Capítulo 9

(No escuchen la canción todavía. ^^' Yo les aviso cuándo)

El clima se había aligerado más. Seguía nublado con posibilidades de lluvia, pero el cielo estaba más despejado, sin tantas nubes como antes. Aún no habían hecho acto de presencia los colores del crepúsculo, pero Edgar sabía que sería cuestión de tiempo. Su madre estaba en lo cierto. Estaban en la mitad oscura del año y los días se hacían más cortos.

Voy en camino. Edgar le envió el mensaje a su amigo al salir. Los sonidos del mundo exterior parecían más estridentes a esa hora. Claro, están regresando del trabajo, pensó al seleccionar una canción.

Caminó sin prisa pero sin pausa, repitiéndose constantemente que, sin importar lo que Mateo le dijera, debería controlar sus reacciones, algo que pocas veces conseguía. Era como si el cable que lo hacía consciente de sus expresiones y su manera de actuar bajo ciertos eventos estuviera jodido, o le faltara alguna pieza en el sistema nervioso. Literalmente, te falta un tornillo. Se rió de su propio chiste al cruzar la calle.

Al frente, una cuadra después, veía la tienda en donde se había visto con Mateo el día anterior, pero este aún no llegaba. Edgar se despreocupó y siguió caminando, prestando atención a sus pasos, con la vista fija en el suelo y solo levantándola cuando tenía que cruzar una calle.

Dio un vistazo a la tienda al llegar, pensando que a lo mejor Mateo podría estar adentro, pero no era el caso, aunque eso no evitó que entrara y se sentara en una de las mesas, la más lejana a la caja registradora. Tampoco había mucha gente que pudiera pasar por allí.

Esperó por un momento, revisando su teléfono por algún mensaje o llamada que no hubiese contestado, pero no había nada. Decidió ponerse a garabatear en la aplicación de notas de su celular mientras pasaba el tiempo, aunque no tuvo que esperar mucho.

-¡Hola! -Edgar levantó la cara para encontrarse con Mateo, que se veía apurado-. Perdona, es que mis padres... querían que... hiciera mierdas -dijo jadeando. Parecía haber venido corriendo.

-No pasa nada. -Edgar cerró el teléfono luego de guardar el dibujo, se levantó al ver que Mateo no se acercaba, y este a su vez salió de la tienda-. Entonces... vamos a la plaza, ¿no? -Miró a los lados, esperando ver algún indicio de en dónde podía estar, pero no dio con ninguno.

-Sí, es por aquí. -Mateo siguió caminando como si hubiese pasado de largo la tienda, y en la cuadra siguiente cruzó a la derecha.

Estuvieron en silencio mientras caminaban, durante unos cinco minutos, hasta que ambos llegaron a la plaza más verde que Edgar había visto. De forma cuadrada, estaba rodeada por arbustos y árboles frondosos que proporcionaban sombra suficiente para que un grupo grande pudiera sentarse debajo. En el medio, un obelisco blanco se alzaba rodeado por una fuente que estaba apagada. Seguramente la encenderían en las noches, pero Edgar dudaba seriamente de que fuese así.

El lugar se veía amplio por la cantidad de aceras y caminos, sin contar con las personas caminando y patinando, algunos incluso trotando. Había incluso algunas mesas de ventas informales, casi todas de artesanías y joyería hecha a mano. Edgar a veces quería comprarse algo, solo para apoyar a las personas que hacían lo posible por no robar o algo peor. Tenía un par de pulseras y una muñequera que apenas usaba, pero las compró al ver las caras de hambre que las ofrecían sonriendo. Eso era más fuerte que cualquier otra cosa.

Mateo atravesó unos arbustos, los cuales precedían a un árbol inmenso de hojas oscuras, tras las cuales apenas se filtraba la luz del sol. Tomó asiento, apoyando la espalda en el tronco, y Edgar lo imitó, apoyándose en piedra a su derecha.

A sus padres seguramente les gustaría estar allí, especialmente a Ángela. Era una eterna enamorada de los espacios abiertos, el jardín y las manualidades. Ese había sido uno de los requisitos indispensables que puso al momento de mudarse, una casa amplia y con jardín, o cerca de áreas verdes, y estaba negada a dar su brazo a torcer en cuanto a ello.

-Bueno, soy todo oídos. -Seguramente serían las palabras equivocadas, pero al menos hicieron sonreír a Mateo.

-Pues... A ver, es... es complicado, o sencillo, no sé, de verdad que...

-En serio, no te tienes que preocupar si no has matado a nadie.

-No seas idiota. -Otra risa, menos nerviosa.

-Pero, a ver, sé que a lo mejor no nos conocemos hace mucho tiempo, todavía me pierdo aquí, si te soy honesto -admitió Edgar, buscando romper el hielo-, pero no te voy a obligar a decir nada si no quieres hacerlo, aunque si lo haces tampoco tengo a quién decírselo aunque quiera.

-Lo sé -dijo Mateo antes de suspirar-, es que... es algo que me tiene demasiado confundido. -Ya, suéltalo. Edgar solo lo miró, como alentándolo-. Le he dado la vuelta y no sé si esté en lo correcto, si es verdad o si solo estoy haciéndome ideas.

