Capítulo 7
-¿Por qué no nos dijiste nada? -Preguntó su madre-. Si esto se está repitiendo teníamos que saberlo, Edgar.
-Él no es más que tú, no es mejor ni más fuerte. -Su padre lo miraba desesperado. Edgar no sabía si era rabia hacia él o a hacia Víctor-. No te falta nada para defenderte o para hablar.
-Ya sé. -Era todo lo que había dicho desde que lo abordaron, antes de siquiera almorzar.
-¡¿Y por qué no hablaste?! -El grito de su padre lo hizo temblar, y Edgar se odió por ello.
-No sé, no sé. -Cada vez le costaba más contener las lágrimas.
-Edgar, mírame. -A diferencia de su padre, su madre aún mantenía la calma, pero también se veía molesta-. Este muchacho, Víctor, ¿te hizo algo? -Edgar negó con la cabeza-. ¿Ha querido hacer algo?
-No, no, no ha hecho nada -tartamudeó. Se estremeció cuando entendió a qué se refería su mamá.
-Le voy a partir la cara si...
-Roger -lo cortó su madre sin quitarle los ojos de encima a Edgar-, a mí también me molesta, pero gritando no vas a lograr nada. -En respuesta, su padre salió de la casa. Ángela apretó los ojos cuando escuchó el portazo. Soltó el aire antes de volver a hablar-. Tu papá está igual de preocupado que yo. -Edgar asintió ante la explicación-. Pero ya sabes que él no sabe manejar estas cosas. -Asintió de nuevo-. Ahora, quiero que me digas la verdad. ¿Víctor te amenazó con hacer algo si decías algo?
-No. -Tomó todo su autocontrol para hablar sin que le temblara la voz.
-Bien, vamos a dejar esto hasta aquí. -Escuchar eso fue como una cascada de calma-. Ve a la mesa, vamos a comer, y aquí no ha pasado nada, pero si esto se repite, Edgar, quiero que nos lo digas.
-Okay.
Ángela salió a buscar a su esposo mientras que Edgar iba a la mesa. Detestaba ese tipo de situaciones en las que, después de que explotaba la bomba, debía esperar a que las cosas retomaran su curso natural. Esa vez no sería la excepción. Cuando estuvieron los tres sentados, Edgar tuvo que apurar varios bocados para terminar pronto. Era demasiado incómodo estar con sus padres cuando ambos estaban así de callados, además de que sentía que los había defraudado.
Una vez que estuvo en su habitación, tomó su cuaderno y dejó que su mano hiciera lo que le diera la gana. La dejó libre, desencadenada, que bailara como su cuerpo no podía hacer en ese momento, hasta que ya no pudo moverse más.
Deja que pasen los minutos, los segundos, las horas.
Deja que te devoren con cada día que estás a solas.
Un escarabajo de oro te aguarda al final del camino,
Quizá sea la respuesta de cada martirio.
Déjate caer para volverte a formar.
Déjate romper para volverte a armar.
Vuélvete capa, espada y leyenda.
Vuélvete escudo, lanza y centella.
Alza las velas, debes zarpar.
Mil mares esperan que decidas viajar.
Rompe la rueda a la que atado estás,
Vuelve al volverte de bardos cantar.
Me gusta, se dijo al leerlo. Tenía una estética de aventura, una estructura un tanto errática, quizá demasiado experimental, pero sonaba bien cuando lo leía, y se aseguró de hacerlo varias veces para dar con una versión que le gustara. Lo motivaba a hacer lo que decía el poema, a zarpar, a alzar las velas y vivir su propia aventura.
Ahora con la mente clara y el corazón en calma, Edgar guardó el cuaderno en la misma gaveta para empezar con los trabajos que tenía, además de prepararse para el examen final de matemáticas. No era lo suficientemente cara dura como para pedirle ayuda a Sylvia así como se sentía, así que tendría que estudiar por su cuenta.
¿Quién dijo miedo? Claro, quién. Sonriendo ante la mala broma, Edgar se levantó de la cama y tomó su morral, sacando el cuaderno de matemáticas.
