13
Estos dos últimos días han transcurrido con cierta normalidad. Hemos vuelto a casa, pero Tyler aún está enfadado con nuestro padre, Paige sigue sin dar señales de vida y mi madre continúa en su viaje de trabajo. Respecto al resto, todo sigue igual: el sol sale por las mañanas, las personas respiran, las nubes se mueven y los pájaros cantan. El mundo a mi alrededor sigue en su habitual rutina, mientras que mi mente se ha convertido en un mar revuelto que amenaza con engullirme.
Suelto suspiro y me aparto de la ventana. Me acerco al sofá y me dejo caer al lado de mi hermano, que tiene la vista clavada en la televisión. Están retransmitiendo un absurdo programa en el que transforman a mujeres poco agraciadas en propias modelos de Victoria Secret, donde, cabe decir, hacen verdaderos milagros.
Estoy a punto de preguntarle a mi hermano si está pensado cambiar su sexualidad cuando se gira hacia mí y habla.
—Quería ir al partido de esta noche con papá, pero... bueno, ya sabes. —Asiento, indicándole que entiendo a lo que se refiere—. Y me preguntaba si...
—Quieres que yo vaya contigo —lo interrumpo, adivinando sus intenciones.
Él sonríe.
—Algo así.
Aparto la mirada de los ojos oscuros de mi hermano y la clavo de nuevo en la televisión, donde ahora la mujer está probándose diferentes conjuntos de ropa que su personal shopper le ha aconsejado.
Barajo la posibilidad de acompañar a Tyler al partido, aunque la simple idea de imaginarme rodeada de tanta gente gritando, llenándose la boca con el aceite de sus hamburguesas y derramando refrescos de coca-cola hace que me duela la cabeza.
—No sé... —es mi respuesta.
—Vamos, Ally —insiste—. Solo quiero distraerme.
Lo miro de nuevo. De pronto, recuerdo sus ojos llorosos mientras me confesaba sus sentimientos y descargaba su rabia hacia mi padre. Mi hermano es débil, y la vez es fuerte. No conozco el número de veces que habrá llorado por la misma situación, pero nunca he sido lo suficientemente atenta para darme cuenta de ello. No sé si seré una buena hermana, pero lo que sí sé es que mi hermano necesita ser feliz. Y si asistir a un simple partido de fútbol americano es capaz de conseguirlo, no pienso negárselo.
—Está bien —suspiro finalmente.
—¡Sí! —exclama, sonriendo de oreja a oreja. Se incorpora de un salto y tira de mi brazo—. Tenemos que prepararnos. El partido comienza dentro de dos horas.
Encontrar sitio en el aparcamiento del instituto se convierte en una auténtica odisea: aparte de que todo está repleto de coches, grupos de gente se han reunido alrededor de éstos para hincharse a cerveza antes del partido, obstaculizando el paso a los vehículos. Tengo que tocar varias veces el claxon para que se aparten y así poder seguir avanzando, llevándome como obsequio algunos insultos de jóvenes hasta las trancas de alcohol.
Después de varias vueltas, encuentro un sitio libre cerca de la valla, al lado de un monovolumen rojo. Aparco, y tras apagar el motor, nos bajamos del coche. Mi hermano me lanza una gorra azul de los Blue Eagles, el equipo del instituto, mientras él se coloca la suya. Me la pongo a regañadientes, ya que me ha llevado un buen rato hacer la trenza en la que llevo recogido el pelo y no me apetece despeinarme.
Llegamos al campo y subimos a las gradas, abriéndonos paso entre la gente. La mayoría son alumnos del instituto, aunque también hay quienes han venido a apoyar al otro equipo, los Wild Sharks, vestidos de color rojo. Siempre me he preguntado por qué la mayoría de los equipos tienen nombres de animales; supongo que les hace parecer más feroces y temibles ante sus contrincantes, aunque me parece una absurda estupidez.
Tyler y yo nos paramos en el pasillo y observamos la multitud, intentando buscar algunos asientos libres. Me vuelvo un momento y observo el campo, donde ya se encuentran algunos jugadores pertenecientes a ambos equipos, aunque todavía falta media hora para que empiece el partido.
