El 0913 Ginza lucía igual que la primera vez que Jimin lo había visto. La misma fachada discreta, las mismas luces tenues, el mismo aire de exclusividad que ocultaba un abismo de secretos.
Pero esta noche, todo era diferente.
Jimin llevaba un micrófono oculto en el cuello de la camisa, un botón de pánico en el bolsillo y un pendrive con una copia falsa del código en la mano. A su alrededor, invisibles entre la multitud, Yoongi y sus hombres aguardaban.
—Entro —susurró al micrófono, apenas moviendo los labios.
—Te cubrimos —respondió la voz de Yoongi en su oído.
El omega respiró hondo y cruzó la puerta.
El interior era un laberinto de pasillos alfombrados y puertas de madera oscura. Un recepcionista de aspecto inofensivo lo guió hasta un ascensor privado, y luego otro, y otro, descendiendo hacia las entrañas del edificio.
Cuando las puertas se abrieron por última vez, Jimin se encontró en una sala que recordaba a un búnker. Paredes de hormigón, luces fluorescentes, y en el centro, atado a una silla, Seokjin.
—¡Jimin! —gritó el mayor, forcejeando contra las cuerdas—. ¡No tendrías que haber venido!
—Claro que sí —respondió el rubio, forzando una calma que no sentía—. Eres mi amigo. No iba a dejarte aquí.
Una risa fría resonó en la sala.
—Qué conmovedor —dijo Kim Namjoon, saliendo de las sombras—. La lealtad de los omegas siempre me ha parecido patética.
—Namjoon —el nombre salió de los labios de Jimin como un escupitajo—. Suelta a Seokjin.
—Primero el código.
—Aquí está —Jimin levantó el pendrive—. Todo el código Zaphiro. El fragmento final incluido. Ahora suéltalo.
Namjoon se acercó lentamente, sus ojos brillando con una codicia apenas contenida.
—¿Crees que soy estúpido? Si tomo ese pendrive, tus amigos entrarán por esa puerta y me matarán antes de que pueda parpadear.
—No tengo amigos aquí. Vine solo, como pediste.
—Mientes.
—Comprueba la calle. No hay nadie.
Namjoon hizo una seña a uno de sus hombres, que salió de la sala y regresó minutos después con una expresión confusa.
—No hay nadie, jefe. Las calles están desiertas.
El alfa frunció el ceño, evaluando a Jimin con una nueva mirada.
—¿Qué juegas?
—Ningún juego. Solo quiero a mi amigo a salvo. Después, puedes quedarte con el código. Hacer con él lo que quieras. Ya no me importa.
—Mientes otra vez —dijo Namjoon, pero había una duda en su voz—. Tú y tu madre... siempre tan idealistas. Creyendo que la verdad salvaría el mundo.
—Mi madre murió por esa verdad.
—Tu madre murió porque era débil. Porque no supo ver que el poder no se combate con ideales. Se combate con más poder.
Jimin apretó los puños, conteniendo la furia que bullía en su pecho.
—Suelta a Seokjin.
—Dame el pendrive.
—Al mismo tiempo.
Namjoon sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Trato hecho.
Se acercaron el uno al otro como dos depredadores midiéndose. Jimin extendió el pendrive. Namjoon extendió la llave que liberaba las ataduras de Seokjin.
—Cuando cuente hasta tres —dijo Namjoon—. Uno...
—Dos —continuó Jimin.
—Tres.
El intercambio fue rápido, casi violento. Jimin arrancó las cuerdas de Seokjin mientras Namjoon cerraba el puño alrededor del pendrive.
—¡Corre! —gritó Jimin, empujando a su amigo hacia la puerta.
Pero antes de que pudieran llegar, una barrera metálica descendió del techo, bloqueando la salida.
—¿Creíste que iba a dejarlos ir tan fácilmente? —rió Namjoon—. Eres más ingenuo de lo que recordaba, Jimin.
—Yoongi —susurró el omega al micrófono—. Ahora.
Las luces se apagaron.
Caos. Gritos. Disparos.
Jimin sintió que alguien lo agarraba del brazo y lo arrastraba hacia un lado. Seokjin. Su amigo, a pesar del miedo, a pesar del peligro, no lo había abandonado.
—Por aquí —dijo una voz familiar, y entonces Hoseok estaba allí, abriendo una puerta secreta en la pared—. ¡Rápido!
Los tres se deslizaron por el pasillo mientras detrás de ellos la lucha continuaba. Disparos, explosiones, órdenes gritadas en japonés y coreano.
Cuando por fin salieron a la calle, cuando el aire frío de la noche golpeó sus rostros, Jimin sintió que las piernas le flaqueaban.
—Yoongi —jadeó—. Yoongi sigue ahí dentro.
—Ya sale —respondió Hoseok, señalando la puerta.
Y en efecto, un segundo después, la figura de Min Yoongi emergió de entre las sombras, con el traje manchado de sangre y una expresión de furia contenida.
—¿Estás bien? —preguntó, sujetando a Jimin por los hombros.
—Estoy bien —respondió el omega—. ¿Tú?
—Namjoon escapó.
La noticia cayó como un balde de agua fría.
—¿Cómo?
—Tenía un pasadizo secreto. Cuando las luces se apagaron, desapareció.
Jimin sintió que la desesperación lo invadía.