Algo se cayó de sus páginas, y aunque no reparó en eso en un primer momento, sí que lo hizo cuando se acomodaba. Se inclinó a recogerlo, preguntándose qué era. Parecía ser un pedazo de hoja de cuaderno, con algo escrito con tinta. Marcador, bolígrafo... No importó cuando leyó la única palabra que contenía el papel luego de desdoblarlo.
Marica
El insulto se repitió en su cabeza mientras su corazón se aceleraba. ¿De dónde había salido eso? Con la ansiedad creciendo en su interior, Edgar abrió el cuaderno y lo agitó en el aire, dejando que sus páginas colgaran del lomo, sin saber si quería que algo más saliera de ellas o no.
Respiró en paz cuando nada más bajó, pero recordó los demás. En segundos, tenía todos sus cuadernos repartidos por la cama, y los revisó uno tras otro, preguntándose si Víctor había puesto algo más en cualquiera de ellos. No fue el caso, pero de todas maneras revisó también los libros, los bolsillos internos de su morral, inspeccionando cada rincón tres veces para convencerse de que todo estaba en orden.
Edgar miró ese desorden sin saber qué más hacer. Sus ojos seguían fijos en el papel. Era como si brillara en medio de todo lo demás, como si destacara.
Y vaya que lo hacía.
Ese eco escrito lo seguía constantemente, una palabra que no lo dejaba descansar. Una palabra que escuchó tiempo atrás, cuando su mundo se vino abajo. Su corazón volvió a latir entonces, acelerándose más y más. Edgar miró hacia la puerta. Alguien podía entrar, ver todo eso, y no sabría qué decir.
Sin pensarlo dos veces, tomó el papel y lo tiró por el inodoro. Se dio cuenta cuando salió de que le temblaban las manos y los pies le sudaban frío. Le faltaba el aire, así que se lavó la cara antes de salir del cuarto. Necesitaba tomar aire, agua, caminar, hacer algo. Corría el riesgo de asfixiarse si no salía de allí.
El ambiente en la sala no se sentía más ligero, ¿y cómo? Edgar se maldijo por no recordar hasta que fue demasiado tarde. Sus padres estaban viendo un programa que no se molestó en identificar, aunque parecía un reality show de esos que les gustaban de cazadores en las montañas.
Intentó varias veces acompañarlos y entender al menos lo que veían de atractivo en esos programas, pero él era inmune al hechizo, si es que lo había. Fue directo a la cocina antes de que nadie le dijera nada, aunque la voz de su madre lo alcanzó de todas formas.
-¿No te has cambiado el uniforme? -Preguntó desde el sofá gris de la sala.
En efecto. Edgar reparó en que solo se había quitado la correa y los zapatos, pero seguía con la chemise marrón, el pantalón azul marino y las medias a rayas blancas y negras. Se le había olvidado por completo.
-Voy a eso, se me pasó.
La ausencia de respuesta le inquietó más de lo que debería, así que se bebió dos vasos de agua, sin casi respirar entre el primero y el segundo, antes de regresar a su cuarto. Miró a los lados, sintiendo que estaba fuera de lugar. Sus cuadernos y lápices parecían haber invadido su cama. Negó con la cabeza y entró a la ducha, bañándose a toda velocidad para salir de allí.
Tomó una de las pocas franelas blancas que tenía, una chaqueta negra, sacó sus jeans oscuros, unas botas negras y medias azul marino. Cuando estuvo vestido, verificó que su teléfono tuviera suficiente carga, tomó sus audífonos, sus llaves y respiró hondo.
-Voy a salir a caminar un rato -dijo al llegar a la sala.
-Edgar. -La voz de su madre lo frenó. Se dio cuenta de que, afortunadamente, Roger no estaba cuando se dio la vuelta-. Cariño, ¿pasa algo?
-No. -Su cara formó una mueca que se suponía debería de haber sido una expresión confusa-. Nada, solo voy a caminar.
-Edgar -presionó Ángela, levantándose de donde estaba sentada.
-Mamá, solo voy a caminar. -La sonrisa nerviosa que le dirigió fue más convincente. Ella no le despegó la vista por un momento, así que prefirió volver a hablar, solo para llenar el silencio incómodo y evitar estar allí cuando saliera su padre-. Fuiste tú quién dijo que estaba pasando mucho tiempo encerrado. -Levantó ambas manos, como si estuviera diciendo una broma.
