19
El colchón de mi cama se hunde bajo mi peso cuando me dejo caer en él, expulsando el aire de mi cuerpo. Me quedo durante varios minutos observando la sombra casi imperceptible de un árbol proyectada en el techo blanco de mi habitación, cuyas ramas se mueven lentamente al compás del viento. Escucho el aire filtrarse por las rendijas de la ventana y silbar con un sonido agudo y siniestro, pero aun así, no me molesto en hacerlo desaparecer.
Giro sobre mí misma y me quedo de lado, dándole la espalda a la pared. La casa está tranquila, así que supongo que mi madre y mi hermano estarán descansando en sus respectivas habitaciones.
A diferencia de mí, que no puedo.
Suelto un suspiro y me incorporo hasta quedarme sentada. Clavo la vista en algún lugar de mi estantería, mientras mi mente permanece estancada en otro mundo.
Aún sigo sin comprender qué hago metida en asuntos tan turbios a los cuales ni siquiera pertenezco. Harry me pidió ayuda, pero no me obligó a dársela. ¿Por qué lo hago entonces? ¿Qué sentido tiene perder el tiempo en algo que lo único que me va a traer son problemas? ¿Qué pretendo exactamente? Y lo más importante: si ni siquiera yo puedo encontrar las respuestas a estas preguntas, ¿quién lo hará?
Me paso una mano por el pelo y la dejo caer de nuevo sobre mi regazo. Miro hacia mi mesa, y mis ojos se topan con mi móvil. Es en ese momento cuando un recuerdo aflora en mi mente y me apresuro a coger el teléfono, cuyo frío penetra mi piel cuando entra en contacto con mis cálidas manos. Tecleo varios números sobre la pantalla táctil y pulso el botón de llamar con cierta vacilación. Tras cuatro tonos, la voz de mi padre suena a través del auricular.
—¿Sí?
—¿Papá? Soy Allison.
—Ah, hola —me saluda, algo más amigable—. ¿Todo bien?
—Sí. Bueno, en realidad... —empiezo a decir—. Necesito que me hagas un gran favor.
—Claro, ¿qué ocurre?
—¿Habría...? ¿Habría alguna forma de que pudieses conseguirme algo de información sobre el jefe de la comisaría de Baltimore?
Se hace un largo silencio en la línea. Estoy a punto de comprobar si mi padre ha colgado cuando escucho de nuevo su voz, esta vez llena de suspicacia.
—¿Para qué? —es su única respuesta.
—¿Recuerdas aquel chico de mi instituto al que mataron y cuyo caso cerraron? Bien, pues el que acabó con la investigación del caso fue el comisario de Baltimore, y lo hizo sin razón ninguna. ¿No piensas que es un poco extraño? Además...
—Allison —me interrumpe mi padre, con cierto tono de advertencia—, ¿qué te traes entre manos?
Suelto un suspiro.
—No puedo decírtelo por aquí —le explico—. Pero si me consigues esa información, prometo contártelo.
—¿Y tu madre? ¿Sabe algo sobre esto?
—No, no sabe nada, ni debe saberlo, ¿me oyes? Ya sabes cómo se pone. No quiero tener que aguantar una de sus reprimendas.
Lo escucho suspirar a través del auricular y siento la desesperación y la impaciencia recorrerme de arriba a abajo.
—Papá, confía en mí, ¿de acuerdo? Es algo importante para mí. —Cierro los ojos durante unos instantes—. Se lo debo a un amigo.
—Está bien, Allison —dice finalmente—. Está bien. Haré todo lo posible. Te llamaré en cuanto tenga algo.
El pinchazo continuo que sentía en el pecho se convierte repentinamente en un profundo alivio. Esbozo una sonrisa.
—Gracias, papá. Te quiero.
Y cuelgo.
Cuando las manecillas de reloj marcan las seis menos diez, me coloco el abrigo y bajo las escaleras, donde enseguida escucho la voz de mi madre llamándome desde el salón. La encuentro sentada frente a su portátil y rodeada de papeles, con el pelo recogido en una especie de moño y tirando del cuello de su jersey. Parece algo agobiada.
