Capítulo 37
Ella cierra los ojos llena de emoción y se lleva la nota hacia su corazón. Se acuesta en la cama y su corazón late a mil por hora mientras piensa en él. Decidió salir de la cama para darse una ducha rápida, una vez que sale del baño, se pone una loción y luego un vestido veraniego. Se coloca unos zapatos cómodos y baja las escaleras.
Sale hacia el jardín y le sonríe a Florencia, su amiga está disfrutando del día soleado. Flor se quedo aliviada al ver el aspecto tranquilo y feliz de su amiga.
– ¿Hace cuánto se fue Leandro? – Sentándose a su lado.
– Creo que hace una hora. ¿Cómo te encuentras?
– Bien. – Sonríe. – Estuvimos hablando y me quede dormida.
– ¿Qué le conto? Él estuvo tan preocupado cuando cruzo la entrada.
– No le dije la verdad. – Tranquila. – Pero le dije que lo amo.
Su amiga aplaude por la felicidad que siente al saber eso y alza los brazos.
– Yo sabía. – Levanta la voz.
La rubia se ríe y abraza con fuerza a su amiga.
Mientras, Leandro vuelve al trabajo y se tranquilizo que no tiene ningún mensaje de voz. Estuvo revisando los planos de su proyecto hotelero y los deja sobre la mesa cuando ve a Santiago entrar a su oficina.
– ¿Dónde estabas? Te estuve buscando para almorzar juntos.
Leandro se quedo en blanco y traga saliva.
– Fui a hacer algunas cosas, ¿por qué?
– Es que quería preguntarte por mi madre, te dije que te acerques a ella para saber que es lo que le pasa. ¿Averiguaste algo? – Intrigado.
Él se quedo tildado mientras piensa en que decirle, se había olvidado de ello por completo y lo mira temeroso, ordenandose a si mismo permanecer tranquilo por fuera.
– Acepto ayudarme con el proyecto, pero no hablamos de eso. Solamente me dio algunas ideas.
Santiago suspira y se lleva la mano hacia su nuca.
– Tendré que tener paciencia para que te diga que es lo que le pasa. Está muy rara y me preocupa. Por favor, cuando ella te diga algo dime la verdad, aunque sea dolorosa tengo que saberlo.
Leandro golpea suavemente el hombro de su mejor amigo y lo mira con seriedad.
– No dudes de eso Santi, quiero mucho a tu madre y yo también quiero saber lo que le pasa.
Santiago lo observa atentamente y asiente rápidamente.
– Lo sé, solamente deseo que no sea nada grave lo que nos está ocultando.
– Ella en algún momento va a necesitar alguien que la escuche y estaré allí para ayudarla.
– Gracias Lean, eres tan buen amigo.
Él sonríe y es palmeado de la espalda por su amigo.
– No tienes porque agradecer, quiero mucho a tu familia.
Santiago asiente y se siente más tranquilo al recibir la ayuda de su amigo.
Al mismo tiempo, Isabella está tomando el té en el jardín junto a Florencia y observan a Juliana unirse a ellas.
– Hola mamá. – Le da un beso en la mejilla. – Hola Florencia. – La saluda con seriedad.
– Que bueno que te acuerdas de tu madre. – Abre los ojos mientras la mira.
Juliana pone los ojos en blanco y hace una mueca al escuchar ese reproche.
– Tengo muchas cosas que hacer mamá. – Se cruza de brazos. – ¿No me vas a preguntar cómo estoy?
– ¿Para qué? – Se mete Florencia. –Si con esa cara sabemos que está de mal humor.
La muchacha le da una mirada fulminante como si quisiera matarla.
– No te metas, vieja metida. – Enojada.
– Juliana. – Su madre le llama la atención. – No le faltes el respeto y además. – Abandona la seriedad y se ríe. – Tiene razón, tienes una cara tan larga que te llega hasta el piso.
Las amigas sueltan unas carcajadas y Juliana se molesta.
– Que graciosas que son. – Enojada. – Y siempre defendiéndola a ella.
– Ay es una broma. – Acaricia la mejilla de su hija. – Ríete un poco y deja esa seriedad.
La muchacha le quita la mirada y suspira mientras niega lentamente. Isabella suspira y mira a Florencia, el carácter de su hija es tan difícil que apenas logra entenderla.
– Me entere por papá que empezaste a trabajar en la empresa.
– Así es, empecé está semana. –Animada.
– ¿Por qué? Aquí tienes tranquilidad y ya estás algo grande para aprender algo que nunca hiciste.
Su madre arquea una ceja y trata de tener paciencia.
– Es mi vida y hago lo que quiero. – Severa. – Además no tiene nada de malo, Santiago y Leandro me estuvieron ayudando.
– Y ese Leandro siempre cerca de ti, es tu perro faldero.
Isabella lleva una mano hacia su sien y masajea suavemente calmándose a si misma.
– ¿Viniste para decir estupideces o vas a decir algo serio?
Se pone de pie y entra a la casa completamente enojada, Juliana está confundida y mira a Florencia.
– A mi no me mire, si yo fuera su madre le hubiera dado sus buenas cachetadas.
Más tarde, Juan llego a la casa y su esposa lo ignoro por completo, como si no existiera. Su esposo le sostuvo la mirada y tuvo que tragarse la bronca del momento. Es consciente que ella lo sigue teniendo de la mano ya que lo dejo en evidencia frente a sus hijos y a su pesar, tendrá que demostrar que está cambiando, al menos del lado de afuera porque nunca va a cambiar su manera de ser y mucho menos su mentalidad machista.
Se acerco la noche e Isabella prefirió cenar en su habitación, no quiere ver a Juan y estar en su recamara la tranquiliza. Está tomando su jugo cuando se da cuenta que la puerta se abre y sus estados están en alerta al ver a Juan.
– ¿Qué haces aquí?
Isabella está a la defensiva y su esposo se acerca temeroso. Los ojos azules de la mujer lo miran con dureza y Juan suspira, odia tener que hacer algo así.
– Se que estuvo mal lo que hice. Me dejé llevar por los celos y pensé que me estabas engañando... cuanto lo siento.
Ella larga una risa descarada y niega sin poder creer que sea tan mentiroso.
– ¿Crees que te voy a creer el cuento?
– Por favor Isabella, vine a disculparme por haberte lastimado. Cuando te dije que iba a cambiar lo decía de verdad y me siento mal por lo que hice hoy.
Isabella se pone de pie y se acerca sin miedo a su marido.
– No te creo nada Juan, todo lo que dices y haces es por algo. Ya no soy la de antes que aguantaba tus maltratos verbales. Mucho menos voy a soportar que me golpees, no me vuelvas a tocar porque de verdad la vas a pasar muy mal.
Juan se obligo a no sonreír al verla de esa manera, conoce muy bien a su esposa y sabe que tarde o temprano va a volver la estúpida y frágil de hace unas semanas.
– ¿Puedes dejarme cenar tranquila? Quiero un poco de paz y contigo me es bastante difícil.
Su esposo se quedó mirándola por unos segundos y asiente despacio antes de irse. Se ordeno a si mismo no azotar la puerta y hunde los dientes. Baja las escaleras y les ordena a los criados que tengan su comida caliente. Está tan enojado que necesita descargar su bronca con alguien.
Lleva su mano hacia su cabello corto y se tira a si mismo mientras se exige estar tranquilo.
Ya va a llegar el momento, está estúpida sabrá quien soy.
Es lo que piensa Juan mientras reprime la furia que está sintiendo.
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