21
344 Federal Street.
Es la dirección en la que Sean nos ha citado el lunes, a las seis y media de la tarde. Ni Harry ni yo conocemos la zona, así que ninguno sabemos qué nos encontraremos allí una vez que lleguemos.
Aunque, para ser sincera, es mejor no darle muchas vueltas.
La idea de infiltrarme en una especie de mafia me resulta de todo menos atrayente, sobre todo teniendo en cuenta que es probable que fuesen esos tipos los que mataron a Logan, por no hablar también de que saben de la existencia de Harry y que cabe la posibilidad de que lo reconozcan. No obstante, ya no puedo echarme atrás. No por Harry, porque sé que él entendería mis razones, sino por mí; he dado mi palabra, me he comprometido a hacer algo, y yo siempre cumplo mis promesas. No quiero darme cuenta de que, en el fondo, soy una cobarde; quiero afrontar todo aquello que se ponga por delante de mí, incluso si ello conlleva poner mi vida en riesgo. Pero aun así, a pesar de todo el ímpetu que estoy intentando poner, no puedo evitar sentirme aterrada.
El domingo, mientras estoy preparando el almuerzo junto a mi madre, mi padre me llama al móvil para darme buenas noticias: ha conseguido la información que le pedí, aquella que puede comprometer al jefe de la policía de Baltimore.
—Tienes que ver todo esto —me dice, mientras me alejo todo lo posible de la cocina—. Creo que tenías razón.
Así que, nada más terminar de comer, me apresuro a vestirme y salgo de casa con la excusa de ir a ver a Paige. Hay bastante tráfico por la nieve, así que permanezco durante cerca de quince minutos atrapada en la misma calle, con la vista clavada en el semáforo y tamborileando los dedos sobre el volante impacientemente. Finalmente, los coches comienzan a avanzar y piso de nuevo el acelerador, suspirando y dando gracias al cielo.
Aparco cerca del rascacielos donde vive mi padre y recorro la distancia hasta la entrada del edificio rápidamente, intentando permanecer expuesta el menor tiempo posible a los dos grados centígrados que marca el termómetro. Saludo a Joe, el conserje, y me dirijo al vestíbulo donde se encuentran los ascensores, mientras me caliento las manos con mi aliento. Aguardo frente a ellos hasta que uno abre sus puertas, y me introduzco en él.
Cuando llego a la planta número dieciséis, me dirijo con paso decidido a la puerta que se encuentra al final del pasillo y llamo al timbre, que emite un suave sonido. Escucho varios pasos al otro lado y enseguida me encuentro con el rostro de mi padre, ligeramente enrojecido por la calefacción.
—Allison —sonríe. Avanza un poco y me estrecha contra sí. Le devuelvo el abrazo, que dura largos segundos, hasta que vuelve a separarse de mí y me mira, aún con la sonrisa plasmada en sus labios—. ¿Cómo está mi hija mayor favorita?
Pongo los ojos en blanco y suelto un sonido que puede delimitarse entre risa y bufido.
—Sobreviviendo —respondo, entrando en el interior del apartamento. Mi padre cierra la puerta y me sigue, dirigiéndonos al salón.
—¿Y mi hijo menor favorito?
Me giro hacia él. Sus ojos azules denotan tristeza, y aunque está bromeando, sé que la pregunta es seria y que lo que realmente quiere es saber si Tyler lo ha perdonado.
—¿Sigue enfadado conmigo? —pregunta, como si hubiese visto mis pensamientos plasmados en mi frente.
—No hemos vuelto a hablar del tema —reconozco. Lo veo hundir ligeramente los hombros en señal de desánimo y asiente.
Cuando llego al salón, descubro la mesa del comedor cubierta de papeles, uno colocado al lado del otro, en línea.
—¿Es esto? —pregunto, aunque mis ojos enseguida encuentran la respuesta: una foto impresa en una de las páginas, un hombre con no demasiado pelo, de mirada azul, fría y calculadora.
Es él.
—Es todo lo que he podido encontrar —dice—. Algunos compañeros me han ayudado a buscar la información, aunque muchos archivos han sido borrados o encriptados, supongo que por obra suya. Échales un vistazo.
