10

Abro los ojos lentamente, como alguien que llevara dormido años y volviese a despertar de nuevo. Mi habitación está a oscuras, aunque algunos rayos de luz se cuelan por los orificios de la persiana, permitiéndome diferenciar los muebles de la estancia.

Me incorporo ligeramente sobre los codos y pestañeo varias veces, intentando librarme del incómodo sopor que se ha apoderado de mi cuerpo. Me deshago de la sábana que me cubre de cintura para abajo y me pongo de pie.

Abro la puerta y me dirijo hacia el cuarto de baño, pero una voz procedente de la planta baja me llama la atención. Me quedo parada en el inicio de las escaleras e intento escuchar alguna palabra, pero desde esta distancia apenas puedo distinguir unos cuantos susurros.

Bajo los escalones paulatinamente, intentando hacer el menor ruido posible. Las voces vienen del salón, así que me acerco a éste y me asomo sigilosamente por la puerta.

El corazón comienza a latirme más rápidamente cuando reconozco la figura que está hablando de espaldas con mi madre. Un hombre alto, de pelo castaño y espalda ancha.

—Papá... 

Se gira hacia mí. Su expresión calmada se torna a una mueca de sorpresa y sus ojos azules se iluminan con un brillo de emoción.

—¡Ally! —Se acerca y me abraza, estrechándome contra su pecho.

Quiero devolverle el abrazo. Quiero porque es mi padre, porque le he echado demasiado de menos. Sin embargo, no soy capaz de hacerlo, así que me quedo con los brazos sobre los costados, pegada a su jersey.

—¿Qué haces aquí? —pregunto en apenas en un murmuro, separándome de él disimuladamente. Miro a mi hermano, que está sentado en el sofá; su expresión es similar a la que debo de tener yo en estos momentos.

—Vuestra madre tiene que ir de viaje por asuntos de negocios —me explica—, así que hemos quedado en que os vendréis conmigo.

Miro a mi madre.

—Pero...

—Serán solo unos días —me sonríe ella, a sabiendas de cuáles son mis pensamientos.

Miro a mi padre. Quería verle, quería estar con él. ¿Por qué ahora sería la última decisión que tomaría?

—¿Por qué no vais haciendo las maletas?

Asiento, aunque no estoy conforme en absoluto. Salgo del salón y subo las escaleras, con Tyler pisándome los talones.

Hago las maletas con parsimonia, abstraída en mis pensamientos. Siempre que mi madre ha tenido que ir de viaje, nos ha dejado a mi hermano y a mí solos en casa. ¿Qué le ha hecho cambiar esta vez de opinión? ¿Ha dejado de confiar en mí acaso?

Suspiro, mientras guardo un par de pantalones en la maleta.

—¿Necesitas ayuda?

Me giro hacia la puerta. Mi madre está de pie bajo el umbral, con los brazos cruzados sobre su rebeca rosa pálido. Me mira con un brillo de culpa, como si supiera que marcharme con mi padre no está dentro de mi lista de deseos.

—No hace falta, gracias —respondo, apartando la mirada. Sin embargo, se acerca y comienza a doblar las camisetas a mi lado, así que dejo que me ayude.

 Hacemos la maleta en silencio. Termino de guardar un par de zapatos y cierro la cremallera, mientras mi madre estira mi cama.

—No quiero que estés molesta conmigo —comenta, sacudiendo la sábanas.

—No estoy molesta —respondo, aunque mi tono de voz dice todo lo contrario. Mi madre me lanza una mirada y yo suspiro, resignada—. No entiendo por qué nos mandas con papá.

—Creía que tenías ganas de verle.

—Sí, pero... —Sacudo la cabeza, incapaz de encontrar las palabras para explicar los pensamientos que en este momento embarullan mi mente. Mi madre deja escapar el aire sonoramente y se acerca a mí.

—Lo sé —murmura, escondiendo un mechón de pelo tras mi oreja—. Pero vuestro padre también quiere pasar el tiempo con vosotros.

—Pues no lo parece —refunfuño, poniendo los ojos en blanco.

—Allison...

—Vale.

Termino de recoger mis cosas, y tras echar un último vistazo a mi habitación para asegurarme de que no me olvido nada, salgo. Mi padre me espera en el recibidor, junto a Tyler. Observo cómo mi hermano se aferra al asa de su maleta, provocando que los nudillos de su mano se tornen blancos. Parece enfadado, aunque no lo culpo.

