Capítulo 19
Madrid, Bruselas, París, Ámsterdam, Berlín y Praga fueron las ciudades europeas que nos enamoraron en ese mes y medio. No habíamos dedicado a viajar, sin tener contacto con nadie de la Orden para poder desconectar antes de empezar la guerra sin remedio alguno. Ninguna queríamos hacerlo, pero era lo que teníamos que hacer.
Cuando llegamos la segunda semana de agosto, después del calor de Madrid, agradecí como nunca el tiempo de Londres, mucho más agradable en verano. Había aprendido a odiar el calor a base de estar a las tres de la tarde en la calle, con el peligro de derretirnos. Pero al menos lo habíamos pasado bien, lo que compensaba un poco la situación.
Claire, Sam y Olivia decidieron ir a avisar a Moody que habíamos vuelto, sintiéndose culpables por no haber dicho la verdad la última vez que le vieron. Yo, pensando que siendo domingo los gemelos no abrirían la tienda y habrían ido a ver a su familia, me fui directamente a La Madriguera. Aparecí en el borde, y pronto entré en el campo protector que la rodeaba, haciendo que la señora Weasley saliese corriendo a ver que pasaba.
— ¡Abby! — Me dijo a lo lejos, y la saludé mientras que me acercaba. — ¿Qué tal las vacaciones? ¿Has disfrutado?
— Mucho, señora Weasley, necesitaba desconectar de todo esto. — Digo, y entonces la sigo dentro de la casa, para encontrarme que allí ya están Harry desayunando y Hermione junto a la señora Weasley, tratando de sacarse una mancha morada del ojo. — ¡Hermione, Harry!
— ¡Abby! — Hermione se levanta de la mesa y viene a abrazarme, luego dejando a Harry que lo haga y entonces Ginny baja por las escaleras y lo hace también. — ¿Cómo has estado?
— Muy bien, ¿y vosotros? — Les pregunto amablemente, y entonces la señora Weasley me tiende una carta. — ¿Qué es esto?
— Los TIMOs de los chicos han llegado ahora, y esto también así que serán los resultados de tus EXTASIS. — Me dice la señora Weasley sonriendo, y empiezo a abrir el sobre. — No sé cómo Dumbledore lo hace para teneros a todos controlados.
Saco el papel de mis notas y en cuanto veo los cinco Extraordinarios suspiro tranquila, empezando a sonreír. Sabía que podía hacerlo, y no me había costado la salud, por lo que estaba casi segura de que podría estudiar medimagia, no iba a dejar que la ansiedad me apartara de ello. Tampoco es que me apasionara, pero por lo menos podría hacer algo que me llamara la atención.
— ¿Cómo han ido, querida? — La señora Weasley estaba más ansiosa que yo, por estas fechas los gemelos tendrían que estar sabiendo sus resultados, pero como no habían hecho los exámenes no tenía nada que esperar. Y como a mí prácticamente me había adoptado por siete años, no dudó en emocionarse por los míos, así que le enseñé la hoja. — ¡Maravilloso!
— ¿Vosotros qué tal? — Les pregunté al trío de oro, y Harry y Ron sonrieron mientras que Hermione se encogió de hombros. — ¿Tienes un supera las expectativas, Hermione?
Ella asintió y no pude evitar dejar que una risa se me escapara, y más cuando vi de cerca el moratón que tenía Hermione en el ojo. Estaba segura de que eso era obra de los gemelos, pero no terminaba de entender como había acabado en el ojo de Hermione. Y más sin que ellos estuvieran por ningún lado.
— ¿Y Fred y George? — Pregunté, y la señora Weasley sonrió.
— Trabajando en la tienda, no cierran nunca. Podrían haber acabado sus EXTASIS y luego haberla abierto, pero no, tuvieron que salir corriendo, menos mal que les va bien...
— ¿Ya quieres ver a tu novio? — Dijo Ron con un tono burlón, y no dudé en hacer una bola el sobre con mis notas y lanzárselo a la cabeza.
— ¿Tu novio? ¿Pog qué no me has contado nada de eso, Lilian? — Una voz que no sabría identificar sonó a mis espaldas, y me giré para ver a Fleur Delacour, tan rubia como siempre.
