Capítulo 23



Ya sabía que esto iba a terminar pasando y que el primero que daria el grito al cielo sería Thiago.

– Tu mamá merecía saber la verdad.

El hombre comienza a reír y se cruza de brazos mientras me mira con una sonrisa descarada.

– ¿Tanto te gusta mi madre? ¿No te da vergüenza?

Abro ligeramente la boca por la sorpresa y no se como mantener la calma. Mi respiración es lenta mientras empiezo a sudar.

– Isabella es solamente mi amiga.

Intento mantener el nerviosismo bien escondido. Sin embargo, el hombre no está convencido de mi respuesta.

– No me hagas reír Leandro. No te metas en los problemas de mis padres y espero no volver a repetírtelo. Y quiero que te alejes de mi madre.

– No creo que tu mamá esté de acuerdo. Ya te lo he dicho antes, solamente somos amigos.

Se ríe de nuevo y se cruza de brazos.

– Si piensas que te vas a burlar de ella, estás muy equivocado. Conozco muy bien tus intenciones. Ya estás advertido. Te veo con mi madre y te mato.

Sale enseguida, dando un portazo y me llevo una mano a mi rostro, queriendo recuperar la calma.

Narra Isabella:

Florencia me avisa que Juliana está en la casa y me preocupo al verla tan enojada.

– ¿Como fuiste capaz de pedirle el divorcio a papá? ¿Te volviste loca?

– Loca me hubiera vuelto si lo hubiera perdonado.

– Se que papá estuvo mal pero tampoco para pedirle el divorcio.

– No te metas, ya soy grande y sé lo que hago.

– No puedes divorciarte de papá. Thiago y yo no estamos de acuerdo.

Hago una mueca, ya era consciente que ellos dos estarian en contra de cualquier decisión que tomara. En otro momento me hubiese sentido sola pero ahora es diferente.

– Lo que piensen ustedes no me hará cambiar de opinión. Dejen de pensar en ustedes por una vez en su vida y piensen en mí. No puedo estar con su padre, llego a un límite y hace tiempo que deje de amarlo.

Juliana niega enseguida.

– No soporto ver a mi padre triste. No sabes cómo está mamá, está arrepentido.

Pongo los ojos en blanco, no me sorprende que utilice la lastima para enternecer a nuestros hijos. Me llevo una mano hacia mi cien izquierda y masajeo suavemente en modo de autocontrol.

Mi hija me observa en silencio y su mirada se volvió más interrogativa.

– ¿Acaso hay alguien más?

– Por dios Juliana. – Suspiro. – Deja de buscar cosas donde no hay. – Cansada. – No amo a tu padre y esta situación fue el colmo.

– ¿Entonces no lo vas a perdonar? Él te quiere mamá.

– Basta. – Le pongo un límite. – No conoces nada de nuestro matrimonio. No te puedes llegar a imaginar las cosas que pasaron entre nosotros y por favor deja de hablar de tu padre.

A lo último utilizo un tono más profundo y mi hija se sienta en el sillón. La noto frustrada y me choca que se ponga así de caprichosa.

– No sé para que vine. – Enojada. – Pensé que serias capaz de recapacitar. No puedes tirar tantos años a la basura.

No puedo creer lo que estoy escuchando, me trata como si yo tuviera de culpa de todo cuando no la tengo. Pierdo toda la calma por el hartazgo de toda está situación.

– ¿Qué tengo que recapacitar? Por dios, me tratas como si yo fui la que hizo algo mal cuando no es así. Te pido que respetes mi decisión porque no voy a dar marcha atrás.

– Thiago y yo no estamos de acuerdo con la decisión estúpida que tomaste. – Caprichosa. – Ni pienses que te vamos a apoyar.

Me rio con amargura, ya sabia que esto iba a pasar. Bajo la cabeza y me quedo callada. Juliana espera una respuesta de mi parte y pierde la paciencia al ver que no digo nada.

Se pone de pie rápidamente y cierro los ojos con fuerza, no quiero que mi hija se enoje conmigo. Caigo derrotada en el sillón y cubro mi rostro con ambas manos. Pense por un momento que podría liberarme de las ataduras de Juan, que podría aguantar la negativa de mis hijos, pero siento como la realidad me está dando una cachetada.

Me limpio las lagrimas y mi vista se vuelve borrosa que ni me doy cuenta quien es la figura que se me acerca.

– Mi amor... ¿Que te pasa?

Leandro se agacha para estar frente a mi y toma con cuidado mi rostro, limpiando cuidadosamente mis lágrimas.

– Abrazame Leandro. – Le ruego.

Me abraza con fuerza y lloro en sus brazos.

Leandro acaricia mi espalda con ternura mientras sollozo en sus brazos y besa mi cabeza. Lleva la cabeza hacia atrás para mirarme a los ojos y noto en su mirada que está preocupado. Apoya una mano en mi mejilla derecha, acariciándola con suavidad.

– ¿Qué paso, mi amor? Dime algo, por favor.

Mi labio inferior tiembla mientras reprimo un sollozo y apoyo su frente con la de él.

– No se si soy fuerte para aguantar esto. – Susurro. – No sé si podre, mi hija me dijo que no me va a apoyar y eso terminó por destruirme.

Leandro me besa con suavidad y me mira con tristeza. Me toma entre sus brazos y hace que lo mire.

– No estás sola. – Sonríe. – Sabes muy bien que te adoro y que nunca voy a dejarte sola.

Vuelve a besarme y lo observó con ojos llorosos.

– Pero tengo miedo. – Respiro hondo. – Son mis hijos, amor. Mi corazón no puede aguantar que ellos me odien.

Niega enseguida y trata de tranquilizarme. Bajo la cabeza y apoyo la cabeza en su pecho mientras mis lágrimas empiezan a desparramarse.

– Eso no va a pasar. Al principio puede ser que no estén de acuerdo, pero tarde o temprano van a estar contigo.

Lleva su mano hacia mi mentón y levanta con cuidado mi cabeza para que lo mire, me encuentro con sus hermosos ojos y se apura en sacar las lágrimas que se desparramaron por mis mejillas y me besa la punta de la nariz.

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