—¿A dónde vas? —me pregunta, mientras echa un vistazo a su móvil, cuya pantalla acaba de iluminarse anunciando un nuevo mensaje.
—He quedado con Harry. Para acabar el trabajo de Biología —aclaro, ante la sonrisa que ha comenzado a aparecer en los labios de mi madre.
—¿En su casa?
—En una cafetería.
Asiente y su sonrisa se ensancha. Pongo los ojos en blanco y vuelvo al recibidor.
—¡Tened cuidado! —la escucho decir antes de coger las llaves y abrir la puerta.
Una bofetada de aire frío me golpea el rostro cuando salgo al exterior. Me coloco el gorro que llevo en las manos y me ajusto la bufanda hasta cubrirme la boca. La nieve cruje bajo mis pies mientras cruzo el jardín y la calle, observando los últimos rayos de sol que se esconden tras las casas. Harry no ha salido aún, así que me apoyo ligeramente en el todoterreno negro de su padre y espero.
Los minutos transcurren y comienzo a impacientarme. Cambio el peso de mi cuerpo de una pierna a otra varias veces mientras decido si llamar a la puerta o no. Justo en ese momento, noto un tirón de pelo y me giro algo molesta. Encuentro a Harry ante mí con tres vasos en una bandeja de cartón y las mejillas enrojecidas por el frío.
—Miss Groenlandia —sonríe. Me tiende uno de los vasos y rebusca en el bolsillo trasero de sus ajustados vaqueros hasta sacar las llaves del coche—. Se ha estropeado la calefacción, así que he comprado chocolate caliente para entrar en calor. Aunque... quizás a mí ya no me haga falta.
Me mira de arriba a abajo y sonríe. Ignoro su comentario poniendo los ojos en blanco.
—¿Has logrado convencer a Douglas? —pregunto, observando el tercer vaso.
—Hmm —asiente, abriendo el seguro. Rodeo el todoterreno y abro la puerta del copiloto, refugiándome rápidamente en el interior. Doy un sorbo a mi chocolate mientras Harry coloca los otros dos en los posavasos que el coche lleva incorporados.
Arranca el motor y enciende la radio, mientras saca el coche del aparcamiento. A través de los altavoces escucho la voz ronca y gastada de un hombre al que desconozco. Sin embargo, Harry comienza a cantarla enseguida, como si tuviese un papel en frente con la letra de la canción.
—¿Por qué siempre te sabes todas las canciones que salen en la radio? —pregunto. Él ríe.
—Me paso horas escuchando esta emisora —responde, girando el volante para adentrarnos en la avenida principal—. Siempre ponen las mismas canciones, pero me ayudan a desconectar un poco del mundo.
—Inspirador —murmuro con sorna, aunque tengo que admitir que me sorprende que Harry tenga momentos de desconexión con el mundo tratándose de alguien tan mundano como él.
El resto del trayecto lo hacemos en silencio, con el único sonido de la radio y los sorbos al chocolate caliente. Mientras recorremos las calles de Baltimore, no puedo evitar imaginarme viviendo en otro lugar en un futuro. Nunca me ha gustado esta ciudad. Ni siquiera tengo pensado estudiar en ella. Quiero ir a alguna universidad importante, como la de Nueva York, Pensilvania, Massachusetts o incluso California. Cualquiera me vale, mientras esté alejada de Maryland.
Dejamos atrás los rascacielos y la zona metropolitana para adentramos en uno de los barrios del norte. Las casas y edificios son antiguos y deteriorados, lo que me deja algo confusa.
—¿Douglas vive aquí? —pregunto.
—Su familia no tiene demasiado dinero —me explica—. Su padre está sin trabajo desde hace varios años y es bastante aficionado al alcohol. Y su madre... bueno, resumámoslo en que es algo depresiva.
