29

Doy vueltas alrededor del silencioso y oscuro salón, alumbrado únicamente por la débil luz procedente de la entrada. Me detengo frente a la ventana y observo las nubes rojizas que cubren el cielo nocturno. Las fuertes nevadas de los últimos días han cesado, pero las temperaturas siguen por debajo del mercurio. Incluso ahora, estado en el interior de la casa, puedo sentir el desapacible frío arañando los gruesos muros e intentando colarse por las rendijas y grietas.

—¿Allison?

Me giro hacia la puerta. Diviso la figura de mi hermano al otro lado, de pie frente a la escalera. Camino hacia él y esbozo una sonrisa cuando lo veo vestido con su traje de chaqueta, impecable. Sin embargo, su rostro está contrariado, mientras sus manos intentan ajustar la pajarita al cuello de su camisa.

—¿Necesitas ayuda? —pregunto, divertida. Él me lanza una mirada.

—¿Tú qué crees?

Suelto una risa.

—A ver, déjame a mí.

Mi hermano deja caer los brazos con un resoplido y acepta mi ayuda. Deshago el desastroso lazo que ha hecho y vuelvo a colocar la cinta negra alrededor de su cuello, comenzando a entrelazar los extremos de ésta y haciendo varios nudos entre sí. Mientras, Tyler me observa con una mirada llena de desconfianza.

—Allison, ¿te importaría darte algo más de prisa? —dice, moviendo la pierna derecha con movimientos impacientes.

—Cierra el pico y no me desconcentres.

Tras varias maniobras más, termino finalmente de hacer la pajarita. Doy un paso hacia atrás y observo con detenimiento mi trabajo.

—¿Cómo ha quedado? —pregunta mi hermano, no muy convencido.

—Genial —miento. Él hace ademán de mirarse en el espejo, pero consigo agarrarlo del brazo a tiempo y conducirlo hacia la puerta—. No hay tiempo para emperifollarse. Llegamos tarde.

Salimos al exterior. La oscuridad ha caído por completo y nuestra calle está desértica. Tan solo se escuchan el ulular del viento y el crujir de las ramas de los árboles que danzan al ritmo de éste. La noche no es en absoluto agradable o acogedora, pero tampoco creo que a nadie le importe.  Al fin y al cabo, es la última del año.

Desbloqueo el seguro del coche y me apresuro a ocupar mi sitio frente al volante. Tyler se deja caer en el asiento de atrás, cerrando la puerta con fuerza y frotándose las manos en un intento de entrar en calor. Decido poner en marcha el motor y encender la calefacción, que enseguida me calienta el rostro con una bocanada de aire cálido.

Apenas esperamos un par de minutos más hasta que la figura de Harry aparece frente a la luz de los faros del coche. Me saluda con un pequeño gesto y una sonrisa antes de entrar en el interior del vehículo y sentarse a mi lado.

—Qué f-frío —murmura, estremeciéndose de los pies a la cabeza y recolocándose el gorro que cubre su rizada melena. Me vuelve a sonreír y se gira hacia mi hermano—. Hola, campeón, qué bien te veo. Oh, Dios. Espera. ¿Quién diablos te ha hecho esa pajarita?

Tyler pone los ojos en blanco.

—Mi hermana —responde. Harry me lanza una mirada de terror.

—Allison, es horrible.

—¡Oye! —exclamo, molesta, pero él sacude la cabeza.

—Espera dos minutos —me dice—. Tengo que solucionar esto.

Dicho esto, se pone de rodillas sobre el asiento y se estira hasta la zona de atrás, obligándome a pegarme a la ventanilla. Con una clara expresión de fastidio dibujada en mi rostro, espero mientras Harry hace su trabajo. Transcurren más de dos minutos. Cinco, incluso. Sé que se nos está haciendo tarde, pero Harry parece tan concentrado que interrumpirlo se me antoja un delito.

—¡Listo! —exclama de repente, sobresaltándome—. Así estás que te sales. Incluso estoy planteándome pedirte salir.

Mi hermano parpadea un par de veces, confuso. Yo suelto una carcajada. Harry se vuelve a sentar y me mira con diversión, mientras se coloca bien su chaqueta.

