25
Noto unas manos agarrándome y sacudiéndome. Una voz acompaña al movimiento, pero apenas puedo escuchar nada. Es como si tuviera la cabeza bajo el agua y todo sonara distante y distorsionado.
Huelo a humo. El olor es tan penetrante que hace que comience a toser y abra los párpados. Frente a mí encuentro unos ojos verdes enrojecidos, que me examinan con miedo y preocupación.
—¡Allison! —exclama. Noto alivio en su voz. Sus manos están alrededor de mi rostro, sosteniéndolo. Rozo la palma de una de ellas, confusa.
—¿Harry? ¿Qué...? —Me detengo cuando todo lo sucedido viene a mi cabeza. Comienzo a sentir pánico, impotencia. Dolor. Me llevo la mano a la frente y observo horrorizada mis dedos teñidos de rojo. Miro a Harry. Tiene un corte en la mejilla. Extiendo la mano hacia él—. Harry...
Unas voces detienen mi movimiento y ambos nos giramos hacia el frente. Entre el humo que desprenden los motores de los dos vehículos logro visualizar las siluetas de dos figuras que se acercan hacia donde nos encontramos. Miro a Harry, desesperada, pero él tampoco parece tener ni idea de qué sucede.
Antes de que nos demos cuenta siquiera, mi puerta se abre y un hombre aparece a mi lado. Grito, pero él me agarra del pelo, arrastrándome fuera. Noto la herida de mi cabeza tensarse y vuelvo a gritar, esta vez de dolor.
—¡Harry! —chillo girándome hacia el coche, mientras soy empujada a la fuerza. El hombre me agarra con más fuerza.
—Cierra la maldita boca y camina —me ordena, entre dientes.
Esto no puede estar pasándome a mí, es lo único que soy capaz de pensar.
Escucho la voz de Harry a varios metros. Me doy la vuelta como puedo y lo veo en manos de otro individuo, que lo conduce en la misma dirección. Intenta deshacerse de su agarre agitando los hombros y las piernas, sin éxito. Noto otro tirón de pelo y ahogo un grito, volviendo a mirar al frente y sintiendo cómo los ojos se me llenan de lágrimas.
Nos llevan al interior del edificio por una entrada diferente. Atravesamos una enorme sala oscura y fría, con el único sonido de nuestros pasos contra el suelo metálico. Todo parece tranquilo, como si nada de lo ocurrido minutos atrás hubiese sucedido. Pero esa no es la realidad. La realidad es que, ahora mismo, nos estemos encaminando hacia algo que, probablemente, no estaré dispuesta a afrontar por mucho que intente hacerme a la idea.
Subimos por unas escaleras de metal a la que le faltan varios peldaños y llegamos hasta la segunda planta, cuyos pasajes son iguales que los de la primera.
Apenas veo nada, pues la sangre procedente de mi herida está comenzando a cubrirme el ojo izquierdo. Estoy mareada y dolorida, y me cuesta caminar sin que mis pies se hagan un enredo. No obstante, el hombre no permite que me detenga, y aunque casi no me puedo mantener en pie, decido resignarme y seguir caminando
Distingo una luz al final de uno de los pasillos, hacia la que nos dirigimos. Oigo voces a lo lejos; varias personas parecen estar discutiendo, y si me arriesgase a adivinar sobre qué, estoy segura de que lo adivinaría.
Desembocamos en un enorme y destartalado vestíbulo, en cuyo centro se encuentra al menos diez personas, de espaldas a nosotros. Todos se giran al oírnos llegar y nos observan con una mezcla de confusión y furia. Los dos tipos que nos acompañan nos empujan a Harry y a mí hacia el centro. Estoy a punto de caer de bruces, pero Harry me agarra a tiempo. Clavo la vista en sus ojos verdes, en los cuales distingo preocupación y miedo.
—Tranquila —me susurra, sin soltarme. Yo asiento, tragando saliva.