— No me llames Lilian, te lo he dicho mil veces. — Me quejé, pero la abracé fuertemente. No había tenido más que un contacto esporádico durante el verano pasado, principalmente porque lo había olvidado. Soy realmente pésima para mantener amistades si no las veo de forma constante.
— ¡Llevo un año espegando tu cagta! — Me regañó, y como explicación le tendí mis notas de los EXTASIS, esperando que eso valiera para calmar la ira de la rubia. — ¡Son magavillosas!
— ¿Qué haces aquí? — Le pregunté directamente, y ella sonrió de oreja a oreja.
— Bill me invitó a pasag el vegano en casa de su familia.
— ¿Bill? ¿Bill Weasley? ¿De qué conoces a Bill?
— Si me hubiegas vuelto a escgribig sabgías que es mi pgometido. — Dijo Fleur orgullosa, y yo solo pude chillar de emoción. — Ahoga, ¿quién es tu novio de los dos gemelos?
— Ninguno, como te atrevas a decir algo, Ronald, te aseguro que lo que tiene Hermione en el ojo va a ser pequeño. — Le amenazo, y oigo como se ríe junto a Harry, pero en estos momentos es lo que menos me importa. — ¿Nos ponemos al día más tarde? Tengo que ir a avisarles de que ya hemos vuelto y además tengo que ir a comprar, acabamos de volver de viaje y tenemos la despensa vacía.
Fleur asiente y entonces me despido rápidamente del trío de oro, para salir de La Madriguera. Tenía demasiadas cosas que hacer ahora mismo como para poder pararme a hablar con Fleur durante horas, que probablemente era lo que pasaría.
— ¡Abby, espera! — Oigo a Ginny a lo lejos, y me paro para esperarla. — Mamá dice que esto es del profesor Dumbledore, me ha dicho que te lo de.
— Muchas gracias, Ginny. — Cojo el papel y lo leo rápidamente, para encontrarme que me cita en Hogwarts dentro de una semana.
— ¿Qué pasa? — Me pregunta con curiosidad, y yo solo sonrío.
— Vuelvo a Hogwarts la semana que viene.
— ¿Qué querrá el profesor Dumbledore?
— Ya lo averiguaré la semana que viene. — Me encojo de hombros, y Ginny solo ríe suavemente. — Nos vemos más tarde supongo, si los gemelos vienen vendré con ellos.
— Sabes que siempre serás bien recibida aquí.
Sonrío de nuevo y sigo andando hasta llegar al límite de La Madriguera, lista para desaparecerme. Por mucho que lo use, sigue sin resultarme agradable, pero es lo que hay, además, es mil veces mejor que la red flu o los trasladores. Aparezco rápidamente en el callejón Diagon, lista para ir a Sortilegios Weasley por primera vez desde que se abrió, y solo necesito seguir a la multitud para llegar. Es enorme y está llena de gente, por lo que sé con seguridad que están teniendo un éxito que ni ellos mismos se esperaban.
Entro maravillada con lo que veo, y en lugar de buscar a los gemelos, empiezo a explorar por la tienda. Hay estantes llenos de surtidos saltaclases, fuegos artificiales y orejas extensibles, lo cual me llena de orgullo ver cómo la gente se los lleva a puñados. Quiero gritar con todas mis fuerzas que esos son mis amigos, pero me contengo. Sigo avanzando por la tienda, y un destello rosa me llama la atención. Hay un pequeño lugar donde están expuestos filtros de amor, y no dudo en coger uno y olerlo, esperando que no sea amortenia. Pero cuando el olor a pólvora y chucherías llena mis fosas nasales, sé que tengo que regañarles por estar vendiendo esto.
— Disculpa, no se pueden oler los artículos. — La voz de George suena a mi espalda, y no tardo mucho en girarme y levantar una de mis cejas. — ¡Fred, mira quien ha vuelto!
— ¿Amortenia? — Pregunto mientras agito el bote, y George se encoge de hombros. — ¿Sois conscientes de lo que podéis hacer vendiendo esto?
— Perfectamente, y déjame decirte que tú no la necesitas. — La voz de Fred suena a mis espaldas, me quita el frasco y cuando me voy a quejar, siento como me abraza por la espalda. — Te he echado mucho de menos, Abby.
— Hemos, yo también lo he hecho. — George no tarda en unirse al abrazo, pero dura unos segundos ya que un carraspeo hace que ambos se separen de mí para ver a la chica que está delante, también con una túnica morada. — ¿Qué pasa, Verity?
