12

Examino mi rodilla rasgada, cuya piel está aún en carne viva. Aprieto la mandíbula cuando echo un poco de antiséptico sobre la herida, provocándome un lacerante escozor. El aire silba entre mis dientes cuando lo inhalo con intensidad, en un intento de reprimir un grito de dolor.

Con una mueca fastidio, bajo la pierna lentamente y me incorporo con cuidado. Hasta ayer, cuando llegué a casa, no me di cuenta de la herida que se había formado en mi rodilla derecha y de los pequeños moratones que decoraban mis piernas.

Tras cubrir la herida con una gasa estéril, me deshago de la toalla en la que estoy envuelta y me visto, introduciendo mis piernas en los vaqueros con sumo cuidado. Me coloco el jersey de punto y me desenredo el pelo, mientras observo mi rostro cansado en el espejo. Cubro mis pálidas mejillas con un poco maquillaje y salgo del baño, dirigiéndome al salón. Encuentro allí a Tyler, que me espera  ya vestido y con la mochila colgada a la espalda.

—Ya era hora —resopla.

—¿Dónde está papá? —pregunto, mirándome al espejo del recibidor mientras me coloco mi gorro de lana gris.

—Ha ido a comprar el periódico. ¿Podemos irnos ya? No quiero llegar tarde a clase por tu culpa.

Pongo los ojos en blanco.

—Está bien, vamos.

El trayecto hasta el instituto se hace eterno. Las calles están llenas de coches y pronto nos vemos introducidos en un atasco colosal. La gente no deja de tocar el claxon, lo que provoca un ambiente de tensión y gritos de indignación entre los conductores.

Miro la hora en el reloj del coche: las ocho menos dos minutos. Aprieto el volante con fuerza, sintiendo un fuerte pinchazo que me recorre el brazo derecho. Me miro la mano y observo las pequeñas heridas de mis nudillos, que aún no han cicatrizado del todo. Miro a mi hermano por el rabillo de ojo y suelto un suspiro de alivio cuando lo veo examinando el caos que nos rodea a través de la ventana, abstraído. No quiero que se entere de mi pelea con Harry, aunque tratándose de nuestro instituto, es como pedir que el sol no salga por las mañanas.

Llegamos al instituto a las ocho y nueve minutos. Tyler y yo nos bajamos del coche y corremos hacia el interior del edificio, con las mochilas golpeándonos en la espalda. Nos detenemos en el principio del pasillo, donde todo es silencio y tranquilidad. Me despido de mi hermano y ambos nos separamos para dirigirnos a nuestras respectivas clases.

Cuando llego a mi aula, veo a través de la ventana que el señor Campbell ya ha comenzado la clase de Biología y que parece muy concentrado en su explicación. Me muerdo el labio antes de llamar a la puerta. Escucho los firmes pasos del profesor al otro lado antes de que abra la puerta.

—Señorita Cooper —dice al verme, fingiendo un tono de sorpresa—. Llega tarde.

—Lo siento —murmuro. «Como si no me hubiese dado cuenta», añado para mí misma.

El señor Campbell se echa a un lado y entro rápidamente, dirigiéndome a mi sitio con cierta torpeza. Al llegar, no puedo evitar lanzar una mirada a Harry, que me observa con una ligera muestra de rencor. Su labio sigue hinchado, aunque el color rosado de la herida se ha tornado a un feo color violáceo que, desde luego, provoca que ésta llame más la atención. Me siento en la mesa y rebusco en mi mochila hasta encontrar el libro de Biología, intentando pensar en cualquier otra cosa que no sea todo lo que en estos momentos me pesa sobre los hombros.

—Señorita Cooper —me llama de nuevo el profesor.

—¿Sí?

—Quítese el gorro —me ordena.

Obedezco y me deshago de mi gorro de lana, sintiendo cómo mis mejillas se sonrojan, avergonzada. Las risitas a mi alrededor cesan y la explicación del señor Campbell retoma su curso.

