24

Los alumnos ocupan sus lugares en las mesas de la cafetería, creando un coro de voces y risas incomprensibles por toda la sala. Paige me lanza varias miradas de soslayo mientras abre el precinto de su batido de fresa. Yo, sin embargo, me dedico a observar mi bandeja llena de comida como si se tratase de la cosa más interesante del mundo.

Escucho a mi amiga carraspear y alzo la vista para mirarla.

—¿Qué?

—¿Me vas a contar de una vez lo que te pasa? —pregunta. Suelto un suspiro y me inclino sobre la bandeja para coger un nugget de pollo. Le doy un mordisco y vuelvo a observar a mi amiga durante unos segundos.

—Erick me besó ayer —confieso.

—Pero... —los ojos de Paige se agrandan y sus labios esbozan una amplia sonrisa—. ¡Pero eso es genial!

Niego con la cabeza.

—Se dio cuenta de que no siento nada por él.

Paige frunce el ceño y me mira con confusión.

—Espera... ¿quieres decir que quedaste con él para romperle el corazón? —inquiere con sorpresa, alzando cada vez más el tono de voz conforme las palabras salen de su boca.

—No ayudas —resoplo, cruzándome de brazos. Ella sacude la cabeza.

—Lo siento —se disculpa—. Oye, no pasa nada, ¿de acuerdo? No es tu culpa que no sientas nada por él.

—Entonces, ¿por qué no me ha dirigido la mirada en toda la mañana? —pregunto, desviando los ojos hacia la mesa del final, donde Erick se encuentra junto al resto de sus amigos. Está ajeno a la conversación que todos mantienen, ocupado con su teléfono móvil.

—Porque los hombres se lo toman todo como algo personal. No saben razonar —sonríe, poniendo los ojos en blanco. Estira su brazo hacia mí y estrecha su mano con la mía para darme ánimos—. Tranquila, ya verás como mañana se le ha pasado el enfado.

Suelto un largo suspiro y asiento. Cojo la servilleta y limpio los rastros de aceite de mis dedos, mientras me obligo mí misma a centrar mis pensamientos en cualquier otro asunto.

—Mira quién viene por ahí —comenta Paige, en susurros. Dirijo la mirada hacia donde su dedo señala y veo a Harry viniendo hacia nuestra mesa, colocándose bien sus rizos. Frunzo los labios y tomo aire profundamente. Precisamente, Harry es la última persona con la que me apetece hablar en este preciso instante. Sin embargo, no tengo opción de huir, así que intento parecer ocupada con mi comida mientras se acerca a nosotras.

—Allison, necesito que vengas —dice nada más llegar, con el rostro serio y cansado, aunque en tono amable.

—¿Por qué? ¿Qué sucede?

—Esto... —Le lanza una mirada a Paige, como si intentase decidir si es apropiado decirlo delante de ella o no—. Hay alguien que quiere hablar con nosotros.

Frunzo el ceño, confusa, y asiento.

—¿Te importa...? —empiezo a decir, dirigiéndome a mi amiga. Ella hace un gesto con la mano restándole importancia al asunto y afirma con la cabeza. Le lanzo una mirada de ya te lo recompensaré y me levanto de mi silla, siguiendo a Harry fuera de la cafetería.

Recorremos el pasillo en silencio. No sé a dónde nos dirigimos, y estoy a punto de preguntarlo cuando nos detenemos en la puerta del final, la cual lleva al exterior. Harry la empuja y la mantiene abierta con la mano. Sacude la cabeza hacia un lado, indicándome que salga.

La nieve cruje bajo mis botas cuando la piso. Examino mi alrededor en busca de quienquiera que esté esperándonos, pero no veo a nadie. Me giro para mirar a Harry, pero pasa de largo a mi lado.

—Ven —me dice.

Nos dirigimos hacia el campo de fútbol, cuya hierba está cubierta por una fina capa blanca. Vislumbro una figura sentada en las gradas, aunque la distancia no me deja distinguir con claridad de quién se trata. Conforme nos vamos acercando, sus rasgos y facciones se van haciendo más apreciables y consigo divisar la cabeza pelirroja de la silueta, lo que hace que consiga identificar rápidamente a su dueño: Sean.

Llegamos hasta él en pocos minutos. Se levanta cuando nos ve llegar y me dirige una tímida sonrisa.

—Hola, Allison —me saluda.

—Hola, Sean.

—Cuéntale lo que me has dicho a mí —le dice Harry. Él asiente y dirige de nuevo la mirada hacia mí.