— Ha llegado alguien del Ministerio, señores Weasley. — Dice la chica, y no puedo evitar la carcajada que sale de mi boca cuando la oigo llamarles así.
— ¿Eres consciente de que tienen dieciocho años? — Le digo a la chica, pero ella solo sonríe amablemente. George le hace un gesto, y ambos se van, dejándome a solas con Fred. O todo lo a solas que se puede estar en una tienda llena de gente.
— No cerramos hasta la tarde, si te quieres quedar a ayudar no me pienso negar.
— No trabajo gratis, Weasley, además, tengo que ir a comprar, no tenemos nada de comida y no creo que ninguna haya pensado en eso.
— Podéis venir a cenar a casa esta noche y ya mañana vais a comprar.
— ¿Acaso sabéis cocinar?
— Bueno, de alguna manera hemos sobrevivido este tiempo y no ha sido yendo a La Madriguera. — Se defiende Fred, y yo solo sonrío. Le había echado mucho de menos. — Tengo que volver al trabajo, si quieres comemos juntos, tú y yo solos, Stone.
— Hecho, Weasley. — Sonrió mientras que le tiendo la mano a Fred, para sellar el trato.
Él me agarra fuertemente la mano, como si de verdad estuviéramos haciendo negocios por lo que no puedo evitar reír. Hasta que tira de mí y me coge de la cintura. Llevaba sin besar a Fred desde que se había ido de Hogwarts, aunque tampoco es que le hubiera visto más de cinco minutos desde entonces. Cuando ahora, más de dos meses después de ese último beso, nos volvemos a besar, termino de entender que estoy totalmente perdida y qué, por muchas chicas con las que me haya liado en las vacaciones, no voy a poder olvidar al pelirrojo.
A nuestra espalda, empezamos a oír una risa, así que nos separamos para ver a Ron, que no deja de reírse. Empiezo a mirarle fijamente, pero sus carcajadas no paran e incluso suben de tono, haciendo que mucha gente de la tienda le mire.
— Menos mal que no era tu novio. — Consigue decir entre risas, y a mi lado Fred también empieza a sonreír.
— Ronald, ¿quieres acabar como Hermione? — Le pregunto suavemente, esperando que paren sus carcajadas, pero al contrario de lo que pensaba, empieza a reír más fuerte.
— ¿Qué le ha pasado a Hermione?
— Algo vuestro le ha dejado el ojo morado. — Fred se queda callado un momento, como si pensara en que podía ser y entonces se aleja de mí lentamente.
— Tengo que ir a buscarla, le daré una pomada para que se le quite. — Por fin me suelta y veo como sube las escaleras y empieza a buscar a Hermione desde arriba. — ¡Nos vemos luego, Abby!
— Entonces, ¿no vas a ser mi cuñada? — Insiste Ron con una sonrisa, y aprovecho para golpearle en el hombro.
— ¿Cuándo planeas decirle a Hermione que estás completamente enamorado de ella? — Contraataco, a lo que las orejas de Ron se empiezan a poner rojas y sé que he dado en el clavo con lo que molestarle.
— Mamá nos ha dicho que nos tenemos que ir pronto y que tú te vienes con nosotros. — Ron trata de cambiar de tema, y por esta vez le dejo, aunque no puedo dejar de reír al verle las orejas.
Empieza a andar hacia la entrada, donde ha debido de quedar con la señora Weasley y allí veo que los gemelos le están pidiendo disculpas a Hermione, mientras que Ginny no deja de acariciar una bola de color morado que me parece que sirve más parar fregar los platos que para tenerlo como mascota.
— Ya estás aquí, Abby, bien, ya podemos irnos todos. — Dice la señora Weasley, y luego mira a los gemelos. — Os quiero esta noche en La Madriguera para la cena.
— Mamá, Abby iba a comer con nosotros. — Dice Fred, y a su lado veo como George levanta una ceja y Ron empieza a reír de nuevo.
— Está bien, pero esta noche os quiero en La Madriguera, ¿entendido? — Los tres asentimos sin quejarnos, no es que se pueda rechazar la comida de la señora Weasley. — Abby, querida, diles a tus amigas que vengan también.
— Se lo diré, señora Weasley. — Le digo con una sonrisa.
