27

—Más a la izquierda. Mierda, no tanto. A la derecha. Ahí, bien. ¡Espera! Joder, Allison, está doblada. ¿Tan difícil es poner una maldita estrella en un árbol?

Desde la escalera de metal donde me encuentro, le lanzo una mirada fulminante a mi hermano, que me observa desde abajo con los brazos cruzados alrededor del pecho.

—Como sigas hablándome así, no me haré responsable de que el pico de la estrella acabe incrustado en tu ojo.

Tyler pone los ojos en blanco y se dirige al sofá.

—¿Y qué quieres? Estoy seguro de que somos la única familia del mundo que ponemos el árbol de Navidad el mismo día de Nochebuena —dice, dejándose caer sobre la mullida superficie—. Sois un desastre.

—¿Somos? —Suelto una exclamación de incredulidad, mientras bajo de la escalera—. Quizás si no te pasases el día jugando a videojuegos e hicieses algo productivo con tu vida, esta consanguinidad funcionaría mejor.

—Chicos —interrumpe mi madre, entrando en el salón cargada con una caja de adornos—, ¿podéis dejar las discusiones para cuando no haya nada que hacer?

—No estamos discutiendo —decimos a la vez. Ella nos laza una mirada escéptica.

—Entonces genial. Tú, Tyler, termina de decorar el salón. Y Allison, ayúdame en la cocina.

Mi hermano murmura algo con tono malhumorado, mientras que yo paso de largo sin mirar a mi madre y me dirijo a la cocina.

Desde hace bastantes años, la Navidad nunca ha sido bien recibida en nuestra casa. Y es que cuando dejas al lado la niñez y la ilusión y te adentras en una vida en la que tus padres están divorciados y únicamente reinan las discusiones, todo pierde su encanto.

Sé que mi madre hace lo posible porque lo pasemos bien, pero es difícil fingir que formas parte de una familia como la de los demás. Sobre todo, cuando mi madre se pasa con el vino y comienza a despotricar sobre mi padre, o cuando mi hermano acaba por dejar la mesa y se encierra en su habitación. No lo culpo, porque si mi madre no se quedase sola, yo también lo haría.

Aun así, este año mi madre ha decidido invitar a mi padre pasar la Nochebuena con nosotros. Tyler estuvo insistiéndole para que lo hiciera, e imagino que logró convencerla. Sinceramente, no sé qué esperar de esta extraña reunión familiar, dado la relación entre mis padres y el enfado eterno que mi madre parece tener conmigo. Supongo que lo único que puedo hacer es cruzar los dedos y rezar para que nada acabe en desastre.

—¿Cómo va el pastel de calabaza? —me pregunta mi madre, sobresaltándome. Me giro para mirarla, sin molestarme en bajarme de la encimera sobre la que estoy sentada. Después, me vuelvo hacia el horno que tengo enfrente, donde el pastel está terminando de hornearse.

—Le quedan cinco minutos —le digo.

—¿Por qué no os vais preparando tu hermano y tú? Yo me encargo de esto.

Asiento y me bajo de la encimera, dirigiéndome hacia la puerta. No obstante, antes de cruzar el umbral, mi madre me detiene.

—¿Allison?

Me vuelvo para mirarla de nuevo, expectante. Su rostro está serio, aunque sus ojos denotan cierta tristeza.

—Sabes que solo quiero lo mejor para ti, ¿verdad? —me dice. Bajo la mirada, clavándola en las baldosas que forman el suelo de la cocina.

—Sí, mamá —respondo—. Lo sé.

Durante la hora siguiente, me dedico a darme una buena ducha con agua caliente y a desorganizar mi armario en busca de algo decente que ponerme. Sin embargo, nada de lo que tengo me convence. ¿Para qué negarlo? La mayoría de las Navidades las he pasado en pijama, sin preocuparme demasiado por el hecho de que, para el resto del mundo, era una de las noches más especiales del año.

No obstante, esta vez es diferente. Papá viene a cenar, y aunque las cosas no vayan a ser como lo eran antes de que se divorciaran, me podré sentir, de alguna manera, más en familia de lo que me he sentido en otras ocasiones. Aunque las cosas entre los cuatro no estén bien.

