28

Sentada en el sofá del salón, observo a mis padres mantener una de sus habituales discusiones. Después de que el agente de policía nos dijera que Geoffrey Stevenson había sido detenido y que necesitaban que Harry y yo fuéramos a declarar a la comisaría, mi madre estalló en gritos de enfado e indignación; no está dispuesta a que ese tema esté de nuevo presente en nuestras vidas, teniendo en cuenta lo mucho que le ha costado superar el hecho de que su hija mayor hubiese estado a punto de morir.

—¡No pienso dejar que vuelva a tener nada que ver con ese hombre! —grita mi madre, dando vueltas alrededor del salón. Mi padre, con una expresión de circunstancia dibujada en su rostro, la sigue, intentando calmarla.

—Harry y ella son los dos únicos testigos que tienen —le explica—. Necesita ir.

Mi madre se gira hacia él, con los brazos en jarra y las mejillas coloradas.

—Pues que se busquen a otros.

Él sacude la cabeza.

—Amber, no puedes entorpecer una investigación policial.

—¡Es mi hija!

Nuestra hija —la corrige mi padre—. Por el amor de Dios, ¡no le va a pasar nada! Va a estar rodeada de policías, y Harry va con ella.

—¿Y eso debería tranquilizarme? ¡Fue él quien la metió en todo aquello! ¡Por su culpa casi perdemos a nuestra hija, Patrick!

No tardo en ponerme en pie.

—No le eches las culpas a Harry —le digo, furiosa—. Fue idea mía. Asúmelo de una vez.

Mi madre me lanza una mirada que podría haberme enterrado cinco metros bajo tierra. Después la clava en mi padre, que permanece en silencio.

—A ti tenía que salir —murmura, entre dientes. Tras ello, se da media vuelta y sale rápidamente del salón. Durante varios segundos, sus pasos percuten por toda la casa hasta que se oye el estruendo de una puerta y éstos desaparecen.

Me padre se gira hacia mí, sin moverse del sitio en el que lleva anclado varios minutos. Me lanza una mirada y suelta un suspiro, aproximándose al sofá y dejándose caer en él. Yo lo observo, en silencio, hasta que decido hablar y compartir con él la pregunta que lleva rondándome la cabeza desde ayer.

—¿Por qué defiendes lo que hice?

Él alza la vista y me mira, sacudiendo la cabeza.

—No te confundas, Allison —me dice—. Lo que hiciste me pareció una completa imprudencia y me asusté mucho cuando la policía se puso en contacto con nosotros. No puedo defenderte en eso porque arriesgaste tu vida hasta el extremo.

—¿Entonces?

Mi padre exhala sonoramente.

—Defiendo tu forma de pensar, porque en eso, tal y como ha dicho tu madre, te pareces mucho a mí.

Me dirijo hacia él y ocupo el hueco libre a su izquierda, pues sé lo que viene ahora: una anécdota sobre su juventud que justifique sus palabras. Es lo que hace siempre.

—Cuando era pequeño —comienza—, entraron a robar en casa de un vecino. Por lo visto, hubo un forcejeo y los asaltantes terminaron acabando con la vida del hombre. Me pasé todo el día en la ventana, observando a los policías entrar y salir de la casa. Era como estar dentro de una película.

»Dio la casualidad de que, por aquel entonces, yo estaba comenzando a sacar a la luz mis dotes de escritor y necesitaba una buena historia con la que impresionar a mis padres y a mis amigos, así que, esa misma noche, decidí colarme en la casa de mi vecino muerto.

Abro mucho los ojos.

—¡Papá! —exclamo, incrédula. Mi padre suelta una risa.

—Quería buscar pruebas para desenmascarar a los ladrones, como si un crío de once años poseyese mejores técnicas de investigación que la policía. —Sonríe, divertido.

—¿Y qué pasó?

Se encoge de hombros.

—Llené toda la casa con mis huellas, destruyendo las pruebas que habían conseguido hasta entonces.

—Dios mío —río—. ¿Te pillaron?

Mi padre asintió.

