Capítulo 6
Capitulo 6
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Llevaba dos días sin verlo.
Desde la última vez que Steven apareció en su puerta, Rebekah había mantenido la distancia que ella creía correspondiente. No respondió mensajes, no caminó por los mismos lugares. Se convenció de que era lo correcto.
No por falta de interés, sino por miedo.
Miedo a lo que pudiera pasar si él estaba presente la próxima vez que algo en ella se desestabilizara en sus brotes psicóticos de luna llena. O que algo de su pasado la encuentre de nuevo.
Pero el universo al azar o la suerte de Emma, tenían otros planes.
[...]
Rebekah se encontraba acomodando una estantería improvisada cerca de la mesa con libros de mitología cuando escuchó que llamaban a la puerta. Toc-toc, se pudo escuchar tres veces, como un gesto suave.
Rebekah frunció el ceño, ya que no estaba esperando a nadie. Se movió por toda la habitación hasta llegar a la puerta y cuando la abrió, ahí estaba él. Bufanda, guantes, gorro rojo ridículo y una pequeña sonrisa tímida.
—Hola.—Saludo él levantando la cabeza—. No quise molestar. Solo... pasaba por aquí.—Se explico, con unas muecas nerviosas.
Rebekah cruzó los brazos actuando con seriedad y alzando ambas cejas, conteniendo el impulso instintivo de sonreír.
—¿Pasabas por aquí? ¿Con ese gorro?—Cuestiono Rebekah, tirándole una mirada de incredulidad mientras sonreía analizándolo de arriba a abajo.
Steven se encogió de hombros, mirándose un segundo.
—Te dije que mis padres me criaron con cómics. Tengo una colección de gorros ridículos desde primer grado. Este es el de "modo canadiense nivel 3".
Rebekah se rió, en contra de su voluntad de hierro. Aunque solo fue un poco, logro aligerar aun más el ambiente.
—Entonces... ¿querías algo?—Preguntó Rebekah, todavía aún con el rastro de la sonrisa que no se habia desvanecido de su rostro, viva y aparentemente alegre.
Steven abrió ligeramente la boca en una sonrisa, pareció buscar las palabras correctas, mientras asentía de manera breve su cabeza.
—Hay un sendero que rodea parte del lago.—Empezó, explicando mientras trataba de no sonreír mucho—. Está nevando, pero el cielo está despejado. No sé... pensé que podrías querer salir un rato a hablar, o no hablar... solo caminar.
Ella lo miró en silencio, con la expresión totalmente congelada.
No sabía cómo explicarle que el lago le hablaba hipotéticamente, sin estar loca. Y que la nieve le era un peligro para ella, y que el agua se derretía bajo sus dedos sin que ella lo quisiera.. o bueno, que se diera cuenta.
Podria pasar que si se quedaba demasiado cerca, él podría terminar viendo lo que no debía.
Y sin embargo... Rebekah no dijo nada de eso.
—Dame cinco minutos.
[...]
El aire estaba helado pero a la vez seco, la nieve crujía bajo sus pasos en cada instancia. Caminaron en silencio al principio. Steven no parecía querer forzar una conversación, y Rebekah lo agradecía.
Rebekah miraba el lago de vez en cuando de reojo. El agua estaba quieta por la nevada reciente, por ahora no caerían cristales de hielo, es decir.. copos de nieve para transformarla.
—A veces me pasa.. —Dijo él, sin mirarla mientras seguían avanzando—. Que me siento desconectado de todo. Como si estuviera ocupando el lugar de alguien más. Mis padres querían que fuera el siguiente "líder", por así decirlo, de la familia.
Rebekah sintió un estremecimiento, pero se mantuvo serena por fuera. Sin entender a que reacciono su cuerpo.
—¿Y cómo lidias con eso?—Pregunto Rebekah, volteando a verlo por unos segundos.
—Me pregunto si tal vez no es cuestión de encontrar un lugar... sino de hacerlo propio, poco a poco. Aunque eso a veces no sea lo que los demas quieren.—Dijo él, mientras cerraba los labios con una ligera mueca.
La frase la golpeó más de lo que esperaba. Porque sin saberlo, Steven había dicho exactamente lo que Emma había intentado hacer consigo misma, sin atreverse a contarles a sus padres sobre.. su transformación.
Algo que Rebekah no sabía si podía lograr. Ser.. lo que es ahora en ese instante, ella todavía sigue adaptándose. No se quejaba pero aceptarlo.. era un proceso.