Me siento en una de las sillas y agrupo los papeles. Leo, en primer lugar, la hoja que contiene la foto, en la cual están todos sus datos personales. Nombre: Geoffrey Stevenson. Edad: 56 años. Lugar de procedencia: Detroit, Michigan. Lugar de residencia: Baltimore, Maryland.
Hojeo las siguientes páginas, ya que no contienen demasiada información que resulte relevante. Entonces, mis ojos se topan con algo. Una noticia de hace un par de años, cuyo titular reza: «Geoffrey Stevenson, jefe policial de Baltimore, inculpado por manipular pruebas de casos de corrupción».
—Ocurrió hace dos años —me explica mi padre—. Philip Rusell, un periodista, estuvo investigando a Stevenson durante un largo tiempo, y es que siempre había sospechado que manejaba los casos policiales a su antojo y que estaba metido en asuntos turbios. Encontró varios documentos que no cuadraban con los hechos sucedidos y cantidades enormes de dinero que habían sido ingresadas en su cuenta bancaria. Fue entonces cuando escribió el artículo, que fue publicado en el periódico a la mañana siguiente y que supuso un auténtico escándalo.
—¿Y qué ocurrió?
—Dos días después, encontraron a Philip ahorcado en su habitación.
Se me revuelve el estómago. Cierro los ojos durante unos segundos, intentando apaciguar las náuseas.
—Encontraron una nota de suicidio en la cama en la que Philip dejaba claro su arrepentimiento por haber publicado el artículo y reconocía que las acusaciones eran completamente falsas y que únicamente había escrito por rencor, para así intentar conseguir que Stevenson fuese destituido.
—Yo... no creo que fuese un suicidio —arguyo, aún con un nudo en la garganta.
—Nadie lo cree —responde mi padre, exhalando con fuerza—, pero tampoco nadie se ha atrevido a demostrar lo contrario.
—Esto es de locos —murmuro, sacudiendo la cabeza con incredulidad.
Mi padre asiente, de acuerdo. Se sienta a mi lado y comienza a rebuscar en los folios que tengo ante mí hasta coger uno de ellos. Le echa un vistazo antes de colocarlo de nuevo en su sitio, sobre los demás. Inclino la cabeza hacia delante para verlo.
—Respecto a tu amigo, no es el primer caso que cierran sin motivo. Ha habido ocho sucesos más de asesinatos de chicos entre dieciocho y treinta años que apenas han investigado y que han concluido por la misma razón en todos y cada uno de ellos: falta de pruebas.
—¿Y por qué nadie ha hecho nada al respecto? —pregunto, indignada—. ¿Por qué nadie ha conseguido que metan a este tipo en la cárcel, si todo el mundo coincide en que es él el quien mandó a matar a aquel hombre y cerró todos esos casos?
Él sacude la cabeza.
—Tiene más autoridad de la que todos pensamos —reconoce, torciendo la boca en señal de disgusto—. Nadie quiere ponerse en riesgo por sacar a la luz sus trapos sucios.
Apoyo la espalda contra el respaldo de la silla, desanimada. Estoy segura de que Geoffrey tiene algo que ver con la muerte de Logan, y hasta podría arriesgarme y decir qué papel desempeña en todo esto. Pero, ¿para qué? Es inútil. Si nadie durante estos años ha conseguido que pague por sus delitos, ¿qué hago aquí sentada? ¿Cómo va a poder una chica de diecisiete años encontrar pruebas suficientes para acabar con un maldito comisario corrupto?
—¿Estás bien? —me pregunta mi padre, acariciando mi antebrazo—. ¿Hay algo que quieras contarme?
Trago saliva para humedecer mi garganta seca y bajo la mirada.
—Es solo que... —empiezo a decir. Suelto un suspiro de impotencia—. Quería averiguar algo, ser útil para los demás.
—Allison, tú siempre eres útil para los demás.
Sacudo la cabeza, derrotada, y me levanto de la silla. Amontono los papeles, los cuales decido no llevarme; al fin y al cabo, dedicarles un sitio en mi habitación no servirá de nada. Igual que tampoco servirá contarle nada de esto a Harry.
—Gracias por ayudarme —le digo a mi padre, mientras me coloco el abrigo. Una vez puesto, introduzco las manos en los bolsillos y dirijo la mirada hacia sus ojos azules, que me observan con cierto titubeo.