Cuando suena el timbre del descanso, salgo corriendo de la clase y voy hasta la de Paige, ya que esta mañana no he tenido ocasión de comprobar si ha venido o no.  Sin embargo, una vez más, los estudiantes salen al pasillo y no hay rastro de ella. Me quedo parada en medio de la gente que camina a mi alrededor, sin importarme que esté obstaculizando el paso, porque en estos momentos mi mente solo es capaz de intentar buscar una explicación lógica a todo lo que está sucediendo.

Llego hasta el despacho de la directora Andrews y llamo a la puerta antes de entrar, mientras la secretaria me lanza rápidas miradas de desconfianza que decido ignorar. Cuando la voz firme de la señora Andrews me invita a pasar desde el otro lado de la puerta y entro, descubro que Harry ya ha llegado. Está sentando cómodamente en la misma silla que ocupó ayer, jugueteando con el dobladillo de su jersey negro.

—Allison —me saluda la directora.

—Señora Andrews —respondo.

La observo levantarse de su sillón mientras amontona varias carpetas y termina de organizar los papeles dispersos por la mesa. Saca dos folios de uno de los cajones y los examina durante unos segundos antes de dar la vuelta al escritorio y colocarse a nuestro lado. 

—Tomad —dice, mientras nos entrega los papeles.

—¿Qué es esto? —pregunta Harry, examinándolos con el ceño fruncido.

—Es un test —nos explica—. Uno tendrá que realizar cada pregunta al otro, y viceversa. Así os conoceréis mejor y descubriréis puntos en común.

—Vaya estupidez —murmura mi compañero de castigo.

La directora decide pasar por alto el comentario y nos indica con un gesto que la acompañemos. Salimos del despacho y pasamos de largo frente a la mesa de la secretaria hasta llegar al otro extremo de la sala, donde únicamente hay una puerta. La señora Andrews abre la cerradura y nos invita a pasar.

—Esta es la sala de convivencia —explica, mientras Harry se deja caer en una de las sillas de la mesa colocada en el centro; no me es difícil averiguar que ya ha estado aquí varias veces—. Estaréis aquí hasta que suene el timbre de nuevo. Hasta entonces, no podréis salir de la habitación, ¿de acuerdo?

—Vale —susurro. La directora me regala una sonrisa compresiva, y sé que entiende que encontrarme en esta situación no me agrada lo más mínimo.

—Necesito que me entreguéis los móviles —nos pide. Obedecemos y se los damos. Ella asiente—. Bien, volveré después. Procurad llevaros bien.

Y tras esbozar otra de sus sonrisas tranquilizadoras, sale de la habitación.

Me dejo caer en una de las sillas con un suspiro de resignación mientras desenvuelvo mi sándwich vegetal y le doy un mordisco. Observo la pared que tengo frente a mí, pintada con un triste color amarillento y carente de cualquier tipo de decoración, a excepción de algunas manchas de humedad. Puedo decir que es una sala de castigo de los pies a la cabeza.

—Allison Belle Cooper.

Miro a Harry con una ceja levantada.

—¿Qué? —pregunto después de tragar un trozo de sándwich.

—La primera pregunta del test es "¿cuál es tu nombre completo?", y yo he respondido por ti —me explica, esbozando una sonrisa satisfecha—. Allison Belle Cooper.

—Interesante —murmuro con indiferencia, mientras él coge un bolígrafo del lapicero y escribe la respuesta en el papel.

—Te toca —dice.

—No voy a hacerte el test.

—Es lo que ha pedido la directora.

—¿Desde cuándo haces caso a lo que te dicen?

—Buena pregunta —sonríe de forma burlona.

Pongo los ojos en blanco y doy otro mordisco a mi desayuno. Harry sigue hablándome, mientras yo me dedico a acabarme el sándwich.

—Allison —me llama Harry—. Allison, te estoy hablando.

—Y yo te estoy ignorando.

Ouch —ríe—. ¿Color favorito?

—Harry, déjame en paz —le advierto, al límite de la paciencia.

—No hasta que me preguntes algo.

Le miro durante unos instantes antes de fruncir los labios y asentir.

—Bien. —Cojo el folio y echo un vistazo por encima, concentrada—. Vale, ahí va mi pregunta: ¿por qué te gusta tanto tocar las narices?