—¿Y si nunca encajas del todo? —Preguntó ella, un poco interesada por lo que pudiera decir.
Steven se encogió de hombros, pateando un poco de nieve con la punta de sus botas.
—Quizá no hay que encajar. Solo... ser alguien que no necesita explicación sobre lo que es.
Caminaron un poco más por el sendero, disfrutando de la vista y de los pocos animales con los que se cruzaban. Pero luego en un punto y sin aviso, él se detuvo.
—Oye... —Dijo Steven, casi tartamudeando como un adolescente—. Sé que eres reservada. No estoy tratando de meterme donde no debo. Solo... me gusta hablar contigo, y me gusta estar cerca tuyo, aunque no diga mucho.—Murmuro con una pequeña sonrisa—. Espero que eso no te llegue a molestar.
Rebekah se detuvo también, el ligero venteo hizo mover algunos mechones de su cabello. Lo miró por unos segundos, y por primera vez en mucho tiempo... no quiso huir.
Pero aún así, y para su mala suerte, antes de que pudiera darle una respuesta sus dedos rozaron la superficie de una rama a su lado... y luego esta se congeló superficialmente al instante.
Ambos la vieron.
Steven frunció el ceño, desconcertado.
—¿Qué fue eso..?—Murmuro mientras miraba la pequeña rama.
Rebekah retrocedió un paso. No respondió nada, pero tampoco corrió, ni siquiera trato de mentir, o dar alguna explicación como haría ella en estos casos.
Pero solo lo miró con los ojos abiertos, con el corazón palpitando. Su mundo mundano estaba apunto de caerse.
Y Steven estaba con la mirada confusa, como si entendiera que algo importante se jugaba en ese silencio, por lo que simplemente dijo sin entender mucho.
—No tienes que explicarlo ahora. Solo quiero saber... si estás bien, o lo que sea esto..—Señalo la rama.
Rebekah asintió, lentamente. No del todo segura de que fuera verdad, pero estaba agradecida, por la primera persona que no pedía respuestas inmediatas luego de ver algo anormal.
Y eso, eso era mucho de lo que recibió de alguien en muchísimo tiempo.
Esa noche, no supo que la orillo a rebajarse y escribió en el cuaderno algo indecisa.
"Tal vez no se trata de ocultarlo todo. Tal vez se trata de elegir a quién mostrarlo... cuando estés lista."
Una pequeña sonrisa se le formo en los labios, creyó que esa posibilidad podía ser real. Y que las traiciones y venganzas podrían quedar en el pasado para siempre.
[...]
Desde la caminata, Steven no había vuelto a mencionar lo ocurrido. Ni la rama congelada, ni la expresión que vio en su rostro después. Era como si no quisiera acosarla con preguntas que, por lo que conocía de ella, no se las daría.
Y Rebekah... tampoco había dicho nada a decir verdad. Era como si ese incidente nunca hubiera pasado.
Pero algo había cambiado entre ambos. No era muy evidente, seguían hablando, saludándose, el tiempo compartido ocasional en el café, sino en algo muy.. sutil.
En los espacios entre las frases sugerentes que ya no daban tanta risa, el cómo Steven la miraba ahora, no con miedo. Ni siquiera con desconfianza, era... con algo más en el.
Curiosidad contenida.
Rebekah lo notó tres días después, en la biblioteca del pueblo en un día soleado.
Él hojeaba un libro sobre mitología escandinava, pero cuando ella se acercó, lo cerró demasiado rápido y le sonrió como siempre. Logrando que ella se extrañara por esa acción.
—¿Tú también huyendo del frío entre libros? —Dijo Steven con tono casual. Bajando el libro hasta ponerlo en uno de los estantes.
Ella fingió no darse cuenta, por lo que tuvo que sonreír.
—Sí. Aunque yo no leo sobre runas vikingas.—Comento con esa sonrisa que siempre daba a todos cuando hacia sus comentarios pasivo agresivos.
Steven parpadeó mirándola en silencio. Pareció no esperar que ella notara eso.
—¿Lo.. viste?
—Tomo prestado el talento de observación de mi familia. —Respondió Rebekah, sin pensarlo.
El silencio fue breve, pero no hubo maneras de llevarlo.
[...]
Esa misma noche, sentada junto a la pequeña lámpara del hotel, Rebekah hojeaba el cuaderno de Emma con una mezcla de tedio y aburrimiento contenida. Pasaba las páginas con lentitud, como si esperara que en algún punto apareciera una respuesta clara y definitiva de se vida.