Todos se despiden de nosotros, Ron entre risas y veo que se acerca a Ginny para susurrarle algo al oído, aunque de susurro tiene poco ya que hasta Harry y Hermione lo oyen:
— ¡Se estaban besando!
— Oye, Ron. — Decido llamarle, y veo como Ron empieza a nervioso al ver mi sonrisa. — ¿Se lo has dicho ya a Hermione?
— ¿Decidme el qué? — Dice ella, y le mira con algo de enfado, como si pensase que ha hecho algo que no debía, por lo que no puedo evitar empezar a reír.
— Vámonos de aquí, mamá nos está esperando fuera. — Masculla él, y sale de la tienda seguido de Hermione, que no deja de preguntarle qué pasa.
— ¿Os estabais besando otra vez? Bueno, mejor no quiero saberlo.
George pasa a nuestro lado, con las manos en alto y Fred empieza a reír, a lo que yo solo pongo los ojos en blanco. Tampoco es para tanto. Me despido brevemente de Fred para subir a mi apartamento, esperando que las chicas estén ya en casa. Y cuando abro la puerta sé que han llegado por la cantidad de ropa que hay tirada en el suelo.
— La ropa se pone en los armarios, ¿lo sabíais? — Grito una vez que he cerrado la puerta.
— ¡No hay tiempo! — Oigo decir a Claire desde el salón, y entonces me temo lo peor.
— Decidme que no estáis viendo los dibujos muggles, por favor. — Les suplico, pero en cuanto me mandan callar, sé que han ido a comprar una tevelisión.
— Recogeremos todo cuando acabe el capítulo de hoy. — Dice Sam, que si se acercase un poco más al aparato, se lo comía.
— Se supone que es para verlo a distancia, en el sofá. — Digo, pero ninguna me hace caso. — ¿Habéis ido a ver a Moody?
— Sí, y luego hemos ido a comprar la televisión. — Dice Olivia, también absorta en los dibujos. — No sabéis lo que es vivir sin ella, en Hogwarts sufría muchísimo.
Decido ignorar a las tres, porque no me va a servir de nada tratar de que recojan un poco su ropa, y voy hacia mi habitación. Tengo aproximadamente una hora para tratar de organizar todo esto antes de ir a comer. Y teniendo en cuenta que luego tendré que ir a La Madriguera, tampoco es que quede mucho tiempo. Lo que me recuerda que no les he dicho que están invitadas.
Guardo la ropa en el armario con un hechizo, y justo cuando veo que una de mis sudaderas se desenvuelve, grito. Mi profecía está ahí dentro, pero es demasiado tarde para cogerla. Una nube blanca inunda la habitación, y se forma una cara que no reconozco.
— La hija de La Muerte podrá traer luz u oscuridad al mundo mágico, solo tres almas podrán salvarla. Nacida al comienzo del séptimo mes, antes de que llegue el quinto del noventa y ocho elegirá su destino, sellando o no su poder. Escapará una vez de su madre, y a la segunda se decidirá todo.
Observé los restos de la profecía, todos en el suelo y ya sin poder arreglarse. La puerta se abrió de golpe, y Claire, Sam y Olivia entraron asustadas, supongo que por el ruido al caerse y más tarde, por la voz escalofriante que había salido de la profecía.
— ¿Qué ha sido eso? — Pregunta Olivia suavemente, mientras que Claire se acercaba a ver los restos de cristales que había por el suelo. — Sé que no era una de las bolas de nieve que te compraste.
— Esto es cristal de profecía. — Murmuró Sam, y lo único que pude hacer fue mirarla fijamente.
— ¿Cómo sabes eso?
— ¿Te acuerdas de que estuve leyendo libros de como evitar las profecías? — Dijo, y asentí. — Describían el cristal, y ese, es cristal de profecía. Ahora, ¿qué haces tú con una profecía?
— La habéis oído perfectamente. — Digo con voz clara, y veo como las tres se miran entre sí. — Tengo que irme, la señora Weasley nos ha invitado a cenar en La Madriguera.
— De aquí no te vas hasta que nos expliques que ha sido eso. — Dijo Olivia, poniéndose en la puerta. — Empieza ya y antes podrás irte con los gemelos.
— La habéis oído, yo tampoco sé de que va esto, ¿vale? — Empiezo a decir de mal humor, y ante mi sorpresa, Olivia se quita de delante de la puerta.
