Capítulo 2

Apenas salimos de la cafetería, Paty y yo rodeamos a Thais como si fuéramos sus escoltas personales. Ella protestó un poco, pero sin convicción; sabía que siempre la acompañábamos a esperar su camión, aunque fingiera que no lo necesitaba.
La calle estaba fresca, con ese aire nocturno que huele a asfalto húmedo y pan viejo de las panaderías que ya habían cerrado. Las luces de los postes caían sobre nosotros en parches amarillos, y cada tanto pasaba un coche dejando un rastro de aire tibio que se mezclaba con el frío de la noche.
No tienen que venir conmigo —dijo Thais, ajustándose la mochila al hombro.
—Sí tenemos —respondió Paty, como si fuera una ley universal—. Si no, te subes al camión equivocado y terminas en otra ciudad.
Thais soltó una risa suave, esa risa que siempre parecía contener algo más, como si guardara historias que no contaba. Yo caminaba a su lado, escuchando el sonido de sus pasos: firmes, tranquilos, muy distintos a los míos, que todavía arrastraban el cansancio del turno.
Nos detuvimos en la parada. El letrero metálico estaba frío al tacto cuando me apoyé en él. El viento movía el cabello de Thais hacia un lado, y ella se lo acomodaba con un gesto automático, casi elegante. Paty hablaba de cualquier cosa, un cliente raro, un meme que había visto, un chisme que no sabía si era real, y Thais le seguía la conversación con esa calma suya que hacía que todo pareciera más sencillo.
Yo las escuchaba, pero también me dejaba llevar por el ambiente. El ruido lejano de los autos, el parpadeo de un anuncio luminoso, el olor a fritura de un puesto que ya estaba cerrando. Todo tenía un ritmo lento, casi acogedor.
Y lo curioso era que, incluso cuando las dos se quedaban calladas por un momento, el silencio no pesaba. No era incómodo ni tenso. Era… cómodo. Como si los tres compartiéramos un mismo espacio sin necesidad de llenarlo con palabras. Como si la noche nos envolviera a los tres en una misma respiración.
—Ahí viene —dijo Paty de pronto, señalando con la barbilla.
El camión apareció a lo lejos, con sus luces blancas recortando la oscuridad. Thais dio un paso hacia la orilla de la banqueta y levantó la mano con ese gesto suyo tan seguro, como si pudiera convencer al conductor de detenerse solo con la mirada. Y, de alguna manera, siempre funcionaba.
El camión redujo la velocidad, gruñendo un poco al frenar. Las luces interiores iluminaron su rostro por un segundo, dándole un brillo cálido en los ojos.
—Nos vemos mañana —dijo Thais, y antes de subir, nos lanzó un beso en el aire, rápido, juguetón, como si fuera un pequeño ritual entre nosotros.
Paty lo atrapó exageradamente con la mano. Yo solo sonreí, sintiendo un calor extraño en el pecho, uno que no venía del clima.
Thais subió al camión, saludó al chofer con un gesto amable y buscó asiento. El vehículo arrancó despacio, alejándose entre el ruido del motor y el parpadeo de las luces.
La vimos irse hasta que dobló la esquina y desapareció. Paty y yo nos quedamos un momento mirando la calle vacía, como si esperáramos que algo más pasara. Pero no pasó nada. Solo el silencio de la noche, suave y extendido, como una manta ligera.
—¿Y ahora? —preguntó Paty, aunque los dos sabíamos la respuesta.
—Lo de siempre —dije.
Y empezamos a caminar sin rumbo fijo, como hacíamos todos los días después del turno. No era un acuerdo ni una tradición oficial, pero se había convertido en parte de nuestra rutina. Caminábamos por caminar, por estirar las piernas, por dejar que el cansancio se asentara en el cuerpo de una forma más amable. A veces hablábamos, a veces no. A veces nos reíamos de cualquier tontería, y otras simplemente escuchábamos el ruido lejano de la ciudad.
La noche estaba fresca, con ese olor a tierra húmeda que aparece cuando el viento cambia de dirección. Las luces de los autos pasaban a lo lejos, y cada tanto un perro ladraba desde algún patio. Paty caminaba con las manos en los bolsillos, pateando piedritas como si fueran obstáculos imaginarios.
