Capítulo 2

Chapter Two

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La sonrisa de Rebekah se desvaneció en cuanto aquel pensamiento cruzó su mente, remplazándola por una expresión desconcertada.

Su mirada azul, profunda y afilada como el hielo escandinavo de su infancia, se nubló por la confusión.

—¿Cómo es que soy humana? —se preguntó en voz baja, dándose cuenta de lo absurdo que sonaba incluso al decirlo.

Para comprobarlo, se pellizcó el brazo con fuerza hasta que el dolor se volvió insoportable. Observó con asombro cómo la piel se enrojecía y se marcaba una pequeña herida... una herida humana. No había señales del proceso de curación instantánea al que estaba acostumbrada desde hacía más de mil años. Pero era algo que ya había notado,y quiso ignorar.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Caminó hasta el mesón de la sala y se dejó caer sobre una silla, el silencio llenando el aire como una nube espesa. Intentó procesar lo que estaba ocurriendo. Aquello solo podía pertenecer a un sueño o a una pesadilla que desafiaba toda lógica.

—Alguien tuvo algo que ver en esto —murmuró con cautela, su tono cargado de sospecha y orgullo herido—. No... esto no puede ser tan simple. Nadie vuelve a ser humano sin pagar un precio. Siempre hay algo más.

Sus dedos temblorosos alcanzaron la billetera sobre la mesa. La abrió y comenzó a revisar su contenido, sacando tarjetas, documentos, todo lo que había dentro. Uno por uno los fue inspeccionando con atención hasta que un nombre repetido capturó su mirada. Emma Gilbert.

El apellido la hizo fruncir el ceño de inmediato. Gilbert.

Una palabra que evocaba recuerdos amargos, personas indeseables y una época en la que su paciencia fue puesta a prueba una y otra vez.

—¿Por qué esto me resulta tan familiar? —murmuró, desconcertada.

Se levantó de golpe, el corazón humano, ahora latiendo con fuerza inusual en su pecho. Se dirigió al baño, despojándose de la ropa casi con desesperación. Frente al espejo, su reflejo la miró con una mezcla de incredulidad y terror.

—No... no es mi cuerpo —dijo en un hilo de voz, sintiendo cómo las palabras se quebraban al salir de su boca.

Por un instante, una parte de ella, esa parte que aún soñaba con una vida mortal, quiso creer que aquello era un regalo divino, una segunda oportunidad concedida por algún dios que había decidido apiadarse de ella. Pero no.

No era su cuerpo.

Observó con detenimiento, una pequeña cicatriz cerca de la cadera que jamás había tenido; la piel más cálida; el rostro apenas distinto, con una madurez que no recordaba. Parecía tener poco más de veinte años.

Y sus ojos... aún eran azules, sí, pero más claros y vivos. Había un brillo allí que el vampirismo le había arrebatado hacía siglos.

Sus movimientos eran más suaves, su respiración más pausada. Todo en aquel cuerpo parecía demasiado tranquilo para quien había sido una depredadora inmortal durante más de un milenio.

—¿Por qué tenemos exactamente la misma apariencia... solo con algunas diferencias? —se preguntó entre dientes, apretando la mandíbula con furia contenida—. Esto no puede ser una coincidencia.

Volvió a vestirse rápidamente y regresó a la mesa. Tomó las tarjetas y el carnet de identificación, repasando los datos con atención. Según lo que veía, esa "Emma" debía tener alrededor de veintidós años.

Entonces, algo hizo clic en su mente.

—Espera... cambio de cuerpo, sin vampirismo... —sus ojos se abrieron de par en par—. ¡Kol! —exclamó, con una mezcla de furia y pánico—. Ese maldito... ¡Kol, qué me hiciste!

La rabia creció dentro de ella, una llama vieja y familiar. Su hermano siempre había tenido un sentido del humor retorcido, pero esto... esto era demasiado incluso para él.

Rebekah recorrió la habitación con la mirada, buscando algo que hubiera pasado por alto. Cerca de la mesa, una libreta abierta llamó su atención. La tomó con prisa, ignorando el dolor leve en su pie descalzo.

Las páginas estaban llenas de una letra desconocida, juvenil, vibrante. Frases escritas con una inocencia que le resultaba casi insoportable.

"Hoy el lago estaba increíble. Hay algo en el agua que me hace sentir completa, como en casa. Creo que incluso podría haber uno aquí también, pero no estoy segura..."

Firmado al final, Emma G.