—No hay de qué —sonríe—. Simplemente... ¿puedo preguntarte algo?
Me encojo de hombros.
—Sí, claro.
—¿Para qué necesitabas la información?
Me muerdo el labio inferior y miro hacia cualquier objeto, cualquier lugar que no sea los ojos de mi padre. No me gusta mentir, y menos a mi familia. Pero tampoco puedo decirle la verdad, porque eso significaría ir directa hacia mi muerte.
—Solo quería saber quién era ese hombre, y por qué cerró el caso de mi amigo —¿mi amigo? ¿Desde cuándo? Me vuelvo a encoger de hombros y añado—: Supongo que a veces me gana la curiosidad.
Él frunce el ceño, sus ojos llenos de suspicacia. Maldita sea, no se lo ha tragado. Dirijo la mirada hacia el ventanal del salón; podría ser una buena vía de escape. Quizás si echo a correr directa hacia él y rompo el cristal...
—Lo que le sucedió a ese pobre chico fue horrible —suspira, sacudiendo la cabeza. Lo miro perpleja. Así que ha colado.
—Sí... —murmuro, todavía confusa. Miro el reloj de pared colgado frente a mí, buscando alguna excusa para marcharme—. Yo... debería irme. Aún tengo deberes que hacer.
Mi padre asiente. Coloca ambas manos sobre mis hombros y nos dirigimos hacia la puerta, aún con el corazón latiéndome a un ritmo más rápido del habitual.
—Cuídate, Allison —dice, estrechándome entre sus brazos—. Dale besos a Tyler, y también a tu madre.
—Claro —sonrío. Coloco la mano sobre el picaporte y lo giro, abriendo la puerta. Sin embargo, un pensamiento fugaz cruza mi mente y me giro de nuevo hacia él—. ¿Papá?
—¿Sí?
—Todo esto... no te perjudicará, ¿verdad? —pregunto, recordando el trágico final de Philip Rusell. La sola idea de que algo pueda ocurrirle a mi padre hace que todo me dé vueltas.
—Tranquila —responde, esbozando una sonrisa confortadora—. Papá estará bien.
Suelto una especie de risa y asiento, aunque no consigo sentirme del todo aliviada. Abro completamente la puerta y cruzo el umbral, no sin antes dirigirle una última mirada.
—Hasta pronto, entonces.
Él me mira con cariño y levanta una mano en forma de despedida.
—Hasta pronto.
-
Golpeo varias veces la puerta del cuarto de baño, impaciente. Llevo diez minutos plantada en el mismo sitio, esperando a que mi hermano salga de él, dado que mi madre se ha encerrado en el suyo para darse una ducha. Me llevo las manos al vientre cuando siento un nuevo pinchazo y aprieto la mandíbula.
—Tyler, como ser humano, necesito hacer mis necesidades básicas. Y una de ellas es orinar, más coloquialmente conocido como mear, y como no salgas de una jodida vez, voy a echar esta puerta abajo y sacarte a rastras del maldito baño.
Pasan un par de segundos hasta que escucho el sonido del pestillo al otro lado y, finalmente, la puerta se abre. Mi hermano me lanza una mirada divertida mientras lo saco a empujones y me encierro en el baño.
Tras tirar de la cisterna, me ajusto de nuevo mis vaqueros oscuros y me miro al espejo. Me aplico un poco de maquillaje para disimular mi rostro somnoliento y cansado y me cepillo los dientes. Mientras me desenredo el pelo, pienso en todo lo que sucederá en el día de hoy.
Me pregunto si todo saldrá bien, o si ir hasta ese lugar será la peor de nuestras decisiones. No obstante, tampoco tenemos demasiadas opciones para elegir si queremos llegar a algún lado; la única manera de avanzar es arriesgándonos, y si no lo hacemos, seguiremos en el mismo punto que siempre: la incertidumbre.
Cuando termino de peinarme, guardo todas las cosas en su respectivo sitio y salgo del baño. Mi madre aún sigue en la ducha, así que nos marchamos sin despedirnos de ella. Nos metemos rápidamente en el Jeep mientras Tyler me cuenta algo sobre un examen de Matemáticas a lo que no presto mucha atención, demasiado absorta en mis pensamientos.
