Capítulo 3

Chapter Three

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La mañana era silenciosa, salvo por el crujido ocasional de los arboles y el canto de las aves. La cafetera estaba humeante por el calor dejando un ambiente cálido a su alrededor, aunque pequeño.

Rebekah sostenía una taza de café caliente entre las manos. Lo bebía lentamente, con un gesto casi automático que evitaba que no se mojara. Pero había algo raro en eso. Nunca había tenido esos gestos casi involuntario.

Pero, por alguna extraña razón.. no le molestaba.

Ella nunca había soportado el café negro. Ni siquiera como cuando aun era humana, antes de volverse vampira, cuando ni siquiera se le hacia llamar café. Siempre lo había odiado, las raras veces que su familia lograba tomarlo nunca le había gustado. 

Sabia amargo, en ese entonces lo encontraba inútil ya que no aportaba en nada, por lo que lo sentía vulgar en el menor de los sentidos.

Pero ahora...

Sabe bien..—Murmuró Rebekah, frunciendo el ceño ante tal raro gusto que había estado adquiriendo, sin saberlo, durante su corta estancia allí.

Pequeñas cosas así habían comenzado a sucederle desde hace algunos días, luego de llegar y empezar a acostumbrarse a ese cuerpo y sus costumbres mañaneras. 

Un reflejo en el espejo en el que se sonreía así misma sin darse cuenta, como si esto fuera todo lo que hubiera estado haciéndola feliz. Lo cual de algún modo así era. 

Cantar bajito una canción o melodía mientras comía mirando un canal al azar o cuando trataba de bañarse, aun no lograba adaptarse en su totalidad a ello, pero ahí iba ella. Mirar el lago con una extraña nostalgia, como si le perteneciera o tuviera ganas de zambullirse en el.

No era su forma de ser, no de ella.. de Rebekah Mikaelson. 

Nunca había sido tan.. tranquila. Su vida como humana incluso en ese entonces, nunca había sido tan tranquila.

Emma.

La palabra y el significado detrás de ese mísero nombre ya no era solo un nombre ajeno a ella. 

Era como un significado constante bajo su piel, una piel que ahora irónicamente ella misma estaba usando, una vida que estaba intentando acoplarse a ella. Era como una nota sostenida en el fondo de su mente que ella aún no entendía.

No podía ignorar el hecho de que Emma Gilbert también seguía viviendo con ella, todo el lugar donde se quedaba gritaba Emma Gilbert, pero tal vez poco a poco puedan estar convirtiéndose en cosas de Rebekah.

Pero para eso faltaba mucho tiempo.








[...]

Rebekah estaba aburrida.

Una clase de aburrimiento que no recordaba haber sentido en siglos. Había pasado tanto tiempo acostumbrada al caos, a los dramas sobrenaturales y las amenazas constantes, que el silencio de la normalidad se le hacía insoportable.

Sí, alguna vez había asistido temporalmente a la secundaria de Mystic Falls, pero aquello era distinto. Era una fachada, una distracción momentánea más no una vida real a la que estuviera destinada.

Y esto.. la calma humana, se sentía como una prisión sin los fríos barrotes gruesos en cada salida.

Había soñado con ser humana desde que tenía memoria luego de haber pasado la transición a vampiro. En sus fantasías, la humanidad era libertad, risas, amor y amaneceres sin miedo a que te teman como a un monstruo.

Pero ahora que lo tenía.. no sabía qué hacer con ello, esa libertad tan deseada... la ahogaba.

Suspiró con frustración, echando la cabeza hacia atrás sobre el respaldo del sillón. Sus dedos se movieron sin pensar, buscando algo que distraer su mente. Tomó lo primero que encontró sobre la mesa, dándose cuenta de que era un teléfono móvil.

Lo había olvidado completamente desde el primer día.

Estaba cargado y desbloqueado, al parecer no tenia contraseña. Venia con un fondo de pantalla mostrando a una chica rubia.. ella, pero no ella, junto a un joven también rubio con expresión juguetona mientras miraba a la cámara. Ambos con una felicidad tan viva que parecían saltar de la fotografía.