—Uhm... —murmura Harry clavando la vista en el techo, pensativo—. Básicamente porque es lo único que sé hacer.

—Aparte de sufrir trastornos de bipolaridad —añado.

—¿Sigues empeñada en que soy un maníaco depresivo?

—Estoy totalmente segura.

Él asiente lentamente.

—¿Puedo preguntarte algo? —inquiere.

—No.

—¿Por qué siempre estás enfadada?

Aparto la mirada de mis dedos, que juguetean con el arrugado papel de aluminio que antes envolvía mi sándwich, y la clavo en Harry. Sus ojos verdes me miran fijamente, aunque no percibo ningún brillo de diversión en ellos.

—¿Por qué lo dices? —pregunto, con un tono de molestia en mi voz.

—Oh, venga —ríe sin alegría—. Me has roto el labio, y aun así me tienes aquí intentando ser amable. ¿Por qué no puedes hacer tú lo mismo?

Alzo las cejas en una expresión de asombro.

—Precisamente por eso —respondo—. Solo eres amable a veces. El resto de los días te comportas como un idiota, y nunca logro entender por qué.

Harry frunce el ceño y vuelve a asentir, analizando mis palabras.

—Y te gustaría encontrar una respuesta a ello —murmura. Parece una pregunta, aunque lo pronuncia como una afirmación.

—Sí, no estaría mal.

—Bien, pues entonces...

En ese momento, la puerta se abre y la señora Andrews aparece tras ella, con las comisuras de sus labios rosa pastel ligeramente curvadas hacia arriba.

—Ya es la hora, chicos —nos avisa. Se acerca a la mesa y observa nuestros papeles en blanco, a excepción de mi nombre escrito en el de Harry. Suelta un suspiro—. Así que no habéis hecho nada.

—Hemos estado intentando aclarar las cosas —explico, poniéndome en pie y recogiendo mis cosas.

—Hmm —asiente—. ¿Y lo habéis conseguido?

Me detengo. Miro a Harry, que sigue sentado en la silla, con la vista clavada en el borde de la mesa. Después, vuelvo a mirar a la directora y me encojo de hombros.

—No lo sé —respondo, y tras esbozar una breve sonrisa de despedida, salgo de la sala, al mismo tiempo que el timbre suena indicando el final del descanso.

La señora Andrews decide levantarnos el castigo, así que, como no tengo que quedarme limpiando el laboratorio después de las clases, salgo nada más que el reloj marca las tres de la tarde. Espero a Tyler en el interior del Jeep, mientras en la radio suena Uptown Girl, de Billy Joel. La conozco porque es la misma que ponen cada vez que salgo del instituto. La canción habla sobre un chico de clase baja que intenta conquistar a una chica de clase alta, la cual está harta de su acomodada vida. La letra no es que sea muy original, pero es pegadiza.

Estoy cantando la última estrofa de la canción cuando la puerta del copiloto se abre y mi hermano entra en el coche. Susurra un hola y cambia la emisora a una de música electrónica. Entretanto, arranco el motor y saco el Jeep del aparcamiento, con la música estridente golpeándome en los tímpanos y echando de menos la voz ochentera de mi buen amigo Billy.

Llegamos al apartamento diez minutos después, aunque buscar aparcamiento nos lleva cinco minutos más. Aún sigo sin entender cómo a mi padre le puede atraer el caos y el ruido del centro de la ciudad, cuando él siempre agradecía años atrás la tranquilidad de nuestro barrio cuando tenía que escribir sus artículos.

Saludamos a Joe, el conserje, un simpático hombre de mediana edad, y nos dirigimos a los ascensores. Tardamos apenas unos segundos en llegar a la planta y recorremos el ya habitual pasillo hasta llegar al apartamento cincuenta y seis. Saco del bolsillo la copia de la llave que mi padre me dio y abro la puerta. Nada más entrar, nos recibe un delicioso olor a estofado de carne y verduras, lo que provoca que mi estómago ruja, hambriento.

—Vaya, qué bien...