—¿Por qué Emma? —repitió en voz baja—. No recuerdo a ninguna Emma... ni siquiera con ese maldito apellido de la doppelgänger.

Un suspiro de frustración escapó de sus labios. Cerró la libreta con fuerza y la dejó sobre la mesa. No encontraba nada que explicara su situación, nada que la ayudara a comprender.

Y entonces sintió algo extraño recorrerle su vientre.. hambre. No sed de sangre sino una necesidad simple de llenar el estomago de comida.

Se dirigió a la cocina, revolvió los muebles y abrió la pequeña nevera. Dentro habia un trozo de pastel de limón la esperaba, como si el universo quisiera burlarse de ella. Lo tomó con cierta duda, lo llevó al sofá y se sentó.

Durante unos segundos simplemente lo observó y luego con lentitud hundió la cuchara en el postre y se llevó un pequeño bocado a la boca.

El sabor la golpeó de lleno. Era tan dulce y ácido, sus ojos se llenaron de lágrimas con un brillo que no recordaba haber sentido desde hacía siglos.

—Está... delicioso..—susurró, con una sonrisa que era mitad tristeza, mitad alivio.

Hacía tanto que no probaba algo así. No era que los vampiros no pudieran comer, pero el sabor, el placer de comer... nada era igual. El gusto se volvía soso y era reemplazado por el deseo constante de sangre.

Cosas que a veces te encantaba comer como humana, luego de la transición ya no se sentía el mismo sabor, incluso a veces no se sentía casi nada.

Ahora en cambio, el pastel sabía delicioso con esos dos sabores mezclados. Era como si Rebekah hubiera probado por primera vez un pastel ya que el sabor y la textura, todo era completamente diferente.

Había olvidado cuánto placer podía ofrecer una simple cucharada de algo tan mundano. Por lo que por esa vez, Rebekah se permitió cerrar los ojos y sentir todo lo que habia olvidado con el tiempo.







[...]

El día transcurrió con una rapidez inquietante para Rebekah.

La luz dorada del atardecer se filtraba por las cortinas, tiñendo la habitación con un tono cálido que contrastaba con el frío que sentía por dentro. Era su segundo día allí, después de haber despertado en ese cuerpo ajeno, y nada parecía más irreal que su propia existencia.

Esa noche, el agotamiento mental la consumía. Había pasado horas debatiéndose entre una decisión que en teoría, debería ser simple... contactar o no a su familia. Pero nada en su vida, ni siquiera su nueva humanidad, era sencillo.

Sabía que sus hermanos enfrentaban ciertos problemas, especialmente por culpa de su tía Dahlia. Su madre Esther, ya no era un peligro inmediato después de su última transición, o al menos eso suponía.

Aun así, la idea de volver a mezclarse con todo aquel caos familiar le provocaba un nudo en el estómago.

Había pasado siglos luchando por separarse de ellos, por ser libre, pero la familia Mikaelson era como una sombra. Por más lejos que corriera, siempre la alcanzaban.

Y sin embargo, la duda persistía. ¿Debería decirles dónde estaba?

¿O simplemente desaparecer y disfrutar, si es que eso era posible, de su condición humana antes de que el destino le arrebatara también eso?

Sabía que si Kol tenía algo que ver con lo que le había ocurrido, él no se guardaría el secreto.

Kol nunca era discreto cuando podía divertirse a costa de ella. Podía imaginar su voz burlona resonando en su mente, como un eco cruel.

"Hermana, hay una chica idéntica a ti. ¿Doppelgänger, quizás? Tal vez no seas tan distinta de Katerina o de la dulce Elena."

Rebekah frunció el ceño solo de imaginarlo. Nada la enfurecía más que ser comparada con las doppelgängers humanas que tanto la habían irritado a lo largo de los años. Para Kol, todo era un juego, incluso su sufrimiento.

Y lo peor era que, a pesar de todo, lo amaba. Lo amaba con la misma intensidad con la que deseaba romperle el cuello cada vez que la humillaba.

Se llevó una mano al pecho, intentando calmar el ritmo de su corazón. Ese simple gesto, escuchar los latidos y sentir el calor de su piel, aún la desconcertaba. 

Era una sensación extraña, casi incómoda sentirse viva.

Algo tan simple y frágil, que ella había perdido hacía siglos.. y ahora volvía a sentir como si fuera una intrusa en su propio cuerpo.

"Quizás no deban saberlo", pensó, mirando el techo con la mente cansada.

 —Antes de que esto ocurriera, casi todo estaba resuelto. Klaus y Elijah tienen control de la situación. No me necesitan. Tal vez nunca me necesitaron realmente.