Presiono galería por mera curiosidad, y de repente le apareció un título con muchas fotos adjuntas. El título en la parte inferior decía.. "Emma & Elliot: USA Road Trip."

Rebekah parpadeó confundida, era ella. Pero otra vez se repito a si misma, no era ella.

Comenzó a deslizar la galería con cautela. Cientos de fotos inundaron la pantalla, Emma en Egipto riendo bajo el sol dorado del desierto; Emma en Japón, sosteniendo un té matcha con un gesto adorable; Emma en Francia frente a una vista que Rebekah reconoció de sus propias escapadas de Nik que se daba de vez en cuanto.

Cada imagen era una ventana hacia una vida que no recordaba haber vivido, pero que de algún modo, sentía propia. Ella era una existencia que le pertenecía y no le pertenecía al mismo tiempo.

El teléfono vibró rompiendo su trance, haciendo que Rebekah alzara sus cejas.

Era una llamada entrante con las letras. Elliot (hermano).

Rebekah lo miró parpadeando indecisa. No debía contestar, no tenía idea de quién era ese chico ni cómo debía actuar.

Pero la curiosidad, ese defecto que siempre la había metido en problemas, ganó haciendo que deslice el dedo por la pantalla.

—¿Aló? —respondió con voz controlada, intentando sonar casual y más suave.

—¡Emma! —La voz al otro lado era cálida, llena de energía juvenil—. ¡Por fin contestas! Papá estaba paranoico, dice que es raro que no sepamos nada de ti en semanas.

Rebekah tragó saliva. No era como si ellos pudieran saber la situación con solo no escuchar a su hija por unos días, no.

Sus pensamientos estaban corriendo a toda velocidad y antes de poder detenerse, sus labios se movieron por sí solos, como si una parte del cuerpo que no era suya, supiera exactamente qué decir.

—Estoy bien. Solo necesitaba... desconectarme un poco. Respirar. —Las palabras salieron torpes, pero naturales como si las hubiera dicho mil veces.

Un silencio breve se instaló en la línea.

—¿Estás segura? Suenas... diferente. Tu voz esta un poco ronca, ¿pasó algo en Canadá? —preguntó Elliot, su voz teñida de preocupación.

Rebekah forzó una sonrisa, aunque él no podía verla. Sabía que la preocupación no era por ella, sino por Emma. Y aun así, una punzada de emoción desconocida la atravesó.

Era una sensación de ser vista... aunque fuera por error.

—Solo aire fresco, nada de qué preocuparse. —respondió, fingiendo serenidad.

—Bueno, tú sabes cómo es papá —dijo el chico, soltando una risa ligera—. Quiere que te encontremos en Nueva York la próxima semana, pero si sigues con tu retiro espiritual... lo entenderá. ¿Todavía te da miedo el agua fría?

El mundo pareció detenerse ante esas palabras, una vibración extraña le recorrió la columna. Rebekah sintió que algo en su interior se revolvía, como si estuviera apunto de dormirse de repente.

De pronto, una imagen irrumpió en su mente. Una piscina improvisada y helada en Suiza, habia muchas risas y voces, escucho vagamente a alguien decir un reto. 

Luego todo cambio a una chica de diecisiete años gritando al ser obligada a saltar al agua, sintiendo cómo el agua fría la envolvía... haciendo que bajo la superficie se quede en silencio.

Una sensación familiar.. el agua. Ella apenas y se pudo esconder luego de caer al agua, incluso inventando una excusa del por que no la vieron salir del agua.

No eran sus recuerdos... No podían serlo. Pero los sentía tan vívido y tan reales, que su respiración se entrecortó.

Los sentía como si le hubieran pasado, hace mucho tiempo pero los sentía de tal manera que no parecía ser solo una alucinación o un recuerdo fugaz, era como si esos recuerdos de alguna manera se estuvieran filtrando a ella.

—No...—respondió finalmente, con voz baja, distante—. Ya no me molesta tanto el frío.

Elliot rió.

—¿Qué? ¿Quién eres tú y qué hiciste con mi hermana?

