15

El sonido de la lluvia contra los cristales de mi habitación me despierta minutos antes de que la alarma del despertador suene. Apenas soy capaz de levantarme de la cama debido al fuerte dolor de cabeza que siento, pero consigo hacerlo, no sin cierto esfuerzo. Mientras me visto, un relámpago ilumina la estancia, y segundos después, el estruendo de un trueno hace temblar cada uno de los cimientos de la casa. Me calzo las botas a duras penas y salgo de mi habitación arrastrando los pies, sintiendo una fuerte punzada en las sienes a cada paso que doy.

Han pasado varias semanas desde la muerte de Logan, pero la policía no ha averiguado absolutamente nada. La persona que acabó con su vida aún sigue suelta y nadie conoce su identidad. Pero a pesar de todo, el instituto ha vuelto a la normalidad, y tal y como dijo Harry, todo el mundo parece haberse olvidado de él.

Y sé que yo estaría empezando a hacerlo también si Harry no me acosase las veinticuatro horas del día. Se ha vuelto algo paranoico: la muerte de Logan le ha afectado considerablemente y no deja de repetir una y otra vez que la policía no sabe lo que hace y que se están tomando este caso a la ligera. No es el mismo de siempre, y me asusta. Está irascible, silencioso y siempre abstraído. Incluso en algunos momentos me he descubierto echando de menos al antiguo Harry que me apodaba miss América y cuya vida apenas se tomaba en serio.

Por otro lado, Paige y yo hemos hecho las paces. Estuvimos hablando y me contó que había vuelto a recaer en sus problemas de autoestima, que había necesitado tiempo para reflexionar pero que finalmente se había dado cuenta de que todo había sido un error. Y aunque soy consciente de que ha pasado por lo mismo varias veces, esta vez no soy capaz de creerla del todo.

Paige tampoco es la misma de siempre.

Nadie es el mismo de siempre.

Ni siquiera yo.

Bajo las escaleras y me dirijo a la cocina. Encuentro a mi madre con sus gafas colocadas por debajo del puente de la nariz y tecleando con sus ágiles dedos en el portátil. Al otro lado de la mesa, descansa un plato con una tostada y un vaso de leche aún humeante. El simple olor provoca que el estómago se me revuelva y tengo que hacer un esfuerzo por reprimir las náuseas.

—Buenos días, tesoro —me saluda mi madre, aunque al alzar la vista, su ceño se frunce en una mueca de preocupación—. ¿Te encuentras bien? Tienes mala cara.

—Sí. Bueno... más o menos —respondo, sentándome ligeramente sobre la mesa—. Creo que he pillado algo.

—Hoy tengo el día libre. Puedes quedarte en casa y...

Niego con la cabeza, interrumpiéndola.

—Tengo examen de Matemáticas a primera hora —le explico—. No puedo faltar.

Ella asiente no muy convencida.

—Debería irme. Llevas a Tyler, ¿no? —digo levantándome de nuevo. Todo se vuelve negro por un momento y estoy a punto de tropezarme, pero consigo mantener el equilibrio.

—¿No vas a desayunar? —pregunta mi madre. Sacudo la cabeza—. Ally, ¿seguro que estás bien?

—Hmmm.

Antes de que pueda decir nada más, salgo de la cocina y me dirijo al recibidor. Me cuelgo la mochila al hombro y tanteo la superficie de la mesa hasta encontrar mis llaves, me coloco la capucha del chubasquero y abro la puerta. Suelto un grito de sobresalto cuando me encuentro con el rostro de Harry frente a mí, de pie bajo su paraguas negro. La sangre me bombea con fuerza en la cabeza y me veo obligada a cerrar los ojos durante unos instantes.

—¿Qué haces aquí? —susurro, una vez calmados mis latidos.

—Hoy te llevaré yo al instituto —responde secamente, metiéndome de un tirón bajo su paraguas y arrastrándome consigo.

—De ninguna forma.

Intento dirigirme a mi coche, pero Harry me agarra con tanta fuerza que soy incapaz deshacerme de su mano, así que me veo obligada a cruzar la calle con él.