Rebekah dejó escapar un suspiro silencioso y apoyó el codo sobre la mesa. Y entonces lo sintió.
Una emoción que no le gustó en absoluto. Inseguridad.
No era miedo. Rebekah Mikaelson rara vez llamaba miedo a lo que sentía. Pero aquello se acercaba demasiado. No se trataba de lo que Steven pudiera descubrir... sino de lo que quizá ya había descubierto.
Su mente que habia sido entrenada durante siglos para detectar amenazas, empezó a repasar cada conversación, cada silencio, cada mirada demasiado atenta.
Steven no era un cazador, ni un investigador obsesivo. Pero era observador, y peor aún... empático.
Y eso lo convertía en un tipo de peligro completamente distinto al que estaba acostumbrada.
Porque las personas empáticas no buscan poder. Buscan entender.
Rebekah cerró el cuaderno lentamente, pensativa. Sus dedos tamborilearon sobre la portada mientras una conclusión incómoda tomaba forma en su mente.
Tomó el lápiz y escribió con calma.
"Si sigue mirando... va a saber que no soy solo una chica reservada."
Se quedó observando la frase unos segundos.
Sabía cómo funcionaba entrar al mundo sobrenatural. Siempre empezaba igual, una pregunta pequeña, una coincidencia extraña, un comportamiento imposible de ignorar.
Luego venían más preguntas. Y después, inevitablemente, el borde del abismo.
Y si Steven llegaba hasta ese borde...
Rebekah volvió a escribir, pero más despacio esta vez.
"Va a querer entenderlo."
Apoyó el lápiz con algo de fuerza sobre el papel. Porque ese era el verdadero problema.
Los monstruos luchaban y los cazadores atacaban.
Pero las personas que querían entender... nunca se detenían hasta encontrar la verdad.
Mientras tanto en su apartamento, Steven copiaba a mano una frase subrayada de un foro antiguo.
"Las leyendas de las mujeres del agua aparecen en múltiples culturas, pero algunos registros nórdicos y del norte de América coinciden en una cosa, el agua siempre responde primero."
Abrió otra pestaña y Buscó: mitología moderna, Mako Island, congelamiento de agua - fenómeno.
Luego de unos minutos cerró todo y se detuvo a analizar uno segundos la información, antes de enviar un mensaje. Escribió y borró más de tres veces seguidas, tratando de que sonara convincente.
Finalmente, se quedó con uno simple petición.
Steven
¿Te gustaría salir a caminar mañana? Solo eso.
Y Rebekah que aún no sabía lo que él estaba buscando. Ya empezaba a sentir que él también escondía algo.
[...]
El bosque estaba más silencioso que de costumbre. La nieve aunque delgada, cubría los senderos con una quietud casi sagrada.
Rebekah caminaba junto a Steven con las manos en los bolsillos y el rostro tranquilo, pero con los sentidos alerta.
No por el peligro que fuera el, sino por la duda sembrada en su cabeza sobre lo que el podria hacer.
Ella lo había aceptado el mensaje, había decidido que iría y que caminaría otra vez con él. Pero esta vez... no con los ojos cerrados.
Steven no hablaba tanto como antes. Parecía medir sus palabras, tal vez sin notarlo. Y a Rebekah eso le bastaba para encender todas sus alarmas.
—¿Y qué has estado haciendo estos días? —Preguntó ella, como quien lanza una trampa invisible.
Steven pareció tardar un segundo más de lo normal en responder.
—Trabajando, leyendo... nada del otro mundo.
—¿Leyendo qué?—Cuestiono de inmediato Rebekah, sin dejar ver su preocupación.
—Eh... cosas sin importancia. Historia local, leyendas. Me gusta ver cómo la gente le da forma a lo que no entiende.—Respondió él, de manera evitativa.
Rebekah sonrió falsamente, mirándolo fijamente.
—¿Te gusta buscar explicaciones?
—A veces. ¿No te pasa?—Comento Steven, dándole una mirada a Rebekah.
—Solo cuando las preguntas me importan.—Dijo Rebekah, con una sonrisa que no podía llegar a sus ojos.
Steven asintió, pero no dijo nada más.
Caminaron un rato más por el sendero helado, el lago se veía a lo lejos entre los árboles. Rebekah notó cómo Steven lo miraba de reojo de a ratos.