Tras una larga búsqueda, termino escogiendo un ancho jersey que hace de vestido, unas oscuras medias y unas botas. Mi madre me avisa de que mi padre acaba de llegar, así que me visto rápidamente mientras me seco el pelo, haciendo auténticas maniobras para no perder el equilibrio. Cuando termino, recojo rápidamente el desorden y bajo con celeridad las escaleras, dirigiéndome al salón.

—¡Allison! —exclama mi padre al verme entrar, levantándose del sofá para acercarse hasta mí. Me rodea con sus brazos y me abraza con fuerza—. Estás guapísima.

Sonrío.

—Tú también, papá.

Mi madre se apresura a poner la mesa, demasiado impaciente por enseñarnos su obra maestra con el pavo relleno. Mi hermano y yo la ayudamos a llevar los platos, mientras mi padre intenta decidir cuál es el mejor vino de todos los que guardamos en la despensa.

Durante la noche, la cena transcurre con cierta tranquilidad. Mis padres hablan alegremente, sin lanzarse ninguna indirecta en sus palabras. Mi hermano parece aliviado y feliz. Yo también lo estoy, porque es agradable ver cómo, por una vez, las cosas van bien. Sin embargo, sé que no me puedo hacer ilusiones. Por mucho que mejore la relación entre mis padres, sé que mi madre nunca podrá perdonarle lo que él le hizo. O mejor dicho: lo que nos hizo.

Tras el entrante y los dos primeros platos, mi madre trae, finalmente, el pastel de calabaza. Los tres me felicitan por el trabajo, mientras lo devoran con una increíble rapidez. Cuando mi hermano le pregunta a mi madre si puede servirse un segundo trozo, alguien llama al timbre. Mi padre se levanta enseguida, ofreciéndose para averiguar quién está en la puerta. Transcurren varios segundos hasta que vuelve, dirigiéndose a la mesa.

—¿Quién era? —pregunta mi madre, limpiándose la comisura de los labios con una servilleta.

—Unos niños —le dice él, amontonando los platos sucios—. Querían cantar villancicos.

—¡Patrick! ¿Y no les has dejado entrar?

—Mamá —murmura Tyler, poniendo los ojos en blanco.

—No me parecía el momento. Allison, ¿me ayudas a recoger?

Yo asiento, poniéndome en pie. Agarro un par de vasos llenos de restos de vino y refresco en cada mano y sigo a mi padre hasta la cocina, en silencio. Estoy a punto de dejar los recipientes de cristal en la encimera y dirigirme de nuevo al salón cuando mi padre me detiene, agarrándome por el brazo.

—Harry está esperándote fuera —me susurra—. Tu madre no puede enterarse, ¿de acuerdo?

Me quedo un par de segundos observándolo, sorprendida, antes de asentir y dar media vuelta. Sin embargo, me detengo y me vuelvo de nuevo hacia él, depositando un beso en su mejilla recién afeitada.

—Gracias —murmuro. Él sonríe.

—Corre, debe de estar muriéndose de frío.

Asiento una vez más y, con cuidado de no hacer ruido, salgo por la puerta trasera, desembocando en el jardín posterior. Nada más que entro en contacto con la gélida temperatura del exterior me arrepiento de no haber cogido algo de abrigo, así que me limito a respirar hondo y a echar a andar, intentando ignorar la repentina rigidez de mis músculos y los temblores que comienzan a aparecer en mi cuerpo.

Rodeo la casa, evitando cualquier ventana, y llego hasta la parte delantera de ésta. Justo allí encuentro a Harry, sentado en las escaleras del porche. Está de espaldas a mí, así que no se percata de mi presencia.

—¿Harry? —lo llamo. Entonces, se gira hacia mí.

—A-Allison —sonríe, poniéndose en pie. Una nube de vaho sale de su boca. Está temblando, a pesar de estar envuelto en un grueso abrigo y un gorro de lana. Sus mejillas enrojecidas contrastan con su pálida piel, y sus labios están comenzando a adoptar un tono violáceo.

Siento un repentino deseo de abrazarlo. Echaba de menos su presencia, su cálida voz, su sonrisa. La seguridad en su forma de hablar que me hacía creer que todo estaba bien, que nada malo me podía suceder si estaba a su lado. La firmeza de su mano al tomar la mía, como si tuviese miedo de que me alejase. La intensidad de su mirada, como si temiese que fuese a desvanecerme ante sus ojos. La sensación de ser comprendida, de tener a alguien ahí, a mi lado.