—Me cayó la bronca del siglo —explica—. Estuve castigado durante dos meses, aunque la policía decidió pasar lo sucedido por alto; ya habían reunido suficientes pruebas durante la mañana, así que, al fin y al cabo, no la fastidié demasiado. Eso sí, no volví a meterme en asuntos policiales hasta que me hice periodista.

Sacudí la cabeza, mordiéndome el labio inferior.

—Pero, Allison. —Su tono se vuelve más serio—. No puedes volver a hacer lo que hiciste, ¿de acuerdo? Los errores están para cometerlos, pero errores así solo puedes cometerlos una vez. Sé que la curiosidad a veces nos impide ver el peligro. Sin embargo, a veces hay que intentar que la razón se ponga por delante.

Asiento, bajando la mirada. Mi padre me sonríe con cariño y me rodea los hombros con un brazo.

—Ya verás que la policía descubrirá quién mató a ese chico ahora que Geoffrey ha sido destituido. No tardará en confesar, te lo aseguro.

—¿Y si no fue él? —murmuro, preocupada.

—Entonces buscarán en otro lado —responde, con una creíble seguridad en su voz—. Lo encontrarán, Allison. Te lo prometo.

Lo miro durante un varios segundos antes de sonreírle, agradecida. Tras ello, me pongo en pie y echo a andar hacia la puerta. No obstante, mi padre me detiene.

—¿Allison?

—¿Sí?

—Ve con Harry esta tarde —me dice—. Yo me encargaré de tu madre.

Asiento.

—Te quiero, papá.

—Y yo, Allison. Al fin y al cabo, eres mi hija mayor favorita.

Suelto una carcajada y él sonríe. Tras ello, me doy media vuelta y salgo de la habitación, sintiéndome ligeramente más aliviada.

-

Espero a Harry refugiada en el calor de mi coche, mientras el cielo nublado comienza a adoptar una tonalidad cada vez más oscura. No ha dejado de nevar el todo el día y la calle se ha cubierto de una gruesa capa blanca que, hasta hace media hora, no ha sido retirada por la máquina quitanieves. Ahora el asfalto está casi limpio y es más fácil circular por él. Sin embargo, sé que la fuerte nevada no tardará en cubrir el suelo de nuevo, así que, cuanto menos tardemos en realizar nuestra visita a la comisaría, más sencillo resultará el regreso a casa.

La puerta del copiloto se abre varios minutos después, sobresaltándome. Observo cómo un espasmódico Harry cubierto de nieve se apresura a resguardarse en el interior del Jeep, susurrando algo incomprensible.

—Tienes la calefacción puesta —dice, con tono aliviado y colocando las manos en el respiradero—. Creo que te quiero.

—Yo a ti no —gruño, examinando con pesadumbre la tapicería húmeda y manchada de nieve.

Arranco el motor y nos ponemos en marcha. En el primer semáforo en rojo enciendo la radio. La última canción que escuché salta por donde la dejé días atrás: White Winter Hymnal, de Fleet Foxes. Sonrío y comienzo a cantar en susurros apenas audibles. Noto unos ojos clavados en mí y me giro hacia Harry, que me observa con una expresión divertida.

—¿Qué? —pregunto, molesta. Él se encoge de hombros y sacude la cabeza, sin borrar la sonrisa de sus labios y dirigiendo la vista de nuevo hacia la ventanilla.

La música y el ruido de los coches son los únicos sonidos que nos acompañan durante todo el trayecto. Ninguno de los dos hablamos, supongo que porque a ambos nos preocupa lo que puede suceder en la comisaría; si Geoffrey confiesa que fue él quien mató a Logan, todo lo que hemos estado buscando durante semanas habrá acabado. No obstante, queda la posibilidad de que no sea el culpable, y si eso es así, volveremos a estar en el punto de partida, algo que ni a Harry ni a mí nos apetece repetir.

El cielo ha oscurecido por completo cuando llegamos. Aparco cerca de la entrada del edificio y nos dirigimos rápidamente al interior de éste, resguardándonos de la fuerte y eterna nevada que hoy se ha empeñado en caer sobre la ciudad. Una vez dentro, nos deshacemos de nuestros abrigos y nos dirigimos hacia la ventanilla de información, donde se encuentra la misma mujer que nos atendió en nuestra última visita y con la que Harry discutió.

