Capítulo 8
De vuelta en el salón, cada uno en su puesto, el mundo parecía volver a ser el mismo de siempre.
-La vieja va a cortar unas cuantas cabezas -comentó Dante cuando estuvieron los cuatro juntos-, se los juro. Es peor que la reina de Alicia en el País de las Maravillas.
-¿Tan mal te fue? -Preguntó Edgar.
-No, a mí no, pero por la cara que pusieron los demás... -Dante rió-. No hace falta ponerse muy creativo.
-Estuvo sencillo. -La voz cansada de Sylvia hizo que Edgar se volteara en el acto-. Era cosa de leer bien.
-Es que tú te los almuerzas -la acusó el pelirrojo-, pero nosotros somos pobres mortales.
-No exageres. -Aunque fue débil, la sonrisa de Sylvia tranquilizó a Edgar lo suficiente como para olvidarse de todo mientras esperaba a la siguiente clase, hasta que recordó que era Educación Física, una materia que jamás eximía. Apretó los ojos, preparándose para la pesadilla.
El profesor Carlos, un hombre moreno, con un bigote abundante y el cabello negro peinado hacia atrás, los había torturado sin misericordia todas las semanas durante tres meses sin falta, y Edgar estaba seguro de que se había ganado un premio especial con él. Siempre era el primero al que llamaba para los ejercicios, las rutinas, los circuitos... Cualquier cosa que fuese a pasar en clase, Carlos lo llamaba a él sin falta, ignorando a todos los demás, y hacía el ridículo una vez más.
Se acordaba especialmente de un partido de básquetbol de hace un mes, mes y medio cuando mucho. Estaba por terminar y él tenía el balón, pero alguien empujó a Dante. El silbato del profesor sonó en el acto, deteniéndolos a todos.
-Suelta el balón. -Edgar hizo lo que el profesor le decía, y quiso morirse cuando todos empezaron a reírse, incluso Carlos. Solamente Mateo le explicó que "soltar el balón" significaba dárselo al profesor, y no a literalmente soltarlo. ¿No es más fácil decirme que se lo pase y ya? Las notas en sus cuadernos y los comentarios que escuchaba en el receso durante toda esa semana hicieron imposible olvidarse de eso
Sin embargo, no fallaba una nota perfecta en los trabajos escritos. Nunca. Edgar sabía que eran pocas las oportunidades que tendría, cuando mucho una o dos veces, así que se preocupaba por hacer un trabajo impecable en todos los aspectos, y el esfuerzo siempre rendía sus frutos. Aunque su promedio sufría todos los años gracias a esa maldita clase, ideada en el último círculo del infierno, ganaba algunos puntos extra que minimizaban el impacto.
-Me alegra que no falte ninguno -dijo Carlos cuando todos los varones estuvieron reunidos con él en el centro de la cancha-, y espero que hayan comido bien. Les va a hacer falta. Como les dije la semana pasada, hoy cerramos con un circuito, un partido de básquetbol y uno de voleibol. Edgar, ven aquí.
Tragando grueso, Edgar se preparó para las miradas de burla, los gestos y las risas mal disimuladas. Hizo una demostración de cada estación a medida que el profesor Carlos los guiaba por toda la cancha. Le avergonzaba sentir envidia por las muchachas, que solo jugaban con una cinta pegada a una varilla negra.
-Como siempre, van a trabajar con parejas, pero yo las voy a escoger esta vez. -Se escuchó un quejido colectivo. Carlos hizo callar con su silbato y empezó a nombrar quién iría con quién, compañeros que nunca habían trabajado juntos. Eso hizo que Edgar se sorprendiera al escuchar su nombre-. Ferrer, irás con Torres.
Intentó devolverle la mirada animada que Dante le dirigió. Sufriría sin importar con quién estuviese, y maldeciría al profesor mentalmente durante cada segundo, pero por lo menos estaría con alguien con quien se entendía. Peor es nada, pensó.
En poco tiempo, estaban corriendo, brincando, haciendo sentadillas, flexiones, abdominales, subiendo escaleras, paracaídas, y toda clase de ejercicios que, según el profesor, los prepararían para ambos partidos.
El sudor corriéndole por todo el cuerpo, el calor, la incomodidad de la ropa, el elástico del uniforme, el cabello que se le pegaba en la frente, la falta de aire... Estaba perdiendo los estribos. Edgar solo podía drenar la frustración con los ejercicios, los cuales lo frustraban más cuando se equivocaba. Era un círculo vicioso.