Él también había sentido algo esa noche. Y ahora le estaba buscando respuesta.
—¿Tú crees en lo imposible, Steven? —Preguntó ella de pronto.
Él levantó una ceja sugerente.
—¿Cómo en fantasmas o aliens?
—No. Me refiero a lo que no puedes ver, pero que sabes que está allí... pero no se puede explicar.—Especifico Rebekah, tratando de ver cualquier signo de cambio en su comportamiento.
Steven pensó por unos segundos en silencio y luego asintió lentamente.
—Creo que a veces las cosas raras no necesitan ser explicadas para ser reales. Y que algunas personas.. las llevan consigo.
Un silencio sepulcral se instalo entre ellos ante esas palabras tan directamente indirecta.
—¿Tú crees que eres una de esas personas, Emma?
Rebekah se detuvo, su cuerpo no se tensó, pero su mente sí. Lo había dicho con suavidad, como si lo pensara de manera inocente.
Pero había algo en su mirada, como si buscara una grieta en ella. Una verdad que ella aún no le daba.
—Creo que soy una persona intentando entender su lugar.—Respondió ella, serena. Sintiendo el peso de esas palabras que acaban de salir de ella.
Luego Rebekah dio un paso más, tramando ponerle una prueba.
—¿Y tú? ¿Estás aquí porque te caigo bien... o porque sientes que hay algo más?
Steven sonrió mirándola unos segundos, pero no respondió directamente.
—Puedo hacer dos cosas a la vez.
Ella lo miró por un segundo más. El viento soplaba suave, pero la tensión invisible entre ellos era más densa de lo que parecía.
[...]
Cuando ya regresaban al pueblo, el camino se había vuelto más estrecho y silencioso. La nieve crujía bajo sus pasos, y el aire frío hacía que el aliento de ambos se elevara en pequeñas nubes blancas.
Steven caminaba a su lado sin prisa, como si no tuviera ningún lugar urgente al que llegar. A mitad del sendero pareció recordar algo. Se detuvo un segundo, frunció el ceño y metió la mano en el bolsillo de su abrigo.
Sacó un pequeño dulce envuelto en papel y lo sostuvo frente a ella.
—¿Dulce de arce? —identificó Rebekah de inmediato, alzando una ceja con esa mezcla de curiosidad y sospecha que le era tan natural—. ¿Esto es un gesto de paz?
Tomó uno entre sus dedos con elegancia casi teatral. Steven soltó una pequeña risa y se encogió de hombros.
—Es solo un dulce. Pero si te hace sentir mejor... tal vez también lo sea.
Rebekah lo observó un momento, evaluándolo con esa mirada aguda, luego desenvolvió el caramelo y lo probó con cuidado.
Era un simple dulce. Demasiado dulce, quizá. Pero también era.. sincero.
No había cálculo en el gesto. Ninguna intención oculta, solo alguien compartiendo algo pequeño en medio de un paseo cualquiera.
Y para alguien que había pasado siglos rodeada de mentiras disfrazadas de afecto, aquello resultaba casi desconcertante.
No dijo nada más y siguieron caminando.
Pero esa noche, cuando regresó al hotel, abrió el cuaderno siendo algo que ya se había convertido en un hábito extraño y constante, y escribió unas líneas con pulso firme.
"Él no me ha mentido."
El lápiz se detuvo un instante entre sus dedos, pero luego continuó.
"Pero tampoco me lo ha contado todo."
Sus ojos recorrieron la frase. No había acusación en ella, solo era una observación que habia hecho. Tras unos segundos más, añadió una última línea.
"Y yo... tampoco quiero que lo haga. Aún."
[...]
El sol se filtraba entre los árboles con una calidez atípica para la estación. No había viento, no había nieve nueva, no había señales de alguna magia. Solo caminos llenos de escarcha y hojas congeladas sueltas por el suelo, y un cielo despejado.
Por eso mismo Rebekah se sentía más humana que nunca.
Steven la esperó en el inicio del sendero con un termo en una mano y dos vasos de metal en la otra.
—¿Estás preparada para caminar sin que caigan ramas congeladas o se abran portales interdimensionales?—Cuestiono Steven con humor, dándole una pequeña sonrisa a Rebekah.
Rebekah soltó una risa inesperada, aceptando un vaso.
—Si algo así pasa otra vez, quiero mi dinero de vuelta.
—No te cobré la primera vez.—Dijo Steven alzando una ceja.