-Claro. -La expresión derrotada de su madre lo tranquilizó. Fue un sentimiento agridulce.
-No me tardo, solo quiero salir un rato.
-Tienes tu teléfono, ¿verdad? -Su madre se sentó luego de suspirar.
-Sí, la batería está completa.
-Okay, me llamas en todo caso. No te tardes que estás en la semana de exámenes.
-Sí, sí, lo sé.
Edgar se sintió mejor una vez fuera. No solía salir pero, en momentos como ese, el mundo exterior se volvía una necesidad en vez de su enemigo. Suspiró aliviado y comenzó a caminar sin rumbo por la acera.
A veces era confuso estar afuera, lejos de la seguridad y comodidad de su cuarto. El mundo exterior parecía ser justo eso, otro mundo, un planeta alienígena del que casi no sabía nada, mientras que su casa, y su cuarto en especial, era una zona segura. Si afuera era un caos, adentro era paz. Si afuera reinaba el desastre, adentro lo hacía el silencio.
Sin embargo, de vez en cuando el silencio se volvía opresivo, las paredes parecían querer aplastarlo, sepultarlo debajo del cemento. El techo parecía descender sobre su cabeza. Algo estaba mal en su mente, Edgar lo sabía, solo que no sabía qué.
Las reglas se invertían en esas ocasiones, provocándole un dolor de cabeza que ni las pastillas le quitaban. Entonces era mejor ir con la corriente, ser uno más del montón. Edgar había aprendido a confiar en su cuerpo cuando este le decía qué estaba bien o mal, qué servía y qué no, incluso cuando las palabras le fallaran o su cabeza le dijera algo distinto. La vida no venía con instrucciones, así que solo se dejaba llevar.
Mantuvo la cabeza en blanco por un buen rato, hasta llegar a una tienda que estaba en toda la intersección de una calle con una avenida. A pesar del clima, varios carros llenaban las calles y parecía haber un embotellamiento en algún punto más adelante de donde él estaba.
Algo llamó su atención al acercarse. Le sorprendió ver a Valentina, la muchacha de su clase, hablando con Mateo. Ambos estaban frente a la tienda conversando de algo, y la chica parecía estar preocupada, mientras que Mateo intentaba calmarla.
Cuando estuvo más cerca, luego de cruzar la calle, Valentina se alejó luego de ver que Edgar venía en su dirección. Por sus gestos, asumió que se despedía con prisas antes de irse a la derecha, a donde se veía que había una zona residencial poblada de villas y edificios con apartamentos.
-¡Hola! -Lo saludó con una sonrisa. Edgar sonrió con debilidad, todavía extrañado, y más le extrañó cuando Mateo lo abrazó. Este le devolvió el gesto tan pronto como pudo para evitar que se notara su incomodidad-. ¿Qué haces por acá? -El contacto fue mínimo, no duró más de un segundo, pero le perturbó de todas formas.
-Salí a caminar un rato -dijo encogiendo los hombros, guardando las manos en los bolsillos de la chaqueta-, necesitaba aire fresco.
-¿Vives cerca? -Mateo miró a los lados, como buscando alguna casa que pudiera ser la de Edgar.
-Hacia atrás. -Le señaló con el dedo a sus espaldas-. A veces voy caminando a clases, o voy de regreso, si el clima está así.
-¿Deprimente y gris? -Preguntó con una sonrisa. Los ojos rasgados de Mateo se veían más pequeños de lo normal cuando sonreía, dándole un aspecto de caricatura.
-Lluvioso -lo corrigió Edgar, entrando a la tienda-, ¿y tú? ¿También vives cerca?
-No tanto. -Mateo lo siguió, aunque ya tenía una bolsa plástica en las manos con lo que parecían ser unas revistas-. Vengo de la casa de Dante.
La tienda era más pequeña de lo que esperaba. Tenía algunos dulces en venta junto con un mostrador en donde había revistas, útiles escolares y calcomanías para niños. Se palpó los bolsillos, seguro de que había llevado efectivo en caso de querer algo, y el azúcar siempre era prioridad.
-¿También estudiando? -Edgar fingió revisar unas revistas para no ser tan obvio. Motos, bikinis, jardinería, manualidades caseras, chismes, horóscopos... Originalidad ante todo. Al menos eso no había cambiado. Los quioscos seguían siendo un asco en cuanto a lectura.
