18
Harry recorre la habitación de un lado a otro por vigésima vez, con el rostro colorado por los nervios y el calor de la calefacción. Mientras, yo lo observo desde la cama, donde he permanecido desde que Harry colgó el teléfono. Exactamente hace media hora, el tiempo que llevamos esperando a que Douglas aparezca.
—¿Dónde se habrá metido? —gruñe.
Como por arte de magia, una luz procedente de los faros de un coche ilumina la habitación, seguida del ruido del motor, que cesa al instante. Antes de que pueda realizar cualquier movimiento o decir algo, Harry se abalanza sobre la cama para echar un vistazo a través de la ventana.
—Es el coche de Douglas —observa, con claro nerviosismo.
Sale a grandes zancadas de la habitación, así que me incorporo rápidamente y lo sigo. El timbre suena mientras estamos bajando las escaleras, las cuales crujen bajo nuestros apresurados pasos.
—Espérame en el salón —me dice.
Asiento y me dirijo a la habitación del fondo, que permanece a oscuras. Enciendo la luz, y una cálida y amplia estancia aparece ante mí. Me dirijo al sofá más cercano y me siento en él. Enseguida me llega la juvenil voz de Douglas, riendo por algo que acaba de decir. Sin embargo, Harry no ríe de vuelta, y el silencio vuelve a reinar en la casa.
Les escucho acercarse al salón y aguardo callada la llegada de ambos, con el corazón latiéndome con fuerza contra el pecho. Todo va a salir bien, me digo. Y aunque la incertidumbre me recorre de arriba a abajo, consigo creerme mis palabras. Al menos un poco.
La figura de Douglas atraviesa el umbral del salón, y rápidamente sus ojos se posan en mí. Me lanza una mirada de desconfianza y se gira hacia Harry, que aparece tras él.
—¿Qué hace ella aquí? —pregunta, con cierto tono despectivo. Harry no responde, y se acerca hasta donde yo me encuentro.
—Siéntate ahí —le indica, señalando el sofá que se encuentra justo a mi lado y sentándose junto a mí.
—Tío, espero que no me hayas hecho venir para decirme que tú y la remilgada estáis saliendo —ríe.
Le fulmino con la mirada, pero me ignora por completo. Se sienta cómodamente en el sofá, apoyando uno de sus brazos en el respaldo.
—¿Y bien?
Harry me mira con desesperación. No deja de frotarse las manos, nervioso, y me pregunto si será capaz de hablar con Douglas o, en cambio, le dará una parada cardíaca antes de poder decir cualquier cosa.
—Douglas, ¿tú...? —empieza a decir, pero se detiene. Lo observo tragar saliva e intentar disimular el temblor de sus manos—. ¿Mataste a Logan?
Giro la cabeza para mirarlo con los ojos abiertos de par en par, incapaz de creer que haya sido tan sumamente rotundo e idiota. Me vuelvo hacia Douglas, que mira a Harry con el rostro desencajado. Entonces, sin previo aviso, se abalanza sobre él, lo tira al suelo y comienza a pegarle.
—¡Hijo de puta! —grita, fuera de sí.
—¡Eh! —grito, agarrando a Douglas por la espalda e intentando apartarlo de Harry, pero su fuerza es desmesurada—. ¡Por el amor de Dios! ¡Para!
Finalmente, consigo separarlos y Douglas se incorpora, con la respiración agitada y mirando a su amigo con odio. Me agacho para ayudar a Harry, que se retuerce en el suelo. Le retiro las manos de la cara, y descubro su nariz llena de sangre. Aprieto la mandíbula e intento cortar la hemorragia, pero Harry me aparta con el brazo y se levanta, con los ojos clavados en Douglas.
—¿Lo hiciste? —vuelve a preguntar. Douglas avanza hacia él hasta quedar a un centímetro de su nariz.
—Ni siquiera sé cómo te atreves a dirigirme la palabra otra vez —murmura entre dientes. Varias partículas de saliva salen disparadas de su boca.
—¿Por qué os peleabais en los vestuarios, entonces? —pregunto. La mirada de Douglas se clava en la mía, y por un momento, logro ver la confusión en sus ojos.
—¿De qué hablas?
—El día del partido. Os vi a Logan y a ti peleándoos en los vestuarios del instituto. ¿Por qué estabas tan enfadado? ¿Y por qué decías que te había destrozado la vida?
Se queda con la vista clavada en mí durante varios segundos. Entonces, sacude la cabeza y hunde el rostro entre las manos, dándonos la espalda.
