CAPITULO 8

La sedosidad de la sábana, juega con el largo de mi brazo desnudo mientras explora el lado de Santo por él.
Aún media dormida, sentir que su lugar está vacío, hace que abra mi ojos como me incorpore algo para buscar mejor.
La luz no está encendida, pero la claridad del día que llega de la ventana atravesando las cortinas claras, me dice que es la primer hora de la mañana.
Me desperezo con ganas y con mucho de esta, de seguir durmiendo otro rato, pero no puedo.
El estudio, una muda de ropa y el trabajo, vienen a mi mente.
Mi vista se clava en el alto techo por unos segundos más de pereza, descubriendo.
Cosa que, nunca me percaté si estaba antes.
Esa laña de hierro, suspendida del mismo y que usó para atarme.
Procuro hacer memoria, pero me es imposible recordarlo.
Ya que se encuentra a poca distancia de la luz principal de su habitación y el diseño de ella, se asemeja a las antiguas arañas de antes estilo Victorianas, donde el hierro forjado, cadenas, bronce y la mano artesanal que la hizo, pasa como parte de su diseño acoplándose.
Estiro mis manos frente a mí y a la claridad de la ventana.
Anoche me preguntaba, cuánto tardarían mis muñecas en ponerse en un color rosa por haber estado atada a su cinturón y suspendidas tanto tiempo.
Y verlas con suaves marcas en los lados y selladas en su frente por la fuerza que yo misma hice en algunos momentos, es mi respuesta.
Como el cierto ardor en cual me concentro, al sentir mi trasero desnudo sobre las sábanas.
Y el recuerdo de las tiras trenzadas del flogger impactando y continuo con su largo, que sus puntas lleguen a mi entrepierna, provoca que me retuerza y junte mis piernas.
Locamente, por ganas de más.
- Guau... - Soplo, tomando asiento y utilizando el delgado cubrecama para cubrirme con él, caminando hacia la puerta y a su vez, despejar mi rostro de rastros de recién levantada, pasando mi mano por mis ojos.
La puerta no está cerrada en su totalidad, solo apenas apoyada, pudiendo ver a través de ella a Santo sentado en la mesa sin notar mi presencia.
Concentrado y bajo el único sonido de sus dedos tecleando sin parar en su laptop, me recibe.
Descalzo y su pelo castaño está disparado de la forma que siempre a los hombres le queda lindo cuando recién se levantan, aunque por su rostro y el café que bebe de a sorbos cortos, la camiseta nueva y el pantalón de gimnasia que se puso, acusa que ya hace bastante despertó.
Y me deleito apoyada a placer, como de a ratos y sin parar de escribir, luego absorto en lo que sea que escribe como ajeno a todo.
Una especie de mundo propio.
Abstraído, de golpe deja de hacerlo para apoyar concentrado bajo su mentón su mano y leer o pensar largamente su escrito.
¿Alguna tarea pendiente, para una de sus clases?
No lo sé.
Pero retoma el teclado corrigiendo o para continuar, tras acomodar sobre el puente de su nariz, sus lentes para una mejor visión o un lindo tic.
Procuro no sacarlo de su concentración, pero el leve sonido de la puerta abriéndose en su totalidad por mí, hace que eleve su vista a donde estoy soltando al instante sus dedos el teclado.
Cierra su laptop sin dudar y deslizando su silla por más espacio y sin hablarme, solo hace seña que camine hacia él, palmeando con su otra mano su regazo a mi espera.
Comprendo su orden y lo hago, sentándome en sus piernas.
- Hola... - Saludo, acomodándome mejor.
Sonríe.
- Señorita... - Me dice, cruzando sus brazos en mí, pero sobre ello, sus manos buscan las mías bajo LA cobija que me cubre para mirar mis muñecas.
Las hace girar una y otra vez, revisando el grado de las marcas con su pulgares palpando suave las zonas con mucha atención.
- ¿Duele? - Su vista no se levantan de ellas.
- Superable... - Respondo, ya que es así.