La sensación de hogar.

«Basta», me digo a mí misma, obligándome a detener mis pensamientos. Vuelvo a mirar a Harry, que está frente a mí, examinándome con la mirada.

—¿Para qué has venido? —Descubro una involuntaria dureza en mi voz, así que sonrío para suavizar mis palabras.

—Bueno, verás... —empieza a decir. Se inclina hacia las escaleras, coge algo del suelo y me lo tiende. Es un paquete del tamaño de una caja de zapatos, envuelto en papel de regalo. Lo miro, confusa, y él me sonríe—. Feliz Navidad.

Parpadeo varias veces, intentando ubicar mi mente.

—Harry, yo... —Trago saliva, sintiéndome algo agobiada—. No te he comprado nada.

—¿Y qué más da? No te he pedido que lo hagas. —Sacude ligeramente el paquete ante mí—. Venga, ábrelo.

Asiento y cojo el objeto entre mis manos, temblorosas y enrojecidas por el frío. Con cierta vacilación, rompo el papel de regalo por uno de los lados y me deshago de él, quedándome con una caja lisa de color rojo. Cojo aire y abro la tapa, encajándola en la base.

Asombrada, agarro el artefacto por una cinta y lo alzo frente a mí. Es un aro de madera, cuyo interior está adornado con varias cuerdas finas y pequeñas entrelazadas, creando una especie de red en forma de flor. Del aro central cuelgan otros tres aros más pequeños y seis plumas, cada una de diferentes colores y tamaños.

—Es un atrapasueños —me explica. Asiento, aunque ya conocía su nombre—. Cuando duermes, las pesadillas quedan atrapadas en la red, y el amanecer hará que desaparezcan. Las plumas, en cambio, retienen los sueños buenos y las energías positivas, que fluirán a través de ellas hasta ti. —Esboza una media sonrisa—. O al menos eso dicen.

—Es precioso, Harry —murmuro. Él se encoge de hombros.

—Siento que no sea mucho. No sabía qué comprarte.

Niego con la cabeza.

—No, es... es perfecto.

Su sonrisa se hace más ancha, provocando que un par de hoyuelos aparezcan en sus mejillas. Se vuelve a sentar en el mismo escalón de antes, esta vez dejando un hueco para mí. Avanzo un par de pasos y me siento a su lado, mientras guardo el atrapasueños de nuevo en su caja.

Nos quedamos varios minutos en silencio, observando las miles de luces que decoran los hogares y calles, mientras algunos copos de nieve caen con suavidad sobre nosotros. La noche es silenciosa, aunque en la distancia se pueden escuchar algunas voces procedentes de las casas vecinas. Y hace frío, muchísimo frío, pero apenas soy capaz de sentirlo, a pesar de que sé que todo mi cuerpo está entumecido.

—¿Eres feliz?

Miro a Harry, sobresaltada. Frunzo el ceño con cierta confusión.

—¿Feliz? —vuelvo a decir. Él asiente, sin apartar la mirada del frente. Me quedo callada, sin saber qué responder. No es una pregunta fácil. No después de lo que ambos hemos vivido—. Sinceramente, no lo sé. ¿Tú lo eres?

Él se rasca la barbilla con el dedo índice, pensativo.

—Hasta hace poco estaba en mi casa, con toda mi familia —me dice—. No puedo culparles por estar de celebración, pero yo no tenía nada que celebrar. Creo que he discutido con todos y cada uno de ellos. Hasta que no he podido más y me he marchado. Y, bueno, no se me ha ocurrido otra persona a la que acudir que no fuera mi fiel compañera de crímenes.

Sonrío, poniendo los ojos en blanco.

—Así que sí, hace cinco minutos me sentía el tipo más desgraciado del mundo. Pero, ¿para qué mentir? Ahora mismo soy feliz.

—Quizás el atrapasueños sí que funcione —murmuro. Harry suelta una carcajada.

—Si ese atrapasueños es una persona, entonces sí. Funciona.

Se vuelve a crear un silencio entre ambos. A lo lejos, tras la puerta, distingo claramente la voz de mi madre, preguntando por mí. Me pongo en pie rápidamente, recordando que ahora mismo soy una especie de fugitiva.