—Cuando quieras, miss América —me dice. Sacudo la cabeza, reprimiendo una sonrisa. Tras ello, piso el acelerador y nos ponemos en marcha.

Recogemos a Douglas un par de minutos después de las diez y media. Entra en el coche con uno de sus habituales comentarios sobre cómo el frío afecta a sus genitales, el cual provoca que una desagradable imagen aparezca inevitablemente en mi mente. Después, como si nada, comienza a hablar tranquilamente con mi hermano sobre algo relacionado con el béisbol y que no llego a comprender.

A las once menos cuarto dejo a Tyler en casa de su mejor amigo, que ha decidido aprovechar que sus padres no están en casa para montar un cotillón adolescente. Tras prohibirle inútilmente que beba alcohol y recordarle que únicamente puede responder a las llamadas de nuestra madre en sitios silenciosos, nos alejamos de allí y nos dirigimos hacia el puerto.

Cuando llegamos, tardamos largos minutos en encontrar aparcamiento. La zona está llena de coches y de gente que dificultan la circulación y que provocan un ambiente increíblemente ruidoso a nuestro alrededor. De todas formas, tampoco esperábamos nada muy diferente. Es Nochevieja. Y en Nochevieja, todo el mundo grita, canta y saca su lado más extrovertido. 

Harry, Douglas y yo nos bajamos del Jeep y nos encaminamos hacia el puerto, donde el gélido ambiente se ve camuflado entre el calor que desprende la multitud de personas concentradas en el lugar. La mayoría lleva accesorios coloridos y festivos y sostiene una botella de cerveza entre sus manos, mientras que cuerpos, envueltos en gruesas capas de ropa, se mueven al compás de la retumbante música. Todos parecen felices, y me pregunto si es porque realmente lo son, o si simplemente es un efecto de todo el alcohol que recorre sus venas. 

—¿Habías venido alguna vez aquí? —me pregunta Harry, alzando la voz por encima de la música.

—No —respondo, utilizando el mismo tono—. Es la primera vez.

—¿Y qué te parece?

Sonrío.

—Me gusta —respondo, porque es la verdad. 

Nos pasamos la siguiente media hora apoyados en una barandilla, charlando y acompañados de tres perritos calientes. Harry y Douglas me cuentan cómo se hicieron amigos. Fue en una fiesta de uno de los chicos del instituto, dos años atrás, cuando Harry entró en el baño y se encontró a Douglas borracho y desnudo dentro de la bañera. Lloraba desconsoladamente porque su novia había cortado con él esa misma noche, tras haberle pillado compartiendo saliva con otra chica. Harry le preguntó por qué estaba desnudo, y Douglas le respondió con una frase que no entendió. Así que se limitó a levantarlo como pudo, lo cubrió con la cortina de la ducha y lo acompañó andando hasta su casa. 

—Aquel fue el momento más patético de mi vida —comenta Douglas, con el rostro colorado por la vergüenza. 

—Al menos tú ibas borracho —resopla Harry—. Yo tuve que aguantar tus lamentos durante todo el camino.  

Suelto una risa y dejo que ambos sigan rememorando ese día, mientras yo rebusco en el bolsillo de mi abrigo en busca del móvil. Hablar sobre el tema de la amistad me ha recordado que Paige lleva días sin contestar a mis mensajes o llamadas. Incluso cuando ayer fui a su casa para ver si estaba bien y acordar nuestros planes de fin de año, nadie contestó. Es como si hubiese desaparecido de la faz de la tierra. Y aunque debería preocuparme más por su estado, sé que sería inútil; cuando Paige decide aislarse del mundo que le rodea, lo peor que puedes hacer es ofrecerle tu ayuda. Tu única opción, por muy poco correcto que parezca, es cruzarte de brazos y esperar a que ella decida acercarse de nuevo a ti. 

Y lo sé, porque llevo demasiados años viviendo la misma situación, viéndola desmoronarse y volver a reconstruirse por sí misma una y otra vez, inagotablemente.

—¡Dios! —exclama Harry de pronto, sacándome bruscamente de mis pensamientos—. ¡Me encanta esta canción! Allison. Douglas. Téneis que bailar conmigo.

