31

El trayecto a casa me resulta silencioso e interminable. Hace apenas cinco minutos que hemos dejado la casa de Paige, que se ha quedado dormida poco después de bajar de la azotea. Cuando sus padres han llegado y le hemos informado de lo ocurrido, nos han dado simplemente las gracias y nos han pedido que volviésemos a casa. Después, cuando hemos salido y cerrado la puerta, la señora Crawford ha empezado a llorar.

Desanimada y agotada, le he pedido a Harry que se encargase de conducir. Él no ha puesto objeciones, aunque por su palidez y las oscuras bolsas bajo sus ojos, sé que él también está cansado.

Mientras recorremos la ciudad, observo sin demasiadas ganas los edificios que nos rodean, intentando centrar mi mente en algo que no tenga que ver con Paige. Las calles siguen tranquilas y solitarias, a excepción de algún que otro grupo de jóvenes borrachos que caminan dando tumbos y cantando canciones incomprensibles. Me fijo en las luces navideñas que cuelgan de farolas y adornan los árboles, y aunque soy consciente de que su propósito es dar vida a las monótonas calles de Baltimore, no soy capaz de sentir más que una profunda y extraña melancolía.

A pesar de mis esfuerzos por mantenerme despierta, mis párpados no tardan en cerrarse y pierdo la noción de la realidad, aunque sin desprenderme completamente de ella. Permanezco sumida en un ligero sopor durante varios minutos, sin dejar de sentir el ruido del motor en algún rincón de mi mente. En algún momento y lugar, noto el coche detenerse y desequilibrarse levemente cuando alguien se sube a él. Escucho una voz, quizás la de Tyler. Por su tono de voz parece preocupado, aunque las palabras que pronuncia me resultan incoherentes. Después, el ambiente vuelve a silenciarse, y me quedo profundamente dormida.

—¿Allison?

Abro los ojos. Todo a mi alrededor está borroso, así que me veo obligada a parpadear varias veces hasta que cada figura frente a mí se vuelve nítida. Ya no noto la vibración del coche, y me pregunto cuánto tiempo he estado ausente. Me respondo que poco más de cinco minutos, pero, sorprendentemente, cuando dirijo la vista hacia la ventanilla, me doy cuenta de que ya hemos llegado a casa.

Me vuelvo hacia Harry, cuyas manos se encuentran aferradas al volante. Me dirige una sonrisa cansada y ladea un poco la cabeza.

—¿Cómo estás?

Trago saliva, intentando hacer desaparecer el sabor dulzón de mi boca.

—Bien —miento—. ¿Y tú?

—Bien —me imita. Curva ligeramente una de sus comisuras antes de dirigir la mirada hacia la casa—. Tyler está esperándote dentro.

Asiento. Aguardo unos segundos más antes de colocar la mano en el frío manillar y tirar de él. Salgo al exterior y camino hasta la acera, arrastrando el peso de mi cuerpo sin energía. Observo a Harry apearse del Jeep mientras entierro la mitad del rostro en mi bufanda, entumecida por el frío. Los faros del vehículo parpadean dos veces cuando Harry activa el seguro y se dirige hacia mí.

—Tu madre aún no ha llegado —me dice, tendiéndome las llaves. Las cojo y las retengo en el interior de mi puño—. Tyler dice que os mandó un mensaje a ambos avisándoos de que tardaría un poco más de lo previsto.

Me limito, una vez más, a asentir. Así no tendré que darle explicaciones, pienso.

Permanecemos el uno frente a otro durante unos segundos que se me antojan eternos. Ambos estamos agotados, y sin embargo, ninguno parece querer marcharse a casa.

Quizá porque lo último que nos apetece a ambos ahora mismo, es tener que enfrentarnos solos a nuestros propios pensamientos.

Cierro los ojos durante un instante, y cuando los vuelvo a abrir, me veo obligada a dar el primer paso.

—Debería ir dentro —murmuro. Harry asiente, y yo, sin molestarme en decir nada más, me doy media vuelta y comienzo a caminar hacia la casa. No obstante, su voz me detiene cuando apenas he recorrido un par de metros.

—Oye, Allison. Puedo quedarme con vosotros. No me importa.

Su proposición me coge por sorpresa, y esbozo una leve sonrisa.

—Gracias —digo—, pero es mejor que vuelvas a casa. Tú también debes descansar.

Permanece en silencio durante pocos segundos antes de volver a asentir, frunciendo los labios.

—Buenas noches, entonces —dice. Yo mantengo la sonrisa.

—Buenas noches, Harry.

