Cuando Jimin despertó, no sabía dónde estaba. El techo era bajo, las paredes de piedra, y olía a humedad y a sangre. Su sangre.

—¿Jimin? —la voz de Seokjin llegó desde algún lugar a su izquierda—. ¿Jimin, estás despierto?

—Sí —respondió, con la voz ronca—. ¿Dónde estamos?

—En algún sótano. No lo sé. Me vendaron los ojos cuando nos trajeron.

Jimin intentó moverse, pero el dolor en el hombro lo detuvo. La bala seguía dentro. Podía sentirla, un fuego ardiente que se extendía por todo su brazo.

—Tenemos que salir de aquí —dijo, forcejeando contra las cuerdas que lo ataban a la silla.

—No podemos —respondió Seokjin, y su voz temblaba—. Namjoon nos vigila. Dijo que si intentábamos escapar, nos mataría.

—De todas formas nos matará. Al menos así tendremos una oportunidad.

Pero antes de que pudiera seguir, una puerta se abrió y Namjoon entró en la habitación.

—Despierto —dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Me alegra verte consciente, Jimin. Sería una lástima que murieras antes de entregarme el código.

—Nunca te lo daré —escupió el omega.

—¿No? ¿Ni siquiera para salvar a tu amigo?

Namjoon se acercó a Seokjin, acariciándole la mejilla con una mano que parecía una garra.

—Es un omega guapo, ¿no crees? Me pregunto cómo resistirá el dolor.

—¡No le hagas nada! —gritó Jimin, forcejeando con las cuerdas—. ¡Es a mí a quien quieres!

—Claro que te quiero a ti. Pero eres terco, Jimin. Necesito un incentivo.

Namjoon hizo una seña, y uno de sus hombres se acercó con un cuchillo.

—El código —dijo Namjoon, con la voz fría como el hielo—. O empiezo a cortar dedos.

Jimin cerró los ojos. Podía sentirlo, el código, latiendo en su cabeza como un segundo corazón. Tan fácil sería decirlo. Tan fácil sería terminar con todo.

Pero entonces pensó en su madre. En todo lo que había sacrificado para proteger ese secreto. En Yoongi, que había arriesgado su vida una y otra vez para que la verdad saliera a la luz.

No podía fallarles. No podía.

—No —susurró—. No te lo daré.

Namjoon frunció el ceño.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

El alfa suspiró, como si lamentara lo que iba a hacer.

—Entonces lo siento, Jimin. Pero me has dejado sin opciones.

Levantó la mano, y el hombre del cuchillo se acercó a Seokjin.

—¡No! —gritó Jimin, pero sus palabras se perdieron en el sonido de una explosión.

La puerta voló en pedazos. Humo, gritos, disparos. Y luego, como un ángel vengador, la figura de Min Yoongi emergió de entre las sombras.

—¡Namjoon! —rugió, con los ojos brillando de furia—. ¡Suelta a mi omega!

El caos fue total. Jimin no podía ver bien, no podía moverse, pero escuchaba los disparos, los gritos, los cuerpos cayendo al suelo. Y entonces, de repente, silencio.

—Jimin —la voz de Yoongi, cerca, muy cerca—. Jimin, ábreme los ojos.

El omega obedeció. Yoongi estaba arrodillado frente a él, con el rostro manchado de sangre y una expresión de terror apenas contenido.

—Estoy bien —susurró Jimin—. Estoy bien.

—No lo estás. Te han disparado.

—Es solo en el hombro. No es grave.

Yoongi cortó las cuerdas con un cuchillo, y luego lo abrazó con una fuerza que parecía querer fusionarlos.

—No vuelvas a asustarme así —murmuró contra su cabello—. No puedo perderte.

—No me perderás —respondió Jimin, aferrándose a él—. Te lo prometo.

A su alrededor, los hombres de Namjoon yacían en el suelo, algunos muertos, otros heridos. Pero Namjoon no estaba.

—¿Dónde está? —preguntó Jimin, con el corazón acelerado.

—Se escapó —respondió Yoongi, con la mandíbula apretada—. Pero no irá lejos. Mis hombres están peinando la zona.

—Tenemos que encontrarlo.

—Lo haremos. Pero primero, vamos a sacarte de aquí. Necesitas un médico.

Jimin quiso protestar, pero el dolor en el hombro era insoportable y la sangre seguía brotando. Asintió, dejándose ayudar por Yoongi y Hoseok, que había aparecido de la nada.

—¿Seokjin? —preguntó, mirando a su alrededor.

—Está bien —respondió Hoseok—. Está con mis hombres, a salvo.

Jimin sintió que el peso del mundo se le caía de los hombros.

—Entonces vámonos —dijo.

Y mientras salían de aquel sótano, mientras el aire fresco de la noche golpeaba su rostro, Jimin supo que la guerra aún no había terminado.

Pero por primera vez, sintió que podían ganarla.

La recuperación de Jimin fue lenta y dolorosa. La bala había dañado músculo y tendón, y los médicos dijeron que probablemente nunca recuperaría la movilidad total del brazo.

—No importa —dijo Jimin cuando Yoongi le dio la noticia—. Puedo programar con una mano. O con la mente. No necesito el brazo para pensar.

—Lo sé —respondió el alfa, acariciándole el cabello—. Pero igual duele verte así.

—Duele más no haber podido atrapar a Namjoon.

—Lo atraparemos. Es cuestión de tiempo.

Y así fue. Dos semanas después, mientras Jimin aún se recuperaba en el Polígono de Cristal, Hoseok irrumpió en la habitación con una sonrisa de oreja a oreja.

—Lo tenemos —dijo—. Namjoon está detenido.

Jimin se incorporó en la cama, sin creer lo que oía.

—¿Cómo?

—Intentó huir del país con un pasaporte falso. Nuestros contactos en el aeropuerto lo reconocieron y lo retuvieron.

—¿Y ahora?

—Ahora está en custodia. Y ha accedido a declarar todo lo que sabe sobre el código Zaphiro a cambio de una condena menor.

—¿Una condena menor? —Jimin sintió que la furia lo invadía—. ¡Ese hombre mató a mi madre!

—Lo sé —respondió Yoongi, que había entrado detrás de Hoseok—. Pero es la única forma de llegar a los verdaderos responsables. Los que están por encima de él. Los que ordenaron la masacre.

Jimin cerró los ojos, respirando hondo para calmarse.

—Está bien —dijo finalmente—. Pero quiero estar presente cuando declare. Quiero verle la cara.

—Lo estarás —prometió Yoongi—. Te lo juro.

El juicio duró tres meses. Tres meses de testimonios, de pruebas, de acusaciones cruzadas. Namjoon declaró durante días, desgranando los nombres de todos los implicados en la conspiración: políticos, empresarios, militares, científicos.

Al final, hubo más de cincuenta condenas. Gobiernos cayeron, corporaciones quebraron, familias enteras fueron deshonradas.

Pero para Jimin, lo más importante fue una sola condena: la de Kim Namjoon, declarado culpable de asesinato, conspiración y crímenes contra la humanidad. Cadena perpetua. Sin posibilidad de libertad condicional.

Cuando el juez dictó la sentencia, Jimin sintió que las lágrimas le corrían por las mejillas. No lágrimas de tristeza, sino de alivio. De justicia. De paz.

—Lo logramos —susurró Yoongi a su lado, apretándole la mano.

—Lo logramos —repitió Jimin.

Y por primera vez en quince años, la sombra del código Zaphiro dejó de perseguirlo.

Bạn đang đọc truyện trên: AzTruyen.Top