Lo miro a los ojos. Algo en ellos me dice que sabe que las cosas no van bien, y que quiere solucionarlo. Me sonríe y nos agarra a Douglas y a mí del brazo, animándonos a bailar. No obstante, ambos nos limitamos a observar sus graciosos y esperpénticos movimientos al son de la música, provocando que más de una risa se nos escape de los labios. 

—Venga —me dice Douglas—, no dejemos que haga el ridículo solo.

Nos unimos a él y comenzamos a bailar atolondradamente, sin importarnos las miradas que el resto nos lanza. Harry me toma de la mano y me hace girar. Después se dirige a Douglas  y juntos realizan un extraño baile, como si una corriente de electricidad les estuviese recorriendo de pies a cabeza. La barriga comienza a dolerme por la risa y me veo obligada a detenerme y a apoyarme de nuevo contra la barandilla, agotada y en busca de aire, aunque con una sonrisa imborrable dibujada en mis labios. 

A las doce menos cinco, la música cesa y todo el mundo comienza a alzar la voz más aún, nerviosos e impacientes. Douglas trae tres bebidas y nos tiende a Harry y a mí las nuestras. Me bebo el refresco de mi vaso de un tirón, sedienta y acalorada por nuestro baile. 

—¿Creéis que será un buen año? —pregunta Harry. Ambos nos volvemos hacia él.

—Eso espero. Este ha sido una mierda.

—¿Tenéis algún deseo en mente?  

Douglas tuerce el gesto.

—Eso no sirve de nada. El año pasado pedí un Ferrari y aún no he visto ninguno aparcado frente a mi casa.

Pongo los ojos en blanco.

—¿Harry?—pregunto, dirigiendo la mirada hacia su rostro serio. Él aprieta la mandíbula.

—Me conformo con que el que mató a Logan sufra lo que se merece  —dice.

Douglas y yo compartimos una mirada, pero ninguno dice nada. Justo en ese momento, todas las luces que nos rodean se desvanecen y la gente comienza a soltar exclamaciones de júbilo. La enorme pantalla colocada en medio del paseo marítimo se enciende, y una cuenta atrás de veinte segundos aparece en ella. 

Nos apartamos de la barandilla y me vuelvo de nuevo hacia Harry. La luz amarillenta de la pantalla ilumina su rostro, que aún se muestra serio y reservado. Se da cuenta de que lo estoy observando y me mira, pero no aparto la vista. Me limito a esbozar una sonrisa tranquilizadora, esperando que eso sirva para apartar los malos pensamientos de su mente. Sé que lo he conseguido cuando los músculos de su cara se relajan y sus ojos verdes se vuelven más dulces y serenos.

Cuando vuelvo a mirar hacia el frente, la cuenta atrás se ha reducido a diez segundos. La multitud comienza a contar en voz alta. Descubro tras sus voces un atisbo de esperanza. Esperanza de que las cosas vayan mejor, de que el nuevo año les ofrezca de nuevo todo lo que creían perdido. Esperanzas de cambiar, de convertirse en aquellas personas que siempre han anhelado ser.  

Cinco segundos.

Me descubro a mí misma deseando lo mismo que ellos. El conseguir dejar atrás esa parte de mí que vive enfadada con todo lo que le rodea, y que teme mostrarse tal y como es. Esa parte que no asume lo que siente y lo que los demás sienten por ella, la que me cubre los ojos y no me deja ver lo que de verdad quiero.

Cuatro.

Pero de alguna forma sé que esa venda se ha vuelto translúcida y que poco a poco mis sentimientos están comenzando a manifestarse ante mis ojos. Y es que, en algún momento, me he dado cuenta de que parte de lo que quiero no está tan lejos de mí como creía.

Tres.

Miro a Harry una vez más. Tiene los ojos cerrados y una pequeña sonrisa bailando en su boca.

Dos.

Yo también cierro los ojos, y sonrío.

Uno.

Porque esa venda invisible acaba de desprenderse de mí.

—¡Feliz Año Nuevo!

La gente grita y comienza a dar saltos. Yo abro los ojos y observo mi alrededor, esbozando cada vez una sonrisa más amplia. Cuando me giro hacia mis dos compañeros, me encuentro con los brazos de Harry, que me rodean y abrazan con fuerza. Escucho su risa en mi oído, y sé que está feliz.

