí la solución a mis problemas. Pero solo veo oscuridad, y me pregunto si eso es lo único que me espera.

Cojo aire con fuerza y lo dejo escapar lentamente. «Puedes hacerlo», me digo.

—Paige —la llamo, utilizando un tono tranquilo—, ¿qué ha pasado?

Ella suelta una risa carente de alegría, cosa que me deja algo aturdida.

—Todo —dice. La débil luz procedente de la ciudad que ilumina su rostro hace que vislumbre una sonrisa de amargura dibujada en sus labios.

—¿Y qué es es todo? Dime, Paige, ¿por qué estás aquí?

La observo cerrar los ojos. Una lágrima rueda por su mejilla.

—Porque no aguanto más —responde. Su voz se quiebra. Aprieto la mandíbula y vuelvo a tragar saliva, en un intento de deshacer el nudo formado en mi garganta.

—Paige...

—No quiero que digas nada —me dice. Me quedo mirándola durante un instante.

—Vale —asiento—, pero déjame preguntarte una sola cosa más. Después, me callaré si es lo que quieres.

La escucho suspirar.

—De acuerdo.

Asiento, ordenando las ideas en mi mente.

—¿A quién te referías por teléfono? ¿Quién es él?

Noto como su cuerpo se tensa ante mis palabras, y cierra los ojos. Se lleva los dedos índice y corazón a ambas sienes y las masajea, como si intentase aliviar un dolor de cabeza. Después deja caer ambos brazos sobre su regazo y vuelve a cerrar los ojos.

—Nunca lo entenderías —murmura, con voz trémula y débil.

—Eso no lo sabrás hasta que no me lo cuentes.

Me observa durante unos instantes. Me doy cuenta de que su labio inferior ha comenzado a temblar, y entonces, estalla en sollozos. Su reacción me coge por sorpresa y no respondo durante varios segundos. Después, con el corazón en un puño, doy un paso hacia delante y coloco una mano en su hombro, intentando reconfortarla. Su cuerpo se contrae violentamente, mientras expulsa todo el dolor acumulado en su interior. Intento tragarme las lágrimas como puedo. Nunca es fácil ver llorar a alguien que quieres.

—¿Qué ocurre, Paige? —pregunto—. ¿Qué es lo que no me has querido contar todo este tiempo?

Espero mientras se seca las lágrimas y recupera la respiración, sin demasiado éxito. Me mira con los ojos hinchados y llenos de sufrimiento antes de bajar la mirada de nuevo a sus manos. Coge aire con fuerza, y tras ello, abre la boca para responder.

—Logan y yo estábamos juntos.

El desconcierto me golpea con fuerza y me quedo completamente paralizada, incapaz de realizar ningún movimiento. Por un instante, comienzo a creer que he entendido mal sus palabras, pero cuando Harry se acerca a nosotras con la misma expresión de confusión en el rostro, sé que lo que he escuchado es lo mismo que ha salido de los labios de mi amiga.

—No puedes estar hablando en serio —balbucea. Yo niego repetidas veces con la cabeza.

—Paige, él...

—Lo sé —me interrumpe, rota de dolor—. Sé que vas a decirme. Que fue él quien me insultó y me humilló durante un año entero y que por su culpa mi autoestima se derrumbó por completo. Pero había cambiado, ¿de acuerdo? Era una persona diferente. Harry lo sabe. Él...

—Logan dijo que no podía marchase de la ciudad, que algo lo retenía. Ese algo... —Harry guarda silencio durante unos segundos antes de abrir mucho los ojos y clavarlos en Paige—. Eras tú.

—Lo siento —sollozó mi amiga—. Le dije que se fuera, que no pensase en mí, pero no me hizo caso. Lo mataron por mi culpa. Lo siento, Harry. Lo siento.

Él no responde, ni realiza ningún movimiento. Yo tampoco lo hago, porque de pronto, miles de cabos sueltos han comenzado a atarse en mi mente.