—Espero que no me recuerde —me dice en un murmuro. Se dirige hacia la ventanilla y sonríe amablemente—. Hola, soy Harry Styles y ella es Allison Cooper. Un policía vino esta mañana para decirnos que teníamos que declarar sobre el caso de Geoffrey Stevenson.

La mujer lo mira durante un par de segundos con cierta desconfianza. Después baja la mirada hacia los papeles que tiene frente a ella y les echa un vistazo.

—Id hacia allí —nos dice con voz impasible, señalando el pasillo que tenemos a nuestra derecha—. Os atenderán enseguida.

Harry asiente, le da las gracias y se dirige hacia mí.

—Vamos —dice, tomándome de la mano y echando a andar hacia donde nos han indicado.

Llegamos a una sala de oficina llena de mesas y agentes de policía que trabajan en sus respectivos ordenadores y caminan de un lado a otro, atareados. Nos quedamos de pie en la entrada, sin saber qué hacer, mientras observamos la escena que tiene lugar frente a nosotros. Por lo visto, que sea Navidad no parece ser aquí algo importante.

—¿Qué se supone que debemos hacer ahora? —pregunto. Justo en ese momento, como si el destino me hubiese oído, alguien se acerca a nosotros.

—Hola, chicos —nos saluda una mujer de pelo cobrizo y gafas de pasta—. ¿Os acordáis de mí?

Ambos asentimos.

—Detective McCarthy —digo. Ella asiente, satisfecha.

—Venid, hablaremos en un sitio más tranquilo.

La detective nos dirige por un largo pasillo, alejándonos del ruido y la locura de las oficinas. En esta zona todo es más lúgubre, y las guirnaldas y el pequeño árbol de Navidad que ornamentan el corredor resultan fuera de lugar. Nos cruzamos con un par de agentes, que saludan a la mujer que nos guía con cierta timidez y respeto. 

—Ahora estoy al cargo de la comisaría —nos explica, sin detener sus pasos—. Es algo temporal, hasta que trasladen a un nuevo comisario.

Harry y yo compartimos una mirada. McCarthy fue la única persona que nos atendió la última vez y que mostró un verdadero interés por ayudarnos y resolver el caso de Logan. Es posible que, siendo ahora la jefa, pueda investigar más a fondo y descubrir de una vez por todas quién lo asesinó.

La detective se detiene frente a una de las puertas. Introduce la llave en la cerradura y nos abre paso hacia el interior. Una vez dentro, vuelve a cerrar tras sí y nos invita a sentarnos. Ocupamos los dos asientos que se encuentran delante del escritorio, mientras ella lo rodea y se sienta frente a nosotros.

—De acuerdo, chicos —dice, abriendo una libreta y cogiendo un bolígrafo de su lapicero—. Quiero que me contéis todo lo que sepáis sobre Geoffrey, lo que visteis y lo que os dijo.

Harry me mira. Ninguno de los dos quiere ser el primero en hablar. Volver a recordar aquel día hará que todo sea más real de lo que ya fue, y hará que nos sintamos de nuevo culpables por todo lo que hicimos. Al fin y al cabo, a nadie le gusta hablar sobre sus errores.

Antes de que pueda decidir nada, Harry comienza a contarle a McCarthy toda la historia, desde el principio. Empieza por cómo conocimos a Sean y cómo éste nos llevó hasta el edificio donde trabajaban. Le habla sobre Hunter, y la forma en la que nos amenazó. También menciona a la chica de los piercings y a Bruce, además de a otras personas cuyos rostros tan solo son borrones en mi memoria que vagamente puedo recordar.

Cuando llega a la parte de Geoffrey, reproduce la conversación completa que mantuvimos en él, como si estuviese grabada a fuego en su mente. Explica con detalle el momento en el que nos encerró en aquella habitación y le prendió fuego al edificio para eliminar las pruebas, dejarnos morir y que así su secreto no saliese a la luz.