Tras ello, giro sobre mis talones y echo a andar. No es hasta que cruzo el umbral de la puerta cuando dejo de sentir la mirada de Harry clavada en mi nuca.

- - -

Respiro. Inspiro. Respiro. Inspiro.

Noto el aire gélido quemándome los pulmones, lo cual, de alguna forma, me resulta reconfortante. Mis zapatillas de deporte se hunden en la nieve, dejando un rastro de sucias huellas a mi espalda. Mis mejillas, por su parte, hace rato que dejé de sentirlas, y mis labios están resecos por el frío viento que lleva largos minutos azotándome el rostro.

La poca gente que se encuentra en la calle me mira al pasar. No la culpo, pues soy consciente de que correr a las ocho de la mañana, con el mercurio por debajo de los cero grados centígrados, no es algo que una persona haría en su sano juicio. Sin embargo, no me importa; casi había olvidado lo relajante que me resulta estar en movimiento.

Continuo corriendo durante varios minutos más, hasta que el dolor hace que apenas sienta las piernas. Visualizo la silueta de mi casa a poco más de cien metros, y aunque me siento completamente agotada, consigo reunir la fuerza suficiente para llegar al final.

Me detengo frente a mi Jeep y me apoyo ligeramente sobre el capó cubierto de nieve. Cierro los ojos e intento recuperar la respiración, hasta que la presión que siento en el pecho comienza a desaparecer poco a poco. Cuando vuelvo a abrirlos, clavo la mirada en la casa de enfrente, sin poder evitar preguntarme cómo se encontrará Harry, si habrá podido dormir o si, por el contrario, ha pasado la noche en vela.

Suspiro y me aparto del coche, dirigiéndome hacia mi puerta. Saco las llaves del bolsillo de mi sudadera, abro la cerradura y entro en el interior. Enseguida, la figura de mi madre aparece en el recibidor, ataviada con una bata y un café en la mano.

—¿Allison? ¿De dónde vienes? —pregunta, con una mueca de sorpresa dibujada en su cara. Descubro restos de rímel alrededor de sus ojos, enmarcados por unas oscuras ojeras, lo que me hace sospechar que no han pasado muchas horas desde que ha vuelto de su cotillón. 

—He salido a correr —respondo, caminando hacia ella. Paso por su lado y me adentro en la cocina. Me dirijo al frigorífico y saco de él una botella de agua, de la que bebo un buen trago. Mi madre me observa por encima del borde de su taza, en silencio, apoyada contra el marco de la puerta. La miro de reojo, mientras devuelvo la botella a su sitio. Por su forma de analizarme, sé que presiente que algo no va bien, así que decido intentar desviar sus pensamientos de alguna forma—. ¿Qué tal la fiesta?

—Bien —dice únicamente.

 Asiento, mientras me dirijo de nuevo hacia la puerta, dispuesta a huir de aquí. Estoy a punto de llegar a las escaleras cuando la voz de mi madre me detiene de nuevo.

—¿No me vas a contar qué te sucede?

Me giro, y cuando nos miramos a los ojos, no puedo evitar que las palabras salgan de mi boca.

—Paige intentó suicidarse ayer.

La taza se estrella contra el suelo con un sonido ensordecedor. El charco de café comienza a expandirse poco a poco, desviándose al topar con los trozos de cerámica esparcidos por el parqué. Mi madre no reacciona hasta varias segundos más tarde. Clava la mirada en el estropicio que hay a sus pies, nerviosa, y después vuelve a mirarme.

—Allison... —murmura, sobrecogida. Avanza hacia mí con los brazos extendidos, quizás para abrazarme. Sin embargo, yo retrocedo un par de pasos y la detengo, enseñándole la palma de mi mano; lo último que necesito en este momento es un abrazo, porque sé que, nada más que me vea envuelto en él, me desmoronaré. 

Mi madre se gira para observar de nuevo la taza rota, frotándose la frente con confusión.

—Voy... —Carraspea un par de veces—. Voy a limpiar esto.

Cuando desaparece en el interior de la cocina, corro escaleras arriba y me encierro en el baño. Abro el grifo de agua caliente, me desvisto y me meto en la bañera. No es hasta que se llena entera cuando logro que los latidos de mi corazón se calmen y cierro los ojos. Los minutos pasan, el agua se enfría y las yemas de mis dedos se arrugan. Sin embargo, solo decido que es hora de salir cuando escucho a los lejos el sonido de mi despertador, programado para las nueve y media, y me doy cuenta de que llevo demasiado tiempo encerrada aquí. Así que me envuelvo en una toalla y voy a mi habitación, apago la alarma y me visto con la ropa limpia que descansa sobre mi cama. Tras ello, enciendo la minicadena, me tumbo en el colchón y dejo que la música haga su trabajo, aislándome de todo.