—Oye —dijo de pronto—. ¿Ya te cayó el veinte de que en unos meses terminas la prepa?
Me quedé quieto un segundo. No porque no lo supiera, sino porque escucharlo en voz alta siempre me golpeaba distinto.
—Más o menos —respondí, aunque la verdad era que no me caía el veinte de nada.
Seguimos caminando. El pavimento estaba frío bajo mis tenis, y cada paso hacía un sonido hueco que se mezclaba con el de los pasos de Paty. Miré hacia arriba: el cielo estaba oscuro, sin estrellas visibles, pero aun así tenía algo de inmenso.
—Es raro —dije al fin—. Siento que apenas entré… y ya casi se acaba.
Paty soltó una risa suave, no burlona, sino de esas que salen cuando uno entiende demasiado bien lo que el otro siente.
—Pues sí —dijo—. Aquí la prepa dura dos años, Denis. Dos. Parpadeas y ya estás firmando tu certificado.
—Eso es lo que me asusta —admití.
Ella me miró de reojo, con esa mezcla de cariño y sarcasmo que solo Paty sabía equilibrar.
—¿Asusta terminar? ¿O asusta que no sabes qué sigue?
No respondí. No porque no tuviera respuesta, sino porque la pregunta se me quedó atorada en el pecho. El viento sopló un poco más fuerte, moviendo las hojas secas en la banqueta. Caminamos un rato en silencio, pero era un silencio cómodo, de esos que no pesan. Un silencio que se siente como caminar al lado de alguien que te conoce lo suficiente para no presionarte.
—Mira —dijo Paty después de un rato—. No tienes que tener todo resuelto. Nadie lo tiene. Ni yo, ni Thais, ni nadie. Solo… sigue caminando. Como ahora.
Sonreí sin mirarla. A veces Paty decía cosas que parecían simples, pero que se quedaban dando vueltas en mi cabeza mucho tiempo después.
Seguimos avanzando por la calle, sin prisa, sin destino. Solo caminando. Y mientras lo hacíamos, pensé que tal vez eso era lo que más me gustaba de estas noches: que no tenía que decidir nada. Que podía simplemente existir entre el frío, las luces de la ciudad y la compañía de alguien que no necesitaba explicaciones.
Y por un momento, aunque fuera pequeño, sentí que todo estaba bien.
Seguimos caminando sin rumbo, dejando que las calles nos eligieran a nosotros. Paty iba un paso adelante, pateando una lata vacía que sonaba cada vez que rebotaba contra el pavimento. Yo la seguía, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida entre las luces de los postes.
La noche tenía ese silencio que no asusta, ese que parece decirte que todo está en pausa por un momento. El aire frío me rozaba la cara, pero no me molestaba; más bien me mantenía despierto, consciente de cada paso.
—¿Sabes qué es lo raro? —dije de pronto, sin pensarlo demasiado—. Que siento que Enero… no sé, se siente distinto.
Paty volteó apenas, lo suficiente para mostrar una sonrisa ladeada.
—Pues claro que se siente distinto. Es el mes donde todo empieza a moverse.
No supe si lo decía en serio o solo por decir algo, pero sus palabras se quedaron flotando entre nosotros. Caminamos un poco más, pasando frente a una tienda cerrada, sus ventanas reflejando nuestras siluetas como si fuéramos sombras que todavía no decidían en qué dirección crecer.
—A veces siento que estoy parado en una línea —continué—. Como si estuviera esperando que alguien dijera “ya”, y entonces todo va a cambiar.
Paty no respondió enseguida. Se detuvo frente a un poste, apoyó la espalda contra él y me miró con una expresión que pocas veces le veía: tranquila, sin bromas, sin prisa.
—Es que sí estás en una línea —dijo al fin—. Todos lo estamos. Enero es eso. Un punto medio. Ni lo que fuiste, ni lo que vas a ser. Solo… este pedacito de tiempo donde todavía puedes respirar antes de que empiece lo que sigue.
Me quedé quieto. El viento movió una hoja seca que pasó rodando entre nosotros. La ciudad parecía más silenciosa de lo normal, como si también estuviera escuchando.
—Da miedo —admití.
—Claro que da miedo —respondió ella—. Pero también da chance.