—Mirad a quién tenemos aquí —ríe Hunter, mientras se acerca a nosotros. Al apartarse del resto, distingo tras él a Sean. Está sentado en una silla, con el rostro lleno de moratones y sangre. Me cubro la mano con la boca, horrorizada; sus facciones están completamente deformadas por los golpes e hinchazones.
Todo por nuestra culpa.
Hunter sigue mi mirada y esboza una media sonrisa.
—Llevo un buen rato intentando sonsacarle lo que sabe, pero no dice nada —nos explica, utilizando un cínico tono—. Quizás vosotros podáis ayudarle y contarme qué hacíais aquí, ¿no?
—Él no tiene nada que ver —balbuceo. Hunter levanta una ceja y se acerca hasta quedar a un par de centímetros de mí.
—¿Estás segura, preciosa? Porque por la expresión que has puesto al verle yo diría que sí. —Pasa un dedo por mi rostro, recorriéndolo hasta llegar a mi mandíbula. Comienzo a sentir arcadas e intento separarme de él, pero me trae hacia sí con fuerza—. Estate quieta.
Observo sus gélida mirada verde y aprieto la mandíbula. Reúno la suficiente saliva en el interior de mi boca, y con la mayor fuerza que consigo, le escupo, acertando en su ojo derecho.
—¡Serás...! —exclama, apartándose de mí—. ¡Maldita zorra!
Se vuelve a acercar a mí con rapidez, y antes de que pueda evitarlo, me cruza la cara de una sólida bofetada. En ese momento, Harry grita algo y se abalanza sobre él, cayendo los dos al suelo. Mientras intento recuperar el sentido, escucho el sonido de los golpes que provocan los puñetazos al chocar con los cuerpos y el revoltijo de voces que llena la sala.
—¡No vuelvas a tocarla! —chilla Harry, apenas de forma entendible.
Intento gritar que pare, pero apenas soy capaz de articular palabra, ahogada en mis lágrimas. Estoy muerta de miedo. Necesito que todo desaparezca, despertarme de esta pesadilla. Porque algo así no ocurre en la vida real; algo así solo ocurre en las películas. No. No puedo estar viviendo todo esto. No puedo.
Hunter golpea a Harry y éste sale despedido hacia atrás, aterrizando a mi lado. Su cuerpo cae con un golpe seco y un quejido. Me apresuro a ayudarle a levantarle, tomándolo de la mano. Se incorpora, pero al hacerlo se lleva una mano a su costilla derecha, provocando que una mueca de dolor aparezca en su rostro. Hunter, que tiene la boca y la nariz llena de sangre, se aproxima a él. Su mirada está llena de locura.
—Estás muerto, colega —gruñe.
—¿Qué sucede aquí? —exclama entonces una voz. Todos nos giramos hacia la figura que acaba de entrar.
El corazón se me paraliza cuando reconozco al hombre que se encuentra frente a nosotros y que se abre paso entre la gente hasta llegar a donde Harry y yo nos encontramos. No soy capaz de articular palabra, ni siquiera de respirar.
Lo sabía. Siempre lo he sabido.
Geoffrey Stevenson.
—Tú... —murmura Harry. Por su tono de voz y su expresión de incredulidad, sé que nada de esto se le había pasado por la cabeza.
—Jefe, estos son los dos críos de los que te hablábamos —le explica Hunter, con cierta dificultad debido a su labio hinchado.
El comisario de Baltimore se detiene frente a ambos, mirándonos con cautela. Sus ojos azules son glaciales e impenetrables, como dos cristales opacos. Esboza una media sonrisa y sacude la cabeza.
—Desde que hablé con vosotros en aquella comisaría sabía que me íbais a dar problemas —dice—. Contadme, ¿aún seguís dándole vueltas a la muerte de vuestro... amigo?
—Fuisteis vosotros —murmura Harry, rojo de ira.
Geoffrey suelta una cínica risa y vuelve a sacudir la cabeza.