-¿Importa mucho? -Preguntó él-. No tienes que tener todas las respuestas a los diecisiete años, te lo juro.

-Sé que no, pero creo que a mis padres les va a importar mucho. -Una sonrisa penosa cruzó su cara, antes de que las lágrimas comenzaran a salir-. O a lo mejor no, no lo sé, y quiero saber antes de decirles lo que sea.

-Quieres ahorrarte el mal rato si puedes. -Mateo asintió aunque Edgar no le estaba preguntando.

El muchacho recogió las piernas y pasó las manos por la cabeza, si saber qué decir a continuación. Edgar se movió de donde estaba, sentándose a su lado. Mateo lo miró extrañado antes de que hablara.

-Bueno, solo tienes una forma de saberlo, y no es bonito, no imagino lo que debes estar pensando, pero piensa que cualquiera que sea su reacción será porque te aman. Creo que te lo han demostrado, ¿o no? -Edgar no sabía nada de sus padres, pero para él era natural pensar de esa manera. Suponía que era igual para los demás, salvo contadas excepciones. ¿Y si Mateo es de esos casos? Pensó por un segundo, pero apretó los ojos. Ni lo pienses.

-A ver... -Por su tono, Edgar supo que Mateo hablaría al fin. Se secó las lágrimas antes de hacerlo-. Me gusta Valentina, o me llama la atención, no sé cómo explicarlo. Hay algo de ella que... me gusta, y punto.

-Me parece bien. -Edgar sabía que no era solo eso, pero quería alentarlo a seguir.

-Pero la cosa no es solo eso. -Allí estaba de nuevo esa sonrisa penosa-. Me gusta alguien más, digo, además de Valentina. Ese es el problema.

-¿Y no sabes si esa persona también gusta de ti? -Mateo movió la cabeza a los lados, sopesando sus opciones.

-No lo sé, creo que sí, pero no tengo garantía de nada. O sea, puede que solo seamos amigos y ya.

-¿Y Valentina? ¿Crees que le puedes gustar?

-Puede ser, es más probable. Hemos... Hemos hablado estos últimos días durante los exámenes, y, no sé, pienso que la pasamos bien, o al menos yo la paso bien con ella. Solo hablando, bromeando, y esas cosas.

-Pues creo que deberías irte por lo seguro.

-Sí, sí, es lo más sensato y eso. -Mateo apretó los labios, con los labios fijos siempre en el suelo-. Debería hacerlo, pero no dejo de pensar en... esta otra persona.

-Y no quieres tomar una decisión sin saber qué opinan ambos, ¿es eso?

-Más o menos. -Mateo movió la cabeza de nuevo, frustrado-. No sé si es eso, si me gusta más Valentina, si me gusta más...

-Puedes decirlo -dijo Edgar, al notar el silencio y la duda en la cara de Mateo-, si vine es para escucharte.

-Es Dante. -Su cara se convulsionó cuando lo dijo, deshaciéndose en llanto una vez más-. Me gusta Dante. Más que Valentina, más que cualquier chica, pero veo a Valentina y también quiero conocerla más, acercarme más, pero con Dante... Hemos sido amigos toda la vida. -Mateo lo miró con los ojos llenos de lágrimas-. Nos conocemos desde siempre, me conoce mejor que nadie, nos hemos contado todo, y a veces quisiera que... No sé, quisiera que fuese algo más. No sé qué hacer, esto me está matando. No sé por qué estoy así, por qué dos personas, o si por lo menos fueran dos chicas, o dos chicos, qué se yo, o una sola persona, pero no, tenían que ser una chica preciosa, simpática, y mi mejor amigo, que también... pues, eso.

Ninguno de los dos dijo nada por un momento. Solo los sollozos de Mateo rompían el silencio en la burbuja que los envolvía. Se limpiaba las lágrimas a pesar de que estas no dejaban de caer por sus mejillas.

-A ver, mírame. -Mateo enderezó la columna al escuchar a Edgar, y volteó a verlo. Este se mojó los labios, nervioso. No la cagues-. Te gustan dos personas, perfecto, una chica y un chico, ¿y qué?

-Edgar... Pero...

-No, momento -lo cortó-, ¿eso te cambia en algo? -Mateo negó luego de pensarlo por un momento-. ¿Te hace menos que alguien? -Dudó, pero volvió a negar.

-No -respondió con un hilo de voz.

-¿Crees que eso les daría derecho a alguno de los dos para menospreciarte?

-Podría pasar.

-Podría, sí, claro que podría. -Y seguro va a pasar-. ¿Pero estaría bien si pasa? A eso me refiero.

-Pues no. -Su voz sonaba más firme, apenas con más volumen.

-Entonces no tienes de qué preocuparte.

-Lo dices como si fuese muy fácil. -Mateo rió y él lo imitó.

-Claro, pero para eso estamos los amigos. Tenemos que decir que las cosas serán sencillas y hermosas, y estar allí cuando se vuelvan escabrosas. Así es como funciona esto, o eso creo.

-Lo sé, lo sé. -Mateo sonrió una vez más, todavía limpiándose las lágrimas.