—Precisamente.—Respondió Rebekah con una media sonrisa.
Siguieron caminando y el mundo no los molesto con cosas aun más raras.
Pasaron por un campo cubierto de musgo helado, donde Steven le contó que solía jugar con su hermano menor cuando eran niños en sus vacaciones. Donde solían construir fuertes de nieve, aunque uno de ellos siempre terminaba colapsando.
Rebekah escuchó con una sonrisa que le sacaba cada relato aun más tonto o divertido que el otro, y casi siempre preguntaba interrumpiendo al no entender por que harían algo asi.
Pero en un momento se dio cuenta de algo inesperado. Habia dejado atrás su versión que media cada palabra, la que actuaba y fingía interés.
Nunca se habia prestando atención en ese sentido, creía que seguia siendo ella. Y lo era, solo que estaba simplemente... allí, y viviendo como siempre quiso ser. Amaba estar viva, ser mortal.
—¿Tu hermano vive cerca? —Preguntó Rebekah, girando su cabeza para verlo.
—No, está con mi papá en Nueva York. Se mudaron después de... bueno, después de que mi madre falleciera.—Indico mientras una ligera mueca se le dibujaba en el rostro—. Yo decidí quedarme aquí que en lo que considero para mí, mi segundo pueblo natal. Esta ciudad es pequeña, sí, pero tiene.. algo.—Explico mientras miraba el paisaje a su alrededor con calma.
—¿Qué tiene?—Pregunto Rebekah, curiosa de lo que podría ser especial de ese lugar.
—Espacio para pensar.—Respondió Steven de forma enigmática y serena.
Ella lo miró de reojo con confusión.
—¿Eso es lo que buscas?
—¿Y tú no?
Rebekah no respondió de inmediato. Solo respiró hondo, el aire frío le quemó suavemente los pulmones, pero aun así no lo sintió como un dolor.
—Estoy buscando saber quién soy ahora. —Dijo Rebekah, sin pensarlo. Y le sorprendió que esa frase saliera tan fácil.
[...]
En un claro más adelante, se sentaron en una roca plana sin nieve cerca. Steven sirvió té del termo y se lo ofreció.
—Dulce, sin azúcar. ¿Requisitos especiales?—Cuestiono Steven viendo con curiosidad, la falta de gusto por el dulce de Rebekah.
—No, solo.. lo aprendí de alguien que amaba lo amargo.—Explico Rebekah de manera breve, agarrando el té.
Steven la miró curioso. Pero no precipito su suerte al querer preguntar más.
Algo que Rebekah agradeció mentalmente. Por no querer desenterrar la segunda cosa que aún no estaba lista para revelar.
Caminaron por horas, hablaron de música y de libros que nunca terminaron leer, de películas que fingieron amar. Se rieron del otro, discutieron sobre quién cocinaba peor y quien lo hace mejor.
Y en un momento mientras cruzaban un pequeño puente de madera, Steven se detuvo.
—¿Puedo decirte algo sin que suene... tonto y forzado?—Pregunto Steven con cautela.
Rebekah lo miró ya sin tratar de estar alerta, aunque eso no se deja de la noche a la mañana, pero se mantuvo serena.
—Inténtalo. No prometo nada.
Steven se rascó la nuca.
—Me gusta estar contigo, Emma. En serio. No tiene que pasar nada especial... ni decir algo increíble. Solo estar aquí, contigo, así como eres. Y eso ya es suficiente para mí..
Las palabras dejaron un silencio que se prolongo por varios segundos, Rebekah sintió cómo algo dentro de ella se contraía. Una emoción sutil y vieja, que conocía muy bien, el inicio del apego rosando ese lugar prohibido. Y con el... llego el miedo.
No era miedo a él. Era miedo a lo que eso podía significar eso en su nueva vida y en la original. A permitirse creer que esta vida podía ser algo más que un error mágico.
Ella sonrió pero no dijo nada. Solo caminó adelante sin responder a sus palabras, cruzaron el puente y él estaba detrás de ella.
Esa noche luego de no poder dormir, agarro un lápiz y empezó a escribir en el cuaderno por enésima vez.
"Hoy no pasó nada, y eso es lo más aterrador de todo. Porque por primera vez en este tiempo... quise que si pasara lo que no queria que pasara para nada. Y me gustó."
Y abajo en un extremo de la hoja, Rebekah había subrayada una sola palabra más de tres veces.
Steven.