—Tiene el pendrive —dijo—. Tiene una copia del código.
—Una copia falsa —respondió Yoongi, y por primera vez esa noche, sonrió—. Hoseok la cambió antes de que entraras. El verdadero código sigue contigo.
Jimin parpadeó, procesando la información.
—¿Entonces...?
—Entonces hemos ganado esta batalla. Pero la guerra sigue.
El omega miró a su alrededor. Seokjin, temblando pero a salvo. Hoseok, con una herida en el brazo pero sonriente. Yoongi, con los ojos brillantes de determinación.
—Vámonos a casa —dijo finalmente—. Mañana seguimos.
Y mientras el coche los alejaba del 0913 Ginza, mientras Tokio se alejaba en la noche, Jimin apoyó la cabeza en el hombro de Yoongi y cerró los ojos.
No había ganado. Pero tampoco había perdido.
Y por ahora, eso era suficiente.
Las secuelas de aquella noche fueron caóticas. Namjoon había desaparecido sin dejar rastro, pero sus hombres no. Las calles de Tokio se convirtieron en un campo de batalla silencioso, con Gold Tiger y los restos de TRASH enfrentándose en las sombras.
Jimin apenas salía del Polígono de Cristal. Pasaba días enteros frente a las pantallas, rastreando el paradero de Namjoon, buscando cualquier señal, cualquier pista que los llevara hasta él.
—Necesitas descansar —le decía Yoongi cada noche, trayéndole comida que Jimin apenas probaba.
—No puedo —respondía el omega, sin apartar la vista de los códigos—. Mientras él esté libre, nadie está a salvo.
—Y agotándote no vas a encontrarlo más rápido.
—Déjame, Yoongi.
El alfa suspiraba, dejaba la bandeja sobre la mesa y se sentaba en el suelo, a los pies de la silla de Jimin. No decía nada más. Solo estaba. Y eso, de alguna manera, era más reconfortante que cualquier palabra.
Una semana después de la infiltración en Ginza, Hoseok irrumpió en el despacho con una noticia inesperada.
—Tenemos un problema —dijo, con el ceño más fruncido que nunca.
—¿Qué clase de problema? —preguntó Yoongi.
—Los gobiernos. Están presionando para que se destruya toda la información sobre el código Zaphiro. Dicen que es un peligro para la seguridad nacional.
—Eso es ridículo —protestó Jimin—. El código es la única prueba que tenemos de lo que hicieron.
—Lo sé. Pero el poder corrompe, y hay gente muy poderosa que no quiere que salgan a la luz ciertas verdades.
Yoongi se levantó, caminando hacia la ventana con los brazos cruzados.
—¿Qué proponen?
—Entregar todo lo que tenemos a una comisión internacional. A cambio, nos garantizan inmunidad.
—¿Inmunidad? —Jimin soltó una risa amarga—. ¿Para qué necesitamos inmunidad? No hemos hecho nada malo.
—Técnicamente —intervino Yoongi—, hemos hecho muchas cosas malas. Secuestro, allanamiento, robo de información clasificada...
—¡Pero era por una buena causa!
—Eso no importa ante la ley.
Jimin se dejó caer en la silla, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Entonces qué hacemos? ¿Nos rendimos?
—No —respondió Yoongi, dándose la vuelta—. Negociamos.
—¿Negociar con ellos? ¿Con los mismos que protegieron a Namjoon durante años?
—Con ellos. Porque es la única forma de salir vivos de esto.
Las negociaciones duraron dos semanas. Dos semanas de idas y venidas, de amenazas veladas, de promesas incumplidas. Jimin asistió a algunas reuniones, aunque su presencia era más simbólica que otra cosa. Los gobiernos no querían hablar con un omega; querían hablar con el líder de Gold Tiger.
—Me tratan como si fuera invisible —se quejó una noche, mientras Yoongi le masajeaba los hombros.
—Eres invisible para ellos —respondió el alfa—. Pero no para mí. No para los que importan.
—Eso no es suficiente.
—Lo será. Cuando todo esto termine, cuando tengamos la inmunidad y podamos hacer pública la verdad, entonces te verán. Todos te verán.
Jimin suspiró, dejándose caer hacia atrás contra el pecho de Yoongi.
—¿De verdad crees que llegará ese día?
—Lo creo —respondió el alfa—. Porque no hay otra opción.
Finalmente, el acuerdo se firmó. Gold Tiger entregaría toda la información que poseía sobre el código Zaphiro a una comisión internacional independiente. A cambio, sus miembros recibirían inmunidad total por cualquier delito cometido en el proceso de investigación.
—No es justo —dijo Jimin mientras veía a Yoongi estampar su firma en el documento—. Los verdaderos criminales siguen libres.
—Por ahora —respondió el alfa—. Pero la verdad está ahí fuera. Y la verdad, tarde o temprano, siempre sale a la luz.
Esa noche, Jimin lloró. Lloró por su madre, que había muerto sin ver justicia. Lloró por el padre de Yoongi, asesinado por decir la verdad. Lloró por todas las víctimas del código Zaphiro, cuyos nombres nunca serían conocidos.
Y cuando las lágrimas se secaron, cuando el cansancio lo venció, se durmió en los brazos de Yoongi con una certeza en el corazón.
La guerra no había terminado. Apenas comenzaba.
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