Harry termina de hablar en esa parte, sin mencionar el resto. Sin embargo, la detective, cuando termina de escribir en su libreta, enseguida nos pregunta por ello.

—¿Y cómo salisteis del edificio en llamas?

Escucho a mi amigo soltar un largo suspiro.

—Sean, el chico que nos ayudó —dice—. A él también lo encerraron, pero al parecer logró salir. Vino a buscarnos y nos sacó de allí.

—No lo entiendo. Si ibais juntos, ¿cómo es que vosotros conseguisteis salir y él no?

Siento una punzada en el estómago.

—Se rezagó —responde él, sin molestarse en dar más detalles.

—¿Detective McCarthy? —intervengo. Ella dirige la vista hacia mí.

—¿Sí, Allison?

—¿Podría darme un poco de agua?

La mujer me observa durante unos instantes antes de asentir y ponerse en pie.

—Por supuesto. 

Se dirige hacia el dispensador de agua que hay al lado de la puerta y llena uno de los vasos de plástico. Tras ello, vuelve hacia nosotros y me tiende el recipiente. Le doy las gracias y bebo rápidamente, intentando hacer desaparecer el malestar que siento por todo el cuerpo. Harry me pregunta con la mirada si estoy bien. Yo asiento.

—Chicos, sé que esto es duro de recordar para vosotros —nos dice, sentándose ligeramente sobre el borde de la mesa—. Lo he retrasado el máximo tiempo que he podido, para que pudierais recuperaros, pero es algo indispensable para la investigación. Lo sabéis, ¿verdad?

Ambos asentimos, sin decir nada.

—¿Hay algo más que queráis añadir?

—¿Ha confesado Geoffrey? —pregunta Harry. McCarthy asiente. El corazón se me acelera.

—Esta mañana —nos explica—. Todo coincide con lo que me habéis contado. Sin embargo, asegura que no fue él quien mató a Logan, ni ninguno de sus secuaces.

—Está mintiendo —dice él, sacudiendo la cabeza.

La mujer suelta un suspiro y lo mira con cierta compasión en sus ojos.

—No creo que sea así, Harry.

—¿Y cómo lo sabe? —intervengo.

—Ha admitido todos sus crímenes. ¿Para qué querría ocultar uno de ellos?

—Para librarse de otros quince años en la cárcel —responde Harry, con tono molesto—. No teníais pruebas suficientes, ¿no? Siendo así, podría escabullirse fácilmente de ser acusado.

McCarthy niega con la cabeza.

—Con todos los delitos que ha cometido, ha acumulado suficientes años como para pasarse lo que le queda de vida en la cárcel. No creo que añadir o quitar esos quince o veinte años vayan a cambiar ese hecho.

—Esto no tiene sentido —murmuro.

—Chicos... —La detective cambia el tono de su voz a uno más suave—. A lo mejor deberías comenzar a plantearos la posibilidad de que fuese otra persona. Ya me comentasteis que Logan no era un chico muy pacífico. Quizás...

—No —la interrumpe Harry—. Fue él. Fue Geoffrey.

—Harry...

Pero él sacude la cabeza.

—Quiero hablar con él —dice. Lo miro, desconcertada.

—No es posible —contesta McCarthy—. Sois menores de edad. No puedo involucraros directamente con un criminal, sobre todo sin el permiso de vuestros padres.

—¿Y qué más da? Ya nos conoce. Hablamos con él. ¿Por qué no hacerlo una vez más?

La detective vuelve a rechazar su idea una vez más.

—Lo siento, Harry.

Lo escucho coger aire y ponerse en pie bruscamente. Abre la boca, pero después parece cambiar de opinión. Permanece así durante unos segundos, con la mano ligeramente alzada en un puño y parpadeando rápidamente, como si intentase ordenar sus pensamientos.

—No puedes impedírnoslo —murmura.

—Harry —interviene McCarthy, intentando hacerle entrar en razón—, es la ley. No puedo luchar contra eso.

