Capítulo 4

El aire de la tarde estaba fresco cuando salí de la cafetería. Me acomodé la mochila en el hombro y empecé a caminar hacia la estación donde habíamos quedado. El sol ya estaba bajando, pintando el cielo con un tono naranja suave que hacía que todo se viera más tranquilo de lo que realmente era.
Mientras avanzaba, sentía el perfume que me había puesto mezclarse con el olor de la calle: tierra, pan recién hecho de una panadería cercana, y el humo de un coche que acababa de pasar. Todo se mezclaba en una sensación extraña, como si el día estuviera cambiando de ritmo justo para mí.
El mensaje seguía rondando en mi cabeza.
“Te veo por la tarde.”
Y aunque no era una cita, ni algo que me pusiera nervioso de esa manera, sí había algo en ese encuentro que me movía por dentro. No era romanticismo. Era… curiosidad. Afecto. Esa sensación de que alguien nuevo estaba entrando a mi vida por una puerta que yo no había abierto del todo, pero que tampoco quería cerrar.
Llegué al punto donde habíamos quedado: una banca cerca de la estación, bajo un árbol que siempre dejaba caer hojas incluso cuando no era temporada. Me senté un momento, respirando hondo, dejando que el cansancio del turno se asentara en mis piernas.
Y entonces lo vi.
Caminando hacia mí con paso tranquilo, como si no tuviera prisa por llegar pero tampoco quisiera hacerme esperar. Llevaba una mochila colgada de un solo hombro, y el cabello un poco despeinado por el viento. Su expresión era relajada, casi divertida, como si el simple hecho de verme ahí ya le alegrara el día.
—Denis —dijo, levantando la mano en un saludo casual.
Su voz tenía un tono cálido, familiar, aunque no nos conociéramos tanto todavía. Ese tipo de voz que te hace sentir que estás hablando con alguien seguro, alguien que no exige nada, que solo está ahí.
—Qué bueno que llegaste —respondí, poniéndome de pie.
Nos saludamos con un choque de manos que terminó en un abrazo rápido, de esos que no son íntimos pero sí sinceros. Y en ese gesto entendí algo: no era un encuentro romántico. No era tensión. No era expectativa.
Era amistad.
Una que apenas estaba empezando a tomar forma.
—¿Listo? —preguntó él, sonriendo.
—Sí —respondí, sintiendo que el día, de repente, tenía un brillo distinto.
Y empezamos a caminar juntos, sin prisa, como si ese pequeño tramo fuera suficiente para empezar a construir algo nuevo.
Caminamos a paso tranquilo por las calles de la ciudad, dejando que la tarde se estirara entre los edificios como si no tuviera prisa por terminar. El viento movía las hojas de los árboles y el sol, ya bajo, pintaba todo de un naranja suave que hacía que incluso el ruido del tráfico sonara más lejano.
A mi lado, él caminaba con las manos en los bolsillos, pateando una piedrita de vez en cuando. Tenía esa forma ligera de moverse, como si el mundo no le pesara tanto. De vez en cuando volteaba a verme, con una sonrisa pequeña que parecía surgirle sin esfuerzo.
—¿Cómo te fue en el trabajo? —preguntó, con un tono cálido, casi familiar.
—Pesado —respondí—. Mucha gente. Y sin… bueno, sin alguien del equipo, se sintió raro.
Él soltó una risa suave, como si entendiera perfectamente a qué me refería sin necesidad de nombres.
—Pero te ves bien —dijo—. Hasta hueles rico.
Me dio un codazo juguetón y yo negué con la cabeza, riendo. Había algo en su forma de hablar que hacía que todo se sintiera más ligero, más sencillo.
—¿Y tú qué hiciste hoy? —pregunté.
—Nada interesante —respondió—. Dormí tarde, desayuné pan dulce… y luego estuve dibujando un rato.
—¿Dibujas mucho?
—Cuando puedo —dijo, mirando hacia arriba como si buscara algo entre las nubes—. Me ayuda a no pensar tanto.
Asentí. Entendía esa sensación demasiado bien.
—A mí me pasa con escribir —dije.
Él volteó hacia mí con los ojos brillando de curiosidad.
—Eso está increíble —dijo—. Deberías enseñarme algo un día… si quieres.
No había presión en su voz. Solo una invitación suave, sincera.