Me detengo a media frase cuando me topo con una mujer a la que no conozco de nada. Es alta, de pelo castaño y ojos oscuros. Tiene aproximadamente la misma edad que mi madre, aunque sus rasgos son más juveniles. Esboza una sonrisa cuando nos ve, aunque Tyler y yo nos limitamos a mirarla con cierta desconfianza.

Mi padre, que está ocupándose del estofado, se gira cuando nos oye llegar.

—¡Ah, hola, chicos! —exclama alegremente, apagando la vitrocerámica y dirigiéndose hacia nosotros mientras se limpia las manos con un paño.

Nos da un beso a cada uno en la frente y nos mira con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Qué tal el día?

—¿Quién es? —pregunta Tyler con cierto recelo en su voz, refiriéndose a la mujer, que nos observa tímidamente desde la cocina.

—Ah, ella es Michelle —nos explica, caminando hacia ella. La mujer nos saluda—. Es de Annapolis. Trabajamos en el mismo periódico, y ha tenido que venir para una rueda de prensa. La he invitado a comer, ¿os importa?

—No —respondo, esbozando una leve sonrisa—, claro que no.

Sin embargo, Tyler no responde.

El ambiente en la mesa es tenso. Mi padre y Michelle intentan iniciar un tema de conversación con nosotros, aunque mi hermano y yo solo somos capaces de responder con monosílabos. Sé que mi padre quiere que demos buena imagen, así que intento ser amable a cada cosa que preguntan. Además, Michelle es simpática y agradable, por lo que creo que se merece algo de atención. No obstante, la desconfianza sigue ahí, palpitando en mi pecho, y por mucho que intente ignorarla, no soy capaz de evitar mostrarla en cada palabra que sale de mi boca.

—¿Y cuánto tiempo vas a quedarte en Baltimore? —le pregunto, en un intento de parecer afable.

—Oh, pues... —Michelle mira a mi padre, y éste le devuelve la mirada—. Patrick, ¿les has...?

Él niega con la cabeza.

—¿Qué ocurre? —inquiere Tyler, suspicaz.

Mi padre suelta un suspiro y se limpia las comisuras de los labios antes de hablar. Y sé lo que va a contarnos, porque su mirada es demasiado clara y transparente.

—Veréis, chicos —empieza a decir—. Michelle y yo nos conocimos hace poco más de un mes en una rueda de prensa, y después de vernos varios días, decidimos comenzar como pareja. Se quedará en el apartamento unos días; así podréis conocerla mejor y...

Sus palabras se ven interrumpidas por un desagradable chirrido: Tyler se ha levantado bruscamente de la silla, provocando que la mesa casi vuelque. Le tiemblan las manos, las cuales decide cerrar en puños, y antes de que pueda rozarle el brazo para calmarlo siquiera, sale disparado hacia su habitación.

—Tyler, espera —le llama mi padre, haciendo ademán de incorporarse.

—No —le detengo—. Ya voy yo.

Él asiente, confuso. Me levanto y me dirijo rápidamente hacia el cuarto de Tyler, cuya puerta está cerrada. Estoy a punto de abrirla cuando pienso en que interrumpir en su habitación hará que se enfurezca más y no quiera hablar, así que golpeo un par de veces la superficie de madera blanca.

—Tyler —le llamo—. Tyler, abre.

No responde. Llamo de nuevo, sin éxito. Exhalo con fuerza y coloco la mano en el pomo de la puerta.

—Tyler, voy a entrar.

Y lo hago.

Lo encuentro sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la vista clavada en sus zapatillas de deporte. Me quedo observándolo unos instantes antes de cerrar la puerta y acercarme hasta él.

—Vete —murmura, pero no le hago caso.

Me siento a su lado, y sorprendentemente, decide aceptar mi compañía. Permanecemos durante unos minutos en silencio, observando la estantería vacía que tenemos en frente. Vuelvo a mirar a mi hermano, cuyos labios están fruncidos, aunque no sé si es debido a la ira que siente o para reprimir las ganas de llorar.

—Tyler, ¿estás bien?