Me despido de mi madre y salimos de la casa a duras penas. Diviso el Land Rover oscuro de mi padre frente a la puerta, y aunque me resulta tentador sentarme sobre la tapicería de cuero del todoterreno, termino desviándome hacia mi Jeep, arrastrando la maleta tras mí.

—¿Allison?

Me giro hacia mi padre.

—¿Sí?

—No hace falta que te lleves tu coche. Tengo las mañanas libres, así que podré llevaros y recogeros de instituto —sonríe.

—Prefiero llevármelo —respondo. Mi voz suena bastante seca, así que intento parecer más amable—. Por si salgo con mis amigos —añado, esbozando una leve sonrisa.

Él asiente sin decir nada. Lo pierdo de vista junto a mi hermano cuando se meten en el coche, así que me apresuro a meter las maletas en el maletero e introducirme en el Jeep.

No hay demasiado tráfico, por lo que llegamos pronto al apartamento. Mi padre entra en el garaje del edificio, así que yo me dedico a buscar aparcamiento por los alrededores. Encuentro uno cerca. Aparco, salgo del coche y saco mi maleta. Enseguida, me siento mareada por el ruido de los coches que circulan por las calles del centro urbano y las voces de la muchedumbre que ocupan las aceras.

Cuando llego al edificio, no puedo evitar alzar la mirada, mientras una sensación de vértigo me recorre de los pies a la cabeza. Mi padre vive en un rascacielos. Y odio los rascacielos.

Suspiro y entro. Encuentro a Tyler y a mi padre en el vestíbulo, esperándome. Este último sonríe al verme llegar y me pasa un brazo por los hombros, mientras nos dirigimos al ascensor.

Apenas tardamos unos segundos en subir a la decimosexta planta. Cuando se abren las puertas metálicas, un largo pasillo se extiende frente a nosotros. Lo recorremos en silencio, con el único ruido de las ruedas de las maletas deslizándose por el suelo de mármol. Nos paramos frente a una de las puertas, en cuya superficie cuelga un letrero con el número "56". Mi padre abre la cerradura y se echa a un lado para dejarnos pasar. 

El familiar olor a ropa planchada, café y tinta me envuelve nada más que pongo un pie en el apartamento. Me quedo parada a unos metros del umbral, observando la estancia. Mi padre ha cambiado la distribución de los muebles, por lo que todo es distinto a lo que recordaba. Sin embargo, la decoración sigue siendo igual de moderna, luminosa y espléndida. Una cristalera ocupa íntegramente la pared que está frente a mí, a través de la cual se puede observar todo Baltimore desde una altura considerable. Lo único que merece la pena de vivir en un rascacielos son las vistas, pienso.

Miro a Tyler, que está igual de embobado que yo. Mi padre antes vivía en un edificio a las afueras, pero cuando entró en uno de los periódicos más prodigiosos de Maryland y comenzó a ganar bastante dinero, decidió mudarse aquí. Hemos estado un par de veces, pero aún seguimos asombrándonos cada vez que venimos.

—Estás asquerosamente forrado —susurra mi hermano, dirigiéndose a mi padre. 

Él suelta una carcajada mientras coloca una mano en mi hombro y otra en el de Tyler.

—He hecho algunas reformas este último mes. Ha merecido la pena, ¿verdad? —Se aparta de nosotros y se dirige a la cocina, que está integrada en el salón—. Voy a prepararos un brunch. Mientras, podéis ir deshaciendo vuestras maletas.

Le doy un pequeño empujón a mi hermano para hacerle reaccionar y nos dirigimos cada uno a nuestras respectivas habitaciones. La mía es grande, blanca, igual que el resto del apartamento. Tiene una cama doble en el centro, cuya colcha está cuidadosamente planchada y estirada. Decido dejar la maleta en el suelo para no arrugarla y comienzo a sacar las cosas. El armario es grande, así que tengo suficiente espacio para colocar  toda la ropa que he traído. 

No tardo mucho en deshacer mi equipaje, así que cuando termino, me quedo sin nada que hacer. Me siento en la cama, provocando que el mullido colchón se hunda bajo mi peso, y saco el móvil del bolsillo. 