- ¿Y tu trasero? - Me mira.
- También, superable... - De la misma manera.
Porque si existe el dulce escozor, esa sería la definición de ambas.
Y solo su respuesta ante eso, es besar largamente mi hombro por sobre la fina frazada.
- ¿Quieres seguir con esto, después de ver que trata? - Me dice sobre sus labios sin abandonar mi hombro.
Acomodo una parte de su pelo, que interrumpe su frente y me permito después de mucho tiempo sonreír.
Sonreír, estando con él.
- Quiero seguir averiguando... - No es un sí definitivo, pero tampoco un no.
Le prometí darle mi 100x100 y aunque sé, que voy por ello y me cuesta.
Si ahora le entrego el %60, Santo pondrá el 40 que falta por mí.
Y ese pensamiento me da más ganas de acurrucarme en su regazo, cosa que ya estoy y por eso, me pareció ridículo.
Pero quería sentirlo más que nunca y después de tantos meses sin vernos.
Quería tocarlo y que sus brazos me abrazaran más de lo que estaba haciéndolo y confirmarlo una y otra vez, que esto era real.
Que esto y cueste lo que cueste, saldríamos adelante.
Y me tomó, solo breves segundos darme cuenta que sus manos me acariciaban con preocupación por notar que reflexionaba con una diminuta sonrisa en su rostro y por eso, no esperé que dijera algo.
Cerré la distancia de pocos centímetros entre nosotros y tomando su rostro con mis manos, para luego con mis labios, besar los suyos.
Fue sorpresivo, pero sus brazos respondieron más fuerte envolviéndome y ante mi movimiento la cobija cayó, siendo suficiente para recorrerme sus dedos mi torso totalmente expuesto y desnudo para él, causando que mi piel se erice por su contacto, soltando el beso.
Se incorporó y tomando mi cintura me acomodó mejor abriendo la totalidad de la frazada y así desnuda, que mis piernas envolvieran su cintura.
Bebió suave de mis pechos, tomándose su tiempo con cada uno y soltando con un dulce pop mis pezones y jadee bajito por eso.
- ¿Hago, lo que nunca? - Me dice con las fuerzas de sus brazos empujando sobre mi desnudez a su entrepierna vestida, para que sienta como su pene está creciendo por mí.
Mis brazos lo envuelven por sobre su cuello, permitiendo a los dos juntar nuestras frentes, bajo una acelerada respiración por todo.
-Qué? - Murmuro.
- Llegar tarde a una clase... - Santo dice y puedo ver en sus ojos, destello de algo parecido a disgusto, porque sabe que es imposible.
Y sonreímos como suspiramos, mientras me vuelve a tapar, ya que no se puede.
Trabajo es trabajo.

SANTO
No pude evitar echar otro vistazo a Matilda, mientras la cubría.
Tenerme dentro de ella, no era posible.
Sonreí.
Por ahora...
Sus ojos sobre mí, con su mantita, desnuda y en mi regazo, me corrompía.
Pero el tiempo trascurriendo no tenía piedad y necesitaba alistarme como llevarla a ella a su habitación.
Yo tenía cursos y seguro ella otro tanto, sumado a su entrada al trabajo.
Varios minutos después y estacionando frente a su edificio, tras una parada rápida en una cafetería por desayuno, la dejé con la promesa de más tarde vernos.
Suspiré frente al volante y viendo como subía los escalones de la entrada.
Mucho para hablar, mucho para resolver todavía.
Y mucho, también.
Para amarnos...

MATILDA
Gleen dormía cuando llegué y evitando hacer ruidos molestos, me duché y cambié usando algo con mangas largas para cubrir mis muñecas sin siquiera encender la luz de la habitación, porque su fuerte respiración profunda me decía que anoche en el bodegón con los chicos, bebió como la pasó muy bien.
Dejándole por eso y con un papelito que la quería mucho, junto a la baja mesita de su cama mi apenas bebido café y dos de las tres rosquillas que me pedí, cuando Santo bajó por un desayuno.
