11
Observo la ciudad a través de la ventana de mi habitación, mientras me cepillo el pelo repetidas veces. El cielo está nublado, pero no parece que vaya a llover. De todas formas, he decidido ponerme mi chubasquero verde ceniza, ya que no termino de fiarme de la estabilidad del tiempo.
Suelto un suspiro. Dejo el cepillo sobre el tocador y salgo del cuarto. Encuentro a mi padre en el salón, sentado en la mesa. Da un sorbo a su café mientras ojea el periódico, pero nada más que me oye llegar, alza la mirada y me regala una cálida sonrisa.
—Buenos días, Ally —me saluda—. Vaya, ¿ya te has vestido?
—Hoy quiero llegar pronto al instituto —explico, mientras reviso mi mochila para asegurarme de que llevo todo lo necesario.
—Ah —asiente él—. Te prepararé el desayuno, entonces.
Sacudo la cabeza.
—No tengo hambre.
—Pero...
—Puedes llevar a Tyler al instituto, ¿verdad? —le interrumpo, colgándome la mochila a la espalda. Él asiente, confuso, y yo frunzo los labios en una sonrisa—. Bien. Nos vemos al mediodía.
Cuando llego al instituto son apenas las siete y media, así que está casi vacío, exceptuando algunos alumnos que suelen llegar temprano para estudiar en la biblioteca antes de algún examen. Siento una extraña sensación de deshabituación mientras recorro el pasillo, carente del habitual ruido ensordecedor de las voces y gritos de los estudiantes. Incluso puedo escuchar el retumbar de mis pasos cada vez que mis suelas de goma golpean el suelo.
Tengo que encender las luces y levantar las persianas cuando entro en la clase. Me siento en mi sitio y apoyo ambos codos en la mesa, pasándome una mano por el pelo. No sé para qué he venido tan temprano realmente. Quería hablar con Paige y solucionar las cosas antes de que sonara el timbre, pero ahora que lo pienso, no es buena idea. Tenía razón en una cosa, y es que soy demasiado insistente. Pero, ¿qué se supone que debo hacer entonces? ¿Cruzarme de brazos mientras veo cómo mi mejor amiga está hundida por algo que aún no he logrado averiguar?
Sacudo la cabeza como respuesta. Iré a hablar de nuevo con ella, pero si sigue enfadada o tampoco tiene ganas de contarme qué sucede, esta vez no insistiré.
Poco a poco, sin darme cuenta siquiera, la gente comienza a llegar y enseguida me veo privada de la tranquilidad y la calma que me proporcionaba mi soledad. Me incorporo y salgo de la clase. Recorro el pasillo hasta llegar al aula de Paige y echo un vistazo a través de la ventana, pero no la veo por ningún sitio. Suspiro y me apoyo de espaldas contra la pared, a la espera de mi amiga.
Sin embargo, pasan los minutos y Paige no da señales de vida. La gente ha entrado ya en sus respectivas clases y los pasillos se han quedado casi vacíos, así que decido volver, desalentada. Atravieso el umbral de la puerta a la vez que el timbre emite su característico sonido anunciando el inicio de las clases, y me dirijo a mi sitio. Descubro a Harry en el asiento de atrás, charlando con Douglas sobre algo que parece divertirles, dado a la sonrisa que ambos tienen dibujadas en el rostro.
—Hola —le saludo, sentándome en mi silla. Harry me lanza una mirada por el rabillo del ojo y la vuelve a clavar rápidamente en su amigo, ignorándome por completo. Levanto una ceja, sorprendida, y sacudo la cabeza, volviéndome hacia la pizarra.
Las tres primeras horas de clase pasan rápidamente, así que enseguida me veo de nuevo en el pasillo, rodeada de gente que se dirige a la cafetería. Cuando llego a ésta, descubro que la mesa en la que Paige y yo nos solemos sentar está vacía, así que termino dándome por vencida. Me dejo caer en una de las sillas mientras muerdo una manzana.
—¿Ally?
Me giro sobresaltada, intentando no atorarme con el trozo de manzana que estaba bajando por mi garganta. Consigo dejar de toser y alzo la mirada, encontrándome con un tímido Erick de mirada culpable.
—Ah, hola —digo, suspicazmente.
—Te dejaste tu chaqueta en mi coche —me explica, tendiéndome mi cazadora vaquera. Lo observo unos instantes antes de cogerla y dejarla sobre mi regazo.
—Gracias.
