La vida después del juicio fue extraña. Jimin había pasado tanto tiempo luchando, tanto tiempo obsesionado con la venganza, que no sabía qué hacer con la paz.
Se levantaba cada mañana, tomaba café, miraba por la ventana. Y esperaba. No sabía qué, pero esperaba.
—Necesitas un hobby —le dijo Yoongi una tarde, al verlo vagar sin rumbo por el Polígono.
—¿Un hobby? —Jimin rió, una risa sin humor—. ¿Como qué? ¿Tejer? ¿Jardinería?
—Como lo que quieras. Pero necesitas algo que te llene. Algo que no sea el código.
Jimin lo pensó. Durante toda su vida, el código había sido su razón de ser. Primero como juego, luego como trabajo, luego como obsesión. Sin él, se sentía vacío. Incompleto.
—No sé hacer otra cosa —admitió.
—Pues aprende.
—¿A qué edad se aprende algo nuevo?
—A cualquier edad —respondió Yoongi—. Mi padre aprendió a tocar el piano a los cincuenta. Dijo que era su forma de mantener la mente joven.
Jimin lo miró, sorprendido.
—¿Tu padre tocaba el piano?
—Mal. Muy mal. Pero lo disfrutaba.
El omega sonrió, imaginando a un Yoongi niño sentado junto a su padre mientras este aporreaba el teclado sin ritmo ni armonía.
—Quizás debería intentarlo —dijo—. Tocar el piano, digo.
—Si quieres, te enseño —ofreció Yoongi—. Yo sé un poco.
—¿Tú? —Jimin arqueó una ceja—. ¿El líder de la mafia toca el piano?
—El líder de la mafia tiene muchos secretos.
Y así, Jimin empezó a tomar clases de piano. Al principio fue frustrante: sus dedos no respondían, su brazo herido le dolía, y los acordes sonaban a tortura. Pero poco a poco, fue mejorando.
Descubrió que la música era como el código. Patrones, algoritmos, estructuras que se repetían y variaban. Y en esas variaciones, encontró una paz que no sabía que necesitaba.
—Estás mejorando —le dijo Yoongi una noche, mientras Jimin practicaba una melodía simple.
—Todavía me equivoco mucho.
—Pero te equivocas mejor.
Jimin rió, y el sonido llenó la habitación como una caricia.
—Gracias —dijo—. Por todo. Por no rendirte conmigo. Por ayudarme a encontrar esto.
—No tienes que darme las gracias —respondió Yoongi, acercándose a él—. Tú también me ayudaste a mí. Me enseñaste que se puede luchar sin perder la humanidad. Que se puede ganar sin convertirse en monstruo.
—¿Y lo logramos?
—Creo que sí.
Se besaron bajo la luz tenue de la lámpara, y fue un beso diferente a todos los anteriores. No había urgencia, ni desesperación, ni miedo. Solo había ellos, y el presente, y la certeza de que, pase lo que pase, estarían juntos.
Pasó un año. Luego dos. Luego tres.
Gold Tiger se transformó en una fundación dedicada a proteger a víctimas de experimentos genéticos. Hoseok se convirtió en su director ejecutivo, y bajo su mando, la organización ayudó a cientos de personas a reconstruir sus vidas.
Yoongi, por su parte, se retiró de los negocios ilegales. No del todo, porque sabía que la oscuridad siempre estaría ahí, acechando. Pero delegó la mayor parte del trabajo en otros, dedicándose a lo que realmente importaba: su familia.
Porque sí, Jimin y él habían formado una familia. No de la manera tradicional, no con niños y una casa en los suburbios. Pero tenían su manada. Tenían a Hoseok, a Seokjin, a todos los que habían luchado a su lado. Y tenían el uno al otro.
—¿Sabes? —dijo Jimin una noche, mientras miraban las estrellas desde el balcón del Polígono—. Nunca imaginé que terminaría aquí.
—¿Aquí? —preguntó Yoongi, rodeándole la cintura con un brazo.
—Sí. Contigo. En paz. Feliz.
—¿Eres feliz?
Jimin lo pensó. Había cicatrices, físicas y emocionales. Había pesadillas, algunas noches. Había días en que el pasado lo aplastaba y no podía levantarse de la cama.
Pero también había esto. El calor de Yoongi a su lado. La risa de Hoseok en la distancia. La certeza de que, por fin, estaba donde debía estar.
—Sí —respondió—. Soy feliz.
Yoongi sonrió, esa sonrisa pequeña que solo Jimin conocía.
—Yo también.
Y mientras las luces de Tokio brillaban abajo, mientras la ciudad seguía su curso indiferente, los dos lobos que habían encontrado su manada se abrazaron bajo el cielo estrellado.