-No me interesa lo que sientas por los demás. Por mí, puedes enamorarte de la coordinadora, es tu problema, son tus gustos, aunque... Bueno, no quiero detalles. -Ambos rieron ante la idea.

-Tranquilo.

-Bueno saberlo. El punto es que no me importa quién te guste, o si es una persona, o dos o tres. Es tu vida, son tus sentimientos, y si es lo que te hace ser feliz, ¿para qué voy a decirte algo al respecto?

-¿De verdad no te importa? -Mateo lo miraba aún con miedo en los ojos-. Pensé que te... No sé, pensé que te incomodaría.

-Igual iba a seguir siendo tu amigo si me decías que estabas enamorado de mí. -Edgar sonrió ante la confesión, y rió al ver que su amigo se ruborizaba.

-Bueno... Por un tiempo, no sé, creo que me gustaste, o algo. -Mateo suspiró-. Por eso no sé qué hacer. ¿Cómo sé que lo de Dante o lo de Valentina no es simplemente... algo pasajero?

-Pues... A ver, cuando creíste que yo te gustaba... -La frase sonaba irreal, pero Edgar siguió adelante de todas maneras-. Cuando eso pasó, ¿cuánto tiempo duró?

-Yo... Em, unos días, no sé, una semana, o dos... -Sus mejillas se encendieron al decirlo, y Edgar intentó mantener la calma.

-Bueno, ¿y por Dante y Valentina? ¿Cuánto tiempo?

-Es... Es más complicado. Valentina, desde el inicio del año, creo, pero con Dante... No tengo idea. De repente no puedo verlo con los mismos ojos, pero no quiero cagarla y perderlo como amigo, nos conocemos desde niños. -Mateo sonrió ante los recuerdos que le traía aquella frase. Edgar lo envidiaba, en parte. No podía decir que tuviese a alguien por quién pensar de esa manera.

-¿Y no tienes sospechas de si él podría sentirse como tú?

-Es más complicado. -Mateo soltó un bufido, estirando las piernas y rascándose las cejas-. A veces tiene gestos, como detalles, regalos, o simplemente es atención, cosas que hace y que son mínimas, nada muy llamativo, o a veces me mira o creo que me mira como yo lo miro a él.

-No es nada seguro.

-Exacto, y no quiero hacer nada, no quiero dañar nada si no puedo tener algo con él, pero ni siquiera sé si quiero algo con él, algo más que una amistad, o sea, la idea no me molesta pero... Mierda. -Edgar no dijo nada por un momento. Una brisa les llegó a ambos-. Estoy vuelto un desastre, ya eso lo sé, pero no sé qué pensar, y no sabía con quién hablar. Es como si te asfixiaras, quieres pedir ayuda y tienes miedo de que en vez de ayudarte alguien venga a terminar de matarte.

-Creo que te entiendo -comenzó Edgar-, digamos que sé lo que se siente querer ir en contra algo y no poder hacerlo por miedo. -Un escalofrío le recorrió la espalda, cortándole las palabras antes de decir nada más-. Pero por lo menos sabiendo que... está allí, que está presente, que existe, ya eso es algo. Aceptarlo es la parte más difícil, pero es un primer paso.

-Si antes parecías una enciclopedia perfecta de autoayuda -dijo Mateo riéndose-, ahora eres un libro mal redactado. -Edgar sonrió también.

-No tienes que saberlo todo a los diecisiete, pendejo.

Ambos se rieron antes de darse cuenta de la hora. Tarde. Muy tarde. Se levantaron, limpiándose la tierra de los pantalones y dispuestos a regresar por el mismo camino.

-Em, Edgar. -Mateo lo llamó antes de cruzar la calle-. Gracias por escucharme, de verdad.

-Para eso estamos los amigos, ¿quieres que me lo tatúe en la cara o ya te lo grabaste?

-Sí, sí, perfecto -respondió, ya más tranquilo-, solo que... Bueno, no esperaba que reaccionaras así, que lo tomaras tan a la ligera, supongo.

-Tampoco te iba a gritar y tirar agua bendita, y cuando quieras hablar, cuando sea, sobre lo que sea, aquí estoy.

-Gracias. -Repitió él. La mirada de Mateo distaba mucho de ser la del manojo de nervios en el que se había convertido minutos atrás-. En serio.

-No pasa nada. -Sin esperar respuesta de su parte, y mandando a la mierda lo que dirían los demás, Edgar lo abrazó con fuerza-. Cuentas conmigo, pase lo que pase, ¿sí?

-Sí, está bien. -Aunque sus brazos temblaban y no tenían fuerza alguna, Mateo le correspondió el gesto, y fue él quien tomó distancias al cabo de un par de segundos-. Bueno, creo que fue mucho drama por hoy.

-Cómo crees.

-Nos vemos mañana entonces en el colegio, ¿te parece?

-Lo mismo le dije a Sylvia, no tengo pensado irme al País de las Maravillas mañana en la mañana.

-¡Mierda, cierto! -Mateo lo miró con los ojos abiertos-. Tu cita con Sylvia. -El corazón de Edgar le dio un vuelco al escuchar aquello. Casi se ahogó con su lengua-. ¿Qué tal?

-De cita nada -dijo con apenas fuerza en la voz-, solo me explicó...