Más de uno suspiró o se quedó en el suelo por un segundo cuando sonó el silbato. Edgar estaba en el segundo grupo, y el suelo nunca había sido tan cómodo. A la mierda con el uniforme. La tierra se podía lavar.
Cada músculo de su cuerpo gritaba cuando se levantó y Edgar los entendía a todos. Solo dos partidos, no más que eso, pensó, solo dos partidos... Al mal paso, darle prisa. Sin esperar a que el profesor lo llamara mientras armaba los equipos para el partido de baloncesto, Edgar alzó la mano, provocando las risas de más de un compañero.
-Torres, equipo uno. -Los pies le temblaron, pero fue hacia donde le indicó el profesor. Se sentía incómodo allí, con compañeros a quienes apenas les había dirigido la palabra.
Cuando el silbato volvió a sonar, Edgar solo se preocupó por ir detrás del balón, repetir mentalmente lo poco que sabía del deporte, y tratar de no maldecir cuando este iba en su dirección. Se tropezó y chocó con sus compañeros más de una vez, indiferentemente de si eran de su equipo o del otro, ganándose una buena dosis de insultos, pero ya era experto en hacer oídos sordos en ese caso.
Al escuchar el silbato por segunda vez, dando fin al partido, todos se miraron con sentimientos de toda clase, pero a él solo le dirigieron miradas de odio y burla. Más que todo de burla. Otro gemido de sorpresa se escuchó cuando el profesor anunció que los que habían jugado no participarían en el partido de voleibol. Era primera vez que hacía eso, o sea que nadie sabía qué esperar con respecto a las notas. Aunque no estaba solo, ni Dante ni él tenían aire para hablar, al menos por un rato.
La tentación de sacar el teléfono era demasiada, pero prefería no correr riesgos. No fuese a ser que la pelota saliera volando hacia él. Ya les había pasado a los demás, y siempre había una primera vez para todo. Como no tenía el mínimo interés en el partido, Edgar se dedicó a ver a las muchachas, quienes estaban cerrando con un circuito similar al que habían hecho ellos, solo que menos demandante y con más tiempo de descanso entre cada estación.
Bonita igualdad de género. Era injusto, aunque sabía que las mujeres tenían menos resistencia física que los hombres, o energía, o algo, pero estaba determinado por su genética y todo eso. Igual es injusto, ni siquiera sudan. No era del todo cierto, pero su cerebro no tenía fuerzas para corregirlo.
A pesar de ello, Sylvia parecía estarla pasando igual de mal. Su cara de cansancio era similar a la que Edgar pensó que él llevaba puesta. La cola de caballo se le había convertido en una maraña negra deforme y sus ojos miraban con desprecio a la profesora Zoraima, que se encargaba de las muchachas.
Cuando menos lo esperaba, el silbato sonó otra vez, dándole fin al partido y al examen final. Todos se acercaron para escuchar las notas, y más de uno suspiró aliviado cuando fue su turno, entre ellos Edgar. Solo unos pocos gimieron al saber que habían perdido el lapso, pero a Edgar no le importó. A la mierda ellos, al menos pasé, pensó sonriendo.
-Estoy molido, pero esperaba algo... peor, creo -bromeó Mateo, quien lo miró satisfecho, y tenía motivos para ello. La suya fue la nota más alta.
-Habla por ti -respondió Dante, quitándose los cabellos de la frente cubierta de pecas. También necesitaba un corte-. Yo casi me muero.
-Solo me importa que se acabó. -Una risa se escapó de los labios de Edgar mientras se dirigían al salón.
Dando una mirada rápida al grupo de las muchachas, se dio cuenta de que Sylvia también se veía tranquila. Venía caminando en su dirección, aunque mirando al suelo.
-¿Qué tal les fue? -Preguntó cuando estuvieron los cuatro juntos-. ¿Todo bien?
-Fue una pesadilla. -Dante se adelantó, poniendo cara de tragedia sobreactuada-. Pero al menos ya se acabó.
-Todo bien por aquí -comentó Mateo.
-Más que bien -dijo Edgar, señalándolo con el pulgar-, sacó la nota máxima. También pasé, ¿y tú?