No ayudará a su eminente resaca, pero supongo que llenará su estómago a la miseria cuando despierte.
Hoy solo tengo un curso más tarde con una profesora y por eso, acudo ya saliendo de mi edificio a la panadería para cubrir mi turno.
Mica no está por ser su día libre, pero la hija del dueño que cubre los descansos, es agradable y paso mis horas en su compañía.
Minuto a mi salida y ya colgando mi bolso, me recuerda que verifique desde mi celular mi cuenta bancaria, ya que los sueldos fueron depositados.
Y sonriente advierto, no solo que lo está.
También, que me anexaron las horas extras que hice el mes anterior.
Agradezco saludando y ya saliendo por la puerta, mirando la cifra.
La paga no es mala, pero los extras dan el doble y feliz pienso, caminando a la universidad en que no solo pago por adelantado un mes más de habitación, si no además, un bonito ramo de flores para enviar a mi hermana y por qué, no.
Pasaje relámpago siendo el día libre mío, mañana, para visitarla y siendo al día siguiente mi turno por la tarde y sin clases.
Necesito hablar con ella.
Compañeros que adeudan la materia como yo, me saludan en las escalinatas de entrada y con ellos, ingreso a nuestro pabellón.
Estando atestado el único ascensor una vez dentro, optamos por las escaleras sin antes una parada en la cafetería, cosa que los acompañé pero me negué a uno, ya que en el trabajo bebí y comí unos bollos calientes.
Instintivamente, miré dentro buscando al profe.
Pero y aunque, había colegas de Santo, él no estaba entre ellos.
Entonces recordé de sus clases que parecían muchas y por tal, que no se podía ese segundo rounds en su departamento.
Y sonreí, abrazando más contra mí, el grueso libro que cargaba en mis brazos, siguiendo a mis compañeros llegando al tercer piso, caminando por el corredor e intentando seguir sus alegres conversaciones.
Pero, llegando a unas de las aulas, cual teniendo la puerta abierta por el calor veraniego ya a esta hora del día azotando, su voz se escucha sobre la de sus alumnos.
Viendo a través de los ventanales internos del pasillo, como sentado en su escritorio y cruzado de piernas con un bolígrafo en sus dedos jugando, escucha atento a un par que debaten de la materia.
La pizarra casi en su totalidad, está cubierta de su letra algo intangible con una explicación dada y que la mayoría copia desde sus pupitres.
Y por un momento sin dejar de caminar, aunque lentamente y tras mis compañeros.
Nuestras miradas se encuentran y una jodida media sonrisa dibuja sus labios, sin dejar nunca.
Mierda.
De la punta del bolígrafo, golpear suave su escritorio.
Y calor en mi rostro bajando mi vista de golpe, cuando hizo con disimulo que buscó entre los papeles, disimulando y así, prometerme algo con la mirada que yo solo vi.
Y me sonrojé más por el lugar que estábamos y me retorcí inconsciente, causando que ese movimiento, vibrara en mi centro dolorido por anoche y eso, sintiera humedad en mi braguita.
Bastardo, apuro mis pasos.
Disfruta de mi incomodidad y sabía muy bien, lo que me producía en mi cuerpo con solo un gesto.
Dos módulos después, salgo como todos por finalizar las clases.
No es muy tarde, pero sí, para un almuerzo y mi estómago gruñendo me lo recuerda.
Algunos compañeros irán a la costanera del lago por algo fresco, ya que el día se presta a eso por la alta temperatura.
Yo me disculpo, negando y aguardando con ellos el ascensor.
Hoy no.
Muero por regresar a mi habitación, una ducha fría por el calor y a la espera de Santo que termine sus clases, preparar una mochila con lo necesario para visitar a Clara.
Más estudiantes se agolpan en el elevador y bajo el bip de mismo abriéndose y mis compañeros como otros estudiantes entrando en tipo manada.
Algo me interrumpe que lo haga como el resto.
Un brazo.