Llegamos al instituto un cuarto de hora antes del comienzo de las clases. Pierdo de vista a Tyler en cuanto salimos del coche, así que camino sola hasta la entrada del edificio. Estoy a punto de abrir la puerta cuando una mano me agarra del hombro. Me giro, sobresaltada, y me encuentro con los ojos cálidos de Erick.
—Hola, Allison —me saluda, canturreando y esbozando una media sonrisa.
—Hola, Erick —respondo, en el mismo tono que ha utilizado él.
—¿Qué tal todo? —me pregunta, mientras entramos en el instituto y recorremos el pasillo—. Hace tiempo que no hablamos.
—Bueno, ahora las cosas están siendo algo más... complicadas.
—¿Exámenes?
—Eh... sí, claro —miento. Nos detenemos frente a mi taquilla y la abro para coger mi libro de Química. Lo estrecho contra mi torso y seguimos nuestro camino, esquivando a los alumnos que se cruzan con nosotros—. ¿Y a ti? ¿Cómo te va?
—Bastante bien, debo admitir. He sacado un diez en mi examen de Literatura —me explica.
—Vaya —digo, asombrada—. Por lo que veo, hiciste bien en cambiarte a Humanidades.
—Bueno, sí —ríe—. Aunque echo de menos ser tu compañero de laboratorio.
—¿Te refieres a ese compañero que siempre destrozaba los trabajos?
—¡Oye! —exclama, ofendido—. Tampoco lo hacía tan mal...
—Excepto por el hecho de que siempre hacías explotar todos nuestros proyectos echando el compuesto equivocado.
Erick suelta una carcajada y yo río con él. Sacude la cabeza y baja la mirada, todavía sonriendo.
—Aun así, me gustaba pasar el tiempo contigo. Eres una chica divertida.
Frunzo los labios, sintiendo cómo se me ruborizan las mejillas. No suelo recibir muchos cumplidos, pero debo admitir que sientan bastante bien.
—Deberíamos salir juntos a algún lado, ¿no crees? Quizás después del instituto, para ir a comer...
—Hoy no puedo —le explico, torciendo los labios.
—¿Y mañana? —vuelve a preguntar, esperanzado.
Lo miro a los ojos. Aún no sé cómo acabará el día de hoy, y si mañana tendré que reunirme de nuevo con Harry. Sin embargo, no puedo decirle que no a Erick. No quiero que piense que lo estoy esquivando, y mucho menos que se sienta rechazado. Así que termino suspirando, y finalmente, asintiendo.
—Claro, ¿por qué no? —respondo. Él esboza una amplia y feliz sonrisa.
—¡Genial! Digo... sí, perfecto —murmura, sonrojándose.
El timbre suena con su habitual sonido ensordecedor y el pasillo se convierte en un auténtico caos de alumnos corriendo hacia sus respectivas aulas.
—Será mejor que vaya a clase —le informo. Erick asiente y se aleja, despidiéndose de mí con otra de sus sonrisas.
Suelto un suspiro y me doy la vuelta para comenzar a caminar. Es entonces cuando veo a Paige apoyada en una de las taquillas, con una sonrisa divertida dibujada en los labios. Abro los ojos en señal de sorpresa, dándome cuenta de que ha estado observando mi conversación con Erick todo el rato, sin ni siquiera haberme percatado de su llegada. Mueve los labios exageradamente para gesticular un "hasta las trancas", mientras forma un corazón con ambas manos. Le enseño la uña esmaltada en negro de mi dedo corazón, al que ella responde lanzándome un beso invisible.
Harry no acude a clase en toda la mañana, lo que no me sorprende. Últimamente solo viene al instituto para hacer los exámenes, y tras ello, vuelve a marcharse.
Douglas también ha faltado, así que no tengo a nadie con quien hablar del plan que llevaremos a cabo esta tarde, el cual no deja de hacerme sentir nerviosa e insegura.
En la cafetería, le cuento a Paige el almuerzo con Erick que tenemos previsto para mañana. Y aunque no dejo de repetir que no se trata de nada romántico, ella decide hacer oídos sordos y comienza a hablar sobre la bonita pareja que hacemos, intentando incluso buscarnos un nombre.
—¿Erickson? ¿Allirick? Santo Cielo, qué poco emparejables sois.