-Nota máxima. -Mateo le dio la mano a Sylvia, quien le respondió con una sonrisa. Edgar la miró sorprendido y ella le sacó la lengua-. Fue sencillo, pero estoy con Dante. -Le dedicó una mirada mientras caminaban-. Fue una pesadilla, pero se acabó.
Los cuatro entraron al salón luego de tomar agua, y después de casi dos horas bajo el sol, sudando la gota gorda, el aire acondicionado parecía ser el mismísimo Valhala. Ninguno dijo gran cosa durante el resto del día hasta que llegó el momento de irse.
-Edgar -lo atajó Sylvia cuando este se levantaba-, perdona por... Ya sabes, por pedirte que...
-No pasa nada -la cortó él-, no te culpo.
-Igual no me siento bien y quien, pues, compensarlo -dijo ella de repente.
-¿Ah? -Edgar la miró sin entender.
-No es que me auto invite a tu casa, pero... Si aún puedes, digo, si no tienes nada que hacer, puedo ir hoy.
-Ah, ya, em... -Edgar le dio una mirada rápida a Mateo, quien asintió deprisa. Edgar rogó que Sylvia no se hubiese dado cuenta-. Em, sí, claro, no hay problema. ¿A las... A las tres, como acordamos? -Sus piernas se durmieron por un momento. No lo estás traicionando, se repitió mentalmente, él te dijo que sí.
-Nos vemos entonces. -Una sonrisa tímida se dibujó en sus labios al darse la vuelta y salir del salón. Edgar se quedó viéndola hasta perderla de vista.
-Mateo. -Edgar lo buscó con la mirada, pero había desaparecido también.
Miró hacia los lados hasta dar con él, caminando al lado de Dante, detrás de Valentina. Se tropezó con una silla cuando corrió para llegar hacia él. Un dolor agudo bajó desde su rodilla hasta el tobillo. Edgar apretó los dientes antes de que soltar todos los insultos que se le ocurrieron.
Como pudo, se acercó hacia los dos chicos, casi chocando con otra silla y golpeándose el codo con el marco de aluminio de la puerta del salón. Edgar apretó los labios una vez más, pero al menos ya estaba cerca. Se puso a su lado, por lo que Mateo lo vio al instante.
-Edg... hey, ¿pasó algo? -Su cara delató su preocupación al ver la cara de dolor de su amigo.
-Sí, sí. Me di un golpe, varios, pero estoy bien.
-Eres increíble -comentó Dante, quien se volteó con prisas-, hey, nos vemos, mis padres quieren que vaya con ellos a no sé dónde a hacer no sé qué carajos. Una visita familiar o algo, no sé. -Tanto Edgar como Mateo lo despidieron con la mano antes de que Dante se alejara sin mirar hacia atrás.
-Em, perdón por lo de...
-No pasa nada -respondió con una sonrisa triste-, sé que no querías decirle que no a Sylvia.
-Tampoco quiero quedar mal contigo -se apresuró en decir-, pero... A ver, creo que no estaré mucho tiempo con ella. Crees que, digo, si te aviso primero por teléfono, ¿crees que nos podamos ver? No sé, es una idea.
-Claro, claro, pero no te amargues por eso. -Los ojos de Mateo no se despegaban de los suyos, por lo que Edgar desvió la mirada-. Creo que necesitaba hablar con alguien. Me siento mejor, así que no te preocupes si no nos vemos hoy, ¿sí?
-Igual voy a tratar de salir a las cinco, como dijimos. A ver... -Buscó su teléfono en sus bolsillos. Estuvo a punto de caérsele de las manos cuando alguien le chocó el hombro, pero sus manos lograron agarrar el celular antes de que se estampara contra el suelo-. ¿Cómo es tu número? -Mateo le dictó un número a la vez, y Edgar verificó al final, asegurándose de que estaba correcto-. Listo entonces. Yo te escribo apenas vaya saliendo.
-De verdad, gracias, pero no te preocupes si no puedes.
-No se vale acobardarse. -Edgar le dedicó una última sonrisa antes de irse-. Ahora sí, me voy. Mi padre debe estarse preguntando en dónde estoy.
-Bueno, nos vemos.
En efecto, su padre le preguntó por qué había tardado, por lo que Edgar solo dijo que estaba confirmando que Sylvia fuese a su casa ese día.
-Momento, ¿por qué no nos avisaste? -Su padre lo miró de repente.
-Sí -mintió él-, ayer.