Agito mi varita para hacer desaparecer los trozos de profecía y entonces salgo de la casa antes de que cambien de opinión y me obliguen a decir más cosas de las que no tengo ni idea. Estoy muy tranquila así, sin tener que buscar explicaciones de las que no quiero oír ahora mismo ni una palabra. Bajo las escaleras que llevan a la calle y entro de nuevo en la tienda de los gemelos, que a estas horas está casi vacía. Veo a Verity organizando las estanterías y a los gemelos avisando a la gente de que tienen que cerrar ya. Y para su suerte, los que quieren algo se acercan a la caja y los pocos que no se van amablemente.
— ¿Cuánto te queda? — Pregunto a Fred cuando llego a la caja registradora, y veo que la cola aumenta por segundos, a lo que él solo se disculpa con una sonrisa.
— Si haces tú la comida por un mes te le puedes llevar ahora mismo. — Oigo decir a George a mi espalda, así que me giro para negociar.
— Una semana. — Ofrezco, pero el niega.
— Tres.
— Dos y os hago un postre por semana. — Le tiendo la mano y cuando Fred ve que George acepta el trato, sale de detrás del mostrador para venir conmigo.
— No hacía falta que negociaras por mi libertad, me gusta hacer esto.
— Y a mi me gusta comer en un horario normal, no en el de España. — Le contesto mientras que salimos de la tienda, y el solo ríe. Pero cuando pasamos por el callejón Diagon camino al Caldero Chorreante me doy cuenta de algo. — ¿Qué ha pasado con la heladería?
— Le han secuestrado. — Dice Fred en voz baja, tratando de evitar que la gente escuche mucho. — También a Ollivander, así que cuida mucho tu varita, no hay posibilidades ahora mismo de conseguir otra.
— ¿No hemos hecho nada para encontrarlos? — Murmuro, y él solo niega a lo que suspiro.
— Ha sido imposible rastrearlos, los aurores lo han intentado, pero han ocultado bien su rastro.
— Entonces tendremos que tener cuidado para que no nos secuestren.
— Harry me contó que intentaron secuestrarte. — Dice Fred, a lo que no puedo evitar poner los ojos en blanco. ¿No pueden estar callados? — Todos se mostraron de acuerdo con que no deberías participar en misiones.
— ¿¡Qué!? ¡No podéis hacer eso! — Chillo, y Fred me tapa la boca rápidamente.
— Aquí no, ¿vale? Lo discutimos si quieres esta noche. — Asiento a regañadientes y Fred me quita la mano de la boca. — ¿Te apetece comer en el Caldero Chorreante o prefieres un restaurante muggle?
— Pensaba que cocinarías tú, la verdad. — Le pincho, a lo que él solo se ríe, pero acepta.
Volvemos por donde habíamos venido, hasta llegar a su apartamento, donde se pone a sacar un paquete de arroz y una cacerola. Fred consigue hacer la comida más simple del universo, pero por lo menos se podía comer así que empiezo a entender porqué no rechazan ir a La Madriguera, por mucho que les guste su nueva independencia una buena comida no se rechaza.
— Bueno, ahora que estamos solos... — Empieza a decir Fred mientras que los platos se lavan solos. — ¿Qué tal las vacaciones?
— Demasiado bien. — Sonrío de oreja a oreja, y él solo me levanta una ceja. — No me he liado con todas las chicas que he visto, pero sí que con alguna.
— Pues por la forma en que antes me has besado no has conseguido que salga de tu cabeza. — Me dice, y aprovecha para subirme encima de la encimera de la cocina, consiguiendo que casi quede a su altura.
— ¿Quién te dice que era para sacarte de mi cabeza?
— La forma en la que te lanzaste a mí en la estación, que lo primero que hayas hecho sea venir aquí y... — Fred finge que se le olvida algo, con lo que no puedo evitar desviar la mirada, sabiendo que va a decir. — Ah, sí, como me has besado en la tienda.
Antes de que diga nada, Fred vuelve a besarme, y si antes ya me había dado cuenta de que estaba perdida ahora vuelvo a confirmar lo que ya sabía. Fred se acerca más a mí y no dudo en enganchar mis piernas en sus caderas, consiguiendo que me levante de la encimera de la cocina y empiece a andar hacia lo que supongo que es su habitación. Cuando caigo encima de un colchón enorme, con Fred encima, confirmo que es su cama. Seguimos besándonos sin parar, como si estuviéramos hambrientos del otro, que en pocas palabras es lo que pasa.