Ayer, cuando regresé a casa por la noche, le mandé varios mensajes a Paige, pero no ha respondido a ninguno de ellos. Estoy preocupada, ya que nunca me ha ignorado de esta forma. La idea de que algo le haya sucedido me viene a la mente, pero enseguida la descarto; si fuese así, sus padres ya me habrían avisado. 

Suelto un suspiro y lanzo al móvil hacia mi izquierda. Me echo hacia atrás hasta quedarme tumbada boca arriba en el colchón, con las manos entrelazadas sobre mi estómago. Le doy vueltas a la cabeza. Debería ir a hablar con Paige en persona, ya que parece haber olvidado cómo funciona un móvil. Así que esta tarde cogeré mi Jeep y me dirigiré a su casa, dispuesta a solucionar lo que sea que no esté bien entre nosotras. 

Cuando mi padre nos llama para comer, encuentro la mesa repleta de comida: huevos estrellados con bacon, tortitas, zumo, café, fruta y quiches. No consigo entender cómo vamos a zamparnos todo entre los tres, pero aun así, nos sentamos en la mesa y comenzamos a comer.

Mientras devoramos los apetitosos platos que mi padre ha preparado, charlamos alegremente sobre temas triviales, como si toda la reticencia que mi hermano y yo sentíamos hacia él esta mañana hubiese desaparecido por completo. 

Cuando nos vemos incapaz de dar un bocado más, atiborrados por completo, ayudo a mi padre a recoger la mesa y a meter lo ensuciado en el lavavajillas, mientras Tyler nos asegura una y otra vez que como vuelva a ver algo de comida, devolverá hasta el último trozo. 

—¿Puedo ir a casa de Paige esta tarde? —pregunto, apoyándome en el borde de la encimera.

—¿Paige?

—Paige Crawford. Mi mejor amiga, papá —murmuro, sorprendida y molesta a la vez de que no la recuerde.

—Ah, sí, sí —afirma con la cabeza—. Bueno, no veo ningún problema en que vayas.

Frunzo los labios y asiento, impulsándome para incorporarme y dirigiéndome hacia mi habitación.

—Increíble —susurro para mí misma. Mi hermano me lanza una mirada desde el sofá y levanta las cejas, igual de atónito que yo.

A las cinco, tras haber descansado un rato, comienzo a vestirme. Elijo unos vaqueros ajustados y una sudadera gruesa, ya que parece que el frío ha venido para quedarse definitivamente. Cojo el móvil y las llaves del coche, y me despido de mi padre y Tyler. 

El edificio donde Paige vive no está demasiado lejos del centro de la ciudad, así que llego en escasos diez minutos. Aparco cerca de la entrada y me bajo del coche, sintiendo cómo el frío aire me golpea la cara. Me estremezco e introduzco las manos en los bolsillos de la sudadera, echando a andar.

Cuando entro en el interior del edificio, me acerco a la mesa del conserje, un hombre de edad avanzada, flacucho y de rostro arrugado. Sus pequeños ojos se esconden tras unas gafas redondas, colocadas demasiado bajas para ver correctamente, pienso. 

—Hola —saludo, esbozando una leve sonrisa—. Vengo a ver a Paige Crawford.

El hombre suelta un gruñido, y sin alzar la vista para mirarme siquiera, comienza a buscar el nombre de mi amiga entre la lista de las personas que viven en el edificio. Con otro gruñido, se levanta de su asiento y da la vuelta al mostrador, arrastrando los pies. Saca un manojo de llaves del bolsillo, elige una alargada y abre la puerta.

—Gracias —musito, atravesando el umbral.

El conserje vuelve a cerrar la puerta y me quedo sola en el segundo recibidor, de pequeño tamaño. Es un edificio sin ascensor, así que comienzo a subir las escaleras. Al principio lo hago rápidamente, casi corriendo, pero cuando voy por la tercera planta, el pecho comienza a dolerme. Hace tiempo que no salgo a correr, así que estoy en baja forma física. Me apunto dar una carrera en mi agenda mental uno de estos días.

Me dirijo a la puerta más cercana a las escaleras y llamo al timbre. Aguardo de pie sobre un felpudo que me da la bienvenida, mientras me golpeo el codo con la mano repetidas veces, impaciente. Entonces, escucho unos pasos al otro lado y el ruido de un cerrojo al abrirse. Tras la puerta aparece el pálido rostro de mi amiga, cuyos ojos oscuros me miran con una mezcla de sorpresa y aprensión.