Resoplo, poniendo los ojos en blanco. Paige suelta una risa, consciente de que está sacándome de quicio. En ese momento, mi móvil vibra sobre la mesa y lo cojo, un mensaje de Harry iluminando la pantalla.
Papá-oso llamando a Mamá-oso. Me he tomado la libertad de acabar el trabajo de Biología (¡por fin!). ¿Mañana después de comer? Cambio.
Alzo una ceja, sorprendida por lo que acabo de leer. Esbozo una pequeña sonrisa.
¿Por qué Mamá-oso? ¿Debería sentirme ofendida? Oh, vamos, ¿tú trabajando? Cada día me sorprendes más, Styles. No puedo a esa hora, intentaré más tarde. Cambio.
La respuesta llega al instante.
Las Mamás-oso son antipáticas, como tú. Vaya, ¿por qué no puedes? No sé si estaré en casa por la tarde. Cambio.
Definitivamente, me siento ofendida. Erick Greenswood me ha invitado a comer, no llegaré a tiempo. ¿Hablamos después? Cambio.
Observo cómo desaparece su estado en línea para dejar paso a su última conexión.
—¿Con quién hablas?
Paige se inclina hacia mi móvil, así que me apresuro a apagar la pantalla. No obstante, no lo hago lo suficiente rápido como para conseguir que el nombre de Harry pase desapercibido ante los ojos de mi amiga, que me mira con una ceja levantada.
—Así que Harry, ¿eh? —dice—. ¿Estás jugando a dos bandas, Allison Cooper?
—No seas ridícula, Paige —refunfuño.
—Oh, venga, ¿crees que no me he dado cuenta? Pasáis la mayor parte del tiempo juntos cuando antes no podías verlo ni en pintura.
—Solo quiero ayudarle con lo de Logan, ¿de acuerdo? —aclaro—. No quiero que volvamos a ser amigos.
—¿Estás segura?
—Segura —reafirmo, aunque ni siquiera logro sonar convincente para mí misma.
-
Tyler y yo llegamos a casa, la cual encontramos tranquila y en silencio. Mi madre me ha llamado mientras conducía para avisarme de que hoy tendrá un largo congreso que durará toda la tarde, lo que me haría sentir aliviada si no estuviese el hecho de que mi hermano tendrá que quedarse solo. Y no es la falta de confianza lo que me inquieta; es, simplemente, que teniendo en cuenta dónde me estoy metiendo, no me parece lo más apropiado. ¿Y si Sean se ha ido de la lengua? ¿Quién dice que esos tipos no saben de mi existencia, si ya conocen la de Harry?
Mientras comemos, decido hablar con Tyler.
—Hoy tengo que salir —le comunico. Él asiente, sin despegar la vista de su plato—. Pero no quiero que te quedes solo.
Mi hermano pone los ojos en blanco.
—Tengo catorce años, sé cuidar de mí mismo.
—Aun así —insisto—, creo que deberías ir con papá. He hablado con él y me ha dicho que...
—¿Que has hecho qué? —exclama Tyler—. ¿Por qué? ¡Sabes que estoy enfadado con él!
—Tyler, es estúpido que todavía sigas enfadado con papá por intentar rehacer su vida. Está dolido, deberías pensar en cómo se siente.
—Él no pensó en nosotros cuando se echó novia —contraataca—. ¿Por qué debería hacerlo yo?
Suelto un largo suspiro.
—Por muy poco que te agrade la idea, sigue siendo nuestro padre. Se merece que pasemos tiempo con él, no ha hecho nada malo.
—Excepto ponerle los cuernos a mamá.
Bang.
Siento las palabras de mi hermano rebotar en mi cabeza, mientras los recuerdos me vienen a la mente.
Escucho a mi madre gritarle a mi padre que es un capullo, mientras él permanece en silencio, mirando hacia sus pies, avergonzado. También me veo a mí, escondida tras la puerta y observando la escena a través de la rendija. Y a Tyler, llorando en lo alto de las escaleras, asustado por los gritos.
—¿A dónde ha ido papá?
—Lejos. Tardará en volver.
Aprieto la mandíbula con fuerza.
—No podemos culparle toda la vida por eso —murmuro, con un nudo en la garganta—. Todos cometemos errores.
—Algunos más que otros.