-Uf, mañana me cuentas mejor, y no me interesa lo que te ayudó a estudiar, quiero saber lo demás. -Mateo levantó las cejas varias veces haciendo que Edgar se riera una vez más.

-De verdad, no pasó nada, fue solo eso.

-Mañana -insistió Mateo-, nos vemos. Ambos se despidieron con un gesto de la mano, y se fueron en direcciones opuestas.

Edgar recordaba aún los puntos de referencia que había visto en el camino y por dónde debía pasar para regresar a su casa, pero decidió no colocarse los audífonos por si acaso. Quería enfocarse en el camino para memorizarlo. Era pésimo para aprenderse los nombres de las calles, las avenidas... Pero podía llegar a cualquier lugar solo con puntos de referencia.

Su madre lo saludó al llegar, le preguntó cómo había salido todo. Edgar solo respondió con un Bien, diciéndole que él y Mateo habían estado hablando y conversando sobre muchas cosas.

-¿Mateo? -Edgar asintió, y su madre apretó los ojos, cayendo en cuenta de a quién se refería-. Ah, tu amigo, disculpa.

-Por cierto, me mostró una plaza que les va a gustar mucho a papá y a ti.

-¿Sí? -Su madre lo miró con interés mientras cortaba unos vegetales para dejarlos congelados-. ¿Y eso?

-Es inmensa, llena de áreas verdes, y todo está bien cuidado. Es bonita.

-Podemos pasar por allí un día de estos. Por cierto, en un rato tengo lista la cena, no te vayas a dormir.

-Ajá.

Edgar fue directo a su cuarto, ya sin nada más que hacer aparte de mirar las paredes. Puso música, pero a bajo volumen, recordando que su padre aún se sentía mal. No estaba preocupado, aunque se preguntaba qué podría tener. Su padre tenía un cuerpo sano, y aunque podía caerse por un día o dos, se levantaba como si nada luego de eso.

Se acordó entonces su cuaderno, y cómo lo estuvo buscando como loco horas atrás. Quizá lo había dejado en el baño, pensando que a lo mejor había estado lo suficientemente distraído, aunque era una estupidez. Salió de allí a los pocos minutos, cada vez más frustrado, y se dejó caer en la cama sin dejar de pensar.

Ángela lo llamó a los pocos minutos y los tres cenaron sin hablar mucho. Roger le preguntó esto y aquello sobre las clases, los exámenes, sus notas, preguntas a las que Edgar respondía sin mucho interés. Su padre tenía los ojos enrojecidos por lo que parecía ser una gripe.

-Amor -lo llamó Ángela cuando este se levantó de primero, llevándose su plato y sus cubiertos-, en la cocina hay un té de canela y limón. Tómate una taza ahora que está caliente.

-Sabroso. -Su padre odiaba el limón, o al menos el sabor por sí solo.

-Si fuese un pie de limón no te quejas.

-Mamá, nadie se queja de un pie de limón -intervino Edgar.

-Tú no ayudes. -Su madre le dio un ligero golpe con la palma de la mano en el hombro cuando se levantó ella también-. Y ya que estás de buen humor, deberías tomarte uno tú también, por si acaso.

-¿Qué?

-Aja. Ya caí yo en cama, ahora tu padre, no vamos a esperar a que caigas tú también. Te tomas una taza, si quieres le agregas miel y te acuestas.

-Y con miel, de paso.

-Si le echas azúcar...

-Sí, ajá, le matas todas las propiedades -completó Edgar al levantarse.

Ángela se quedó esperando a que cada uno se bebiera al menos un trago. Al mal paso darle prisa, pensó Edgar cuando su padre se sirvió la suya. Hizo lo mismo y, como si se hubiesen puesto de acuerdo, se la tomaron al mismo tiempo de un solo trago.

-Un día de estos me voy a ir de vacaciones y quiero ver qué van a hacer. -Su madre rió mientras lavaba todo.

-Tú preocúpate de tus vacaciones y nosotros de la casa -contestó Edgar,

-Estuvo bueno, amor. -Su padre colocó ambas tazas en el lavaplatos-. Pero no lo hagas tan seguido.

-Pero estuvo bueno -repitió Edgar.

-Fuera de aquí, los dos.

Cada quien se fue a su habitación para lavarse y cambiarse de ropa. Edgar intentó no pensar en su cuaderno, repitiendo mentalmente que ya aparecería, y se distrajo viendo videos por internet. Fue a la cocina por un vaso de agua antes de dormir, le dio las buenas noches a su madre y luego a su padre, que ya se había acostado, antes de regresar a su cuarto.

Después de todo lo que había pasado en el día, Edgar se dejó caer en la cama apenas la vio. Se arropó hasta la cabeza, cerró los ojos y durmió como una piedra. No hubo sueños esa noche, ni pesadillas, ni imágenes, ni nada. Solo una oscuridad en calma, un vacío en el que no existía nada, salvo la mente de Edgar. Se sentía en paz. Esa zona muerta era un bálsamo para sus nervios en la cual se perdió gustoso por tanto tiempo como pudo. Hasta que la alarma del teléfono lo despertó.