—No puede ser —susurra. Miro a Harry, pero parece estar ausente—. ¿Sabéis...? ¿Sabéis la de veces que he repetido ese jodido momento en mi cabeza?
Nos observa a ambos durante varios segundos, con los labios fruncidos y los ojos húmedos. Ninguno de los dos dice nada.
—Es cierto que nos peleamos —asiente—. Y es cierto que me jodió la vida. Pero, ¿matarlo? Era mi amigo, maldita sea.
—¿Qué pasó? —pregunta Harry.
Douglas coge aire.
—¿Recuerdas la deuda que Logan tenía con aquellos tipos? —dice. Frunzo el ceño, porque no sé a qué se refiere, pero Harry asiente—. Fue a hablar conmigo porque el plazo terminaba la siguiente semana, y necesitaba pasta. Al principio me negué. Pero, tío, aquellos cabrones habían amenazado con matarle si no les entregaba el dinero. Me dijo que había realizado una apuesta con un tío en la que ganaría cien mil pavos, que me lo devolvería todo, y yo le creí. Así que le di mis ahorros para ir a la universidad.
—¿Que hiciste qué? —Harry abre mucho los ojos—. Pero...
—Lo sé, ¿vale? Fue una locura. Pero, ¿qué iba a hacer, si no? Esos tipos son unos desalmados, no habrían tenido ningún reparo en pegarle un tiro a Logan. Además —añade—, él ya había ganado varias apuestas anteriormente, así que confié en que aquella vez también lo haría.
—Pero no lo hizo —deduzco.
Douglas sacude la cabeza.
—Perdió todo mi dinero —explica—. Hasta el último centavo.
Cierra los ojos durante unos instantes antes de volver a abrirlos.
—Logan me lo contó el día del partido. —Se lleva las manos a la cabeza—. Maldita sea, ¿cómo pretendíais que estuviese? He estado ahorrando para ir a la universidad desde que era pequeño. Todo mi futuro se fue a la mierda. Le grité, le pegué, y le deseé toda la mierda del mundo.
Douglas se deja caer en el sofá y apoya los codos en sus piernas, entrelazando los dedos de sus manos.
—¿Sabéis lo jodido que es que tus últimas palabras hacia una persona hayan sido de odio y asco? —murmura, con la voz entrecortada—. Ahora Logan está muerto, y nunca podremos solucionar nada de esto.
Se hace un silencio sepulcral en la habitación. Harry se acerca a Douglas, se sienta a su lado y lo abraza.
—Lo siento, tío —dice—. No debería haber pensado que fuiste tú.
—Está bien, ¿vale? Estás desesperado. Todos lo estamos. Solo tenemos que seguir buscando, sea donde sea, y encontrar al capullo que lo mató.
Harry asiente. Después, dirige la mirada hacia mí y frunce el ceño.
—Allison, ¿ocurre algo? —pregunta.
Me froto la barbilla, pensativa.
—¿Quiénes eran esos tipos de los que hablabais?
—Logan estaba metido en una especie de... mafia, por así decirlo—explica Harry—. La primera vez acudió a ellos para conseguir droga, pero conforme pasó el tiempo, al ver que no podía pagar tales cantidades de dinero, las deudas se le fueron acumulando y las cosas empeoraron. Esos tipos le mandaban a hacer trabajos sucios, e incluso a matar gente.
Siento cómo se me descompone el estómago.
—¿Logan...? —empiezo a decir, pero se me corta la voz—. ¿Mató a alguien?
Ambos sacuden la cabeza con fuerza.
—¡No! —se apresura a aclarar Harry—. Logan se negó. Quiso dejar aquella mierda para siempre, marcharse de la ciudad y empezar una nueva vida. Pero algo le detuvo, y se quedó para terminar los estudios en Baltimore.
Douglas suspira.
—Debería haberse marchado —susurra.
—¿Y de qué habría servido? —digo—. Si aún le quedaban deudas por pagar, esos hombres le habrían perseguido hasta encontrarle. No creo que irse de la ciudad hubiese mejorado las cosas.
La habitación se queda en silencio. Me dejo caer en uno de los sofás, exhausta e incapaz de asimilar toda la información.
—Esto es absurdo —murmuro.
—¿A qué te refieres? —pregunta Harry, con el ceño fruncido.
—Si sabíais todo esto, ¿qué hacíais preguntándoos quién mató a Logan? ¿Acaso no es obvio?
Él sacude la cabeza.
—No lo entiendes —responde—. No sabes de lo que son capaces. Son demasiado peligrosos; no podríamos enfrentarnos a ellos.
