16

—¿Seguro que estarás bien?

Pongo los ojos en blanco. Es la quinta vez que mi madre me pregunta lo mismo en menos de una hora. Mi hermano, que permanece bajo el umbral del salón con la mochila colgada a la espalda, observa la escena con impaciencia.

—¿Podemos irnos ya? —pide con cierto enfado—. Voy a llegar tarde.

Mi madre ignora su comentario e insiste en su pregunta con la mirada.

—Mamá, deja de preocuparte tanto. Estoy bien, ¿vale? —sonrío para reforzar mis palabras.

Ella asiente, no muy convencida.

—De acuerdo —suspira, recolocándose el bolso—. He dejado la comida preparada en la nevera, para que solo tengas que calentarla.

—Perfecto, gracias.

Vuelve a asentir y hace ademán de dirigirse a la la puerta, pero se gira de nuevo hacia mí.

—Si te encuentras mal me llamas por teléfono, ¿sí? Ah, y procura no andar descalza o...

—¡Mamá! —exclamo.

—Está bien, está bien. —Se acerca y me da un beso en la frente—. Ten cuidado.

—Lo tendré —resoplo.

Suelto un suspiro cuando escucho la puerta cerrarse y me invade la tranquilidad de la casa. Me acurruco entre las mantas y apoyo la cabeza contra el respaldo del sofá, intentando ignorar el dolor de huesos que recorre mi cuerpo.

El suave crepitar de las llamas procedente de la chimenea es suficiente para sentirme reconfortada. Por primera vez en días no está lloviendo y algunas rendijas de sol se cuelan entre las nubes que cubren el cielo. No obstante, las temperaturas siguen siendo gélidas y sé que la ciudad no tardará en cubrirse con sus habituales mantos de nieve inmaculada.

Apenas trascurren unos minutos cuando comienzo a caer en un estado de semiinconsciencia. Mis pensamientos se vuelven incoherentes y borrosos, pero aún puedo escuchar el débil sonido del fuego a lo lejos y los crujidos de la madera al contraerse por el frío. Aunque ahora me encuentro mejor, esta noche apenas he podido dormir a causa de la fiebre, por lo que mi cuerpo, fatigado y más pesado que de costumbre, me pide a gritos un descanso.

Estoy a punto de sumirme en un profundo sueño cuando el sonido del timbre me hace abrir los ojos de pronto, sobresaltada. Suelto un gruñido de fastidio y me pongo en pie a duras penas, dirigiéndome al recibidor aún envuelta en la manta. Mis músculos se contraen cuando me golpea una bocanada de aire frío procedente del exterior y me estremezco.

—Buenos días —dice una voz grave y ronca.

Clavo la mirada en los ojos verde oliva que me observan desde el otro lado del umbral, llorosos por el frío. Sus mejillas y su nariz están teñidas de un color escarlata.

—Harry —murmuro, sorprendida—. ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar en el instituto?

Una sonrisa se forma en sus labios agrietados. Se encoge de hombros.

—He decidido hacer de niñera. ¿Qué tal esa gripe?

—No necesito una niñera —digo, poniendo los ojos en blanco.

—¿Estás segura? —Alza el brazo derecho para mostrarme una bolsa de cartón—. Traigo chocolate caliente y gofres recién hechos.

—Uhm... —asiento—. Pasa.

Nos sentamos en el salón. Avivo el fuego de la chimenea mientras Harry saca las cosas de la bolsa y las coloca sobre la mesita de café. Me siento a su lado y acepto la taza de plástico humeante que me tiende, dándole un pequeño sorbo. El líquido caliente me baja por la garganta y hago una mueca de dolor. Dejo el recipiente sobre la mesa para que se enfríe y me apoyo sobre el respaldo.

—¿Alguna noticia sobre el caso de Logan? —pregunto.

Harry niega con la cabeza.

—Aún no saben si van a cerrar el caso —me explica, llevándose un trozo de gofre a la boca. Guarda silencio durante unos segundos mientras mastica y traga—. Pero esta tarde voy a ir a la comisaría. Tengo que convencerles de que no lo hagan, o al menos, conseguir una explicación razonable que me convenza de que es la mejor idea.

Asiento.

—¿Harry?

Él alza la mirada.

—¿Sí?

—¿Crees...? ¿Crees que pudo ser alguien que ambos conocemos?

