Capítulo 4
Chapter Four
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La noche se sentía extraña ese día.
Rebekah había regresado a la cabaña con el cuerpo exhausto, pero la mente aguda que poseía estaba en alerta. El encuentro con el niño, la transformación en pleno bosque, y el descubrimiento en la biblioteca la mantenían en una tensión constante.
No había dormido bien en días. Cada vez que cerraba los ojos, tenia sueños de ella estando dentro del agua, lunas llenas y voces que no eran suyas la despertaban sudando.
Y si sumamos las voces de sus hermanos en sueños que le reprochaban sobre no buscarlos, estaba pasando por mucho en un plazo muy corto.
Así que, cuando oyó el crujido de las pisadas fuera de su puerta de la habitación del hotel, no se sorprendió. Tarde o temprano algo así la seguiría siempre.
Solo se enderezó en la silla y tomó una palanca que se encontraba oculta entre la caja pequeña de herramientas que tenia Emma. Porque, obviamente ya habia revisado cada centímetro de ese cuarto de hotel.
No era elegante, pero una mujer sin poderes de vampiro hace lo que puede.
La puerta no se abrió, ni habian golpeado pero sabía que había alguien allí. Ella lo sentía, despues de largos siglos aprendes a captar ciertos sonidos y confiar en tus presentimientos.
Salió por la ventana hasta tocar el pasto, sin hacer mucho ruido. Casi se tuerce el tobillo al caer, punto malo para ser humana.
La luna iluminaba el claro frente a la habitación de hotel, haciendo que lo pudiera apreciar a solo unos metros estaba un hombre alto de cabello oscuro con los ojos hundidos y ropa demasiado fina para un lugar tan frío en esa época del año.
Estaba de pie observándola como si fuera una estatua en un museo muy caro al cual solo se puede ver de lejos.
—Rebekah Mikaelson.—Dijo con voz grave, viéndola de arriba a bajo, sin moverse—. Al fin te encuentro. Te vi en una biblioteca hace unos días he imagina mi sorpresa, encontrarme a la gran Rebekah Mikaelson tan... Débil.
El corazón de Rebekah dio un vuelco. No porque la llamara así, sino por cómo lo dijo... con tanto odio y hambre, como si tuvieran una historia sin resolver.
Una que ni siquiera ella sabia si conocía, o recordaba.
—Me temo que te equivocas—Dijo Rebekah con frialdad, ocultando la palanca detrás de ella con una mano firme—. No soy quien crees. Acosador. Así que vete o llamo a seguridad.
El vampiro sonrió con cinismo.
—Sí, claro. ¿También vas a fingir que no sabes quién soy y lo que soy?—Cuestiono con sarcasmo, con ira burbujeante bajo sus palabras.
Rebekah apretó los dientes, estaba desarmada sobrenaturalmente sin poderes de su cuerpo original, con los cuales podía acabar fácilmente con ese vampiro de un poco menos de un siglo.
Sin la luz del día para ahuyentarlo, ya que los anillos diurnos eran escasos, solo le quedaba un abrigo, una palanca y su maldito ingenio.
—¿Qué quieres?—Demando Rebekah, dejando casi caer su actuación. Afilando sus ojos, y cambiando sus manera de ser lo más disimuladamente posible.
—Justicia.—Respondió él, dando un paso al frente—. Por lo que hiciste en Marisela. ¿Te acuerdas? 1919. Mi hermana. Tú y ella en una fiesta donde provocaste un incendio.
Los recuerdos le vinieron a la mente como relámpagos. Ella había estado allí, y había matado a una vampira menor por traicionar a Marcel. No era algo que lamentara.
—Yo no soy quien dices creer que soy.—Dijo, más para sí misma que para él.
—Lo veremos.
El vampiro se movió rápido. Más rápido de lo que su cuerpo humano podía reaccionar, Rebekah apenas pudo esquivarlo cuando lo tuvo encima atacando su cuello.
