23

El profesor de Matemáticas comienza a llamar a los alumnos uno a uno, que se levantan y se acercan hasta él para recoger sus exámenes. Observo tanto los rostros de satisfacción como de decepción de cada uno de mis compañeros, mientras el resto permanece en silencio, aguardando el momento en el que su nombre sea anunciado.

—Allison Cooper. —Me levanto de mi asiento y me dirijo con paso más o menos firme hacia la mesa del profesor, aunque me sudan las manos. No es que esté nerviosa, pero tampoco estoy tranquila; estas semanas me han tenido algo ausente, y apenas he dedicado tiempo al instituto. Al menos, no tanto como debería.

El profesor me lanza una mirada por encima de sus gafas antes de tenderme el examen. Trago saliva y estiro lentamente el brazo hacia él, reacia a cogerlo. Cuando salí de la clase, pensaba que me había salido bien, pero ahora... ahora todo me parece un infinito mar de posibilidades.

Bajo la mirada hacia el papel. Siento las piernas flaquear cuando mis ojos se topan con la nota.

—Buen trabajo, Allison —me dice, mientras observo la letra A escrita en la esquina superior derecha, rodeada por un perfecto e impecable círculo de color rojo.

—Gracias —murmuro, sonriendo con alivio.

Los exámenes terminan de ser devueltos a cada uno de sus dueños, aunque enseguida el profesor se ve envuelto en una nube de preguntas y quejas por parte de los alumnos. Me giro hacia Harry y Douglas.

—¿Qué tal? —pregunto. Como respuesta, Douglas me muestra su examen, marcado con una enorme F, acompañado de una fingida mueca de disgusto. Suelto una risa y miro hacia Harry, que tiene los ojos clavados en su estuche—. ¿Y tú?

Él se encoge de hombros, sin molestarse en mirarme siquiera. Levanto una ceja.

—¿También suspenso? —inquiero.

—Como siempre —murmura. Lo observo durante unos segundos más antes de hacer una mueca y girarme, volviéndole a dar la espalda.

En la cafetería, Paige me espera en nuestro sitio, ocupada con su sándwich. Coloco la bandeja sobre la mesa mientras me siento. Echo una última mirada hacia el resto de mesas antes de dirigirla hacia mi amiga, que me observa con una expresión expectante.

—¿A quién buscas? —pregunta.

—A Erick, ¿lo has visto? Habíamos quedado para ir almorzar después del instituto.

Ella niega con la cabeza.

—No ha venido a clase en toda la mañana. Quizás esté enfermo.

—No me ha enviado ningún mensaje —le explico, frunciendo ligeramente el entrecejo—. Qué extraño.

—Seguro que aparece —me tranquiliza mi amiga—. Dejarte plantada sería una gran estupidez por su parte teniendo en cuenta lo pillado que está por ti.

Pongo los ojos en blanco antes de dar un mordisco a mi manzana.

—Solo somos amigos —digo, con la boca llena.

—Eso no quita que le gustes.

La ametrallo con la mirada y ella levanta las manos en señal de rendición. Sacudo la cabeza antes de continuar con mi comida, mientras Paige cambia de tema y me cuenta algo sobre un nuevo programa de televisión del que nunca he oído hablar. Intento responder coherentemente a las preguntas que me hace, pero mi mente está demasiado ocupada en otros asuntos.

—¿Me estás escuchando?

El tono enfadado de Paige me saca de mis pensamientos bruscamente. Levanto la cabeza, desorientada, y miro a mi amiga, que me observa con el ceño fruncido.

—¿Qué? —pregunto. Ella suelta un suspiro y se cruza de brazos.

—No me estabas escuchando —concluye. Sacude la cabeza ligeramente, resignada—. Te preguntaba si hay novedades acerca de Logan.

—Oh —murmuro—. Bueno, si te soy sincera... creo que estamos bastante cerca de saber quién fue.

Los ojos almendrados de Paige se iluminan cuando los abre de par en par.