Lo observo fruncir el ceño ante mis palabras. La imagen de Douglas ronda por mi cabeza, pero no puedo contarle nada sobre ello. Al menos no todavía.

—¿A qué te refieres? —pregunta, receloso.

—Bueno, no... no sé —digo, encogiéndome de hombros—. Sería una estupidez elegir una fiesta llena de gente para llevar a cabo un asesinato, ¿no crees?

—Sí, pero sería la misma situación para alguien que conociésemos. Es decir, su identidad no cambiaría el hecho de que dispararle en aquel lugar haya sido peligroso para él.

—Cierto —afirmo—. Aunque quizás todo fuese una discusión que se fue de las manos. A lo mejor...

No soy capaz de acabar la frase. Harry me mira con los ojos entrecerrados.

—¿A lo mejor qué, Allison? —inquiere—. ¿Acaso sospechas de alguien?

No respondo. Él frunce el ceño aún más.

—¿Allison?

—No, no —digo finalmente, intentando que suene convincente—. Solo eran divagaciones. Ojalá supiese algo.

Me mira durante unos segundos antes de asentir lentamente.

—Ojalá yo también.

Intento cambiar de tema para aliviar la tensión del ambiente, así que pasamos las siguientes horas hablando sobre el trabajo de Biología. Con todo lo sucedido en las últimas semanas, apenas hemos tenido tiempo para continuarlo, a pesar de que aún queda más de un mes para entregarlo y exponerlo al resto de la clase. De todas formas, ahora es algo apenas importante dentro de todo lo que estamos viviendo.

—Aún queda un gofre —dice Harry, echando un vistazo al interior de la bolsa—. ¿Te apetece?

Lo miro con una ceja levantada, incrédula.

—¿Qué?

Suelto una risa y sacudo la cabeza.

—En serio —insiste, ligeramente molesto—, ¿qué te hace tanta gracia?

—Agradezco mucho todo esto, Harry, pero... —Frunzo los labios en una mueca de incertidumbre—. ¿De verdad piensas que es normal todo este rollo de volver a ser... amigos?

Él frunce el ceño en una expresión de confusión.

—No te sigo —dice, y suspiro.

—No entiendo qué haces aquí, trayéndome gofres y chocolate caliente. O por qué ayer te preocupaste tanto por mí en el pasillo, o cualquier otra de tus últimas buenas acciones. No soy tonta, Harry. Yo...

—No —me interrumpe, poniéndose en pie—. No voy a aguantar otra de tus malditas reprimendas en la que me recuerdas lo capullo que he sido contigo, ¿de acuerdo? Si estoy haciendo todo esto es precisamente para remendar todo eso, y no porque pretenda obtener algo a través de ti.

—¿Y por qué viniste a mí cuando mataron a Logan, pudiendo haber acudido a cualquier otro de tus amigos? —inquiero.

—Ya te lo dije. Porque confío en ti.

—Pero me odias.

—¡No! —exclama—. Me odias tú a mí. ¿Es que no te das cuenta?

Se pasa ambas manos por la frente y sacude la cabeza, volviendo a mirarme.

—¿Crees... crees que no soy consciente de que me odias desde que te dejé tirada en aquella maldita excursión de primaria? Pero, joder, tenía que hacerlo, ¿vale? La había cagado. La había cagado porque...

—Porque me habías besado —susurro.

Harry asiente en silencio.

—Sí, te besé —admite—. Y me rechazaste, y me asusté. Y desde aquel momento supe que no te podría volver a mirar de la misma forma, así que me alejé. Tenía diez años, ¿qué querías que hiciese?

Bajo la mirada.

—Quería que siguiésemos siendo amigos —respondo—. Pero te empezaste a juntar con aquellos chicos y... cambiaste.

—Todos cambiamos, Allison —murmura, más calmado—. Así funciona la vida.

Permanecemos en silencio durante largos segundos, con el único sonido del crepitar de las llamas.

Todos cambiamos.

La frase resuena en mi mente como un eco. Sé que es cierto, que todos nos transformamos en personas diferentes conforme transcurre el tiempo. Pero, ¿por qué no soy capaz de aceptarlo, si tan convencida estoy de ello? ¿Y si fui yo la que cambió completamente en lugar de Harry?