Cayó al suelo de manera bruta con todo el peso de la fuerza del vampiro, rodando, sus manos casi se mojaron al golpear una cubeta de agua que quedo derramada cerca de las mesas para los que se hospedan.
Rebekah intento apartárselo pero cada vez iba perdiendo más fuerza, sentía que la estaban comprimiendo viva, no importaba lo que hiciera esa fuerza que poseía no era nada comparado contra la de una vampiro.
—Maldito cuerpo humano..—Murmuro Rebekah entre quejidos bajos y casi sin aire, estaba pálida y desorientada al sentir las manos del vampiro con fuerza en su cuello, estaba listo para decapitarla.
Pero entonces... algo dentro de ella despertó de la furia e impotencia que sentía. Inconsciente de si misma, la mano de Rebekah hizo un movimiento lento al encontrarse libre pero debilitada.
Apenas y veía, su vista se desenfocaba y enfocaba. El agua del suelo mojado al lado de ellos se alzó sola, como si entendiera la orden no dicha de Rebekah... como si de un conjuro se tratase.
El vampiro retiro sus colmillos, se giro con sorpresa antes lo estaba viendo a unos centímetros suyo. Rebekah dejo salir un jadeo, como si estuviera casi desinflándose del aire que se le escapaba, sus piernas apenas y la sostenían.
Una espiral se formó en el aire helado de la noche, y Rebekah casi sin pensar mucho de lo desorientada que se encontraba, extendió las manos hacia el vampiro que al analizar todo no lo pensó más.
Se abalanzó de nuevo hacia ella, luego de distraerse con el agua para terminar de acabarla y matarla tanto como deseaba y mostrarle sus restos a los originales.
—¡Aléjate de mí!—Su grito salió con una mezcla de pánico, furia e ira mezcladas.. junto al miedo que contenía dentro suyo.
La espiral de agua se convirtió en hielo. Una ráfaga helada surgió del agua que se había extendido del suelo. El vampiro gritó al instante de sorpresa, empezando a congelarse desde las piernas hacia arriba hasta estar cubriendo toda su cabeza.
Su piel comenzó a cuartearse, su cuerpo entero quedó atrapado y blanco como en un bloque de hielo brillante, como si fuera una escultura macabra de cristal con la expresión de terror puesta en el para siempre.
Rebekah se quedó jadeando, temblando mientras miraba al vampiro que se encontraba congelado.
No por miedo, oh claro no... Por poder.
Había sido instintivo. No como cuando era vampira, ni como una bruja, del cual nunca saco provecho. Esto había nacido del agua y fue puro instinto, el cual logro hacerlo... letal.
Con un quejido de dolor por su cuello, se levanto del suelo como apenas pudo y se acercó al vampiro congelado.
Lo miró a los ojos intentando verificar si estaba congelado y consciente, o congelado muerto. Lo cual, no parecía posible, aunque nunca habían congelado hasta los huesos de un vampiro.
—Deberías haber comprobado bien con quién te metías.—Dijo con la voz rasposa Rebekah, con una mirada furiosa agarrándose el cuello.
Y con un último toque de ella misma, quebró el hielo del rostro con un golpe con la palanca, dejando caer el cuerpo en pedazos inertes de hielo rojo al suelo.
[...]
De vuelta dentro de la habitación, y luego de limpiar el hielo rojo y tirarlo por el desagüe, se lavó las manos temblorosas.
Se miraba su reflejo en el espejo la observaba, estaba tirada en la tina tratando de limpiarse todo lo rojo sangre congelada y coagulada que se le había pegado. Mismo rostro, mismo cuerpo.
Pero ahora... con algo más detrás de los ojos. Algo que recién estaba empezando a darse cuenta por si misma, con miedo de aceptarlo y que lo pierda antes de poder disfrutarlo.
—No soy solo Rebekah Mikaelson..—Susurró mientras apretaba las manos en el agua—. Pero eso no significa que no siga siendo peligrosa.
Podría ser que la... ¿fusión?.. o compartir cuerpo con Emma. Para Rebekah eso no se estaba sintiendo como una maldición, como había creído.
