Capítulo 8
Narra Isabella:
Estoy sola en mi mundo, tocando el piano mientras me siento un poco mejor de ánimo. La melodía me acompaña cuando mis dedos aprietan suavemente las teclas del piano.
– ¿Cómo se siente, señora?
No la escuche a Florencia entrar a mi cuarto de descanso y dejó de tocar.
– Por suerte mejor. – Sonrió. – Hablar con Leandro me dio esperanzas. No puedo negar que me da un poco de miedo pensar en cómo van a reaccionar mis hijos pero ya no puedo permitir que Juan siga arruinando mi vida.
Me mira con atención antes de hacerme una pregunta.
– ¿Piensa denunciarlo?
– Lamentablemente no puedo... Tengo que pensar en mis hijos y aunque Juan merece pagar por lo que me hizo, no me animo a hacerlo.
La veo suspirar y puedo notar que no está de acuerdo con mi decisión.
– Me conformo con que quiera divorciarse de ese maldito.
– Y eso es lo que haré.
Una semana después...
Por suerte la semana pasó demasiado rápido y ayer recibí la agradable noticia de Leandro. Ahora estoy viajando en subte hasta un restaurante privado para reunirme con Leandro y su abogado.
Una vez que llegó al lugar, veo que me están esperando y me acerco enseguida. El abogado me saluda con amabilidad y Leandro me saluda como siempre, besando mi mano como todo un caballero.
Una sonrisa se hace presente en su rostro y no puedo evitar sonreir.
– Buenos días Isabella.
– Buenos días Leandro... Me siento tan avergonzada, tendrías que estar trabajando y te estoy molestando.
Me calla enseguida y mueve la silla para que me siente.
– No me molestas para nada Isabella, es un placer ayudarte y lo repetiré las veces que haga falta.
Sonríe al mirarme y toma asiento enseguida. Lo veo muy apuesto, luce una camisa blanca y con un botón suelto, dejando lucir el vello de su pecho. Trago saliva y se acerca una camarera.
– ¿Que van a pedir?
– Dos café para mi y para la señora. – Leandro habla por mi. – Y un mocca. También una media docena de medialunas.
La señorita asiente y nos deja solos.
– Ya regreso enseguida.
El abogado se pone de pie y se dirige rápidamente en dirección al baño.
– ¿Cómo te sientes? – Me pregunta Leandro.
– Mejor. – Sonríe un poco. – Creo que lo peor fue dar el primer paso.
Asiente y toma mi mano con cuidado.
– Me gustaría verte de mejor ánimo.
– Y no es fácil. – Traga saliva. – Es horrible darse cuenta que tu matrimonio no funcionó.
No me gusta mentir, ¿pero que puedo hacer? No puedo decirle la verdad porque todo se irá al demonio.
– Lo sé, pero era algo que podría pasar y por eso pensé que después de la reunión con el abogado, te podría llevar al lugar que quieras. – Sonríe.
Mis ojos se abren por la sorpresa, Leandro es tan bueno pero no quiero molestarlo. Él tiene muchas cosas que hacer y lo molesto con mis cosas.
– No es necesario Leandro, ya me estás ayudando.
– Quiero verte sonreír. – Acaricia mi mejilla. – No me gusta para nada verte triste.
Cierro los ojos al sentir su mano en mi mejilla y suspiro, vuelvo a abrirlos cuando vuelvo a la realidad y me separo un poco.
– Quiero que tú elijas el lugar. – Respondo.
– ¿Yo? – Se ríe. – Quiero que tú elijas el lugar.
– No, solamente aceptaré que me lleves al lugar que quieras. Es mi única condición.
Escucho su risa y asiente.
– Está bien, tú ganas.
El abogado aparece y toma asiento, la moza nos entrega lo que pedimos y observo con seriedad al letrado antes de hacerle una pregunta.
– ¿Cuánto tiempo puede tardar el divorcio?
– No tanto, sus hijos son grandes, lo que sí puede costar un poco la división de bienes.
– Eso no me importa, con las acciones que tengo me basta y me sobra.
– Lo se Isabella, pero viviste muchos años con Juan y mereces obtener lo que te corresponde. – Responde Leandro.
– Pero quiero que sea lo más rápido posible.
– Y lo será señora, no creo que tarde tanto tiempo. – Calmándola. – Yo me ocuparé que sea lo más rápido posible.
Respiro aliviada y asiento lentamente.
– Muchas gracias. – Agradecida.
Más tarde, nos despedimos del abogado y salimos del restaurante. Ambos caminamos hacia la camioneta de Leandro, frenamos el paso al llegar y apoya sus manos en mis hombros.
– ¿Lista?
– Claro que estoy lista. – Sonríe. – Lléveme a donde quiera.
Me mira con ternura y sus ojos brillan por unos minutos.
– Te va a gustar.
Apoya la mano izquierda en mi espalda y abre la puerta para que entre, en cuanto lo hace, Leandro agarra el cinturón y me lo coloca enseguida.
Quedo tan cerca de mi que puedo sentir su respiración y trago saliva mientras nos quedamos mirando en silencio. El corazón se me detiene y puedo sentir que Leandro está nervioso.
Se separa lentamente y cierra la puerta con cuidado. Respiro hondo y entra enseguida en el lado del conductor.
Leandro conduce y me lleva al destino que tiene planeado, cuando llegamos me doy cuenta que es un museo de arte y lo miro sorprendida. Sale de la camioneta y me desabrochó el cinturón antes de que me abriera la puerta, me da su mano y me ayuda a salir.
– Es para que podamos conocernos un poco mejor.
– ¿Te gusta el arte? – Le pregunto.
– Mucho... Me gusta pintar y hago algunas esculturas, lo básico.
Abro más los ojos al escucharlo, no tenía idea de que Leandro es amante del arte, con lo que me encanta pero no sé pintar nada.
– No sé pintar pero me gusta mucho. Adoro tocar el piano.
– Puedo enseñarte. – Sonríe mientras me ofrece su brazo para que me agarre de él.
Lo agarró enseguida y entramos al museo.
Narra Leandro:
La veo sonreir y estoy tan contento al verla de esa manera. Me encanta verla feliz, que está disfrutando de nuestra salida.
Estamos en el museo y mi mirada está sobre Isabella, quien está mirando los cuadros con atención.
Si supiera que ella es la verdadera obra de arte, la mujer más hermosa de todas y que cuanto anhelo poder demostrarle todo el amor que siento por ella.
– Conozco mucho esté cuadro. – Señala la pintura y se trata de la Mujer de brazos cruzados de Picasso. – Me gusta mucho.
Me quedo mirándola cuando la escucho decir eso, en el cuadro predomina mucho el azul y ese color refleja la tristeza, lo que me deja alarmado por las emociones de Isabella.
– El azul significa tristeza. – Digo.
Me devuelve la mirada y puedo ver un poco de temor en ellos, lo que me pone peor y se aleja enseguida.
– No tenia idea de su significado. – Seria.
El tiempo pasa y no me puedo quitar ese detalle del color de la cabeza, no obstante, prefiero no tocar el tema para no agobiarla.
Salimos del museo y la miro con atención.
– ¿Como la pasaste?
– Muy bien. – Sonríe. – Lo que me sorprendió es que pintas, me gustaria mucho aprender.
– Yo te puedo enseñar si quieres y no me molesta, lo hago encantado.
Extiende la sonrisa y asiente.
– Está bien profesor Alvear, seré su alumna.
Suelto una risa al escuchar su tono bromista y nos dirigimos a la camioneta.
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