Rebekah sonrió y colgó con una excusa rápida sintiéndose por primera vez ansiosa. Se quedó con el teléfono en las manos, temblando. La sonrisa se deshizo en cuanto colgó la llamada.

Porque la pregunta dicha en broma, resonaba en su mente con una gravedad insoportable.

¿Quién eres tú?

Sus manos temblaban. Miró el reflejo apagado en la pantalla negra del teléfono, por primera vez en mucho tiempo, no reconoció el rostro que la miraba.

¿Era Rebekah Mikaelson?

Era la pregunta que se le venia a la cabeza con fuerza, si. Tenia recuerdos vivencias de Rebekah Mikaelson pero con lo que acaba de pasar y ese recuerdo de Emma, ya no estaba segura de si de verdad era ella, o si era Emma recordando su propia memoria pero con las vivencias de Rebekah Mikaelson en su cabeza como recuerdos dominantes.

¿Era Emma Gilbert? ¿O algo... entre ambas?

Los recuerdos se entrelazaban dentro de ella, como raíces que se negaban a separarse.

Lo que antes era claro, ahora ya no lo sentia como tal. Sin importar lo que hiciera esos recuerdos se negaban a marcharse.

¿Y si no era una ilusión, ni una posesión?

¿Y si lo que había ocurrido no era un cambio de cuerpo, sino una fusión extraña entre ambas debido a que el alma de ella llego ahí?

Rebekah apretó el teléfono contra su pecho, su respiración se volvió irregular. En lo más profundo de su alma, allí donde residían los ecos de su humanidad perdida, una verdad se abrió paso lentamente por su mente, como una herida que no terminaba de cerrar.

Emma nunca se había ido.

No del todo.



[...]

Rebekah empujó las cortinas del ventanal con un movimiento brusco.

La luz invernal irrumpió en la habitación de manera fría y despiadada, bañando todo en un tono plateado. El resplandor se reflejaba en sus ojos determinados.

Llevaba días intentando ignorar esa sensación creciente dentro de sí. Había tratado de negarlo e intentado convencerse de que seguía siendo ella.

Rebekah Mikaelson.

La mujer que había sobrevivido a las traiciones, maldiciones, al amor y a las pérdidas. Pero el autoengaño tenía un límite, y ella había alcanzado el suyo. 

Era Rebekah Mikaelson, eso era todo lo que debía saber y un Mikaelson nunca se rinde sin lograr su objetivo.

—Esto fue magia... —declaró con firmeza, su voz resonando en la habitación vacía, como si diera una orden a los mismos dioses—. Y toda magia deja rastro.

No era unas simples palabras, era una promesa que no descansaría hasta cumplirla. 

Comenzó a buscar con desesperación por todo el lugar, abrió cajones, levantó papeles y revisó cada rincón de la habitación. Todo con la frustrante lentitud de su cuerpo humano.

—Patético. —murmuró con fastidio, apartando una pila de cuadernos.

Papeles, cuadernos y objetos personales. La mayoría eran triviales, guías de viaje, mapas, un libro de literatura canadiense. Incluso un calendario lunar muy extenso con la esquina superior manchado con un poco de té.

Prácticamente nada.

Todo parecía bastante inútil, muchas cosas triviales del día a día. Hasta que luego de media hora más encontró entre dos libros una caja pequeña de madera cubierta de polvo.

Su instinto se encendió al instante. La tomó y la abrió con cautela, dentro habia un cuaderno de tapa azul que la esperaba. Parecía viejo y usado.

El cuero estaba cuarteado, y la tinta en los bordes tenía ese tono antiguo que ella conocía demasiado bien.

Rebekah lo sostuvo entre las manos, sintiendo un escalofrío subirle por el brazo. Esa caligrafía... la reconocería en cualquier parte.

—Por supuesto que tú estarías detrás de esto. —gruñó entre dientes, con una mezcla de rabia y resignación.

Kol Mikaelson.

