Capítulo 3

Cuando por fin llegué a casa, todo estaba en silencio. Mi madre ya dormía, o al menos eso parecía por la luz apagada en el pasillo. Caminé despacio, como si no quisiera romper la quietud de la noche, y entré a mi cuarto cerrando la puerta con cuidado.

El cuarto olía a mí: a libros, a ropa limpia, a un poco de polvo en los rincones que siempre prometía limpiar “mañana”. Dejé la mochila en el piso, donde siempre terminaba, y me dejé caer sobre la cama sin siquiera quitarme los tenis. El colchón hundido me recibió como si supiera exactamente cuánto me dolían los pies.

Me quedé mirando el techo un rato, escuchando mi propia respiración mezclarse con la música que aún sonaba en mis audífonos. Era una canción tranquila, de esas que parecen hechas para las noches largas. La luz tenue del poste afuera entraba por la ventana y dibujaba líneas amarillas sobre las paredes, como si la ciudad todavía quisiera acompañarme un poco más.

Saqué el teléfono y abrí las fotos que Paty y yo nos habíamos tomado. Las vi una por una: nuestras caras cansadas, nuestras risas, el flash quemando un poco los bordes. Había algo en esas imágenes que me apretó el pecho, una mezcla de nostalgia anticipada y cariño. Como si supiera que esos momentos, tan simples, tan rutinarios, iban a significar más de lo que imaginaba cuando todo cambiara.

Suspiré y dejé el teléfono a un lado. Me quité los audífonos y el silencio llenó el cuarto de golpe, pero no era un silencio vacío. Era un silencio que me dejaba pensar, que me dejaba sentir el peso del día y, al mismo tiempo, la ligereza de haberlo vivido.

Me incorporé un poco y miré mis cuadernos apilados en el escritorio. La prepa. Los últimos meses. El final acercándose sin prisa pero sin detenerse. Sentí un nudo pequeño en la garganta, no de miedo exactamente, sino de esa sensación rara que aparece cuando sabes que algo está por terminar y todavía no entiendes qué significa.

Me acosté de lado, abrazando la almohada, dejando que el frío de la noche entrara por la ventana entreabierta. Afuera, un coche pasó lento, su motor vibrando como un recordatorio de que el mundo seguía moviéndose aunque yo estuviera quieto.

Cerré los ojos.

Y en ese instante, en la oscuridad tranquila de mi cuarto, pensé que tal vez Enero era eso: un espacio entre lo que fui y lo que voy a ser. Un mes que no exige respuestas, solo honestidad. Un mes que me deja sentir todo sin juzgarme.

Un mes que, por primera vez, me hacía escucharme de verdad.

A la mañana siguiente me desperté sin ganas de moverme. El cuarto estaba tibio por el sol que entraba a medias por la cortina, y yo seguía acostado boca arriba, con el teléfono sostenido sobre mi pecho. Abrí las redes sociales casi por inercia, como si mis dedos supieran el camino antes que mi cabeza.

Memes, videos cortos, noticias que no quería leer, publicaciones de gente que no veía desde hacía años. Todo pasaba frente a mis ojos sin que realmente lo procesara. Solo deslizaba la pantalla, una y otra vez, perdiendo el tiempo que ya no tenía. Sabía que si me quedaba un rato más así, se me haría tarde para la trabajo… otra vez. Pero aun así no me moví.

El silencio del cuarto era cómodo, casi demasiado. El ventilador hacía un ruido suave, constante, y yo sentía el peso de las cobijas sobre mis piernas como si me estuvieran diciendo que no me levantara todavía.

Deslicé la pantalla una vez más.

Y ahí estaba.

Ese anuncio que ya había visto mil veces, pero que siempre parecía aparecer justo cuando menos lo quería.

Denis, encuentra amigos y el amor en tu zona.”

Rodé los ojos, pero no pude evitar que una pequeña punzada me atravesara el pecho. Suspire, largo, como si ese aire cargara recuerdos que no había pedido.

Las experiencias pasadas se me vinieron encima de golpe. Algunas malas, demasiado malas, de esas que todavía me hacían tensar la mandíbula cuando las recordaba. Ya sabía a quién me refería. A esa persona que había entrado a mi vida como si fuera algo bueno y había salido dejando un hueco que tardé meses en entender.

Pero también… también había habido cosas buenas.

Personas buenas.