—¿De veras? ¿Cómo?

—Te lo contaré más adelante. Ahora no es buen momento.

Me observa fijamente durante varios segundos antes de encogerse de hombros y girarse hacia la mesa donde Harry y sus amigos se encuentran. Después, vuelve a mirarme.

—Entonces, el equipo Hallison está funcionando como es debido, ¿eh? —dice, esbozando una sonrisa llena de diversión.

—Bueno... —empiezo a decir, soltando un jadeo—. La mayoría de las veces saca a relucir su mal humor y es difícil soportarlo. Aun así, los dos estamos haciendo un esfuerzo por llevarnos bien.

Y así el león se enamoró de la oveja...

—Oh, vamos —resoplo, poniendo los ojos en blanco—. Creía que ya habías superado tu fanatismo por Crepúsculo.

Paige mueve teatralmente la cabeza para colocar su cabello dorado tras sus hombros.

—Citar frases de libros siempre funciona —explica, fanfarrona.

—¿Sabes? Deberían recompensarme por ser tu amiga. No todo el mundo estaría capacitado para ello.

—¡Oye! —exclama, lanzándome la bola de aluminio que en un pasado envolvía a su sándwich vegetal y que pasa de largo a centímetros de mi rostro.

Suelto una carcajada, a la que pronto mi amiga se une. Nos pasamos largos segundos riendo, a pesar de que ninguna tenemos una razón de peso para hacerlo. Excepto hacernos sentir dos chicas más del montón. Sin depresión. Sin tener puestas sus vidas en riesgo.

Porque ambas lo necesitamos.

-

Marco el número de Erick mientras bajo las escaleras, en dirección al aparcamiento. Escucho varios tonos antes de que vuelva a saltar, por tercerea vez, el buzón de voz. Con un suspiro de impaciencia, cuelgo y guardo el teléfono en el bolsillo de mi abrigo, continuando mi camino a grandes zancadas.

—¡Allison! —No me giro, pero sé que es la voz de Harry. Intento fingir que no lo he oído y, disimuladamente, aumento la velocidad de mis pasos. No obstante, antes de que me dé cuenta, aparece a mi lado, mochila en mano y con la respiración entrecortada—. Eh, te estaba llamando.

—Perdona, iba distraída —murmuro. Él asiente, silencioso.

—¿Todo bien?

—Hmm —afirmo, buscando a mi hermano entre los coches.

—Pareces enfadada. ¿Es por mi culpa?

—No, no —descarto inmediatamente antes de soltar un largo suspiro—. Solo que... había quedado con Erick para ir a almorzar, pero al parecer me ha dejado plantada.

—Vaya, qué desconsiderado —señala. Me encojo de hombros.

—Por eso nunca salgo con chicos.

Andamos un par de metros más antes de visualizar a mi hermano apoyado en uno de los coches, hablando con un chico de su misma edad.

—Bueno, quizás podríamos... —empieza a decir Harry, ajeno a la situación, pero le interrumpo.

—Espera aquí —le indico, dirigiéndome hacia Tyler. Éste deja de hablar con su amigo cuando me ve llegar y me mira con el ceño fruncido.

—¿Aún sigues aquí? —pregunta—. Creía que tenías una cita.

—Ya no. Vámonos a casa.

Le lanza una mirada confusa al joven antes de despedirse de él y seguirme, volviéndonos a reunir con Harry. Ambos comparten un saludo y los tres caminamos en silencio, dejando que Tyler se adelante un par de metros.

—¿Qué estabas diciendo? —le pregunto a Harry, volviendo a retomar la conversación.

—Que quizás tú y yo podríamos...

—¡Allison!

Me giro y, para mi sorpresa, encuentro a Erick corriendo hacia mí, con el rostro colorado y la respiración agitada. Me quedo mirándolo durante varios segundos mientras se acerca, confusa.