La palabra “chance” se quedó vibrando en mi pecho. No como una obligación, sino como una posibilidad. Como si Enero no fuera un mes que te empuja, sino uno que te abre la puerta y te deja asomarte sin presionarte a entrar.
Seguimos caminando, más despacio esta vez. El ruido lejano de un camión, el olor a tierra fría, el cielo oscuro sin estrellas. Todo parecía formar parte de ese momento suspendido.
Y mientras avanzábamos, pensé que tal vez eso era Enero para mí: un mes que no gritaba, que no exigía, que simplemente me acompañaba mientras yo intentaba entender hacia dónde iba. Un mes que sabía que estaba por terminar la prepa, que sabía que tenía miedo, pero que aun así me dejaba caminar a mi propio ritmo.
Un mes que no me pedía respuestas.
Solo movimiento.
Llegamos hasta la otra parada, la suya. Era parte de nuestra rutina, tan natural como respirar. No importaba cuán cansados estuviéramos, siempre terminábamos ahí, bajo la luz amarilla del poste, esperando su camión como si ese pequeño ritual sostuviera algo importante entre nosotros.
Paty sacó su teléfono y empezó a contarme un chiste malísimo, uno de esos que solo daban risa porque ella misma se reía antes de terminarlo. Yo me doblé un poco hacia adelante, riéndome más de su risa que del chiste en sí. Luego ella me empujó con el hombro, fingiendo indignación, y yo le devolví el empujón con suavidad.
—A ver, foto —dijo de pronto, levantando el celular.
Nos acercamos, y el flash iluminó por un segundo la calle vacía. Salimos despeinados, cansados, con las ojeras marcadas… pero felices. Paty siempre decía que esas eran las mejores fotos, las que no intentaban ser perfectas.
Tomamos otra, esta vez haciendo caras. Luego otra, riéndonos. Y otra más, porque Paty decía que “una más y ya”, pero nunca era una más.
El viento nocturno movía las hojas en la banqueta, y el olor a tierra fría se mezclaba con el perfume dulce que Paty siempre usaba. Había algo en ese momento, en esa espera, que hacía que todo se sintiera más ligero. Como si el mundo se detuviera un poco para dejarnos respirar.
—Ahí viene —dije cuando vi las luces del camión acercándose.
Paty suspiró, pero sonrió. Siempre sonreía en ese momento, aunque fuera un poco triste.
El camión se detuvo frente a nosotros con un chirrido suave. Paty se giró hacia mí y me abrazó sin pensarlo, fuerte, cálido, como si ese abrazo fuera la forma de guardar el día en un lugar seguro.
—Mañana nos vemos, menso —dijo contra mi hombro.
—Mañana —respondí.
Ella subió los escalones del camión con esa energía suya que nunca se apagaba. Yo me quedé afuera, viendo cómo buscaba asiento. La vi girar la cabeza, encontrar un lugar junto a la ventana y acomodarse. Cuando levantó la mirada, nuestros ojos se encontraron a través del vidrio.
Ella sonrió. Yo también.
Era un gesto pequeño, pero tenía algo que siempre me dejaba el pecho tibio, como si ese instante valiera más que todo el cansancio del día.
El motor del camión vibró, anunciando que estaba por arrancar. Paty levantó la mano en un ademán rápido, casi juguetón. Yo respondí con el mismo gesto, y por un segundo sentí que la distancia entre la calle y la ventana no existía.
Luego el camión empezó a moverse, despacio, alejándose entre las luces de la avenida. La figura de Paty se volvió un reflejo, luego una sombra, y finalmente desapareció.
Me quedé ahí un momento, respirando el aire frío. Saqué mis audífonos del bolsillo, los desenredé con la paciencia de alguien que ya conoce sus propios nudos, y puse música. Algo suave, algo que combinara con la noche.
Metí las manos en los bolsillos y empecé a caminar. Las farolas encendidas dibujaban manchas de luz en el pavimento, y mis pasos resonaban en la calle tranquila. No tenía prisa. No tenía destino inmediato.
Solo caminaba, dejando que la música, la noche y mis pensamientos me acompañaran en ese tramo silencioso que siempre venía después de despedirme de ellos.
Y por un momento, todo se sintió exactamente en su lugar.
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