— Sabéis, me encantaría tener sobrinos, pero quizá no es el momento. — La voz de George suena en la puerta, y me separo rápidamente de Fred, aunque ya es un poco tarde porque nos ha visto. — Tenemos que abrir en cinco minutos, Freddie, puedes comerte a tu novia cuando volvamos de La Madriguera.
— Ron y tú sois insoportables. — Mascullo levantándome de la cama y saliendo del apartamento de los gemelos para volver al mío.
Paso la tarde encerrada en mi habitación, hasta que vienen a buscarme para que vayamos a La Madriguera. Allí, Fleur insiste en que me quede para ponernos al día, pero al final me vuelvo a casa, junto con las chicas y los gemelos. George no dejaba de reír cuando nos veía a Fred y a mí, así que empecé a ignorarle, a él y a todos los demás.
Estuve una semana sin salir de la habitación, la profecía empezó a rondar por mi cabeza hora sí y hora también, y cuando salí del apartamento fue porque Dumbledore me había citado en Hogwarts. No quería salir de la cama, pero no me quedaba otra que hacerlo y quizá el viejo profesor conocía mi profecía y me la podría explicar.
Llegué antes de tiempo, pero no hubo ningún problema ya que Hagrid vino a buscarme y me llevó hasta el despacho de Dumbledore, donde me esperaba con Snape, algo que me sorprendió.
— Abbigail, enhorabuena por sus EXTASIS, ya me ha comunicado el profesor Flitwick que podrá empezar medimagia la semana que viene — dijo Dumbledore nada más verme.
— ¿Para qué me ha llamado, profesor?
— Sí, sí, para eso estamos aquí. — Levantó su mano, en la cual llevaba un anillo, pero lo que más me llamó la atención fue que tenía la mano totalmente negra. — Severus ha intentado eliminar la maldición, pero como puedes ver no ha funcionado. ¿Has seguido practicando con tu poder?
— La última vez que lo usé casi mato a un mortífago. — Murmuré, sintiéndome incómoda por tener que hablar de ello.
— ¿Podrías intentar curar mi mano, Abbigail? — preguntó sin más rodeos, y yo me quedé sorprendida, al igual que Snape a su lado.
— No creo que sea una buena idea, confío en las habilidades de Stone como ningún otro, pero esto es un tema que escapa a ella. — Argumento Snape, y yo asentí dándole la razón.
— Severus, ella tiene un poder que ni siquiera yo mismo puedo llegar a alcanzar. Si Harry no pudiera matar a Voldemort, puede que ella si pudiera hacerlo.
— ¿Qué? — me quedé congelada en el sitio, viendo toda la responsabilidad que había encima de mí.
— Primero habría que acabar con sus horrocruxs, pero después de eso... dime, Abbigail, ¿encontraste tu profecía? — Asiento mientras que intento procesar todo lo que está diciendo. — ¿Dónde está?
— Rota, se me cayó hace una semana.
— ¿Lograste escucharla?
— La hija de La Muerte podrá traer luz u oscuridad al mundo mágico, solo tres almas podrán salvarla. Nacida al comienzo del séptimo mes, antes de que llegue el quinto del noventa y ocho elegirá su destino, sellando o no su poder. Escapará una vez de su madre, y a la segunda se decidirá todo. — Recito de memoria, y Snape, que hasta el momento estaba bastante tranquilo, cambia drásticamente.
— Inténtalo ahora mismo, Stone. — Me ordena, y yo suspiro, pero me acerco al profesor Dumbledore y toco su mano para intentar arreglarla.
— No tienes que hacer esto, Draco, la Orden puede protegeros.
— ¡Usted no lo entiende!
— Mirad, ¡tiene a Dumbledore! — Un puñado de mortífagos rodeó a Malfoy y a Dumbledore, y empezaron a reír. — Hazlo, chico.
— Creo que no lo va a hacer. — Dice uno de los mortífagos, mientras que levanta la varita y apunta a Dumbledore con ella.
— ¡Lo tiene que hacer el chico!
— Severus... — dice Dumbledore. — Hazlo ahora, Severus.
— Avada Keddavra.