Las horas pasan sin que mi madre interrumpa en mi habitación. Incluso a la hora del almuerzo, los tres comemos en silencio, con el único sonido de los cubiertos al chocar con los platos. De alguna forma, me sorprende que ninguno me haga preguntas. No obstante, lo agradezco; hablar de mis problemas cuando la solución está fuera de mi alcance nunca ha sido algo fácil para mí. 

Cerca de las seis de la tarde, mientras leo un libro que abandoné hace meses y cuya lectura he decidido retomar, la pantalla de mi móvil se ilumina con un nuevo mensaje.

         Dos pringados que conozco tienen un trabajo de Biología peculiarmente extenso y algo complejo que exponer en cuatro días. ¿Qué tal si vienes a mi casa? Mis padres no están. Y sí, sé lo que estás pensando, pero no voy a dejar que te propases conmigo H.

Pongo en los ojos en blanco, aunque no puedo evitar que los labios se me curven en una sonrisa estúpida. Me apresuro a responder a su mensaje, aceptando su propuesta, así que cierro el libro y me pongo en marcha.

Cuando bajo las escaleras, vestida algo más adecentada, encuentro a mi madre frente a la mesa del recibidor, aferrada al auricular del teléfono. Me lanza una mirada al verme llegar y la aparta enseguida.

—Tengo que colgar —la escucho decir en voz baja. Tras ello, deja el aparato en su sitio y se gira de nuevo hacia mí—. ¿A dónde vas?

Dudo unos segundos antes de responder.

—Voy a casa de Harry —respondo. Sorprendentemente, se limita a asentir. Sin muecas, ni tampoco quejas—. ¿Con quién hablabas?

Ella también parece vacilar. 

—Con la madre de Paige. Quería hablar contigo —se apresura a aclarar—,  pero creía que no te apetecería...

—¿Qué ocurre? —la interrumpo, inquieta. Ella suspira.

—Sus padres han decidido ingresarla en el hospital. Creen que lo mejor es que reciba atención médica y psicológica. Para... ya sabes, evitar que sufra otra crisis nerviosa. Pero no quieren que te preocupes. Ella...

—Es lo mejor —asiento. 

Mi madre se queda mirándome, ligeramente sorprendida. Yo también me sorprendo. Me tranquiliza saber que Paige estará atendida, que habrá gente que podrá ayudarla. Pero a la vez me duele, porque sé que es un sentimiento egoísta. Porque sé que, de esa forma, no seré yo quien tenga que sacarla de ahí, y que me será más fácil superar cualquier atisbo de culpabilidad si las cosas no salen bien. No soy buena amiga. Nunca lo he sido. Y no me queda más remedio que aceptar la realidad. Al fin y al cabo, no puedes pedirle a alguien que supere sus problemas cuando tú sigues estancada en los tuyos. 

—Estará bien —me dice mi madre. 

—Lo sé.

Me sonríe débilmente. Es extraño pensar cómo la relación entre ambas se ha enfriado hasta el punto de no saber qué decir. Y no puedo evitar echar de menos la calidez que había antes y que nunca he valorado suficiente. Al menos, no hasta ahora.

Salgo al exterior de la calle. Está anocheciendo, y la frigidez de esta mañana aún permanece en el ambiente. Cruzo la calle hasta llegar a la otra acera y subo los tres escalones que conducen al porche de la casa. Me detengo frente a la puerta y llamo un par de veces. La respuesta no tarda en llegar.

—¡Miss América!  —exclama Harry al verme, esbozando una amplia sonrisa—. Me alegro de que hayas venido. Vamos, pasa.

Entro en el interior. Harry cierra la puerta, y colocando una mano sobre mi espalda, me guía hasta las escaleras.

—El salón es más frío —me explica—. En mi habitación estaremos más cómodos.

Levanto una ceja. 

—¿Es una insinuación? —pregunto. Él se encoge de hombros y me guiña un ojo.

—Interprétalo como quieras.

Suelto una risa, sacudiendo la cabeza. Llegamos hasta la planta de arriba y entramos en su habitación. Está igual de ordenada que siempre, con ese ligero olor a limón que la caracteriza. Me siento sobre la cama, mientras Harry se acerca al escritorio y coge un par de cartulinas que se encuentran en él. Me las enseña, y me sorprendo al encontrar un trabajo considerablemente mejor de lo que esperaba. Tiene numerosas fotos, e incluso dibujos, y todo está escrito con una cuidada caligrafía. 