La idea dolía más de lo que quiso admitir. Siempre había sido la hermana que deseaba amor y que alguien la amara como ella los amaba, pero en el fondo temía ser prescindible.

Por lo que esa noche en ese cuerpo prestado, la duda pesaba más que nunca. Con un suspiro resignado, cerró los ojos. No tenía fuerzas para seguir pensando, ni ganas de seguir sintiendo.

El silencio de la habitación la envolvió poco a poco, y sin darse cuenta, Rebekah Mikaelson. La eterna vampira, la guerrera cansada, la mujer que siempre quiso ser humana... se durmió.

Por primera vez en siglos, su sueño no fue una fuga de sus hermanos. Fue un sueño real, imperfecto y humano, aunque no lo admitiría jamás había algo profundamente reconfortante en eso.





De repente, Rebekah se incorporó de golpe, con la respiración entrecortada.

—Sigo aquí... —susurró, mirando a su alrededor con una mezcla de asombro y alivio.

Durante un breve instante, justo antes de abrir los ojos, había creído que todo lo ocurrido no había sido más que un sueño, una fantasía cruel de su mente inmortal. 

Pero no, seguía allí y todavía era humana.

Un suspiro suave escapó de sus labios, casi tembloroso. Una sensación de alivio le recorrió el pecho con calidez... vivía.

Se incorporó con calma, dejando que las sábanas resbalaran por su piel. El contacto del aire fresco la hizo estremecerse. Al bajar los pies, el suelo frío la recibió como una caricia inesperada.

"Dios..." pensó, sintiendo de verdad el contraste de la temperatura.

Había pasado tanto tiempo sin sentir algo así. Se puso unas pantuflas que encontró junto a la cama y salió de la habitación.

La casa la recibió con un silencio apacible, distinto. Sus ojos recorrieron cada rincón con una mirada completamente diferente a la de la primera vez que despertó allí.

Ya no la dominaba la confusión, sino que estaba redescubriendo todo con curiosidad. Por siglos había visto el mundo a través de sentidos agudos y sobrehumanos, percibiendo cada detalle con intensidad casi insoportable.

Pero ahora... ahora era distinto. No sentía el mundo a través del instinto, sino a través de su alma.

Una pequeña sonrisa tranquila y auténtica se dibujó en su rostro. Extendió la mano y rozó con la punta de los dedos el marco de una puerta, la textura de la madera, el aire y la luz que se filtraba entre las cortinas.. todo parecía nuevo en cada maldito sentido.

Giró ligeramente al percibir una corriente de aire frío que le recorrió la espalda desnuda. Siguió el origen de la brisa hasta la alcoba. La puerta corrediza del balcón estaba entreabierta, dejando entrar el murmullo del amanecer.

Rebekah avanzó con lentitud, sus pasos suaves sobre el suelo. Desplazó con cuidado la puerta de vidrio esmerilado y al hacerlo, una ráfaga de aire fresco la envolvió por completo.

El viento le recorrió el cuerpo, agitándole el cabello, haciendo que su camisón se moviera como una sombra de seda.

Un escalofrío la estremeció, pero lejos de ser desagradable fue hermoso. 

Cerró los ojos y dejó que el aire le llenara los pulmones, que el sol de la mañana le calentara la piel, que cada sensación la reclamara como suya.

El olor a tierra húmeda, el canto lejano de un pájaro, el sonido de las hojas moviéndose... cosas que antes ignoraba, ahora la envolvían por completo.

Por primera vez en siglos, no necesitaba huir ni luchar y ocultarse. Podia solo.. existir.

—Es.. increíblemente hermoso. —susurró, abriendo los ojos con una sonrisa luminosa, esa que pocas veces dejaba ver.

El amanecer se reflejaba en sus iris claros, y por un instante, Rebekah Mikaelson la hermana olvidada y la mujer que solo quiso ser amada, se sintió en paz.

No como un vampiro que observa el mundo desde la eternidad, sino como una humana que lo siente por primera vez en mucho tiempo.





[...]

Rebekah había improvisado un desayuno con lo poco que encontró en la cocina. Pan tostado, algo de fruta y café instantáneo. No era lo que una Mikaelson consideraría digno, pero aquel simple acto de comer, tenía un valor que iba más allá del gusto.

Cuando terminó, se encontró con la necesidad de lavarse las manos. Y luego casi de manera instintiva, sintió otra urgencia que la desconcertó, ir al baño.