-Edgar, no lo hiciste. -Dispuesto a no alargar la mentira, el chico lo miró entre confundido y apenado. Al menos parte de la expresión en su rostro era real.
-Pensé que sí.
-No me molesta que vengan a la casa, pero ya estás grande para fingir demencia.
-De verdad que...
-Edgar. -El tono en la voz de su padre le hizo saber que no valía la pena intentarlo siquiera. Solo asintió y cambió de tema, diciéndole que había eximido un examen y pasado el de educación física.
-¿Seguro que el profesor no se confundió con las notas? -Bromeó su Roger.
-Seguro. Un poco de confianza en tu hijo, por favor.
Entre chistes y comentarios, ya con un ambiente más ligero, ambos llegaron a la casa. Saludó a su madre antes de ir al cuarto a dejar sus cosas y lavarse la casa. Le contó primero sobre los exámenes, esperando que aligerara la reacción antes de Sylvia.
-Ya va, Edgar, ¿y por qué no avisaste ayer?
-Se me... olvidó -admitió sin darle vueltas al asunto.
-Más pendiente para la próxima entonces, pero claro, no hay problema, menos si es para algo de las clases, y mucho menos si es para que pases un examen. Solo...
-Sí, sí -la cortó él-, más pendiente y te aviso con tiempo.
-Bueno, vamos a comer entonces, y te das un buen baño, por favor, que la vas a espantar apenas toque la puerta.
El comentario incomodó a Edgar. Sylvia estaría en su casa por primera vez, y que fuese por un imprevisto lo hacía más extraño aún. Sin darse cuenta, se terminó el arroz y las berenjenas rellenas, lavó todo con prisa y se lanzó al baño, poniendo música de fondo para apurarse más aún.
Hacía eso dese hace un tiempo, además de que le evitaba pensar cuando quería relajarse y estar en paz. Le hacía recordar unas vacaciones que habían tenido el año pasado. Sus padres dieron con una oferta familiar para tres personas en un hotel cerca de la playa. La habitación tenía un balcón que daba directo al mar, por donde entraba una brisa fresca todos los días, justo al lado del baño.
Allí, Edgar se bañaba sin falta cada noche, las ventanas abiertas de par en par para disfrutar de la brisa mientras estaba en la tina. El olor de la espuma, el agua cubriéndole todo salvo la cara, y acostarse en una superficie suave había hecho maravillas con sus nervios. Sus ánimos eran todo lo opuesto un mes antes.
Los exámenes finales habían acabado con él, desequilibrándolo lo suficiente como para cortarse una vez. Se maldijo mil veces al ver que había pasado todas las materias, pensando en qué dirían sus padres si se daban cuenta. No lo harán. Punto.
Fue extra cuidadoso los días antes a las vacaciones, esperando que las heridas sanaran lo suficiente como para que no se notaran. Y si no, pues voy a pasar todo el día con los pies llenos de arena. Sus problemas no iban a joderle los buenos ánimos de sus padres.
Edgar revisó la hora luego de salir de la ducha. Le quedaba tiempo de sobra, así que podía ponerse a leer o dibujar, o escribir, o algo, darle uso al cuaderno. Se vistió con una franela negra y blanca, un pantalón negro en buenas condiciones y se mantuvo descalzo. Ya se pondría algo cuando llegara Sylvia.
El aire le faltó al ver que su cuaderno no estaba en ningún lugar. Edgar revisó las gavetas, los estantes, debajo de su cama, de su almohada, e incluso en su morral, pero no había caso. Repasó su día mentalmente, quizá lo había puesto en otro lado... Nada.
-Pero si estaba aquí. -Necio como solo él era, Edgar volvió a abrir la gaveta en donde estaba seguro de haberlo guardado, y revisó por tercera vez.
Dio un salto cuando escuchó el teléfono. Sylvia, recordó. Maldita sea, ya debe estar cerca. Contestó con prisa, deseando que no hubiese estado llamando desde hace largo rato.
-¿Aló? ¿Sylvia? -Se acomodó el teléfono entre la oreja y el hombro para sacar unas medias y ponérselas con prisa. Maldición, maldición, maldición. Se dio cuenta demasiado tarde que se había puesto dos medias diferentes. Apretó los labios para suprimir un gemido frustrado y buscó sus botas negras.