Más bien una mano tomando la tira de mi bolso por atrás y que me cruza, obligándome a retroceder sobre mis pasitos y volver al pasillo, notando como casi todos entran llenándose su interior y acto seguido, cerrarse las puertas de acero frente mío.
Volteo hacia atrás.
Es el profe Santo a mi lado y todavía, su derecha reteniendo la tira de mi bolso.
La suelta, pero solo para tomar mi mano y llevarme lado contrario a las escaleras hasta un salón que abriendo la puerta y deslizando su mano por dentro, enciende las luces antes que entremos.
Nunca la vi y parece un estudio.
- La usamos para reunión de profesores. - Me explica. - Antiguamente... - Golpea una pared, acusando el sonido hueco que no es de material, solo durlok. - ...con la contigua eran una sola, pero se la dividió para más utilidades. - Me explica, mientras veo lo que me rodea. - Siglos atrás era la sala de enfermería, cosa que ya no se utiliza ahora... - Finaliza, escuchando atenta.
Y no me sorprende, ya que llaman a este campus facultativo por su tamaño, Ciudad Universitaria por sus hectáreas de predio y bautizada desde la época 1600 por tal con origen y edificación Jesuíta, como la Docta por ser durante dos siglos, la única del país y de las primeras de América, cual no es extraño imaginar.
Más bien, muy bonito.
Ser considerada una de las instituciones más prestigiosas del país con un importante reconocimiento también a nivel internacional, con una población estudiantil de más de 120.000 alumnos distribuidos en 15 facultades que ofrecen más de 250 carreras de grado, posgrado y doctorado y donde, su oferta académica también incluye 100 centros de investigación como servicios, 25 bibliotecas y 16 museos.
Y entre ese mar de números y por lo que noto, también muchas salas de profesores.
Creo.
- Tengo otra clase más, Matilda. - Murmura, tomando asiento en unas de las sillas de la única mesa en el centro de la habitación.
- ¿Quieres que te espere? - Pregunto, viendo como sobre la mesa deja sus cosas y entre ello, una botella chica de agua mineral.
Niega.
- No, sería mucho tiempo de espera... - Mira su reloj. - ...todavía tengo quince para que comience. Haz tus cosas tranquila, yo paso por ti después. - Me mira desde su lugar. - Solo una tarea...
Inclino mi cabeza.
- No estamos en clase y la suya profesor, tengo tiempo hasta la semana que viene. - Le recuerdo.
Como dije antes, quiero ducha y hacer una muda de mi viaje relámpago.
Se sonríe.
Carajo.
- Hablo de otra tarea, Matilda. - Responde y con su índice en alto, hace un gesto que vaya hacia él, mientras su otra mano no deja de jugar con algo en el bolsillo de su pantalón de vestir.
Desconfiada y chequeando la puerta cerrada, me acerco cautelosa.
Es sospechoso.
En realidad, su sonrisa me da desconfianza y más, después de anoche y sus juegos.
¿Hará, algo acá?
Sacudo mi cabeza.
Imposible.
No se atrevería.
Pero, jodidamente lo hace.
Frente a él.
Santo, sentado y como si fuera la cosa más natural y yo de pie, tomando el borde de mi falda de verano y pese a ser algo larga, la sube ágil con su mano dibujando el lado interno de mi muslo expuesto.
Para luego un dedo por abajo de la tira de mi braga y bajarla lo suficiente hasta un espacio que él ve apropiado, provocando que su contacto me estremezca mientras su otra mano al fin saca lo que guarda en el bolsillo de su pantalón de vestir.
No sé, que es.
Pero si advierto, que no es precisamente un juego de llaves, su celular o una golosina.
Re carajo.

SANTO
Su carita es un poema y me abstengo de tomarla.
Por ahora...
Abro bien la palma de mi mano para que lo vea.
- Es un estimulador. - Le explico, mientras mira su pequeño tamaño. - Quiero que lo tengas hasta que nos veamos.
- ¿Se puede? - Ríe nerviosa, notando por su forma ovalada y deduciendo con los sujetadores a sus lados, la función que cumple.