Era algo más, y quien viniera a buscar pelea... debía temerle.
[...]
La luna estaba en lo alto. Luminosa e Inquietante. Demasiado brillante para que Rebekah pudiera ignorarla.
Se revolvía en el sofá, envuelta en una manta. Los libros que había tomado de la biblioteca estaban abiertos sobre la mesa, junto con notas garabateadas con desesperación. Pero sus ojos no se fijaban en las palabras de los libros.
Estaban fijos en la ventana cercana a ella. En la luz azul que se colaba por la cortina.
En ella.
Llevaba toda la tarde sintiéndose rara. Más agitada, más sensible, con la piel erizada y los nervios vibrando bajo su carne como cuerdas tensas apunto de estallar.
El agua del hervidor había estallado en vapor sin motivo y el hielo del refrigerador se había derretido de golpe cayendo como agua, y para rematar el lavamanos se congelo.
Incluso su respiración se volvía más lenta y profunda, como si su cuerpo se estuviera adaptando a algo invisible.
—¿Qué me estás haciendo? —Susurró al cielo. Sintiendo que de alguna manera ese día tenia algo que ver con lo que estuviera sucediéndole.
No había respuesta, solo una presencia. Un tirón sutil en su pecho y un eco impulsivo que crecía con cada segundo que pasaba de la tarde hasta oscurecer.
Se levantó de golpe, como si algo la hubiera empujado para hacer algo que todavía no sabia que seria.
Sus pies la llevaron fuera de la habitación hasta llegar al patio del hotel, sin abrigo, sin ninguna razón. La nieve le mordía la piel, pero no sentía frío y ni siquiera se había transformado.
Solo sentía una... necesidad de algo.
En un parpadeo Rebekah, sin saber que le estaba pasando llegó al lago de la nada, como si hubiera estado corriendo hasta allí sin importarle los cortes ligeros y profundos en los pies.
La superficie congelada brillaba como plata líquida, algo irreal. La luna se reflejaba perfecta, redonda y poderosa. Y entonces lo oyó.
Una nota silenciosa que provenía de ella misma. Una sola, suspendida en el aire como una vibración de cristal. No era un sonido, en realidad.
Era algo más antiguo, más profundo. Un tipo de llamada, usada por instinto y necesidad.
Un canto de sirena, pero ella no lo estaba escuchando. No.
Ella lo estaba emitiendo.
Rebekah cayó de rodillas al borde del hielo, con las manos temblorosas cubriéndose los oídos. Tratando de recobrar conciencia pero no podía detenerlo. No podía frenarse.
Una parte de ella, una que no conocía, estaba reaccionando a la luna llena como si fuera parte de ella. Y en cierto modo, lo era.
La cola dorada no apareció. Pero el poder en sus venas se desbordó como una presa de agua con grietas antes de que se destruyera todo.
El hielo bajo sus manos se fracturó. No por el peso de si misma, sino por su energía. Grietas extendiéndose como telarañas congeladas bajo sus palmas.
—¡Detente! ¡Detente! —Gritó Rebekah con los ojos cerrados, sintiendo que iba perdiendo control de su cuerpo.
Como si estuviera entrando a un sueño tan relajante que era tan envidiado no dejarse llevar.
Pero la luna no escuchaba, y su cuerpo al parecer ya no la obedecía.
[...]
Horas después, ya siendo el día siguiente a la luna llena inesperada.
Rebekah despertó dentro de la habitación, envuelta en la manta con la que solía taparse, la cabeza estaba palpitándole. Como si se hubiera emborrachado y ese alcohol tuviera verbena.
Las ventanas estaban escarchadas por dentro, como si una tormenta mágica de hielo hubiera estallado sin aviso.
No recordaba cómo había vuelto. Solo fragmentos vagos, hielo rompiéndose, la luna sobre su rostro, y una sensación antigua de pertenencia y luego... Nada.
Solo oscuridad, como si un pedazo de su memoria se lo hubieran quitado, como aquella vez que la joven bruja de la cosecha Davina Clair le borro los recuerdos.