Caminó por el pasillo aún envuelto en penumbra, el sol apenas asomándose sobre el horizonte. Encendió la luz y el reflejo en el espejo le devolvió su rostro... o al menos algo que pretendía serlo.

Intentó no mirarse, pero cuanto más lo hacía, más extraña se sentía.

Era como si bajo la superficie de esa piel hubiera algo esperando, algo oculto. Una presencia que no alcanzaba a comprender.

Quizás era paranoia, una herencia inevitable de ser una Mikaelson, o quizás el universo, una vez más había decidido jugar con ella.

Abrió el grifo y dejó correr el agua fría. El sonido del líquido llenó el silencio, un murmullo constante que la tranquilizó por un momento. Se mojó el rostro con ambas manos, buscando confirmación de que aquello no era un sueño, ni una ilusión infundida por magia.

La sensación del agua era real y pura. Pero entonces, algo cambió... un calor comenzó a recorrer su espalda, subiendo lentamente hasta sus hombros. Como si se estuviera sumergiendo por completo en agua.

Rebekah jadeó con el agua aun goteando de sus dedos, pero ya no la sentía igual. Un temblor le recorrió los brazos, sus piernas flaquearon y antes de poder reaccionar, perdió el equilibrio.

Cayó al suelo con un golpe seco.

¿Qué... qué me está pasando? —exclamó, la voz cargada de miedo y desconcierto.

Miró hacia abajo, y lo que vio la dejó sin aliento, sus piernas ya no estaban allí. En su lugar, habia una cola gigantesca y brillante que se extendía sobre el suelo del baño. Escamas doradas con destellos cobrizos y reflejos de luz, cubrían la superficie de lo que alguna vez habían sido sus piernas.

El vapor del agua llenaba el ambiente, haciéndolo aún más irreal.

—¡No! —gritó, arrastrándose torpemente lejos del lavamanos—. ¡¿Qué demonios es esto?! ¡Esto no soy yo!

El terror la envolvió. Su respiración se volvió errática, y su corazón humano latía tan rapido que pareciera que fuera a salírsele por le pecho.

Tomó una toalla con desesperación y comenzó a frotar aquella abominación, como si pudiera arrancarla de su piel. Las escamas brillaron una última vez antes de desvanecerse, como si nunca hubiesen existido. 

En cuestión de segundos, la cola desapareció y sus piernas estaban de nuevo allí.

Rebekah se quedó quieta, con la toalla aún entre las manos, jadeando de miedo... no entendía nada. Su mente normalmente tan aguda, se debatía entre el horror y la incredulidad.

¿Qué clase de maldición era esa?

¿Una broma cruel de la magia? ¿Un castigo? ¿O acaso el precio por haber reclamado una humanidad que no le pertenecía?

Permaneció sentada en el suelo frío del baño durante largos minutos, observando sus piernas, tocándolas una y otra vez como si esperara que desaparecieran de nuevo.

El silencio era tan denso que podía oír los latidos acelerados de su corazón.

—No soy humana otra vez.—murmuró, con la voz temblorosa, mirando el vacío frente a ella—. Pero... tampoco soy vampira.

Las palabras flotaron en el aire, llenas de miedo y desolación.

¿Entonces qué era?

Fue entonces cuando lo sintió, una especie de tirón, como si algo dentro de ella la llamara desde lo profundo.

Una ola invisible la arrastró hacia un recuerdo que no era suyo, un nombre que resonó como un eco ahogado entre sus pensamientos.

Emma.

El nombre surgió sin permiso, flotando en su mente como una burbuja de aire escapando de las profundidades.

—¿Quién eres? —susurró Rebekah, con la mirada perdida.

El silencio pesado volvió a ocupar el baño. Solo el goteo del grifo acompañaba su respiración agitada haciendo que por primera vez en mucho tiempo, Rebekah Mikaelson sintiera algo que creía haber dejado atrás siglos atrás.

Miedo verdadero.









[...]

El silencio de la habitación era denso, casi sólido, como si ocultara secretos antiguos enterrados bajo el suelo de cemento y las capas de polvo del tiempo. Cada rincón parecía observarla y su respiración se sentía demasiado fuerte.

Rebekah permanecía sentada frente al ventanal envuelta en una manta, observando el lago helado que se extendía a la distancia, más allá del bosque.

La nieve lo cubría todo imponiendo una calma antinatural. El mundo afuera parecía detenido, congelado... pero dentro de ella algo se movía.