—Esta tarde el edificio estará vacío —me explica—. Van a ir a Annapolis a resolver algunos asuntos. Si vamos hoy y conseguimos entrar en los archivos, no tendríais que ir mañana a entregarles ese dinero que, por lo que puedo imaginar, no existe.

—Me parece bien —señalo—. Pero, si no encontramos nada, ¿cómo demonios vamos a pagarles?

Miro a Harry, aunque por su expresión sé que tampoco conoce la respuesta a mi pregunta.

—Conozco bien a esa gente —interviene entonces Sean—. Pensaré en algo para sacaros de ahí.

Suelto un suspiro y asiento, mostrándole una sonrisa agradecida. Él me imita, y tras ello, mira a Harry.

—¿Te importaría dejarme a solas con ella?

Él frunce el ceño.

—Esto... sí, claro —responde, afirmando ligeramente con la cabeza.

Lo observo bajar las escaleras hasta el final de las gradas, varios metros por debajo de donde nos encontramos. Se queda a los pies de ésta y se apoya contra la barandilla, cruzando los brazos y examinándonos con cautela.

—Ven, siéntate.

Dirijo la mirada hacia Sean y ocupo uno de los asientos al mismo tiempo que él.

—¿Sucede algo? —pregunto.

—Verás, Allison —empieza a decir—. Quiero que sepas que no estás en absoluto obligada a meterte en esto. Tú...

—Espera —le interrumpo—. Esto es obra de Harry, ¿verdad?

—A él le importas, y estoy completamente seguro de que piensa igual que yo. Pero no, no es obra suya.

—¿Entonces? —inquiero arrugando el entrecejo, confusa.

—Eres una buena chica, Allison, y lo más probable es que también la más lista de tus amigos. —Sonríe—. Pero por eso mismo, no deberías hacer esto. Una vez que te metes en ese antro, cabe la posibilidad de que no vuelvas a salir, y tú no te mereces que te ocurra nada.

—Agradezco que te preocupes por mí, pero ¿qué hay de Harry?

—Harry está ciego de venganza, es imposible hacerle entrar en razón —suspira—. Lo he intentado, créeme.

Asiento, porque estoy de acuerdo con él. Sin embargo, no puedo dejar a Harry tirado. Quizás yo no sea una pieza demasiado estratégica en este rompecabezas, pero sí sé que puedo ser útil. Y mientras sepa que puedo ser útil, no voy a abandonar.

—¿Sean? ¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro —responde, curvando los labios en una sonrisa.

—¿Por qué te metiste en esa organización? Tú... no eres como ellos. No encajas con el resto.

Él soltó un largo suspiro y bajó la mirada.

—Mi padre murió hace dos años —explica—. Tenía muchas deudas con el banco, que pasaron a ser nuestras. Básicamente nos arruinó. Mi madre estaba embarazada, y ni siquiera teníamos suficiente dinero para alimentarnos los dos. Intenté buscar trabajo, pero lo único que encontré fue aquel lugar. Me pagaban una buena cantidad por hacer algunos trabajos, así que acepté. Fue... —Se le quiebra un poco la voz. Carraspea un par de veces para aclararse la garganta antes de volver a hablar—. Fue la peor decisión de mi vida.

—Lo siento —es lo único que se me ocurre decir—. Pero no lo entiendo. ¿Qué te hacen allí para que sea todo tan horrible?

—Tener vigilada hasta la última persona que conoces. Si les fallas, no van a matarte a ti. Van a matar a quienes más quieres.

De pronto, siento cómo el pánico hace su efecto en mí. El aire que me rodea se esfuma por completo y dejo de ser capaz de respirar. Me trago las lágrimas como puedo, a la vez que intento hacer desaparecer de mi mente la idea de que puedan llegar hacer daño a mi familia.

Sé valiente, me obligo a pensar, aunque jamás me he sentido tan aterrorizada.

—Debería irme —susurro—. Las clases van a comenzar pronto.

Sean asiente antes de dirigirme una última sonrisa de despedida. Yo, sin embargo, me limito a ponerme en pie y a bajar las escaleras, llegando a donde Harry se encuentra.

—¿Estás bien? —me pregunta enseguida, siguiendo mis pasos fuera del campo de fútbol—. Parece que acabas de ver a un fantasma.

—Sí —digo, intentando que no me tiemble la voz—. Solo necesito volver a clase.