- ¿Me lo tengo que poner?
La atraigo más hacia mí, acunando por bajo de su ropa su centro.
- Yo, te lo voy a poner... - Mi ayuda samaritana y esta nueva expectativa, la agita estimulando su sistema.
La delata ya una humedad que tanteo y moja suave mis dedos, acariciando su entrepierna.
- ¿Acá? - Aún, no se la cree.
- Acá... - Murmuro tranquilo. - ...abre más tus piernas Matilda y toma tu falda sin moverte. - Le pido y pese a estar llenas de dudas, lo cumple subiéndola más, exponiendo la desnudez de lo que se convirtió en mi templo como toda ella.
Solo me observa viendo como lamo con mi lengua el estimulador, para luego poner el mismo sobre su clítoris y quedando con ayuda de sus sujetadores, presionando tanto este como sus labios vaginales, cosa que sentirlo presionando ya, la hace estremecer y perder algo el equilibrio.
Me encargo de bajarle su ropa, suave y con cuidado, seguido a besar el lugar por sobre el género.
- No puedo...no puedo, Santo... - Jadea, fracasando al moverse por la sensación del estimulador haciendo su trabajo.
No soporta el calor que comienza a embargarla.
Todo tira de ella directo al latirle su zona erógena, obligando a juntar sus rodillas.
Me pongo de pie y la beso.
Ya sus labios, están palpitantes como su cuerpo y húmedos.
Hasta hinchados, cuando rompo el beso.
Es hermosa.

MATILDA
Millones de órdenes recibe mi cerebro y entre ellas, frotarme por la necesidad del placer.
Quise moverme, pero la presión de la pieza hace que mi cuerpo vibre, totalmente estimulado y jadee que Santo lo silencia con un beso.
Quiero más de sus labios y hasta más, en la búsqueda de ese equilibrio perfecto que es un buen orgasmo.
Pero Santo y con otro estremecimiento de mi cuerpo por eso, se distancia pero para besar mi frente.
- Tus labios están hinchados sin siquiera haberte tocado o estar dentro tuyo... - Baja su mirada, para nivelarla de la mía. - ...y tus mejillas encendidas... - Varios segundos pasan, sobre nuestros pechos algo agitados por la situación.
Yo excitada y él, por la expectativa.
Una, que descubro que es la promesa de sus ojos, cuando lo vi desde su clase.
- ¿Podrás con esto? - Me pregunta y Santo Dios, claro que no puedo.
Estoy ardiendo a minuto de tenerlo puesto, muy necesitada y solo quiero verlo sin ropa.
A la mierda su próxima clase, donde estamos y mis ganas de preparar mi mochila para mi viaje.
Pero, procuro asentir.
- Bien... - Aprueba, algo divertido. - ...aguanta hasta que te busque, finalizando mi clase. - Eleva mi barbilla. - No te vayas a correr Matilda, prometo una mayor gratificación cuando te tome. - Me jura, sacando otra cosa del bolsillo de su pantalón.
Ahora, si es un dulce.
Para ser exacto, un caramelo duro de fruta.
Lo desenvuelve y me pide que abra la boca.
- Come. - Me ordena y obediente lo hago.
La pone en mi lengua, seguido de ahora, abrir la botella de agua mineral para que beba algo por tener mis labios resecos
- Cuando sientas la presión de placer en tus piernas, solo chupa la golosina, eso ayuda... - Me explica. - ...chupa mucho. - Y mierda con su última frase erótica.
Pero eso hago, cuando nos separamos en el pasillo.
Ahora sí, optando por el bendito ascensor, porque en solo pensar en bajar los dos pisos de escaleras con el estimulador, tengo la seria probabilidad de sucumbir en un orgasmo.
Y capaz, hasta dos.
Todo palpita abajo mío y cada movimiento del elevador ya dentro y por leve que sea, hace estragos en cada célula de mi cuerpo y por ello, estoy con la seria posibilidad de tomar un taxi y no como siempre, mi saludable caminata a mi edificio.