[...]
El día anterior había sido perfecto. Demasiado... perfecto.
Y si había algo que Rebekah Mikaelson había aprendido después de más de mil años caminando por este mundo, era que los días perfectos rara vez venían sin precio.
Despertó tarde. La luz del invierno se filtraba entre las cortinas del hotel con suavidad, como si no supiera las cosas que ella había visto en su vida. Permaneció unos segundos mirando el techo completamente inmóvil, escuchando el latido lento de su propio corazón humano.
Ya se habia acostumbraba a eso.
Había algo extraño en su cuerpo. No era debilidad, Rebekah no usaba esa palabra para describirse. Era otra cosa, una incomodidad sutil, como si cada parte de ella estuviera ligeramente fuera de lugar.
Se incorporó con elegancia automática, apartando el cabello del rostro con un gesto impaciente. Incluso en soledad mantenía ese porte que siglos de orgullo Mikaelson habían tallado en ella, algunos hábitos eran difíciles dejarlos.
El aire de la habitación era frío. Fue hasta la pequeña mesa y preparó té, más por necesidad de hacer algo con las manos que por verdadera sed. El vapor ascendió en espirales delicadas mientras el agua se entibiaba.
Lo dejó enfriar y se sentó frente al cuaderno de Emma.
Ese cuaderno se había convertido en algo extraño para ella. Era una ventana a una mente que había que si bien eran totalmente opuestas, tenian similitudes muy marcadas.
Rebekah abrió la libreta, mirando el lápiz que estaba a su lado. Pero no escribió nada.
Solo observó las páginas durante un largo rato, con el ceño apenas fruncido. Ahora se encontraba detenida frente a un simple cuaderno sin saber qué debía hacer a continuación.
La ironía no pasó desapercibida para ella. Apoyó el codo en la mesa y suspiró con suavidad, una exhalación cargada de frustración contenida.
—Magnífico...—murmuró con sarcasmo para sí misma—. Mil años sobreviviendo a brujas, cazadores y a mi propia familia... y ahora me vence una libreta.
Sus dedos tocaron la portada del cuaderno con cuidado, casi con respeto.
[...]
Durante el día, Rebekah evitó responder el mensaje de Steven. Solo decía "¿Descansaste bien?", pero le pareció demasiado íntimo. Muy... cómodo.
Tambien caminó hasta el lago, aunque se había prometido no ir sola, pero al final lo hizo. No entró al agua. Pero el aire que rodeaba la orilla se sentía pesado, como si algo dentro del agua estuviera esperando por ella.
El talismán que llevaba al cuello tembló apenas, como un susurro.
Rebekah retrocedió con el ceño fruncido.
Esa noche, se duchó con agua fría. Algo dentro de ella necesitaba sentir el impacto del control.
Y fue allí, frente al espejo empañado, cuando ocurrió lo inevitable. Mientras pasaba la mano por su cuello, el espejo se congeló de golpe desde el centro.
Fue ella.
Rebekah contuvo la respiración. Miró su reflejo distorsionado entre el hielo.
—No hice nada.. —Murmuró, sin tener idea de como esos poderes se le empezaban a salir de control.
Ella se movió hacia atrás como pudo, con el pecho agitado. Levanto la mano en la dirección del espejo, y el hielo empezó a derretirse... lentamente. Como si obedeciera su miedo.
Más tarde con el cabello seco y la ropa abrigadora pegada al cuerpo, escribió en el cuaderno.
"No intente hacer nada.. y aun asi perdi el control. Usar estos poderes son.. tan fáciles, pero dependen tanto de una emocion.. No me imagino lo que pasara si fuera luna llena."
Cerró el cuaderno algo frustrada por no poder controlar esos poderes. Tomó el celular y en la esquina superior vio el mensaje de Steven.
Volvió a escribir uno, luego lo borró y lo reescribió dos más veces antes de decidirse y elegir por fin que escribirle.
"Estoy bien."
Lo envió. Pero mientras lo hacía, supo que era mentira.
En el reflejo opaco de la ventana, mientras la noche caía sobre el lago, el vapor volvió a formarse sin razón aparente.
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Holaa, espero y les guste.
No se que más ponerle, porque tampoco quiero salirme del canon de H2O (Aunque también pensé en agregarle algo de Mako mermaids), y de the originals la línea de tiempo es.. algo complicada pero ahí vamos.
No se olviden de votar y no ser lectores fantasma.
Los amo<3
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