Capítulo 25
La observo con tristeza y cierro los ojos con fuerza al ver como Florencia se va alejando de mi. Bajo la cabeza y se derrumba la barrera de hielo que mantenía con todos.
– No te vayas Flor. – Le suplico.
Me observa con tristeza y su molestia desaparece y vuelve a sentarse a mi lado. Me abraza con suavidad y me apoyo en ella.
– Perdóname, creo que me pase al decirte eso.
– Me lo merecía. Solamente quiero que me entiendas... no quiero que nadie me lastime nunca más.
Mi voz empieza a quebrarse y las palabras me abandonan.
– Leandro nunca le haría algo así, la quiere tanto y cuando se entere de toda la verdad lo va a matar a ese monstruo.
– Es que nunca se va a enterar. – Trago saliva. – Nunca lo va a saber porque voy a terminar con esto.
– Se que está asustada pero alejándose de él no le va a resolver nada.
– Es lo mejor.
Lo digo con todo su pesar, sin desearlo, soy consciente de que estoy empezando a sentir cosas por Leandro. Sin embargo, tengo tanto miedo que no quiero acercarme tanto porque sé que voy a salir lastimada.
– A veces no la entiendo, se sentía tan feliz en estos días que ahora no puedo creer que está así.
– Creo que la realidad me puso así. – Triste. – Ya no soy una adolescente.
– Puede usar esa excusa las veces que quiera, pero no me voy a creer que usted no siente algo por él. – Segura. – No me chupo el dedo y no dejo de pensar en cómo estará Leandro cuando lo rechace.
– Al final me lo va a agradecer. – Suspiro. – Es una locura que él sienta algo por mí. Puede haber amor, pero hay muchas cosas que nos separan.
– Ay es tan caprichosa.
– No te enojes, sabes que cuanto te quiero.
– Yo también te quiero, pero a veces me desesperas. Me sales con estás cosas y no se qué hacer contigo.
Florencia sigue abrazándome con fuerza y cierro los ojos con suavidad. No se muy bien como terminará la relación con Leandro. Soy consciente que si lo vuelve a ver, caeré completamente entre sus brazos y no quiero eso.
– ¿Qué harás con él?
Suelta esa duda cuando ya me estoy haciendo mala sangre al pensar en ello.
Narra Juan:
Al otro día, estoy en mi oficina y pensando en que hacer para que todo vuelva a como era antes. Cuando tenía todo el control.
Hace días que estoy durmiendo en la habitación de invitados e Isabella no me dirige la palabra, lo que me hace enfadar cada vez más. La furia en mi interior ne está matando y no puedo dejar de pensar en las maneras que me voy a vengar de ella.
Pero lo primero, es tener todo el control y lograr corregir a esa estúpida a como dé lugar.
– Papá.
Parpadeo en cuestión de segundos al escuchar a Thiago y mi mirada está sobre él.
– Buenos días hijo. ¿Qué paso?
Lo escucho suspirar y me entrega carpeta que sostenía en sus manos. Mi expresión es seria mientras lo miró con confusión.
– ¿Qué es esto?
No dijo nada, solo me sostiene la mirada mientras abro la carpeta. Las leo con detenimiento y en cuestión de segundos lo veo con seriedad.
– Son las acciones de tu madre. ¿de dónde las sacaste?
Thiago se sienta y lleva las manos hacia su nuca, está nervioso y ya me doy cuenta de lo que está pasando.
– Le dije a un amigo que compré las acciones de mamá. – Derrotado. – No acepte que le hayas dado el puesto a Santiago y quería tener todo a mi favor para que los accionistas me votaran a mí. No pensé que esto ocasionaría problemas.
Estoy lleno de cólera, mi hijo cometió una estupidez y por su culpa estoy en un lio tremendo.
– Y claro que lo hiciste. – Furioso. – Ahora mamá quiere divorciarse de mi.
– No lo hará, ahora que tiene sus acciones de vuelta no creo que lo haga.
– No lo sé, está muy segura de lo que piensa hacer. – Suspiro.
Pero ahora la situación es distinta, ya que esa estúpida tiene sus acciones de nuevo y ya se lo que tiene que hacer. Una sonrisa aparece en mi rostro.
– ¿Por qué no vienes a casa para una cena? Hace mucho que no comemos en familia.
Narra Leandro:
Mientras, le escribo un mensaje a Isabella para saber cómo está. Desde que me fui de la casa no le atendió las llamadas, ni siquiera me contestó los mensajes y ya pasaron varios días.
Estoy tan confundido y hasta preocupado por ella, me quedó pensando en Isabella toda la mañana y otra vez ocurrió lo mismo, no me contesto el mensaje y no lo aguanto más. Agarro las llaves de la camioneta y salgo de la oficina rápidamente.
Conduzco hasta la casa de Isabella y Florencia me saluda con amabilidad.
– Buenos días. ¿Está Isabella?
Ella me mira en silencio y su expresión no me gusta para nada.
– Ya le aviso que usted está aquí.
Asiento y me dejó peor. Se que está pasando algo y pienso lo peor.
Después de un rato, Florencia baja las escaleras y me mira con tristeza.
– La señora está durmiendo... Intenté despertarla, pero no hubo caso. Está tan descompuesta que deje que descansara.
– ¿Tan mal se siente? – Preocupado. – Entonces lo mejor va a ser que la lleve al hospital.
– Ya llamare a uno para que venga a revisarla, no se preocupe hombre. – Suspira. – Ella estará bien.
– ¿Le puedes decir que vine a verla? – Le ruego.
Se que algo está pasando y no me puedo sacar eso de la cabeza.
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