Glenda no se encuentra cuando llego y me permito agradeciendo a su ausencia, jadear a gusto y pesadamente, tirarme sobre mi cama tomando con ambas manos mi entrepierna para presionarla y aminorar esa punzante necesidad de satisfacerme.
Chupo con más ganas el caramelo, maldiciendo a Santo y su juego por las ganas de masturbarme.
Solo un poco más me repito mentalmente, mientras me incorporo para ir hasta el baño por una ducha de agua fría.
Mejor, que sea helada.
Me desvisto a regañadientes y dejo que la lluvia se haga cargo de mi sexy miseria.
Hasta lloriqueo bajo el agua, cuando el jabón lava mi zona y eso repercute más con mis dedos enjuagando.
Procuro no pensar en ello, al salir y secándome, eligiendo que prendas ponerme.
Y río como loca, al seleccionar un holgado vestido de verano.
Todo sea, por no retrasar por culpa de un jeans o camiseta mi gratificación.
Ocupo el tiempo restantes con suaves y casi nulos movimientos sumamente estudiados en guardar otro tanto muy lento, dentro de la mochila con objetos de higiene, ya que cualquier y fuera de concentración, es pasaje a que active mi cerebro y quiera terminar contra cualquier cosa.
Y como yo hoy en la mañana, también leo lo que Gleen me deja con otra notita.
Que no la espere a dormir, porque aceptó la invitación de un chico que conoció anoche en salir.
- Guau... - Digo feliz por ella y por sobre el sonido de mi celular con la entrada de un mensaje entrante.
Agradecida, sonrío.
Santo que ya viene por mí, que sin perder tiempo y reteniendo un gemido bajito, salgo de mi habitación para esperarlo fuera, pero con cada paso y ganándome de un par de compañeros de piso estudiantil, miradas curiosas por mi forma extraña de caminar y hasta con ayuda de mi mano en la pared, que disimulo con sonrisa leve.
Porque si es de oreja a oreja, hasta eso puede causar que el aparatito en mi vagina me atienda y que todos sean testigo del orgasmo sin preámbulos suelte.

SANTO
La risa me puede y lo hago con ganas, viendo como con muy de mal humor, aunque muere de hambre, Matilda mastica su hamburguesa dentro del sitio donde paramos para cenar de camino a buscarla.
Hace calor, pero su sudor se acumula por todas sus terminaciones nerviosas a flor de piel, gracias al estimulador vaginal que sin tregua y ante cualquier acto suyo, libera presión que muy pocas mujeres aguantan, pero Matilda lo tolera por mí.
El suave volado de su vestido de verano, vuela suave por la cálida brisa de la noche sentados fuera y en un estilo patio de comidas del local, causando para mi vista, la bonita visión de esa porción de sus piernas desnudas.
Podría y sabiendo que tanto le gusta, haberla llevado a cenar al bodegón.
Pero la seria posibilidad de encontrar conocidos y aletargar el tiempo, no está en mis planes más que lo suficiente.
- Mañana voy a ir a mi ciudad, aprovechando mi día libre y que el siguiente trabajo por la tarde... - Me dice, saboreando un pedacito del pan de su sándwich con aderezo.
El cigarrillo que encendí, lo fumo despacio y exhalo su humo dibujando aros intangibles en el aire.
- ¿Te puedo llevar? - Me ofrezco, pero niega mordiendo otra vez su comida y cerrando leve sus ojos por el vibrador, que al pasar el sofoco de excitación los abre.
- No, tienes clases...
- ...por la tarde. - Interrumpo, pero vuelve a negar.
- Me gustaría hacerlo sola... - Piensa un rato. - ...quiero o más bien necesito, ver a Clarita. - Que hablemos de ella por primera vez a ambos nos sacude, pero ya sin asperezas o tabú. - ¿Te molesta?
Y niego, porque meses atrás, yo también lo hice.

MATILDA
Sé, que me lo dice sincero, pero noto cierto descontento de su parte, lanzando el cigarrillo que es raro que los termine cuando lo vi fumar.