Continúo con mi manzana, intentando dejar por finalizada la conversación. No obstante, Erick permanece a mi lado, observándome en silencio. Estoy a punto de preguntarle qué quiere cuando abre la boca para hablar.
—Siento mucho lo del viernes, Ally —suelta, claramente arrepentido—. Estaba demasiado borracho y no sabía lo que hacía. Sabes que yo nunca me comporto así.
No entiendo por qué piensa que debería saberlo, ya que nuestra amistad no llega más allá de ser simples antiguos compañeros de laboratorio, pero decido limitarme a asentir.
—Espero que puedas perdonarme —murmura.
Me quedo mirándolo. No gano nada perdonándolo, pero tampoco no haciéndolo, así que me encojo de hombros y vuelvo a asentir.
—Sí, claro.
Erick esboza una amplia sonrisa, provocando que se formen pequeñas arrugas alrededor de sus ojos grisáceos.
—Gracias —suspira. Mira hacia nuestro alrededor—. ¿Estás sola?
—Hmm —afirmo, masticando.
—¿Puedo... sentarme?
Vuelvo a clavar los ojos en él. Después, instintivamente, dirijo la mirada hacia Harry, que está sentado varios metros a mi derecha. Está ligeramente apoyado sobre la mesa, hablando con Logan. Entonces, me lanza una mirada y yo aparto la vista rápidamente.
—Supongo.
Erick se apresura a sentarse a mi lado. Durante el resto del descanso, me habla sobre el partido que jugará el viernes junto al equipo de nuestro instituto, los Blue Eagles, y me pregunta si iré a verle jugar. No tengo ni el más mínimo interés, ya que el fútbol americano está fuera de mis intereses, pero decido dejarlo en un "me lo pensaré".
Tras sonar el timbre me dirijo a los vestuarios, ya que tenemos clase de gimnasia. Me cambio de ropa y me pongo el chándal azul del instituto, cuya sudadera y pantalones me quedan ligeramente grandes. Me recojo el pelo en una cola de caballo, y tras asegurarme de que mis cordones están bien abrochados, salgo de la sala junto al resto de las chicas.
El señor Pettyfer nos reúne a todos en el exterior, justo en el centro del campo de fútbol. Hace frío, así que pronto los alumnos comienzan a quejarse. Sin embargo, el profesor calla todas las voces con su silbato y levanta una mano.
—¡Silencio! —exclama—. Hoy quiero que deis cinco vueltas al campo. Quien se pare tendrá un punto menos en la nota final. ¡Vamos!
Todos echamos a correr, entre quejas y lamentos. Aunque al principio me cuesta mantener el ritmo, pronto mis piernas y mis pulmones comienzan a adaptarse al movimiento, agradeciendo el ejercicio que llevaba tiempo sin practicar.
Conforme pasa el tiempo, la gente comienza a quedarse atrás, exhaustos, por lo que me quedo con cuatro chicos que están en el equipo de fútbol y dos chicas más que también parecen estar en forma. Mi cuerpo también comienza a dar síntomas de agotamiento, pero solo me quedan dos vueltas más para acabar, así que intento reunir las fuerzas que me quedan y repartirlas adecuadamente.
Observo que Harry y Douglas se han sentado en uno de los banquillos y que intentan recuperar la respiración, extenuados. El señor Pettyfer se acerca para regañarles, pero cuando ve que otros de sus alumnos también se dejan caer en el suelo, incapaces de seguir, decide resignarse.
Harry me mira y me dirige una sonrisa burlona, mientras su pecho sube y baja con una rapidez considerable.
—¡Vamos, remilgada! —exclama cuando paso de largo por su lado.
Aprieto la mandíbula y sigo corriendo. Los pulmones comienzan a arderme y siento cómo el aire frío se cuela por mi garganta, arañándola. Necesito disminuir la velocidad, pero si lo hago, perderé el ritmo y me cansaré aún más.
—¡Una vuelta más! —nos anima orgulloso el señor Pettyfer cuando cruzamos la línea de salida.
Las dos chicas ya no me acompañan, por lo que supongo que no habrán podido continuar. Solo quedamos dos chicos y yo, que corremos a la misma altura. El resto de la clase nos observa con atención, apostando quién de los tres llegará primero, a pesar de que esto no es ninguna competición.
Intento aumentar la velocidad, aunque mis compañeros son muy rápidos. Giramos una curva que me proporciona algo de ventaja y avanzo un par de metros más que ellos. Escucho cómo las chicas gritan mi nombre, mientras que los chicos vociferan los de los dos que van a mis espaldas.