—¡Pero era mi amigo! —estalla, finalmente—. ¡Hemos estado durante más de un mes esperando a que hiciéseis algo, mientras vosotros apenas trabajabais en el caso porque un comisarío corrupto os lo decía así! Ni siquiera sabíais lo que escondía, sino que han tenido que ser dos adolescentes de diecisiete años los que os han abierto los ojos. Os ha hecho falta una muerte y que la vida de varias personas estuviesen en riesgo para detener a ese tipo y recuperar el caso. —Respira entrecortadamente, con el rostro colorado. Cierra los ojos para recuperarse y vuelve a hablar utilizando esta vez un tono más sereno—. Quiero hablar con él. Nos merecemos una explicación. Nos lo merecemos por todo lo que hemos pasado.

Se hace un silencio sepulcral. La detective McCarthy se queda mirándolo, sin decir nada, como si estuviese analizando todo lo que Harry acaba de decir. Yo, por mi parte, permanezco con los ojos clavados en mis manos, deseando con todas mis fuerzas salir de este lugar y olvidarlo todo.

—Está bien, Harry —suspira la mujer, rompiendo el silencio. La miro, sorprendida de que haya cedido a su petición—. Veré lo que puedo hacer.

-

Recorremos la comisaría por numerosos pasillos y oficinas hasta llegar a una zona parecida a la que nos encontrábamos minutos antes, tranquila y solitaria, aunque esta vez varias ventanas iluminan la estancia. McCarthy se dirige a una de las puertas cerradas y la abre sin vacilar. Con un gesto de cabeza nos indica que entremos, así que lo hacemos.

Es una habitación pequeña, de pocos metros cuadrados. Hay dos agentes de policía esperándonos, que nos saludan cordialmente al vernos. A mi derecha, una puerta metálica permanece cerrada y, un poco más allá, una enorme cristalera permite observar el interior de la habitación contigua. Harry y yo avanzamos unos cuantos pasos hasta colocarnos frente a la vidriera y examinamos en silencio a la persona que se encuentra tras ella, sentada en una silla y con las manos esposadas colocadas encima de la mesa que tiene frente a sí. Como si sintiese nuestras miradas, Geoffrey Stevenson alza los ojos y los clava justo en nosotros. Sé que no puede vernos, porque para lo que nosotros es una ventana, para él solo es un espejo que refleja su rostro cansado y deteriorado. Aun así, no puedo evitar que su gélida mirada provoque que un escalofrío recorra todo mi cuerpo.

—¿De verdad queréis hacerlo? —nos pregunta McCarthy, colocándose tras nosotros. Harry asiente. Yo no contesto, porque hablar con ese tipo es lo último que me apetece hacer en este preciso instante. Ella suspira y se dirige a la puerta de metal—. Mis agentes y yo estaremos tras el cristal, así que podéis estar tranquilos. No os hará ningún daño.

Abre la puerta para nosotros. Harry me mira y me sonríe en un intento de tranquilizarme, consciente de mis nervios. Tras ello, me tira ligeramente de mi dedo meñique y me conduce al interior de la sala.

Nada más entrar, una risa llena de sarcasmo nos recibe.

—Vaya, si son mis dos grandes amigos —dice Geoffrey, sonriendo con cinismo. Clava la vista más allá de nosotros, en la puerta, donde se encuentra la detective McCarthy—. Lillian, ¿tan desesperada estás que necesitas que dos críos me saquen información? —Chasquea la lengua—. Qué decepción. Te creía mejor que esto.

Me giro solo para ver cómo la mujer tensa la mandíbula, aunque el resto de su expresión permanece serena.

—Ten cuidado con lo que haces, Geoffrey —le advierte. Él levanta las manos, enseñándole las esposas como muestra de su estado de indefensión. McCarthy le lanza una mirada recelosa y, tras ello, cierra la puerta, dejándonos a Harry y a mí solos junto a él.

Ocupamos los dos asientos colocados al otro lado de la mesa, frente a Geoffrey, que observa nuestros movimientos con cierto destello de diversión en su mirada.

