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El morado reinaba en todas partes. Paredes, alfombras, decoración, todo era de ese color o de alguno que ayudara a resaltarlo. Eleanor había restaurado esa habitación antes que cualquier otra, y cuando la nostalgia era fuerte, se acostaba en la cama a esperar la noche o salía al balcón para sentir el aire nocturno.
Entre los pliegues de la sábana, una chica se removió, perdiendo la batalla contra su despertar. No había descansado completamente, pero su cuerpo pedía volver a la vida. Eleanor alcanzó a escuchar algunos quejidos de dolor, sorprendiéndose en el acto.
Se suponía que la casa actuaba como un sanador y cualquier herida desaparecía al entrar en esta. Se acercó apresurada, pero no veía nada fuera de lugar ni sentía daños internos, así que asumió eran solo por una mala posición al dormir.
La chica debe essstar herida pero no físssicamente
—¿Emocionalmente, entonces?
O mentalmente, debesss despertarla para sssaber.
—Esperaré a que ella lo haga sola —Eleanor acaricio la mejilla blanca de la chica, marcada con un raspón, mientras trataba de ver en su pasado.
Tenia una cara angelical, ciertamente, pero sus pasos anteriores, los que la habían llevado a ella, no tenían nada de pacíficos.
Sombras, gritos, advertencias,... todo se combinaba a en un tornado oscuro sin forma. Pero el fuego lo dominaba por encima de los demás, el que los empujaba una y otra vez. La bruja apretó los ojos con fuerza antes de volver a la realidad.
Algo estaba persiguiendo a la chica, algo maligno con toda seguridad, pero no tenía idea de qué podía ser. Un demonio se manifestaba en la carne, cortándola y cambiando su color, un espectro dejaba marcas negras en las zonas que tocaba, los fantasmas se dejaban ver apenas ella entraba en la cabeza de la persona, pero esta criatura era algo más. Se alejó unos pasos para darle espacio a aquella criatura.
Giró los dedos contrarios a las agujas del reloj para hacer desaparecer los audífonos cuando se dio cuenta de que aún los tenía puestos y le estaba comenzando a molestar la música.
Fue en ese momento en que la chica despertó. Tenia los ojos azules, contrastando con su sedoso y corto pelo negro. Miraba a su alrededor confundida, buscando una explicación. Cuando su mirada se posó en Eleanor, se mantuvo allí, presa del miedo.
—Buenos días —la saludó—, soy Eleanor, puedes estar tranquila, no te haré daño —estuvo por dar un paso hacia ella, pero verla encogerse de miedo la hizo retroceder de inmediato; prefirió cambiar de tema—. Llegaste anoche a mi casa, espero que descansaras tanto como te hiciera falta —por respuesta solo obtuvo silencio, pero decidió sonreírle—. A ver, ¿cómo te llamas?
La chica la miró distinto esta vez, como si estuviera más relajada pero sin bajar la guardia de todas maneras. Sin embargo, no le respondió.
—Sé qué tienes un nombre, anda, no voy a hacerte nada —esta vez, cuando se acercó, la chica se mantuvo tranquila.
Eleanor la miró de cerca, y se dio cuenta de que los ojos aguados, ya más tranquilos, parecían pedirle perdón. Se dio cuenta entonces de que si no le respondía era porque no podía, no porque no quisiera hacerlo.
—Ah, ya entendí —la chica la miró aliviada—. ¿Puedes escribirlo?
Cuando le afirmó con la cabeza, la bruja se levanto para buscar unas hojas y un lápiz de la biblioteca que estaba en el cuarto. El papel estaba con una minúscula capa de polvo por el tiempo que llevaba allí sin uso, pero con pasarle la mano para limpiarlo y un soporte serviría igual, así que tomó un libro más grande, volvió a la cama y se sentó en la silla que había al lado antes de pasarle todo.
La mano de la muchacha le tembló en más una oportunidad, pero cuando le devolvió el papel, en realidad se entendía bastante bien.
—¿Élvia? —la miró para saber saber si lo había pronunciado bien—. ¿Significa algo? —volvió a darle la hoja y el lápiz, viendo que Elvia ya estaba mas calmada—. Proveniente de lo alto de las montañas, ¿y el tuyo? —leyó en voz alta—. Entonces vienes de las montañas —volvió a verla, sonriendo nuevamente—, me gustaría ir alguna vez —los ojos de la chica volvieron a mostrar miedo. Entonces allí es en donde está el peligro, dijo la serpiente en su cabeza. Eleanor estaba de acuerdo—. Mi nombre nadie sabe si significa compasión o chispa —cambió de tema para calmarla—, pero yo creo que tiene que ver más con los libros porque me encantan.
Elvia soltó una risa tímida, algo que alegró a la bruja. Ya se estaba dando cuenta de que no había peligro en esa casa, al menos no para ella.
—¿Tienes hambre? Soy buena cocinando —le guiñó un ojo y vio que le asentía, todavía tímida.— Si estás débil puedo ayudar a que te pares —Eleanor se puso de pie y le tendió la mano sana. Le gustaría tener el brazo izquierdo completo, pero no era el caso. Si la chica no había preguntado nada aún era por pura educación y ella lo sabía.
Elvia aceptó la ayuda y, entre algunos tambaleos, logro ponerse de pie. Tenía un vestido corto, no de corte sirena como el de ella, pero era la misma tela. Estaba sucio y roto en varias partes, pero al menos su dignidad estaba intacta, salvo por un corte en V que dejaba ver parte de sus senos. Eleanor evitó mirar en esa dirección mientras bajaban las escaleras. Tenía tomada a su invitada por la cintura y está le había pasado una mano por los hombros. Por los quejidos que daba podía darse cuenta de que alguna de sus piernas estaba mal, sin terminar de sanar. No fue mucho problema llegar a la cocina, pero sí terminaron ambas bastante cansadas.
Elvia soltó un chillido de horror al ver a la serpiente en un rincón. Sus escamas azules eran imposibles de no notar cuando le daba el sol. La bruja se maldijo internamente al olvidarse de ello. Estaba tan acostumbrada a Snavís que se olvidó por completo de advertirle al respecto.
—Tranquila, no hace nada —se apuró en ir a su lado para calmarla, pues comenzaba a temblar. Elvia la miraba aterrada nuevamente—. Es mi mascota, Snavís, él me dijo que venías hasta acá. Es el que cuida la casa y me mantiene a salvo —la chica aún la miraba desconfiada y con miedo—, no tienes de qué preocuparte.
Elvia se removió intranquila antes de sentarse, mirando a la esquina donde la serpiente de casi dos metros se mantenía descansando. Veía dos platos hondos cerca de él, uno de ellos lleno de agua y el otro vacío. Si dos más dos daban cuatro, entonces el animal comía también de lo que su anfitriona.
—¿Qué te gusta? —la voz de Eleanor la devolvió a la realidad. Garabeteó Cualquier sopa antes de pensar de más—. Dame una hora y estarás comiendo —le sonrió nuevamente antes de ponerse a trabajar.

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