-Más o menos, pero más hablando y eso.
-Ah. -Se volteó para verlo de frente antes de preguntar-. Hey, tengo ganas de un chocolate, ¿y tú? Yo pago. -No sabía cómo se tomaría Mateo la oferta, pero no iba a comer él solo. Una sonrisa honesta se dibujó en la cara de su amigo.
-Gracias, pero acabo de comprar uno. -Le mostró la bolsa como prueba. En medio de las revistas se veía que había unas barras, aunque el plástico oscuro apenas dejaba ver algo-. Me lo debes para la próxima.
-Bueno -dijo él sonriendo.
-Igual ya me iba, nos vemos luego.
-Claro.
El abrazo de despedida no descolocó a Edgar tanto como el primero porque era de esperarse. Ahora que estaba solo reparó en que solo había dos personas en la tienda, dos mujeres, cuchicheando en una esquina al lado de una máquina de refrescos. Dio un vistazo rápido al mostrador hasta dar con unas galletas de limón. Aunque recordaba las que quedaban en la nevera, junto con las que seguramente estaban vueltas migajas en su morral, o encima de su cama, ya no estaba seguro, decidió llevarse un paquete.
El encargado, un hombre con bigote canoso, con la cara arrugada y sobrepeso imposible, le recibió el dinero para luego arrastrar los pies hasta donde él estaba. Sus manos temblorosas lucharon con la cerradura hasta que logró abrirla, sacar el paquete y entregárselo a Edgar, quien se volteó antes de tomarlo, seguro de que las mujeres lo estaban mirando. Estas voltearon la cara al instante. No les prestó atención, sino que tomó su compra y se fue.
El clima seguía igual de agradable. Edgar abrió el paquete, tomó la primera de las galletas y la saboreó con calma antes de tragar sin casi masticar. Era igual sin importar lo que comprara. Intentaba controlarse y decirse que tenía que disfrutar, pero le daba ansiedad tan pronto como sentía el sabor dulce.
Una suave llovizna comenzó a caer cuando iba a medio camino, acompañada por una brisa fría que le acarició la cara, revoloteándole los cabellos. Pronto tendría que cortárselos, seguramente en un mes o dos. Su cabello tardaba una eternidad en crecer, lo cual era conveniente si odias hacerlo desde niño.
Le molestaba que jugaran con él como si fuese un muñeco en tamaño real. Aunque los peluqueros y barberos siempre buscaban un tema de conversación, o aunque Edgar se concentrara en el televisor que solían tener en sus locales, se sentía incómodo estando allí sentado mientras lo jalaban, peinaban, cortaban, secaban y mojaban. Auxilio.
Apuró el paso cuando la lluvia se hizo más fuerte y guardó las galletas al darse cuenta de que quedaban cuatro. Su madre no era amante del dulce como él, pero sí su padre. Era mejor llegar con medio paquete que con casi nada, como si les estuviese dando unas sobras. Se apuró aún más, casi corriendo, hasta regresar a su casa.
La estructura blanca se le volvía cada vez más y más familiar. Ya sentía algo de afecto por el lugar, su techo gris, el porche de la entrada y el jardín que su madre estaba empeñada en revivir. Hasta el momento solo se veían algunos brotes, pero conociendo a Ángela, era igual o más terca que Roger. Cuando cualquiera de los dos decidía algo, no había ser en la tierra que los hiciera cambiar de opinión.
-¿Mamá? -Preguntó Edgar al entrar.
-Cariño, estoy en la cocina. -Ángela estaba lavando los platos sucios del almuerzo y la olla de la sopa que había preparado. Se dio la vuelta al escucharlo entrar para saludarlo y retomar lo que hacía-. No hagas ruido, tu papá se acaba de acostar. Parece que ahora es él el que se enfermó.
-¿Qué tiene?
-Lo mismo que yo hace unos días -comentó sin darse la vuelta-, seguro tenía las defensas bajas. Voy a preparar un té con limón para los tres.
-Ya me adelanté. -Edgar le mostró el paquete a su madre cuando esta se dio la vuelta-. Traje unas galletas de limón. ¿Quieres una?
-Santo cielo, Edgar -dijo riéndose-, todavía quedan en la nevera.