-

Observo cómo los copos de nieve caen lentamente, enredándose en mi pelo y mis pestañas. Llevo tan solo varios minutos en la calle, apoyada en el todoterreno del padre de Harry, pero han sido suficientes para que el frío entumezca cada rincón de mi cuerpo.

El sonido de una puerta al cerrarse hace que alce la vista hacia al frente. Descubro a Harry viniendo hacia mí, andando con rapidez y con el rostro contrariado.

—¿Ocurre algo? —pregunto. Harry se detiene a un metro de mí mientras saca las llaves de su bolsillo. Observo cómo contrae la mandíbula, provocando que las aletas de su nariz se hinchen.

—Douglas no viene —me cuenta—. El muy cabrón se ha echado atrás.

Bajo la mirada. Harry se percata de mi gesto y frunce el ceño.

—¿Qué pasa?

Sacudo la cabeza.

—Tener miedo es normal —murmuro. Aunque no lo estoy mirado, noto los ojos de Harry clavados en mi rostro, seguramente llenos de confusión.

—¿Qué quieres decir? —pregunta. Cojo aire y suspiro.

—Que entiendo a Douglas —confieso—. Yo también tengo miedo, Harry. No quiero que hagan daño a mi familia por meter las narices donde no me llaman. Que esto pueda acabar mal me aterra.

—Eh, Allison. —Me coloca la mano en el hombro y me obliga a mirarlo—. No voy a dejar que nada malo te pase, ¿vale? Ni a ti ni a tu familia. Eso tenlo claro. Aun así, eres libre de no venir si no quieres. Puedo hacerlo solo.

Niego con la cabeza.

—No, voy a ir contigo. Te prometí que te ayudaría.

Se me queda mirando durante varios segundos antes de asentir, en silencio. Me sorprendo al ver que no insiste en que no vaya con él, pero no digo nada. Me limito a rodear el coche y a introducirme en él por la puerta del copiloto, mientras observo a Harry hacer lo mismo.

Llegamos a Federal Street sobre las siete menos cuarto. El silencio y la tranquilidad de la zona casi resultan inquietantes. Las luces encendidas de los edificios son lo único que me da evidencias de que no nos encontramos en una especie de ciudad fantasma.

Harry aparca frente a una de las casas y ambos nos apeamos del vehículo. Recorremos la calle sin decir palabra, con el único sonido de las suelas de nuestros zapatos chocando contra el asfalto. Pienso en la última vez que caminé por este mismo lugar, y lo acobardada que me sentía. Ahora ese temor ha desaparecido, y quizás se debe a que en este preciso momento, Harry está a mi lado.

Voy tan sumida en mis pensamientos que no me doy cuenta de que Harry ha dejado de andar, así que termino chocándome contra su espalda. Me mira, esbozando una tímida sonrisa llena de diversión, mientras yo hago un auténtico esfuerzo interior por evitar que el rubor suba a mis mejillas.

Me separo de él y dirijo la mirada hacia el frente. Delante de nosotros se encuentra el tétrico almacén abandonado donde estuvimos dos días atrás, y donde desearía no tener que volver a entrar más. Observo a Harry echar un vistazo a su móvil y mirar a su alrededor.

—Sean no ha llegado todavía —señala. Suelta un suspiro y se agacha para sentarse sobre el borde de la acera. Me quedo durante un par de segundos de pie, titubeante, pero finalmente decido hacerle compañía y me siento a su lado.

Permanecemos en silencio durante varios minutos, ambos observando el edificio que se extiende ante nosotros. Me pregunto cómo acabará nuestro plan, si hoy logaremos averiguar algo. Tengo esperanzas de que todo va a salir bien, pero aun así, hay una parte de mí que solo deja de gritarme que vuelva a casa, una especie de mal presentimiento que no soy capaz de ignorar.

—¿Allison?

—¿Hm?

—Siento cómo me comporté ayer contigo —murmura. Frunzo los labios y dejo salir el aire por la nariz.

—En parte también fue mi culpa. No tenía muy buen día.

—¿Problemas con míster América?

Esbozo una sonrisa a la vez que bajo la mirada. De reojo, veo a Harry sonreír también. Me encojo de hombros y sacudo la cabeza.

—Erick es un buen chico —es lo único que soy capaz de responder. Él asiente, pensativo—. Pero creo que lo nuestro no funcionaría.

Harry gira la cabeza hacia mí y frunce el ceño.

—¿Por qué lo dices?

—No lo sé —confieso—. Supongo que no estoy hecha para esto.