Mi hermano me tira del brazo y lo miro. Veo que señala dos asientos libres que se encuentran en la mitad de la grada y comenzamos a subir las escaleras para llegar hasta ellos. En ese momento, me llega una voz que pronuncia mi nombre y me giro. Veo a Erick en el límite del campo, tras la valla de las gradas, moviendo el brazo en señal de saludo. Su cuerpo parece el doble de grande debido a la coraza que lleva bajo la camiseta azul del equipo, aunque lleva el casco quitado, colocado entre su brazo y su cadera. No puedo evitar sonreír ante su expresión llena de emoción y adrenalina.
Le pido a mi hermano que vaya subiendo él y bajo de nuevo las escaleras, dirigiéndome hacia Erick.
—Bonita gorra —me dice, divertido.
—¿Sabías que se te da mal mentir?
Él ríe y yo frunzo los labios para reprimir una sonrisa.
—Me alegra que hayas venido —admite.
—Mi hermano a veces puede llegar a ser bastante insistente —resoplo, poniendo los ojos en blanco.
—Ahora que sé que estás aquí tengo el presentimiento de que vamos a ganar.
—¿Estás insinuando que soy tu amuleto de la suerte? —pregunto.
—Algo así, sí.
Ambos reímos. En ese momento, uno de los jugadores del equipo llama a Erick, así que se despide de mí con una amplia sonrisa y se aleja corriendo. Me giro de nuevo hacia las escaleras, justo cuando alguien se interpone en medio. Me choco contra la tela rígida de una chaqueta y me aparto rápidamente, sobresaltada.
—Buh —murmura una voz grave y ronca.
Maldita sea, pienso.
Alzo la mirada y me encuentro con unos gatunos ojos verdes, que me observan divertidos. Sus finos labios rosados están curvados en una sonrisa torcida llena de socarronería, la cual tarda poco en sacarme de quicio.
Aprieto la mandíbula y empiezo a subir las escaleras, ignorando su presencia por completo. Sin embargo, no pasan ni dos segundos cuando noto que alguien tira de mi trenza, obligándome a detenerme. Me giro, furiosa.
—¿Qué demonios quieres? —pregunto, colorada de rabia.
Harry se humedece los labios, intentando reprimir la sonrisa que amenaza con dibujarse en ellos. Le cruzaría la cara de una bofetada, si no fuera porque su labio roto aún no ha terminado de cicatrizar y porque no me apetece tener que pasar otra hora de convivencia con él.
—¿Has visto a Douglas?
—No —respondo, tajante.
Se encoge de hombros.
—Vale —dice, y se marcha.
Llego hasta mi hermano, descubriendo que me ha estado observando hablar con Harry. Me lanza una mirada burlona que decido ignorar y me siento, observando el campo. Las gradas están repletas de gente, que, desde donde me encuentro, son simples tumultos de manchas azules y rojas. Ha anochecido casi por completo, así que han encendido los potentes focos, que junto al calor de todos los espectadores, ayudan a calentar un poco el frío ambiente en el que nos encontramos.
El tiempo transcurre con rapidez, así que antes de que me dé cuenta, las animadoras de ambos equipos están en el campo, realizando sus movimientos y piruetas con sus cortos vestidos ajustados. Recitan algo de lo que no me entero, dado a que todo a mi alrededor son voces y gritos.
Cuando ambos grupos de chicas desaparecen, entran en el campo los veintidós jugadores, once azules y once rojos, acompañados de los árbitros. Observo a los capitanes de cada equipo presenciar el lanzamiento de la moneda que decidirá qué equipo comenzará, y cuando se colocan unos frente a otros y comienza el partido, descubro que son los Wild Sharks quienes empiezan atacando.
La grada suelta un rugido de emoción cuando el equipo rojo patea el balón en su yarda 30 y éste sale disparado por el aire, recorriendo varios metros de distancia. Un jugador de los Blue Eagles recoge el balón y comienza a correr a gran velocidad, intentando avanzar el mayor número de yardas posibles, pero es derribado por uno de los contrincantes.
