Capítulo 5
Chapter Five
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La mañana siguiente no trajo paz.
El sol apenas se asomaba entre las ramas congeladas cuando Rebekah se obligó a levantarse. No podía seguir huyendo de lo que había ocurrido. El mensaje de Steven seguía en su celular junto a las tres palabras que no podía sacarse de la cabeza.
"¿Estás bien?"
La culpa le ardía en el pecho. No por lo que hizo, porque ni siquiera lo recordaba, sino por lo que podría haber vivido. Y por lo que estaba empezando a significar esa pregunta para ella.
[...]
Mas tarde esa misma mañana, Rebekah registró toda la habitación con ojos agudos. Emma no tenía grimorios. Ni siquiera un indicio de algún libro de hechizos, cero avistamientos de herramientas mágicas. Pero... en un pequeño cajón del escritorio, encontró un cuaderno encuadernado en tela azul. Sin título en la primera hoja.
Rebekah lo sostuvo por unos segundos, tratando de recordar si ya lo había visto antes o por qué nunca dio con el.
Con rapidez abrió la primera página. La letra era inclinada similar a la cursiva, casi meticulosa.
"Teorías Sirénicas – Emma G."
Pasó las hojas lentamente dándose cuenta de algo. No eran hechizos como quiso suponer, eran pensamientos de años de prueba y error, hipótesis, preguntas sin respuesta. Y, sin embargo, estaban llenas de verdad.
"Si Mako creó sirenas al contacto con la luna, ¿podrían existir otros lugares así?"
"La llegada de Bella (la nueva chica en casa) me confirma que hay más piscinas lunares en el mundo. Esto no es un fenómeno aislado como creímos."
"¿Sirenas nacidas, no transformadas? ¿Tendrían poderes + magia? ¿Tendrán control sobre la luna, o tambien sucumbirían como nosotras?"
Rebekah se detuvo parpadeando. Subrayado en rojo, encontró otra línea.
"Después de 14 lunas llenas, creemos que luego de convertirnos en una sirena se puede empezar a resistir la influencia lunar. Algún tipo de memoria parcial y autonomía en nuestra emociones. Cleo, Rikki y yo tuvimos control luego de un año de lunas, a excepción de esa vez.."
Rebekah analizo el escrito, se recostó en la silla, el cuaderno aún abierto sobre su regazo.
—Entonces, esto que me controla en la luna... puede ser controlado —Susurró planeando algo—. Pero no todavía.—Se recordó así misma, lo que aparentemente Emma suponía que pasaba luego de casi un año de lunas.
Y eso significaba que cada luna llena por venir era una amenaza.
Rebekah estaba leyendo unos minutos más cuando de repente, tocaron la puerta.
Rebekah casi saltó. Rápidamente se levanto y fue hasta la puerta, viendo primero a través de la mirilla. Era Steven... estaba de pie, con las manos en los bolsillos y una mirada que parecía una mezcla de entre preocupada y tímida.
Rebekah respiró hondo antes de abrir la puerta. Se obligó a enderezar la espalda, a elevar el mentón con esa elegancia casi aristocrática que jamás la abandonaba. En su rostro se dibujó una de sus sonrisas ensayadas.
Al abrir, Steven levanto la vista, algo sorprendido con una mano ligeramente arriba preparado para tocar de nuevo la puerta, con la otra mano hundida en el bolsillo del abrigo que llevaba. Junto a esa expresión honesta que parecía incapaz de fingir nada.
—Hola —dijo sin rodeos al verla—. No quise insistir, pero... necesitaba saber si estabas bien. Ayer fuiste... rara. No como usualmente eres tú.
No había rastro de acusación en su voz. Solo preocupación genuina. Y eso, irónicamente, la desarmó más que cualquier reproche que pudiera haber recibido por cualquiera.
Rebekah bajó la mirada un instante, mordiéndose el interior del labio. Un gesto pequeño, que contrastaba con la tormenta que llevaba dentro.