—Todos lo estamos —opina él—. Solo tienes que encontrar a la persona adecuada.

Suelto una especie de risa llena de ironía.

—No creo en las almas gemelas.

—No tiene por qué ser tu alma gemela —explica—. Puede ser alguien que te complemente, que le aporte a tu vida aquello que siempre has necesitado. —Se encoge de hombros—. Llámame estúpido, pero no creo que el amor tenga que hacerte necesariamente feliz. A veces, el amor solo tiene que hacerte sentir vivo.

Abro la boca para hablar, pero no encuentro ninguna palabra adecuada que decir. Así que me limito a mirarlo, perpleja.

—Nunca habría imaginado que algo así pudiese salir de tu boca —susurro. Él sonríe.

—Quizás es porque no me conoces tan bien como pensabas, Cooper.

Desde luego, digo para mí misma.

—¡Chicos!

Alzamos la mirada hacia la figura inconfundible de Sean, que se acerca hacia nosotros. Nos ponemos en pie y aguardamos su llegada.

—Perdonad la tardanza —se disculpa, recuperando la respiración—. He querido asegurarme primero de que no quedaba nadie en el edificio.

Harry asiente. Yo, sin embargo, me quedo observando a Sean con cierta suspicacia.

—¿Cómo es que han dejado el lugar sin nadie que lo vigile? —pregunto, frunciendo el ceño. Él se encoge de hombros.

—No lo sé —admite—. Pero lo importante es que ahora tenemos vía libre.

Sacudo la cabeza.

—Esto no me gusta. Está siendo demasiado fácil.

—No hay tiempo para ponernos a pensar —interviene Harry—. Cojamos el archivo de Logan y marchémonos de aquí cuanto antes.

Él y Sean echan a andar hacia el edificio, mientras yo permanezco durante varios segundos parada en el mismo lugar, vacilante. No obstante, sé que contarles el mal presentimiento que llevo sintiendo durante un largo rato no va a servir de nada, así que me limito a soltar un largo suspiro y a correr para alcanzarles.

El interior del almacén sigue igual de destartalado y húmedo que como lo recordaba. Las escaleras de metal emiten el mismo chirrido que la última vez y las luces continúan parpadeando y emitiendo un desagradable sonido de electricidad.

Llegamos a la planta superior y atravesamos la puerta que conduce al rellano que une los tres pasillos.

—Es por aquí —nos dice, señalando el corredor de la derecha. Comienza a caminar de nuevo y Harry y yo lo seguimos, en silencio.

La calma que reina en el edifico casi resulta sobrecogedora. Ahora más que nunca parece auténticamente abandonado, un par de luces apenas iluminando los extensos pasillos y corrientes de aire gélido, procedentes de alguna ventana abierta, calándonos los huesos.

Nos detenemos al final del pasillo. Hace cosa de un minuto que hemos dejado atrás la última lámpara encendida, así que estamos casi en la más completa oscuridad. Observo la sombra apenas apreciable de Sean rebuscar en su bolsillo y sacar su móvil. Enciende la pantalla y alumbra lo que tenemos en frente, que no es ni más ni menos que otra puerta oxidada.

Suelto un suspiro y miro hacia atrás en un gesto instintivo para asegurarme de que no hay nadie tras nosotros, aunque la oscuridad apenas me deja ver nada.

—Esta es la puerta que conduce al sótano donde están los archivos —nos explica Sean.

—Genial —responde secamente Harry—. Ábrela.

—El problema es que... —Carraspea un par de veces—. No tengo la llave.

Harry ríe con ironía.

—Da la casualidad de que aún no tengo la capacidad de abrir puertas con la mente, así que explícame cómo demonios vamos a poder entrar.

—Deja el sarcasmo a un lado, ¿de acuerdo? —le pide Sean, molesto—. Aquí nadie confía en nadie. Nunca me habrían dejado la llave. Ni siquiera sé dónde o quién la guarda.

Escucho a Harry murmurar una maldición.

—¿Qué hacemos entonces? —pregunto.

—Echarla abajo. —Le lanzo una mirada recriminatoria y él pone los ojos en blanco—. Oye, si tenéis una idea mejor, adelante.

—Vale, está bien —responde Harry. Retrocede un par de metros—. Apartaos.

—Espera —digo—. ¿No irás a...?