—Es mejor que me vaya —comenta Harry lacónicamente, recogiendo sus cosas—. Siento haberte metido en todo este lío de la muerte de Logan, no debería haberlo hecho.

Abro la boca para decir algo, pero Harry sale del salón antes de que pueda articular cualquier palabra. El sonido de la puerta al cerrarse retumba en mi cabeza, y entonces soy consciente de que acabo de cometer un gran y estúpido error.

-

Mi hermano me mira de reojo mientras doy vueltas con el tenedor a mi plato de chili con carne, que ni siquiera me he molestado en probar. Ha estado un buen rato contándome sus vivencias en el instituto, aunque cuando se ha dado cuenta de que apenas he escuchado una palabra de lo que me contaba, ha decidido guardar silencio.

—¿Vas a...? —empieza a decir, señalando mi comida. Niego con la cabeza y empujo el plato hacia él. Lo intercambia por el suyo vacío y comienza a comer.

Toso un par de veces antes de levantarme de la banqueta y salir de la cocina para subir las escaleras. Llego a mi habitación, que parece diferente debido a la luz grisácea que entra por la ventana, y me dejo caer sobre el grueso edredón que cubre mi cama. El espejo de la pared de enfrente me devuelve el reflejo de una chica deteriorada y desvaída, por la que me es inevitable sentir cierta compasión. Aparto la mirada y suelto un suspiro.

No puedo evitar pensar en Harry, ni sentir que me he traicionado a mí misma por permitirle ocupar mi mente de esta forma. Sé que no estoy enamorada de él, que no albergo ningún tipo de sentimiento especial hacia su persona. De eso estoy completamente segura. No obstante, es como si el hecho de que ahora forme parte de mi rutina, haya cambiado mi vida y mi forma de ser. No sé si le sigo odiando, o si, por el contrario, podría volver a considerarle un amigo. Tampoco sé si le echaría de menos si se volviese a alejar de mí.

Observo a un gorrión posarse sobre el alféizar de la ventana. Mueve su pequeña cabeza hacia ambos lados, examinando su alrededor. Después, da dos saltitos hacia delante y vuelve a repetir lo mismo. Levanto un poco el brazo y golpeo débilmente el frío cristal con la uña, aunque es suficiente para que el gorrión despliegue sus alas y salga volando con celeridad.

El pequeño pájaro desaparece de mi vista y bajo la mirada hasta clavarla en la casa de Harry, cuyas tejas grisáceas se han deteriorado ligeramente debido a la lluvia de estos últimos días. Frente a la puerta, su Harley se encuentra aparcada junto al todoterreno negro de su padre, cubierta por una funda de color negro. La ventana de su habitación permanece cerrada, y a través de ella apenas se puede visualizar la débil imagen de unas cortinas.

Me pregunto qué estará haciendo en este momento, si lo sucedido esta mañana le habrá afectado mínimamente o si, por el contrario, ya casi no lo recuerda. También me pregunto si estará nervioso por las noticias que recibirá en la comisaría, si mantiene esperanzas de que la policía siga investigando la muerte de Logan o cree que el caso se cerrará, tal y como le avisó Phil.

Aparto la mirada de la ventana y la clavo en mis calcetines de rayas. Sé que, pase lo que pase en la comisaría, probablemente no me enteraré. Aunque no lo dijo de forma clara, estoy segura de que no contará conmigo para nada más relacionado con Logan y que piensa que el haberme implicado en su muerte me ha resultado un estorbo a la hora de llevar una vida normal. Pero lo cierto es que sigo sintiéndome irremediablemente involucrada en todo ello, y en el fondo, aunque Logan nunca haya sido mi amigo, siento el mismo interés que Harry por saber quién fue la persona que lo mató. Y la única forma de averiguarlo es ofreciéndole mi ayuda, aunque resulte inservible.

-

Me envuelvo la gruesa bufanda de lana alrededor del cuello y me cierro la cremallera del abrigo hasta arriba. Guardo el móvil y las llaves de casa en el bolsillo, junto a algo de dinero, y salgo de mi habitación. Bajo las escaleras con premura, cuyos peldaños crujen bajo mis botas, hasta llegar a la planta de abajo, donde el único sonido es el del traqueteo mecánico del lavavajillas.

