Capítulo 26
Narrador omnipresente:
Florencia asiente lentamente y se ordena a sonreír, está tan triste por la situación. Leandro se despide y vuelve a subir las escaleras para ir a la habitación de Isabella y le encuentra mirando desde el ventanal, sus ojos azules están llenos de lágrimas.
– ¿No se da cuenta que se está matando sola?
– Basta Flor. – Suspira. – No quiero que me digas más nada. Ya tengo bastante con está vida.
– ¿No se da cuenta que todo depende de usted para que todo cambie?
– Lo sé, pero no será con Leandro. – Suspira mientras vuelve a la cama. – Solamente quiero separarme de Juan.
– A veces me dan ganas de pegarle un sopapo para aclarar sus ideas. – Molesta. – Estoy cansada de decirle que ese hombre la ama, no sabes la cara que tenía cuando pregunto por usted.
Isabella se siente tan atormentada que cubre su rostro con ambas manos y respira hondo.
– Déjame sola.
Da media vuelta para ponerse a dormir y le da la espalda a su amiga, está cierra los ojos por un segundo.
– Como usted diga, después no me diga que no le avise.
La rubia se queda en silencio y escucha cuando la puerta se cierra, se muerde el labio y cierra los ojos con fuerza. Le duele tanto su corazón, no sabe que pensar. No sabe lo que es correcto y lo que no, para ella lo correcto es no decepcionar a Leandro y por eso quiere alejarse definitivamente de él. Ella se siente tan herida y llena de demonios internos, atormentándola y no quiere hacerle eso, no quiere sumergirlo en su vida tormentosa. Ahora que siente como se está enamorando de él, lo mejor que puede hacer es salvarlo de ella misma.
Las lagrimas se escapan de sus ojos y apoya el rostro en su almohada mientras ahoga sus sollozos.
La mujer no se encuentra de buen humor, pero siente curiosidad por lo que puede llegar a decir Juan en la cena familiar que planeo. En ese momento solo se sirvió un poco de ensalada, dejando de lado la carne que todos se sirvieron. Juliana está hablando con su padre mientras se ríen, su hija siempre fue pegada a su padre desde bebé y todo lo que diga él es palabra santa.
Juan observa a su esposa mientras ella está cruzada de brazos y bastante ida. Se pone de pie y encamina hacia su mujer, en ese momento que puso una mano en su hombro, ella instantáneamente quiso irse corriendo.
– Sabes querida... invite a nuestros hijos porque quiero hablar seriamente de lo que paso entre nosotros.
Ella se quedo callada y dejo que iniciara su monólogo.
– Se que lo que hice fue monstruoso y no sabes lo arrepentido que estoy. Hoy recupere tus acciones y están de vuelta a donde realmente pertenecen. Se que eso no hará que me perdones del todo, pero voy a hacer lo necesario para que todo sea como antes, seré el esposo que te mereces.
Ella suspira al ver como su hija sonríe de felicidad ante el discurso mentiroso de su padre. Thiago está con una sonrisa y Santiago se mantiene serio.
– Papá... creo que eso lo tienen que hablar en privado. – Santiago habla y sus dos hermanos hacen una mueca de desaprobación.
– ¿Qué te pasa? – Juliana lo golpea en el brazo. – Tenemos derecho a saber y mamá tienes que perdonarlo.
– La que tiene que decidir eso es nuestra madre y no hay que obligarla.
– Parece que no me apoyas hijo. – Dice su padre con decepción.
– Lo hago, pero no me parece que mis hermanos tomen partido por algo que es de ustedes. Si mamá decide perdonarte o no, yo la estaré apoyando.
La rubia sigue en silencio sin saber que hacer. Está encerrada en una encrucijada y respira hondo. Lo que más quiere es divorciarse de Juan e independizarse económicamente, pero primero tendrá que asegurarse de que todo está estable.
– Solamente quiero otra oportunidad, querida.
Se agacha para mirarla de cerca y ella al fin lo mira. Sabe muy bien que es otra de sus mentiras, pero está dispuesta a jugar su mismo juego. Ella sonríe y toma su mano con delicadeza.
– Si me prometes que vas a hacer las cosas bien.
Su esposo toma su mano y se inclina para darle un beso. Ella se esforzó para no hacer cara de asco y trago en seco cuando se separaron.
Todos sus hijos están de buen humor mientras que Santiago no está de acuerdo con lo que acaba de pasar. Todo sucedió tan de prisa que ni siquiera Isabella entiende lo que hizo y ya se está arrepintiendo.
La mujer solamente deseo estar sola en su habitación, pero la cena transcurrió demasiado lenta y no sabe cómo mantener por un tiempo más un semblante animado.
En cuanto se fueron sus hijos, la mujer está en su habitación y se da vuelta al ver al monstruo entrar.
– Vaya que cambiaste de opinión muy rápido. – Sonríe descaradamente.
Ella arquea las cejas y lo mira incrédula.
Como pude enamorarme de esté estúpido.
Es lo primero que pensó mientras lo mira con seriedad.
– Creo que te estás equivocando. Si hice eso es porque se muy bien como manipulas a Juliana y a Thiago a tu antojo. Lo nuestro sigue igual a como estuvo en estos días.
Juan se cruza de brazos mientras se apoya en el marco de la puerta.
– ¿Entonces me vas a poner condiciones?
– No es necesario porque se que no harás ningún impedimento. Aunque me gustaría tener el comprobante de que tengo mis acciones, no te voy a creer, así como así.
– Supongo que querrás también que algunas propiedades estén a tu nombre.
– Eso te lo puedes meter sabes muy bien a dónde. – Tranquila. – Lo que harás mañana es deshabitar una oficina para mi porque voy a recuperar el lugar que me pertenece.
– ¿De qué hablas? ¿Quieres trabajar en la empresa? – Se ríe. – Si no sirves para nada.
Isabella no lo aguanto más y su brazo hace un envión, dándole una fuerte cachetada.
– A mi me vas a respetar, hijo de puta.
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