—De acuerdo. ¿Y por qué pensáis que fuimos nosotros?
—Está claro, ¿no? —intervengo. Ya no estoy llorando. Ahora me siento furiosa, humillada—. Cerraste el caso porque sabías que, si seguían investigando, podrían acabar descubriendo esta maldita mafia. Pero te daba igual, ¿verdad? Siempre has hecho lo mismo. Siempre has quitado de en medio a personas inocentes con tal de que no sacaran a la luz tus trapos sucios.
—Allison, ¿cómo...? —empieza a decir Harry, pero Geoffrey lo interrumpe, sin apartar sus ojos de mí. Esta vez distingo cierta curiosidad en ellos.
—Sé quién eres, Allison, al igual que también sé quién es tu padre. Patrick Cooper. —Suelta un fingido suspiro de disgusto—. Padre e hija siempre metiendo las narices donde no les llaman. Al final la gente tiene razón en lo que dice. De tal palo, tal astilla.
—Todos saben cómo eres en realidad —le digo, incapaz de evitar que la voz me tiemble de rabia ante la mención de mi padre.
Goffrey chasquea la lengua.
—Una pena que no vayas a tener la oportunidad de contarle tu experiencia. Vosotros —le dice al resto—, ya sabéis lo que tenéis que hacer.
Echa a andar y desaparece por donde ha venido. Harry y yo nos miramos con confusión, pero en ese preciso instante, Bruce -el amigo de Sean- y la chica de los piercings nos agarran a Harry y a mí, respectivamente. Nos empujan con fuerza, obligándonos a andar. Intento zafarme del agarre de la chica, pero su apariencia de chica escuálida y sin garra resulta ser tan solo eso, una simple apariencia. Me retuerce ambas muñecas con gran facilidad y me fuerza a seguir caminando, sin pronunciar una sola palabra.
Miro a Sean antes de salir de la sala. Sigue sentado en la misma silla, observándonos marchar. Entre los moratones que cubren su rostro distingo una expresión de pesadumbre y frustración. Sé que se siente culpable, pero no tengo la necesidad de acriminarlo por lo sucedido; fuimos Harry y yo quienes lo metimos en esto. Somos nosotros los únicos culpables.
Siento miedo al no saber qué será de él. Solo sé que lo que le aguarda no será nada bueno. Vuelvo a mirarlo. «Lo siento», le digo, gesticulando con los labios. Después, lo pierdo de vista.
Bruce y la chica nos conducen, una vez más, por el laberíntico almacén. Observo a Harry, que va unos metros por delante. Camina con dificultad, dolorido, y su ropa está descolocada por la pelea. Me pregunto qué es lo que estará pensando en este momento. Si tendrá algún plan en mente, o si, por el contrario, tiene tanto miedo como yo.
Nos detenemos frente a una de las puertas. Sin soltar a Harry, Bruce gira el pomo y ambos desaparecen dentro de la oscura habitación. La chica hace lo mismo conmigo y me empuja al interior.
De forma inesperada, una luz parpadeante ilumina la pequeña y vacía sala sin ventanas en la que nos encontramos. Bruce y la chica de los piercings están frente a nosotros, bloqueándonos la puerta.
—Dadnos vuestros móviles —nos exige ella. Su voz es ronca, probablemente a causa del tabaco.
Observo a Harry sacar el suyo de su bolsillo y tendérselo a Bruce. Tras ello, todas las miradas se dirigen a mí.
—Lo perdí en el coche —murmuro. La chica coge aire y se acerca a mí, agarrándome con fuerza. Me cachea de arriba a abajo, sin encontrar nada. Cuando vuelve a mirarme, encuentro rabia y desconfianza en sus ojos.
—No deis mucho por culo, ¿me oís?
—¿Qué nos vais a hacer? —pregunta Harry.
—Nada que no os merezcáis —es su respuesta. Le hace un gesto a Bruce y sale por la puerta. Sin embargo, él permanece en el mismo sitio, mirándonos con intensidad.