—Vaya —es lo único que se me ocurre decir.

—Tienes que admitir que no soy tan mal compañero de trabajo, ¿eh?

—Desde luego —asiento—. Me has decepcionado menos veces de las que esperaba, Styles.

—Lo sé —sonríe, satisfecho, cruzando los brazos tras la cabeza y tumbándose sobre el colchón. 

La hora siguiente la pasamos preparando la exposición. Intentamos memorizar la información  y actuamos como si nos encontrásemos frente al resto de los alumnos. A diferencia de mí, Harry tiene una gran facilidad para retener cada dato y expresarlo con fluidez, sin trabas ni vacíos de memoria. Es curioso cómo jamás habría pensado que fuese tan buen estudiante y que realmente se preocupase por hacer las cosas bien, pero supongo que las apariencias siempre engañan.

Conforme pasa el tiempo, la motivación con la que empezamos a trabajar comienza a desaparecer. Cansados y con las cuerdas vocales doloridas, ambos permanecemos sentados en la cama, observando la estantería que se encuentra frente a nuestros ojos. Toda la casa está en silencio, exceptuando el sonido de nuestra respiración. La inmensa tranquilidad hace que el sueño comience a apoderarse de mí. Sin embargo, la voz de Harry hace que me sobresalte. 

—¿Sabes? Me alegro de que al menos Logan muriese sabiendo que una persona lo quería de verdad.

Giro la cabeza hacia él, mirándolo con curiosidad. Él, por su parte, permanece con los ojos clavados en la estantería.

—Logan era bastante frío. Nunca mostraba nada más allá de un interés básico por Douglas y por mí. Jamás recibí un abrazo suyo, ni me preguntó cómo me encontraba cuando sabía que algo iba mal. Si nos veía decaídos, simplemente se sentaba a nuestro lado y nos hacía compañía mientras se fumaba un cigarro. —Sacude la cabeza—. Me cuesta imaginarlo queriendo a alguien de una forma más... profunda. 

—Supongo que hay partes de nosotros que solo somos capaces de compartir con algunas personas —murmuro.

Harry me mira durante varios segundos antes de asentir casi imperceptiblemente.

—Es posible. 

El silencio vuelve a reinar entre los dos. Sin embargo, esta vez no me resulta tranquilo, sino incómodo y eterno. Harry se levanta, se alisa las arrugas de sus vaqueros y señala el escritorio.

—En mi portátil está el archivo del trabajo —comenta, con cierta sequedad en su voz—. Envíalo a tu correo electrónico si necesitas estudiarlo. Yo voy a bajar a la cocina a por algo de beber.

Antes de que pueda decir nada, sale de la habitación, dejándome sola y confundida. 

Suelto un suspiro y me dirijo hacia el escritorio. Me siento en la silla y abro el portátil, que se enciende automáticamente. Espero mientras se reanuda, hasta que en la pantalla aparece una ventana de Google. Me dirijo a cerrarla cuando, sin poder evitarlo, mis ojos se topan con el nombre que se encuentra escrito en el recuadro de búsqueda.

Joseph William Morris.

Al principio, me siento algo perdida y desorientada. Sin embargo, cuando decido echar un vistazo al historial de búsqueda, todas mis sospechas se ven afirmadas: desde hace días, incluso semanas, Harry ha estado buscando nombres de personas y lugares, todos relacionados con Logan. A pesar de habernos prometido que olvidaríamos el tema, que dejaríamos las cosas estar. A pesar de que yo se lo pedí, porque lo necesitaba.

—¿Te gusta el té frío? Porque solo tengo té frío.

Alzo la mirada hacia Harry, que ha entrado de nuevo en la habitación y me tiende un vaso lleno de un líquido color marrón. Se da cuenta de que algo va mal cuando ni siquiera me molesto en aceptar la bebida. 

—¿Estás bien? —pregunta. Yo sacudo la cabeza.

—¿Por qué has estado investigando sobre Joseph Morris?

—¿Qué? —Al principio, sus ojos denotan perplejidad, pero enseguida se endurecen cuando se da cuenta  de qué estoy hablando—. ¿Cómo...? Espera, ¿has espiado mis búsquedas?

—Has dejado una página web abierta —digo, mostrándole la pantalla. Harry aprieta la mandíbula y deja los dos vasos en la mesa para apoyar las manos sobre ella. No puedo evitar mirarle sin cierta rabia—. Dijimos que no íbamos a seguir buscando.