—Lo siento...—dijo al fin—. No debí irme así.
La disculpa no era algo que ofreciera con facilidad. Durante siglos, había aprendido a justificar sus actos, a sobrevivir antes que explicarse. Pero ahora.... ahora era distinto.
Steven asintió lentamente, sin apartar la vista de ella.
—¿Estás enferma? ¿O pasó algo?
La pregunta flotó entre ambos. Rebekah sintió cómo la tentación de mentir por completo se deslizaba por su mente con tanta familiaridad.
Era fácil. Siempre lo había sido, podía inventar una historia convincente, una excusa perfecta para la situación. Había engañado a reyes, a cazadores, a brujas.
Pero no podía decir la verdad. No podía mirarlo a los ojos y confesar que "la luna me hipnotizó y perdí el control".
Tragó saliva.
—He tenido problemas con... algo "emocional".—comenzó con cautela, construyendo una verdad a medias—. Desde hace mucho tiempo. A veces vuelve cuando menos lo espero. Ayer fue... una de esas veces.
No era mentira del todo. Solo estaba.. algo incompleta. Porque su vida había sido una sucesión interminable de pérdidas, traiciones y anhelos rotos.
Porque había pasado más de mil años buscando amor en lugares equivocados, intentando llenar un vacío que ni la eternidad pudo borrar.
Steven no la interrumpió en ningún momento. No intentó descifrar lo que no decía... Solo la miró. Y en esa mirada no había juicio ni curiosidad maldadosa. Solo una preocupación sincera.
—Si alguna vez quieres hablar... —dijo finalmente, el suspiro de su boca saliendo en un ligero humo debido al frío—. No para explicarme nada, ni para convencerme de nada... sino para que no lo cargues sola con todo... aquí estoy.
Esas palabras la golpearon con una suavidad brutal.
Rebekah lo observó en silencio. Durante siglos había escuchado promesas grandiosas "te amaré por siempre", "moriría por ti", "te protegeré de todo". Promesas que casi siempre terminaban en traición, miedo o muerte.
Pero aquello era distinto, no le estaba ofreciendo eternidad, o prometiendo salvarla. Solo le ofrecía compañía.
Sintió algo apretarse en su pecho. Una emoción incómoda, frágil. No era pasión ni deseo. Era algo más peligroso para alguien como ella.
Vulnerabilidad, algo con lo que siempre tuvo que cargar.
—No estoy acostumbrada a eso.. —murmuró casi para sí, antes de poder detenerse.
Steven frunció ligeramente el ceño.
—¿A qué?—Pregunto, tratando de entenderla.
Rebekah alzó la vista, y por un segundo no fue la Mikaelson orgullosa, ni la mujer que había sobrevivido a mil guerras familiares. Fue simplemente una chica cansada.
—A que alguien se quede... —respondió con honestidad.
El viento de la terraza abierta, que habia entrado movió ligeramente su cabello rubio. Ella recuperó la compostura casi de inmediato, enderezando los hombros, recomponiendo su máscara.
Pero algo había cambiado hacia ya mucho tiempo. Porque despues de mucho, mucho tiempo... las palabras de alguien no le sonaron como una promesa vacía.
Le sonaron como una posibilidad a la cual tenia acceso.
[...]
Esa misma noche, Rebekah releyó las anotaciones de Emma, estando sentada junto a la ventana. La luna ya no estaba llena, pero seguía brillando en el cielo.
Pasó los dedos por una página doblada al borde. Una que decía. "Algunas sirenas (hasta el momento solo nosotras) sienten cosas que no son suyas. Emociones, recuerdos e impulsos... Como si no pudiéramos ver a través de otros ojos. Creo que tiene que ver con los animales con los que se suele juntar, Cleo una vez juro recordar nadar en el estanque de Ronnie un día que ella no trabajo."
Despues de mucho tiempo, Rebekah pensó en ella. La chica del cuerpo en el que estaba.
—Emma... ¿Qué parte de ti queda aquí?