—Como le suceda algo a Sean por vuestra culpa, estáis muertos —nos advierte, con voz temblorosa por la ira. Tras lanzarnos una última mirada, sigue a la chica, cerrando la puerta tras sí.
-
No sé cuántas horas pasamos encerrados en aquella habitación. Solo sé que Harry lleva un buen rato intentando abrir la puerta a través de puñetazos, patadas y empellones, y que lo único que ha conseguido hasta ahora es que le salgan hematomas por todo el cuerpo.
Yo, por el contrario, sigo sentada contra la pared, con los brazos alrededor de las rodillas. Agotada, dolorida y derrotada. Apenas me quedan fuerzas para pensar, así que me limito a esperar a que nos saquen de aquella claustrofóbica habitación.
Escucho un grito de rabia. Miro a Harry, que le da un último puñetazo a la puerta. Tras ello, hunde las manos entre sus rizos, desesperado, y sacude la cabeza. Lo observo acercarse a donde yo estoy, cojeando, y se deja caer en el suelo, contra la pared de enfrente. Se queda mirándome, con el rostro colorado y los ojos vidriosos.
—Lo siento —susurra, jadeante.
—¿Por qué? —pregunto. Mi voz sale neutral, sin emoción.
—Por esto. Por todo. —Se muerde el labio inferior a la vez que alza la mirada al techo, exasperado—. No debería haberte metido en esto. Ni siquiera yo debería haberme metido en esto. Ha sido una locura. Perdóname.
Suelto una risa carente de alegría.
—¿Sabes qué es lo gracioso? Que llevo exactamente el mismo tiempo que tú pensando que ha sido culpa mía.
Harry frunce el ceño, confuso.
—¿Por qué iba a ser culpa tuya?
—Porque yo te animé a hacerlo —respondo—. Si hubiese intentado disuadirte desde el principio, no estaríamos aquí. Me habrías terminado haciendo caso. Lo sé.
—No tiene sentido —murmura él, sacudiendo la cabeza.
—Sí que lo tiene, y ambos sabemos cuál es.
Se me queda mirando durante varios segundos, hasta que finalmente cierra lo ojos y apoya la cabeza contra la pared. Yo me deshago de mi chaqueta, repentinamente acalorada.
—¿Te acuerdas aquel día en la sala de castigo? —habla entonces, aún con los ojos cerrados—. Cuando te puse la zancadilla y me pegaste.
—Hmm —asiento.
—Te fui a explicar por qué me comportaba de aquella forma contigo, pero nos interrumpieron. ¿Aún quieres saberlo?
Abre los ojos y los clava en mí, expectante, pero yo no sé qué responder. Había olvidado aquella conversación por completo; ni siquiera había vuelto a plantearme lo mismo, a pesar de que Harry se había comportado así algunas veces más.
—Vale —me limito a responder. Él asiente.
—Cuando éramos pequeños, yo siempre era el torpe, el que siempre provocaba las broncas por parte de nuestros padres. Sin embargo, tú eras la responsable, la que sabía qué hacer en todo momento. Siempre corregías, me enseñabas lo que estaba bien y lo que no. Pero lo hacías porque no querías que me pusiese a llorar cuando mis padres me regañaban. —Suelto una débil risa y él sonríe, algo avergonzado.
»El día que te besé en aquella excursión, me miraste como si hubiese hecho la cosa más horrible del mundo. Me sentí un inútil. Y cuando la chica que te gusta desde hace años te hace sentir un inútil... vaya, duele bastante.
Bajo la mirada, sintiéndome repentinamente culpable.
—Harry...
Pero él me detiene, levantando una mano.
—Me seguí comportando así los siguientes años porque tenía miedo de que siguieses pensando que me gustabas y volvieses a juzgarme —continúa—. Me volví un completo imbécil porque quería demostrar que era más fuerte que cualquier sentimiento, que aquello del amor a mí no me afectaba. Hice de mi miedo mi mayor error.
