20

Tic. Tic. Tic.

Me revuelvo entre las sábanas, inquieta. Mi cerebro sigue parcialmente sumergido en un ligero sopor, mientras una pequeña parte de él permanece alerta e insomne.

Tic. Tic. Tic.

Abro lentamente los ojos, no sin cierto esfuerzo; es como si mis párpados se hubiesen vuelto de plomo, o como si alguien los hubiese pegado mientras dormía. Despierta, despierta, despierta, oigo una voz gritarme en mi cabeza. Giro sobre mí misma y extiendo el brazo hacia el despertador. Las dos menos cinco de la madrugada.

Tic. Tic. Tic.

Maldita sea.

Me deshago del enredo de sábanas y me incorporo hasta quedarme sentada sobre el colchón. Me froto un ojo con el dedo, mientras mi cuerpo intenta volver a acostumbrarse a estar despierto y en movimiento.

Tic. Veo algo golpear la ventana. Me pongo en pie y coloco una mano en el frío cristal, empañado por el frío. Tic. Un pequeño objeto aterriza sobre el alféizar, y a pesar de la oscuridad de la noche, logro distinguir un pequeño guijarro.

—¿Qué demonios...? —murmuro. Quito el seguro de la ventana y la empujo hacia arriba, abriéndola.

Noto el brusco cambio de temperatura al instante. Mis músculos se contraen y comienzan a luchar contra el enfriamiento, provocándome temblores. Asomo la cabeza e intento visualizar algo entre la oscuridad. Es entonces cuando me llega una familiar voz:

—Por fin. Estaba a punto de sufrir un ataque hipotérmico.

Frunzo el ceño para después enarcar ambas cejas.

—¿Harry?

Lo veo abajo, con la cabeza alzada para poder mirarme y algunos rizos al descubierto bajo la capucha de su sudadera.

—¿Qué haces aquí? —pregunto, teniendo que alzar ligeramente la voz.

—No puedo dormir —responde—. ¿Puedo subir?

—¿Qué? Ni de coña. Son las dos de la madrugada, Harry.

—Por favor —insiste.

Resoplo. Me giro hacia la puerta durante unos instantes antes de volver a mirarlo.

—Si salgo de mi habitación para abrirte, mi madre se dará cuenta —explico.

—No salgas, entonces.

Avanza un par de pasos hasta llegar la pared. Coloca un pie en el alféizar de la ventana de la cocina, su mano derecha en el dintel y se impulsa hacia arriba, quedando a un metro y medio del suelo.

—¿Qué haces? —grito en susurros—. ¡Te vas a matar!

Pero me ignora. Estira el brazo izquierdo hasta agarrarse a una pequeña tubería y se vuelve a impulsar hasta colocar uno de sus pies en el dintel.

Se va a matar, se va a matar.

Me aparto de la ventana; no quiero seguir mirando. Cierro los ojos mientras rezo porque sea lo suficientemente ágil para llegar sano y salvo hasta arriba. Si es que no se desnuca por el camino.

Oigo un ruido y me giro. Harry tiene medio cuerpo dentro de la habitación y medio fuera. Me abalanzo sobre él y tiro de su brazo hasta el interior, haciéndolo tropezar con sus propios pies. Echo otro vistazo a la puerta, pero todo parece tranquilo.

—¡Estás loco! —medio exclamo, histérica—. ¡Podrías haberte matado!

Él esboza una media sonrisa.

—Pero estoy bien.

Sacudo la cabeza, indignada y con el corazón desbocado. Me dejo caer en la cama, intentando tranquilizarme. Entonces, me acuerdo de que estoy en pijama, totalmente despeinada y con la cara hinchada. Debo de estar hecha un auténtico poema, aunque no me importa demasiado.

Harry —que viste de chándal— se coloca a mi lado y saca algo del bolsillo de su sudadera. Me doy cuenta en ese momento de que se trata del diario de Logan, el cual observa durante varios segundos antes de hablar.

—He estado toda la noche leyéndolo una y otra vez—me explica. Niega la cabeza para sí mismo—. Nunca me imaginé que Logan fuera ese tipo de personas que escriben diarios.

—Bueno... —empiezo a decir—. Normalmente, alguien escribe un diario porque no tiene nadie a quién contarle sus problemas, o porque se siente solo. Yo también escribí uno cuando mis padres se divorciaron. Es una buena forma de desahogarte.

Harry asiente. Después pasa varias páginas, coloca el dedo bajo una de las frases y se humedece los labios antes de comenzar a leer.