Una inquietud y una necesidad, como un impulso que no podía nombrar. Había intentado comunicarse con alguien, con Hayley antes que con sus hermanos.

No tenía ánimo para lidiar con Klaus o Elijah; su paciencia con ellos siempre era limitada, y en ese momento no soportaría ni su compasión ni sus reproches.

Hayley en cambio, era más sensata.. o al menos eso queria creer.

Pero no hubo respuesta telefónica. Ningún hechizo de comunicación funcionó, intento de todo con las palabras antiguas, las runas y los círculos de poder... pero nada paso.

Y eso solo podía significar dos cosas, o la magia en ese lugar no seguía las reglas que ya conocía o ella misma no era capaz de hacer magia.

—Creí... que las personas que cambiaban de forma eran mágicas.—murmuró con una ironía amarga, dejando que la frase se perdiera en la habitación vacía.

No estaba dispuesta a declarar que ese cuerpo podría ser una.. ni en mil años de vida había escuchado algo semejante. No quería ni siquiera considerar lo que eso podía implicar. 

Y sin embargo, allí estaba atrapada en un cuerpo que no era suyo, incapaz de acceder a algún poder, observando el mundo a través de unos ojos que no eran suyos.

Sus pensamientos se disiparon cuando bajó la mirada hacia la taza de té que había preparado hacía un rato. El vapor subía en espirales lentas, casi hipnóticas hacia el aire frío de la habitación.

Acarició el borde de la taza con los dedos, disfrutando de la calidez que se escapaba de ella. Por un instante, aquella pequeña sensación le resultó reconfortante. Algo tan simple y humano, que casi la hizo olvidar la confusión que la devoraba por dentro.

Pero luego... algo cambió, Rebekah alzó la mano casi sin pensarlo sobre la superficie del té y de repente... el calor se fue.

El vapor desapareció de golpe, como si hubiera sido tragado por el aire. El líquido perdió su color cálido y, cuando tocó la taza de nuevo, el frío la sorprendió.

Estaba helada, el té estaba completamente frío. Pero no había viento y tampoco le había vertido agua fría. No había nada que justificara lo que acababa de ocurrir.

Rebekah se quedó inmóvil, el corazón palpitándole en la garganta.

—Eso... —susurró sin palabras—, eso no fue un simple cambio de forma.. Es... otra cosa.

Sus dedos temblaban levemente al sostener la taza. Su mente familiarizada por siglos de experiencia con hechizos y rituales, intentaba racionalizarlo.

No fue magia como la que había aprendido con su madre en su juventud, no era magia de bruja, ni poder ancestral, ni siquiera una manifestación del tipo de energía oscura que solía rodear a su familia.

Fue instintivo y natural, casi como mover una mano o pestañear. El poder no había venido de fuera, había venido de ella... sin embargo, sabía que no era suyo.

Eso no le pertenecía, esa conexión con algo que no comprendía pertenecía a otra persona..  a Emma.

El nombre volvió a su mente como un eco lejano, apenas un susurro entre los pliegues de su conciencia. Rebekah bajó la mirada hacia sus manos, observando cómo el vapor helado parecía seguir sus movimientos, como si la reconociera.

Eso hizo que logrará entender algo que no se atrevía a decir en voz alta.










[...]

Esa noche Rebekah soñó con algo extraño. Se encontraba dentro del agua, nadando de una forma poco convencional.

Un estanque bajo la luz de la luna en una isla desconocida para ella, habia una cascada cayendo sobre una piscina de roca que no lograba reconocer de ningún lado. 

Y luego... vio a tres chicas, una castaña de piel bronceada y una rubia, igual que ella riendo y corriendo como tres adolescentes normales deberían de hacerlo, transformándose.

Una de ellas era ella, pero a la vez no lo era...

Despertó de golpe empapada en sudor, con la sensación de haber estado allí y de haberlo vivido... pero esos recuerdos no pertenecían a Rebekah Mikaelson. 

Jamás había estado en una isla desconocida bajo la luna llena, nunca se había bañado con esas chicas, y ni siquiera conocía sus nombres.

Emma.

El nombre volvió, como un eco persistente que rebotaba en su cabeza.







[...]

Al amanecer del día siguiente, Rebekah salió de la habitación del hotel. El aire cortante del invierno la recibió con un frío que calaba hasta los huesos, pero no retrocedió.

Había algo que la empujaba hacia el lago, y era algo que no podía ignorar.

El camino estaba cubierto de nieve fresca. Cada paso dejaba una huella crujiente sobre la blancura silenciosa. El bosque dormía bajo su manto helado, y más allá de los árboles, el lago se extendía como un espejo fracturado de cristal.