Por eso Paige defendía a Logan, porque lo quería. Por eso quiso ir al baile, porque él iba a ser su pareja. Y por eso me dijo que tenía que hacer algo respecto a su muerte, porque necesitaba con todo su corazón saber quién había acabado con su vida.

Y yo, como una estúpida, no me he dado cuenta de ello en ningún momento.

Miro a mi amiga. Tiene el rostro hundido entre sus manos, y sus hombros se sacuden a cada sollozo que se escapa de sus labios. Harry, por su parte, tiene los brazos apoyados en el borde de la azotea y la mirada clavada en el suelo, abrumado.

—Paige, no puedes culparte por lo que sucedió —la tranquilizo, intentando esconder mi estupefacción—. Lo único que hiciste fue quererle.

—Solo quería dejar su pasado atrás —sollozó—. Por mí. Y lo único que consiguió fue que lo matasen.

—Él no podía saber que eso pasaría. Nadie podía saberlo.

Paige no dice nada. Se limita a secarse las mejillas con el dorso de su mano y a recuperar la compostura. Yo la observo, sin saber qué hacer. Nunca se me ha dado bien consolar a los demás.

—Hagamos una cosa —digo—. Vamos a hablar sobre esto tranquilamente. Pero no aquí, ¿de acuerdo?

Le tiendo mi mano para ayudarla a bajar. Sin embargo, mi amiga sacude la cabeza y envuelve los dedos alrededor del bordillo, aferrándolo con fuerza. El corazón me da un vuelco.

—No —niega, con voz firme—. No puedo aguantar esto ningún día más. Tengo que hacerlo.

—Paige...

—¡No! —Su grito me sobresalta. Harry me lanza una mirada de advertencia—. No quiero oír nada más. Marchaos de aquí.

—¿Y dejar que te suicides sin más? —exclamo, sintiéndome repentinamente furiosa—. Por el amor de Dios, ¡piensa en tus padres! ¡Piensa en mí! ¿Es que acaso no te importamos?

Paige me mira con una mirada horrorizada.

—¿Cómo puedes poner eso en duda? —murmura. Yo aprieto la mandíbula, sintiendo cómo los ojos se me humedecen.

—Porque estás ahí, sentada, a punto de tomar la vía fácil y condenarnos a tus padres y a mí a pasarnos el resto de nuestra vida culpándonos por no haber podido ayudarte.

Ella baja la mirada. Varias lágrimas bajan por sus mejillas.

—Yo solo quiero ser feliz —dice, con tan solo un hilo de voz. Mis hombros se hunden.

—Entonces, déjanos ayudarte.

Mi amiga me mira durante varios segundos, y asiente.

—Vale.

Noto cómo mis músculos se destensan y relajo las manos, que hasta entonces he tenido apretadas en puños de forma inconsciente. Paige gira su cuerpo lentamente hasta que sus pies tocan el suelo, y se incorpora. Entonces, me abalanzo sobre ella y la abrazo.

—Gracias.

—Lo siento —solloza contra mi hombro—. Perdóname, Allison. Lo siento.

—Está bien —la tranquilizo—. Está bien.

—Solo quería dejar de estar mal.

—Lo sé.

—Perdóname.

La abrazo con más fuerza, dejando que un par de lágrimas se escapen. Alzo la mirada y la clavo en Harry, que observa la escena con una sonrisa en los labios. Sin embargo, la alegría no llega hasta sus ojos, tras los cuales esconde algo extraño que no sé descifrar. Me pregunto si estará bien, aunque sé que no es así.

Me separo de Paige y la observo durante unos instantes, sonriendo. Me descubro agradeciendo al cielo que haya cambiado de opinión y ahora esté frente a mí, sana y salva. Porque de lo contrario, nunca me lo habría perdonado.

—Deberíamos entrar —digo, enjugándome las lágrimas—. Creo que ya hemos pasado suficiente tiempo aquí fuera.

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