26

Los días pasan y pierdo la noción del tiempo. Decido no acudir a los dos últimos días de clase antes de las vacaciones de Navidad, demasiado incapaz de mover cualquier músculo. Mi madre está de acuerdo con mi decisión. De todas formas, tampoco es que me dirija mucho la palabra. Está furiosa conmigo, pero no la culpo. Yo también lo estaría en su lugar.

Mi padre viene a visitarme varias veces en semana. Tampoco hablamos mucho, pero sé que no está tan enfadado conmigo como mi madre. Le molestó que le mintiese respecto a Geoffrey. Sin embargo, es como si en parte me comprendiera; puede que ambos poseamos la misma curiosidad insaciable respecto a ciertas cosas. Quizás por eso se hizo periodista.

Mi hermano parece haber hecho las paces con él. Salen de vez en cuando y ven partidos de béisbol juntos. Incluso le ha pedido a mi madre que lo invite a la cena de Nochebuena. Algunas tardes pasa el rato conmigo y jugamos a las cartas, o me cuenta qué tal le va con la chica que le gusta. Intenta distraerme, y sobre todo, no me juzga por lo que hice.

Paige también me visita a menudo. No obstante, ella sí me hace preguntas. Quiere saber qué pasó, aunque yo me he negado repetidas veces a contárselo. Hasta discutimos una vez por su empeño en hacerme revivir aquel infierno. Desde entonces, parece haber entendido que lo último que necesito es volver a pensar en aquello.

A Harry no lo he vuelto a ver desde el incidente. Tampoco ha respondido a ninguna de mis llamadas o mensajes. Es como si se hubiese tomado en serio la advertencia de mi madre sobre no volver a estar juntos. Me cuesta admitirlo, pero es la única persona que necesito en estos momentos. Nadie me puede entender mejor que él. Nadie es capaz de sentir lo que yo siento más que él. Y aun así, ha desaparecido por completo.

Respecto a mí, aún no he logrado recomponerme. Todo lo sucedido me persigue tanto en las pesadillas como en el día a día. Se ha convertido en una sombra que me acecha y que me recuerda que lo que ocurrió fue, en parte, por mi culpa. Que si no hubiésemos aparecido en aquel lugar, Sean seguiría vivo. Cada paso que dimos, cada decisión que tomamos. Fuimos Harry y yo quienes provocamos aquel desastre.

Según me ha contado mi padre, un chico denunció a Geoffrey Stevenson cuando se enteró de la situación en la que había dejado a uno de sus amigos. Sacó a la luz todo lo que había hecho durante estos últimos siete años, cómo se había convertido en un policía corrupto que traficaba con drogas y dinero, y que extorsionaba incluso a menores de edad para beneficiarse y enriquecerse a cualquier precio. No me dio muchos más detalles, pero supuse que aquel chico que lo había denunciado se trataba de Bruce.

Desde entonces, la policía ha estado buscando a Geoffrey y a sus secuaces. Solo han sido encontrados y detenidos cinco de ellos. El resto, incluido Geoffrey, están desaparecidos.

Lo peor de todo es que, para Harry y para mí, todo ha sido en vano. No descubrimos nada sobre Logan. Ni siquiera sabemos si fueron ellos quienes lo mataron. No nos queda más remedio que esperar a que la policía siga investigando y descubra todos los crímenes cometidos. Hasta entonces, no podremos mover ficha.

—Allison —la voz fría de mi madre me llega desde el umbral de la puerta. Yo, que me encuentro tumbada sobre la cama, vuelta hacia la pared, no respondo—. Paige está aquí.

Cierro los ojos en un gesto apesadumbrado. No me apetece ver a nadie en este momento. Escucho unos pasos subir las escaleras que conducen a la primera planta, y tras varios segundos, la luz de mi habitación se enciende.

—¡Ally! —exclama Paige, con entusiasmo, aunque pronto su tono se apaga—. Por el amor de Dios, ¿qué haces ahí tumbada todavía? ¿Acaso no te acuerdas de lo que te dije ayer?

Giro sobre mí misma hasta quedar tumbada boca arriba y miro a mi amiga. Está envuelta en un grueso abrigo verde y una bufanda de lana blanca. Su pelo castaño y lacio está ligeramente cubierto de pequeños copos de nieve y sus mejillas están sonrosadas por el frío.

—¿El qué? —pregunto con voz somnolienta, mientras me froto el ojo derecho.

—¡Las compras de Navidad! Allison, ¡despierta! ¡Dentro de dos días es Nochebuena!