La guerra había terminado.
Y por fin, podían vivir.
La primavera había vuelto a Tokio con la misma violencia silenciosa de siempre. Los cerezos del parque Hachiko se abrían paso entre el asfalto y el cemento como un recordatorio de que la belleza, por frágil que fuera, siempre encontraba la manera de florecer. Park Jimin observaba aquel espectáculo desde la ventana de su pequeño estudio en el Polígono de Cristal, con una taza de té entre las manos y una sonrisa que no había logrado borrar en semanas.
—¿En qué piensas? —la voz de Yoongi llegó desde la puerta, acompañada del aroma a café recién hecho que siempre lo precedía.
—En lo lejos que hemos llegado —respondió Jimin sin volverse—. A veces me parece mentira.
Yoongi se acercó y dejó su taza junto a la de Jimin, apoyando las manos en los hombros del omega con una suavidad que aún le sorprendía después de tres años.
—¿Mentira en qué sentido?
—En el sentido de que alguien como yo haya terminado aquí. Con alguien como tú.
—¿Alguien como yo? —la ceja de Yoongi se arqueó con ese gesto que Jimin conocía tan bien—. ¿El monstruo que te secuestró?
—El hombre que me enseñó que los monstruos también pueden ser salvados.
Yoongi rió, una risa baja que vibró en el pecho de Jimin como una caricia.
—Eres demasiado bueno para mí, precioso.
—Ya lo creo —respondió Jimin, girándose para besarlo—. Pero alguien tenía que hacer el trabajo sucio.
El beso fue breve, interrumpido por el timbre del ascensor. Hoseok apareció un minuto después con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa que prometía problemas.
—Buenas noticias —anunció, dejándose caer en el sofá—. La fundación ha recibido su certificación internacional. A partir de ahora podemos operar en doce países sin restricciones.
—¿Doce? —Yoongi arqueó una ceja—. La última vez que hablamos eran ocho.
—Negocié un poco —respondió Hoseok con falsa modestia—. Por cierto, Jimin, la escuela de hackers éticos que propusiste ha sido aprobada. El gobierno japonés financiará las primeras dos promociones.
Jimin sintió que el corazón le daba un vuelco. La escuela era su proyecto más personal, la forma de redimir el daño que sus algoritmos habían causado sin que él lo supiera. Formar a una nueva generación de programadores que usaran su talento para proteger, no para destruir.
—¿De verdad? —preguntó, con la voz más temblorosa de lo que hubiera querido.
—De verdad —confirmó Hoseok—. He hablado con Seokjin y se ha ofrecido a dar clases de ética. Dice que alguien tiene que enseñarles modales.
Jimin rió, imaginando a su amigo sermoneando a un aula llena de jóvenes hackers.
—No sé si eso es bueno o malo.
—Será entretenido —dijo Yoongi—. Eso seguro.
La conversación derivó hacia los planes de la fundación, los próximos proyectos, los desafíos legales que aún quedaban por resolver. Pero en algún momento, Hoseok se despidió con la excusa de una reunión y los dejó solos.
Jimin se acercó a la ventana de nuevo. El sol comenzaba a ponerse sobre Shibuya, tiñendo los rascacielos de tonos naranjas y violetas.
—Yoongi —dijo, con la voz más seria de repente—. ¿Te has planteado alguna vez lo que viene después?
—¿Después de qué?
—Después de todo esto. De la fundación. De la escuela. De... nosotros.
Yoongi se acercó a él, rodeándole la cintura con los brazos.
—Llevo tres años planteándomelo —respondió—. Y aún no tengo respuesta.
—¿No te da miedo?
—A veces. Pero luego miro a mi lado y te veo a ti, y el miedo se convierte en otra cosa.
—¿En qué?
—En ganas. En querer seguir adelante. En saber que, pase lo que pase, mientras estemos juntos, valdrá la pena.
Jimin apoyó la cabeza contra su pecho, escuchando los latidos de su corazón. Había pasado tanto tiempo desde aquella primera noche en que lo había secuestrado, desde aquel beso robado en el despacho, desde la guerra que casi los destruye. Y ahora, aquí estaban. Vivos. Juntos.
—¿Te has planteado tener una familia? —preguntó de repente.
Yoongi se tensó ligeramente.
—¿Una familia?
—Niños —aclaró Jimin—. Cachorros que corran por los pasillos y rompan tus cosas más valiosas.
—Mis cosas más valiosas eres tú.
—Eso no responde a la pregunta.
Yoongi guardó silencio un momento. Cuando habló, su voz era más grave de lo habitual.