-No, el genio de la lámpara -respondió Sylvia, mientras él seguía vistiéndose como si fuera cuestión de vida o muerte-, claro que sí, pendejo. -Escuchar su risa al otro lado de la línea hizo sonreír a Edgar, que suspiró para sacar los nervios que había sentido en tan poco tiempo-. Estoy llegando.
Edgar salió de su cuarto y cruzó por la sala. Sus padres entendieron al momento y bajaron el volumen de la televisión. Él les agradeció en silencio, saliendo de la casa con el corazón latiendo desbocado en su pecho.
-Bueno, estoy afuera, soy...
-El de negro, no me digas. -Un carro plateado se detuvo en ese momento justo en frente.
Su corazón dio un vuelco al ver que la puerta del copiloto se abría y la ventana del piloto bajaba. El padre de Sylvia lo miraba de una manera que no supo interpretar, pero que parecía ser amigable.
Cuando esta dio la vuelta al carro, el corazón de Edgar se agitó de nuevo. Llevaba pantalones ajustados, una blusa de mangas cortas, tacones bajos, todo de negro, y el cabello suelto como un manto. Llevaba su morral en el hombro, lo único que desentonaba con su apariencia relajada. Estos siempre le daban un aire distinto a las personas, o al menos para Edgar.
Sus labios pálidos sonrieron al verlo, y él intentó imitar el gesto sin parecer un idiota. Se acercó, nervioso, a saludar al padre de su amiga, intentando en vano recordar su nombre.
-Edgar, un gusto verte.
-Igual, señor Lobos. -Mejor irse por lo seguro.
-¿Crees que se tarden mucho? -Edgar no sabía si el tono insinuaba algo o si era su imaginación, así que decidió darle la respuesta que creía y la que a él también le convenía.
-No, no, será algo rápido, no se preocupe.
-Yo te aviso apenas estemos listos, papá. -¿En qué momento...? Edgar luchó por no voltear a ver a Sylvia, que había aparecido de repente a su lado.
-Estoy aquí en una hora y media -dijo él, fingiendo no haber escuchado nada-, ¿suficiente?
-Sí -respondió Edgar, ya poniéndose nervioso-, no se preocupe.
-Pa', yo te aviso -repitió Sylvia.
-Claro que sí. Nos vemos. -Se despidió con la mano, pero Edgar se detuvo al ver que iba a hablar de nuevo-. Hora y media. -Subió los vidrios de repente y se fue, desapareciendo en pocos segundos.
-No te preocupes -comentó Sylvia, sonriendo divertida-, hace lo mismo hasta con las amigas que tenía.
-No, está bien. -Edgar bajó la vista y fue hacia la casa. Apretó los labios antes de abrir la puerta-. Bienvenida.
-Gracias.
Edgar se dio la vuelta mientras cerraba con llave. El sonido de los pasos de Sylvia por su sala parecía irreal, pero al verla de nuevo, a su lado, se preguntó qué hacía ella allí, para empezar.
-Em... Mis padres están...
-Bienvenida, Sylvia, ¿no? -Antes de reaccionar, su madre se había acercado hacia ambos, tendiéndole la mano a su amiga-. Ángela, mucho gusto.
-Un gusto, señora Torres. -Sylvia respondió con una sonrisa radiante.
-Edgar, tu padre se siente mal, se fue al cuarto para descansar un rato. ¿Prefieren estudiar aquí o en la cocina? Yo tengo que sacar algunas cuentas.
-En la... En la sala, supongo. -Su corazón se aceleró ante la pregunta. No seas idiota, ¿qué te pasa?
-Me voy a la cocina entonces. Me avisan si quieren algo. Sylvia, estás en tu casa. -Su madre se despidió con una sonrisa.
-Muchas gracias, señora Torres.
-Ay, llámame Ángela, por favor -dijo con un gesto la mano-, la señora Torres es la abuela de Edgar, mi suegra.
-Ángela -respondió ella riendo. Sin decir nada más, su madre se fue directo a la cocina, cruzando a la derecha-. Tu madre es un amor. -Edgar sonrió nervioso, yendo hacia los muebles que estaban a la izquierda.
-Gracias. Puedes sentarte... donde gustes -dijo con un hilo de voz, señalando hacia la mesa de madera que tenían al frente. Miró a los lados y maldijo en su mente cuando Sylvia se sentó-. Dame un segundo, se me quedó el morral en el cuarto.