Parecía que apenas había descansado cuando abrió los ojos. Maldiciendo entre dientes y tapándose con la almohada, Edgar se removió inquieto en la cama, apretando los ojos como si así pudiera volver al lugar en donde estaba. En días como ese se preguntaba por qué les dijo a sus padres que quería dormir justo allí.

Esa vez, al ver que su padre se sentía mucho mejor, se fue con él en el carro, ignorando los comentarios de su madre y las respuestas de Roger. Salió de la casa con una sonrisa en el rostro, mucho más seguro del examen que tendría que presentar.

De todas maneras... Revisó el horario, antes de siquiera atreverse a pensarlo, tengo tiempo. Puedo repasar en el primer receso. Ahora, faltaba que el examen fuese después, pues entraban a la primera hora antes de salir. Se dijo mentalmente que sería lo más lógico. Cualquier persona sacaría un cuaderno para repasar durante el receso, así que se quedó tranquilo y apretó los dientes para no pensar en otra cosa.

Buscó cualquier cara familiar cuando llegó hasta dar con Sylvia. Cuando se le acercó, Edgar notó que su cabello lucía diferente, sin entender la razón. Estaba lacio, largo, suelto... Hasta que estuvo cerca y el olor a rosas lo embriagó de nuevo.

-Hola -lo saludó con una sonrisa-, ¿todo bien para hoy?

-Buenos días... Sí, creo. Voy a repasar en el receso, por si acaso. -Sylvia asintió al escucharlo.

-Te acompaño si quieres.

-Claro. -Cuando Edgar volteó la cara y vio la mirada divertida que le dirigía Víctor, un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Qué pasa? Apretó los labios y desvió la mirada.

-¿Pasa algo? -Preguntó Sylvia, volteándose para dar con la razón del cambio en Edgar, hasta ver al muchacho, sentado justo al lado de Cristina-. No me digas que...

-No -la cortó-, solo me estaba mirando, eso es todo. -¿Por qué tenía que ser tan nervioso? Se odiaba por ello, aunque conocía la respuesta. Los ojos de Víctor eran iguales a los de Sebastián. Antes de estremecerse otra vez, Edgar se alejó y fue caminando al salón.

-Edgar -lo llamó Sylvia, pero sus pies se movían solos-, hey, espera. -Lo tomó del hombro y lo forzó a detenerse-. ¿Qué te pasa? -Sus ojos se veían preocupados, pero algo cambió en ellos en el último segundo-. Sé que no tengo derecho a saber, no fui muy... Fui una perra hace unos días, pero sabes que...

-No, tranquila. -Edgar movió las manos para restarle importancia al asunto, deseoso de terminar la discusión. Le incomodaba que Sylvia asumiera el papel de la culpable cuando era él el que provocaba esa reacción--. Solo me miró, sonrió, y ya. -Ignoró la picazón en sus rodillas. Allí no hay nada no hay nada no hay nada.

-Bueno, pero si quieres hablar...

-Lo sé -la cortó de nuevo, odiándose por ello al ver cómo apretaba los labios. Desvió la mirada-. Lo siento.

-No pasa nada -respondió ella con un hilo de voz.

Ninguno dijo nada hasta que entraron al salón y tomaron sus lugares en frente de Mateo y Dante, quienes hablaban animadamente de un videojuego que Mateo acababa de comprar.

-En serio que es mejor que el otro -insistía el asiático.

-¿Cuándo lo probamos? -Dante lo miraba divertido. Parecía que discutía algo obvio con un niño pequeño-. Siempre dices eso y es solo porque ahora tiene más personajes.

-Ese es el punto, estúpido. -Mateo abrió ambas manos como si dijera algo obvio-. Buenos días, gente -dijo cuando llegaron Edgar y Sylvia.

-Buenos días -saludó la muchacha, tomando asiento.

-Pregunta. -Los miró a ambos-. ¿Quién de ustedes juega Naruto?

-Me hablas en chino -respondió Sylvia, levantando los hombros.

-Igual conmigo, aunque juego a veces.

-Estoy rodeado de ignorantes y de ineptos. -Mateo miró a Dante cuando puso el énfasis en la última palabra, y este le sacó ambos dedos medios en respuesta-. Hay una dama presente.

-Y la dama les va a arrancar los ojos si siguen.

El salón se había llenado para entonces y el profesor de inglés estaba por pasar la lista de asistencia. Edgar y Sylvia se voltearon para sacar los cuadernos, todavía sin hablar ente ellos. Edgar repitió mentalmente los trabalenguas que se debía de haber aprendido, leyéndolos varias veces en su cuaderno antes de que el profesor pronunciara su nombre. Tenía tiempo, pues el profesor decidió empezar por los que tenían las notas más bajas.

Tanto Mateo como Sylvia lo hicieron bien, aunque Dante, al momento de pasar, tuvo que tomar aire varias veces para poder decirlos correctamente. Hablar en público era su punto débil. Cuando Edgar pasó al frente, fijó los ojos en la esquina más lejana del salón, y paseó los ojos de una a la otra mientras recitaba los tres trabalenguas.