Me dirijo al salón. Mi hermano está tumbado cómodamente en el sofá, con el portátil sobre su barriga. Mientras me acerco, me permito examinar la escena lo suficiente para llegar a la conclusión de que tiene que resultar una postura bastante incómoda. Tyler alza la mirada y me mira, al principio con indiferencia, aunque finalmente su expresión se torna a una de sorpresa.

—¿Adónde vas? —pregunta.

—Tengo que salir—respondo simplemente.

—Pero mamá ha dicho que...

—Sé lo que ha dicho. —Apoyo ambos codos en la parte superior del respaldo y me inclino ligeramente hacia Tyler—. Pero como eres un buen hermano, no le dirás nada, ¿cierto?

—¿Y si llega y no estás?

—Volveré a tiempo.

Pone los ojos en blanco y sacude la cabeza con resignación.

—Genial —sonrío, revolviéndole el pelo—. Nos vemos luego.

Vuelvo de nuevo al recibidor y abro la puerta, cerrándola después tras mí una vez que salgo al exterior. Me ajusto la bufanda y atravieso el jardín hasta llegar a la fila de coches aparcados frente a las casas. Me siento en un trozo de bordillo libre entre dos vehículos y permanezco allí durante varios minutos, observando el lento movimiento de las nubes grises sobre mi cabeza.

No soy capaz de adivinar cuánto tiempo aguardo sentada en la fría acera, pero cuando veo la desgarbada figura de Harry salir de la casa de enfrente, tengo las manos y las mejillas completamente entumecidas por el frío.

Llega hasta su Harley, apenas ataviado con una camiseta blanca y un fino abrigo negro, con expresión seria y el ceño fruncido. Se deshace de la funda que cubre su moto y la dobla en varias partes. Se agacha para esconderla bajo el todoterreno negro de su padre, y cuando vuelve a incorporarse, su mirada se posa en mí.

—¿Qué haces ahí? —pregunta, desconcertado, aunque con la frente aún arrugada.

Me pongo en pie y cruzo la calle hasta reducir la distancia entre nosotros, con las manos en los bolsillos de mi abrigo.

—No querrás ir a la comisaría solo, ¿no?

Me mira durante unos segundos antes de bajar la mirada y sacudir la cabeza.

—No vas a venir a ningún lado conmigo —dice, sacando el casco de su funda.

Cojo aire.

—Oye, si sigues enfadado por lo de esta mañana, lo siento, pero...

—No es por eso —me interrumpe.

—¿Entonces? —pregunto.

Me mira, entrecerrando uno de sus ojos.

—Se supone que tienes gripe, ¿no? Deberías guardar reposo.

Alzo la mirada al cielo.

—Como si importara —resoplo, y vuelvo a mirarlo—. Esta mañana no he sido justa contigo, pero todo esto me tiene algo confundida y ya ni siquiera sé qué pensar. Por otro lado... Logan se merece que su muerte sea investigada, y me sentiría mal si no hiciese nada por evitar que cierren el caso. Pero para que eso ocurra tiene que haber colaboración, así que... —Le tiendo la mano—. ¿Tregua?

Harry me observa durante unos segundos, pensativo, pero finalmente suelta un suspiro y la estrecha.

—Tregua —asiente, esbozando una media sonrisa.

Llegamos a la comisaría de Baltimore, un edificio grande situado cerca del centro de la ciudad. Dejamos la moto aparcada en una de las calles traseras y caminamos rápidamente hasta la entrada, donde se encuentran aparcados varios coches de policía inactivos.

Tengo que correr para alcanzar el ritmo de Harry, ya que sus largas piernas alcanzan una distancia el doble de mayor que las mías y su nerviosismo hace que sus pasos sean más apresurados e impacientes. Se detiene al entrar en la comisaría, que nos da la bienvenida con una bocanada de aire caliente proveniente de la calefacción, y observa a las personas moviéndose de un lado a otro, llenas de carpetas, tazas de café y estrés.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunto.

Como respuesta, echa a andar hacia un mostrador donde aguarda una pequeña fila de gente esperando su turno y se abre paso hasta colocarse en primer lugar, ignorando las quejas de los que le rodean. Cuando llego hasta él, algo avergonzada, lo descubro discutiendo con la mujer que se encuentra al otro lado.

—Le vuelvo a repetir que exijo hablar con el encargado del caso de Logan Donovan —dice, claramente enfadado.