Sentía miedo.... Mucho miedo.
Rebekah se miró al espejo. Sus ojos aún tenían un reflejo azulado, que, claro que no era suyo.
—Esto no es solo magia... —Susurró—. Es parte de mi sangre ahora.—Dijo, refiriéndose al cuerpo en carne propia que vivía.
Esa maldita luna no la dejaría en paz.
[...]
El libro que encontró en la biblioteca local no parecía especial a simple vista. Cubierta de cuero gris, páginas amarillentas, título borroso. "Defensas y vínculos astrales, Astrología media".
Pero en su interior, Rebekah encontró justo lo que buscaba.
Tal vez no tenía acceso a grimorios de Kol ni al grimorio de Esther, su madre, pero aún sabía leer la magia cuando la veía. Y el hechizo que necesitaba estaba ahí, en forma de enigma sin sentido.
"Ancla de esencia; protege la mente y el alma de influencias sobrenaturales mediante un talismán encantado, tejido con intención y sangre propia. Advertencia: todo el contenido es especulativo."
—Fácil. —Dijo Rebekah con un bufido, enarcando una sonrisa burlona, aunque no lo fuera.
Pasó el día siguiente tallando una pequeña piedra azul similar a la luz lunar que encontró entre las cosas decorativas de Emma, uniéndola con una cadena de cobre que ella tenia.
Se cortó la palma con una hoja afilada y dejó caer unas gotas sobre el centro del colgante, repitiendo el antiguo canto en voz baja y con intensión, rezando en sus adentros que funcionara.
Cuando terminó, se lo puso alrededor del cuello con dudas sobre si había funcionado.
El tirón en su interior no desapareció por completo, pero sí se atenuó. Como si una barrera invisible hubiera amortiguado el lazo con la luna.
Era un comienzo, o... al menos eso esperaba.
[...]
Esa noche, el pueblo celebraba un festival de invierno cerca del lago. Rebekah dudó en ir. Pero necesitaba... respirar. No podía esconderse eternamente en esas paredes donde vivía.
Caminó con pasos lentos, casi cautelosos, observando cada detalle con una atención que rozaba lo reverente cada detalle de lo que los lugareños habían organizado.
La música folclórica se mezclaba con el olor a chocolate caliente, habían enormes fogatas y también se sentía un ligero olor a canela. Las luces colgaban de los árboles como luciérnagas artificiales, desafiando a la oscuridad invernal.
Sonaba simple y... humano. Y precisamente por eso, decidió quedarse.
Avanzó entre los puestos de comida y los niños envueltos en bufandas de colores chillones, con esa mezcla tan propia de Rebekah entre elegancia natural y desconfianza aprendida.
No pertenecía allí, lo sabía. Pero por una vez, no se sentía completamente fuera de lugar.
Entonces ocurrió, una figura tropezó con ella al encontrarse ambas personas distraídas con el entorno.
—¡Ay! Lo siento.. —Dijo una voz masculina, con rapidez.
Rebekah se giró de inmediato, su cuerpo reaccionando antes que su mente. De no ser por reflejos que aún conservaban la memoria de mil batallas, habría perdido el equilibrio.
Frente a ella estaba un hombre alto, algo torpe, con una sonrisa genuinamente apenada. Tenía ojos verde oliva y una bufanda de lana azul y gris que le cubría el cuello de forma desordenada.
—¿Estás bien?—Pregunto este con vergüenza. Sin saber si acercase, extendiendo una mano.
—Estoy bien. —Respondió Rebekah apartándose antes de que esa mano se entendiera hacia ella, por lo que lo miro con una ceja alzada. Evaluándolo como solo ella sabía hacerlo.
—Genial. Me habría sentido como el peor humano vivo si te tiraba encima el chocolate —Rió con un poco de nervios, levantando el vaso en sus manos—. Soy Steven, por cierto. Steven Rogers.
Ella lo miró fijamente, como si acabara de escuchar una blasfemia. Algo que solo un bicho raro diría.