—¿Y por qué no se lo habéis contado a la policía?
—Es una mafia más grande de lo que crees. Tienen personas infiltradas en toda la ciudad. Si acudimos a ellos, se enterarían.
—Es más —interviene Douglas—, no me extraña que haya policías que pertenezcan a toda esa maldita organización.
Siento un pinchazo en el pecho, una especie de corazonada. Harry me lanza una mirada de recelo.
—¿Allison?
Sacudo la cabeza. No puedo decirles lo que estoy barajando en mi mente aún.
—¿Sabéis dónde se reúnen? —pregunto.
—¿Qué? —exclama Harry—. No querrás ir a buscarlos, ¿verdad?
—¿Y qué hacemos? ¿Nos cruzamos de brazos sabiendo todo esto? Tenemos que averiguar en qué lugar se reúnen, investigarles, sacar todo a la luz. Mi padre es periodista; si conseguimos suficientes evidencias, él y sus compañeros pueden desmantelarles. Quizás la policía de Baltimore no haga nada, pero, ¿y el Estado?
—Tu amiga está loca —gruñe Douglas, dirigiéndose a Harry. Se pone en pie, se coloca bien su camisa y comienza a caminar hacia la puerta.
—Espera —le detiene Harry—. Quizás no sea tan mala idea.
—¿Vas en serio? Tío, el amor te está cegando por completo.
Pongo los ojos en blanco y exhalo con fuerza.
—¿De qué te sirve hacerte el duro en el instituto si después no tienes huevos de arriesgarte y descubrir quién demonios mató a tu amigo?
Douglas me lanza una mirada llena de odio y aprieta la mandíbula.
—De acuerdo. ¿Y qué pretendéis hacer tú y tu maravillosa inteligencia?
—Lo primero es ir a casa de Logan. Seguro que allí hay alguna pista.
—Pero te dije que... —empieza a decir Harry.
—Ya lo sé. No sabéis dónde vive. Pero para algo existen los archivos del instituto, ¿no?
Ambos amigos comparten una mirada.
—Esto me va gustando más —sonríe Douglas.
-
Observo cómo la manecilla del reloj se mueve lentamente sobre la cabeza de la profesora de Literatura, que escribe con letra irregular en la pizarra los deberes para el fin de semana. Golpeo la mesa con la punta del bolígrafo, impaciente, mientras espero a que transcurran los dos minutos restantes para el descanso.
—Tendréis que leer dos libros durante las vacaciones de Navidad —nos explica—, de los cuales haré un examen posteriormente. Los títulos son...
La profesora se ve interrumpida por el timbre, y aunque pide silencio, los alumnos se apresuran a recoger sus cosas y a salir de la clase, ignorándola por completo. Guardo los libros en la mochila y me giro hacia las mesas de atrás. Harry y Douglas me miran fijamente.
—¿Listos? —pregunto. Ellos asienten y nos levantamos de nuestros respectivos asientos. Les lanzo una última mirada antes de atravesar la puerta y salir al pasillo.
Me abro paso entre los alumnos hasta llegar a la secretaría, la cual permanece tranquila y silenciosa a diferencia del desorden que he dejado atrás. Espero varios minutos antes de entrar y acercarme a la mesa de la secretaria, impasible ante mi llegada.
—Buenas, querría hablar con la señora Andrews —digo. La mujer me mira de reojo y se levanta con un suspiro, como si hacer su trabajo requiriese el mayor esfuerzo del mundo.
Aguardo de pie mientras la secretaria llama al despacho de la directora y comparte varias palabras con ella. Tras ello, se gira hacia mí y asiente.
—Puedes pasar —indica.
Sonrío como forma de agradecimiento y entro en la habitación. La señora Andrews alza la mirada hacia mí y esboza una leve sonrisa.
—Buenos días, Allison —me saluda—. Puedes sentarte.
Asiento y ocupo la silla que está frente a la directora.
—¿Qué te trae por aquí?
—Verá... —empiezo a decir, intentando ordenar mis ideas—. He hablado con algunas de las chicas del instituto y...
Miro el reloj que está en uno de los estantes, nerviosa.
—¿Y...? —repite la señora Andrews, incitándome a seguir hablando. Me seco el sudor de las manos en mis vaqueros y sonrío con normalidad.
—Habíamos pensado en que podríamos...
La puerta se abre de pronto y la encargada de la secretaría aparece tras ella, con el rostro colorado. La directora frunce el ceño, molesta por la interrupción, mientras yo suspiro de alivio.
—¿Qué ocurre, Margaret? —pregunta.