—Vaya.
Por supuesto, desconocía toda esta información. No obstante, debía haber alguna razón por la que Logan y Douglas tuviesen esa personalidad fría y desconfiada y se dedicaran al alcohol y las drogas para, quizás, ahogar sus penas. Pero, ¿y Harry? Él es un chico bien. ¿Qué le llevó a meterse en ese mundo?
Aparcamos frente a un edificio de ladrillo igual de estropeado que el resto. Observo los largos dedos Harry teclear algo en su móvil y volverlo a guardar en su bolsillo. Me quedo varios segundos con los ojos clavados en sus anillos hasta que le escucho reír por lo bajo y reacciono, intentando disimular el rubor de mis mejillas.
Ambos nos sobresaltamos cuando escuchamos la puerta trasera del coche abrirse. Douglas entra en el interior, enfadado y soltando tacos.
—Pon la maldita calefacción —gruñe—. No me siento los huevos.
—Gracias por la información —murmuro, disgustada.
Harry le tiende el vaso de chocolate.
—No hay calefacción. Apáñatelas con esto.
—No me jodas, tío.
El coche arranca de nuevo mientras Douglas sigue maldiciendo en el asiento de atrás. Ha oscurecido casi por completo, así que la temperatura ahora en el coche es más baja. Comienzo a tiritar y apuro lo que me queda de chocolate, que es apenas un trago. Harry me da su vaso.
—Acábatelo, anda —me dice.
—Pero...
—No tengo frío.
Asiento, aunque cuando me pasa su chocolate, sus manos están heladas. Decido darle solo un sorbo y dejarlo de nuevo en su sitio para que Harry lo acabe después.
Tras varios minutos de trayecto, llegamos finalmente al distrito oeste. Mientras recorremos las calles, observo lo solitarias y poco iluminadas que están. Solo encuentro a varias personas en la zona comercial, la mayoría de raza negra, pues es un barrio marginal.
Siento una punzada de malestar en el estómago. Si el barrio de Douglas me parecía desgastado y sombrío, este es aún peor. Las casas están llenas de pintadas y manchas de humedad, e incluso les faltan ladrillos. Otras están cerradas a cal y canto (por la policía, supongo), desde las puertas hasta las ventanas. Un grupo de personas se giran cuando pasamos por su lado, iluminando sus rostros con la luz amarillenta de los faros.
—Tío, será mejor que dejes el coche en un lugar seguro —dice Douglas.
Harry asiente, algo preocupado. Damos varias vueltas, hasta que encontramos una pequeña estación de policía a unos cien metros. Aparcamos en un sitio cercano, y tras asegurarnos de que no nos dejamos nada de valor dentro, salimos al exterior. Harry enciende el GPS de su móvil e introduce el nombre de la calle que encontramos en los archivos de Logan.
—Es por allí —indica, señalando a nuestra izquierda.
Comenzamos a caminar. El aire huele a basura y a alcantarillado, y no puedo evitar que se me revuelva el estómago; no por el olor, sino por la situación en la que viven los habitantes de este barrio.
—¿Cómo podía vivir Logan aquí? —dice Douglas en voz baja.
—Me estaba preguntando lo mismo —murmura Harry.
Seguimos las indicaciones del GPS hasta llegar a una oscura calle apenas iluminada por un par de farolas rotas. ¿Qué clase de sitio es este?
—Es aquel edificio de allí —señala, apuntando con el dedo lo que debe ser un apartamento, cuya forma la oscuridad no me deja percibir con claridad.
Nos dirigimos hacia esa dirección, pasando de largo varias casas de las cuales la mayoría parecen estar deshabitadas. Diviso entonces un grupo de hombres reunidos alrededor de un coche, a unos cinco metros, que nos observan en silencio. Harry y Douglas parecen tranquilos, pues supongo que no es la primera vez que se encuentran en ambientes como este, pero yo estoy (¿para qué negarlo?) aterrada.
