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El crepúsculo había empezado hacia poco menos de cinco minutos. Era el momento favorito de Eleanor, ese en que podía salir al exterior sin miedo a desvanecerse en el aire.
Leer en la biblioteca a la luz de las velas era evocador, no le molestaba, pero hacerlo afuera, con el frío aire y el tacto del pasto bajo su cuerpo era una experiencia superior en muchos sentidos. La luz era el único problema, pero nada que algunos fuegos fatuos, tan fáciles de invocar, a su alrededor no solucionaran.
Igual que los demás días de ese mes, estaba acostada leyendo el diario de su madre. Luego de un incendio que se había devorado media casa y que casi se cobraba su vida, era el único enlace a ella que le quedaba.
El viento le alborotó los cabellos rubios, danzando sobre su vestido estilo sirena. En realidad, su pelo la cubría más que la ropa. La tela delantera apenas llegaba a sus muslos, mientras que su melena llegaba fácilmente hasta el suelo cuando se levantaba. Estar tan expuesta no era problema, pues vivía sola en toda esa colina.
Quincenalmente recibía a la caravana de nómadas que abastecían de comida al pueblo, el cual veía desde su habitación en el piso superior. Ese era todo su contacto con los humanos, porque por varios años, su casa era el único edificio en toda la zona. Cualquiera que viera su hogar a lo lejos sentiría un rechazo instantáneamente, haciéndolo volver sobre sus pasos.
Pasó horas así, sumergida en la vida de una mujer a la que recordaba borrosamente. Su padre era solamente un nombre hasta el momento, pero ojeando las páginas siguientes había descubierto un dibujo de ambos; la vería mejor cuando llegara a esa parte de la lectura, pero por el momento solo sabía que se llamaba Edgar y que su madre había sido Elinor. Le causaba risa que los tres nombres fueran por la E, más aún cuando leyó que el apellido de su familia paterna era Every.
Solo cuando los ojos le comenzaron a doler supo que debía entrar a la casa de nuevo. Quería seguir leyendo, pero la imagen de sí misma con lentes le causaba escalofríos, así que cerró el cuaderno con sus hojas ya amarillentas, lo metió en el bolso y se fue caminando mientras veía las primeras estrellas en el cielo.
La parte trasera del vestido rojo rozaba es césped cubierto por hojas de pino, llenándose de su aroma. Eleanor ya tenía por costumbre recoger varias cuando su reserva estaba escasa y encender algunas en la chimenea. Recordó entonces que para esa ocasión no podría hacerlo. Aún no se acostumbraba a tener otra persona en la casa, pero de sorpresas se trataba la vida, ¿no?
La voz de Snavís sonó en su cabeza cuando estuvo suficientemente cerca.
Sssigue dormida y no ssse ha movido —dijo fastidiado—. Me alegra que vengasss, ya essstaba aburrido.
—No deberías volterte loco tan rápido, Snavís —aunque le hablaba al aire, sabía que él la escucharía de todas formas.
Sssoy sssiervo y guardián de una familia, no niñera de llegadasss imprevissstasss —su mal humor siempre le daba risa a Eleanor, aunque eso lo desesperara aún más.
—Como te dije, no es nada —volvió a reírse—, seguro la chica estará dormida unos minutos más. Ya pasó la noche entera descansando, solo hay que esperar.
La serpiente soltó un siseo de molestia, retirándose de los pensamientos de Eleanor. Ella por su parte se volvía a reír mientras cruzaba la entrada a la casa. Se ajustó los audífonos para evitar que se volvieran a salir, escuchando mejor la combinación de violín y piano que reproducía en su teléfono. Estaba emocionada.
La noche anterior había escuchado cómo golpeaban la puerta principal, y al abrirla se consiguió con una hermosa chica de unos veinte años o más, justo su edad, con su uniforme sucio, roto, herida y una mirada aterrada. Que alguien llegara hasta allá solo podía significar una buena historia de fondo, algo que siempre le interesaba a la joven bruja.
La sala principal, repleta de muebles y cuadros que le doblaban la altura fácilmente, aún estaba sucio por la llegada de su visita inesperada, pero eso la alegraba más aun, motivo suficiente para no limpiar las huellas enlodadas del mármol blanco o de la pintura verde oscuro de las paredes.
La vida en soledad no era precisamente la más animada, y aunque adoraba su eterno tiempo para sí misma, la compañía de otros siempre le hacia falta, mucho más cuando quería conversar o sentirse querida.
Snavís no era precisamente un ser hablador, sino que usaba las palabras justas y necesarias, además de su carácter poco amigable en ocasiones. Le gustaba sentirse protegida, pues la serpiente le había salvado la vida en más de una oportunidad, pero el calor humano era un misterio que solo conocía por sus libros y las memorias de su madre.
Las escaleras que llevaban a las habitaciones en los pisos superiores crujieron ligeramente al empezar a subirlas. Las paredes comenzaban a mostrarles las reliquias de su familia, aparatos viejos llenos de polvo que habían tenido un significado siglos atrás, pero ninguno hoy día y menos para ella. Si por lo menos hubiese un registro sobre ellos, sobre lo que significaron en su tiempo, o lo que los volvía valiosos, no estaría evaluando a idea de tirar todo a la basura y tener más espacio para sus libros, sus compañeros silenciosos.
Ya el otoño estaba llegando, y con él los aromas característicos. El huerto que tenía en el centro de la casa comenzaba a perfumar todo cuanto estuviera dentro de la estructura, dándole a Eleanor un pedazo del exterior sin tener que arriesgar su vida a la luz del sol.
Un suspiro cansado salió de sus finos labios cuando terminó de subir. Tenía en frente el largo pasillo que llevaba a las demás habitaciones, al ático, su cuarto personal, los baños y el almacén. El piso con diseño de ajedrez le molestaba a la vista, pero cambiarlo todo, con el desastre que traería, le provocaba arcadas de solo imaginarlo.
Fue hasta la primera puerta de la derecha, la más desgastada por el uso en su pasado como habitación de visitas, la misma en donde había vivido sus primeros meses de existencia, y donde la chica descansaba. Antes de abrirla, acarició la madera oscura, sintiendo el tacto rústico, repleto de recuerdos, bajo su piel. Su memoria iba desde el parto hasta ese momento; de alguna manera no olvidaba nada, por insignificante que fuera.
Una pequeña descarga eléctrica le recorrió los dedos derechos, signo de que adentro había pasado. Ya estaba despierta, entonces. Puso una sonrisa tranquila en su cara, relajó el cuerpo y giró el picaporte de piedra.

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