Hoy he metido a uno de mis amigos en este lío. Les he dicho su nombre, pero me han obligado. Quieren tener a todas las personas que me importan localizadas. Si les fallo, les harán daño. Y no puedo mentirles, porque lo descubrirán y las consecuencias serán peores. Me pregunto si acabar con mi vida y desaparecer por completo será la solución, o si por el contrario, pondrá en peligro a todos. La idea me atrae, pero no puedo correr el riesgo.

Permanecemos largos segundos en silencio, analizando cada palabra escrita por Logan. La respiración se me entorpece debido a un nudo que se me ha formado en el pecho, que aprieta y que ahoga. No puedo evitar sentirme culpable por todas las veces que juzgué a Logan de tantas maneras como pude, sin saber realmente lo que escondía aquella mirada que siempre me pareció fría e insensible. No era impasibilidad, ni crueldad. Era dolor acumulado.

Y miedo. Mucho miedo.

—¿Recuerdas aquel encontronazo en el pasillo durante la Comida de Otoño? —Asiento. Cómo olvidarlo—. Logan me había llamado por teléfono para decirme justo lo que está escrito aquí: que le había dicho mi nombre a esos tipos. Me puse furioso, pero no me dio explicaciones. Si hubiese sabido el porqué, yo...

Sacude la cabeza, desolado.

—¿Crees que contactar con ese tal Sean Blake servirá de algo? —pregunto.

—No lo sé —confiesa él.

Se tumba sobre la cama, así que lo imito. Permanecemos durante varios minutos en silencio, observando el techo sin hacerlo realmente. Pienso en Logan, en Sean Blake, en el comisario, en mi padre, en Harry. Sobre todo en Harry, y en su codo rozando el hueso de mi cadera.

—¿Por qué me ayudas?

Gira la cabeza hacia mí. Lo miro, aunque la cercanía de nuestros rostros me resulta realmente incómoda. Quiero que aparte la mirada hacia otro lado, porque yo no quiero dejar de observarlo. Pero no lo hace, así que me obligo a clavar la vista de nuevo en el techo.

¿Por qué lo ayudas, Allison?

—Supongo que yo también estaba interesada en averiguar quién mató a Logan —respondo, aunque ni siquiera a mí me suena convincente.

Él frunce el ceño casi imperceptiblemente y asiente. Se incorpora y se pone en pie, pasándose una mano por sus rizos.

—Será mejor que me vaya —murmura, haciendo ademán de abrir la ventana.

—Sal por la puerta trasera de la cocina —le indico. Harry me mira y vuelve asentir, mientras avanza sigilosamente hacia la puerta.

Permanezco sentada sobre el colchón mientras realizo el recorrido de mi habitación a la cocina mentalmente. Apenas se oyen sus pasos, lo que me tranquiliza en gran parte. Vuelvo a tumbarme con un suspiro, acomodándome sobre la almohada. El olor de Harry sigue impregnado en las sábanas, una mezcla entre colonia masculina y champú de limón.

Siento una opresión en el estómago. No puedo dejarme llevar por su genuino encanto, ni puedo permitir que mis sentimientos sean tan fáciles de manipular. Siempre he sido inaccesible, difícil de invidar por los demás. Esto no es propio de mí, y aun así, estoy consintiéndolo.  Pero, ¿por qué? ¿Qué está pasando?

O mejor dicho, ¿qué me está pasando?

-

A la mañana siguiente, mi madre decide llevarnos a Tyler y a mí a almorzar a un restaurante italiano en el centro de la ciudad. No solemos hacer muchas cosas en familia. Más que nada, porque nuestra familia difícilmente puede considerarse como tal. Aun así, aunque ambos pensamos lo mismo, ni Tyler ni yo decidimos decirle nada al respecto a nuestra madre. Está emocionada por poder hacer algo juntos después de tanto tiempo, así que, ¿quiénes somos nosotros para arruinar sus ilusiones?

Los tres charlamos animadamente mientras disfrutamos de los espaguetis a la carbonara (mi hermano), la ensalada César (mi madre) y los raviolis con queso (yo). El restaurante está repleto de gente, así que los camareros no dejan de recorrer el establecimiento cargados de platos humeantes y bebidas.

Estoy limpiándome las comisuras de los labios con una servilleta cuando siento el móvil vibrar en el bolsillo de mis vaqueros. Lo saco disimuladamente, ya que mi madre detesta que usemos cualquier tipo de tecnología mientras estamos en familia. Un mensaje ilumina la pantalla.

         [6 de diciembre, 02:13 pm]

         Harry:

        Querido Sherlock Holmes, el doctor John H. Watson ha hecho nuevos descubrimientos. A las 04:00 en el puerto, frente a Harborplace. ¿Puedes?