Antes de que pueda terminar la frase, Harry corre hacia la puerta y la golpea brutalmente con el hombro, provocando que un estruendo ensordecedor llene todo el pasillo. No obstante, el golpe solo consigue hacer una pequeña hendidura sobre el metal y que Harry salga disparado hacia atrás.

—¡Joder! —exclama, tambaleándose para intentar no perder el equilibrio. Hace ademán de volver a intentarlo, pero lo detengo.

—Déjame probar a mí.

Suelta una risa y yo lo fulmino con la mirada. Él levanta las manos en señal de aceptación.

—Está bien, haz lo que quieras.

Me alejo varios metros de la puerta y me quedo observándola durante un par de segundos antes de impulsarme hacia delante y correr directa hacia ella. Cuando estoy a punto de llegar, giro el cuerpo hacia un lado e impacto contra la superficie. La puerta cede ante mí y se abre, dejándome caer hacia delante.

Me detengo al chocar con la pared que se encuentra al otro lado. Harry y Sean me miran con los ojos abiertos de par en par, mientras yo intento recuperar la respiración.

—¿Estás bien? —me pregunta Harry, llegando hasta mí. Yo asiento, aunque siento un dolor punzante en el hombro que apenas me permite mover el brazo.

—Deberíamos ir bajando —nos avisa Sean—. Pueden llegar en cualquier momento.

Harry me lanza una última mirada y se gira para seguir a Sean escaleras abajo. Yo me aparto de la pared con una mueca de dolor y los acompaño.

Los archivos de este sótano no tienen nada que ver con los de nuestro instituto. Mientras que los del último están ordenados por apellidos en diferentes archivadores, estos están apilados de forma desorganizada en inestables estanterías

—¿Cómo vamos a encontrar lo que necesitamos entre tanto lío? —pregunta Harry.

—He estado un par de veces aquí —nos explica Sean—. Si no recuerdo mal, en la derecha están los archivos que contienen nuestra información. Si de verdad mataron a Logan, su carpeta estará... —Recorre con la mirada la estantería que tenemos enfrente—. Ahí.

Señala el estante inferior, donde hay varias cajas de cartón cubiertas de polvo.

—Bien —asiente Harry—. En marcha.

Nos sentamos en el suelo, nos distribuimos las cajas entre los tres y comenzamos a buscar. En el interior hay decenas de carpetas, todas ellas escritas con nombres de gente desconocida. La mayoría son hombres, aunque cuento cuatro mujeres. Si Sean nos ha indicado que busquemos en estas cajas, es porque aquí se encuentra todos aquellos a quienes han matado.

Siento un escalofrío recorrerme la columna vertebral e intento ignorar las náuseas que comienzan a aparecer.

Apenas quedan cinco carpetas en mi caja, y en ninguna he leído el nombre de Logan Donovan. Y por la expresión de Harry y Sean, sé que ellos tampoco.

—Chicos —empiezo a decir—, aquí no hay...

—¿Quién anda ahí?

Observo los rostros de mis compañeros convertirse en una expresión de pánico. Los tres nos incorporamos de un salto y nos giramos hacia las escaleras, por donde comienzan a oírse unos pasos.

—Sean —le susurro a Harry. Él parece entender mi mensaje y asiente. Agarra a Sean por el brazo y lo coloca estratégicamente contra la estantería.

—Dame tu pistola.

—En... en mi cinturón.

Observo con desesperación cómo Harry le levanta la camiseta y le quita la pistola para apuntarle directamente hacia el cráneo. Justo en ese momento, alguien aparece en el sótano. Es el amigo de Sean, el chico de piel oscura que nos encontramos la primera vez que llegamos al edificio.

—¿Qué coño...? —murmura, atónito, observándonos a los tres. Nos van a matar, es lo único que logro pensar.

—Déjanos ir o le disparo —dice Harry. Aunque apenas es perceptible, noto cierto temblor en su voz. Siento la necesidad de llorar, pero el pánico me lo impide.

—¿Sean? —pregunta, dirigiéndose a su amigo—. ¿Qué es esto?

—Los he encontrado aquí —logra decir él, con la mejilla aplastada contra la estantería. Harry le da un fuerte empujón y lo tira al suelo, uniéndose rápidamente a mi lado y apuntando esta vez al joven, aunque apenas consigue mantener el arma recta.

—Apártate de la puerta —le ordena. Él levanta los brazos y obedece, aún con la expresión de confusión en su rostro. Harry entrelaza su mano con la mía y la aprieta con fuerza—. Uno... dos... ¡tres!