—Tenemos que hablar.

—¿Y no podemos hacerlo en otro momento? Te recuerdo que tenemos examen de Matemáticas a primera hora.

—Tiene que ser ahora. Además —añade—, he pinchado las ruedas de tu coche.

—¿¡Qué!? —exclamo, mientras me abre la puerta del copiloto.

—Es coña. Sube.

Obedezco a regañadientes. Me acomodo sobre el asiento mientras Harry da la vuelta al vehículo y entra en él. Lo observo arrancar el motor abrazada a mi mochila, que descansa sobre mi regazo. Suelto un suspiro y apoyo la cabeza contra el cristal, que vibra debido al movimiento del coche. Las gotas de lluvia se deslizan sobre la superficie rápidamente, como si estuviesen compitiendo en una carrera.

Noto que algo frío y metálico aterriza en mi mano y bajo la mirada hacia ésta. Agarro el móvil que Harry me ha lanzado y observo la pantalla encendida con el ceño fruncido.

—¿Qué es esto?

—¿Conoces a Phil Gardner? —inquiere, y yo asiento. Phil es nuestro vecino, cuya casa se encuentra dos más a la derecha de la de Harry. Solo lo he saludado un par de veces, pero parece ser un buen hombre—. Es un buen amigo de la familia. Es policía y está bastante enterado sobre el caso de Logan, así que de vez en cuando me informa sobre cómo va todo.

Aparto la mirada de Harry y la clavo de nuevo en el móvil. Pulso el mensaje que posee el nombre de Phil y éste se abre. Leo rápidamente lo que contiene, pero la sorpresa hace que no pueda continuar haciéndolo.

—Tiene que ser una broma —murmuro, sacudiendo la cabeza, mientras mis ojos recorren una y otra vez la misma línea—. Van a cerrar el caso.

—Así es —afirma Harry. Su voz esconde una profunda rabia—. Dicen que hay falta de pruebas, y que de esa forma no pueden incriminar a ningún sospechoso.

—Pero... ¡ni siquiera ha pasado un mes! No pueden hacer eso así como así.

—Por lo visto sí. No hay huellas, ni restos de ADN, ni ninguna otra pista que pueda servir para avanzar en la investigación. —Harry aprieta el volante con fuerza—. Dicen que está siendo una pérdida de tiempo.

—Esto es increíble —río, incrédula—. ¿Y qué pasa con los que necesitan respuestas? ¿Qué pasa con sus padres?

—Logan no tenía padres —contesta él—. Vivía solo, pero si te soy sincero, no puedo decirte el por qué, ni nada respecto a su vida privada. La mantenía demasiado al margen.

—Eso es... extraño.

Harry exhala con fuerza a la vez que gira una esquina.

—No pueden cerrar el caso —dice con cierta desesperación—. Tienen que encontrar a quien lo mató. Deben encontrarlo.

—Lo harán —asiento para tranquilizarlo, aunque yo misma dudo de mis palabras.

La lluvia nos retrasa un poco, así que cuando llegamos al instituto nos vemos obligados a correr hacia nuestra clase. Apenas tengo fuerzas para hacerlo, y más de una vez tengo que pararme para evitar caer desplomada al suelo, pero consigo llegar sana y salva. Y sobre todo, a tiempo.

El examen de Matemáticas nos lleva una hora y media, por lo que perdemos parte de la clase de Física. No obstante, la profesora aprovecha para realizar una rápida explicación sobre la atenuación y absorción de onda electromagnéticas, y aunque intento poner todo mi empeño en estar atenta, solo consigo enterarme de varias palabras sueltas.

Me siento como si cada vez que espirara, expulsara poco a poco las pocas reservas de energía que quedan en mi cuerpo. Los ojos me lloran, los músculos me duelen y noto la cabeza a punto de explotar.