Seguimos caminando, pasando frente a una tienda que ya estaba cerrando. El cielo se había vuelto más dorado, y las sombras se alargaban sobre la banqueta.
—Me da gusto que hayamos quedado hoy —dijo de pronto.
—¿Sí?
—Sí —respondió, con esa sonrisa tranquila que parecía iluminarle la cara—. Me cae bien platicar contigo. Se siente… a gusto.
Sentí un calor suave en el pecho. No era nervios. No era tensión. Era algo simple. Algo bueno.
—A mí también —dije.
Y seguimos avanzando, sin prisa, sin destino urgente. Solo dos voces mezclándose con la tarde, como si la ciudad nos hubiera dejado un espacio para existir sin ruido.
Nos detuvimos en un cruce peatonal justo cuando el semáforo cambió a rojo. La gente empezó a acumularse a nuestro alrededor: estudiantes con mochilas enormes, una señora con bolsas del súper, un señor revisando su reloj como si el tiempo lo persiguiera. El ruido de los autos llenaba el aire, mezclado con el murmullo de conversaciones ajenas.
Él, en cambio, parecía ajeno a todo eso.
Miraba fijamente el semáforo, atento a que cambiara a verde, mientras tarareaba una canción que no reconocí. Su voz era suave, casi un murmullo, pero tenía un ritmo alegre que combinaba con su forma de ser. Yo lo observé sin decir nada, como si mis ojos se hubieran quedado atrapados en él.
Su cabello negro, crespo, caía en rizos perfectos que se movían con cada pequeño gesto. Su piel morena brillaba bajo la luz de la tarde, y sus ojos redondos, cafés, parecían reflejar todo lo que pasaba a su alrededor sin perder su calma. Era bajito, apenas llegando a la altura de mis hombros, pero su presencia era cálida, luminosa, imposible de ignorar.
Tenía ese semblante alegre, relajado, tan típico de él. Como si el mundo no pudiera quitarle la paz.
Era muy atractivo. No en un sentido que me confundiera, sino en esa forma pura, tierna, que tienen las personas que nacen con luz propia. Era lindo, tierno, cariñoso, amoroso. Un bello angelito, pensé sin querer.
Y mientras lo miraba, recordé la primera vez que hablamos.
Aquel día en la aplicación…
La conversación fluyó como si nos conociéramos desde antes. Hubo una química instantánea, una facilidad que no se siente con cualquiera. Las pláticas eran tan amenas que el tiempo se nos iba sin darnos cuenta. Y si eso era a través de una pantalla, era obvio que en persona sería aún mejor.
Cuando por fin acordamos vernos, confirmé algo: la química entre nosotros era palpable. No romántica. No confusa. Era otra cosa. Algo más limpio, más honesto. Con él había sido diferente desde el principio.
Nunca lo vi con otros ojos. Nunca hubo intención de algo más. Solo… conexión. Una amistad que nació sin esfuerzo.
Hacía tiempo que nos conocíamos ya, y sin duda él había sido una de las personas más bonitas que habían llegado a mi vida.
El semáforo cambió a verde. La gente empezó a avanzar, y él dio un pequeño brinquito antes de cruzar, como si la luz hubiera sido una señal solo para él. Sonrió, y esa sonrisa me hizo sonreír también.
Porque ahora sí podía decirlo.
Elías era un encanto. Y hoy, más que nunca, lo veía como un hermanito menor. Alguien a quien cuidar, a quien proteger, que había llegado para quedarse.
Cruzamos la calle junto con el resto de la gente, avanzando entre pasos apurados, bolsas del súper y conversaciones que se mezclaban con el ruido de los autos. Él caminaba a mi lado, sin prisa, como si el mundo no lo empujara. Su ritmo era suave, casi contagioso. Yo, sin darme cuenta, empecé a caminar igual.
La ciudad tenía ese olor a tarde que solo aparece cuando el sol está bajando: pan dulce, tierra caliente, gasolina, y algo fresco que venía del viento. Las luces de los locales empezaban a encenderse, una por una, como si la ciudad estuviera despertando justo cuando el día se dormía.
Seguimos avanzando por la banqueta, esquivando a un niño que corría con un globo y a una pareja que discutía en voz baja. Él tarareaba otra canción, una diferente a la del cruce, y movía la cabeza al ritmo, como si la música estuviera solo en su mente.
Y mientras lo escuchaba, mientras veía cómo sus rizos se movían con cada paso, me llegó un recuerdo tan claro que casi sentí que estaba ocurriendo otra vez.