—¿Hablas en serio? —cuestionó Rebekah con el ceño fruncido, mientras lo recorría de arriba abajo con la mirada.
Steven abrió los ojos, alarmado, y se apresuró a explicarse.
—Mis padres eran... intensamente nerds. Marvel, DC, toda la mezcla.—Explico rápidamente, abriendo sus ojos al darse cuenta de como se presento y lo raro que sonaba—. Me tocó heredar el nombre más ridículo del planeta.—Se encogió de hombros, tratando de no darle mucha importancia—. Pero al menos tengo historia cuando la gente lo escucha.
Rebekah soltó una risa al imaginarse a una pareja toda feliz nombrando de esa manera a su bebé en el hospital. Una risa que no usaba como arma de doble filo, ni como una burla.. su risa fue breve y sincera.
—R-.. Emma. —Dijo ella simplemente. Tratando de que no se notara que estuvo apunto de decir otro nombre que no podía permitirse decir.
—¿Sin segundo nombre ridículo?—preguntó Steven con curiosidad, ladeando la cabeza, divertido.
—No que yo recuerde.—Contesto Rebekah, con una pequeña sonrisa encapándosele del rostro antes de poder contenerla.
Steven sonrió de igual manera, para luego abrir ligeramente sus labios.
—¿Ya viste las locuras que están haciendo por el puesto de allá?—Pregunto, señalando hacia un puesto muy iluminado.
Donde Rebekah dirigió su atención y vio con sorpresa que dos mujeres estaban compitiendo entre quien comía más caramelo.
—No, aun no.—Declaro mientras reía. Sintiendo algo extraño y peligroso en su pecho.
[...]
Caminaron por el borde del festival, sin mucha conversación al principio debido a lo incomodo que se sentía tener una conversación. Steven hablaba poco, pero cuando lo hacía, era cálido. No buscaba impresionarla ni forzar una conexión.
Y eso, para Rebekah, era extrañamente desconcertante.
Había conocido reyes, guerreros, monstruos y mentirosos durante más de mil años. Sabía reconocer cuando alguien quería algo de ella. Poder, compañía, protección, eternidad.
Steven no parecía querer nada de eso. Su presencia era ligera, casi ingenua, como si no cargara con el peso del mundo sobre los hombros.
Solo estaban compartiendo el momento. Algo en él era... liviano.
—¿Eres de aquí? —Preguntó él, mirando el sendero iluminado por luces colgantes y nieve pisoteada.
—Estoy... de paso. —respondió tras una breve pausa—. Digamos que necesitaba un respiro del mundo.—Respondió Rebekah, haciendo una mueca y forzando una sonrisa.
—¿Y lo has encontrado?
La pregunta la dejo desprevenida. Ella lo pensó, las voces en su cabeza se habían silenciado, el tirón de la luna era suave y la sonrisa de ese chico no buscaba nada sobrenatural.
Aquel chico a su lado no exigía respuestas imposibles ni promesas eternas. Solo caminaba con ella.
Solo... queria conocerla, y tal vez podría tener un amigo humano en su nueva vida humana.
—Quizás... —Dijo Rebekah, sonando terriblemente enigmática—. Por primera vez en mucho tiempo lo estoy haciendo.
Esa noche, cuando regresó al hotel, el silencio la recibió sin ninguna hostilidad. Cerró la puerta tras de sí y se apoyó un momento en ella, dejando escapar un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.
El talismán, ese objeto del que aún no estaba segura si realmente funcionaba, seguía tibio contra su piel, como si respondiera a algo más que al simple contacto.
Caminó hasta la ventana.
A lo lejos, el lago reflejaba la luz pálida de una luna incompleta, fragmentada sobre el hielo. Era una imagen que otras noches la habría atraído sin resistencia, como un susurro constante en la sangre. Pero... esta vez no la llamaba.
No tiraba de ella. Simplemente estaba allí, existiendo en silencio, respetando su distancia.
Rebekah observó su propio reflejo en el cristal.