-Three witches watch three Swatch watches. Which witch watches which Swatch Watch? -Tragó grueso antes de seguir- How many cookies can a good cook cook if a good cook could cook cookies? A good cook would cook as much cookies as good cook who could cook cookies. -Sonrió nervioso cuando vio los ojos abiertos de sus tres amigos. Miró al suelo, controlando la risa, antes de decir el tercero y último-. Peter Piper picked a peck of pickled peppers. A peck of pickled pepper Peter Piper picked. If Peter Piper picked a peck of pickled peppers, where's the peck of pickled peppers Peter Piper picked?

-Perfecto como siempre, Edgar -lo felicitó el profesor.

-Ya nos dejaste en pena -dijo Mateo cuando terminó, haciéndolo reír más que antes-, ¿feliz?

-Mateo. -Aunque el profesor Néstor intentó sonar serio, una sonrisa se le escapó también al momento de hablar.

-Te lo juro que tiene una segunda legua escondida -le dijo Mateo a Dante. Su voz se escuchó sin problemas por el silencio que había.

-Mateo, segunda vez. -Ante la advertencia, este levantó las manos y guardó silencio.

Edgar ignoró las miradas. Ya estaba más o menos acostumbrado desde el inicio del bachillerato.

-¿Cómo te aprendiste eso? -Le preguntó Sylvia cuando se sentó nuevamente en su puesto. Edgar la miró entre avergonzado y orgulloso.

-Soy bueno en ello.

-Esrí switches suáches... -Ambos reprimieron una risa al escuchar a la chica que seguía. Valentina. Edgar se sintió mal por ella. También por Mateo, aunque no entendía por qué.

-Muy bueno -recalcó Mateo.

-Me doy cuenta. -Sylvia lo miraba de una manera que Edgar no entendió, a pesar de que le sonreía.

Algo se removió adentro de él, algo que desconocía pero que, extrañamente, no le molestaba en lo más mínimo. Le gustaba cómo su corazón comenzaba a latir.

-Clood kook wood... How many woods... -Un gemido de frustración rompió el hechizo, haciéndolos reír a los cuatro, junto con el resto del salón.

Edgar mantuvo la calma cuando vio entrar a la profesora de matemáticas. No pasa nada, no pasa nada, no pasa nada, nopasanadanopasanada. Se lo decía mentalmente, igual que siempre hacía cuando presentaba ese examen desde que entró al bachillerato.

La primera vez había perdido el examen, en el primer año de bachillerato, y se prometió nunca más pasar por eso. Cuando fue momento de presentarlo en el segundo lapso, el mantra apareció en su mente, convirtiéndose en una droga que nunca le fallaba para controlar los nervios. No había razón para creer lo contrario, pero Edgar de todas maneras siguió con el ritual y dejó que la frase se repitiera en su mente tanto como hiciera falta.

-Buen día -saludó la profesora Karin-, espero que hayan estudiado y estén preparados. -Se escucharon varios tipos de comentarios, algunos no muy agradables al oído-. Guarden todo, saquen solo lápiz, papel y sacapuntas. -Sus piernas temblaron al escucharla.

-¿Qué? -Preguntaron Dante y él a la vez, aunque el pelirrojo usó más volumen que el primero.

-Empieza el examen, Ferrer. -La profesora lo miró enarcando una ceja-. Tienen hasta que suene el timbre del receso. Sugiero que aprovechen el tiempo. -Sin darles oportunidad de protestar, la profesora repartió los exámenes entre los estudiantes-. Si digo su nombre, pueden salir. -Anunció ella. Edgar dejó caer su cabeza, sabiendo que no estaría entre los afortunados esta vez-. Sylvia Lobos... -Edgar dejó de escuchar los nombres siguientes al confirmar que ella no estaría allí. Le dirigió una sonrisa penosa mientras ella articulaba Tranquilo, tú puedes con los labios, saliendo junto con Dante-. Y Valentina Faría. -Más de uno levantó la cabeza sorprendido al escuchar el nombre de la chica, quien ya se precipitaba lejos de las miradas y salía casi corriendo del salón-. No quiero ni una sola voz, ningún sonido que no sea el de sus lápices escribiendo.

Sin presión, claro.

Aplicando las palabras de su madre y recordando las lecciones de Dante y de Sylvia, Edgar empezó por las operaciones más sencillas, verificando hasta el más mínimo detalle. Reconoció cada una de las fórmulas, aunque los signos y los números se mezclaban en su cabeza uno con el otro, volviéndose una sopa confusa en la que, por instantes, no lograba entender nada.

Tú puedes. La voz de Sylvia hizo acto de presencia en su cabeza. No le importó que fuese surreal, que no tuviera sentido. Por primera vez en mucho tiempo, Edgar sonrió ante las alucinaciones que creaba su cerebro.

Había pasado mucho tiempo considerando su mente como su peor enemigo, pero solo por una vez esta jugaba a su favor, usando justo lo que necesitaba para desenredar sus neuronas. Tomando aire y viendo nuevamente la hoja que tenía en sus manos, Edgar retomó las operaciones, recordando, escribiendo, revisando y corrigiendo.

-Quince minutos -anunció la profesora.

No me da chance. Edgar sacudió la cabeza en el acto. No era momento de dudar o de sabotearse. Sus dedos temblaron por un momento antes de hacerlos reaccionar. Se apuró en revisar la hoja. Le quedaban dos operaciones aún, así que fue por la sencilla.