-Pero no de limón.
-Dame una y ponte a estudiar. Yo me voy a acostar también.
-El paquete está en la mesa. -Lo dejó allí y fue a su habitación, repitiéndose que tenía que ponerse a estudiar y dejar de perder el tiempo.
Luego de guardar los cuadernos, suprimiendo el deseo de revisarlos una vez más, Edgar tomó el de matemáticas, las galletas que se suponía eran para Sylvia, que milagrosamente seguían enteras, lápiz, borrador, sacapuntas, unas hojas de reciclaje que tenía y los exámenes más recientes. Sus notas eran... regulares, por no decir que rozaba peligrosamente lo mínimo. Volvió a la cocina con todo en las manos y se practicó hasta que le dolió la cabeza.
Tener el cuaderno al lado para verificar cada paso lo hacía mucho más sencillo. Tuvo el deseo ilógico de que la profesora Karin hiciera el examen a cuaderno abierto, o que fuese una evaluación en parejas. Ya era de noche cuando decidió darse un respiro. Sentía que la cabeza le iba a explotar en cualquier momento, así que abrió la nevera, tomó una de las galletas, pero no de limón, y fue a su cuarto una vez más.
Evaluó la posibilidad de practicar una rutina que había visto días atrás en internet, pero estaba demasiado cansado. Su cabeza pedía clemencia, al igual que su mente, así que solo tomó uno de los libros que había comprado en su última ida a la librería, y hasta ahora la única desde que se había mudado. A pesar de que había acompañado a sus padres en varias salidas, solo era a restaurantes o mercados.
Se cambió y dejó todo listo para el día siguiente, previendo que se quedaría dormido por la pesadez que sentía. Edgar se perdió en las páginas hasta caer agotado.
Dicho y hecho. Edgar se levantó con apenas tiempo para alistarse, desayunar y que su padre lo llevara a clases. Se mantuvo con los audífonos puestos para evitar cualquier conversación hasta que llegó el momento de despedirse. Cuando entró, el contraste parecía irreal. Allí no cabía ni un alma más.
¿De dónde salió tanta gente? Edgar entró sintiéndose inseguro ante el área de alumnos, profesores, empleados, y hasta del aire. Todo el ambiente parecía estar saturado. Mateo apareció de ningún lugar.
-¡Hola! -Edgar saltó ante la sorpresa-. Ay, perdona.
-Te mato.
-¿Cuántos años son por homicidio no intencional? -Edgar se dio la vuelta al escuchar a Dante.
-Por lo menos cinco, espero -respondió él riendo.
-No exageres, pendejo. -Mateo saludó a Dante cuando lo tuvo cerca, y los tres chicos caminaron hacia el salón, seguros de que en cualquier momento sonaría el timbre de entrada.
-Em, ¿Dante? -El pelirrojo miró a Edgar con interés, y su rostro cambió de repente.
-Ah, cierto, es hoy, primer receso, ¿no?
-Si no puedes, no importa, yo...
-No, no -lo cortó-, si puedo, solo que estaba pensando en otra cosa.
-¿Seguro que no es molestia?
-Créeme que no eres más molesto que yo -intervino Mateo, dándole un codazo suave a Edgar-, yo sí soy malo, pero Dante tiene más paciencia que las profesoras de preescolar y hace entender a cualquiera.
-No puedo decir que no -admitió el aludido-, y una profesora de preescolar no me caería bien. -Los tres rieron cuando sonó el timbre. Formaron las filas, escucharon el discurso matutino de la directora y entraron al salón luego de cantar el himno.
Edgar notó que ni Sylvia, Víctor o Cristina estaban en el salón. Lo inquietó al punto de que su mente pasó cualquier cantidad de teorías imposibles, cada una más ilógica que la otra, hasta que Sylvia llegó.
Parecía otra persona sin una gota de maquillaje, una expresión cansada y el cabello suelto. Se veía agotada, como si no hubiera descansado nada. Dante y Mateo se pusieron a hablar entre ellos, como adivinando sus intenciones. Ella sonrió con debilidad al verlo, gesto que Edgar imitó.
Prefirió no decir nada cuando se sentó a su lado más que un sencillo Hola, al que Sylvia respondió con debilidad. Sería mejor darle su espacio y concentrarse en la clase, hasta que fue momento del primer receso.