Y entre ellas, alguien en particular. Un nombre que no dije en voz alta, pero que mi mente pronunció con una claridad incómoda. Ese alguien que había aparecido sin buscarlo, que había sido diferente desde el principio. Que no había querido nada raro, nada escondido, nada que me hiciera sentir pequeño. Alguien que, sin saberlo, me había enseñado que no todo en esas aplicaciones era un riesgo.

Me quedé mirando el anuncio un rato, sin mover el dedo. El brillo de la pantalla iluminaba mi cara, y por un momento sentí que estaba viendo una versión de mí que ya no existía del todo. Una versión que buscaba algo sin saber qué.

Cerré los ojos un segundo.

El tiempo seguía corriendo. Yo seguía acostado. Y la vida, como siempre, no esperaba a nadie.

Pero aun así, ahí estaba yo, atrapado entre el pasado que dolía, el presente que me pedía prisa y un futuro que todavía no sabía si quería abrir.

Lo primero que hice al levantarme fue ir directo a la cocina. Mis mañanas siempre empezaban igual, con ese pequeño ritual que me hacía sentir que el día tenía un punto de partida claro. Abrí el frasco de café y el aroma salió como un golpe suave, cálido, familiar. Ese olor siempre me despertaba más que cualquier alarma.

Puse agua a calentar y apoyé las manos en la barra mientras esperaba. El depa estaba en silencio, ese silencio que solo existe cuando ya no queda nadie más adentro. Mi mamá se había ido hacía rato. Los sábados casi nunca trabajaba, pero últimamente lo hacía más seguido. Decía que era para “alcanzar objetivos”, y aunque no siempre explicaba cuáles, yo lo sabía: ella era así. Aplicada. Dedicada. Incansable. Y aunque a veces me preocupaba que se exigiera demasiado, no podía evitar admirarla.

El agua empezó a hervir. Preparé el café con calma, viendo cómo el vapor subía en espirales lentas. Me senté a la mesa y lo tomé despacio, disfrutando cada sorbo como si el tiempo no corriera. Era uno de los pocos momentos del día donde no tenía que pensar en nada. Solo estar ahí, con el calor de la taza entre las manos y el sonido lejano de la calle entrando por la ventana.

Cuando terminé, regresé a mi cuarto, me cambié y tomé mi mochila. Revisé que llevara todo, aunque sabía que siempre olvidaba algo. Estaba por salir cuando sentí la vibración del teléfono en el bolsillo.

Lo saqué.

Un mensaje.

Te veo por la tarde

Y al ver de quién provenía, no pude evitar sonreír. Una sonrisa pequeña, discreta, de esas que se sienten más en el pecho que en la cara.

Guardé el teléfono, respiré hondo y salí de casa, dejando que la puerta se cerrara detrás de mí con ese sonido que siempre marcaba el inicio de un nuevo día.

El trabajo estaba más movido de lo normal. Desde que entré, la cafetería parecía un hormiguero: gente entrando y saliendo, tazas chocando, la máquina de espresso rugiendo como si también estuviera cansada. Pero yo me sentía como pez en el agua. Mis pies ya conocían el camino entre las mesas, mis manos sabían exactamente cómo equilibrar las bandejas, y mi mente cambiaba de tarea sin pensarlo: entregar pedidos, limpiar una mesa, volver a la barra, preparar un cappuccino, tomar otra orden.

Todo en sincronía.

Era curioso pensar que, al principio, este lugar me intimidaba. Me sentía torpe, lento, fuera de ritmo. Pero ahora… ahora era distinto. Esa sensación de no encajar se había esfumado hacía tiempo. El trabajo se había vuelto una extensión de mí, como si mis movimientos formaran parte del ruido del local.

Aun así, el día se sentía diferente.

Y lo sabía desde que llegué.

Paty no estaba.

Era su sábado de descanso, y aunque Sarita y Thais seguían ahí, cada una con su energía, su forma de llenar el espacio, pero había un hueco extraño en el ambiente. No era algo que se viera, pero se sentía. Como cuando falta un ingrediente en una receta y no sabes cuál es, pero sabes que algo no sabe igual.

Sarita estaba en la barra, moviéndose con esa calma dulce que siempre tenía. Su voz suave se mezclaba con el vapor de la máquina, creando un ambiente cálido, casi maternal. Thais, por su parte, iba y venía entre mesas con su elegancia tranquila, saludando a los clientes con esa sonrisa que parecía iluminar incluso los rincones más apagados del local.

Las dos estaban ahí.

Pero aun así… faltaba algo.