Su encantador, insoportable e impredecible hermano. Abrió el cuaderno, las primeras páginas estaban llenas de garabatos y anotaciones dispersas de combinaciones absurdas de hechizos, fórmulas incompletas y bromas privadas de mal gusto.

Lo típico de Kol.

Pero a mitad del cuaderno, una página destacaba con tinta roja. El papel era distinto.. más grueso y oscuro, era antiguo ya que era diferente de los que se crean en la actualidad.

Rebekah sintió su corazón acelerarse, por lo que leyó despacio, con cada palabra grabándose en su mente.

"Intercambio de Esencia – Ritual de Transferencia Simbiótica (Variante). Usar solo con cuerpos afines en energías idénticas o indefinidas al intercambio."

"Resultado impredecible si una de las partes posee, o no posea un vínculo con magia o maldiciones."

El aire pareció helarse en torno a ella, su pulso retumbó en sus oídos mientras su respiración llenó el silencio en donde se encontraba.

Volvió a leer la fecha escrita en la esquina superior, 1901.

Un siglo atrás.

Kol había estado jugando con magia prohibida incluso entonces, colaborando con brujas que apenas comprendían el poder que desataban. Y ahora, ese mismo tipo de hechizo de alguna transferencia o un intercambio simbiótico como le habian llamado, se había hecho realidad.

Rebekah apretó los dientes, conteniendo una maldición.

—Claro... justo un hechizo similar como el que madre planeó usar con nosotros. —El desprecio en su voz era casi palpable.

El peso de la revelación cayó sobre ella como una piedra helada.

Si bien tal vez no fue su madre quien creo ese hechizo. Esa modificación ya existía en múltiples hechizos de cambios de cuerpo pero nunca como ese que ella les iba a poner. 

Nunca podrían salir de ese cuerpo, perderían su esencia original y morirían, no podrían volver a sus cuerpo porque los desligaría permanentemente como un cascaron vacío.

Su mandíbula se tensó.

—Emma tenía magia. No solo era humana, era algo más una...—Murmuro. Todavía costándole decir la palabra, pensando con rapidez.

Pasó las páginas frenéticamente, buscando más detalles que parecían no estar al cien porciento escritos por Kol, tal vez aportaron algo sus ilusas seguidoras brujas adolescentes.

"Tenemos la teoría de que, en casos de transferencias parcial o interrumpidas, los recuerdos de una parte pueden sobrescribirse o permanecer dormidos. Esto actúa similar al ritual del aquelarre Géminis que se usa para elegir al líder de dicho aquelarre, del cual tanto se habla por el sur. La identidad dominante es la que entra en conciencia con más fuerza..."

Eso explicaba por qué ella estaba al mando. Porqué recordaba ser Rebekah, pero no a Emma.
No era una simple posesión como creyó en un inicio, que simplemente había terminado ahí porque su alma vago por donde fuera y entro allí. 

Fue asi.. pero las cosas se complicaron. Era una unión forzada, su alma estaba de intrusa en ese cuerpo, pero aun no sabia como había terminado ahí en primer lugar. Y Emma... simplemente se había desvanecido bajo el peso de ella.

—¿Por qué lo harías, Kol? —susurró, dejando el cuaderno sobre la mesa con rabia contenida—. ¿Qué buscabas al empezar este hechizo?

La pregunta quedó flotando en el aire frío de la habitación, cargada de reproche. Rebekah miró las páginas desgastadas como si en cada línea pudiera leerse la intención maliciosa de su hermano. 

El libro estaba incompleto, faltaban hojas y habian fragmentos arrancados o consumidos por el tiempo y la torpeza de quien lo manipuló. Eso irritó su orgullo más que su curiosidad, la magia sin orden ni respeto era un peligro para quienes no la entendían.

Apretó los puños hasta que los nudillos se le blanquearon. Sentía el latido acelerado en la garganta, esa mezcla de traición junto a una ira antigua le subía por la columna. 

Imaginó como si pudiera verlo todo en el instante, las manos de Kol jugando con fuerzas que no terminaba de comprender, la sonrisa burlona en sus labios cuando pensó que podía salirse con la suya.