Y suspiro, dejando mi comida para beber de mi vaso de gaseosa.
Nuestra primera vez y supongo de muchas conversaciones que hablaremos de Clara.
Y aunque resulta difícil hacerlo, siento que ya no hay piedras para ello.
Yo necesito que cuando pase, se haga de forma natural.
Por mí, porque fue y va ser siempre mi hermosa y gran hermana.
Y por él, ese amor que fue ella.
Miro todo lo que nos rodea, desde el alto que estamos y regala como vista este bar en una colina y al aire libre.
Una gran parte de la ciudad de noche con continuas luces que pestañean y titilan para nosotros.
- ¿Con ella... - Ni sé como decirlo o expresarlo.
Me mira.
- ...jugar o tener sexo? - No anda con vueltas, terminando mi pregunta y se lo agradezco, solo afirmo.
Estamos uno al lado del otro enfrentando el paisaje nocturno.
Se cruza de brazos y me mira.
- Ni uno, ni lo otro. - Su respuesta me deja nula y se sonríe, acomodando mejor sus lentes. - ¿Difícil de creer?
Vuelvo a asentir.
- ¿Pero saliste con ella?
- Sí.
- Y por mucho tiempo...
- Varios meses. - Acota.
- ¿Y te enamoraste?
- Mucho. - Sincero.
- ¿Y no hubo sexo?
Apoya su barbilla en una mano.
- ¿No me crees?
¿Mi respuesta?
Señalar mis muñecas que suavemente muestran un tono rosa, seguido a señalar lo que bajo mi vestido gracias a mi fuerza de voluntad retengo o más bien, sostengo.
Santo, se permite sonreír y un dedo en alto, dibuja algo en aire y frente a nosotros.
- Existe dos amores que marcan la vida de uno, Matilda... - Habla. - ...que a veces vienen a la par unidas, convirtiéndose en una sola, pero la mayoría de las veces lo hace dividido. - Siguiendo su dibujo en el aire, más bien al cielo estrellado, traza un círculo en una de las estrellas con el índice. - Donde, una es tu primer amor y vino para enseñarte algo... - Y ese dedo que envolvió a esa estrella en el cielo, ahora va a mí, para también envolverme en un círculo imaginario. - ...y después, está el amor de tu vida... - Lágrimas nublan mis ojos al escucharlo. - ...que es el que esperabas, llega para sanar y ser el complemento perfecto de ese %50 que le falta a tu cien de vida. - Toma mi mano. - Mismo sentimiento, pero diferente intensidad y sin desmerecer uno del otro. - Toma mi otra mano, dejando por mí, el vaso de gaseosa. - Yo te amo, Matilda... - Para decirme.
Y comprendo.
No hace falta más nada, por más que mucho todavía por hablar.
Y en el siguiente intento, ya llegando a su departamento.
Es la imperiosa necesidad de ambos, compitiendo quien amaba más a quién.
Pero, ganaba yo por obvias razones y gracias al aparatito vaginal.
Y una vez dentro, desde llevarnos cosas por delante por siquiera encender una luz, para no perder tiempo.
Como tampoco y totalmente de acuerdo en no llegar a su habitación, cual ese enorme y confortable colchón ya garantizaba un polvo de muerte.
Santo me levantó contra una pared, para poder y a medida que nos desvestíamos, frotarnos con fuerza ambos, besando para ahogar mis gemidos por la presión de su dura erección contra el estimulador que azota mi clítoris.
Su mano es dura mientras toma mi cabello y aparta mi cabeza, rompiendo el beso, ya con los dos sin alientos.
Inclusive, sin palabras.
Seguido de darnos la vuelta y ponerme contra la mesa inclinando mi cuerpo a su superficie, subiendo mi vestido y bajando mi braga, aflojando el cinturón de su jeans, como de un movimiento desabotonar su pantalón y bajarlo con su ropa interior hasta sus caderas.
La fría superficie de la madera toca todo un lado de mi rostro, mientras siento como desgarra el envoltorio de un condón para ponérselo.