Vale, quizás esto sí que sea una competición.
Diviso al señor Pettyfer a unos veinte metros y siento una enorme sensación de alivio. Me duelen las piernas y el corazón me late a mil por hora, gritándome que me detenga, que es suficiente. No obstante, me muerdo el labio con fuerza y me obligo a aguantar.
Diez metros. Estoy a punto de llegar.
En ese momento, tropiezo con algo y caigo de bruces contra el suelo. Mi cuerpo sale rodando por el césped debido a la velocidad a la que corría y ahogo un grito de dolor cuando noto un fuerte pinchazo en la rodilla. Las risas estallan a mi alrededor mientras un rubor se extiende por mis mejillas, e intento incorporarme, dolorida.
Alzo la mirada y encuentro a Harry de pie doblado sobre sí mismo, desternillándose de risa. Escucho un choque de manos entre él y su amigo, y entonces lo comprendo todo; Harry me ha puesto una zancadilla cuando he pasado por su lado, y he tropezado con su pierna.
La rabia me crece por dentro, así que me dirijo hacia él a grandes zancadas. Antes de que pueda mirarme siquiera, mi puño conecta con su mandíbula.
Y las risas cesan.
—¡Eres un gilipollas! —grito, roja de ira. Siento un calambre en mi mano derecha y bajo la vista hacia ella, descubriendo que mis nudillos están llenos de sangre.
—¡Serás zorra! —Douglas hace ademán de lanzarse contra mí, pero Harry lo detiene con un brazo.
—Tranquilo —gruñe, apartándose la mano de la boca.
Cuando lo hace, me doy cuenta de que la sangre de mis nudillos no es mía, sino del labio roto de Harry. Me lanza una mirada que no sé interpretar, mientras mi respiración y mis latidos suenan a un ritmo descompasado.
—¿Qué está sucediendo aquí? —exclama el señor Pettyfer, llegando hasta nosotros.
Se para en seco cuando ve el labio de Harry y nos mira a ambos durante unos instantes. Finalmente, su mirada se posa en mí y abre mucho los ojos.
—¿Allison? —murmura, incrédulo—. ¿Has sido tú?
No respondo. Estoy tan cabreada que no me atrevo a realizar ningún movimiento, ya que en este momento he perdido mi autocontrol por completo.
—Allison —me vuelve a llamar el profesor, esta vez con un tono exigente.
—Sí, ha sido esa hija de... —empieza a decir Douglas, pero Harry lo hace callar de nuevo con una mirada.
—No me lo puedo creer —ríe sorprendido el señor Pettyfer. Después, nos mira a los dos con una furia considerable—. ¿Me vais a contar qué ha sucedido?
Ninguno de los dos hablamos.
—Genial. —Se cruza de brazos—. Al despacho de la directora —ordena entre dientes, con un movimiento de mentón—. ¡Vamos!
Aprieto los puños y echo a andar hacia el edificio, con Harry pisándome los talones. Nadie habla, nadie realiza ni el más insignificante movimiento mientras nos alejamos del campo. Las lágrimas de rabia amenazan con inundar mis ojos, pero me las trago como puedo. He hecho lo que tenía que hacer, y no me arrepiento ni lo más mínimo.
Cuando la directora, la señora Andrews, me ve entrar en su despacho acompañada de Harry, es incapaz de disimular la sorpresa. Debe de haber sido informada de lo sucedido, pero supongo que hasta ahora, ha debido resultarle difícil de creer que yo estuviese implicada. Nunca he pisado este lugar excepto para recibir su felicitación por mis buenas calificaciones, así que el hecho de que ahora esté aquí por haberle roto el labio a un chico debe de resultarle fuera de lugar.
—Sentaos —nos pide, intentando recuperar la compostura.
Ambos obedecemos y ocupamos cada una de las dos sillas que están frente a la mesa. La directora apila unos cuantos de papeles que están desordenados antes de apartarse las gafas del rostro y alzar la vista de nuevo hacia nosotros.
—Así que una pelea —murmura, asintiendo para sí misma—. ¿Quién ha empezado?
Clava sus ojos castaños en mí, esperando a que hable. Quizás porque piensa que soy la más sensata de los dos, pero en este momento, no puedo articular palabra.
—¿Allison? —insiste. Bajo la mirada, incapaz de sostenérsela ni un segundo más.
—He empezado yo —habla entonces Harry, con cierta dificultad debido a su labio hinchado.
La señora Andrews gira la cabeza hacia él. No parece sorprendida; supongo que era lo que esperaba escuchar.