— ¿Abbigail? — Salgo de la visión con la voz de Dumbledore llamándome, y me giro rápidamente hacia Snape con la varita en alto.
— TRAIDOR, NO CONFIE EN ÉL, PROFESOR, ¡LO MATARÁ! — Chillo mientras que le sigo apuntando con la varita. Lo que acaba de ver no deja de rondar por mi cabeza, el dolor en los ojos de Malfoy, la frialdad de Snape, como muere Albus Dumbledore.
— Lo sé, Abbigail, es el trato. — La voz de Dumbledore, tranquila como le caracteriza, hace que baje la varita. — Si no lo hace él, tendrá que hacerlo Draco Malfoy, no cargaremos al chico con una muerte inocente. Además, mi tiempo está acabando, la maldición se está extendiendo y me temo que ni tú misma lograrás pararla.
— Déjeme intentarlo de nuevo. — Murmuro mientras que me acerco a él, tratando de eliminar la maldición, pero en su lugar parece que casi lo empeoro, y más cuando oigo el ruido de decepción de Snape detrás de mí. — Si no quiere que lo mate ahora mismo, quédese callado.
— ¿Me está amenazando, Stone?
— Tómelo como quiera. — Sigo tratando de concentrarme en la mano del profesor Dumbledore, pero resulta imposible eliminarla. — Lo siento, no puedo hacer nada, profesor, tampoco he estado practicando mucho si me da un poco más de tiempo...
— Ni si quiera tú puedes curar las heridas de magia negra, Abbigail.
— ¿Por qué insiste tanto en que ni si quiera yo, profesor? — Pregunto, y a mi lado aparece una caja de madera pequeña.
— Tu madre me lo dio, no se abrirá hasta el dos de mayo de mil novecientos noventa y ocho. — Dijo Snape, y cogí la caja para examinarla. — No se abrirá hasta esa fecha, tiene encantamientos muy potentes.
— ¿Por qué tengo una profecía? — Insisto, pero ninguno de los dos me contesta. — Sé que lo saben, dejen de jugar conmigo como están haciendo con Harry.
— No hay que tomarse las palabras de una profecía al pie de la letra, Abbigail, podrían llevar a tu perdición, igual que Voldemort cavó su tumba al no escuchar la profecía al completo.
— Pero yo sí que la he escuchado, hija de la muerte, profesor, eso es lo que me llama. — Empiezo a decir, y ninguno de los dos hombres de la sala dice nada, así que continuo. — Veo thestrals sin haber asimilado ninguna muerte, puede sobrevivir a una maldición asesina y volví de la muerte después de atravesar el velo. ¿Qué está pasando conmigo?
— Dudo mucho que seas hija de la muerte, Abbigail, no hay necesidad de preocuparse por eso. — Empezó a decir Dumbledore, y conociendo todo lo que le había ocultado a Harry toda su vida, empecé a temer por la mía. — Tampoco traes la muerte allá donde vas, por si alguna vez se te ocurre pensar eso.
— Stone, no sé quién será su padre ya que su madre siempre fue bastante promiscua, pero por si todavía no está enterada, la forma de que alguien nazca es teniendo un padre y una madre. Sé que ninguno está aquí para darle la charla del sexo, pero supongo que como buena Ravenclaw sabrá cómo se forman los seres humanos. — Snape, con su tono de superioridad, hizo que me levantase de la silla y volviera a ir en su búsqueda.
— Tanto mi madre como yo decidimos vivir nuestra sexualidad como nos salió del coño, profesor Snape, así que cierre la boca antes de que le mate aquí mismo.
— Abbigail, puede irse. — Dijo Dumbledore, aunque sin duda fue una orden, así que me limité a hacer caso.
Llegué al apartamento bien entrada la noche por haber cogido el autobús noctambulo para volver hasta el callejón Diagon, y allí me encontré con mis amigas profundamente dormidas en el sillón, con la tele puesta y los gemelos al lado de ellas, también dormidos. Me gustaría tener menos preocupaciones, que lo único que importase ahora mismo fuera mi ingreso en San Mungo de la semana siguiente. Pero no, ahora con la visión y la profecía no podía centrarme en nada que no fuera eso. Así que volví a encerrarme en la habitación.