—¿Qué ocurre? —pregunta Harry.

—Mi madre. No sabe que estoy contigo.

—¿Sigue en las suyas?

Asiento, nerviosa.

—Entonces será mejor que vuelvas —me dice, poniéndose en pie—. Además, estás temblando de frío.

—Y tú también.

—Pero yo soy un tipo duro —se defiende. Yo sacudo la cabeza, intentando disimular una sonrisa.

Otra vez el uno frente al otro. Otra vez esas repentinas ganas de abrazarlo. Harry también parece vacilar, pero no se mueve. Ninguno lo hace.

Cojo aire y sonrío.

—Buenas noches, Harry —le digo—. Gracias por el regalo.

—Buenas noches, miss América. Ha sido todo un placer.

Asiento, y tras agarrar la caja con firmeza, me doy media vuelta y comienzo a andar.

-

—Allison. Allison, despierta.

Abro los ojos con cierta dificultad. La claridad que entra a través de la ventana es casi cegadora, por lo que tengo que parpadear varias veces hasta que mis pupilas se acostumbran a la luz. Frente a mí se hace visible el rosto de mi hermano, que tiene el pelo alborotado hacia un lado y varias marcas de la almohada en la mejilla izquierda.

Suelto un quejido y me acurruco en el edredón, que me cubre hasta la nariz. Cierro los ojos de nuevo en un intento de recuperar el sueño, pero Tyler vuelve a sacudirme.

—Venga, Allison —me dice—. Es hora de abrir los regalos.

—Santa Claus no existe —murmuro, con voz aletargada.

Escucho un resoplido, y justo en ese momento, mi hermano separa de un tirón el edredón de mi cuerpo y comienza a tirar de mi brazo, sacándome a rastras de mi cama.

—¡Eh, eh! —me quejo, intentando no caerme al suelo— ¡Está bien, está bien! Ya me levanto.

Suelto un suspiro y me pongo en pie, pasándome una mano por el pelo para recolocármelo. Con la otra empujo a mi hermano hasta la puerta, a pesar de que él intenta poner cierta resistencia.

—Voy a coger mis regalos. Esperadme abajo.

—¿No los pusiste ayer en el árbol? —pregunta, abriendo mucho los ojos.

—Demasiado cliché —respondo.

Pone los ojos blancos y sacude la cabeza con resignación, dándose media vuelta y dirigiéndose a las escaleras. Tras verlo desaparecer, me dirijo a mi armario y lo abro de par en par. Extiendo el brazo hasta el fondo, abriéndome paso entre los abrigos, hasta que mi mano topa con el papel de regalo de uno de los paquetes. Saco cuidadosamente las tres cajas, y tras cerrar de nuevo el armario con mi pie derecho, salgo de la habitación y bajo las escaleras.

Cuando llego a la planta baja, me viene un agradable y delicioso olor a chocolate caliente y tortitas recién hechas. Escucho varias voces procedentes del salón, así que me dirijo hacia allí. Encuentro a mis padres y a Tyler frente al árbol, en cuyos pies descansan varios paquetes envueltos en papel brillante y enormes lazos.

—¡Allison! ¡Feliz Navidad! —exclama mi padre cuando entro por la puerta. Sonrío al verlo, feliz de que esté aquí. Anoche mi madre decidió que pasase la noche en casa, sobre todo por la fuerte nevada que estaba prevista para la madrugada. Eso sí: ha tenido que dormir en la habitación de invitados, por lo que supongo que la decisión de mi madre no iba más allá de ahorrarle las molestias del viaje de vuelta.

—Feliz Navidad, cariño —me sonríe mi madre. Yo asiento en señal de respuesta y me acerco hasta ellos, depositando los regalos junto a los demás.

Nos sentamos todos alrededor del árbol y comenzamos a abrir los regalos. Cuando mi hermano descubre los álbumes de música y los videojuegos que le he regalado, comienza a dar vueltas alrededor del salón, soltando exclamaciones y sin apartar la vista de lo que tiene entre las manos. Después me abraza con fuerza y me dice: «después de catorce años me estás empezando a gustar como hermana».