A la hora del descanso, me reúno con Paige frente a su clase y nos dirigimos a la cafetería. Cuando pasamos por delante de la antigua taquilla de Logan, no puedo evitar observar las velas apagadas y las flores secas que descansan a los pies de su foto de anuario, donde aparece sonriendo con socarronería a la cámara. Estoy segura de que Logan odiaría que la gente sintiese lástima por él, pero no soy capaz de luchar contra la pesadumbre que siento al recordarlo por los pasillos que yo ahora mismo recorro. Estoy de acuerdo con Harry, y con que merecía una segunda oportunidad para restablecer el caos de vida que parecía tener. Pero ahora es demasiado tarde, y sé que lamentarse no servirá de nada.

Llegamos a la cafetería y nos sentamos en nuestra mesa. Paige hoy parece más animada, así que comienza a hablarme sobre sus planes de universidad y de futuro, deteniéndose de vez en cuando para dar un mordisco a su sándwich vegetal. El olor procedente de su desayuno y de la comida de la cafetería me invade por un momento, y me obligo a tragar la bilis que sube por mi garganta. Noto cualquier rastro de sangre desaparecer de mi rostro, a la vez que todo comienza a darme vueltas. Paige parece percatarse de mi palidez y me observa durante unos instantes.

—¿Ally? —pregunta con circunspección. —. ¿Estás bien?

—Voy... voy a ir al servicio —murmuro, levantándome torpemente de la silla.

—¿Necesitas que te acompañe?

—Estoy bien —le aseguro mientras esbozo una breve sonrisa.

Ella asiente, algo confusa.

Me alejo de la mesa y atravieso la cafetería hasta llegar a la puerta, volviendo de nuevo al pasillo. Apenas soy capaz de caminar en línea recta, como si me hubiesen hecho girar sobre mí misma cientos de veces y me hubiesen soltado sin previo aviso.

Escucho una voz a mis espaldas que me llama por mi nombre, pero ni siquiera tengo fuerzas para girarme y averiguar de quién se trata. Sin embargo, tardo poco en saberlo, ya que Harry aparece a mi lado, con la respiración ligeramente agitada.

—Eh, llevo un rato llamándote —dice. Su voz suena como si mi cabeza estuviese bajo el agua—. ¿Sabes? He ido a la biblioteca y he estado buscando en internet los delitos cometidos en el país que han sido abandonados por falta de pruebas durante los últimos años, y la mayoría han sido cerrados después de un año, e incluso más.

—Harry... —empiezo a decir, mareada, pero me interrumpe.

—Así que he estado pensando —continúa—, y he llegado a la conclusión de que debe de haber una razón más para que la policía esté pensando en cerrar el caso. Tres semanas es poco tiempo para darse por vencida tan pronto, ¿no crees? Douglas piensa lo mismo, y está de acuerdo con que vayamos mañana a la comisaría para informarnos. No pueden negarnos una explicación, ya que, como no tenía familia, en cierto modo éramos las personas más cercanas a él y...

Me paro en seco y me veo obligada a apoyarme contra una de las taquillas, desfallecida. La voz de Harry cesa de pronto, y aunque está fuera de mi campo visual, sé que está preguntándose qué sucede. Las rodillas me fallan, y aunque intento mantenerme en pie, siento cómo me desplomo.

—¡Eh! —exclama, agarrándome a tiempo.

Me desliza lentamente hasta el suelo, hasta quedar ambos de rodillas. Noto el frío mármol en la palma cuando apoyo la mano sobre este, parpadeando repetidas veces. Aun así, todo lo que veo a través de mis ojos es oscuridad.

Siento un fuerte pinchazo en el estómago y cómo las náuseas se apoderan de mi cuerpo

—Voy a vomitar —murmuro.

Harry se separa de mí y se levanta rápidamente. Sigo su borrosa y oscura figura moverse por el pasillo y regresar con premura, colocándome una papelera frente a mí. La bilis sube de nuevo por mi esófago, pero esta vez no soy capaz de reprimirla, así que vomito. El dolor se apropia de mi cuerpo.

—Tranquila —susurra, apartándome el pelo del rostro.

Por suerte tengo el estómago vacío, así que devuelvo una vez más antes de apartarme y apoyar la nuca contra la taquilla, respirando entrecortadamente. Una capa de sudor frío me cubre la piel, provocando que los mechones sueltos se me adhieran a la frente.