Salimos disparados del sótano, subiendo las escaleras a trompicones. Alcanzamos la planta de arriba y salimos al pasillo.

Corremos lo más rápido que nuestras piernas nos permiten. Noto el corazón golpeando con fuerza mi pecho y el sudor empapándome la frente. Apenas puedo respirar bien. Inhalo y exhalo como puedo, sintiendo el aire gélido filtrándose en mis pulmones y arañándome la garganta a su paso.

Llegamos al cruce con el camino que lleva a la salida. Nos introducimos en él y seguimos corriendo. No obstante, frenamos cuando unas figuras aparecen al fondo, provocando que las suelas de nuestro zapatos chirríen contra las baldosas.

—¡Eh! —grita alguien. Las figuras comienzan a correr hacia nosotros.

—Maldita sea —murmura Harry. Tira de mi mano y volvemos sobre nuestros pasos.

Seguimos corriendo. El pasillo nos lleva hacia otra nueva desembocadura, una zona donde nunca hemos estado. Sin embargo, me fijo en un detalle que hace que el mundo se me caiga a los pies.

—Harry... —logro decir, entre jadeo y jadeo—. No... no tiene salida.

Harry parece percatarse de la pared del fondo, donde solo hay una ventana de cristales rotos que da al exterior. Aun así, no se detiene, sino que sigue corriendo y tirando de mí.

—Entonces saldremos por ahí.

Ni siquiera le pregunto cómo pretende hacerlo, porque sé cuáles son sus intenciones. Llegamos hasta el final y nos paramos frente a la ventana. Harry comienza a arrancar los restos de cristales que siguen clavados en las cuatro jambas. Lo ayudo. Las manos comienzan a sangrarme ligeramente y a escocerme, pero ni siquiera me importa.

—Vamos, salta —me dice—. Solo hay unos tres metros.

Sacudo la cabeza.

—Hazlo tú primero.

Las voces comienzan a oírse al final del pasillo. Harry me agarra del brazo y me mira fijamente.

—Allison, salta de una jodida vez.

Me quedo mirándolo un par de segundos antes de tragar saliva y asentir. Me ayuda a subirme a la ventana y me quedo sentada en el borde, con medio cuerpo en el vacío.

Que sea lo que tenga que ser, pienso. Cierro los ojos y salto.

Caigo sobre el cemento, ahogando un grito. Noto una fuerte punzada en los tobillos y en las muñecas, pero consigo levantarme como puedo. Harry enseguida aterriza a mi lado y me agarra del brazo, sin ni siquiera darme tiempo para respirar.

Corremos hacia el coche. Tengo el cuerpo dolorido, pero aun así logro reunir fuerzas y seguir moviéndome. Harry rebusca en su bolsillo y saca las llaves. Los faros del coche parpadean y nos apresuramos a introducirnos en él.

Mientras Harry enciende el motor, cojo mi móvil. Marco con los dedos ensangrentados los tres números en la pantalla y me lo llevo a la oreja. Suenan tres tonos hasta que una voz femenina suena tras el auricular.

—911, ¿en qué podemos ayudarle?

Harry pone la marcha atrás y pisa el pedal con fuerza, provocando que nos choquemos con el vehículo trasero. Da varias vueltas en el volante, vuelve a cambiar la marcha y saca el coche del aparcamiento con un chirrido de ruedas.

—Nos... nos persiguen. —Apenas consigo hablar de forma comprensible. Noto los ojos llenárseme de lágrimas—. 344 Federal Street. Por... por favor.

—Se lo ruego, tranquilícese. ¿Cuál es su nombre?

Recorremos la calle a máxima velocidad. Harry ni siquiera ha encendido las luces, por lo que conducimos en la más completa oscuridad.

—A-allison.

—¿Su apellido?

—Oiga... —Me detengo cuando me percato de algo. No obstante, todo sucede demasiado rápido.

La calle se ilumina de pronto frente a nosotros. Abro la boca, confundida, pero entonces distingo la forma de un coche que sale disparado por una de las calles perpendiculares.

—¡Harry! —chillo—. ¡Cuidado!

Pero el impacto es inevitable.

Escucho un sonido parecido a una bomba. Noto los cristales arañándome la cara y un dolor profundo en la cabeza. Un líquido caliente me baja por el rostro hasta llegar a la mandíbula. Distingo una voz. Alguien parece gritar mi nombre. Sin embargo, antes de que pueda articular palabra, mi visión se vuelve negro.

Después, dejo de sentir.


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