-Cinco minutos.

Maldición, maldición. Parecía que lo hiciera a propósito. Apretando los dedos y agilizando la mano, Edgar escribió los últimos números, contuvo el aliento antes de terminar, señaló el resultado y le tendió la hoja a la profesora, respirando una vez más. El alma le volvió al cuerpo. Esta la tomó y le dio la vuelta, colocándola con los demás exámenes terminados.

Le faltaba un ejercicio, pero era el de menos puntaje, y uno que hubiese dejado incompleto incluso si lo hubiese empezado. Se repitió que había hecho lo mejor que podía, que debería sacar una buena nota, con tal de calmarse.

El timbre sonó cuando solo quedaba un examen. El compañero que quedaba, cuyo nombre Edgar no recordó en ese momento, saltó de su puesto y corrió a entregarle el examen a la profesora Karin, pero esta se negó rotundamente. Los demás salían en estampida.

-Les dije claramente que tenían hasta el receso -sentenció ella, saliendo del salón antes que cualquiera de los estudiantes.

-Está loca -le dijo Mateo cuando estaba lo suficientemente lejos, tomando su morral y levantándose de donde estaba.

-Creo que se toma las cosas muy en serio. -Edgar lo siguió, tropezando con el escritorio en el camino, pero no llegaría muy lejos luego de salir. No lo paralizó lo que vio, sino lo que escuchó.

(Aquí deberían escuchar la canción ^^)

-Que caiga la lluvia y que caigan las rocas -leía la voz sobreactuada de Víctor ante un círculo de personas-, Que caiga el destello y se rompa el reflejo. -El estómago de Edgar se revolvió-. Sepultado en vida, alimento de moscas, sepultado en olvido, recuerdo maltrecho.

-Qué -murmuró, apenas con voz, los pies pegados al suelo. La voz de Mateo se escuchaba demasiado distante en ese momento.

-Ay, Edgar. -Lo llamó el muchacho-. No sabía que tenías este talento. -Las imágenes se desdibujaban a su alrededor. Solo veía su cuaderno en manos de Víctor. ¿Qué?-. Aquí hay otro. -Un coro de risas acompañó a Víctor mientras se aclaraba la garganta. Fácilmente podía ser un grupo de diez personas, y estaba creciendo-. No puedo decir si esto es sueño o realidad, No sé si es mentira o si es verdad. No sé qué fue o lo que será, Si quedarme dormido o despertar. Ay, pobrecito.

-Edgar, Edgar. -Mateo lo tomó del hombro-. ¿Qué pasa? ¿Eso lo escribiste tú?

-Shakespeare vive -gritó Víctor, alzando el cuaderno de Edgar en ambas manos-, ahora tiene el pelo negro y escribe poemas en cuadernos pintados con mierda. -Sus labios temblaban al igual que sus ojos, sin saber qué hacer o cómo reaccionar-. Ay, creo que es mucho para él. -Sus manos se convirtieron en puños, sus ojos bajaron al suelo-. ¿Vas a llorar, marica? -La burla se clavó en su pecho como un puñal-. Quédate con tus demonios, tus tumbas y tus muertos, entonces.

Edgar apenas pudo contener el grito cuando Víctor abrió su cuaderno en el aire, lo rompió por el lomo y se lo lanzó a la cara, haciendo una teatral seña de la cruz.

-¡Que en paz descanse! -Gritó Cristina, quien le apuntaba con un teléfono. Grabando. Estaba grabando.

Fue la gota que derramó el vaso.

Edgar salió corriendo sin pensar en nada, sintiendo que el estómago le daba vueltas. Tenía que largarse, tenía que irse, a donde fuera. Tenía que morirse de una vez. Entró al baño antes de pensarlo, chocando con un chico de la otra sección que lo miró como si tuviera cinco ojos.

Entró a una caceta y vomitó todo lo que tenía en el estómago.

Su cuerpo entero temblaba y sus ojos le ardían. Nunca había llorado tanto. Un sudor frío lo cubrió de pies a cabeza mientras su garganta regresaba la comida. Se abrazó las piernas con ambos brazos, sin dejar de temblar y llorar, cuando quedó vacío.

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Por quéporquéporquéporqUÉPORQUÉPORQUÉ.

Su mente se quebró y estampó la cabeza contra la pared.

-¡Edgar! -Dante aporreó la puerta de la caceta al escucharlo.

-¡LÁRGATE! -Edgar se apretó la cabeza con ambas manos.

Idiota. Maldito idiota. Maldita sea. Estúpido. La cagaste. Y bien cagada. Bravo. Estúpido. Estúpido. Estúpido. Maldita sea. Estúpido. Sin importar cuán fuerte se apretara la cabeza con las manos, las palabras no dejaban de sonar. No lograba callarlas, y el dolor no ayudara. Esta vez no ayudaba. No ayudaba. ¿Por qué no ayuda? Siempre ayudaba. Siempre ayu...

Le faltaba el aire, le dolía todo el cuerpo, su cabeza estaba por explotar. Su primera reacción al ver que Dante entraba por el espacio que quedaba debajo de la puerta fue patearlo, haciendo que este se golpeara con la puerta. Un grito escapó de ambos, uno de dolor y otro de terror.