- Apoya tus codos y manos en el borde de la mesa, nena... - Me pide, mientras toma mi cintura y me tira contra él, empujando con sus dedos mi humedad tanteando mi grado de excitación, para luego y con un gemido de placer y dolor, sacar el juguete que ya empapado, jugaba con mi clítoris.
Está inflamado y dolorosamente sensible, pidiendo a gritos atención.
Siento su mirada fija en mí y hasta juraría que su mandíbula está apretada, cuando lo acaricia y nota la hinchazón de excitación.
- Lista para mí... - Suelta, besando mi espalda y empujándose dentro y fuera de mí.
Duro.
Más rápido, dejándome inmóvil.
Y más duro.
Penetrándome profundo como obligándose sin siquiera a descansar y con mi cuerpo y cada jadeo que salía de mi interior humedeciendo la madera de la mesa, a sentir sobre el placer por fin siendo gratificado, sobre el esfuerzo de mi entrega y él tomándome.
Cada embestida me fue acercando a mi clímax, cada movimiento saliendo y entrando como empujando dentro mío, me llevó a correrme y tuve con mis manos, que aferrarme con más fuerza de la mesa, por volverse mis piernas livianas y sintiendo que mi eje se pulsaba a él, al entregarme al orgasmo que me colmó.
Al sentirme me estrecha contra él con fuerza, aspirando mi pelo y besando mi cuello, lamiendo mi sudor y chupando sobre mi pulso, sin dejar de moverse para hacerme sentir los vestigios de mi corrida.
Y una ola de sensaciones lo envuelve, diciendo mi nombre y sin dejar de empujarse a través de mí, cuando con los latidos de mi clímax lo ordeño dentro, provocando que gima al sentir su pene apretado y eso, traiga el suyo estremeciendo su cuerpo y con último golpe, termine.
Cae derrumbado encima mío y tan jadeante y transpirado como yo, sin dejar con lentas penetraciones de sacar sus últimos restos de su eyaculación.
Por estar a medias vestidos, apenas y por poca fuerza, podemos acomodarnos deslizándonos por el piso.
Santo lleva mi rostro a su pecho y me retiene contra él, pudiendo escuchar como sus latidos acelerados como golpean bajo la camiseta que nunca se sacó.
Todo huele a él, sexo y a mí.
Se recuesta contra el suelo y me lleva también y por largos segundos, ambos procuramos controlar nuestras respiraciones.

SANTO
No sé, en que momento nos quedamos dormidos en el piso del comedor.
Pero, cuando desperté a una hora de la madrugada y asustado buscando a Matilda, la encontré a mi lado durmiendo profundo y entre nosotros, pese a la oscuridad que estábamos y envueltos en una frazada, cual supongo que fue por una para taparnos.
Y suspirando aliviado y tan agotado como ella, solo me limité a abrazarla más contra mí, como cubrirnos, dejar mis lentes a un lado y cerrar mis ojos.
A media mañana, la acompañé a la estación de colectivos algo reticente, porque quería llevarla.
Pero obstinada, seguía negándose y con un resoplido caprichoso mío y una risita de ella, para luego besarme, cosa que no me opuse, se montó al suyo.
La miré desde la plataforma todavía descontento y poniendo mis manos en los bolsillos de mi pantalón, como caminó por el pasillo buscando su número de asiento y me saludó alegre desde la ventanilla y lugar.
Me acerqué y solo sacando una mano, la apoyé en su vidrio.
Lo bueno de ser alto.
Y lo que hizo, me robó una sonrisa.
Soltar aliento con su boquita en forma de O para empañarlo en la zona de mi mano apoyada y con su dedito luego, dibujar un corazón.
Y mierda.
Mis ojos se empañaron por ese gesto.
La seguí hasta donde el límite me permitía al comenzar a retroceder el autobús por ser la hora de irse y la saludé por última vez como ella a mí, mientras lo veía irse.
Corrección.
La veía irse.
Carajo...
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