—Joder, Paige.

Vuelvo a cerrar los ojos. Noto la sangre bombear dolorosamente en mi cabeza. Ni siquiera me acuerdo de haber mantenido ninguna conversación con Paige sobre compras de Navidad.

Aunque tampoco es que mi mente se esté luciendo estos días.

Noto el colchón hundirse cuando Paige se sienta a mi lado y abro los párpados. Sus ojos pardos están clavados en mí y me miran con preocupación.

—Ally, tienes que salir —me dice—. No puedes pasarte el resto de los días tumbada en tu cama.

Sacudo la cabeza.

—No entiendes nada —murmuro. Paige coloca una mano en mi brazo y me mira con intensidad.

—Eso no es así, Allison. Lo comprendo perfectamente. Has pasado por algo horrible y necesitas tiempo para recuperarte, lo entiendo. Pero quedarte encerrada solo va a hacer que pienses más en ello y te hundas aún más. Necesitas salir, que te dé el aire y distraerte un poco. Si no, nunca vas a salir adelante.

—¿Cómo pretendes que salga adelante, Paige? —balbuceo, con los ojos llenos de lágrimas—. Un chico murió por mi culpa.

—¡No! —se apresura a refutar ella—. Por Dios, no vuelvas a pensar eso, ¿me oyes? Que no se te vuelva a pasar por la cabeza. Allison, por favor. Date una oportunidad.

Vuelvo a mirar a mi amiga. Sé que tiene razón, que necesito salir y despejarme. Necesito no pensar más en lo sucedido y dejarlo en un segundo plano. Pero todo parece tan difícil...

Suelto un largo suspiro. No, no puedo pasar un día más encerrada entre estas cuatros paredes, y seguir culpándome por todo lo que pasó. No cuando no puedo cambiar el pasado, sino simplemente aceptarlo y continuar con mi vida con la mayor normalidad que consiga.

—Está bien —digo finalmente. La expresión de Paige se ilumina con una sonrisa. Yo logro sonreír también.

-

Las calles de Baltimore están atiborradas de gente que pasea alegremente, todos cargados con bolsas y cajas envueltas en papel de regalo. Los edificios, por su parte, están adornados con cientos de luces de colores que contrastan con el oscuro cielo nocturno. En el ambiente flota un olor a algodón de azúcar, chocolate caliente y leña, procedente de las casas más cercanas.

Paige y yo nos abrimos paso como podemos entre la gente y entramos en el interior del centro comercial. Una bofetada de aire caliente derivado de la calefacción nos recibe, provocando que enseguida nos deshagamos de nuestros abrigos y bufandas. Yo, sin embargo, decido no prescindir del gorro de lana que cubre mi cabeza y que disimula la herida con puntos de mi frente. Un recordatorio de que todo lo que sucedió hacia cinco días fue real.

Pasamos más de una hora visitando tiendas de ropa, en las que Paige se prueba al menos siete vestidos diferentes, sin decantarse por ninguno.

—Creía que íbamos a comprar regalos para nuestras familias —le digo, divertida.

—¿Qué más da? —responde con voz estrangulada, mientras intenta sacar la cabeza de un ajustado traje negro—. Seguro que me regalan calcetines como todos los años. ¡Merezco algo mejor!

Tras darse por vencida con los vestidos, Paige y yo seguimos recorriendo el centro comercial. Compro dos álbumes de música y un videojuego para mi hermano, y un bonito juego de collar y pendientes para mi madre. El regalo de mi padre me resulta más difícil de encontrar. Ninguna tienda del centro comercial se ajusta a sus gustos, así que le pido a mi amiga que busquemos en algún otro lugar.

Recorremos las calles del centro durante un largo rato. Paige me propone entrar en varios lugares, pero no encuentro nada que termine de convencerme. Después de numerosas visitas sin éxito y las fastidiosas quejas de mi amiga, hallo una tienda de antigüedades que me llama la atención.

—¿Qué piensas comprar aquí? —me susurra mi amiga, mientras entramos en el interior del local. Una campanita suena avisando de nuestra llegada—. ¿Una bolsa de ácaros y polvo?

—Cállate.

El encargado que está tras el mostrador nos saluda al vernos llegar, un hombre de unos setenta años y de expresión jovial y amable. Sonrío como respuesta a su saludo y comienzo a recorrer la tienda con la vista, en busca de algo que atraiga mi atención. Sin embargo, hay demasiadas cosas y termino algo aturdida. En ese momento, mis ojos se posan en una pila de libros que descasan en una mesa de ébano. Me acerco hasta ellos y les echo un vistazo.