—Le he dicho que debe guardar su turno —responde la mujer con tranquilidad, aunque molesta.

—¿Cree que me importa guardar mi turno? Maldita sea, hable con quien tenga que hablar para que me atiendan de una vez.

—Harry... —le intento calmar, pero me ignora.

—Chico, u obedeces o tendrás que marcharte de la comisaría —vuelve a insistir ella, perdiendo las formalidades y cada vez más exasperada.

—Tranquila, Christina —dice una voz serena a nuestras espaldas—. Yo me encargaré de atenderles.

Harry y yo nos giramos a la vez. Una mujer de alta estatura y delgada se encuentra frente a nosotros. Lleva su pelo cobrizo recogido en una cola baja y sus ojos castaños están ocultos tras unas gafas cuadradas, que junto a sus facciones suaves, le dan una imagen sensata e inteligente.

—Venid conmigo —nos indica.

Seguimos su figura hasta llegar a las oficinas. Se dirige a una mesa vacía (aunque atestada de papeles y una taza de café a medio acabar) y se sienta.

—Por favor —nos pide, señalando las dos sillas colocadas frente a ella.

Ocupamos nuestros asientos y permanecemos en silencio mientras la mujer organiza el escritorio y limpia los cristales de sus gafas. Se las vuelve a colocar y nos mira.

—He pasado frente al mostrador y no he podido evitar oír la discusión —nos explica—. Soy la detective McCarthy, y estoy al mando del caso de Logan Donovan.

Nos observa a ambos, expectante, pero como Harry parece ser incapaz de reaccionar, decido ser la primera en hablar.

—Yo soy Allison y él es Harry —nos presento—. Éramos amigos de Logan y hemos venido porque necesitamos respuestas. Todo es demasiado confuso y... bueno, querríamos que nos explicase qué está sucediendo.

—Entiendo —asiente. Entrelaza las manos y coge aire—. Veréis, chicos. El caso del joven Donovan está siendo algo... complicado. La persona que cometió el crimen no dejó ningún rastro que nos pueda servir como pista, y por lo que sabemos, nadie pareció presenciar el momento del asesinato, ni vieron a nadie que pudiese resultar sospechoso. Es algo que nos ha sucedido escasas veces y nos tiene desconcertados. Por los hematomas que Logan presentaba en su cuerpo queda claro que alguien le golpeó, pero la falta de rastros de carne entre sus uñas o sangre que no fuese la suya también nos muestra que, posiblemente, ni siquiera intentara defenderse.

—Eso es absurdo —interviene Harry—. Logan era bastante irascible; si ese alguien lo hubiese molestado lo más mínimo, estoy seguro de que se hubiese lanzado contra él.

—Es posible. Pero insisto en que los análisis forenses no señalan ningún rastro de ADN perteneciente a otra persona. Es todo tan extraño...

La detective McCarthy sacude la cabeza, y me doy cuenta de que está igual de confusa por el caso de Logan que nosotros, algo que me desconcierta por completo.

—No pretendo cuestionar el trabajo que hacen aquí, pero... ¿no cree que esa falta de pruebas puede deberse a que hay algún tipo de información que ha sido ocultada? —pregunto.

Harry y la detective clavan sus miradas en mí y enseguida me siento azorada.

—Es cierto que hay información a la que no he podido acceder —explica la mujer—, pero aunque soy la encargada del caso, no soy la que tiene el máximo poder aquí. Si pido más de lo que se me permite, pueden expulsarme de la investigación.

Asiento lentamente, algo desesperanzada.

—Detective McCarthy —dice Harry, con voz algo trémula—, ¿creen...? ¿Creen que encontrarán a la persona que lo mató?

Ella lo observa durante unos instantes, pero finalmente aparta la mirada y frunce los labios.

—¿Qué sucede? —pregunta Harry, nervioso.

La mujer coge aire y vuelve a mirarnos. Descubro cierta tristeza y pesadumbre en sus ojos.

—Chicos, ojalá no tuviera que deciros esto, pero... —Suelta un suspiro—. Esta tarde me han informado de que el caso de Logan Donovan ha sido oficialmente cerrado.

La noticia nos cae como un jarro de agua fría. Miro a Harry, que niega con la cabeza repetidas veces, incapaz de asimilar lo que acaba de oír. El corazón me late con fuerza, mientras intento definir cómo me siento en estos precisos momentos. ¿Defraudada? ¿Triste? ¿Enfadada?