Durante siglos, había visto a la misma mujer mirarla de vuelta. Una Mikaelson endurecida por el abandono, hambrienta de amor persiguiendo la promesa de una vida que siempre parecía quedar fuera de su alcance.
Una mujer que amaba con desesperación porque temía quedarse sola para siempre.
Pero esta noche... no.
En el reflejo no había ansiedad ni urgencia. Había cansancio, confusión y heridas que aún dolían en la actualidad, sí. Pero también había algo distinto, algo que apenas comenzaba a tomar forma.
No era amor... No todavía. Era la posibilidad de dejar de buscarlo como si fuera su única salvación.
Rebekah apoyó la frente contra el vidrio frío, cerrando los ojos por un instante. Por primera vez, no sentía que necesitara huir ni aferrarse a nadie para existir.
Cuando volvió a mirar su reflejo, supo que lo que sentia aún no tenía nombre. Pero si se permitía creerlo... podría ser esperanza.
[...]
Tres semanas después de la luna.
El festival había quedado atrás, disipado como un recuerdo tibio, pero el lago obviamente seguía allí igual de silencioso.
Como si aguardara algo... aunque, en el fondo, Rebekah sabía que quizá no era el lago quien esperaba algo, sino ella misma.
Lo había evitado desde el incidente del vampiro congelado. Ese error había sido un recordatorio brutal de que no podía permitirse bajar la guardia. Que por mucho que su cuerpo fuera otro, su nombre seguía teniendo peso.
Un vampiro la había reconocido como Rebekah Mikaelson, y eso bastaba para convertir aquel lugar tranquilo en un tablero peligroso.
Aun así, debía mantener las apariencias. Para el pueblo, ella seguía siendo Emma Gilbert la chica viajera y normal que compraba café y caminaba por las calles sin levantar sospechas.
Y muy en el fondo, Rebekah quería aferrarse un poco más a esa ilusión. A la idea frágil y tentadora de que, por un tiempo, podía ser... normal y feliz.
Steven la había invitado a tomar un café en una de las cafeterías del pueblo, más como un gesto casual que una cita formal. Como se había imaginado con horror al solo conocerlo poco tiempo.
El mismo lo explico al verle la expresión de sorpresa a Rebekah. De manera torpe y honesto, como si temiera haber cruzado un límite invisible.
Y ella había aceptado, para su propia sorpresa.
No se veían con regularidad. Solo coincidían de vez en cuando, cuando ella salía a comprar algo o a comer. En su mayoría encuentros breves, sin promesas ni planes a futuro.
Aun así, aquellos momentos se habían vuelto... constantes. Mientras caminaba hacia la cafetería, una pregunta absurda cruzó su mente.
—¿Tú bebes café ahora? —Se preguntó a sí misma en el camino. Casi sonrió ante la idea.
No lo entendía del todo, Steven no era sobrenatural, ni intenso. No tenía poder, ni una historia trágica entrelazada con la suya. No despertaba pasiones destructivas ni promesas eternas, no era una amenaza.
Y tal vez precisamente por eso... se sentía segura cerca de él.
Un amigo de verdad, después de tantos años.
[...]
El café era cálido y acogedor, decorado con luces de papel que colgaban del techo junto a libros abiertos suspendidos por hilos invisibles, como si las historias flotaran en el aire para atraer a los curiosos.
El aroma a café recién hecho y pan dulce envolvía el lugar, mezclándose con la música suave de una pequeña banda de jazz local que tocaba en un rincón, casi desapercibida.
Steven estaba ya sentado, esperándola con una taza humeante entre las manos.
—Creí que no vendrías. —Le dijo, sonriendo como si hubiera esperado que ella nunca iría.
—Yo también lo pensé.—Respondió Rebekah con honestidad, logrando que el soltara una carcajada.
Se sentaron a conversar sin prisa, sin expectativas ocultas. Sin la necesidad de impresionar o fingir ser alguien distinto.
Hablaron de cosas pequeñas, de lo extraño que era el invierno en ese pueblo, de la música, de historias triviales que no tenían peso... y pequeñas anécdotas sin importancia.