—¿Son...?

—Primeras ediciones de algunos grandes éxitos de la literatura, sí —me explica el hombre, aproximándose con una agradable sonrisa—. Son, personalmente, la joya de la tienda. Algunos tienen incluso más de cien años.

—Hala —murmura Paige, sorprendida.

Abro la cubierta de Grandes Esperanzas, de Charles Dickens, y paso la yema de los dedos por sus amarillentas páginas. En una de ellas, están escritos a mano varios nombres, que supongo que hacen referencia a las personas que han poseído este libro. Leo por encima todos ellos, sin prestarles demasiada atención. No obstante, me detengo en el último nombre y frunzo el ceño, confusa y pasmada; con una perfecta y cursiva caligrafía, el nombre Joseph W. Morris permanece grabado al final de la página, junto al resto.

Me quedo varios segundos sumida en un extraño trance, mientras recuerdo el día en el que Harry, Douglas y yo fuimos a los archivos del instituto. En los papeles donde se encontraba la información de Logan, había un nombre que nos llamó la atención: Joseph William Morris, que hacía referencia a su padre o tutor legal, pero que no coincidía con los apellidos de Logan.

—¿Estás bien? —me susurra Paige, haciéndome volver a la realidad. Alzo la mirada hacia el hombre que se encuentra frente a mí, y que me observa con cierta confusión, aunque sin borrar la sonrisa de sus labios.

—¿Conoce a Joseph Morris? —le pregunto. Su sonrisa se hace más ancha.

—Bastante bien —responde—. Joseph Morris soy yo.

Frunzo el ceño. Miro a Paige, que me observa con una expresión a través de la cual me pregunta qué está sucediendo. Y aunque está tan desorientada como yo, algo en sus ojos hace me dice que, aunque nunca le haya mencionado ese nombre, ella ya lo ha oído antes.

—Estos libros han pertenecido a mi familia durante varias generaciones. Quería que pasasen a mi descendencia, pero, desafortunadamente, no va a poder ser así —nos explica Joseph, con cierta nostalgia en sus ojos.

—Si tienen un valor sentimental, entonces no puedo comprarlos —digo, sacudiendo la cabeza y dejando el libro sobre el resto. Sin embargo, él me detiene.

—Hija, yo ya los he disfrutado durante muchos años. Quiero que otra persona los tenga y continúe con la tradición.

—Pero...

—No hay peros que valgan —me interrumpe, sonriendo—. Si quieres comprarlos, hazlo. Es más, te los dejaré a mitad de precio. Sé que harás un buen uso de ellos.

Paige y yo compartimos una mirada.

—Muchas... muchas gracias —digo, sorprendida por su generosidad.

Tras comprar los libros como regalo para mi padre, Paige y yo decidimos ir a algún sitio a cenar. No hablamos durante un largo rato. Mi mente está demasiado ocupada pensando en Joseph, y en qué tendrá que ver con Logan. Sé que debería comentárselo a Harry, e ir juntos a hablar con él para saber si puede decirnos algo que nos sea de ayuda. No obstante, una parte de mí quiere olvidarlo todo, dejar a un lado todo lo relacionado con Logan y seguir adelante. No quiero que el hecho de seguir investigando nos lleve a vivir algo igual otra vez, aunque esto conlleve ocultarle a Harry lo que sé.

Mientras cenamos, intento distraerme hablando con mi amiga acerca de nuestros planes para Nochevieja. Desde hace un par de años, solemos dormir juntas en mi casa. Y es que la última vez que intentamos ir a una fiesta, acabamos las dos con una fuerte bronquitis, tras haber sido lanzadas a una piscina y haber tenido que volver mojadas a casa a menos tres grados de temperatura. Desde entonces, hicimos un trato: no más alcohol, no más fiestas.

Cuando terminamos de comer, Paige me propone dar un paseo antes de marcharnos. Compramos algodón de azúcar y nos dedicamos a mirar los escaparates navideños de las tiendas y a hablar sobre lo absurdas que son las letras de las canciones de Navidad.

En uno de esos momentos, escucho a alguien decir mi nombre. Me giro, y a varios metros de mí, vislumbro la esbelta figura de Douglas, dirigiéndose en una pequeña carrera hacia donde mi amiga y yo nos encontramos. Observo su pelo rubio ondear a cada movimiento, volviéndoselo a colocar bien cuando llega a nosotras y se detiene.