No hubo respuesta, algo obvio. Solo el sonido del viento suave entre los árboles y una sensación silenciosa de que esto apenas comenzaba.
[...]
El aire olía a madera húmeda y escarcha derritiéndose. La luna creciente aún no estaba llena, faltaba mucho para eso, pero Rebekah podía sentirla. Casi como un eco de una pesadilla.
Era una vibración muy sutil bajo la piel, como una corriente de agua tibia recorriendo sus venas. Estaba llegando a pensar que era algo psicológico, se suponía que la luna no tiene efecto en ti si no es luna llena.
No era nada invasiva. Aún no, queria creer. Pero estaba ahí, constantemente latiendo muy dentro suyo.
Sentada sobre una roca frente al lago parcialmente congelado, Rebekah tenía el talismán reparado colgado al cuello. Había rehecho el hechizo con una nueva gota de sangre. Esta vez, con intención clara.
No solo para protegerse. Sino para enfrentarse con la mente protegida de eso.
—Vamos...—Susurró al cielo estrellado—. Muéstrame de qué estás hecha.
Cerró los ojos, y respiró profundo dejando que el mundo callara a su alrededor. No había música, ni luces, ni su amigo Steven. Solo su mente y esa presión suave que sentía, como si unos dedos estuvieran tocando la puerta de su alma.
En su mente la luna la llamaba, pero esta vez, ella no respondió. Durante media hora, se mantuvo firme y en control, sin temor de perderse. El agua no se movía ante cualquier sobresalto, su cuerpo no reaccionaba con temblores ante el recuerdo, incluso su respiración se hacía más lenta.
Hasta que... un susurro de una voz. No suya, resonó en su oído.
"¿Por qué luchas contra lo que eres?", se escucho contra su cabeza, como si rebotara un pensamiento intrusivo.
Los ojos de Rebekah se abrieron de golpe. La voz no vino del bosque, vino desde adentro suyo. Se puso de pie bruscamente, apretando los puños. Pero al mirarse en el agua, su reflejo en el lago la detuvo.
No era exactamente ella. El mismo rostro, pero su reflejo sonreía con dulzura con la cabeza ladeada como si comprendiera algo que ella aún no.
—¿Emma? —Preguntó en voz baja, sin esperarlo.
La imagen del reflejo se desvaneció, en la superficie el agua se onduló ligeramente. Su reflejo volvió a la normalidad.
No obtuvo respuesta.
Pero el tirón en su pecho se intensificó. La luna creciente no la hipnotizaba, o tal vez no tenia fuerza ni poder para eso aun. Pero sí despertaba puertas que ella no sabía que tenía.
Eso, o ya se había vuelto loca por completo.
[...]
De vuelta en el hotel, el silencio la recibió como un viejo conocido.
Cerró la puerta con cuidado, apoyando la espalda contra la madera por unos segundos. El murmullo distante del pueblo se desvaneció, dejando solo el sonido de su propia respiración.
Ese detalle todavía la sorprendía de vez en cuando, respirar. Sentir el aire entrar y salir, tener un cuerpo que reaccionaba con escalofríos reales.
Caminó lentamente hasta el espejo. Se quedó allí de pie, mirándose durante un largo rato, seguía pareciendo ella.
El mismo cabello rubio cayendo con elegancia sobre los hombros. Los mismos pómulos definidos. La misma intensidad en la mirada. Si alguien pronunciara su nombre Rebekah Mikaelson, ese rostro sería el que imaginarían.
Pero algo era distinto en ella. Había una suavidad nueva en sus facciones, una duda que antes no existía. Durante más de mil años, su identidad había sido inquebrantable.
Podían encerrarla en un ataúd, arrancarle el corazón, arrebatarle amantes y oportunidades... pero ella seguía siendo ella. Inmutable y eterna.
Ahora no estaba tan segura. Deslizó los dedos por su propio reflejo, como si pudiera atravesarlo y encontrar la verdad detrás.