La primera vez que hablamos.
Aquel mensaje que me llegó una noche cualquiera, cuando yo no esperaba nada. Su saludo sencillo, su forma de escribir, tan natural, tan honesta.
La facilidad con la que la conversación fluyó desde el primer minuto.
Recuerdo que pensé:
¿Por qué es tan fácil hablar con él?
¿Por qué siento que ya lo conozco?
Y luego las llamadas. Las risas.
Las pláticas que se extendían hasta que el sueño nos ganaba. Esa sensación de que, incluso sin verlo, ya sabía cómo era su energía.
Cuando por fin nos vimos en persona, confirmé algo que ya intuía: la química entre nosotros era real. No romántica ni confusa. Solo… humana. Limpia y bonita.
Él tenía esa luz que no buscaba brillar, pero brillaba igual.
—¿En qué piensas? —preguntó de pronto, mirándome de reojo.
—En nada —mentí, aunque la verdad era que pensaba en él.
—Mmm… —dijo, como si no me creyera, pero sin presionarme.
Llegamos a una pequeña plaza. No era grande ni especial, pero tenía bancas de metal, árboles que daban sombra, y un kiosco donde a veces tocaban música los domingos. A esa hora estaba casi vacía, solo un señor sentado leyendo el periódico y una niña jugando con una pelota.
—¿Nos sentamos? —preguntó él.
Asentí.
Nos acomodamos en una banca que estaba tibia por el sol. Él dejó su mochila entre los pies y se estiró un poco, como si el día se le hubiera quedado atorado en los hombros. Luego se recargó hacia atrás, mirando el cielo que empezaba a oscurecerse.
—Me gusta este lugar —dijo—. Está tranquilo.
—Sí —respondí—. Está… a gusto.
Él sonrió. Esa sonrisa suya que parecía iluminarle la cara entera.
Y ahí, sentado a su lado, con el viento moviendo sus rizos y la tarde convirtiéndose en noche, entendí algo que ya sabía desde hacía tiempo:
La plaza estaba tranquila. La ciudad seguía su ritmo.
Y nosotros dos, ahí, compartiendo un silencio cómodo, parecíamos encajar perfectamente en ese momento. Como si la vida, por un instante, hubiera decidido ser amable.
—¿Estás cansado? —preguntó de pronto, mirándome con esa atención suya que siempre parecía más grande que él.
—Un poco —admití.
—Se te nota en los ojos —dijo, sin burla, sin juicio—. Pero ya estás fuera. Respira tantito.
Lo dijo con una ternura tan natural que me sorprendió. A veces olvidaba que era menor que yo. Tenía esa forma de preocuparse que no se aprende, que simplemente nace con uno.
Respiré hondo, más por él que por mí, y él sonrió satisfecho, como si hubiera logrado algo importante.
—Así —dijo—. Mucho mejor.
Nos quedamos un momento en silencio, viendo cómo la niña de la pelota corría de un lado a otro. El cielo empezaba a oscurecerse, pero aún quedaba un rastro dorado que iluminaba sus rizos. Él movía el pie al ritmo de una canción que solo él escuchaba, y yo lo observé sin querer, como si mis ojos se fueran solos hacia él.
Era increíble cómo podía transmitir tanta calma sin decir nada.
—¿Te acuerdas de la primera vez que hablamos? —preguntó de pronto, sin mirarme.
—Claro —respondí, sonriendo—. Fue… inesperado.
—Para mí también —dijo—. Yo pensé que ni me ibas a contestar.
—¿Por qué no lo haría?
Se encogió de hombros, mirando sus manos.
—No sé. A veces la gente no contesta. O contesta feo. O… no sé. Pero tú fuiste bien buena onda desde el principio.
Recordé esa noche, su primer mensaje, tan sencillo, tan él. Cómo la conversación fluyó sin esfuerzo, como si ya nos conociéramos, la risa que me sacó sin intentarlo.
Recordé la sensación extraña de familiaridad, como si hubiera estado esperando ese mensaje sin saberlo.
—Me caíste bien desde el primer minuto —dije.
Él levantó la mirada, sorprendido.
—¿En serio?
—En serio.
Sonrió. Una sonrisa amplia, luminosa, que le arrugó un poco la nariz y le brilló en los ojos. Esa sonrisa que siempre parecía decir más de lo que él se atrevía a poner en palabras.