—Allison —vuelve a decir.

—Hola, Douglas —lo saludo, esbozando una tímida sonrisa. Clava la mirada en la herida de mi frente y frunce la expresión en una mueca de preocupación.

—¿Cómo estás?

—Bien —me limito a responder, sorprendida por su espontáneo interés en mí.

—Allison, yo... —Suelta un suspiro y me mira con desesperación—. Lo siento, de verdad. Siento haberos dejado tirados. Debería haber estado allí con vosotros. Sé que fui un cobarde, pero tenía demasiado miedo. Lo siento.

—Douglas, no pasa nada —lo tranquilizo. Siento aparecer las lágrimas al recordarlo todo, e intento tragármelas como puedo—. Hiciste bien en no ir. Podría haberte sucedido algo.

Él sacude la cabeza.

—¿Has hablado con Harry? He intentado contactar con él varias veces, e incluso he ido a su casa, pero ni me ha contestado, ni ha querido verme. Creo que está enfadado conmigo.

—No —respondo, con un hilo de voz—, no he vuelto a hablar con él, lo siento.

Douglas asiente, en silencio. Distingo cierta culpabilidad y desasosiego en su mirada, pero no puedo recriminarle nada. Al fin y al cabo, yo también estuve a punto de echarme atrás. No sería justo echarle en cara el hecho de que sintiese miedo ante todo lo que se le podía venir encima.

—¿Allison?

—¿Sí?

—¿Vais a continuar buscando?

Me quedo mirándolo durante varios segundos, volviéndome a plantear la misma pregunta en la que he estado pensado en numerosas ocasiones. ¿Volvería a unirme a Harry para averiguar algo más? ¿Volvería a poner mi vida en riesgo para saber la verdad de una vez por todas?

—No —es mi respuesta—. Ya hemos tenido suficiente.

Él vuelve a asentir y esboza una triste sonrisa.

—Logan se merecía algo mejor —dice. Sus ojos se vuelven vidriosos.

—Lo sé.

Miro a Paige, que se encuentra a mi espalda, con los ojos clavados en el suelo. Alza la vista cuando nota mi mirada y la posa en mí. Descubro algo en sus ojos, algo que nunca he visto en ella. Sin embargo, es indescifrable, como si hubiese colocado un muro infranqueable entre sus sentimientos y el exterior.

—¿Nos vamos? —pregunto, con cierto recelo. Ella asiente, sin modificar su expresión. Me vuelvo a girar hacia Douglas y le muestro una leve sonrisa—. Hablaré con Harry.

Él sonríe también.

—Gracias.

El trayecto de vuelta es silencioso e incómodo. Aparto varias veces los ojos de la carretera para mirar a Paige, que tiene la cabeza vuelta hacia la ventanilla. Siento la necesidad de preguntarle qué le sucede, pero es como si saberlo no me perteneciese. Sé que hay algo que se interpone entre ambas, algo que no tiene que ver con nuestra amistad, pero que sí influye sobre ella. Algo que he estado sintiendo desde hace meses, y que, por ahora, aún no he averiguado.

Detengo el coche frente al bloque de Paige. Jugueteo con el dobladillo de mi abrigo mientras mi amiga se deshace del cinturón e intenta alcanzar las bolsas del asiento trasero. Las examina para verificar que son las suyas y clava sus ojos en mí, sonriendo levemente.

—Gracias por traerme —dice.

—No es nada.

Asiente y coloca la mano en el manillar para abrir la puerta. No obstante, la detengo antes de tiempo.

—Paige, ¿hay algo que quieras contarme?

Ella vuelve a girarse hacia mí y niega con la cabeza, sin hacer desaparecer la sonrisa de sus labios. Esta vez, sin embargo, noto cómo le tiembla sutilmente el labio. Suelto un suspiro, mirando al frente y colocando las manos alrededor del volante, mientras Paige abre la puerta y sale al exterior. Está a punto de cerrar cuando interrumpe su movimiento.

—¿Allison?

Me giro hacia ella de nuevo. Su mirada es intensa, vacía, trastornada. El corazón se me acelera. Porque ya he visto esa mirada hace un año, cuando sufrió una crisis nerviosa y tuvo que ser hospitalizada.

—Paige...

—Tienes que hacer algo —balbucea.

Frunzo el ceño, confusa, y abro la boca para preguntarle a qué se refiere.

Pero ella ya se ha marchado.

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