—¿Irte a otros cuerpos para recuperar tu magia? —murmuró, más para sí que para el cuaderno—. ¿O fue para meter a Nik en otro cuerpo y destrozarlo por arruinar tus planes?

La idea le produjo un frío nuevo, distinto al del vidrio de la ventana. Klaus. Niklaus... Pensó en la expresión de su hermano mayor, en su orgullo y en cuántas veces la había manipulado, dañado y salvado a la familia según su propio capricho.

Se levantó, caminó en círculo por la habitación y volvió a inclinarse sobre el cuaderno. Tocó con el pulgar una mancha de tinta seca; imaginó las risas que seguramente habían acompañado el desarrollo de esas notas, la ligereza con la que Kol trataba asuntos que para otros implicaban consecuencias irreversibles.

—Eres un imbécil... —dijo con voz helada—. Siempre has jugado a ser dios, pero esta vez alguien podría haber pagado con más que orgullo.

La rabia se mezcló con un pánico que no quiso admitir. Si la transferencia era simétrica, si la esencia se había enredado entre cuerpos afines, podían haber ocurrido tantas cosas horribles.

Almas ahogadas en cuerpos que no las reconocían, causándoles muertes y en el centro de todo eso, el nombre de Kol riéndose de las consecuencias.

Rebekah cerró los ojos un segundo, respiró hondo y con la determinación que la definía, volvió a abrir el cuaderno.





[...]

Ese mismo día, horas después salió al exterior, caminando con unas botas altas sin rumbo entre los árboles cubiertos de escarcha. 

El aire gélido la envolvía, cada bocanada era una punzada helada que debería haberla hecho retroceder, pero Rebekah siguió caminando entre los árboles. Su respiración formaba nubes blancas que se deshacían rápido, como los pensamientos que intentaba ordenar sin éxito. 

El bosque estaba en silencio, solo roto por el crujido de la nieve bajo sus botas altas.

La mente de Rebekah ardía, una tormenta de ideas, sospechas y verdades a medias que comenzaban a tomar forma.

Magia o maldiciones...

Volvió a pensar en el lago. En el agua helada que ella parecía reconocer subconscientemente, en la manera en que su cuerpo cambiaba al contacto y en cómo sus ahora poderes se manifestaban solo en presencia del líquido. 

Ese poder que surgía sin invocación ni control, las piezas empezaban a encajar con un ritmo que la asustaba.

Emma era una sirena.

El pensamiento le erizó la piel, y lo dijo en voz alta con un dejo de burla amarga.

—¿Y yo también lo soy ahora?

El viento se llevó su pregunta sin eco, como si el bosque se negara a responder. Solo el leve crujir de la nieve cayendo de los árboles la acompañó, un susurro distante que parecía observarla.

Giró para regresar al hotel, pero algo llamó su atención. A sus pies sobre el hielo endurecido, una forma cristalina comenzó a formarse en una pequeña flor de escarcha perfecta. Las líneas de sus pétalos dibujaban una espiral que irradiaba una luz tenue azulada, como si tuviera reflejando el cielo.

Rebekah se quedó inmóvil, mirándola con una mezcla de asombro y temor. Aquella figura... la había visto antes. En su sueño en aquella piscina bajo la luna, cuando creyó escuchar una voz que la llamaba desde lo profundo.

Su corazón dio un salto... el patrón era el mismo, de pronto lo comprendió.

El frío no la afectaba, ella parecía pertenecer al agua y su cuerpo se lo reclamaba. Esa espiral... era una marca de su propia vida revuelta.

Rebekah apretó los puños, con la determinación endurecida como el hielo bajo sus pies.

—Entonces será así...—susurró, su voz apenas un hilo entre la bruma—. Si quiero recuperar lo que es mío... primero tengo que descubrir quién fue Emma.

El viento se levantó de golpe, agitando su cabello rubio y haciendo brillar la escarcha a su alrededor como si el bosque mismo la estuviera escuchando.

Fue ahí cuando Rebekah sintió que el mundo, este nuevo mundo casi humano al que había sido arrastrada, no la estaba rechazando. Solo estaba esperando que recordara el papel que le tocaba jugar.