—Gracias a Dios, estás aquí —suspira, una vez llega hasta mí—. Me he dejado el móvil en casa y nada más que he llegado, he comenzado a buscarte como loco. Pensaba que te habías marchado sin mí.

—De hecho, estaba a punto de hacerlo —confieso—. Creía que te habías echado atrás.

—Lo siento, soy un desastre —se disculpa, avergonzado. Le lanza una rápida aunque cautelosa mirada a Harry, y después vuelve a clavar sus ojos en mí—. El almuerzo... ¿sigue en pie?

—Eh... sí, claro —asiento. Me giro hacia mi hermano—. Esto...

—Tranquila —interviene Harry—. Yo lo llevo a casa. Pasáoslo bien.

Antes de que pueda decir nada, rodea amistosamente los hombros de Tyler con un brazo y ambos echan a andar, dejándonos a Erick y a mí solos.

-

Nos dirigimos hacia el centro de la ciudad en el Volkswagen gris de Erick. Los cristales están impolutos y todo está impregnado de un suave olor a pino, procedente del ambientador que cuelga del espejo retrovisor. Ni siquiera hay una sola mota de polvo que cubra los asientos o el salpicadero, lo que me hace preguntarme si esta mañana la habrá dedicado a limpiar y adecentar el coche para nuestra cita.

Observo a Erick durante varios segundos. Está impecable. Lleva un bonito jersey gris bajo una cazadora negra, y su pelo castaño está perfectamente peinado hacia arriba. Es guapo, simpático y amable. Pero aun así...

—¿Ocurre algo? —pregunta, apartando los ojos de la carretera para clavarlos en mí.

—Eh... no —murmuro. Clavo rápidamente la mirada en mis manos, avergonzada. Lo escucho soltar una débil risa.

—¿Conoces el Rusty Scupper?

—Creo que no —respondo, aliviada de que haya pasado por alto el hecho de que me ha pillado observándolo.

—Mejor —sonríe—. Así será una sorpresa.

El Rusty Scupper resulta ser, nada más y nada menos, un lujoso restaurante de comida marina situado en el puerto de Baltimore. Nunca había oído hablar de él, pero ahora que lo tengo delante de mí, apuesto a que debe de ser un lugar bastante conocido, pues está repleto de gente.

Un empleado nos conduce a la planta de arriba por unas escaleras de madera que crujen bajo nuestros apresurados pasos. Mientras nos dirigimos hacia nuestra mesa, observo las cristaleras que cubren todas las paredes y que dan hacia el puerto y, más al fondo, hacia la ciudad.

Buen sitio, buena comida y buenas vistas. Esto tiene que costar un riñón, es lo único que pasa por mi mente.

Nos sentamos al lado de uno de los ventanales y el hombre se marcha, dejándonos solos. Erick me tiende una de las cartas y le echo un vistazo al menú.

—Erick, no es por nada, pero... —empiezo a decir—. Solo llevo quince dólares encima.

Él suelta una carcajada y sacude la cabeza.

—No te preocupes por el dinero —me tranquiliza—. El dueño es un viejo amigo de mi padre, y ha aceptado sin problemas a hacernos un descuento. Además —añade—, este almuerzo corre de mi cuenta, ¿recuerdas?

—¿Serviría de algo si te digo que no?

Erick vuelve a reír y yo sonrío tímidamente.

—Eres genial —murmura, convirtiendo sus carcajadas en una amplia sonrisa. Intento evitar que el rubor que amenaza con aparecer en mis mejillas se manifieste y retomo la lectura del menú, sintiendo el corazón bombeando con fuerza contra mi pecho.

El almuerzo transcurre con normalidad. Charlamos de varias cosas mientras nos sirven los platos y comemos, hacemos bromas y nos reímos como solíamos hacer cuando éramos compañeros de laboratorio.

A pesar de ser popular en el instituto y pertenecer al equipo de fútbol, Erick siempre ha sido un buen chico. A diferencia de Logan, Douglas y Harry, él no ha utilizado su fama para hundir al resto. Sí, quizás Paige tenga razón. Quizás esto podría funcionar. Pero aun así...