Tecleo casi sin mirar un «lo intentaré» como respuesta y vuelvo a guardar el móvil, volviendo a mi plato de raviolis, aunque sin dejar de pensar en el mensaje.

Salimos del restaurante sobre las dos y media. Me despido de Tyler y mi madre (a la que me ha costado convencer, pues tenía pensado que la tarde también se convirtiera en algo familiar). No obstante, cuando le he dicho que he quedado con Harry, ha sido más fácil persuadirla. Y es que su obsesión por que Harry y yo estemos juntos, que antes me sacaba de quicio, ahora me está facilitando las cosas.

Como el puerto no está demasiado lejos de donde me encuentro, decido ir caminando. El día está soleado, pero hace frío y las calles están cubiertas de una nieve llena de pisadas y marcas de neumático. La mayoría de la gente se encuentra dentro de las tiendas, refugiada en el calor de las calefacciones. El resto, como yo, camina por la calle envueltos en abrigos, gruesas bufadas, gorros y guantes.

El asfixiante invierno, siempre volviéndonos vulnerables y dependientes de cualquier atisbo de calor.

Llego al punto de destino un par de minutos después de las tres. Aún queda una hora para reunirme con Harry, así que decido dar una vuelta. El puerto es la única zona que me gusta de Baltimore. Una porción de agua separa el paseo marítimo de los rascacielos, que se encuentran al frente salpicando el horizonte. En verano, todo esto siempre está lleno de gente que visita las tiendas, el acuario o simplemente pasan el tiempo observando el paisaje.

El frío me impide seguir estando en el exterior, así que entro en Harborplace, uno de los centros comerciales. Me paso un buen rato dando vueltas y visitando las tiendas, aunque no llego a comprarme nada. Descubro a gente realizando algunas compras navideñas, a pesar de que aún quedan varias semanas. La Navidad, otra de las magníficas cosas que vienen incorporadas en el formidable pack invernal

Me siento en un banco, desanimada. Observo a la gente pasar cargada de bolsas las cuales contendrán prendas de ropa que algún día pasarán de moda y objetos que terminarán resultando inservibles. ¿Por qué tanto fariseísmo? ¿Por qué comprar cosas que creemos que nos harán más felices, cuando al fin y al cabo seguiremos siendo los mismos que antes? ¿Por qué no nos limitamos a aceptar que somos quienes somos y que nada en lo que nos gastamos el dinero nos hará mejores?

Me incorporo con brusquedad, sintiéndome súbitamente furiosa con todo lo que me rodea. Recorro a grandes zancadas la distancia que hay hasta la puerta, mientras me doy cuenta de que todas las preguntas que acabo de formular en mi menta me las estaba realizando a mí misma. Sentir algo por Harry no lo hará mejor persona. Él seguirá siendo el mismo de siempre, por mucho que hayan cambiado las cosas. Porque cuando todo esto acabe, las cosas retomarán su rumbo y todo volverá a ser lo que era al principio.

Harry, Harry, Harry. ¿Por qué no puedo sacarlo de mi mente?

Lo encuentro sentado en las escaleras del exterior, de espaldas, observando el paisaje que se extiende frente a él. Frente a nosotros. Miro el reloj: las cuatro menos diez. ¿Tanto tiempo me he pasado odiando a cada persona que pasaba por delante de mí en aquel banco?

Me siento a su lado. Él me mira, sobresaltado, aunque enseguida esboza una sonrisa.

—Oh, estás aquí —dice—. ¿Llevas mucho tiempo esperando?

—No mucho —miento—. Y bien, ¿qué has descubierto?

—He buscado a Sean Blake en internet —me explica, mientras teclea algo en su móvil—. Solo he encontrado un perfil en una página para buscar pareja. No sabía si era él, pero después he visto esto.

Me tiende el teléfono. En la pantalla está escrito el nombre de Sean Blake, y bajo de él, su descripción: «guapo, divertido, misterioso, intrépido». Suelto una risa. Deslizo hacia abajo, en busca de alguna foto. Sin embargo, solo encuentro un número. 410-745-8283. El mismo que aparecía en el diario de Logan.

—Así que ya lo tenemos —sonrío, entusiasmada—. ¿Y ahora qué hacemos?

—Esperar —es su respuesta.

Arrugo el entrecejo.

—¿Esperar? —reitero. Él asiente y esboza una media sonrisa llena de diversión.

—A las cuatro y media, Sean Blake tendrá una cita con Hayley Steward, también conocida como Harry Styles.