Siento una extraña sensación en el estómago. Nunca había visto a Harry abrirse de esta forma, al menos no por otro motivo que no fuese la muerte de Logan. Es como si la realidad me golpease de frente, como si todo lo que he estado pensando durante todos estos años se diese la vuelta para mostrarme su lado oculto. El lado que solo conocía Harry, y del que nunca antes me había percatado.
—Harry —empiezo a decir—, no me pareció horrible que me besaras. Me pareció horrible que nunca me hubiese dado cuenta de que sentías algo por mí.
Se encoge de hombros.
—Teníamos diez años. Para nosotros el amor tan solo era algo que veíamos en las películas y que consistía en darse besos y en decirse te quiero todo el rato. No lo comprendíamos bien.
Asiento lentamente.
—Supongo que tienes razón —murmuro.
Volvemos a quedarnos en silencio. Noto mi nuca empapada en sudor. El calor que hace en esta habitación es inhumano. Sobre todo, teniendo en cuenta el frío del exterior y lo poco robustas que son las paredes del edificio.
Observo a Harry deshacerse de su jersey y tirar de la tela de su camiseta repetidas veces, en un intento de refrescarse.
Tomo aire profundamente, exhausta. Sin embargo, me percato de algo que me hace ponerme súbitamente de pie, alarmada. Harry me mira, con el ceño arrugado por la confusión.
—¿Qué sucede?
Me acerco a la puerta y me detengo a diez centímetros de ella. Lentamente, extiendo la mano y la coloco sobre la superficie de metal. Suelto un grito cuando ésta me achicharra la mano.
—¿Allison? —me llama Harry, corriendo a mi lado. Me giro hacia él, horrorizada.
—Fuego —es lo único que soy capaz de decir.
—¿De qué hablas? —pregunta. Imita mi gesto, ahogando otro grito cuando coloca la mano. Vuelve a mirarme, mientras yo retrocedo.
—No puede ser —digo, sacudiendo la cabeza—. No puede ser.
Miro a mi alrededor. No hay ninguna ventana, ninguna otra puerta.
Estamos atrapados.
Y nos van a dejar morir.
—¿Por qué apenas huele a humo? —pregunta Harry. Su voz oscila por el miedo.
—Es... es la puerta —le explico—. Está cerrada a cal y canto y apenas deja pasar el humo, pero si respiras profundamente...
Sacudo la cabeza. Esto no puede ser real.
—¡Mierda! —gruñe Harry, pegándole una patada a la puerta.
Me llevo las manos al rostro. Es cuestión de tiempo, esperar a que el fuego consuma los cimientos y el edificio se desplome sobre nosotros.
—Harry... —balbuceo. Él se acerca a mí y me abraza con fuerza. Yo suelto un sollozo—. No quiero morir.
—Eh, tranquila —me susurra—. Nadie va a morir aquí. Se nos ocurrirá algo.
Pero ni siquiera él parece creerse sus palabras.
Nos sentamos en el suelo. Ninguno de los dos sabe qué hacer. Seguir intentando derribar la puerta es inútil, y no hay ninguna otra vía de escape en la habitación.
Lo tenían todo pensado. Ellos habían preparado una trampa, y nosotros hemos caído en ella.
Miro a Harry, y cuando estoy a punto de hablar, el sonido de un tiro nos sobresalta. La puerta tiembla, y otro tiro vuelve a sonar. Ambos nos ponemos en pie, alertas. Entonces, la cerradura cae al suelo y la puerta se abre.
Una enorme bocanada de humo negro entra en la habitación. Harry tira de mi brazo y me obliga a agacharme, avanzando hacia la puerta. El suelo frente a ésta está cubierto de un polvo blanco, que asciende hasta mezclarse con el humo.
—¿Estáis bien? —grita una voz, al otro lado.
El alivio que siento en el pecho es tan grande que estoy a punto de echarme a llorar.
Sean.