El día se veía cada vez más nublado y con tiempo de lluvia. El cielo estaba gris, las nubes cubrían el sol por completo, y el aire frío hacía estragos con los cabellos de las chicas. Sylvia fue directo a la biblioteca, mientras que los muchachos compraban su desayuno, pero verla así le había cerrado el apetito a Edgar casi por completo.
-¿Qué tiene Sylvia? -Le preguntó Dante cuando llegaron.
-Problemas familiares. -No creía que fuese prudente contar los detalles. Ambos amigos parecieron entender el mensaje y cambiaron de tema mientras llegaba su turno para comprar.
Desayunaron sin muchos ánimos, aunque a Edgar no le molestó la tranquilidad que reinaba en el lugar. Se sentía bien estar en paz, a pesar de que su mente no dejaba de plantearle preguntas sobre qué podría estar haciendo o incluso pensando Sylvia. Le inquietaba muchísimo.
Una vez que estuvieron listos, cada uno apuró sus refrescos y Edgar su jugo de manzana mientras iban a la biblioteca. Las piernas de Edgar temblaron por un segundo cuando estuvo frente a la puerta blanca, pero entró sin importarle nada más.
Sylvia estaba en la esquina más lejana. Levantó la cabeza cuando los escuchó acercarse. No dejaba de llorar y sus ojos parecían estar a punto de reventar por lo enrojecidos que estaban. Edgar fue directo hacia donde estaba, pero ella recogió sus cosas con prisas, con los ojos delatando su desespero. Justo cuando llegó, Sylvia se levantó de su puesto.
-Syl...
-Déjame sola. -La mirada que le dirigió lo cortó en el acto. Nunca la había visto tan molesta.
-Pero...
No pudo decir nada. Sylvia se fue caminando a toda prisa, haciendo oídos sordos. Tanto Dante como Mateo se apartaron de su camino al ver que no parecía tener intención de detenerse. Los tres chicos se miraron por un momento, cada uno preguntándose qué hacer a continuación. Fue Mateo quien se acercó a Edgar, que aún estaba en donde Sylvia se había sentado.
-Si no quiere hablar, no podemos obligarla -dijo apretando los labios.
-Lo sé, pero... No quiero que se sienta... Que crea que está sola.
-Claro, te entiendo, pero... -Volvió a apretar los labios-. Supongo que solo necesita espacio, solo por un tiempo. No la presiones, y ya ella nos dirá qué está pasando cuando se sienta cómoda.
-No tenía pensado hacerlo. -Edgar se pasó la mano por la cabeza, nervioso-. Pero bueno, a lo que vinimos, entonces.
Dante se acercó al ver la mirada que le dirigió Edgar. Los tres sacaron sus cuadernos y se pusieron a repasar los últimos tema, tal y como él hizo el día anterior.
-Pues estás mejor de lo que pensé -admitió Dante. Edgar lo miró divertido-. Pensé que serías igual de burro -dijo señalando a Mateo.
-Es que me puse a estudiar ayer -respondió sonriendo.
-Bien por ello. En fin, como te decía, recuerda siempre correr la coma como tantos ceros veas antes que nada. -Dante se mojó los labios mientras explicaba-. Te sorprendería las veces en que se te puede olvidar algo tan sencillo.
-Cuento los ceros, corro la coma, y después invierto los signos -repitió Edgar para sí.
-Ajá.
Conforme pasaban los minutos, Edgar vio el proceso con más claridad. Dante tenía tanta paciencia como hacía falta, y no se burlaba o reía de sus preguntas como algunos de sus antiguos compañeros de clases. Eso lo preocupó de manera intermitente durante el transcurso de la mañana. Edgar se preguntó cómo reaccionar si ocurría, pero Dante parecía tener mucha tolerancia, incuso parecía estar disfrutando, y solo se acordó de Sylvia cuando sonó el timbre de entrada.
Los tres recogieron todo antes de ir al salón. No habían visto a Víctor en todo el día, aunque Cristina sí estuvo caminando por todos lados con el teléfono perennemente en su mano. Algo parecía preocuparla, pues miraba la pantalla con los ojos tan abiertos como podía antes de escribir con los dedos a toda velocidad, pero a los chicos no podía importarles menos. Sin embargo, un escalofrío recorrió la espalda de Edgar cuando los tres pasaron frente a ella antes de entrar al salón y Cristina le dirigió una mirada llena de odio. Edgar solo tragó grueso y volteó la cara, como si la cosa no fuese con él.