El recuerdo de la última luna la estremeció. La sensación de ser desplazada dentro de sí misma. De mirar el mundo sin estar realmente presente, de sonreír con una boca que no obedecía a su propia voluntad.
Por primera vez, una idea se filtró con una claridad bastante cruel.
¿Y si después de otra luna llena ya no regresaba del todo? ¿Y si cada transformación no solo alteraba su cuerpo... sino su esencia? Lo veía algo improbable, pero... nunca se sabia el 100% de las cosas.
Rebekah nunca había temido a la muerte. La había enfrentado, burlado y desafiado incontables veces. Pero perderse a sí misma.... eso era distinto. Eso era inaceptable, su piel se erizó levemente. Por... miedo.
Había pasado siglos negándose a pedir auxilio. Siempre había sido la hermana fuerte cuando debía serlo, la estratega cuando hacía falta, la romántica imprudente cuando el corazón la traicionaba.
Incluso cuando suplicaba amor, jamás suplicaba ayuda. Porque una Mikaelson no implora, eso nunca la habia salvado. No por completo.
Se sostuvo del borde del tocador, los nudillos tensándose. Su orgullo se revolvió como un animal herido. Pedir ayuda implicaba admitir que no podía controlarlo todo, que... esta vez no bastaba con determinación y furia.
Pero también había aprendido algo en las últimas semanas, que no estaba sola en esa situación. No completamente.
Con la voz más baja de lo que le habría gustado admitir, murmuró algo que no pronunciaba desde hacía años. No como una orden o una amenaza, lo cual le seria más sencillo a decir verdad.
Sino como una verdad a flor de piel.
—Necesito ayuda.
Las palabras quedaron suspendidas en la habitación, frágiles y poderosas a la vez.
Y aunque no sabía a quién recurrir todavía, a su familia, a la magia de las hipócritas de las brujas, o a alguien completamente distinto, el simple hecho de decirlo en voz alta fue un acto de valentía más grande que muchas de sus antiguas batallas.
Porque esta vez no luchaba contra un enemigo cualquiera, luchaba por seguir siendo ella.
[...]
Unos días despues.
Rebekah no estaba buscando recuerdos. Estaba buscando una distracción propia, la caja parlante, a la cual en la era moderna llamaban "televisor" ya la había aburrido.
Por lo que al encontrar una caja de cartón polvorienta bajo la cama, empujada al fondo para que nadie lo viera, había llamado su atención solo porque necesitaba sentirse útil. O al menos ocupada.
Dentro de esta estaba una cámara de mano antigua, delgada y negra, con una calcomanía despegada en un borde. Tenia un cable de carga enredado junto a ella. Rebekah ladeó la cabeza.
—¿Qué grababas, Emma?—Se cuestiono con genuina curiosidad.
No pensó que funcionaría. Pero tras unos minutos conectada a un enchufe y un poco de paciencia, y casi tirarlo para el suelo, la luz de encendido parpadeó. El visor se iluminó con el clásico azul desviado de los menús viejos.
Siete archivos en total. Todos del 2009 y finales de ese año e inicio del 2011, grabaciones personales. Sin etiquetas.
Rebekah presionó "play".
Clip 1
Emma aparece sentada en el borde de una cama desconocida, con el cabello seco pero muy limpio y brillante como si estuviera todavía agua en el, probablemente tras una transformación.
Lleva una sudadera grande y hablaba mirando directamente a la cámara, luciendo pensativa y analítica. Casi como una científica.
—Hoy fue la tercera luna llena desde que Bella llegó donde ellas, y es mi quinto lugar nuevo de viaje. A veces me pregunto si todas somos iguales... o si algunas simplemente nacieron distintas para ser.. sirenas. ¿Incluso a veces llego a pensar, y... si nunca hubiéramos llegado hacia Mako?
La cámara se apaga sin conclusión.
Clip 2
Emma está en una playa. La cámara se mueve con el viento, su voz apenas se escucha.