[...]

La biblioteca del pueblo era pequeña, y al parecer algo antigua como si nadie la hubiera pisado desde antes del invierno. Rebekah empujó la puerta con el hombro, haciendo sonar una campanita oxidada sobre el marco, alertando de su presencia.

El aire dentro de la biblioteca era denso y polvoriento, con ese aroma a papel envejecido que solo los lugares olvidados por el tiempo conservan. Cada paso de Rebekah resonaba contra el suelo de madera, acompañado por el leve chirrido de sus botas húmedas.

El silencio parecía ser pacifico.

—¿Sección de mitología o folclore local? —preguntó sin rodeos, su voz firme y cortante.

La bibliotecaria, una mujer de cabello gris recogido bajo un gorro de lana, levantó la vista solo lo necesario. Sus gafas reflejaban la luz amarillenta del escritorio.

—Al fondo, a la izquierda. Junto a historia natural.—respondió con un tono plano, sin una pizca de curiosidad.

Rebekah asintió apenas, sin molestarse en dar las gracias. Se movió entre los pasillos con un propósito, rozando los lomos de los libros con la yema de los dedos. 

Su mirada era aguda, estaba muy concentrada. Durante siglos había rastreado artefactos, grimorios, historias prohibidas y lo que fuera que revelara el origen de una maldición o el modo de romperla. 

Buscar en una biblioteca común le parecía casi humillante... pero sabía que los lugares más humildes a veces escondían los secretos más valiosos.

Pero en lugar de grimorios y símbolos familiares, aquí había otra clase de magia pero en forma de leyendas, poemas y cuentos. Magia que su madre alguna vez les inculco cuando quería que se indujera en la magia.

Nunca le llamo tanto la atención como a su hermano Kol.

Aunque también había oído ese tipo de magias en forma de enigma a lo largo de los años por brujas novatas que Kol solía llevarse.

Tomó tres libros, uno sobre leyendas del norte de Escocia, otro sobre formaciones lunares y rituales indígenas al rededor del mundo, incluso en el cerro Khapia en Perú. Tambien uno más delgado, encuadernado en un cuero desgastado y al parecer sin autor. 

Círculos en el agua, era su titulo.

Con curiosidad genuina lo hojeó, y para su sorpresa ahí estaba algo meramente útil.

"La isla de Mako no es una simple formación volcánica. Existen registros de potentes luces provocados por la luna cada que estaba en su máximo esplendor en la boca de la isla y raras formaciones acuáticas ligadas a ciclos astronómicos, sobre todo entre lugareños que desde los años 1750 a 1890 afirman que las bebés nacidas bajo eclipses son malditas..."

La sangre de Rebekah se congeló. Ese lugar y ese nombre... lo había visto en los recuerdos borrosos que no eran suyos. La isla Mako..

Emma había estado allí, se había transformado y había vivido esas aventuras con esas niñas, las amigas de Emma. Y si ese era el origen de sus poderes...

—Entonces es ahí donde todo comenzó para ella.—Murmuró, analizando los hechos.



[...]

Salió con los libros en una bolsa vieja. La nieve había comenzado a caer con más fuerza, pero no le importaba. Iba concentrada, repasando mentalmente lo que había leído, uniendo piezas sueltas como si fueran fragmentos de un espejo roto que le urgía reparar.

No vio al niño corriendo hasta que fue demasiado tarde.

—¡Erika! —Gritó una voz infantil—. ¡Erika, espera!

Rebekah se detuvo en seco. Un niño pequeño, abrigado hasta las orejas, tropezó con fuerza frente a ella y cayó al suelo, empapándose de nieve ligeramente fangosa y helada.

—¿Qué...?—Soltó Rebekah, sin entender porque el niño de aproximadamente once años la seguía.

—¡Lo siento! Pensé que eras la hermana de un amigo —Dijo, levantándose—. Pero... ¡tú eres Emma Gilbert! ¿Verdad?—Exclamo reconociendo a Rebekah—, ¡Te vi en la cafetería con la señora Elvira hace unas semanas!