Aun así...

—¿Te apetece dar un paseo por el puerto? —pregunta Erick, a la vez que le hace un gesto a uno de los camareros para que traiga la cuenta. Aparto mi mirada ausente de los platos vacíos que hay sobre la mesa y la poso en el chico ilusionado que tengo enfrente.

—Sí, estaría bien —respondo, esbozando una débil sonrisa.

Tras terminar de pagar, salimos del restaurante y nos dirigimos hacia la zona del puerto donde días antes Harry y yo estuvimos. Caminamos tranquila y silenciosamente por el paseo marítimo, acurrucados en nuestros abrigos para protegernos de la gélida brisa que sopla a nuestro alrededor.

Miro de reojo a Erick, que pasea con la vista clavada en sus pies. Parece preocupado por algo, aunque, por alguna razón, no me atrevo a preguntarle el qué. Suelto un suspiro casi imperceptible y vuelvo a mirar al frente, introduciendo las manos en los bolsillos de mi anorak.

—¿Allison?

—¿Sí?

Lo escucho tomar aire.

—Siento mucho cómo me comporté contigo en la fiesta de Halloween.

Sacudo la cabeza.

—Erick, ya me pediste perdón por eso —le recuerdo—. Y sabes que no importa.

—Pero a mí sí —objeta—. A veces pienso que todo esto nunca va a salir como me gustaría porque siempre vas a tener ese miedo de que pueda hacerte daño.

—Nunca me has hecho daño —señalo.

—Te besé a la fuerza.

Pongo los ojos en blanco en un intento de restarle importancia al asunto.

—Fue solo un beso, Erick.

—Ese es el problema —suspira, mirándome con cierto pesar y exasperación—. Allison, me gustas. Me gustas mucho, y llevo queriendo besarte desde que comenzamos a ser compañeros de laboratorio. Quería que, si alguna vez surgía la ocasión, fuese algo bonito. Pero en lugar de eso, te besé estando borracho. Y lo peor fue ver tu reacción. Quería... —Hunde los hombros, apesadumbrado—. Quería que tú también sintieses algo.

Siento cómo el paisaje que tengo frente a mí se oscurece. Es entonces cuando me doy cuenta de que llevo largos segundos conteniendo la respiración y que mi cerebro me está pidiendo oxígeno a gritos. Tomo una buena bocanada de aire, no sin cierta dificultad, y miro a Erick, que me observa expectante y desesperado.

—Yo... —empiezo a decir, pero no encuentro palabras. ¿Cómo voy a explicarle que lo que se interpone entre nosotros no es ese miedo imaginario que siento hacia él? ¿Cómo voy a explicarle que lo que se interpone no es algo, sino alguien?

—Déjame hacer una cosa para enmendar mi error —me pide—. Si no funciona, se acabó el acecharte por los pasillos y los almuerzos en restaurantes que no te gusten. Te dejaré en paz, prometido.

—¿Quién ha dicho que no me ha gustado el restaurante?

—Olvida eso. ¿Me dejarías?

Lo miro durante varios segundos antes de encogerme de hombros.

—Supongo que sí —digo.

Él asiente, y sin previo aviso, me besa.

No como en la fiesta. No un beso torpe por el alcohol. Me besa de verdad, como en una película. Como Jack y Rose en Titanic, o como Paul y Holly en Desayuno con diamantes. Como si lo hubiese preparado durante mucho tiempo y ensayado mil veces, haciendo de un simple beso una auténtica obra de arte.

Y aun así...

No. No ha funcionado.

Me intento apartar de él, empujando ligeramente sus hombros. Erick parece pillar el gesto a la primera y se separa de mí, mirándome fijamente. Sin embargo, hago todo lo posible por que mi semblante permanezca sereno. No quiero desilusionarle, ni que ponga en mi boca palabras que nunca he dicho.

Le tomo de la mano y tiro de él, señalando la zona donde hemos dejado aparcado su coche.