—Mako no es el único lugar. Hay más, y creo tener sospechas de otra. Sé que hay más, Bella nos lo confirmo con su existencia. ¿Y si hay otras como nosotras que ni siquiera saben lo que son?
Clip 3
En esta, Emma no habla de teorías. Está sola en su habitación, al parecer de noche en algún lugar al rededor del mundo.
—No puedo seguir fingiendo que la luna no me afecta. Digo que estoy bien, pero a veces no me reconozco cuando vuelve a brillar en lo alto del cielo. ¿Qué pasa si un día ya no soy yo cuando salga la luna?, se que soy fuerte pero sin ellas aquí... no se si pueda.
Clip 4
Una risa nerviosa se escucho, proveniente de Emma.
—A veces pienso que el agua me escucha más de lo que me escucha la gente. Papá dice que siempre estarán para mi, pero me pregunto si yo para ellos. No entienden mi conducta, es comprensible... no lo saben.
El video se quedo en silencio, solo con el ladrido de un perro lejano.
—Y decirles eso me asusta mucho.
Clip 5
Emma en primer plano. Sus ojos enrojecidos, no estaba llorando, pero casi podrias ver la gota apunto de caer de las pestañas. Su voz es más baja, casi como un susurro secreto.
—Si alguna vez pierdo el control, quiero que quede claro... que luché. Con todo lo que tenía, trate de contenerlo. No se que me pasa, mis poderes se descontrolaron como si todos estuvieran inestables y creo que... hoy hice que el agua hirviera.—Añadió con temblor en la voz, como punto clave importante.
—Todavía no se los dije, no se si podria. Con lo de Charlotte ya tuvimos una mala experiencia, pero sé que es mejor decirles a Cleo y Rikki..
Pantalla negra cubre la cámara, el video se detiene.
Rebekah se quedó mirando el visor apagado por varios minutos. No habló, no pudo de la sorpresa. Una inexplicable sensación le subió a los ojos, pero no lloro, porque no era ella la que queria hacerlo.
Era un recuerdo del cuerpo propio. Un dolor que no era suyo, pero miedo que sí lo era. Esa conexión que no pidio, pero que obtuvo le permitió sentir todo aquello.
Ella no era Emma. Pero esas palabras, esas dudas... vivían ahora en el mismo lugar donde latía su corazón.
Por primera vez desde que despertó en este cuerpo, Rebekah no se sintió sola. Y eso era más aterrador que cualquier luna o enemigo que viniera.
[...]
Rebekah no había vuelto a mirar la cámara, ni para revisar si se había perdido algo de las grabaciones. Los videos seguían allí, fijos en su mente, como si Emma aún susurrara desde los bordes de su subconsciente.
Esa noche, bajo la luz tenue de la lámpara, con una taza de té entre las manos, una costumbre adquirida.
Abrió el cuaderno de tela azul, donde Emma escribía sus dudas, sus teorías... y su miedo que ahora podía notar con claridad, cuando antes lo había pasado por alto para buscar sus respuestas propias.
En la última página escrita, la tinta aún se veía fresca, aunque llevaba años allí.
"Lucharé con todo lo que tenga"
Rebekah tragó saliva. Tomó un lápiz y, con manos firmes, empezó a escribir.
Rebekah comenzó a registrar de forma metódica los efectos de la luna sobre ella, analizando los síntomas con frialdad casi científica, el calor en la nuca, la presión en el pecho, la bruma mental previa al trance.
Reconoce que el talismán solo funciona parcialmente y formula la hipótesis de que la influencia lunar no es únicamente física, sino también emocional y posiblemente ligada a los recuerdos que no le pertenecen.
Despues de descubrir grabaciones y leer con detalle las teorías de Emma, fue dándose cuenta de que, aunque no era bruja, poseía una intuición poderosa. Una teoría muy destacada fue la idea de que catorce lunas llenas podrían generar tolerancia al influjo lunar.