El partido continúa de forma aburrida, o más bien para mí, ya que me cuesta entender cada jugada que realizan. Observo a uno de los jugadores de los Wild Sharks correr con el balón en la mano y cruzar la zona de touchdown, provocando que la grada roja se alce en un grito de júbilo. Por su parte, la gente que me rodea suelta maldiciones y lamentos, y mi hermano resopla en señal de desagrado.
Varios minutos después, con los Wild Sharks en cabeza, los jugadores realizan un descanso, así que aprovecho para comprar algo de cenar.
Dejo a mi hermano en su asiento y bajo las gradas, seguida de varias personas más. Bordeo el campo hasta llegar a un puesto de comida rápida que han colocado cerca de la entrada y me uno a la fila de gente, que, al igual que yo, espera para comprar su cena. Cuando llega mi turno, pido un par de hamburguesas y dos refrescos, que me sirven casi al instante. Pago con un billete de cinco dólares, y tras entregarme el cambio, agarro los dos vasos y las dos hamburguesas como puedo y echo a andar de nuevo a las gradas. No obstante, la cola que se ha creado para el puesto de comida ahora es el doble de grande y obstaculiza el camino hacia las gradas, así que me veo obligada a dar media vuelta al edificio.
Mientras hago el camino de vuelta rodeando el instituto, no puedo evitar sentirme insegura. En esta zona apenas hay luces y todo está oscuro, por no decir que en cualquier momento puede aparecer alguno de los borrachos del aparcamiento y molestarme.
Sacudo la cabeza, apartando todo pensamiento inservible de mi mente. Me regaño por ver tantas series en las que matan a estudiantes en mitad de la noche y aprieto el paso, acercándome cada vez más al campo de fútbol.
En ese momento, escucho unos gritos a lo lejos. Giro sobre mí misma, intentando averiguar de dónde provienen. Entonces, me doy cuenta de que las luces del vestuario están encendidas, así que me acerco paulatinamente a éste, intentando no hacer ruido.
Conforme me voy acercando, los gritos se hacen cada vez más potentes. Y familiares. Me paro frente a la puerta del vestuario durante unos segundos antes de empujarla lentamente con el codo, ya que tengo ambas manos ocupadas. Echo un vistazo a través de la rendija abierta, y entonces, los veo.
Logan y Douglas.
Douglas tiene a su amigo contra uno de los armarios, agarrado por la camiseta. Logan intenta deshacerse de su agarre, pero la coraza de su equipación no le deja moverse con facilidad. Bajo la mirada hacia el casco tirado en el suelo, que parece haber salido rodando de su mano.
—¡Eres un hijo de puta! —grita Douglas, rojo de ira. La parte trasera de su chaqueta de cuero se tensa cuando golpea el armario con el puño—. ¡No puedo creer que me hayas hecho esto!
—Douglas, basta —responde Logan, con voz más calmada—. Tienes que entenderlo. Yo...
—¡No! ¡No quiero entender nada! —Lo estrella de nuevo contra la superficie de metal, provocando un fuerte estruendo—. ¡Tenía derecho a saberlo! ¡Me has destrozado la vida!
En ese instante, los fríos ojos de Logan se apartan de Douglas y se clavan en los míos. Me aparto rápidamente de la puerta y echo a correr, con el corazón golpeándome el pecho con fuerza.
No sé qué he presenciado, no sé qué estaba sucediendo entre Logan y Douglas. Solo sé que ha sido un error haberlo visto, y que por ello, me voy a meter en problemas.
Cuando me reúno de nuevo con Tyler, descubro que uno de los refrescos se ha derramado ligeramente debido a la carrera, así que le entrego el que se encuentra en mejor estado. El partido comienza de nuevo, aunque esta vez no presto atención y me limito a quedarme sentada, tomándome mi hamburguesa.
Por lo que me va comentando mi hermano, los Blue Eagles se han puesto las pilas y llevan varios puntos, casi alcanzando a los Wild Sharks. Sin embargo, el equipo rojo es bastante bueno y rápido, y también son más corpulentos, así que les está resultando difícil vencerlos.