Intentamos pasar desapercibidos a su lado, como si ni siquiera nos hubiésemos percatado de su presencia. No obstante, uno de los hombres se separa de los demás y nos corta el paso. Harry busca rápidamente mi mano y la estrecha con fuerza, mientras yo trago saliva.
—¿Qué hacéis aquí? —pregunta el tipo, con una voz áspera. Probablemente, debido al tabaco.
—Hemos venido a ver a un amigo —responde Harry; tranquilo, aunque reticente.
—No deberíais estar aquí.
—¿Por qué? —interviene Douglas, molesto—. Es un barrio como otro cualquiera, ¿no?
—Chico —dice el hombre—, aquí sucede de todo. Será mejor que hagáis rápido lo que tengáis que hacer y os marchéis. No queremos tener que lidiar con la muerte de tres críos.
Un escalofrío me recorre la columna vertebral y me aferro a la mano de Harry con tanta fuerza que noto el crujir de sus dedos bajo los míos. El individuo se aparta de nosotros, volviendo con el resto y dejándonos vía libre.
—Vamos —murmura Harry, tirando de mí y agarrando a Douglas por el brazo.
Con el corazón latiéndome a mil por hora, llegamos finalmente al edificio. Se trata de una construcción de tres plantas, unidas por una escalera de metal oxidada. Solo un par de ventanas están iluminadas; el resto, igual de oscuro que todo lo que nos rodea.
Nos dirigimos a la que parece ser la puerta principal y la abrimos, no sin cierta dificultad. Encontramos una pequeña habitación de apenas cuatro metros cuadrados, comunicada con una escalera a una planta inferior, de la que nos llega una débil luz blanquecina. Harry, que es el que hasta ahora parece tener más seguridad en lo que estamos haciendo, comienza a bajar los escalones con cuidado. Douglas y yo le seguimos.
Llegamos al sótano, donde descubrimos a un hombre algo demacrado tras una mesa. Debe ser el conserje, lo que resulta algo fuera de lugar tratándose del barrio en el que nos encontramos. Levanta la vista cuando nos oye llegar y frunce el entrecejo.
—¿Qué hacéis aquí? —casi parece gruñir. La misma pregunta en menos de cinco minutos, pienso.
—Queríamos saber si aquí vivía un chico que se llamaba Logan —explica Harry—. Logan Donovan.
—¿Logan Donovan? —El hombrecillo sacude la cabeza—. A ese pobre chiquillo lo mataron hace algo más de un mes. Todavía no he podido alquilar el apartamento de nuevo porque nadie ha venido a recoger sus cosas.
—Así que es verdad que vivía aquí —susurra para sí mismo—. ¿Vivía con alguien más? ¿Joseph William Morris, quizás?
El conserje niega con la cabeza.
—Vivía solo, y nunca traía a nadie aquí. Era bastante reservado. De todas formas, ¿quiénes sois vosotros, si se puede saber?
—Sus amigos —responde Harry—. Y hemos venido aquí porque necesitamos que nos deje la llave de su apartamento.
—De ninguna manera. Si ni siquiera ha entrado la policía, no vais a entrar vosotros.
Los tres compartimos una mirada.
—¿La policía no vino aquí? —pregunto.
—Bueno, sí. Subieron, pero no entraron en su apartamento. Ni siquiera pidieron la llave.
—Oiga... —empieza a decir Harry—. Solo queremos entrar para...
—Me da igual —le interrumpe el hombre—. No puedo dejar entrar a nadie sin su consentimiento, y resulta que está muerto. Así que marchaos de aquí.
Douglas da un golpe en la mesa con el puño, provocando que el conserje, Harry y yo peguemos un bote.
—Escúchame, pedazo de vejestorio —farfulla entre dientes, amenazándolo con el dedo índice—. O nos dejas entrar en el maldito apartamento, o echamos la puerta abajo utilizando tu jodida cabeza, ¿me oyes?
—Serás animal —digo, enfadada. Le aparto de un empujón y ocupo su lugar—. Harry, déjame tu móvil.