—Allison, no lo entiendes —murmura—. La policía sigue sin encontrar nada. Nadie encuentra nada. No puedo respirar en paz sabiendo que las cosas continúan igual.       

Me aparto del escritorio, comenzando a dar vueltas por la habitación y frotándome la frente.

—Y qué pretendes, ¿ponerte otra vez en peligro? —le pregunto—. ¿Y lo que vivimos en aquel edificio? ¿Es que acaso no te acuerdas?

Un destello de furia brilla en sus ojos.

—Me acuerdo perfectamente.

—¿Y por qué insistes en revivir aquello?

—Porque Logan se lo merece. Porque tú harías lo mismo si se tratase de Paige.

—¡Ya no se trata de por quién lo haríamos, Harry! —exclamo—. Se trata de darte cuenta de que hay cosas que por mucho que intentemos solucionar, son irreparables. Dime, ¿qué vas a hacer cuando encuentres al asesino? ¿Acaso va a conseguir que desaparezca el dolor de haber perdido a tu mejor amigo?

—No —responde, dolido—. Pero sí lo apaciguará.

—El tiempo también alivia el dolor, Harry. Solo tienes que saber esperar.

Él suelta una risa irónica.

—Lo dices porque no sabes que es perder a un amigo.

—Te recuerdo que ayer estuve a punto de saberlo —murmuro.

—Lo sé. Y dime, ¿acaso no sentiste le necesidad de solucionar las cosas? —pregunta—. ¿Acaso no deseabas, mientras le hablabas, que tus palabras cambiasen la situación que estabas viviendo? Porque así me siento yo, con la única diferencia de que tú lograste salvar a tu amiga. Logan, en cambio, está muerto.

Me quedo en silencio, porque una parte de mí lo comprende. Sin embargo, el miedo y la culpabilidad pueden más que cualquier otro sentimiento.

—Necesito que te olvides de todo —le digo, derrotada.

—No. —Sacude la cabeza—. Lo siento, Allison, pero no puedo hacerlo. Esta vez no. Voy a seguir hasta encontrar a la persona que lo mató, contigo o sin ti.

—¡Maldita sea, Harry! —estallo, perdiendo los nervios por completo—. ¿Es que no lo ves? Mira todo lo que hemos causado, todo el daño que hemos hecho. ¡Un chico murió por nuestra culpa! ¡Fuimos nosotros quienes matamos a Sean!

El rostro de Harry se difumina tras mis lágrimas, que comienzan a rodar por mis mejillas sin que pueda detenerlas. Cada sollozo que se escapa de mis labios hace que me duela el pecho y que me cueste respirar, pero no me importa. Llevo demasiado tiempo acumulando el sentimiento de haber fallado, de haber acabado con la vida de una persona y destrozado una familia por completo. Me odio a mí misma. Me odio por lo que hice y por haber decepcionado a tanta gente. Sé que Harry tiene razón al contradecirme, que el tiempo no puede curar todas las heridas, porque no importa cuántos meses o años pasen: algunas son tan profundas que moriremos con ellas.

—Allison... 

Pero niego con la cabeza, porque no quiero escucharle.

—Solo necesito que me ayudes a olvidar —balbuceo.

Harry se queda mirándome durante unos instantes, y antes de que pueda recuperar la respiración siquiera, me rodea las mejillas y me besa.

Lo hace con fuerza, como si le faltase el aire y yo fuera el último átomo de oxígeno. Baja las manos hasta mi cintura y me estrecha contra sí. El contacto de su piel hace que un escalofrío me recorra la columna vertebral y que el calor de mi cuerpo ascienda. Yo rodeo su nuca, me dejo besar y lo beso.  Sus dedos buscan el borde de mi jersey, y después, mi sujetador.

Es entonces cuando me doy cuenta de algo. De que Harry es indispensable en mi vida, y que, de alguna forma, lo necesito. Lo necesito tanto que me cuesta saber quién soy cuando no estoy con él. Tanto, que me aterra perderlo. Lo sé. Sé que lo necesito de muchas formas, y en demasiadas ocasiones.

Pero no así.

No ahora.

Detengo sus brazos antes de que llegue demasiado lejos, provocando que deje de besarme y se pare a mirarme. Veo confusión en sus ojos, y de pronto, me siento aterrorizada, porque sé lo que acabo de hacer.

Doy un paso hacia atrás, sin saber cómo actuar, ni qué decir. Así que, antes de que Harry pueda articular palabra, antes de que logre entender qué está sucediendo, le digo:

—Lo siento.

Y salgo corriendo.


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