Bajo la mirada hasta la primera fila, donde Harry y sus amigos no dejan de levantar los puños en el aire, animar a los Blue Eagles e insultar al equipo contrario. Douglas no está entre ellos, y por las risas que sueltan y el buen ánimo de Harry, sé que no sabe nada de lo que ha sucedido en los vestuarios.
Cuando me termino el refresco, meto el papel que envolvía a la hamburguesa en el interior del vaso y lo dejo en el suelo antes de incorporarme. Observo a los jugadores correr, mientras intento recordar el número que llevaba Logan en la camiseta. El nueve, era el nueve. Lo busco durante unos instantes y lo encuentro en mitad del campo, intentando bloquear a un jugador de los Wild Sharks. Él sigue aquí, pero Douglas ha desaparecido.
—Queda un minuto de partido —dice Tyler, nervioso y preocupado—. El otro equipo les lleva cinco puntos de ventaja, así que tienen que hacer un touchdown para así conseguir seis puntos y ganarles.
—¿Eso es muy difícil en un minuto? —pregunto.
—Se tarda poco en llegar a la zona de anotación, pero el jugador que coja el balón tiene que ser muy rápido y conseguir esquivar a los que intenten derribarlo. Es cuestión de habilidad. Y suerte.
Asiento. Vuelvo la vista al campo, donde cada equipo se ha vuelto a colocar uno frente a otro. Lanzan el balón y cae en manos del jugador número tres de los Blue Eagles, que sale corriendo a una gran velocidad. Por su forma de moverse, me doy cuenta de que se trata de Erick.
Aguanto la respiración y comienzo a ponerme nerviosa también. Nuestra grada guarda un silencio relativo, lleno de tensión. Tyler tiene los dedos índice y corazón de ambas manos cruzados y apretados contra su boca, angustiado.
No sé cómo, pero Erick consigue esquivar a todos los jugadores que intentan obstaculizarle la carrera. Quedan diez segundos restantes, y mi antiguo compañero de laboratorio está a quince metros de la línea.
—Por favor, por favor, por favor —murmura mi hermano.
Vuelvo a mirar el contador.
Cuatro segundos.
Un jugador de los Wild Sharks se interpone en su camino. Lo esquiva.
Tres segundos.
Está a cinco metros de zona de anotación. Está a punto de llegar, cuando otro jugador del equipo contrario se lanza contra él.
Dos segundos.
Pero Erick salta, y cuando cae al suelo, el balón sobrepasa la línea.
El pitido que indica el final de partido suena a la misma vez que toda la grada se alza en gritos de emoción y alegría. Mi hermano se abraza a mí y me obliga a saltar con él.
—¡Sí! —exclama—. ¡Hemos ganado, hemos ganado!
Suelto una risa, contagiándome de su felicidad. La gente comienza a dar palmas y a gritar el nombre del equipo, mientras los jugadores de los Blue Eagles se abrazan y se alzan unos a otros en volandas.
Todos siguen animando incluso después de que entreguen el premio, aunque las gradas se han ido vaciando poco a poco. Veo a Erick correr hacia nuestra parte y bajo rápidamente las escaleras para encontrarme con él.
—¡Has estado genial! —exclamo cuando llego hasta la zona baja.
—Gracias, aunque la verdad es que no sé cómo lo he hecho. —Sonríe de oreja a oreja—. Oye, vamos a ir a casa de Ethan Baker para celebrarlo, ¿te vienes?
—Oh... Me encantaría, pero tengo que cuidar de mi hermano —digo, señalando hacia donde se encuentra Tyler.
—Vaya... ¿y no puedes escaquearte?
Niego con la cabeza y su expresión se entristece.
—Lo siento.
—No importa —vuelve a sonreír—. Nos vemos el lunes, ¿vale?
—Vale —sonrío también.
Erick vuelve con su equipo. Me giro para volver a subir las escaleras, pero me doy cuenta de que Tyler ya las ha bajado y que se encuentra en el primer escalón, observándome.
—No me puedo creer que hayas rechazado irte de fiesta por tener que cuidarme mí —comenta, mientras salimos del campo de fútbol y nos dirigimos al aparcamiento.
—No me van esas cosas —respondo, encogiéndome de hombros.