Aparece repentinamente a nuestro lado, con el rostro y las ropas ennegrecidas y un extintor en la mano. A nuestra izquierda, el pasillo está en llamas, que crepitan y hace que el edificio ruja. A la derecha también hay fuego, pero diviso un camino que Sean parece haber abierto con el extintor.
—¡Tenéis que correr! —nos dice—. ¡El edificio está a punto de echarse abajo!
Nos hace un gesto indicando que le sigamos y comenzamos a correr. La temperatura es insoportable, las llamas arden a apenas un metro de nosotros y todo está teñido de una luz anaranjada.
Si el infierno existe, tiene que ser algo parecido a esto.
Corro detrás de Sean, y Harry detrás de mí. Estoy desorientada, y sobre todo, mareada. Siento el humo y las cenizas impregnados en toda mi piel. Y lo peor: en mis pulmones.
No queda nadie en el edificio. Todos han huido y a nosotros nos han dejado aquí para que muramos. A Sean, por traidor. A Harry y a mí, por meter las narices donde no nos llaman.
Sean se detiene de golpe y nos mira.
—Seguid por el camino de allí. El fuego aún no lo ha alcanzado —nos dice, señalando un pasillo al frente.
—Espera —le detengo, confusa—. ¿No vienes con nosotros?
Él sacude la cabeza.
—Tengo que recuperar una cosa.
Abro los ojos de par en par.
—¿Qué hay más importante que tu vida? —exclamo. Sean me mira con los ojos llorosos, aunque no consigo averiguar si debido al humo o a la culpabilidad.
—El dinero de mi familia. Tengo que saber si sigue donde lo dejé. No puedo hacerles esto.
Harry no dice nada. Yo, sin embargo, no estoy dispuesta a permitirlo.
—Sean...
Pero él vuelve a sacudir la cabeza.
—Buena suerte.
Y antes de que pueda responder, sale corriendo en dirección opuesta.
—¡Sean! —chillo, haciendo ademán de seguirle, pero Harry me detiene agarrándome por la cintura. Intento zafarme de sus brazos, sin éxito—. ¡Sean!
—¡Es su decisión, Allison! —me grita. Yo niego con la cabeza, perdiendo de vista entre las llamas la melena rojiza del joven.
Dejo de moverme, súbitamente agotada. Miro a Harry, que tiene el rostro cubierto de ceniza. Me mira y asiente con la cabeza.
—Salgamos de aquí.
Corremos por la dirección que Sean nos ha indicado. El fuego nos persigue devorando todo a su paso. Sin embargo, logramos movernos con facilidad, pues esta zona aún no ha sido afectada.
Oímos voces y sirenas a lo lejos, que son como música para mis oídos. Me permito llorar de alivio y sigo corriendo, sin separarme de Harry. Desembocamos en una enorme sala que enseguida reconozco. El techo que la cubre está despedazado y a través de los agujeros se puede ver las llamas que arden en la planta superior. Harry señala un punto a lo lejos y tira de mi brazo.
—¡Por allí! —grita.
Corremos a la salida, aunque ya apenas me puedo mantener en pie. Tropiezo un par de veces pero me levanto enseguida, deseosa de cruzar la enorme puerta que da al exterior. En un deseo inútil me giro hacia atrás, esperando encontrarme con Sean. Sin embargo, no hay nadie.
El edificio emite otro rugido y Harry me obliga a correr más rápidamente. No sé de dónde sacamos fuerzas, pero ambos logramos llegar a la puerta.
Cuando lo hacemos, estoy a punto de dejarme caer en el suelo, pero Harry me pide que corra un poco más, con voz angustiada. Estoy a punto de preguntarle por qué cuando, con el sonido de una auténtica bomba nuclear, el edificio se desploma sobre sí mismo.
Las piernas me fallan por el susto y caigo al suelo. Escucho gritos y sirenas. Harry se arrodilla a mi lado y se deja caer boca arriba sobre el asfalto, extenuado. Mientras, yo toso y vomito.