—Así que conseguisteis salir vivos de aquel incendio —observa. Sacude la cabeza con desaprobación—. Es una pena que Sean no lo consiguiera. Debió costaros mucho dejarlo allí y que se quemara entre las llamas, ¿no es cierto?

Mis músculos se contraen bruscamente, provocando una sacudida por todo mi cuerpo. Hago un gran esfuerzo por controlar la ira que comienza a aflorar en mi interior.

—Eres repugnante —murmuro, con la voz temblorosa por la rabia. Él me sonríe, satisfecho. Harry coloca su mano en mi rodilla para calmarme, pero no lo consigue. Nunca me he sentido tan furiosa como en este momento.

—¿Por qué no has admitido que fuiste tú quien mataste a Logan? —le pregunta Harry. Noto enfado en su voz, pero su rostro parece tranquilo.

—Porque no fui yo —responde él, sin borrar la sonrisa de sus labios.

—¿Y pretendes que te crea? Logan estaba teniendo problemas con vosotros en aquel momento. Lo matasteis porque os estaba resultando un obstáculo.

Geoffrey suspira dramáticamente y sacude la cabeza.

—Mira, muchacho —empieza a decir—. Logan siempre ha sido un estorbo para la organización. Era un desaprensivo. Quería la droga, pero ni tenía dinero para pagarla, ni aceptaba la mayoría de los trabajos que le mandábamos. Aun así, dejamos que se quedara porque era bueno vendiendo la mercancía y convenciendo a la gente. Pero, para el resto, era un completo inútil. No tenía lo que había que tener, ¿entiendes?

Harry golpea la mesa con el puño, provocando que el estruendo rebote en las cuatro paredes que nos encierran.

—Ni se te ocurra hablar así de él —le advierte.

—Quieras que sea sincero, y lo estoy siendo. Que no te agrade la realidad es algo muy diferente, Harry.

Él niega repetidas veces con la cabeza.

—La única verdad es que tú mataste a Logan. Tú acabaste con su vida porque ya no te era útil. ¿Por qué demonios no lo admites de una vez?

—Por una sencilla razón: yo no lo maté —responde más seriamente, acentuando las últimas cuatro palabras. Veo algo en sus fríos ojos azules, algo que comienza a afirmar mis sospechas.

—Harry... —comienzo a decir, pero él me detiene, poniéndose en pie.

—¡No! —exclama—. Nadie más quería a Logan muerto. Fuisteis vosotros. ¡Fuiste tú!

—Claro que lo quería muerto —gruñe, cada vez más enfadado. Observo cómo Harry tensa los músculos, provocando que la vena de su cuello se hinche—. Era un maldito estorbo que iba a provocar que todo saliese a la luz. ¡Lo habría matado con mis propias manos si no se me hubiesen adelantado!

Lo siguiente sucede demasiado deprisa. Harry se abalanza sobre Geoffrey y le pega un puñetazo, tirándolo de la silla. Yo me incorporo rápidamente e intento frenarlo agarrándolo de la espalda, pero con un movimiento rápido me empuja y me golpeo contra la mesa, provocando que ésta se desplace hacia un lado y yo caiga al suelo. Siento un fuerte pinchazo en la parte inferior de la espalda. McCarthy y los dos agentes de policía rápidamente entran para separarlo de Geoffrey, sin embargo, es mi exclamación de dolor lo que lo detiene.

Los gritos cesan de pronto y Harry se gira hacia mí. Me observa con una expresión horrorizada cuando me ve en el suelo, intentando ponerme en pie, mientras uno de los agentes ayuda a Geoffrey a incorporarse.

—Allison... —murmura, acercándose a mí, pero McCarthy se interpone entre él y yo.

—Sal de aquí —le ordena, con tono de advertencia.

Harry aparta la mirada de mí para clavarla en ella. Después la baja a sus nudillos ensangrentados, y una vez más, vuelve a mirarme. Tras ello, sale a grandes zancadas de la habitación y desaparece. Yo me quedo mirando la puerta, apesadumbrada.

—¿Estás bien? —me pregunta McCarthy.