-Fuera -dijo entre lágrimas, mientras Dante se retorcía-, fuera fuera fuera fuera fuera fuera fuera fuera fuerafueraQUE TE LARGUES -gritó perdiendo los estribos.

Se ahogó con sus propias lágrimas y pensó que iba a vomitar de nuevo. Sus brazos se retorcían como víboras sedientas de sangre. Casi podía sentir las lenguas salir por debajo de sus uñas. Maldita sea, necesitaba...

-Edgar. -Una voz hizo que todo se detuviera de repente. No gritaba, no chillaba, pero la seriedad gélida que transmitía lo congeló en donde estaba-. Abre la maldita puerta o te juro que la voy a partir.

-Déjenme solo. -Se apretó la cabeza entre las manos. Dante ya no estaba en donde lo había visto. ¿A dónde se había ido?

-Edgar, abre la puerta. -Por primera vez, Edgar tenía miedo de Sylvia. No quería que le hiciera daño. Ya no quería que le hicieran daño.

-Quiero estar solo. -Era mejor estar solo. Siempre había estado solo, y había estado bien. Solo quería que lo dejaran en paz, pero nadie le hacía caso. Nunca lo escuchaban. ¿Por qué no lo escuchaban? Sus manos tocaron su garganta cuando tosió.

-Aquí me voy a quedar hasta que salgas. -Se pasó las manos por la cara al ver pasar por el frente de la puerta sus zapatos negros y medias a rayas. Sylvia se sentó justo en frente-. De aquí no me saca nadie.

-Sylvia, déjame solo. -Apenas podía hablar, pero se negaba a que Sylvia lo viera así como estaba. La cabeza le iba a explotar en cualquier momento. Se estaba asfixiando allí, pero también tenía frío. ¿Por qué no lo dejaban solo? Quería estar solo. Quería estar solo. Siempre estaba solo. ¿Por qué no lo dejaban solo, igual que siempre?

-Que no, y si suena el timbre y no sales voy a partir esa mierda. -Su cuerpo no dejaba de temblar.

-Sylvia... -Un ataque de llanto y tos lo obligó a callar.

De repente todo estaba oscuro. Le costaba ver, le costaba respirar. Había demasiado calor. Se estaba derritiendo allí. Sus ojos ardían. Su corazón... Maldita sea. Dolía. Le dolía demasiado. ¿Por qué le dolía tanto? Quería romperse las costillas.

Era demasiado.

Quería su afeitadora, una navaja, un cuchillo, un tenedor. Un bolígrafo sería suficiente. Se revisó los bolsillos pero no tenía nada. Maldita sea maldita sea maldita sea. Necesitaba respirar. Se estaba ahogando allí en donde estaba y quería respirar. Los pulmones le pedían oxígeno a gritos. Y la cabeza le dolía. Y el corazón le dolía.

-¡Edgar!

Todo se congeló tras el grito y el golpe en la puerta. Se hizo silencio, dulce silencio. Dulce paz. Edgar miraba la puerta con los ojos abiertos. Debajo, justo en frente, estaban unos zapatos negros. Le gustaban los zapatos negros. Miró hacia arriba, al techo blanco. Blanco, tan blanco. Paz. Blanco. Quería paz. Quería paz.

-Edgar, por favor, abre la puerta.

Las lágrimas salían sin control. Salir. Necesitaba respirarsalir. Se estaba ahogandosalir. Se ahogaba. Respirar. Aire. Salir. Salir. Quería salir. Pero le daba miedo. Miedo. Miedo a salir. Pero tenía que salir.

-Edgar. -Algo cambió en la voz de Sylvia-. Abre.

Arrastrándose por el piso, sintiéndose peor que nunca, latido, Edgar fue hasta la puerta, latido, levantó los brazos y quitó el seguro. Latido. Su mano temblorosa empujó, sintiendo cada latido a medida que las bisagras chillaban.

Alguien lo abrazó. Olor a rosas. Cerró los ojos. Lloró.

De repente estaba en un jardín nocturno. La luna brillaba en el cielo.

Inhaló.

Hondo.

Exhaló.

Las lágrimas seguían saliendo, pero nada importaba. Los brazos de Sylvia mantenían las partes que se habían roto en su sitio. Su perfume aquietaba los pensamientos. Las manos parecían sostenerlo como dos pilares.

Inhaló.

Hondo.

Exhaló.

Allí era en donde debía estar. Justo allí, en ese momento, en ese preciso momento. Se sentía tan viene estar con ella, simplemente respirar, y cerrar los ojos. Y ya. Estaba en un campo de rosas, un valle infinito.

Sus músculos dejaron de temblar poco a poco.

-No estás solo, ¿sí? -Edgar asintió al escuchar su voz. Suave-. No importa lo que pasó antes, pero no estás solo, no volverás a estar solo, y no me pidas que te deje solo porque no lo voy a hacer. - Edgar asintió de nuevo, como si fuera un niño pequeño.

Los brazos de Sylvia lo apretaron más contra ella. Eso era lo que quería escuchar desde hace mucho tiempo. Lo que necesitaba escuchar.

***

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