—Feliz año, miss América.

Se separa de mí y miro a Douglas, que me espera con los brazos abiertos de par en par. Suelto una risa y le abrazo.

—Bienvenida a dos mil quince, remilgada —me dice. Me aparto y le pego un puñetazo en el hombro.

—Lo acabas de estropear todo, rubio de bote.

—Perdona, pero te equivocas —me contradice, fanfarrón—. Soy rubio natural.

Los tres soltamos una carcajada. No obstante, todos, incluidos los que nos rodean, nos callamos bruscamente cuando escuchamos un fuerte silbido y un estallido de luz interrumpe en el cielo. Entonces, los gritos de exaltación vuelven a resurgir del silencio, mientras decenas de fuegos artificiales iluminan la bóveda oscura que se extiende sobre nuestras cabezas. 

—Chicos —habla entonces Douglas, rodeándonos con un brazo a cada uno y alzando la mirada al cielo, sonriente—, a esto lo llamo yo felicidad.     

-

Conduzco sumida en una profunda tranquilidad. Hace cinco minutos que hemos dejado a Douglas en su casa, y tres desde que Harry se ha quedado dormido en el asiento del copiloto. Las calles están vacías, exceptuando algunos coches que circulan por las avenidas principales. Son solo las dos de la mañana, así que la mayoría de la gente todavía se encuentra celebrando la entrada del año. Sin embargo, aún tengo que recoger a Tyler de la fiesta y llegar a casa antes de que mi madre vuelva de su cotillón para solterones y se dé cuenta de que sus dos hijos no están allí.

Mi móvil comienza a vibrar un par de segundos después de detenerme en un semáforo en rojo. Estoy a punto de colgar cuando me fijo en la pantalla y leo el nombre de Paige en ella. Tardo un pequeño instante en reaccionar y descolgar la llamada.

—¿Sí? 

—¿Allison? —pregunta. Su voz es débil y temblorosa. Frunzo el ceño, mirando el semáforo. Aún está en rojo.

—¿Paige? ¿Ocurre algo? ¿Estás bien?

—Allison, yo... —Antes de que pueda decir nada más, estalla en sollozos. Apenas logro entender sus siguientes palabras—. Lo siento. Lo siento de veras. Lo he intentando. De verdad que lo he hecho. Pero no puedo. Lo siento, Allison.

El corazón comienza a latirme con fuerza.

—Paige, tranquilízate, por el amor de Dios. ¿Qué te pasa?   

—No puedo —balbucea—. Él... yo... Se fue. Se fue.

—¿De quién hablas? ¿Quién se ha ido? Maldita sea, ¿dónde estás? ¿Estás sola?

—¿Allison?  

Me giro hacia Harry. Se ha despertado, y me observa con una expresión de confusión en el rostro. El semáforo se pone en verde, pero no piso el acelerador.

—Paige, ¿sigues ahí? —pregunto. Las manos empiezan a temblarme.

—En casa —la escucho decir—. Estoy en casa.

El coche que está tras el mío toca el claxon y me veo obligada a poner el motor de nuevo en marcha.

—Paige, escúchame —empiezo a decir, pero ella me interrumpe.  

—Perdóname —Los sollozos suenan de nuevo, esta vez más fuertes.

—¿Perdonarte por qué? ¿Paige?

—Te quiero.

—¿Paige? —la llamo, pero no contesta—. Paige, no me cuelgues. Paige. ¡Paige!

En mitad del cruce, doy un volantazo. El coche da una vuelta sobre sí mismo y las ruedas chirrían contra el asfalto. Escucho la voz de Harry gritarme algo que no logro entender, e ignorando los cláxones de los vehículos que me rodean, cambio de marcha y piso con fuerza el acelerador, adentrándome a toda velocidad por la avenida perpendicular a la anterior.

—¡¿Qué haces?! —me chilla Harry, histérico, pero no respondo—. Joder, Allison, ¡dime qué sucede!

Me paso rápidamente la mano por la mejilla, haciendo desaparecer una lágrima. Ni siquiera sé cómo consigo hablar, pues mi voz está totalmente atrapada por el miedo. 

—Es Paige —respondo—. Creo que va a suicidarse.   

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