Me lo tiende, algo confuso, y busco en sus fotos hasta encontrar una de él con Logan. Se lo muestro al conserje. El hombre observa la pantalla con desgana.
—Como puede ver aquí, lo conocíamos. Solo queremos entrar en su apartamento para recoger algunas cosas que nos pertenecen. No vamos a robarle, prenderle fuego al edificio o algo por estilo. Solo diez minutos y nos marchamos, ¿le parece bien?
Me mira con suspicacia, pero finalmente, rebusca en su cajón hasta entregarme una llave.
—La segunda planta —indica, a regañadientes.
Asiento. Me giro hacia Douglas, esbozando una breve sonrisa de suficiencia. Él me fulmina con la mirada, mientras Harry ríe por lo bajo, y comenzamos a subir las escaleras que conducen a los apartamentos.
El edificio está en completo silencio y, cómo no, a oscuras, exceptuando un par de bombillas colgadas de un cable que adornan los techos llenos de humedades. Llegamos a la segunda planta y examinamos cada puerta hasta encontrar la que indica el llavero: la 211. Introduzco la llave en la cerradura y la giro varias veces, aunque requiere tanto esfuerzo que termino haciéndome daño en los dedos. Finalmente, el cerrojo emite un clic y empujo la puerta con el pie.
Douglas palpa la superficie de la pared hasta dar con el interruptor y una luz parpadea varias veces hasta encenderse por completo. Una habitación algo pequeña y agobiante se extiende ante nosotros. En ella solo hay una cama, un armario, un escritorio y una cocina que ocupa apenas un metro y medio de pared. Todo está lleno de cajas y ropa, y apenas hay espacio para moverse.
—Esto es... —empieza a decir Harry.
—¿Horrible? —Douglas asiente—. Estaba pensando lo mismo. Ni siquiera hay cuarto de baño.
Harry se abre paso hasta la cama y se deja caer en ella, desalentado.
—¿Por qué Logan nunca nos contó nada? Podríamos haberle ayudado a encontrar un trabajo, o incluso podría haber vivido en mi casa. A mis padres no les habría importado.
—Chicos —intervengo—, ¿os habéis fijado en que todas las cosas están guardadas en cajas? Es como si hubiese estado preparando una mudanza.
Ambos echan un vistazo a su alrededor.
—No sabíamos nada —admite Douglas. Se sienta al lado de su amigo, igual de apesadumbrado—. Tío, era nuestro mejor amigo y ni siquiera sabíamos esto.
Él asiente. Guardamos silencio durante varios segundos, hasta que finalmente Harry se pone en pie y nos mira.
—Será mejor que empecemos a buscar algo que nos ayude a encontrar a esos tipos. No tenemos mucho tiempo.
Nos ponemos manos a la obra. Nos sentamos en el suelo y comenzamos a abrir las cajas y a rebuscar en ellas, ya que en los armarios y el escritorio no parece haber nada de interés. En la primera que cojo solo hay prendas de vestir y un par de zapatos, y aunque escudriño en los bolsillos de cada uno de los pantalones, no encuentro más que un par de envoltorios de chicle, un mechero y un preservativo.
Muy sugestivo, pienso.
En la segunda caja solo hay productos de baño, así que paso a la siguiente. En esta encuentro cuadernos del instituto lleno de actividades sin hacer y algunos libros, aunque a la mayoría les falta la cubierta. También hay lápices sin punta, bolígrafos y alguna que otra goma.
Estoy a punto de cerrarla cuando algo me llama la atención al fondo de la caja. Introduzco la mano hasta dar con una libreta y la saco. Quito la cinta que actúa como cierre y la abro, pasando un par de páginas en blanco hasta llegar a una escrita con letra irregular y poco inteligible.
05 de marzo de 2014.
Borracho y drogado. Vodka y tres pastillas de bromazepam.
A lo mejor me muero de sobredosis. Sería gracioso que mis primeras palabras en este maldito diario fuesen también las últimas.