Estoy a punto de preguntarme cómo se siente Harry cuando este se levanta de golpe, tirando la silla en la que segundos antes se encontraba sentado. Aprieta los puños con fuerza y observo cómo su mandíbula se tensa. Enseguida visualizo en mi mente la escena que estoy a punto de presenciar.

—No puede ser —murmura, aún sacudiendo la cabeza—. No pueden cerrarlo. ¡No podéis cerrarlo!

—Lo siento, Harry... —empieza a decir la detective McCarthy, pero él la interrumpe.

—¿Me estáis escuchando? ¡No podéis! —grita. Se lleva las manos a las sienes—. Quiero hablar con el maldito superior de esta comisaría. Que venga el puto superior de esta comisaría.

—Deberíamos irnos —le susurro tomándolo del brazo, mientras observo de reojo a todas las personas que se nos han quedado mirando.

Harry me aparta de un empujón y estoy a punto de perder el equilibrio, pero la detective McCarthy me agarra a tiempo. Sé que es imposible controlar sus ataques de ira, pero vuelvo a intentarlo.

—Harry, por favor —insisto—. Tenemos que irnos si no quieres que te encierren en el calabozo durante toda la noche.

—¡Me da igual! —exclama—. ¿Dónde está el...?

—¿Qué demonios está sucediendo aquí?

Un hombre vestido con chaqueta se acerca a nosotros. Parece cabreado, y cuando clava sus fríos y calculadores ojos en nosotros, rápidamente me siento intimidada. No obstante, Harry permanece rojo de ira.

—Señor Comisario —interviene la detective—. Estos chicos han venido por el caso de Logan Donovan.

—¿No le dije que la muerte de ese chico había quedado archivada? —dice el hombre, impasible, mientras da un sorbo a su taza de café.

—Sí, señor. Por eso mismo el joven está así. Quiere...

—Quiero una jodida explicación de por qué lo ha hecho —interrumpe Harry, dirigiéndose al comisario—. Y más le vale que me resulte convincente o juro que vendré todos los jodidos días de mi vida a esta jodida comisaría hasta que abran de nuevo la jodida investigación.

Todos los que estamos alrededor miramos a Harry con los ojos abiertos de par en par, incrédulos por su atrevimiento. No obstante, el comisario suelta una risa y sacude la cabeza. Harry hace ademán de avanzar hacia él, pero le agarro a tiempo para evitarlo.

—Está bien, chico —asiente—. Hablaremos en mi despacho.

Lo seguimos hasta su despacho, una habitación sencilla y ordenada al final de un pasillo. Nos acompaña un agente más, uniformado, aunque no entiendo cuál es su misión. Quizás sea evitar que Harry se lance sobre el comisario o algo por estilo, cosa que no me extraña después de todo lo que he llegado a presenciar en su compañía.

—Así que quieres una explicación —afirma el hombre una vez que nos hemos sentado en nuestros respectivos asientos. Frunce los labios—. Bien, bien. Supongo que ya os lo habrá comentado la detective McCarthy, pero hay falta de pruebas. Y sin pruebas, chico, no hay dónde investigar, ¿entiendes?

Harry se impulsa hacia delante para responder, pero lo detengo poniéndole una mano en la rodilla.

—Nos parece algo frívolo abandonar el caso de un chico que ha sido asesinado simplemente por falta de pruebas —explico—. Para eso está la policía, ¿no? Para averiguar lo que ha pasado. Se supone que no debería rendirse, y más aún si apenas ha pasado un mes desde lo sucedido.

El comisario me mira durante varios segundos antes de soltar otra de sus carcajadas.

—Necesitabas traerte a tu novia para salvarte el culo, ¿eh? —vuelve a reír. La ira me sube hasta las mejillas. ¿Cómo puede una comisaría estar dirigida por tal capullo?

—No tenía ningún derecho a abandonar el caso de mi amigo —dice Harry entre dientes—. ¡Ninguno!

El hombre da un golpe en la mesa con ambas manos, sobresaltándome, y se levanta.

