La primavera llegó a Tokio con una explosión de cerezos en flor, como si la naturaleza misma intentara compensar la oscuridad del invierno. Pero Jimin apenas los veía. Su mundo se había reducido a pantallas, códigos y una obsesión que crecía día a día: encontrar a Namjoon.

—Llevamos tres meses —dijo Hoseok una tarde, entrando al despacho con un dossier bajo el brazo—. Tres meses y ni una sola pista. Es como si se hubiera esfumado.

—No se ha esfumado —respondió Jimin sin apartar la vista de la pantalla—. Está escondido. Esperando.

—¿Esperando qué?

—El momento adecuado.

Yoongi, que estaba leyendo en el sillón, cerró el libro con un suspiro.

—Jimin tiene razón. Namjoon no es de los que se rinden. Está tramando algo.

—Pero ¿el qué? —preguntó Hoseok—. Ya no tiene el código. No tiene hombres. No tiene poder.

—Tiene algo más peligroso —dijo Jimin—. Tiene información. Sabe quiénes somos, dónde vivimos, a quiénes queremos. Y eso puede ser más letal que cualquier arma.

El silencio que siguió fue pesado, cargado de implicaciones que ninguno quería verbalizar.

—¿Qué sugieres? —preguntó Yoongi finalmente.

—Que nos preparemos para lo peor —respondió Jimin—. Porque cuando Namjoon ataque, no será con balas. Será con veneno.

Dos semanas después, el veneno llegó en forma de una filtración.

Alguien había publicado en la dark web todos los nombres de los miembros de Gold Tiger. Sus direcciones, sus familias, sus secretos. Todo expuesto para que el mundo lo viera.

—¿Cómo ha pasado? —preguntó Yoongi, con el rostro pálido como la cera.

—No lo sé —respondió Hoseok, tecleando frenéticamente en su ordenador—. Nuestros sistemas estaban blindados. Esto es... esto es obra de un genio.

—¿De Namjoon?

—De Namjoon —confirmó Jimin, que había estado en silencio desde que recibió la noticia—. Solo él conoce nuestros sistemas tan bien. Solo él podría haberlo hecho.

—Pero ¿cómo consiguió acceso?

Jimin cerró los ojos, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.

—Por mí —susurró—. Cuando trabajaba en TRASH, mis sistemas estaban conectados a los de Gold Tiger. Debí haberlos desconectado, pero... nunca pensé que Namjoon fuera a...

—No fue tu culpa —lo interrumpió Yoongi—. No podías saberlo.

—Debería haberlo sabido. Soy el mejor hacker de mi generación, ¿recuerdas? Se supone que debo prever estas cosas.

—Eres humano —dijo Yoongi, acercándose a él—. Los humanos cometen errores. Lo importante es cómo los solucionamos.

Jimin levantó la vista, los ojos brillantes de furia contenida.

—¿Y cómo solucionamos esto? ¿Cómo protegemos a los nuestros cuando el enemigo sabe todo de nosotros?

—Cambiando las reglas del juego.

—¿Cómo?

Yoongi sonrió, y era una sonrisa peligrosa, la de un depredador que ha olido la sangre.

—Haciendo que Namjoon tenga algo más importante que perder que nosotros.

Las semanas siguientes fueron un torbellino de acción. Yoongi movilizó a todos sus contactos, usó todas sus influencias, quemó todos los puentes que había construido en quince años. El objetivo: encontrar a Namjoon antes de que Namjoon los encontrara a ellos.

Y lo lograron.

Fue un pequeño indicio, una transferencia bancaria a una cuenta en Suiza, un nombre falso que Hoseok reconoció porque lo había visto años atrás, en los archivos de TRASH.

—Está en Seúl —dijo Hoseok una noche, irrumpiendo en el despacho con una sonrisa de oreja a oreja—. Namjoon está en Seúl.

Jimin se puso de pie tan rápido que la silla cayó al suelo.

—¿Seguro?

—Completamente.

—Entonces vamos —dijo Yoongi, poniéndose la chaqueta—. Esta noche. Sin esperar.

—¿Así sin más? —preguntó Jimin—. ¿Vamos a enfrentarnos a él en su territorio?

—Vamos a enfrentarnos a él —respondió Yoongi—. Donde sea. Como sea. Porque si no lo hacemos ahora, nunca lo haremos.

Jimin asintió, sintiendo que el corazón le latía con una fuerza casi dolorosa.

—Vamos —dijo.

Y esa noche, bajo un cielo estrellado que prometía poco, los tres partieron hacia Seúl.

Hacia el enfrentamiento final.

Hacia la verdad.