Él sacude la cabeza.
—Espero que cuando tenga diecisiete no me convierta en un adolescente aburrido y asocial como tú.
Le pego un puñetazo en el hombro.
—¡Oye!
Él suelta una risa, a la que termino uniéndome yo también.
Cuando llegamos al barrio son cerca de las doce de la noche. La temperatura ha caído en picado, y ahora que nos encontramos fuera del calor humano concentrado durante el partido, no puedo evitar comenzar a temblar de forma espasmódica. Me cuesta abrir la cerradura de la puerta debido al tembleque de mis manos, así que Tyler comienza a presionarme, mientras da pequeños saltitos a mi espalda para entrar en calor.
Finalmente, logro introducir la llave y abro la puerta. Entramos rápidamente y la cierro tras mí, echando el cerrojo. Subo las escaleras y me meto en el baño para darme una ducha, a pesar del cansancio y el sueño.
El agua caliente relaja mis músculos agarrotados y me ayuda a acabar con los temblores. Varios minutos después, tengo que recordarme la hora que es para obligarme a desprenderme del calor de la ducha y salir. Me seco rápidamente con la toalla para no volver a enfriarme y me pongo el pijama, que consta de una suave camiseta oscura y unos pantalones de cuadros negros, grises y blancos.
Me deshago la trenza y salgo del cuarto de baño, más relajada. Doy las buenas noches a mi hermano y me meto en la cama, cubriéndome con el edredón hasta la barbilla. Cierro los ojos e intento dormirme, mientras escucho el débil tic-tac de mi despertador. Apenas tardo un minuto en caer en un profundo y tranquilo sueño.
❋ ❋ ❋ ❋
El estruendo de unos golpes secos me despiertan de forma sobresaltada. Miro el reloj y me doy cuenta de que son apenas las tres y media de la madrugada. Los golpes siguen, y averiguo entonces que provienen de la planta de abajo: alguien está llamando a la puerta.
Me levanto de la cama y salgo al descansillo, con el corazón latiéndome con fuerza. Tyler abre la puerta de su habitación y me mira con los ojos entrecerrados.
—¿Qué pasa? —pregunta arrastrando las palabras, adormilado.
—Quédate aquí —le ordeno, comenzando a bajar las escaleras.
Bajo cada escalón con cuidado para que no crujan. No sé quién está abajo, ni qué quiere, pero nadie normal llama en mitad de la noche, ni nadie con buenas intenciones.
Llego hasta el recibidor, donde los golpes son casi ensordecedores. Me acerco sigilosamente a la mesita colocada al lado del paragüero y agarro una pequeña y fea figurilla que compró mi madre en una tienda de antigüedades, ya que es lo suficientemente dura y pesada para golpear a alguien en la cabeza y dejarlo inconsciente.
Miro a través de la mirilla, pero no se ve nada más que oscuridad. Las rodillas comienzan a temblarme; tengo miedo. No sé qué hacer, así que hago lo primero que se me viene a la mente.
—¿Quién es? —pregunto, pero enseguida me arrepiento.
—¡Allison! —grita alguien al otro lado de la puerta, con voz temblorosa—. ¡Allison, abre!
Entonces, reconozco la voz.
Harry.
Espero unos segundos antes de decidirme a quitar el cerrojo y abrir la puerta, aún con la figura de hierro en la mano y las piernas temblorosas. Harry aparece ante mí, con la respiración agitada y una expresión totalmente descompuesta. Se ha desprendido de su chaqueta y lleva solo una camiseta de manga corta, aunque las gotas de sudor le caen por el rostro.
—¿Qué haces aquí? Dios mío, Harry. ¿Sabes que son las tres y media de la madrugada?
—Allison... —empieza a decir, entre jadeos.
Levanta la cabeza para mirarme, y entonces me doy cuenta de que lo que empapa su rostro no es sudor.
Son lágrimas.
—¿Qué ha pasado? —pregunto, atemorizada.
Deja escapar un sollozo. Le tiembla el labio inferior. Y las manos, y las piernas. Todo él es una auténtica concentración de miedo.
—Es Logan —balbucea—. Está muerto.
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