—Llevo veinticinco años en esta profesión como para aguantar que un niñato adolescente venga y me diga qué es lo que tengo y no tengo que hacer, ¿me oyes? —medio exclama. Sus ojos azules relampaguean—. Si he decidido que este caso quede cerrado, es porque soy el maldito superior de esta comisaría y puedo decidir lo que me venga en gana, así que ya puedes tragarte tus insolencias y mover el culo hasta la salida, ¿entendido?

Harry se incorpora y pega su rostro al del hombre, temblando de ira.

—Ojalá se pudra en el infierno —murmura. Aparta la silla de un manotazo, y sale disparado del despacho.

Le lanzo una última mirada llena de desprecio al hombre y salgo detrás de Harry. Lo veo a lo lejos, yendo hacia la salida, así que echo a correr. Sin embargo, la detective McCarthy me corta el paso y me veo obligada a detenerme.

—Allison, lo siento mucho —dice con tristeza—. Haría lo imposible por continuar el caso, pero ya has podido averiguar por qué no he podido hacerlo.

—Lo sé —asiento—. Gracias por todo.

Le dirijo una débil sonrisa antes de volver a echar a correr hacia la salida. La diferencia de temperatura me golpea con fuerza cuando salgo al exterior, pero la ignoro y sigo corriendo. Diviso la figura de Harry a varios metros por delante, apenas visible por la oscuridad del anochecer.

—¡Harry! —le llamo, abriéndome paso entre la gente que camina por la calle.

Lo pierdo de vista cuando gira en un callejón, pero consigo llegar a tiempo antes de que se aleje aún más. Lo detengo por el brazo.

—¡Déjame! —grita, zafándose de mi mano. Su mirada se cruza un momento con la mía, y aunque la oscuridad del callejón apenas me permite ver con claridad, me doy cuenta de que está llorando.

—Harry... —empiezo a decir, hundiendo los hombros, pero soy incapaz de seguir.

Me mira durante unos segundos antes de que su labio inferior comience a temblar y se desmorone. Se aprieta ambos ojos con las muñecas, intentando impedir que sigan fluyendo las lágrimas, pero por los sollozos que se escapan de sus labios sé que le es imposible.

—No, no, no —murmura, mientras sus hombros se contraen con fuerza—. No puede ser. Esto no puede estar pasando.

Se apoya contra un contenedor, pasándose los dedos por el pelo. No puedo evitar que un nudo se me forme en la garganta y tengo que hacer un esfuerzo por tragarme las lágrimas. Me acerco hasta él y le paso un brazo por los hombros.

—Tranquilo —le susurro, aunque enseguida me siento ridícula por ser lo único capaz de decirle.

Se aparta del contenedor y de mí.

—¿Sabes...? —Intenta regular su respiración antes de seguir hablando—. ¿Sabes lo horrible que es pensar que Logan habría confiado en mí para resolver su muerte y haberle fallado?

—No es tu culpa que hayan cerrado el caso.

—Cierto, no es mi culpa. Pero yo le pedí que fuese a esa fiesta, ¿vale? Yo se lo pedí. Y si no hubiese ido, seguiría vivo. —Se lleva una mano a la frente—. Dios mío, seguiría vivo. Él... él...

—Harry, deja de atormentarte —digo, exasperada, agarrándolo por los hombros—. Jamás habrías podido averiguar lo que iba suceder allí. Jamás. La única persona que tiene la culpa fue la que lo mató, ¿me oyes? La única, Harry.

Asiente lentamente. Cojo aire y lo abrazo. Él me rodea la cintura con los brazos y me estrecha con fuerza.

—Tengo que encontrarlo, Allison —murmura—. Tengo que averiguar sea como sea quién lo mató. Investigaré toda mi vida si hace falta, pero esto no puede quedar así. Tengo que hacerlo.

Asiento. Acomodo mi barbilla sobre su hombro y permanecemos abrazados durante varios segundos más.

—¿Allison? —me llama.

—¿Sí?

—¿Me ayudarás?

La pregunta me coge por sorpresa. No sé de qué manera piensa que lo puedo ayudar, ni de qué forma puedo ser útil en todo ello. Y aunque tengo que reconocer que me da miedo todo este asunto, no puedo decirle que no. Sé que tenemos que descubrir la verdad. Logan se lo merece.

Harry se lo merece.

Me separo de él y lo miro a los ojos, aún húmedos por las lágrimas.

—Te ayudaré, y lo encontraremos —vuelvo a asentir para reforzar mis palabras—. Te lo prometo.

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