—¿Estás mejor?

—Hmmm —asiento, recuperando la visión.

Harry extiende la mano para apartarme el pelo del rostro, pero nada más que me roza la piel, su semblante preocupado se torna en una expresión de sorpresa.

—Allison, estás ardiendo —murmura, mientras me incorporo a duras penas. Él me imita—. Deberías ir a que te vea la enfermera.

Sacudo la cabeza.

—Estoy bien —insisto, aunque nada más que avanzo un paso, todo comienza a darme vueltas otra vez. Suelto una risa floja—. Vaya, esto es patético.

Antes de que pueda hacer nada para evitarlo, Harry me toma del brazo y me arrastra hasta la enfermería, y aunque intento volver a asegurarle que me encuentro bien, mi tono de voz y mi aspecto parecen decir todo lo contrario.

Nada más que llegamos, Beatrice, la enfermera, me hace sentarme en la camilla y me pide que me deshaga de mi jersey, así que obligo a Harry a darse la vuelta y me desvisto. Beatrice me coloca el diafragma de su estetoscopio sobre el pecho y me pide que inspire y espire con fuerza repetidas veces. Tras ello, me examina la garganta y ambos oídos y me toma la temperatura.

—Treinta y nueve y medio —observa, mirando el termómetro que tiene entre sus manos. Sacude la cabeza—. No entiendo cómo sigues en pie con esta fiebre.

—Porque es una auténtica cabezota —resopla Harry, con las manos entrelazadas a la espalda y la vista clavada en la pared.

Le fulmino con la mirada, aunque no puede verme.

—Tienes síntomas de gripe —me explica la enfermera—, así que te aconsejo que vayas a casa y guardes reposo. Te escribiré una justificación médica para que puedas salir.

La melena cobriza de Beatrice desaparece al cruzar la puerta de su pequeño despacho. Me coloco de nuevo el jersey, notando la electricidad estática que desprende cuando roza con mi piel.

—Ya puedes mirar —aviso, dirigiéndome a Harry.

—Por fin —suelta, dándose la vuelta y dejándose caer a mi lado sobre la camilla—. He tenido tiempo suficiente para observar detenidamente la mancha de humedad que había en la pared y llegar a la inquietante conclusión de que tenía forma de ubre.

No puedo evitar soltar una débil carcajada. Beatrice llega segundos después, y tras entregarme el justificante y darme unos últimos consejos, salimos de la enfermería.

Aún estoy torpe y algo mareada, pero esta vez sí soy capaz de mantener el equilibrio. Saco mi móvil del bolsillo, marco el número de mi madre y me lo llevo a la oreja.

—¿Qué haces? —pregunta Harry.

—Llamar a mi madre para que me recoja —respondo, mientras escucho el primer tono.

—De eso nada.

Me quita rápidamente el móvil de las manos, y antes de que pueda quejarme siquiera, cuelga. Me lo tiende de nuevo.

—Te llevaré yo a casa —me dice.

—No es necesario, Harry. Además, tienes clases.

—¡Oh, vamos! Como si importara —ríe—. Iré a la clase a por tus cosas. Mientras, puedes avisar a tu amiga de que te vas. Nos vemos en la puerta, ¿vale?

Abro la boca para replicar, pero sale corriendo por el pasillo.

Me despido de Paige en la cafetería. Me abraza repetidas veces e insiste una y otra vez en que tenga cuidado; al parecer, se fía poco de Harry. Me descubro asegurándole que estaré bien con él, e incluso mi amiga parece sorprenderse también de mi certeza. Me pide que me mejore y me marcho rápidamente.

Tras entregarle el justificante a la conserje, me reúno con Harry en las escaleras de la entrada, donde me espera con su mochila colgada a la espalda, la mía en una de sus manos y el paraguas en la otra.