—Tengo que ir a buscarle —es mi única respuesta. La escucho suspirar.

—Lo sabes, ¿verdad?

Asiento. Ella me sonríe con cierta tristeza.

—Hazle entrar en razón, Allison —me dice. Vuelvo a asentir, y tras ello, salgo de allí.

Abandono la comisaría corriendo, aunque el dolor punzante que siento en la espalda me impide ir demasiado deprisa. Estoy tan preocupada por Harry que comienzo a recorrer las calles sin molestarme en ponerme de nuevo el abrigo, ajena al gélido ambiente que me rodea.

No sé dónde se ha metido. Lo he perdido de vista, como si se hubiese esfumado. Sé que no vendrá a buscarme, pero no puedo marcharme a casa sin hablar antes con él. Necesito asegurarle que todo está bien, que yo estoy bien.

Siento un déjà vu, porque la última vez que visitamos la comisaría las cosas acabaron igual: con Harry huyendo, incapaz de controlar sus emociones, y conmigo intentando hacerle entrar en razón. No obstante, esta vez es más complicado, pues no solo se siente furioso, sino también culpable. Y lo sé, porque he visto el miedo en sus ojos cuando me ha mirado. Miedo de lo que acababa de hacer. Miedo de sí mismo.

Me paro en seco cuando giro una de las esquinas y observo la figura que se encuentra parada frente a un choche, con las manos apoyadas en él e intentando recuperar la respiración. Lentamente me acerco hasta la silueta, sintiendo la nieve crujir bajo la suela de mis botas.

—¿Harry? —lo llamo. Él se gira, sobresaltado. Me mira justo cuando una lágrima cae de su ojo derecho, y me pregunto cómo alguien tan aparentemente fuerte puede llegar a ser tan frágil y quebradizo.

Clava de nuevo la mirada en el coche y sacude la cabeza, sin decir nada. Avanzo un par de pasos hasta él y extiendo el brazo hasta alcanzar su mano, apartándola del vehículo y entrelazándola con la mía. Él me mira, confuso.

—¿Por qué estás aquí? —pregunta, sorbiendo por la nariz.

—Porque estás mal —respondo—. Y necesitas hablar.

—Pero te he hecho daño.

—No tiene importancia.

—Para mí sí.

Suelto un suspiro. Harry se separa del coche y vuelve su alta figura hacia mí. Me observa durante varios segundos, recorriendo cada facción de mi rostro con la mirada.

—Lo siento —murmura, con los ojos fijos en los míos—. Lo siento de verdad.

—Lo sé, Harry. Está bien.

Él asiente.

—Sé que Geoffrey no mató a Logan —me dice. Yo frunzo un poco el ceño, sorprendida por su confesión—. Le he pegado porque quería que fuese él. Quería que todo acabara. No quiero seguir sufriendo, Allison.

Se me encoge el estómago cuando escucho su voz quebrarse. Extiendo mi mano libre hacia su rostro y le aparto uno de sus rizos de la frente. Él sigue examinando mi expresión, como si fuese un enigma sin resolver.

—Todo va ir bien —le aseguro.

—Lo sé —sonríe débilmente—. Nunca dejas que nada vaya mal.

Yo también sonrío, bajando la mirada. Sin embargo, él me da un toque en el metón con uno de sus dedos para que vuelva a mirarle.

—No sé que haría sin ti —murmura, y me abraza.

Me rodea con sus fuertes brazos, y me pega a él. El calor que irradia su cuerpo me envuelve y hace que el frío que me inundaba segundos antes desaparezca. Su olor se impregna en mis fosas nasales, y de pronto, no hay nada más que pueda sentir. Solo sus manos contra mi espalda, y su aliento haciéndome cosquillas en la oreja.

Cierro los ojos y me aferro a él con fuerza, porque ahora lo sé. Sé que tengo miedo de perderlo, y de que no puedo hacer nada por evitarlo. Le quiero. Y sé que hay muchas formas de querer a las personas, y que algunas de ellas no son del todo correctas. Pero no me importa. Es él. Es Harry.

Y el resto, en este preciso momento, es insignificante.

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