—Yo también —dijo—. Contigo fue… fácil.
La palabra quedó flotando entre nosotros.
Fácil.
Sí.
Eso era.
No había tensión.
No había expectativas.
No había confusión.
Solo una conexión limpia, honesta, que había nacido sin pedir permiso.
—¿Sabes qué pensé cuando te vi en persona por primera vez? —preguntó él, jugando con una hoja que había caído en la banca.
—¿Qué?
—Que eras más alto de lo que imaginaba —dijo riendo—. Y que dabas buena vibra. Como… no sé. Como alguien que no hace daño.
Me quedé callado un momento. No estaba acostumbrado a que alguien me dijera cosas así, tan directas, tan sinceras.
—Tú también dabas buena vibra —respondí—. Desde antes de verte.
Él bajó la mirada, tímido, pero feliz.
Ese gesto suyo siempre me enternecía.
—Me alegra —dijo en voz baja.
El viento sopló un poco más fuerte, moviendo sus rizos y trayendo consigo el olor a tierra húmeda. Él se abrazó los brazos un segundo, no por frío, sino por costumbre, y yo lo observé con esa mezcla de cariño y protección que me nacía sin pensarlo.
Porque era imposible no sentirlo así.
Levantó la vista hacia el cielo, como si buscara estrellas antes de que aparecieran.
—Qué bonito está el día —dijo.
Y sí. Lo estaba. Pero no por el cielo.
Por él, que jugaba con una hoja seca entre los dedos, arrancándole pedacitos sin darse cuenta, y yo lo observaba con esa mezcla de cariño y ternura que me nacía sin pedir permiso.
El viento soplaba más frío, anunciando que la noche ya estaba aquí, pero aun así no nos movimos. Había algo en ese momento que no quería romperse. Algo simple. Algo bueno.
Pensé en él.
En su risa suave. En su forma de preocuparse por mí sin exagerar. En la luz que traía consigo, incluso en los días pesados.
Y pensé en ella.
En Paty.
En su chispa, su energía, su manera de hacerme sentir acompañado incluso cuando solo me mandaba un audio rápido diciendo “ánimo, tonto”.
Dos personas tan distintas.
Dos energías tan opuestas.
Y aun así, las dos igual de importantes.
Me di cuenta de algo que ya sabía, pero que hasta ese momento no había sentido tan claro: era afortunado.
Muy afortunado.
No cualquiera tiene a alguien como él.
No cualquiera tiene a alguien como ella.
Y yo tenía a los dos.
Mis mejores amigos. Mis confidentes. Las dos personas con las que podía ser yo sin filtros, sin máscaras, sin miedo.
Los únicos que sabían leerme incluso cuando no decía nada.
Sentí un calor suave en el pecho, una especie de gratitud que me apretó la garganta sin avisar. Quería cuidarlos, estar para ellos, que supieran lo importantes que eran para mí.
Y, sobre todo, moría de ganas de que se conocieran.
Paty y Elías. El caos y la calma.
La chispa y la luz. Dos mundos que, en mi cabeza, encajaban perfecto.
Me imaginé la escena:
Paty riéndose fuerte, él sonriendo tímido, yo en medio sintiendo que por fin dos partes de mi vida se encontraban. Y algo dentro de mí se iluminó solo de pensarlo.
—Oye… —dijo de pronto, levantando la mirada—. ¿Y si vamos por un helado?
La pregunta salió tan natural, tan él, que me hizo sonreír sin querer.
—Va —respondí—. Se me antoja.
Él se levantó de la banca con un pequeño brinquito, como si la idea le hubiera dado energía nueva. Tomó su mochila y la colgó de un solo hombro, y yo me puse de pie detrás de él. Caminamos hacia la salida de la plaza, siguiendo el aroma dulce que venía de una nevería cercana.
Llegamos a la nevería. Él se pegó al cristal para ver los sabores, con los ojos brillando como si fuera un niño frente a un tesoro. Yo lo miré y sonreí.
La vida, a veces, era así de simple.
Así de bonita.
Y mientras elegíamos helado, supe que este día iba a quedarse conmigo.
No por lo que hicimos, o por lo que dijimos. Sino por lo que sentí.
Porque no estaba solo, tenía a Paty, tenía a Elías. Y porque tenía un hogar en ellos.
Y eso, para mí, era suficiente.

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