Dos enfermeros corren hacia nosotros. Nos preguntan si estamos bien; sin embargo, ninguno somos capaces de hablar. Uno de los médicos se agacha a mi lado y me rodea el hombro con un brazo. Me vuelve a decir algo, pero no consigo entenderle. La vista se me nubla, y tras ello, pierdo la conciencia.
-
Cuando abro los ojos, me encuentro a mí misma sentada en la parte trasera de una ambulancia, con una mascarilla de oxígeno alrededor del rosto y cubierta por una manta isotérmica. Parpadeo varias veces, desorientada y confusa. Miro hacia mi alrededor en busca de Harry, pero no hay rastro de él. Intento deshacerme de la mascarilla, pero en ese momento, un enfermero aparece a mi lado.
—Yo que tú no haría eso —me dice, esbozando una sonrisa tranquilizadora—. Has respirado demasiado monóxido de carbono. Necesitas recomponerte.
—¿Y Harry? —logro preguntar. Mi voz suena lejana a través de la mascarilla.
—¿Te refieres a tu amigo? Está ahí, ¿lo ves? —Señala al frente, donde se encuentra otra ambulancia. Distingo a Harry sentado sobre una camilla, siendo examinado. Como si sintiese que estoy observándolo, alza la mirada y la clava en mí. Por la oscuridad, no logro averiguar qué se esconde tras sus ojos, aunque supongo que no es algo demasiado diferente a lo que esconden los míos—. Está bien, no te preocupes. ¿Y tú? ¿Cómo te encuentras?
Estoy a punto de responder cuando escucho unos gritos a lo lejos.
—¿Dónde están? —dice una histérica voz femenina. En ese momento, tras la ambulancia que tengo enfrente, aparecen cuatro personas.
Nuestros padres.
Corren hacia nosotros cuando nos ven. Veo a mi madre, que está llorando, y cómo abre mucho los ojos en señal de alivio cuando se da cuenta de que estoy sana y salva.
Al menos, físicamente.
—¡Allison!
Va acompañada de mi padre. Ambos se acercan a mí y me abrazan con fuerza. Tras sus hombros, veo a Harry, que recibe una bofetada por parte de su madre. Él no parece inmutarse.
—¡No puedo creérmelo, Allison! —me grita mi madre, pasando del alivio a la ira, con las mejillas aún empapadas por las lágrimas—. ¡Esto no es propio de ti! ¿Cómo se te ocurre? ¿Es que quieres matarnos de un disgusto?
—No lo entenderíais... —susurro, agotada.
—Lo entendemos todo perfectamente, Allison —me dice mi padre, con un tono tembloroso por la rabia—. Alguien ha delatado a Geoffrey Stevenson. La policía está buscándolo. Sabemos toda la historia. Por eso querías esos documentos, ¿verdad?
No respondo. Mi madre me mira. Sus ojos están desorbitados por el miedo.
—¡No quiero que vuelvas a ver a Harry!, ¿me oyes? —me chilla, supongo que para que él mismo también lo oiga—. ¡No quiero que vuelvas a pensar otra vez siquiera en esta locura!
Mi madre sigue gritándome, pero ya no la escucho. Mis ojos están clavados en una mujer que se encuentra a lo lejos, derrumbada en el suelo, y que llora desconsoladamente, llamando la atención de todos. Es pelirroja, y va acompañada de un niño pequeño al que los médicos intentan alejar y distraer.
No hace falta que pregunte, porque sé perfectamente de quién se trata, y qué ha pasado.
Es la madre de Sean.
Y Sean está muerto.
Harry y yo nos miramos a la vez. Sus ojos están enrojecidos, y su boca articula un desolador «lo siento». Yo sacudo la cabeza y cierro los ojos, apoyando la nuca contra una de las paredes de la ambulancia y dejando que las lágrimas hagan su trabajo.
Es nuestra culpa.
Todo ha sido por nuestra culpa.
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