A mi madre parece encantarles los pendientes y el collar y se los pone enseguida, a pesar de ir en pijama. Me planta un beso en la mejilla y sigue abriendo el resto de sus regalos, impaciente.

Cuando llega el turno de mi padre y abre mi paquete, rápidamente sé por la emoción de sus ojos que he elegido el regalo indicado. Hojea los libros uno por uno, incrédulo, y me da las gracias una y otra vez, preguntándome cómo los he conseguido.

—Es un secreto —respondo, guiñándole un ojo.

Respecto a mí, mis regalos consisten en unas bonitas botas marrones de piel falsa, pases de cine gratis para tres meses y un teléfono móvil nuevo. Éste último hace que involuntariamente recuerde cómo perdí el mío, lo que provoca que un nudo se forme en mi estómago. No obstante, intento apartar cualquier pensamiento indeseado de mi mente y centrarme en los regalos y mi familia.

—Y eso no es todo —me dice mi madre, poniéndose en pie. Se dirige a una de las estanterías del salón y saca un sobre de entre los libros. Se vuelve a acercar a mí y me lo tiende, con una sonrisa plasmada en sus labios.

—¿Qué es? —pregunto, con el ceño fruncido.

—Ábrelo y lo averiguarás.

Mi madre me tiende el sobre por el lado de la solapa, así que le doy la vuelta para ver de dónde procede. Me quedo sin respiración cuando mis ojos se topan con el sello de la Universidad de Pensilvania y cuando entiendo lo que esta carta significa: mi futuro.

—La carta de acceso —murmuro, con un hilo de voz.

Con todo lo sucedido en los últimos meses, me había olvidado casi por completo de las pruebas de acceso a la universidad y de que obtendría los resultados en estas fechas. Pero ahora todo ha vuelto de golpe, y en este momento tengo frente a mí una carta que me dirá si podré acceder a la universidad que he estado soñado durante toda mi vida, o si, por el contrario, he fallado.

—Vamos, ábrela —me anima mi padre, claramente nervioso.

Despego la solapa con cautela, escuchando el sonido del pegamento al separarse del papel. Saco la hoja perfectamente doblada del interior y la despliego, hasta que un párrafo escrito a ordenador aparece ante mis ojos.

—¿Qué pone? —pregunta mi madre, mientras leo—. Allison, ¿qué pone?

Lentamente, alzo la vista y la clavo en ella, con una auténtica expresión de incredulidad plasmada en mi rostro.

—Me han admitido.

Mis padres y Tyler comparten una mirada entre ellos antes de volver a posarla en mí. Entonces, estallan en gritos y comienzan a saltar, abrazándome y besándome. Yo, sin embargo, permanezco quieta, demasiado reacia a creer lo que acabo de leer.

Me han admitido.

Estoy dentro.

—Estamos muy orgullosos de ti, Allison —me dice mi madre, con lágrimas en los ojos.

Asiento, también incapaz de hablar. Y es que, en este preciso instante, todo parece demasiado irreal. Me iré a Filadelfia a estudiar, y dejaré Baltimore atrás. Dejaré esta ciudad llena de desgracias, vandalismo y penurias, y podré finalmente sentirme a gusto en un lugar hecho a mi medida.

Filadelfia, Filadelfia, Filadelfia.

El sonido del timbre nos saca a todos de la emoción. Mi padre hace ademán de echar andar, pero me adelanto.

—Yo voy —digo, secándome las mejillas y dirigiéndome a la entrada antes de que cualquiera pueda hacerlo. Quizás sea Harry, que también haya recibido la carta de acceso y quiera hablar conmigo sobre ello.

No obstante, cuando abro la puerta, todas mis suposiciones se desvanecen. Con desconcierto y algo de temor, observo al robusto hombre que se encuentra frente a mí, vestido con el uniforme de policía, y cuya expresión está llena de seriedad y dureza.

—¿Allison Cooper? —pregunta. Yo asiento.

—Sí, soy yo.

Escucho unos pasos a mi espalda y me giro para encontrarme a mis padres, que parecen igual de confusos al ver al policía que yo.

—¿Qué sucede? —pregunta mi madre.

—Señora, vengo a informarles sobre Geoffrey Stevenson —explica. Su mirada oscura e impenetrable se posa en mí—. Lo hemos encontrado.

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