—Deberíamos volver ya —le digo—. Vamos.

Ninguno de los dos habla durante la vuelta. Erick se limita a conducir en silencio y yo a observar las calles a través de la ventanilla. Sé que no es mi culpa, que no puedo manejar mis sentimientos, pero aun así, me siento responsable por no poder corresponder a Erick. Si las cosas hubiesen sido diferentes, quizás...

Sacudo la cabeza para mí misma y la apoyo contra el cabecero. No es mi culpa, vuelvo a repetirme en un intento absurdo de convencerme de ello.

Llegamos al aparcamiento del instituto, que está completamente vacío, a excepción de mi Jeep. Erick detiene el coche cerca de éste y me mira. Agarro mi mochila y le devuelvo la mirada.

—Gracias por todo —digo, sonriendo levemente—. Me lo he pasado bien.

Él asiente como respuesta. Lo observo durante un par de segundos más antes de abrir la puerta y hacer ademán de salir. Sin embargo, su voz me detiene.

—No ha funcionado, ¿verdad?

Me giro para, de nuevo, encontrarme con los ojos miel de Erick, llenos de algo que no sabría describir. ¿Decepción? ¿Rabia? ¿Tristeza?

Me humedezco los labios y bajo la mirada, extrañamente avergonzada.

—Lo siento —murmuro. Él niega con la cabeza.

—No lo hagas —contesta—. Si no te he dicho nada durante este último año, es porque sabía que esto sucedería.

—Erick...

Vuelve a sacudir la cabeza, interrumpiéndome.

—Yo también me lo he pasado bien.

Dirige la mirada hacia el frente, dando por concluida la conversación. Suelto un suspiro y salgo al exterior. Observo al coche arrancar de nuevo y alejarse, dejándome sola en mitad del solitario aparcamiento.

-

Cierro la puerta del Jeep y echo el seguro, provocando que el vehículo emita un breve pitido anunciando que la orden ha sido recibida. Me dirijo hacia mi casa, cuya blancura destaca contra el cielo teñido de naranja. Estoy a punto de llamar al timbre cuando recuerdo algo. Me doy la vuelta y vuelvo a recorrer el mismo camino, atravesando la calle.

Me detengo frente a la puerta de la casa y la observo durante un instante, vacilante. Finalmente, decido golpear la superficie de madera y espero en el exterior. Apenas transcurren cinco segundos hasta que la puerta se abre y aparece el rostro de Isabelle, la madre de Harry.

—¡Allison! —exclama al verme—. Qué alegría verte por aquí. ¿Sucede algo?

—¿Está Harry en casa?

—Sí. O al menos eso creo. —Se ríe, como si hubiese hecho algún tipo de broma—. Sube, está en su habitación.

—Gracias —respondo, entrando en el interior de la casa.

Escucho la puerta cerrarse a mi espalda mientras subo las escaleras. Llego al descansillo de la primera planta y me dirijo hacia la habitación de Harry, que permanece cerrada. Escucho un suave sonido procedente del otro lado y golpeo con cuidado la puerta. Nadie responde. Coloco la mano el pomo y lo hago girar, abriendo lentamente.

Encuentro a Harry sentado en su cama, tocando la guitarra que descansa sobre su regazo. Está en chándal y sus rizos están despeinados. Parece concentrado y, sobre todo, ajeno al mundo que le rodea. Siento la necesidad de hacerle saber que estoy aquí, interrumpiendo un momento que debería ser íntimo, pero cuando estoy a punto de hablar, comienza a cantar.

I know somewhere the sun is up and it's 95 degrees,

but here the stars are shining and there's frost on all the trees,

and everything looks beautiful as far as I can see,

and this good night is still everywhere to me.

Su voz es suave, apenas un susurro. Pero es bonita, y está llena de delicadeza y sentimiento.