Sylvia evitó contacto visual con él en todo momento. Mantuvo los ojos fijos al frente y su cabello hacía las de cortina entre ambos. Edgar la miraba confundido sin saber qué hacer o pensar, de qué manera decirle, tan solo una vez, que no estaba sola y que podía hablarle, que quería que ella le hablara.
Se concentró en hacer apuntes hasta que llegó momento de la clase de Historia, y con ella, el examen final. Edgar se sintió culpable al ver que Sylvia se quedaba, mientras que Mateo y él salían. Eran los únicos dos que habían eximido la materia, para sorpresa de ambos. Estando afuera una vez más, con el clima deprimente, como lo había llamado Mateo, se miraron uno al otro y se fueron caminando a una de las bancas.
El colegio se veía muy distinto cuando no había nadie alrededor. De vez en cuando salía un niño o algún profesor que terminaba su materia e iba al siguiente salón, pero parecía un lugar abandonado por lo demás.
-¿Por qué no puede estar así siempre? -Comentó Mateo.
-No lo apreciarías como lo haces ahora -respondió Edgar. Mateo lo miró sin entender-. Si lo vieras así todo el tiempo, sería algo normal, perdería el encanto. La belleza aparece lo suficiente para hacerse extrañar.
-Eso fue profundo. -Aunque sonreía, los ojos de Mateo estaban fijos en un árbol fuera de los terrenos del colegio-. Pero, pues, tienes razón. Le da... un encanto. -Edgar asintió, sin saber qué decir-. Edgar, ¿puedes guardar un secreto? -Al voltear, Edgar notó que su amigo estaba pálido, en especial sus labios. Asintió sorprendido, frenando la pregunta que estuvo a punto de escapar por sus labios-. Quería comentarte algo, saber... qué opinas al respecto... No lo tomes a mal -dijo con prisas, como si lo hubiese insultado de alguna manera con decir aquello-, no es nada... solo... -Frustrado, Mateo se pasó la mano por cabello, desde la frente hasta la nuca, desviando la mirada.
-A menos a que hayas matado a alguien, no diré nada -bromeó Edgar, esperando que se relajara-, puedes confiar en mí.
-Sí, lo sé -respondió él con una sonrisa nerviosa-, lo sé, es que... a veces no es fácil decir las cosas.
-¿Y si lo escribes? A veces eso ayuda.
-¿Cómo así? -Mateo lo miró como si le hubiese hablado en alemán-. Solo escribirlo, ¿y ya? -Edgar asintió.
-Sí, puedes leerlo y luego decirlo, o darme el papel y yo lo leo. -Mateo pareció considerarlo por un momento, pero apretó los labios y negó con la cabeza.
-No, sentiría que... No es que tú lo seas, pero, por lo menos yo, sentiría que soy un cobarde, pero no quiere decir que...
-Te entiendo. -Las lágrimas estaban por salir de los ojos de Mateo-. Pero creo que no estás listo para decirlo. -Este lo miró con los ojos rojos-. Y de todas formas no hay prisa, o sea, no tienes que hacerlo si no te sientes cómodo.
-Quiero hacerlo, necesito hacerlo. -Antes de poder refrenarse, Mateo soltó tanto como podía y no dejó de habar, cada vez más rápido-. Siento que esto me está comiendo vivo, que tengo que decírselo a alguien o si no voy a explotar, y me da miedo, ¿sabes? Me da demasiado miedo lo que pueda pasar. -Oh, si tú supieras. Edgar tuvo que tomar aire para no sonreír. No tienes ni idea-. Y sé que a lo mejor para muchas personas no signifique nada, que a lo mejor estoy exagerando, pero para mí sí significa algo, y significa mucho, y no quiero defraudar a nadie, no quiero que nadie me mire diferente o que crean cualquier cosa simplemente porque...-Mateo hizo silencio de pronto, aunque Edgar ya se imaginaba qué era lo que había estado a punto de decir.
