Capítulo 3


Narra Isabella:

Agarro las llaves del auto y Florencia me está mirando con una sonrisa.

– Me alegra mucho que quiera pasar el día con la señorita Juliana.

– Si. – Sonrió. – Tengo ganas de estar con mi hija y mi nietita hermosa.

Mi hija me hizo abuela de una hermosa niña llamada Valentina, la niña tiene apenas unos siete meses y es una muñequita.

Lo único que quiero es pasar toda la tarde con ellas y poder despejar mi mente, ya no quiero quedarme llorando entre las cuatro paredes de la habitación matrimonial.

Le doy un beso en la mejilla a Florencia y salgo de la casa.

Cierro la puerta que va hacia la cochera y entro a mi auto, la cierro con suavidad y me coloco el cinturón de seguridad antes de encender el motor.

La puerta del garaje se abre y aceleró, doblando hacia la izquierda y avanzó por la calle Belgrano.

El viaje me tomó unos minutos hasta que llegó al barrio de San Telmo y dejo el auto en el estacionamiento, bajó del auto y caminó hasta la casa de mi hija. Toco el timbre y después de unos minutos, la puerta se abre y del otro lado de la entrada está mi hija, quien sostiene a Valeria y sonreímos instantáneamente al vernos.

– Hola mi vida.

La abrazo con cuidado de no aplastar a mi nieta y lo que hago a continuación es tomar en brazos a Valeria.

– Parece que viniste más por ver a tu nieta que a tu hija. – Bromea.

– Ay callate. – Riendome. – Encima que vine para estar con ustedes.

Mi hija cierra la puerta antes de pasar al living.

– ¿Quieres algo para tomar?

– No mi vida, gracias. Si no te molesta vine a pasar el día con ustedes.

– No me molesta para nada, mamá. – Contenta. – Hasta me pone feliz que estés con nosotras.

Tomo asiento mientras sostengo a mi nieta y no puedo evitar sonreír al verla, ahora está profundamente dormida y acarició con cuidado su cabecita. No entiendo como paso tan rápido el tiempo, parece que fue ayer cuando me convertí en madre.

En ese tiempo fui tan feliz, las tres veces en que me convertí en madre me sentí tan feliz que todavía no entiendo qué hice mal para que todo cambiara.

Juan cambió y se convirtió en ese monstruo en el que solamente me hace sentir miserable e indefensa.

Suspiro lentamente y las palabras de mi hija me hacen regresar a la tierra.

– ¿Pasa algo, mamá?

– Nada. – Sonrió un poco. – Solo estaba recordando cuando te di a luz, eras tan chiquita como lo es Valeria. – Miro a la niña.

– Siempre fuiste una buena madre, intachable. – Acaricia mi hombro. – Dejaste todo para hacerte cargo de nosotros sin pedir nada a cambio. – Suspira. – Nunca estaría a tu altura porque ya estoy deseando volver a mi trabajo y estoy buscando una niñera.

Intachable.

Me obligo a no reír por el comentario de mi hija, si supiera la vida miserable que llego no me lo creería. Ella tiene a su padre como un héroe y una maravillosa persona pero no lo es.

Trago saliva para no quedar en evidencia.

– No te sientas mal por eso Juli, cada una hace lo que puede.

Le entregó a la niña y Juliana se puso de pie para llevarla a su cuna.

Me quedo sola en el living, mi mirada se pierde en la nebulosa mientras pienso en todo lo que dijo mi hija y dejó escapar el aire que estuve conteniendo.

Me obligo a mantener la compostura y me pongo de pie para acompañar a mi hija.

Narra Juan:

Una vez que ya termino mi horario de trabajo, conduzco hasta mi casa y cuando ya estoy adentro, busco a mi esposa y me sorprendo al ver que no está por ningún lado. Me dirijo hasta la cocina y encuentro a Florencia allí.

Ella me miró con seriedad y la miró de la misma manera, mira si me voy a dejar intimidar por una persona de servicio.

– ¿Dónde está mi esposa? La estoy buscando y no la encuentro por ningún lado.

– Está con la señorita Juliana, pienso que no tardará en regresar.

Asiento en silencio y salgo de la cocina rápidamente, ahora mismo iré a buscar a mi esposa. Su deber es estar acá en está casa para acompañarme.

Camino hasta la entrada y subo enseguida a mi auto.

No tarde nada en llegar hasta la casa de mi hija y aprieto el timbre, esperó a que me abrieran la puerta y para mi suerte, la abre Isabella. Al verme, su expresión es pálida y abre los ojos mientras me mira con miedo.

No puedo evitar sonreír al ver el terror con el que me mira, adoro al verla tan indefensa y que no pueda hacer nada porque soy capaz de hacer cualquier cosa para tener todo bajo control.

Isabella estuvo por hablar pero Juliana aparece y sonríe feliz al verme.

– Papá. – Contenta. – ¿Te vas a quedar?

– Hola hija, lamentablemente no... – Observo a mi esposa. – Estaba preocupado por vos.

– Solamente quería pasar el día con mi hija y mi nieta.

La observo seriamente y aprieta el puño, por suerte mi hija no se está dando cuenta de la tensión que hay en el ambiente.

– Será mejor que volvamos a casa... – La miro con seriedad. – Debes estar muy cansada.

Se que Isabella quiere decir algo pero sabe muy bien que será su sentencia de muerte si lo hace, solo se despide de Juliana y hago lo mismo.

– Buenas noches hija. –Le digo.

– Buenas noches.

Una vez que los dos estamos en la calle, la agarro del brazo para llevarla a mi auto.

– Deje mi auto en el estacionamiento.

– Ya le pediré a Gustavo que venga a buscarlo, entra ahora mismo.

Le aprieto el brazo y exclama un gemido de dolor. La hago entrar al auto y doy la vuelta para entrar enseguida. Cierro la puerta con fuerza y llevó las manos al volante, apretandolo con fuerza antes de encender el motor.

Conduzco a gran velocidad hasta la casa y cuando estaciono el auto en el garaje, salgo del auto y vuelvo a agarrar con fuerza a Isabella para sacarla del auto y la empujó, haciéndola chocar contra el coche. Su respiración es agitada y llena de miedo.

– Que sea la última vez que me contestas así delante de Juliana. – – Furioso. – – Si lo vuelves a hacer, juro que la vas a pasar muy mal.

La estupida de mi esposa tiene los ojos cubiertos de lagrimas, sigue respirando con dificultad y las lágrimas se desparraman por su rostro y no es capaz de calmarse.

– No quiero que la entrometida de Florencia te vea así, por tu propio bien espero que te calmes porque te irá peor. Vamos.

Vuelvo a tomarla del brazo y entramos a la casa en silencio.

Sin embargo, tuve que aflojar mi agarre cuando vemos a Santiago. Su presencia me sorprendió por completo y trago saliva. 

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