—¿Por qué? —pregunta.
Él se encoge de hombros.
—Me aburría —responde.
Abro mucho los ojos y lo miro, atónita.
—¿Te aburrías? —repito. Él asiente y esboza una sonrisa socarrona, aunque su expresión termina frunciéndose en una mueca de dolor—. ¿Y no podías pagar tu aburrimiento de otra manera?
—Allison —me avisa la directora, lanzándome una mirada de advertencia, y guardo silencio. Mira de nuevo a Harry—. Le has puesto una zancadilla a tu compañera simplemente porque estabas aburrido. ¿Te parece algo propio de un joven de diecisiete años?
—Échele las culpas al señor Pettyfer. Sus clases son un tostón.
El rostro de la señora Andrews no parece alterarse. Es más, es como si estuviese acostumbrada a lidiar con situaciones como estas y jóvenes como Harry todos los días.
—Te pido que te tomes esta charla en serio, Harry —dice con tranquilidad—. Tiene que haber una razón más aparte de tu aburrimiento para haberte comportado así. ¿Me la puedes explicar?
Él pone los ojos en blanco.
—No la hay.
—Esto es increíble —río nerviosa, hundiéndome en el asiento.
—Oh, vamos —sonríe él—. Admite que te ha gustado. Se nota que estás loquita por mí, miss América.
—¿Qué? —exclamo—. ¿Estás de coña?
—Basta —nos detiene la directora. Esta vez puedo apreciar un tono de molestia en su voz—. Harry, incitar una pelea o discusión está totalmente prohibido en el centro, y más aún si la señorita Cooper no le había hecho nada con anterioridad. Y Allison —añade, dirigiéndose hacia mí—, su reacción ha sido desacertada, y también es quebrantar las normas. Entiendo su enfado, pero debería haberse controlado.
—Lo sé —admito, a pesar de que sigo pensando que se lo tenía merecido.
—Así que, como ambos os habéis comportado de una forma que no está permitida en el centro, siento deciros que debéis cumplir un castigo. Mañana, durante el descanso, vendréis a mi despacho y ambos tendréis que pasar una hora de convivencia, además de limpiar el laboratorio tras la clase de Química, ¿de acuerdo?
Ambos asentimos en silencio, aunque la simple idea de pasar una hora entera junto a Harry me produce náuseas. Sin embargo, no tengo más opciones.
—Podéis iros —nos avisa.
Nada más que pronuncia las palabras, me levanto rápidamente de la silla y salgo disparada del despacho. Recorro el pasillo furiosa y empujo la puerta que da al exterior con fuerza, sintiendo cómo el aire gélido me golpea las mejillas.
—¡Allison! —me llama Harry a lo lejos, corriendo hacia mí.
Lo ignoro, ya que lo último que quiero en este momento es volver a mirarlo a los ojos. Quién sabe si mi puño va a volver a actuar por su cuenta.
—¡Allison!
Harry llega hasta mí y me agarra por el brazo.
—¡Suéltame! —grito, zafándome de su agarre con un movimiento brusco.
—Allison, espera.
—¡No! —exclamo, girándome hacia él violentamente—. ¡Estoy hasta las narices de ti! ¡No sabes hacer nada bien!
—Oh, vamos, no exageres —resopla, poniendo los ojos en blanco.
—¿Que no exagere? —repito, incrédula, mirándolo con los párpados entrecerrados—. ¿De qué vas, Harry? Primero no dejas de incordiarme a cada segundo, después te interesas por mí y me tratas de forma aceptable, y ahora vienes y te comportas como un auténtico gilipollas. ¿Por qué? ¿Porque no te besé?
El rostro de Harry se tensa y sus ojos parecen lanzar llamas.
—¿De qué hablas? —murmura ente dientes.
Cierro los ojos y descarto lo que acabo de decir con un movimiento de mano.
—El viernes tuviste una oportunidad, Harry, ¿acaso no te das cuenta? Y lo has echado todo a perder.
—Si piensas que fue una oportunidad, es porque reconoces que en aquel entonces tuviste un momento de debilidad —dice, esbozando una media sonrisa.
Sacudo la cabeza, mirándolo con desprecio.
—La maldita oportunidad de llevarnos bien, Harry —digo con desdén—. No vayas más allá de eso.
No responde. Se limita a observarme con una expresión impenetrable, como si estuviese batallando algo en su mente. Suelto una exhalación. Lo miro de arriba a abajo, desconcertada, y echo a andar de nuevo, dando por finalizada la discusión.
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