-Está bien -dijo mirándolo a los ojos, y esquivando su mirada cuando Mateo lo vio directo a los suyos-, para eso estamos los amigos. -Mateo agachó la cabeza, enfocándose en sus manos, que sostenían el borde del asiento de cemento en que estaban sentados él y Edgar. Soltó un suspiro, visiblemente más tranquilo que antes, y asintió con debilidad.
-¿Puedo hablar contigo luego de clases? -Preguntó levantando la cabeza-. Necesito hablar con alguien, y no quiero que pase de hoy.
-Claro, tú dime dónde.
-Hay una plaza cerca de la tienda de ayer.
-Creo que la vi, pero no estoy seguro.
-Bueno, nos podemos ver en la tienda y nos vamos caminando hasta allí si te parece. -El plan le parecía extraño a Edgar. Si no quería que nadie supiera, no tenía sentido entonces que Mateo sugiriera una plaza, pero no dijo nada al respecto.
-Claro, sí, ¿a qué hora?
-¿Te parece bien a las cinco? Ya a esa hora está bajando un poco el sol. -Bueno, eso sí tiene más sentido, pensó Edgar mientras asentía.
-Bien por mí.
-Pero no le vayas a decir a nadie, por favor -Mateo lo miraba más nervioso que antes, como si cayera en cuenta de lo que estaba por hacer.
-Le tengo que decir a mis padres cuando salga, pero fuera de eso, no te tienes que preocupar por nada. -Mateo sonrió ante la mala broma. Aquello fue suficiente para Edgar, quien le devolvió el gesto.
-Estúpido. -Mateo desvió la mirada, guardando silencio por un momento antes de volver a hablar-. ¿Sabes? Es curioso que lo piense ahora, pero no tengo ni idea de qué voy a hacer cuando salga de aquí.
-¿Ah?
-Tengo toda la vida en este colegio, vi mucha gente ir y venir, compañeros, profesores... Es raro ser yo el que se vaya, ya estoy entre los viejos. Y no sé qué esperar.
-Bueno, no tienes que saber todas las respuestas a todas las preguntas. Apenas tienes diecisiete años. Supongo que... es normal.
-Explícale eso a mis padres. Todos los días me preguntan qué haré, y de verdad que también me lo he planteado, pero no tengo idea.
-Fíjate en qué te gusta, y empieza por allí.
-No creo que sea buena idea -admitió con una risa-, aunque... bueno, digamos que me gustan las cámaras.
-Bueno, podrías estudiar cine, o comunicación audiovisual.
-No me voy por esa rama. -Mateo se rascó la cabeza, inseguro-. Aunque... No sé, podría ser una opción. No lo sé.
-De eso se trata ser adolescente, de no saber un carajo. -Ambos sonrieron-. Se trata de equivocarse y de aprender en el camino. Es parte de la vida y todo eso.
-Sí, supongo. ¿Y tú? -Mateo volteó para ver a Edgar directo hacia los ojos-. ¿Qué piensas hacer?
-Puede que me vaya por comunicación, periodismo... -Ni él se tragó la mentira-. No estoy seguro tampoco, no he pensado mucho sobre eso.
-Ya ves que no es tan sencillo como lo decías.
-Hey, nunca dije que lo fuera, pero sí sé que nos esperan muchos dolores de cabeza.
-Bueno, pues sí.
-Pero me gustaría ayudar a las personas -dijo luego de un suspiro-, no sé en qué, no sé cómo, pero quiero... ayudar, como sea, en lo que sea.
-Eres un alma caritativa entonces.
-Puede ser.
La profesora de Historia salió en ese momento, seguida por un grupo de estudiantes que le tendían una hoja cada uno.
-Creo que se nos acabó el descanso. -Mateo se levantó, estirándose.
-Parece.
-Em, Edgar, no le digas a nadie que... Lo de hoy, de verdad.
-No pasa nada. -Los ojos suplicantes de Mateo le confirmaron que realmente le importaba hablar con él, lo cual lo hizo sentirse bien en cierto sentido. Era... Le gustaba sentirse importante, o que confiaban en él-. Soy una tumba. -Mateo le dedicó una sonrisa agotada en agradecimiento. Edgar reparó por primera vez en las bolsas negras que llevaba debajo de los ojos.
***
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