—Nunca lo había pensado. No creía que fuera algo que pudiera tener. Pero contigo... contigo lo he imaginado a veces.
—¿Y qué has imaginado?
—Una casa pequeña. Lejos de todo esto. Un jardín donde puedan jugar. Tú enseñándoles a programar. Yo... yo no sé qué podría enseñarles.
—Podrías enseñarles a ser valientes —dijo Jimin—. A proteger a los que quieren. A no rendirse nunca.
—Suena a mucho para un ex mafioso.
—Suena perfecto para el hombre al que amo.
Se besaron bajo la luz del atardecer, y fue un beso como tantos otros, pero también único. Porque en ese momento, algo cambió entre ellos. Una promesa. Un futuro.
Dos semanas después, Yoongi apareció en el estudio de Jimin con una caja pequeña en las manos.
—¿Qué es eso? —preguntó el omega, apartando los papeles en los que trabajaba.
—Ábrelo.
Jimin lo hizo. Dentro había dos anillos simples de platino, sin adornos ni piedras preciosas. Solo dos círculos perfectos que reflejaban la luz de la tarde.
—No sé cómo se hace esto —dijo Yoongi, con una torpeza que Jimin nunca le había visto—. No sé si los alfas como yo tenemos derecho a pedir algo así. Pero he pensado en esto durante tres años. Desde aquella noche en Hachiko Park, cuando tropezaste con mis zapatos y me maldijiste por haberte hecho perder las gafas.
—Fue culpa tuya —murmuró Jimin, con la voz rota.
—Lo sé. Y quiero que sea culpa mía el resto de nuestra vida. Jimin, ¿quieres casarte conmigo?
Las lágrimas cayeron antes de que pudiera contenerlas. Jimin asintió, una y otra vez, mientras Yoongi le colocaba el anillo en el dedo con manos que temblaban tanto como las suyas.
—Sí —dijo finalmente, cuando recuperó la voz—. Sí, quiero.
La boda fue tres meses después, en un pequeño jardín en las afueras de Tokio. Solo ellos, Hoseok como testigo, y un puñado de amigos que se habían convertido en familia. Seokjin lloró antes de que comenzara la ceremonia. Hoseok lo imitó en cuanto el oficiante pronunció las primeras palabras.
—¿Estás seguro de que quieres hacer esto? —preguntó Yoongi, mientras esperaban el momento del intercambio de votos—. Sabes que casarte conmigo te convierte en objetivo de mis enemigos.
—Ya era objetivo de tus enemigos antes de conocerte —respondió Jimin—. Al menos ahora tengo un anillo bonito.
Yoongi rió, y el sonido era tan genuino que Jimin sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Te quiero —dijo el alfa.
—También te quiero —respondió el omega.
Los votos que intercambiaron no fueron los tradicionales. Jimin habló de aquel día en el parque, de las gafas perdidas, de la obsesión que se convirtió en amor. Yoongi habló de los tres años que pasó observándolo desde la distancia, aprendiendo cada gesto, cada sonrisa, cada maldición. Habló de cómo el monstruo que todos veían había encontrado en ese pequeño omega torpe la única razón para ser humano.
Cuando el oficiante los declaró esposos, los cerezos del jardín eligieron ese momento para dejar caer una lluvia de pétalos sobre ellos. Como una bendición. Como un augurio.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Hoseok, que había llorado durante toda la ceremonia.
—Como si hubiera ganado la lotería —respondió Jimin, mirando el anillo en su dedo.
—Eso es porque no sabes las deudas que tiene Yoongi.
—Oye, que te oigo —protestó el alfa, pero lo dijo riendo.
La luna de miel la pasaron en Jeju Island, en una pequeña casa frente al mar que Yoongi había comprado años atrás, pensando en este momento. Durante dos semanas no hablaron de la fundación, ni del código, ni de nada que no fuera ellos. Caminaron por la playa, cocinaron juntos, hicieron el amor bajo las estrellas.
—¿De verdad compraste esto pensando en mí? —preguntó Jimin una noche, mientras veían las olas desde la terraza.
—Te he estado queriendo desde antes de conocerte —respondió Yoongi—. Solo que tardé en darme cuenta.
—Eres un romántico empedernido.
—Soy tu romántico empedernido.
Se besaron mientras la luna se reflejaba en el mar, pintando el horizonte de plata. Y Jimin pensó que, si alguien le hubiera dicho hace cuatro años que terminaría así, casado con el líder de la mafia y viendo el mar en Jeju, se habría reído en su cara.
Pero la vida era así. Impredecible. Sorprendente. Y a veces, solo a veces, maravillosa.
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