Me voy a dormir. Con un poco de mala suerte, quizás sigo vivo mañana.
—He encontrado algo —informo, con un nudo en la garganta por lo que acabo de leer. Les muestro la libreta—. Es un diario.
Douglas se abalanza sobre mí y me lo arranca de las manos para echarle un vistazo. Lee el mismo párrafo que yo, articulando cada palabra con los labios, en silencio. Frunce el ceño y mira a Harry.
—Tío —dice—, Logan era un puto suicida.
Harry cierra los ojos un par de segundos antes de abrirlos de nuevo y ponerse en pie, con el semblante serio.
—En el resto de cajas no hay nada. Será mejor que cojamos ese diario y nos marchemos de aquí.
-
Ninguno de los tres hablamos mientras nos alejamos del distrito oeste, porque todos estamos demasiado inquietos sobre el contenido que alberga ese diario. ¿Y si encontramos algo? ¿Y si la pista que necesitábamos está escondida en ese tumulto de palabras escritas a lápiz?
Cuando comenzamos a entrar en la zona metropolitana de Baltimore, Harry aparca frente a un supermercado. Apaga el motor y enciende las luces internas del coche.
—Es hora de leer —dice, sosteniendo la libreta en su mano. Mira a Douglas.
—Eh, yo no. Leo como un niño de cinco años.
Me mira, pero sacudo la cabeza. Él suspira y abre el diario. Su voz grave comienza a narrar cada hecho escrito en él.
—Diecisiete de marzo de 2014. No sé cómo sigo vivo. Esos tíos son un peligro, y la tienen tomada conmigo. Nunca me van a dejar en paz. —Nos mira a ambos—. Está hablando de ellos.
—Sigue, joder —gruñe Douglas.
—Quiero irme de Baltimore y de Maryland, pero no tengo ni un centavo. Ni siquiera tengo dónde caerme muerto.
Traga saliva y sigue leyendo.
—Veintitrés de mayo de 2014. Esto dos meses han sido una pesadilla, pero podrían haber sido peor. El curso está a punto de acabarse, y creo que de nuevo voy a repetir. Debería irme, pero no puedo hacerlo. Quizás el año que viene, si aún sigo vivo.
Harry cierra la libreta de golpe y me la da.
—No puedo seguir leyendo —dice, con la cara pálida.
Coloco el diario sobre mi regazo y sigo leyendo para mí misma. Las siguientes anotaciones son iguales que el resto; habla sobre el desastre que es su vida, pero no menciona ni un solo nombre. Si era reservado respecto a su vida privada con sus amigos, también lo era para un diario al que solo podía acceder él. Al menos hasta que llegó a nuestras manos.
—Aquí no hay nada —digo desalentada—. Creo que...
Me callo. Observo los restos de una hoja arrancada, mientras barajo una idea en mi mente.
—Harry —le llamo, sin apartar la vista de la libreta—. ¿Tienes un lápiz?
Abre la guantera y comienza a sacar cosas, pero todos son documentos y CD's. Lo escucho maldecir por lo bajo.
—Eh, aquí —dice Douglas desde atrás. Nos pasa un libro de pasatiempos, en cuyas hojas hay entremetido un lápiz—. Estaba en la cubierta del maletero.
Saco el lápiz y comienzo a colorear la hoja con el lado de la punta. Mágicamente, la forma de unas letras comienza a aparecer débilmente entre la negrura de grafito. Sonrío para mí misma. Douglas, que tiene la cabeza asomada, me mira con los ojos muy abiertos.
—Así que la remilgada está hecha una auténtica Sherlock Holmes.
—¿Qué pone? —pregunta Harry.
Levanto el diario para acercarlo a la luz del techo y entrecierro los ojos en un intento de leer mejor.
—Sean Blake. 410-745-8283 —descifro—. Es un número de teléfono.
Harry sonríe ampliamente.
—Por fin —murmura.
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