Capítulo 17
Lennon Campbell
—Sean precavidos —murmuró descubriendo mi cuerpo—. Cuida de ti, Lennon —dijo con calma, esbozando una sonrisa.
Al contemplar la mirada oscura de Date, por alguna extraña razón, me percato de que ella brilla cuando se trata de nosotros. Él es amable y nos apaña a pesar de haber cometido un error. Quiero decir, César y yo hemos metido la pata en más de una ocasión y aún seguimos ilesos.
Honestamente, ya me habrían caído las de la ley respecto a los sucesos de la Arena, de todos modos, su poder desvaneció los cargos por rebeldía.
Una mirada electrizante que se diferencia de las demás.
Lo odié en más de una oportunidad gracias a nuestro vínculo, también maldije a la familia real porque son indiferentes a los acontecimientos que azotan a Urbs.
Aun así, no voy a negar que él es nuestro salvavidas cada vez que no logramos manejar la situación.
—Qué sensación desagradable —escupí molesta, acariciando mi cuello por el sentido agarre de Bjorn—. Una bestia —gruñí de camino a la enfermería.
César hizo crujir sus extremidades.
A cambio, lo veo de reojo, encontrándome con su expresión angustiada.
—Lo sé —murmuré sintiendo escalofríos—. Debemos valorar... a ese sujeto —declaré a regañadientes—. Lo detesto.
No me agrada, de hecho, prefiero cortarme la lengua antes de ser agradecida con Date y doblegarme a la idea de que no somos nadie sin su presencia.
Sin embargo, él me salvó de un aprieto importante con Bjorn.
No tengo orgullo cuando se trata de ti.
Observo con molestia las baldosas de los pasillos, haciendo un mohín porque realmente deseo realizar una rabieta.
—¿A qué se debe esa mueca, mago?
La voz calmada de Duncan me espabiló, por lo que volteé con rapidez gracias a su inesperada aparición. También tomó por sorpresa a César, quien cayó al suelo e hizo un estruendo debido al choque de sus huesos contra las baldosas.
Me quedo en silencio por unos segundos analizando su postura relajada.
Él está de pie recargado en la pared, si no lo hubiese escuchado habría pasado por completo de su presencia.
—¿Qué haces aquí? —pregunté desconcertada.
Aunque me recrimino por mi hostilidad, sin querer, me encuentro en alerta por no haber sido capaz de percatarme del guerrero de Aeternam.
Relajo la postura, acuclillándome para ayudar a César a subir a mi hombro.
—No te escuché —suspiré con calma—. Te ves saludable —reí, viéndolo desde el suelo.
La comisura de sus labios se curva y cierra los ojos al momento de cruzar los brazos sobre el pecho.
Luego me miró divertido, siendo descarado al sonreír.
—Supongo —respondió.
Él es un sujeto simple.
—Los magos de Tempus son unos debiluchos.
—O eres muy fuerte —corregí entre risas sin despegar el contacto visual. Me pongo de pie—. No sabía que también eras alguien arrogante —parloteé.
Sus ojos negros me ven por unos segundos.
—Estoy jugando contigo —murmuró.
Me toma por sorpresa, otra vez, por lo que mis labios quedan entreabiertos porque no sabría qué decir al respecto.
Entonces elevé una de las cejas.
—No voy a enfrentarte, si eso es lo que buscas —concluí, empezando a caminar—. No me gusta perder el tiempo porque me aburre jugar con los demás —sentencié con malicia, viendo de soslayo su expresión calmada.
Él sonrió de lado por mis palabras y se cubrió los labios por ello. Luego desvió la atención hacia la explanada que se ve debido a que cruzamos por las galerías en dirección a la enfermería.
—No tenía mucho que hacer —farfulló desganado—, haber salido ileso, me dejó con un gusto agridulce en la boca —confesó—. No tengo necesidad de ir a la enfermería.
—Estás en mi camino —tarareé llamando su atención—. Así que, vamos hacia allí. Lamento haberte decepcionado, Duncan —declaré fingiendo pena.
(...)
—¿Cómo estás? —pregunté curiosa, viendo a Zila sentada sobre la camilla.
César se lanzó hacia ella, siendo agarrado en el aire gracias al salto.
—¿Qué estás haciendo aquí? —cuestionó impactada.
Al parecer alguien no esperaba verme.
—Duncan me trajo —señalé al mencionado, quien blanqueó la mirada por lo dicho—. ¿Por qué preguntas?
—Lennon —advirtió molesta, por lo que Willow liberó fuego a través de un gruñido hacia mí.
Levanté las manos.
—Le caí genial a Bjorn —mentí.
¡Claro que mentí!
Ni en un millón de años me llevaría bien con un hombre que parece una escobilla por su peinado. Guerrero de pacotilla.
El ceño fruncido de mi mejor amiga me hace tragar con dificultad, francamente, cómo podría fingir enfrente de ella. Zila no es una persona ingenua. De hecho, me aterraría la idea de ser su enemiga.
—Te salvó Fatheree, ¿verdad? —preguntó desganada, por lo que quedé en blanco—. Otra vez.... —suspiró.
—¡Por supuesto! —chillé sintiendo el sudor descender por mi espalda—. El viejo no permitiría que se metan con sus alumnos —recordé siendo obvia.
No obstante, me veo con la necesidad de guardar silencio, ella se encuentra cabeza hacia abajo y sus hombros están caídos.
Mi corazón se acelera por su reacción y, sin querer, las manos me empiezan a sudar.
—¿Zila? —pregunté sintiéndome ahogada.
No hay necesidad de sentirse de esta manera, pero por qué sigo estando ansiosa y desesperada.
—¡Zila! —exclamé.
Me llevo una mano hacia el pecho porque no puedo evitar temblar y empiezo a respirar con dificultad mientras mi visión se vuelve borrosa por el pánico.
Yo logro escuchar como mis latidos se han vuelto frenéticos, el pecho sube y baja. No puedo controlarlo.
—¡Lennon!
Levanto la cabeza aturdida viendo enfrente de mí. Todavía veo borroso, pero alcanzo a divisar la expresión aterrada de Zila.
—Y-Yo... —titubeé.
Retrocedo sintiéndome débil, por alguna razón, ver más allá de lo que podría suceder me paralizó.
—Un mago debe mantener la calma.
Mi piel se eriza cuando las manos de Duncan se aferran con cuidado a mis brazos, ya que choqué con su cuerpo.
—O su acompañante también puede perder la cordura —susurró cerca de mí.
Dirigí la mirada hacia César, quien está en los brazos de Zila con los ojos iluminados por un intenso carmesí.
—¿Estás bien? —cuestionó mi amiga, llegando a mi lado—. Deberíamos llevarla con Fatheree —insistió preocupada, tocando mi rostro—. Él asiste a los magos cuando no logran...
—No —susurré, rozando mi pecho con el objetivo de que los latidos dejen de oírse—. Estoy bien.
—¿Qué dices? —preguntó molesta, frunciendo el ceño con violencia—. No estás bien. Sabes lo que puede ocurrir si pierdes el control de tu magia, ¿eh, Lennon? No vas a arriesgar la existencia de César por un capricho.
—¡Estoy bien! —exclamé con tanta fuerza que las enfermeras y alumnos voltearon a vernos—. Solo necesito descansar.
Mentí.
Lo hice de nuevo y lo volvería hacer porque no puedo perder la cordura. No cuando el flujo de magia en mi cuerpo está cerrado gracias a Date.
Yo estaba entrando en pánico, Zila. Pero eso no puedo decírtelo, ¿o sí?
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