Parpadeo varias veces. Es como si tuviera a un Harry completamente diferente frente a mí. Lo había escuchado cantar en otra ocasión, pero nunca en serio. Pero esta vez... nunca lo había visto así, en su más pura esencia.

—¿Harry?

La guitarra cae al suelo con un estruendo cuando da un bote sobre el colchón, sobresaltado. Ahogo un grito y me apresuro a recoger la guitarra y a devolvérsela, pero en lugar de cogerla, Harry me observa con los ojos entrecerrados y las mejillas encendidas.

—Lo siento, no pretendía asustarte —me disculpo, apoyando con cuidado el instrumento contra la estructura de la cama.

—¿Qué haces aquí? —pregunta ásperamente. Se pone en pie y agarra la guitarra. Lo observo caminar hacia la puerta y guardarla en la funda negra que se encuentra tras ella.

—Me ibas a enseñar el trabajo de Biología —le recuerdo.

—Ah, ya —asiente—. Espera aquí.

Sale de la habitación, dejándome sola en ella. Doy un par de vueltas, observando sus pertenencias. Todo huele a él: una mezcla de limón y colonia masculina. Me acerco a la estantería y echo un vistazo a los libros que se encuentran en las baldas, leyendo sus títulos. Uno de ellos me llama la atención, así que lo saco para verlo mejor. No obstante, en el intento, una de las carpetas que están colocadas encima de los libros cae al suelo, provocando que todo lo que hay en su interior se disperse por la alfombra de color gris.

—Mierda —murmuro, agachándome para recoger el estropicio. Agrupo los papeles como puedo, esperando que no tengan un orden concreto, y me dirijo a guardarlos de nuevo en la carpeta. Sin embargo, mis ojos se topan con algo y me detengo, observando los papeles con mayor interés.

Son exámenes, todos ellos de Harry. Y todos ellos, con un A+ escrito en rojo en la esquina de cada uno. Frunzo el ceño, confusa. No puede ser, me digo.

—¿Qué ha pasado?

Me giro, sobresaltada. Harry está bajo el umbral de la puerta, cargado con cartulinas y papeles. Su rostro pasa del desconcierto a la sorpresa, y de la sorpresa al enfado. Deja rápidamente las cosas en la cama y me arranca los exámenes de las manos.

—¿Qué demonios haces con esto? —exclama—. ¿Quién te ha dado permiso para hurgar en mis cosas?

—No estaba urgando —explico—. Se me ha caído. Yo...

—Cállate —gruñe, guardando los papeles en la carpeta y devolviéndola a su lugar.

—No has suspendido el examen de Matemáticas, ¿verdad? Ni ninguno de los que hemos hecho. Y aun así... —Sacudo la cabeza—. Aun así, siempre has hecho creer a todo el mundo que suspendías. ¿Por qué?

Harry me fulmina con la mirada. Sin embargo, no me callo, porque acabo de caer en la cuenta de algo.

—Por eso el señor Campbell no me cambió de pareja —conjeturo—. Porque sabía que eras un alumno diez, y no un incompetente como yo pensaba. —Suelto una risa de sorpresa—. No me lo puedo creer. ¿Eres superdotado o algo?

Harry se acerca a mí y me agarra por el brazo.

—Me has hartado —dice entre dientes—. Vete. Y llévate tus malditas hipótesis contigo.

Lo miro con desconcierto.

—¿Por qué estás enfadado? No es algo de lo que te deberías sentir avergonzado.

—¿Qué te pasa en los oídos?¿Acaso eres estúpida? Vete —vuelve a decir.

—Lo... lo siento —murmuro. Le lanzo una última mirada antes de salir de la habitación y bajar las escaleras rápidamente.

—Espera, Allison. —Escucho sus pasos apresurados tras mí, pero no me detengo—. No pretendía...

Pero no lo escucho. Abro la puerta y salgo al exterior, sintiéndome enfadada y decepcionada.

Asúmelo, Allison, me digo a mi misma, sintiendo un fuerte nudo en la garganta.

Nunca cambiará.


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