—Los alumnos Harry Styles y Douglas Foster están peleándose en la cafetería —explica, entre jadeos—. Han intentado separarlos, pero no lo han conseguido.
La señora Andrews se pone en pie, apartándose las gafas del rostro. Me mira.
—Espera aquí, Allison —me indica.
Cuando me quedo sola en la habitación, me incorporo rápidamente y echo un vistazo al exterior, asegurándome de que no hay nadie. Entonces, comienzo a rebuscar entre los armarios. La mayoría están cerrados con llave, y los únicos que permanecen abiertos están llenos de carpetas y documentos.
Me dirijo entonces al escritorio, me arrodillo ante los cajones y empiezo a abrirlos uno a uno. En el primerio solo hay barritas de cereales dietéticas, un par de cajas de chicles y varios bolígrafos. En el segundo, más papeles y documentos, todos dentro de carpetas de color rojo. Cuando me dirijo a abrir el tercero, descubro un candado que impide que el cajón se abra. Suelto un taco y me levanto para coger mi mochila. Abro el bolsillo delantero, saco mi estuche y rebusco en él hasta encontrar una horquilla. Entonces, vuelvo a mi posición anterior, introduzco la horquilla en el cierre y giro. El clic es inmediato.
—¿Qué clase de seguridad es esta? —susurro para mí misma, incrédula. Aparto el candado y abro el cajón.
Cuando lo hago, descubro que lo único que contiene en su interior es una caja transparente llena de llaves. Justo lo que estaba buscando, me digo. Me apresuro a leer cada llavero, consciente de que la directora tiene que estar a punto de volver, pero todos indican lugares del instituto que no me interesan. Siento el corazón latiéndome con fuerza, desesperado y angustiado. Pero, en ese momento, mis ojos se topan con una llavero verde, cuyo letrero reza Archivos.
Ahogo un grito de alegría, incapaz de creer que esté en mis manos. Guardo la llave en mi bolsillo y comienzo a devolver el resto a la caja. Justo entonces, unas voces rompen el silencio que antes me rodeaba.
—Margaret —dice la voz de la señora Andrews—, llama a los padres de cada alumno y coméntales lo que ha sucedido.
Siento cómo se me corta la respiración. Cierro el cajón rápidamente y coloco el candado, aunque tardo un par de segundos en conseguir cerrarlo de nuevo. Me pongo en pie a trompicones, corro hasta la silla donde antes me encontraba y me dejo caer en ella, a la vez que la directora entra en el despacho.
—Siento haberte hecho esperar, Allison —se disculpa—. ¿Qué era lo que me estabas contando?
—Oh, no se preocupe —respondo, poniéndome en pie—. Ya se lo comentaré en otro momento, cuando esté menos ocupada.
La señora Andrews me observa con ojos recelosos.
—¿Ocurre algo?
Niego con la cabeza repetidas veces.
—No, no —sonrío—. Todo está bien. Siento haberla molestado.
Y antes de que pueda decir nada, salgo disparada del despacho y la secretaría, echando a correr por el pasillo.
Diviso a Harry y Douglas en el sitio donde habíamos quedado, justo en la puerta que conduce al sótano.
—¡Chicos!
Ambos se giran hacia mí, pero cuando llego a ellos, descubro que Harry tiene la nariz ensangrentada. Abro muchos los ojos y los miro a los dos, estupefacta.
—¿Qué ha pa...? —empiezo a decir, pero Harry me interrumpe sacudiendo la cabeza.
—¿Traes la llave? —pregunta en cambio. Asiento y la saco del bolsillo, mostrándosela.
—Buena chica —sonríe Douglas.
Descarto su comentario poniendo los ojos en blanco.
—Qué, ¿bajamos?
Ambos asienten. Echamos un vistazo a nuestro alrededor antes de abrir la puerta y entrar.
Mientras bajamos las escaleras, apenas iluminadas por una débil luz amarillenta, escucho a Harry y Douglas discutir en susurros.
—Tío —dice Harry—, el plan era fingir que me pegabas, no romperme la nariz de nuevo.
—¿Qué querías? —se defiende Douglas—. Tenía que parecer realista.
—¿Cómo habéis conseguido libraros de que os castiguen? —pregunto.
—La señora Andrews nos ha sermoneado lo suyo, pero lo hemos solucionado todo con una disculpa y un abrazo de reconciliación.
Suelto un bufido y sacudo la cabeza.