-Claro, aquí me quedo. -Sylvia le sacó la lengua una vez más, a lo que Edgar solo supo sonreír, más nervioso que antes.
Luego de maldecirse e insultase durante todo el camino, Edgar se obligó a respirar hondo en su cuarto. Se sentía tan fuera de lugar y no entendía la razón, o por qué Sylvia parecía desentonar con su casa. ¿En qué estaba pensando? O más bien, ¿en qué debería estar pensando?
Reacciona, solo es una tutoría de matemáticas.
Repitiendo la última palabra como si fuese un mantra, Edgar tomó su morral, revisó que el cuaderno indicado estuviera allí y se fue directo a la sala, en donde Sylvia revisaba su teléfono. Esta lo soltó cuando lo vio acercarse, y sacó su cuaderno y lápiz cuando se sentó a su lado.
-Bueno, soy toda oídos -dijo ella al fin, mirándolo con interés. A Edgar se le secaron los labios al ver esos ojos grises.
-Em... Pues, a ver. -Forzó el hechizo a romperse fijando los ojos en el cuaderno, buscando los ejercicios no había alcanzado a repasar con Dante-. Aquí. De aquí en adelante estoy... en blanco, digamos.
-Déjame ver. -Sylvia se inclinó levemente, buscando en sus notas. El esmalte negro de sus uñas contrastaba más de lo que esperaba con las hojas blancas, reflejando la luz blanca de la lámpara que tenían encima.
Edgar contuvo la respiración al inhalar su perfume floral. Rosas. Ángela solía usar uno antes, pero con otros aromas combinados. Este parecía ser solo rosas. Tragó grueso. Esta sería una tortura.
Sylvia tenía mucha más paciencia que Dante, lo cual sorprendió a Edgar. En parte, le agradeció mentalmente, porque continuaba cometiendo los mismos errores que durante las clases, más que todo por marearse con el olor a rosas o confundirse por los ojos grises si no tenía cuidado. Mantenía los suyos fijos en los números tanto tiempo como podía, pero seguía subiendo la mirada.
-Con permiso. -La voz de su madre lo hizo saltar de repente-. Perdona lo poco, cariño, pero espero que te gusten. -Ver el plato que traía Ángela desconcertó a Edgar todavía más. ¿En qué momento es que había preparado galletas?
-Esto se ve hermoso -dijo Sylvia, disimulando la sorpresa tanto como podía.
-Espero que sepan mejor -comentó su madre, alejándose-, ¿todo bien por aquí?
-Sí, sí -respondió Edgar, repentinamente tenso. Le parecía que estaba demasiado cerca de Sylvia, más de lo que debería, por lo que puso un poco de distancia mientras su madre estuviera allí con ellos-. Todo bien.
-Se hace el tonto, pero en realidad no tengo que hacer mucho trabajo. -Aunque el comentario de Sylvia era en broma, Edgar igual se sonrojó al escucharlo. Sylvia probó una galleta antes de hablar-. Pasaron la prueba, con honores. -Su madre sonrió en agradecimiento. Le agradaba saber que los demás disfrutaban de su comida.
-Siempre le he dicho a Edgar que se pone a pensar demasiado durante los exámenes, es un caso serio.
-Gracias por el apoyo. -Aunque le costó, Edgar intentó parecer relajado.
-Corazón, no me culpes, te conozco como si fuese tu madre. -Sin decir nada más, y dejándolo sintiéndose un niño de escuela primaria, Ángela volvió a la cocina.
-Hey, esto está demasiado bueno -le confesó Sylvia cuando Ángela estaba lejos-, ¿cuál es la receta?
-Le preguntas a la persona equivocada -respondió Edgar-, la cocina no es lo mío.
-En serio, ¿no tienes idea? -Edgar negó con la cabeza, ya más relajado al estar solo con Sylvia-. Bueno, antes de irme le tengo que preguntar.
-Buena suerte -dijo él con una sonrisa-, mamá dice que un buen chef nunca comparte sus recetas.
-Pues que me enseñe a hacer algo que se le parezca.
-No sabía que te gustaba la cocina. -Edgar cayó en cuenta de que, a decir verdad, no sabía muchas cosas sobre Sylvia, fuera de sus gustos musicales y de que sus padres se habían separado un par de días atrás.