Rebekah considera que experimentar, registrar patrones y medir las pérdidas de control seria lo más seguro, abordando el problema como una estratega que se niega a ser derrotada por algo que no entiende.
Pero en su tercera hoja abandona el análisis y se vuelve personal. Confiesa que, al igual que Emma, teme dejar de reconocerse. No sabe si está luchando contra la transformación o simplemente huyendo de lo inevitable.
Lo que más la aterra no es el peligro externo, sino la duda sobre si lo que siente sigue siendo suyo.
Por primera vez, contempla que tal vez no se trate de controlar el cambio, sino de aceptarlo. Y eso es precisamente lo que aún no está preparada para hacer.
Rebekah cerró el cuaderno lentamente. Se quedó mirando la cubierta de tela, como si esperara que le respondiera como en Harry Potter. Pero no lo hizo.
Sin embargo.. escribir la había ayudado, de algún modo. Y eso, para Rebekah Mikaelson, ya era una señal de que algo estaba cambiando.
[...]
El cuaderno de Emma se quedó abierto sobre el escritorio, pero Rebekah lo ignoró por primera vez en días.
Había dormido sin pesadillas.
Cuando abrió los ojos esa mañana, el techo del hotel no parecía una celda ni un refugio, solo... un techo. Algo tan ordinario y simple fue suficiente.
Desayunó despacio. Pan tostado con mantequilla. El café ya no le resultaba extraño disfrutarlo, se permitió saborearlo como si no hubiera nada más urgente en el mundo que hacer.
Como si no hubiera maldiciones antiguas acechando en los márgenes de su vida.
Y decidió algo. Hoy viviría como si fuera normal, no como una Mikaelson perseguida por siglos de violencia. No como una criatura atrapada entre esencia y mar.
Solo... como una mujer en un pueblo pequeño.
Se vistió sin apresuro. Jeans ajustados, una chaqueta de lana gruesa que abrazaba su figura con mucha comodidad. El cabello lo tenia trenzado hacia un lado con una naturalidad que la hizo fruncir el ceño frente al espejo.
No sabía si esa costumbre era suya o de Emma.
La duda apareció y, por primera vez, no la persiguió. Simplemente dejó que estuviera allí.
Bajó caminando al pueblo. El aire era frío, pero el sol de invierno era tibio, casi indulgente. La luz caía sobre las montañas blancas a lo lejos, haciéndolas brillar como si fueran de cristal.
La nieve crujía bajo sus botas, y cada paso se sentía deliberadamente real y fantástico.
Rebekah alzó el rostro hacia el cielo despejado. No había luna visible o un tirón invisible en la sangre. Ninguna de sus mayores sombras atormentaban en su mente.
El pueblo estaba despierto como cualquier otro día. Una mujer barría la entrada de su tienda, un niño arrastraba un trineo demasiado grande para él. Dos hombres discutían sobre el clima como si fuera un asunto de estado.
Vida simple y humana.
Rebekah caminó entre ellos con elegancia natural, pero sin la altivez calculada que solía acompañarla. Observaba, absorbiendo todo los recuerdos y sensaciones que habia comenzado a crear ahi. Permitiéndose ser feliz.
Un escaparate llamó su atención, vestidos tejidos a mano, bufandas gruesas, guantes de colores. Se detuvo, levanto la mano y en cuanto sus dedos rozaron la vitrina, una curiosidad genuina se salio de ella.
Durante más de mil años, Rebekah vivió en un torbellino constante de pasión, traición y supervivencia. Incluso el amor lo buscaba con intensidad desesperada, como si siempre estuviera a punto de perderlo.
Aquí... nadie esperaba nada de ella. No tenía que impresionar, proteger, ni siquiera seducir a alguien. Solo bastaba con existir.
Sintió algo extraño expandirse en su pecho. No era euforia o deseo, como muchos podrían imaginar. Era más silencioso que eso.
Era tranquilidad, tan estable que sus problemas des pasado parecían ser solo meros sueños malos que quedaron atrás hacia mucho tiempo.