-

Subimos a la planta superior de Harborplace, donde se encuentran todos los restaurantes y cafeterías. Aún sigo sin poder creerme que Harry se haya hecho pasar por una chica y haya hecho pensar a ese tal Sean que se conocerían esa misma tarde. No sé si habrá sido una buena o mala idea; solo espero que averigüemos algo que nos sirva para avanzar en el caso.

Nos dirigimos al Johnny Rockets. Me parece algo tarde para almorzar en una hamburguesería, además de un sitio poco glamuroso para una cita. Y es que ir a ese restaurante nunca sería idea de una chica, pero teniendo en cuenta que Hayley Steward no es una chica realmente, sino que se  trata de Harry, tampoco puede resultarme extraño.

Nos detenemos en la entrada del local. Aunque sean las cuatro, hay bastante gente en él. La mayoría de los clientes están acompañados, así que comenzamos a buscar a algún chico que esté solo. Visualizo a uno cerca de la cocina, que observa impacientemente su reloj.

Tiro de la camiseta de Harry.

—Ahí —digo, señalando la mesa.

Nos acercamos a él. El chico nos lanza una mirada cuando nos paramos frente a su mesa, y tras un par de segundos de silencio, termina frunciendo el ceño.

—¿Queréis algo? —pregunta, molesto.

—¿Eres Sean Blake?

El joven nos mira a ambos, receloso, pero acaba con la vista clavada en mí.

—¿Eres Hayley Steward?

Abro la boca para hablar, pero Harry interviene.

—En realidad... —empieza a decir, sentándose enfrente y esbozando una de sus encantadoras sonrisas—. Yo soy Hayley Steward.

—¿Qué? —exclama Sean, poniéndose en pie—. ¿De qué coño vas?

—Siéntate —le ordena Harry, poniéndose serio.

Él obedece, desconfiado y, también, algo asustado. Me siento al lado de Harry, mientras observo al chico que tenemos en frente. Debe de tener unos diecisiete o dieciocho años. Su pelo rojizo empalidece aún más su ya blanquecino rostro, cubierto por pecas, y sus ojos castaños transmiten, sorprendentemente, inocencia y apacibilidad.

—¿Qué queréis? —inquiere.

—Dime, Sean, ¿te resulta familiar el nombre de Logan Donovan?

Lo observo tragar saliva.

—Era amigo mío —responde, frío. Harry y yo compartimos una mirada—. ¿Por qué? ¿De qué lo conocíais?

—También era amigo mío —reconoce  Harry—. Y por la forma en la que hablas de él supongo que sabes que está muerto.

Sean aparta la mirada.

—Claro que lo sé. Salió en todas las noticias.

—¿De qué lo conocías? —pregunto. Él me mira, y su ojos se vuelven más cálidos durante un instante antes de volverse gélidos de nuevo.

—No lo puedo decir —susurra.

—¿Por qué?

—Simplemente, no puedo.

—Escucha...

—¡No puedo!—grita, golpeando la mesa. Varias cabezas se giran hacia nosotros—. No puedo, ¿vale?

—Son esos tipos, ¿verdad? —supone Harry—. También te tienen cogido por los huevos.

Sean lo observa con los ojos entrecerrados.

—¿Tú...? ¿Vosotros...? ¿Los conocéis?

Ambos sacudimos la cabeza a la vez.

—No —contesto—, pero sí sabemos que Logan estaba metido en esos líos.

—¿Y a dónde queréis llegar con todo esto? —pregunta, de nuevo suspicaz.

—Creemos que fueron ellos quienes lo mataron —le explica Harry—. Todo lo que hemos descubierto apunta hacia ellos, así que necesitamos... infiltrarnos, por decirlo de alguna forma.

El chico sacude la cabeza, horrorizado.

—Estáis como una puta cabra —murmura—. Todo los que estamos metidos en esa maldita mafia queremos salir de ahí. No sabéis de lo que estáis hablando.

—Lo que hagamos o dejemos de hacer es cosa nuestra, ¿me oyes? —dice Harry—. Tú solo dinos dónde se esconden, y del resto nos encargaremos nosotros.

Él niega con la cabeza.

—No lo haré. Si os lo digo y me descubren, estoy muerto.

Harry cierra los ojos durante unos segundos, como si intentase reunir la poca paciencia que le queda, y vuelve a abrirlos.

—Sean —empieza a decir, lentamente—. Esos capullos mataron a Logan. Si de verdad era tu amigo, querrás, al igual que nosotros, que se descubra quién fue el maldito tipo que lo mató. Solo tienes que guiarnos hasta allí.

—Os van a matar —nos avisa. Un escalofrío me recorre de arriba a abajo. Harry, sin embargo, se encoge de hombros.

—Correremos el riesgo.

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