—Sí —responde rápidamente, aunque su voz se quiebra en el último segundo. Sus ojos se humedecen, y sin embargo, logra mantener la compostura.

—No deberías haberte marchado así —le digo con voz tranquila; no quiero que se lo tome como una reprimenda—. Papá...

—¿Papá qué, eh? —Se gira hacia mí, y por primera vez, me mira a los ojos. Los suyos están vidriosos, llenos de enfado—. ¿No te das cuenta, Ally? Papá conoció a esa mujer hace un mes, y justo hace un mes que no se preocupa por nosotros. ¿Y sabes por qué? Porque la prefiere a ella antes que a nosotros. Prefiere pasar el tiempo pasándoselo bien con una tipa que apenas conoce antes que con sus propios hijos. Siempre ha sido así. Siempre ha estado demasiado ocupado para estar pendiente de ti y de mí.

Una lágrima le cae del ojo derecho, aunque se apresura a hacerla desaparecer. Me quedo mirándolo. No sé qué decir, porque todo lo que acaba de salir por su boca es la verdad. Nuestro padre no ha venido a vernos en todo este último mes, y si no fuera porque nos llamó un par de veces o tres en aquellas cuatro semanas, podrían haberme dicho que había muerto y habérmelo creído sin duda alguna.

—Pero él nos quiere —murmuro, aunque mi voz tiene cierto tono de incertidumbre.

—Sé que nos quiere, lo sé, pero nunca lo demuestra. —Se pasa de nuevo una mano por ambas mejillas para secárselas—. Pero es una mierda ver cómo tus amigos disfrutan yendo al fútbol con sus padres, viendo partidos por la tele o simplemente hablando con ellos, y tú no poder nunca contarles lo mismo del tuyo.

Entonces, las lágrimas se desbordan de sus ojos y sus hombros comienzan a contraerse en sollozos. Siento un nudo en la garganta y tengo que hacer un esfuerzo por no llorar, porque ver a mi hermano hacerlo duele, y más cuando sé que tiene razones de sobra.

Le paso un brazo por los hombros y lo traigo hacia mí, besándolo en la sien.

—Tranquilo —le susurro, intentando calmar sus nervios.

—Quiero ir a casa —murmura con dificultad—. No quiero estar aquí.

—Vale.

—¿Vamos a volver?

—Sí.

—¿De verdad?

—De verdad.

Eso parece tranquilizarlo. Su respiración se calma y deja de llorar. Asiente para sí mismo y me mira.

—Gracias.

Me encojo de hombros.

—Para que veas que a veces las hermanas plastas podemos ser buenas personas.

Suelta una débil risa y sonrío.

—Descansa —le digo—. Hablaré con papá e intentaré que podamos irnos antes de cenar, ¿de acuerdo?

Asiente, y tras revolverle el pelo cariñosamente, salgo de la habitación. Encuentro a mi padre en el umbral del pasillo, claramente nervioso.

—¿Cómo está? —pregunta nada más que me ve aparecer.

—Quiere irse —respondo.

Veo cómo sus ojos se hunden cuando escucha mis palabras.

—¿No quiere hablar conmigo?

Niego con la cabeza. Él asiente lentamente, y sé que se siente culpable.

—Está bien —suspira—. Avisaré a vuestra madre de que volvéis a casa.

—¿Ella lo sabe? —inquiero, refiriéndome a lo suyo con Michelle.

—Se lo comenté la semana pasada.

Asiento. Me mira, con los ojos ligeramente húmedos.

—Allison, ¿soy mal padre? —pregunta.

Frunzo los labios. No sé qué responder. Es mi padre, le quiero y sé que en el fondo desea lo mejor para nosotros. Pero también estoy dolida con él, porque podría haber hecho las cosas de otra forma. Así que me encojo de hombros.

—No eres mal padre —contesto—. Solo te falta práctica.

Suelta una risa de resignación. Me doy media vuelta y echo a andar, pero su voz me detiene.

—Allison —me llama, y me giro de nuevo hacia él.

—¿Sí?

—Os quiero.

—Lo sé —respondo. Porque, al fin y al cabo, sé que es la verdad.

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top