Un pensamiento cruzó su mente, suave pero firme. Tal vez no necesito que todo sea extraordinario para que valga la pena.
Rebekah Mikaelson quien había desafiado a la vida miserable de vampiro durante mil años, se encontró sonriendo ante algo tan trivial como el sonido de una campanilla al abrirse una tienda.
No estaba huyendo del pasado, ni siquiera pasaba por su mente anticiparse para un desastre.
Estaba caminando bajo el sol con libertad y eso, por ahora, era suficiente.
[...]
Dos días despues.
La pequeña universidad local, más bien una extensión de una sede regional, ofrecía charlas abiertas al público. Ese día, había una sobre mitología regional de leyendas de lagos y ríos por Sudamérica, criaturas del norte, tradiciones indígenas sobre espíritus del agua.
Rebekah entró sin saber por qué. Solo... entró y observo lo que decían.
Había una docena de personas. Un profesor joven hablaba con entusiasmo sobre "las hijas del lago", una antigua historia sobre mujeres que aparecían desnudas en invierno, caminaban sobre el hielo, y desaparecían al amanecer. También menciono una sobre la Lara, de brasil y otra del lago Titicaca.
Rebekah cruzó los brazos, escéptica... hasta que el profesor dijo algo que hizo que Rebekah se pusiera atenta.
—Según algunos registros, estas mujeres tenían el poder de moldear el agua como se les pudiera dar gana. Otras veces, usaban de eso para crear desastres. Como si fueran parte de ella.
Rebekah se enderezo al darse cuenta de una pequeña verdad de eso, su estómago se tensó.
—Se las describía con cabello dorado o rojizo, incluso morenas y de piel brillante bajo el agua de la luna. Eran símbolos de advertencia... o de transformación, hay muchas interpretaciones la verdad. Y cada una puede o no, ser cierta.
Rebekah bajó la mirada. El talismán bajo su ropa vibraba levemente ante su respiración acelerada. Como si reconociera algo.
Cuando salió, estaba más tensa que antes. Su día se habia arruinado un poco.
[...]
Una hora despues.
Decidió entrar a una librería cercana. Un refugio para calmar la mente luego de autoconocerse en una charla mística. Recorrió los pasillos en silencio. Libros de arte, historia local, mapas, revistas picantes de los 80s.
Y entonces ocurrió algo, tocó un libro viejo, casi sin título de lo borroso que estaba y cubierto de polvo. Y al hacerlo.. la capa delgada de hielo que cubría las ventanas se derritió instantáneamente.
Solo esas, exclusivamente en ese pasillo. El dependiente no lo notó, estaba ocupado en la caja con el ceño fruncido, luciendo concentrada.
Pero una mujer que pasaba a su lado sí lo hizo. La miró, extrañada como si tratara de preguntarle con la mirada "¿Tambien viste eso?" Muy brevemente. Pero fue suficiente para que Rebekah retrocediera un paso.
Otra vez estaba perdiendo el control.
Salió del local sin comprar nada. No pudo decir una palabra en todo el camino.
De vuelta en la cabaña, se soltó el cabello y se miró al espejo. Su reflejo parecía calmado, pero dentro de ella, el recuerdo del hielo comenzando a romperse repitió en su mente otra vez.
Y mientras el sol caía, se repitió a sí misma.
—No fue nada. Ni siquiera me vieron. Estoy bien, toda esta vida ira genial.
Pero sus ojos se desviaron al cuaderno sobre el escritorio que seguía abierto. Y el título de la última página de Emma seguía mirándola.
"No puedes esconder cosas en el agua, siempre vuelven a la superficie"
Rebekah lo cerró con fuerza al leerlo. Pero sabía que la próxima vez, no sería tan sutil, y para eso debía de dejar de fantasear su vida perfecta de humana y empezar a trabajar en sus... poderes.
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Holaa, espero y les haya gustado.
Los amo <3
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