Cuando por fin llegó a la orilla, se detuvo un momento. El lago estaba casi completamente congelado, salvo por un leve brillo líquido en el centro.

Sin entender por qué, Rebekah sintió el impulso de acercarse. No había miedo, solo una curiosidad profunda de que una fuerza que la llamaba en silencio.

Avanzó unos pasos sobre el hielo con cautela, hasta que se inclinó y apoyó las manos enguantadas contra la superficie. Pero algo en su interior le dijo que eso no bastaba.

Sin pensarlo demasiado, se quitó los guantes y el aire frío le mordió la piel al instante, pero ella apenas lo notó. Colocó las palmas desnudas sobre el hielo.

Y entonces lo sintió, una corriente cálida y vibrante recorrió su cuerpo desde las manos hasta el pecho.

El contraste fue tan brusco que retiró las manos de inmediato jadeando, rápidamente se secó en la misma ropa que traía puesto, casi como instinto. Lo que la dejó confundida.

Donde habian estado sus palmas estaba húmedo, como si el hielo se hubiera derretido solo con tocarlo.

Su respiración salía en nubes blancas que temblaban en el aire inmóvil, el lago permanecía igual de silencioso. Pero Rebekah sabía que algo había cambiado.

No era solo el frío ni el reflejo del amanecer sobre el hielo. Había una energía y una vibración sutil que provenía de sus profundidades. Era casi como un zumbido muy leve resonó dentro de ella.

El sonido del agua bajo el hielo la llamaba y.. de algún modo imposible, ella la reconocía. No sabía cómo lo sabía. Solo que el agua le era familiar, como una vieja amiga que susurraba su nombre.

—¿Quién soy ahora? —preguntó en voz baja, apenas un hilo de sonido que el viento helado se llevó.

Conocía su identidad de antes. Rebekah Mikaelson, vampira original e hija de Esther, hermana de Klaus, Elijah, Kol y sus otros hermanos.

Había vivido mil años, había amado, matado y sufrido más de lo que cualquier alma mortal podría soportar.

Pero esto... esto era distinto. Ya no era inmortal, pero no era humana del todo... no sabía qué era.

Se dio media vuelta, observando una última vez el lago antes de marcharse. La nieve comenzó a caer suavemente, cubriendo sus huellas a medida que avanzaba.

Una ráfaga de viento levantó el polvo blanco del suelo y la envolvió. Cuando el viento se calmó, las huellas habían desaparecido. Como si la naturaleza misma se negara a admitir que Rebekah Mikaelson había estado allí.

Solo el hielo quedó en silencio, ocultando bajo su superficie el secreto que la llamaba por su verdadero nombre.






[...]

Esa misma tarde, al ducharse, la transformación regresó. Pero esta vez Rebekah no gritó, ni hizo escándalo.

El cambio fue más suave, casi natural. Sus piernas desaparecieron y ella fue agua por unos segundos, algo que recién pudo darse cuenta contrario a cuando lo hizo por primera vez. 

Su piel adquirió ese brillo húmedo, como si hubiera estado en aceite y agua a la vez. La cola surgió y era hermosa... como si siempre hubiera estado allí.

No pudo evitar sentir algo que jamás esperó sentir con toda esta situación en la que, sin querer se involucró. Eso era calma.

Rebekah no se sintio perdida sino completa. Era algo sumamente raro, ya que esto no era ella, era algo de Emma. Pero también entendió una cosa.

—Esto no me pertenece..—Murmuró con pesar, tocando su reflejo húmedo en el espejo que se encontraba cerca de la tina—. Pero tampoco puedo negarlo. Y si voy a estar aquí metida, tal vez tenga que acostumbrarme a esto..

Estaba sola en Canadá, con un cuerpo que no entendía, con poderes que no eran suyos y recuerdos que la confundían. Sin Nik, sin caos Mikaelson, sin tías brujas locas... nada de eso.

Extrañaba a Hope, su sobrina. A sus hermanos, aunque a veces todos fueran cabezas duras y sin embargo... No quería deshacerse de esto que tenía, no todavía. 

Quería disfrutarlo todo lo que pudiera, antes de que la mala suerte de los Mikaelson la alcanzara.





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06/10/2025

Holaaaa, espero y les guste. Como ven, voy a implementar este modo de capítulos, ya que he visto que ayuda a motivarnos tanto como a los lectores y escritores.

Los amoo<3

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