Rebekah retrocedió un paso. La nieve le había mojado los pantalones, haciendo que lo sintiera de inmediato.

La ropa mojada activaba lo que el agua fría de la llave había iniciado ese primer día antes.

—No... no aquí.—Susurró Rebekah abriendo sus ojos mientras miraba a los lados, temblando.

La transformación comenzó muy rápido, pero lo suficiente para que no la notarán. Dejo de sentir las piernas como tal, las costuras de su abrigo se tensaron y termino cayendo de espalda en el suelo con un leve destello dorado que se asomó bajo el abrigo. 

El cual logro sacárselo y taparse la parte baja apenas con la velocidad limitada que tenia.

—¿Estás... bien? —Preguntó el niño abriendo los ojos confundido, tratando de acercarse a ayudarla.

Rebekah levanto la cabeza, con los dientes apretados mientras sujetaba su abrigo contra la cola con fuerza.

—¡Vete a casa! Ahora.—Exclamo con fuerza e impaciencia.

El niño dio un paso atrás, asustado por su tono.

—Lo siento...—Murmuro antes de salir corriendo.

Rebekah como pudo reviso los alrededores y se alejó lo más rápido que pudo, arrastrándose hasta un camino asfaltado seco. Luego de tallar el abrigo contra la cola dorada por varios minutos, sus piernas volvieron. 

Minutos que paso arriesgándose a que alguien lograra verla.

Se levanto y se dio cuenta de que el lugar donde se encontraba húmedo por la nieve, ahora luego de la transformación se encontraba completamente seco. 

Alzo una ceja ante eso, para luego recordar la bolsa que traía consigo antes de arrastrarse hasta ahí, por lo que no tuvo de otra que terminar dirigiéndose de nuevo hasta donde estaba. Agarrándolo y sacudiéndolo con cuidado con la manga del abrigo.




El aire helado cortaba su piel humana como cuchillas, pero Rebekah no se detuvo. Apenas recordaba en qué momento había cambiado su dirección hacia el bosque, solo sintió la urgencia de ir a ese lugar.

Los árboles parecían inclinarse a su paso, el suelo crujía bajo sus botas y su respiración formaba nubes blancas que se disipaban al contacto con el viento. Cuando el lago apareció ante su vista, cubierto por un manto de hielo quebrado en los bordes, su corazón... ese corazón que no le pertenecía, pareció estremecerse.

Sin pensar mucho se quitó las botas, luego el abrigo dejando todo en la orilla junto al bolso. 

El agua brillaba con un tono metálico bajo la luz gris del cielo, no hubo vacilación en Rebekah Mikaelson, la mujer que alguna vez había desafiado a su propia familia y asi misma... se lanzó al lago.

El impacto fue brutal en cuanto el frío la abrazó de forma familiar, pero no la dañó como pasaría. En el instante en que el agua la envolvió, su cuerpo cambió. 

La transformación fue como una liberación, su cola dorada emergió con una suavidad imposible, las escamas reflejando la luz como miles de espejos haciendo que de pronto todo el ruido se apagará.

El dolor, la confusión y la ira... todo desapareció en la calma del agua. Nadaba con una elegancia que ni siquiera como vampira había conocido. Era raro, no se sentia pesada sino... libre.

Nadaba en el agua como si fuera lo más natural del mundo, sus movimientos eran suaves que incluso pareciera que se movía con el agua.

Una pequeña sonrisa rara se dibujó en su rostro, por primera vez estaba viviendo.

Pero al salir del agua con una sonrisa gigante, y haber experimentado eso por primera vez. Se encontró con el pequeño problema de que demoraba varios minutos secándose cerca de la orilla de donde se había lanzado imprudentemente.

 Pero el pensamiento que antes había ignorado regresó con más fuerza.

Si un niño te reconoció... ¿Cuánto falta para que lo haga alguien más?

Y si la información de Mako y esas piscinas eran la clave, entonces su investigación apenas estaba comenzando.



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Holaaa,  espero y les vaya gustando. 

¿Díganme que les parece?

Los amo<3

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