Faltaba la risa explosiva de Paty, sus comentarios sarcásticos, su forma de convertir cualquier error en un chiste. Faltaba su energía, esa chispa que hacía que incluso los turnos más pesados se sintieran ligeros.

Mientras dejaba un latte en la mesa de una pareja, me descubrí mirando hacia la puerta, como si en cualquier momento fuera a entrar, tarde como siempre, diciendo que el camión se había tardado o que se había quedado dormida. Pero la puerta no se abrió. Y el turno siguió.

Regresé a la barra y Thais me pasó una bandeja sin siquiera tener que pedírsela. Nuestros movimientos se sincronizaron como si hubiéramos ensayado, aunque nunca lo habíamos hecho. Ella me dedicó una sonrisa breve, de esas que dicen “vamos bien”, y yo asentí.

—Hoy está pesado, ¿no? —comentó Sarita mientras limpiaba la boquilla de la máquina.

—Un poco —respondí—. Pero se siente… raro.

Thais levantó la mirada, como si supiera exactamente a qué me refería.

—Es porque no está Paty —dijo, sin rodeos.

No pude evitar sonreír.

—Sí. Se siente diferente.

Y era verdad. No malo. No incómodo. Solo… distinto. Como si el día estuviera incompleto, como si faltara una pieza del rompecabezas que hacía que todo encajara.

Aun así, seguí trabajando. Entre el ruido, el vapor, las voces de los clientes y el aroma del café recién molido, me moví con la misma fluidez de siempre. Pero en el fondo, en ese lugar silencioso dentro de mí, sabía que el turno no sería igual sin ella.

Y por alguna razón, eso hizo que la tarde se sintiera un poco más larga.

Finalmente llegaron las cuatro de la tarde.

Lo supe antes de mirar el reloj. Era como si mi cuerpo lo sintiera: un pequeño cosquilleo en el pecho, una especie de alerta suave que me decía que ya era hora. Dejé la bandeja en la barra, me quité el delantal y lo colgué en su lugar habitual. Sentí el alivio inmediato en los hombros, como si me hubiera quitado un peso que llevaba cargando desde la mañana.

Me dirigí al baño.

Hice lo que tenía que hacer y luego me quedé un momento frente al espejo. Tenía el cabello un poco despeinado por el ajetreo del turno, así que pasé los dedos entre él para acomodarlo. Abrí la llave del lavabo y me enjuagué la cara; el agua fría me despertó de golpe, como si me devolviera al mundo real después de horas de movimiento automático.

Saqué de mi mochila la playera limpia que había llevado. Me la puse con cuidado, sintiendo el algodón fresco contra la piel. Luego tomé el pequeño frasco de perfume que siempre cargaba y me puse un poco en el cuello y las muñecas. No demasiado. Solo lo suficiente para sentirme… presentable.

Respiré hondo antes de salir del baño.

Thais estaba acomodando unas tazas cuando me acerqué. Levantó la mirada y me dedicó una sonrisa tranquila.

—¿Ya te vas? —preguntó.

—Sí —respondí—. Ya terminé por hoy.

Ella asintió, como si entendiera algo más allá de mis palabras.

—Que te vaya bien, Denis.

—Gracias. Nos vemos mañana.

Luego fui con Sarita, que estaba limpiando la barra. Cuando me vio, dejó el trapo a un lado y abrió los brazos sin decir nada. Me abrazó fuerte, como solo ella sabía hacerlo, con ese cariño cálido que siempre me hacía sentir en casa.

—Ay, mi niño —dijo con una sonrisa traviesa mientras se separaba un poco—. ¿A poco vas a ver a alguien? Porque vienes muy arregladito… y hueles rico.

Sentí cómo se me calentaban las orejas.

—No, no —respondí, riendo tímidamente—. Solo… no sé. Quería cambiarme.

Sarita levantó una ceja, claramente no creyéndome, pero no dijo nada más. Solo me dio un golpecito en el brazo y volvió a la barra.

Saqué mi teléfono para ver la hora.

Ya se me estaba haciendo tarde.

—Me voy —dije, levantando la mano en un gesto rápido.

—Cuídate —respondieron ambas casi al mismo tiempo.

Me colgué la mochila al hombro y salí del establecimiento. El aire de afuera me golpeó con un frescor distinto, como si el día hubiera cambiado de tono justo al cruzar la puerta.

Y mientras caminaba, sentí cómo la emoción, esa que había estado escondida entre el ruido del turno empezaba a subir lentamente por mi pecho.

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