El trayecto hacia el aparcamiento dura apenas un par de minutos, pero acabo fatigada. La fiebre me está quitando todas las fuerzas y caminar me resulta un esfuerzo sobrehumano, como si arrastrara un grillete de hierro tras mí. Así que cuando llegamos al coche de Harry y me dejo caer en el asiento del copiloto, me siento como si estuviese viviendo mis últimos instantes de vida.

Harry se monta en el vehículo, arranca el motor y saca el todoterreno negro del aparcamiento. Vuelvo a apoyar la frente contra la ventana, tratando, en un intento inútil, de bajar la temperatura de mi cuerpo con la frigidez del cristal. Suspiro profundamente y me yergo de nuevo sobre el asiento. Extiendo la mano hacia la radio y la enciendo, ya que necesito distraerme desesperadamente; si sigo centrándome únicamente en el malestar que siento, acabaré desquiciada.

Una suave música suena a través de los altavoces, acompañados de agradable voz ronca. Apoyo la cabeza contra el respaldo y cierro los ojos, intentando relajar mis músculos doloridos.

Never say goodbye, never say goodbye
You and me and my old friends
Hoping it would never end

Say goodbye, never say goodbye
Holdin' on , we got to try
Holdin' on to never say goodbye

—Esta era una de las canciones favoritas de Logan —susurra Harry. Abro los ojos y lo miro—. La escucho todos los días para, de alguna forma, creer que aún sigue aquí. Nunca digas adiós. Y ahora está muerto. Irónico, ¿verdad?

Suelta una risa carente de alegría y sacude la cabeza.

—¿Recuerdas lo que te dije en su funeral? Que todo el mundo acabaría olvidando a Logan, y que reharían su vida. —Asiento lentamente—. Pues debo admitir que yo tenía de esperanzas de que eso también me sucediese a mí. De superar su muerte y retomar mi rutina. Pero no puedo. No dejo de pensar en todo este asunto las veinticuatro horas del día, y me estoy volviendo loco, Allison. Me estoy volviendo loco.

A pesar de ver la desesperación en sus ojos, no sé qué decir. Y como sé que nada de lo que salga de mi boca servirá a Harry de consuelo, decido quedarme callada.

Llegamos al barrio pocos minutos después. Harry aparca el coche frente a su casa y sale rápidamente para ayudarme y cubrirme con el paraguas. Me acompaña hasta el porche, donde me tiende la mochila. Me la cuelgo con algo de esfuerzo sobre uno de los hombros y miro a Harry.

—Gracias —murmuro.

—No hay de qué —responde, encogiéndose de hombros.

Reduzco la distancia que hay entre la puerta y yo y extiendo el brazo para llamar al timbre, pero la voz de Harry me detiene.

—Cuídate, Allison —sonríe, aunque sus ojos están serios—. Te necesito para sobrellevar todo esto.

Lo dice con tanta sinceridad que, por un momento, no soy capaz de reaccionar. Me quedo con la vista clavada en sus ojos verdes, algo más apagados que de costumbre. Y mientras lo observo, me pregunto si este es el Harry que habría sido si todo no hubiese cambiado repentinamente seis años atrás. Pero no hay forma de saberlo, ni tampoco puedo seguir aferrándome a algo que ya no existe simplemente por querer creer que es imposible que las personas se transformen en otras completamente opuestas las que eran.

Así que aparto todos y cada uno de esos pensamientos de mi mente e intento centrarme en la realidad que me rodea. Cojo aire, y antes de pulsar el timbre, reúno las pocas fuerzas que me quedan para esbozar una sonrisa.

—Lo haré.

Nota: Siento mucho que hayáis tenido que esperar tanto tiempo para esta birria de capítulo, pero tenía tal bloqueo de ideas que no era capaz de escribir sin borrarlo todo una y otra vez. Además, el cambio de rutina me tiene muy cansada y no tenía ganas de escribir (ahora es cuando pensaréis «vaya chapuza de escritora»). Pues sí, soy un completo desastre.

Aun así (a pesar de mi poca experiencia profesional), espero que os haya gustado el capítulo y que votéis y comentéis y todas esas cositas que me hacen feliz. Muchas gracias por ser pacientes, ¡os quiero!

-M.

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