—Ya basta, ¿vale? Vendrá a recogerte en un cuarto de hora, así que cierra el pico y termina de comer.
Tyler se levanta bruscamente de la silla y me lanza una mirada llena de odio.
—Que te den —gruñe, y sale disparado de la cocina.
Cierro los ojos un momento, hundiendo el rostro en una de mis manos. Lo que me faltaba.
Mi padre recoge a Tyler puntualmente, y aunque mi hermano no pronuncia palabra en ningún momento, sé que está furioso conmigo. De todas formas, no puedo dejarlo solo. Al menos, no hasta que no sepa a lo que me enfrento.
Cuando ambos se marchan, subo a mi habitación y me cambio la ropa por algo más oscuro. No sé si servirá de algo, pero quizás logre pasar algo más desapercibida.
Me dejo caer en la cama con un suspiro y miro el reloj. Son las cinco, así que aún tengo una hora libre. No obstante, estoy tan nerviosa que no podría concentrarme en estudiar, por lo que decido tumbarme sobre el colchón, boca arriba.
No logro recordar cuándo consigo quedarme dormida, pero cuando escucho un ruido en el exterior y me despierto sobresaltada, son las seis y cinco. Me asomo rápidamente a la ventana y veo a Harry bajando las escaleras de su porche, con las llaves de su Harley dando pequeñas vueltas sobre su dedo índice.
Me apresuro a colocarme el abrigo y la bufanda, y a guardar todo lo imprescindible en los bolsillos. Bajo rápidamente las escaleras, mientras me aliso el pelo con las manos, y llego hasta el recibidor. Cojo las llaves, abro la puerta y salgo al exterior, sintiendo un escalofrío cuando mi cuerpo entra en contacto con el frío ambiente.
Me acerco a Harry, que está retirando la tela que cubre su moto. Alza la mirada cuando me oye llegar y frunce el ceño. Parece confuso.
—¿Qué haces aquí? —pregunta, deteniendo sus movimientos.
—A las seis y media, ¿recuerdas?
—¿Qué...? —empieza a decir, pero entoces parece caer en la cuenta de algo—. Espera, ¿no habrás pensado que...?
Suelta una risa, sacudiendo la cabeza, aunque su rostro se vuelve serio al instante.
—Allison, no vas a venir conmigo —asevera. Lo miro, perpleja.
—¿De qué hablas? Hemos estado planeando esto juntos. Incluso hablabas en plural cuando estábamos con Sean.
—Me refería a Douglas y a mí —señala.
—Pero...
Me callo cuando Harry saca su casco y se lo coloca, ignorando mi presencia por completo. Siento cómo me arde el rostro por la rabia y la vergüenza. ¿Cómo ha podido prescindir de mí tan fácilmente? Se supone que éramos un equipo, que los tres teníamos nuestro papel en todo esto.
Avanzo hacia Harry, que está introduciendo la llave en el contacto, y lo agarro del brazo.
—Dame el otro casco —le ordeno.
—Apártate.
Su voz suena lejana, amortiguada por el casco.
—No puedes utilizarme para lo que te conviene y después dejarme tirada. Si has contado conmigo desde el principio, hazlo hasta el final y asume las consecuencias.
—Apártate —vuelve a decir, esta vez con un tono claramente impaciente. Sin embargo, mi mano permanece alrededor de su brazo, aferrada con fuerza. Harry intenta zafarse de mí—. ¡Maldita sea, Allison!
En ese momento, hace rugir la moto, pisando el acelerador. El estruendo provoca que me sobresalte y que me suelte involuntariamente de su brazo. Es entonces cuando Harry aprovecha y sale disparado con su Harley, dejándome sola en mitad de la calle y rodeada de una oscura nube de humo.
Mierda, mierda, mierda.
Me dirijo rápidamente hacia mi coche y me introduzco en él, arrancando el motor con una mano y colocándome el cinturón con la otra. Agarro el volante y piso el acelerador con fuerza, provocando que las ruedas chirríen contra el asfalto.
No sé a dónde tengo que dirigirme, ni lo que me encontraré una vez que llegue allí. Lo único que sé es que no estoy dispuesta a quedarme al margen, y que por mucho que Harry pretenda conseguirlo, pienso averiguar quién mató a Logan.
Aunque para ello tenga que llegar al límite.
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