-No puedo participar en Hell's Kitchen o en Master Chef, pero me defiendo bien. -Sylvia garabateó en su cuaderno al responder-. Lo mío son las carnes. Desde niña ayudo a papá con las parrillas.
-Esperaba que me dijeras, no sé, postres.
-Mis ganas -rió ante el comentario-, no soy buena. Puedo hacer... No sé, una torta, y con suerte no se me quema.
-Debe ser... interesante, ver a una gótica en la parrilla. -Edgar quiso imaginarse a Sylvia colocando carbones y moviendo piezas de pollo y carne, pero no pudo.
-¿Tú crees? -Preguntó con una ceja levantada-. Créeme que soy otra. Estas fachas no se hicieron para picas, rellenar, marinar, cocinar, y pare usted de contar.
-Okay, okay.
-¿Y tú? -Preguntó ella, viéndole a los ojos, y finalmente soltando el lápiz con el que estuvo jugueteando en el cuaderno-. ¿Algún talento inusual?
Las piernas de Edgar se durmieron ante la idea. Si supieras, pero no pensaba decirlo, ni de chiste. En su lugar decidió compartirle la idea del cuaderno. Sylvia lo escuchó sin interrumpir hasta que llegó a ese día.
-Si quieres ver a una gótica en la parrilla, entonces tengo que ver ese cuaderno.
-Es un desastre, te vas a reír si lo ves.
-Sé que no estoy hablando con Picasso, si eso te calma. -Su teléfono sonó en ese momento. Sylvia contestó, Edgar asintió cuando lo miró, y se despidió de su padre-. Dijo que viene cerca. Entonces, ¿sí me expliqué en todo? ¿Sí sobrevives? -Edgar asintió con cada pregunta.
-Estoy seguro, no te preocupes.
-Igual y podemos repasar mañana en algún momento antes del examen. -Sylvia recogió sus cosas y se levantó de la mesa. Edgar hizo lo mismo, buscando las llaves entre sus útiles, hasta recordar que estaban en su bolsillo.
-Te tomo la palabra. -Tomó una servilleta limpia de las que había llevado su madre con la bandeja y envolvió las cinco primeras que vio de buen tamaño.
-¿Me veo tan flaca? -Bromeó Sylvia.
-No seas... -Estúpida. Edgar se detuvo a tiempo. No sabía cómo se lo podía tomar Sylvia-. No seas tonta.
-Gracias. -Por la mirada que le dirigió cuando tomó el paquete improvisado, Edgar asumió que la reunión la había ayudado más a ella que a él.
-De nada. Otro día podemos reunirnos, para hacer otra cosa que no sean los malditos números -dijo riéndose. Sylvia lo acompañó a la puerta.
-Te tomo la palabra -repitió ella, sacándole la lengua cuando le abrió la puerta-, ¿nos vemos mañana entonces? -El carro de su padre apareció en ese momento.
-Deberíamos, no tengo planeado irme al País de las Maravillas.
-Estúpido. Nos vemos. -Edgar se despidió con la mano y cerró la puerta luego de que el padre de su amiga sonara la bocina.
Soltó un suspiro de alivio al estar nuevamente solo. Ahora que Sylvia no estaba, el silencio de la casa le parecía extraño. Habían pasado todo el tiempo con ecuaciones y operaciones, pero con bromas y comentarios sarcásticos que habían hecho del tiempo una ilusión. ¿De verdad se habían esfumado una hora y media tan pronto?
-Es una chica simpática -comentó su madre, saliendo de la cocina-, pensé que sería... diferente.
-Te dije que era solo una amiga -recordó Edgar, caminando a la mesa para recoger todo. Recordó de golpe que debía reunirse con Mateo-. Ah, mamá, voy a salir de nuevo, tengo que verme con un amigo -dijo con prisas.
-Perdone usted, no sabía que eras un hombre tan ocupado -rió ella-, tu papá sigue dormido, ¿te llevo? ¿Tienes la dirección?
-Es aquí cerca, puedo ir caminando.
-Bueno, pero no te tardes. Está oscureciendo temprano. Te quiero de regreso antes de que sea tarde, ¿sí?
-Claro, ajá.
-Bueno.
Tan pronto como tenía todo recogido, tragando los últimos pedazos de una galleta, Edgar se cepilló los dientes y le escribió a Mateo,quién le respondió con un pulgar hacia arriba. Fue suficiente para él. Se puso los audífonos y salió de la casa.
***
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