—Ally —murmura, con apenas un hilo de voz.

—Hola, Paige —sonrío—. Espero no venir en mal momento. ¿Puedo pasar?

Mi amiga frunce los labios.

—No creo que sea buena idea —comenta, apartando la mirada.

Arrugo el entrecejo. 

—¿Por qué lo dices?

—No me encuentro demasiado bien —responde, aunque su voz esconde un tono evasivo—. Llámame después por teléfono y hablamos, ¿vale?

Empuja la puerta, pero introduzco el pie y consigo evitar que la cierre.

—El problema es que llevas desde ayer sin responder a mis llamadas y mensajes —le reprocho, molesta. 

—Ally... —comienza a decir, cerrando los ojos en señal de cansancio.

—Lo siento, Paige, pero tenemos que hablar.

Mi amiga me mira durante unos instantes, decidiendo quizás si dejarme entrar o cerrarme de nuevo la puerta en las narices. Entonces, se echa hacia un lado y señala el interior con una mano.

—Pasa.

La sigo hasta el salón, iluminado por la clara luz que entra a través de la ventana. No hay ruido ninguno, así que supongo que sus padres y su abuela están fuera. Paige apaga la televisión y se gira para mirarme.

—¿Y bien? —pregunta.

—Quiero que me cuentes qué demonios te sucede últimamente —digo, cruzándome de brazos.

—Ally, no me pasa na...

— No —la interrumpo—. No me digas que no te pasa nada, porque sé que no es así. Paige, te conozco desde que teníamos diez años, y sé perfectamente con solo mirarte cómo te sientes. Así que no intentes hacerme creer que te encuentras de maravilla, porque estoy completamente segura de que te sucede algo que no me quieres contar.

—¿Ves? —medio exclama, gesticulando con las manos—. Por eso te he dicho que no me apetece hablar, porque sabía que ibas a obligarme a contarte lo que me sucede.

—Acabas de admitir que te ocurre algo. 

Paige suelta un largo gruñido mientras se lleva las manos a la cabeza, perdiendo la paciencia. Contengo la respiración; nunca la había visto perder los nervios de esta manera.

—Ally, basta —dice entre dientes—. Que seamos amigas no significa que tenga que contarte cada cosa que pienso, hago y siento, ¿de acuerdo?

—Paige, maldita sea, ¿es que no te das cuenta? ¡Mírate! Estás hecha polvo, ¿y quieres que no me preocupe? 

—Exacto.

Sacudo la cabeza, incrédula.

—¿Qué diablos te pasa conmigo? —suelto, atónita—. Unos días estás bien, y otros apenas me diriges la palabra. Por no mencionar que ayer me dejaste plantada en la fiesta. 

—Fuiste con Erick —me recuerda.

—¿Y qué? ¡Quería estar con mi mejor amiga! ¿Ni siquiera me vas a contar por qué no fuiste?

Paige aparta la mirada, rodeándose el torso con los brazos.

—Esto es increíble. —Dejo escapar una risa nerviosa.

—Deberías irte —susurra, aún con la vista clavada en el suelo. 

—¿Qué?

De nuevo, ninguna respuesta acude a mi pregunta.

—Bien —asiento, apretando la mandíbula—. Como quieras.

Me doy media vuelta y me dirijo a la puerta con grandes zancadas, furiosa. Cierro tras mí y bajo las escaleras rápidamente, notando un fuerte escozor en los ojos. Atravieso el umbral de la puerta y paso de largo frente al conserje, que, una vez más, no se molesta en mirarme. Salgo al exterior y me acerco al coche, que se ha quedado solo en el aparcamiento. Entro en el interior y me dejo caer en el asiento, apenas sin fuerzas.

El labio inferior comienza a temblarme y me lo muerdo, pero aun así, no consigo reprimir las lágrimas, que comienzan a empaparme las mejillas. Estallo en sollozos, con la vista clavada en el volante. Le pego un puñetazo, haciéndome daño, y después apoyo la frente contra él, desalentada. 

He venido con demasiadas preguntas, y me voy sin ninguna respuesta. No sé qué le sucede a Paige, no sé qué ocurre para que su ánimo se encuentre a ras de suelo. Solo sé que no debería haber venido, y que si me he llevado algo, ha sido una fuerte y lacerante decepción. 

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