***

El viaje a Seúl fue tenso, silencioso. Cada uno iba sumido en sus propios pensamientos, preparándose para lo que sabían sería una batalla decisiva.

Jimin miraba por la ventanilla del coche, viendo pasar los paisajes familiares de su infancia. Corea del Sur. El país donde había nacido, donde había crecido, donde su madre le había enseñado los primeros algoritmos frente a la chimenea de su pequeña casa.

—¿Nervioso? —preguntó Yoongi, que iba a su lado.

—Un poco —admitió Jimin—. Es extraño volver. Pensé que nunca lo haría.

—¿Por qué te fuiste?

—Por mi madre. Después de que muriera, no pude quedarme. Todo me recordaba a ella.

—¿Y ahora?

—Ahora... ahora necesito hacer esto. Por ella.

Yoongi tomó su mano, apretándola con suavidad.

—Lo harás —dijo—. Y ella estará orgullosa.

El coche se detuvo frente a un edificio anodino en el distrito de Gangnam. Nada distinguía esta construcción de las que la rodeaban, pero Jimin sabía que bajo esa fachada inocente se escondía el corazón de la bestia.

—¿Estás listo? —preguntó Hoseok, que iba delante.

—No —respondió Jimin con honestidad—. Pero iré igual.

Entraron por la puerta trasera, siguiendo las instrucciones que Hoseok había obtenido de sus contactos. Un ascensor los llevó al sótano, y luego otro, y otro, descendiendo hacia las profundidades.

Cuando las puertas se abrieron por última vez, Jimin sintió que el corazón se le paraba.

La sala era idéntica a la del 0913 Ginza. Las mismas paredes de hormigón, las mismas luces fluorescentes, el mismo aire opresivo. Y en el centro, sentado en una silla como si fuera un trono, Kim Namjoon.

—Hola, Jimin —dijo, con una sonrisa que helaba la sangre—. Te estaba esperando.

—Namjoon —respondió el omega, forzando la voz a la calma—. Has perdido. Entrégate.

—¿Perdido? —rió Namjoon, una risa hueca y terrible—. No, pequeño. Aún no he comenzado a jugar.

—No tienes nada. Sin el código, sin tus hombres, sin...

—¿Sin nada? ¿Estás seguro?

Namjoon hizo una seña, y una puerta se abrió en la pared. Dos hombres salieron arrastrando a una figura encapuchada.

Cuando le quitaron la capucha, Jimin sintió que la bilis le subía a la garganta.

Seokjin. Otra vez.

—¡No! —gritó, lanzándose hacia adelante—. ¡Déjalo!

Pero Yoongi lo sujetó, impidiéndole avanzar.

—Tranquilo —susurró el alfa en su oído—. Es una trampa.

—Lo sé —respondió Jimin, forcejeando—. ¡Pero es Seokjin!

—Y si te suelto, los dos moriréis.

Namjoon observaba la escena con una expresión de divertida satisfacción.

—Qué conmovedor. El omega defiende a su amigo. El alfa protege a su pareja. ¿No es hermoso?

—¿Qué quieres, Namjoon? —preguntó Yoongi, con la voz gélida.

—Lo mismo que siempre. El código. El verdadero. El que Jimin guarda en su cabeza.

—No te lo daremos.

—¿No? —Namjoon sacó una pistola, apuntando a la cabeza de Seokjin—. ¿Estás seguro?

Jimin sintió que el mundo se detenía.

—No —susurró—. Por favor...

—El código, Jimin. Dímelo ahora o tu amigo muere.

—No lo sabe —intervino Yoongi—. El código no está en su cabeza. Es una metáfora. La verdadera clave está en los archivos de su madre, y esos archivos los destruimos nosotros.

Namjoon frunció el ceño.

—Mientes.

—Comprobarlo. Registra su apartamento. Busca en sus cosas. No encontrarás nada.

El alfa vaciló, y ese instante de duda fue todo lo que Yoongi necesitaba.

—¡Ahora! —gritó.

Las luces se apagaron. Disparos. Gritos. Caos.

Jimin sintió que alguien lo agarraba del brazo y lo arrastraba hacia un lado. Seokjin. Su amigo, que había logrado liberarse durante la confusión.

—¡Corre! —gritó el mayor, empujándolo hacia la puerta.

Pero antes de que pudieran llegar, un disparo resonó en la oscuridad.

Jimin sintió un dolor agudo en el hombro, y entonces el mundo se volvió borroso. Las piernas le flaqueaban, la sangre le empapaba la camisa, y todo lo que podía ver era el rostro aterrorizado de Seokjin, los labios de Yoongi formando su nombre, y luego nada.

Oscuridad total.

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