Rebekah no solía sentirse incómoda por el silencio... pero con Steven, no se sentía vacía tampoco.
—Entonces, ¿te quedas mucho tiempo más en el pueblo? —preguntó él, dando un mordisco a su bannock.
Ella levantó la vista y lo miró con atención, como si la pregunta hubiera atravesado algo profundo.
—No lo sé.
Y por primera vez en siglos... lo decía de verdad.
[...]
Ya era tarde, cerca de las seis y media de la tarde, y el cielo había comenzado a oscurecerse por completo.
Afuera la nieve reflejaba las luces del pueblo con un brillo apagado. Dentro del café, el calor seguía siendo agradable, ajeno a lo que estaba a punto de suceder.
La luna empezó a alzarse.
Rebekah no la notó de inmediato. Había olvidado ese detalle por completo, distraída en una normalidad que aún le resultaba frágil.
Pero el cambio llegó igual. Siempre llegaba, algo en el aire se tensó como si el mundo hubiera contenido el aliento y un cosquilleo recorrió su piel.
Se levantó de la silla, algo confundida.
—Iré al baño. —murmuró, más como una excusa que como una decisión.
Pero nunca llegó. Porque a mitad del camino la luz de la luna atravesó el ventanal transparente trasero del café y la tocó.
El efecto fue inmediato, sus pupilas se dilataron en un parpadeo. La rigidez de su cuerpo se disolvió, sus hombros se relajaron y la sonrisa que se formó en sus labios ya no tenía esfuerzo ni duda... era suave, casi hipnótica.
Su forma de caminar cambió, volviéndose sutil y fluida, como si el suelo no la sostuviera, sino que la guiara.
Salió del local como si estuviera flotando, se fue caminando entre la nieve iluminada por faroles como si fuera lo más maravilloso del mundo. Su mirada estaba vacía y con la voz ausente.
Steven tardó apenas unos segundos en darse cuenta de que algo no estaba bien. Salió poco después de verla salir del local cuando ella había dicho que iba al baño, estaba confundido.
—¿Emma?—Pregunto con confusión, intentando alcanzarla.
Ella se giró pero no lo miró, sino que lo atravesó con la mirada como si no lo conociera. Y luego con una risa suave y coqueta, le guiñó un ojo y dijo algo que lo dejó helado.
—¿Te vas a quedar ahí o me vas a seguir, guapo?—Cuestiono con una media sonrisa.
Steven se quedó perplejo. No por el coqueteo... sino porque ella no sonaba como ella. O Bueno, no exactamente, sino... más vacío.
Pero antes de que pudiera alcanzarla, Rebekah ya se alejaba hacia la oscuridad entre los árboles, sus pasos descalzos sobre la nieve resonaban, como si no sintiera frío.
Estaba inmersa en la luna.
[...]
Horas después, Rebekah despertó en su cama. Empapada de sudor, el talismán estaba tirado en el suelo, roto en dos. No recordaba nada después del café.
Su ropa seguía siendo la misma que la de llevaba puesta el día anterior. Pero su piel estaba helada y su corazón palpitaba con fuerza.
—¿Qué... hice?—Se cuestiono, revisando a su alrededor notando que todo estaba patas arriba.
Miró su teléfono, dándose cuenta de que tenia tres llamadas perdidas de Steven con un mensaje en la pantalla superior.
(S. R.) "No sé qué pasó, pero... ¿estás bien? Te fuiste sin decir nada. Me dejaste preocupado."
Rebekah solo pudo mirarse en el espejo con incredulidad. Ella misma se devolvía la mirada con miedo.
Porque la luna ya no solo la llamaba como esa vez, ahora la controlaba.
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Holaaa, espero y les guste.
Como ya saben, o no se dieron cuenta aun, habrán muchos saltos de tiempo. Porque ya no me gusta tanto alargar los fics, y quería sacarme este de la mente por lo que no se sorprendan si ya pasaron semanas o meses.
los amo <3
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