Llegamos al sótano, que es más bien una especie de pasillo húmedo con varias puertas oxidadas. Lo recorremos hasta llegar a la puerta del final, que pertenece a la sala de archivos. En la superficie de metal hay un cartel pegado que dice «prohibido el paso a alumnos», escrito con rotulador rojo y mala letra.
—Espero que no haya cámaras de seguridad —susurra Douglas.
—Lo dudo —respondo.
Introduzco la llave en el cerrojo y la giro varias veces antes de que la puerta se abra. Nos recibe una nube de polvo y una profunda oscuridad. Harry enciende la linterna de su móvil y alumbra la pared en busca del interruptor.
—Aquí está —le escucho decir.
La habitación se ilumina y decenas de estanterías surgen ante nosotros. Miden más de dos metros de alto y se extienden por toda la sala. Suelto un suspiro y consulto mi reloj.
—Tenemos doce minutos para encontrar el archivo de Logan antes de que suene el timbre —les informo.
—¿Qué? —exclama Douglas—. ¡Pero esto es enorme!
—Cada estantería tiene una letra —explico, señalándolas—. ¿Ves? Solo tenemos que encontrar la «d», suponiendo que los archivos estén ordenados por apellido.
—Está bien —asiente Harry—. Empecemos, pues.
Nos distribuimos las zonas y comenzamos a buscar. Cada letra ocupa varios estantes, lo que requiere más tiempo para encontrar las distintas franjas. Nos pasamos varios minutos recorriendo la sala, en la cual únicamente se escuchan nuestros pasos y el goteo de alguna tubería averiada.
—¡Chicos, aquí! —escucho entonces a Harry.
Rodeo rápidamente las estanterías hasta llegar a su posición. Douglas aparece segundos después, igual de acelerado, y nos reunimos los tres frente a un estante marcado con la letra «d». Harry abre el archivador de metal, que chirría con el movimiento, y decenas de carpetas polvorientas se muestran en su interior. Me mira. Cojo aire y ocupo su lugar.
Comienzo a rebuscar entre los documentos, cuyo polvo hace que me piquen la nariz y los ojos. Leo, sin detenerme demasiado, un gran número de apellidos, todos ordenados alfabéticamente: Dickens, Dickman, Dixon, Donalds, Donaldson, Donovan.
—Aquí está —murmuro aliviada, sacando una de las carpetas. Les muestro el nombre escrito en la superficie: Donovan, Logan Thaddeus.
—Ábrela —me dice Douglas. Lo hago.
En la primera página, aparece una foto de carné de Logan, seguido de información personal básica, como su nombre, fecha de nacimiento, lugar de nacimiento y número de pasaporte. No obstante, frunzo el ceño cuando me fijo en una de las casillas.
—Mirad —susurro. Harry y Douglas se pegan más a mí—. En el nombre de los padres solo aparece escrito Joseph William Morris. Ni siquiera coinciden en el apellido.
—Nunca le he oído hablar de él —reconoce Douglas, confuso.
—Si no tenía padres, quizás se trata de su tutor legal.
—Es posible —asiente Harry—. Apuntaré el nombre.
—Y su dirección... —empiezo a decir, recorriendo cada palabra con la mirada—. Aquí. La 1705 de Rosedale Street.
Harry frunce el ceño.
—¿Rosedale Street? Pero eso... eso está en el distrito oeste.
—¿Estás segura de que has leído bien? —pregunta Douglas—. El distrito oeste es la peor zona de Baltimore. Logan no podía vivía ahí. Es... es imposible.
—Es lo que pone, chicos —respondo, mostrándoles el papel—. Si Logan tenía tantos problemas económicos, no es difícil imaginarlo viviendo allí.
Douglas sacude la cabeza, incrédulo.
—Hazle fotos con el móvil a toda esa mierda —dice, inapetente—. Yo me largo de aquí.
Se da media vuelta y echa a andar. Harry me mira y suelta un suspiro.
—Hablaré con Douglas e iremos esta tarde. Es la única forma de averiguar si es la verdadera dirección, y si es así, de encontrar alguna pista.
—Iré con vosotros —asiento.
—De ninguna manera. Esa zona es demasiado peligrosa para ti.
—¿Para mí? Oh, vamos. Si es peligrosa para mí, lo será también para vosotros dos. Además —añado, molesta—, me pediste que te ayudara en todo esto, ¿recuerdas? Asume las consecuencias.
Harry me observa durante varios segundos. Finalmente, sacude la cabeza y exhala con fuerza.
—Como quieras —responde resignado—. Pero después no digas que no te avisé, ¿me oyes?
—Tranquilo —sonrío, triunfante—. No tendré que decirlo.
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