Hice un pedido a Flourish y Boots en cuando me mandaron una carta con los libros que necesitaría para la medimagia y comencé a estudiar. Por el día leía los libros y trataba de mantener toda la información en mi cabeza, y por la noche tenía terribles visiones sobre lo que empezaría a pasar tras la muerte de Dumbledore. El ataque a La Madriguera en la boda de Bill y Fleur, el secuestro de Luna, la tortura de Hermione, Ron abandonando a su suerte a Harry y Hermione, Harry ahogándose en un lago y Dean Thomas siendo secuestrado pasaron a formar parte de mi día a día. Escribía las visiones en hojas de papel que se mezclaban con mis apuntes, hasta que llegó el día que empecé mis nuevos estudios.
Clases por la mañana, estudio intenso por la noche y lo poco que dormía, lo hacía entre pesadillas en las que me despertaba gritando de terror, despertando a mis compañeras de piso e incluso más de una vez a los gemelos, por lo que tomé la decisión de sellar mi habitación para no molestarles. No había forma de oír nada de lo que pasaba dentro, al igual que tampoco podrían entrar si yo no quería. Todas las noches, despertaba en torno a las tres de la madrugada, empapada en sudor y con una sombra negra que solo dejaba de ver cuando encendía la luz, al menos durante los primeros días. Cuando empezó a pasar eso, decidí que debía tratar de aumentar mi poder, y decidí empezar a sanar animales que me encontraba por la calle y que me llevaba a casa. Algunas veces los hería hasta casi matarlos, y las primeras veces fue muy duro, más de uno moría, pero cuando conseguí dominarlo, empecé a probar conmigo misma. Había conseguido una poción en San Mungo que evitaba que me desangrase, por lo que no me suponía un problema experimentar conmigo misma.
Las clases más duras empezaron, y cada día veía con más frecuencia a la sombra negra, que no dejaba de susurrarme la profecía mientras que dormía. La sombra venía conmigo a clase, estaba en mi habitación y ya ni si quiera las luces la alejaban. Dejé de comer y dormir, manteniéndome siempre despierta para tenerla vigilada e hiriéndome para luego sanarme hasta que, a mediados de diciembre, colapsé en mitad del callejón Diagon mientras que volvía a casa. Había aguantado demasiado tiempo, había conseguido alejar las visiones que me dejaban totalmente indefensa ante la sombra, hasta ese día, en el que observé como las llamas consumían La Madriguera.
Desperté horas más tarde, en un sofá que no era el de mi casa y apoyada en las piernas de alguien, que se sobresaltó en cuanto me moví un poco. Conseguí ordenar todas mis ideas en unos segundos, tras los que me levanté rápidamente del sofá y traté de salir corriendo de la casa para ir a avisar a los señores Weasley de lo que le pasaría a su casa. No pensaba cometer el mismo error dos veces, y menos en estos tiempos.
— ¿A dónde te crees que vas? — Oigo decir a mis espaldas, pero ignoro la voz y sigo andando hacia la puerta, que para mi mala suerte la alcanza un hechizo antes de que consiguiera llegar a ella.
— Abre, ahora — digo, con la voz ronca por no haber hablado con nadie en meses.
— No.
Me giro rápidamente para ver a Fred, serio y mirándome como si estuviera loca. Aunque lo más probable es que lo estuviera ahora mismo. Busco mi varita en la bota derecha, y al ver que no está me asusto. No puedo haberla perdido, ahora no hay posibilidad de tener otra.
— La tengo yo, Abby, quédate tranquila. — Dice Fred, y entonces levanto la vista para ver que, en una de sus manos, está mi varita.
— Dámela. — Consigo decir mientras que voy en su dirección, aunque cada paso me cuesta un mundo.
— Primero dime que tienes que hacer con tanta prisa. — Insiste él, pero no le hago caso y sigo tratando de coger mi varita. Hasta que una de las mangas de la camiseta que llevo puesta, resbala y mis cicatrices se dejan ver. — ¿Qué cojones es esto?
— Cicatrices — digo, a pesar de que es obvio que lo son, y Fred me coge del brazo y me lleva hasta el baño, donde me quita la camiseta, haciendo que todas las cicatrices que me he causado estos últimos meses se vean.
— ¿¡Cuántas te has hecho!? — Nunca había visto a Fred tan enfadado, lo que hace que de un paso atrás y caiga dentro de la bañera por accidente y logrando que se abra el grifo, empapándome.
— ¡Fría! — Chillo con todas mis fuerzas, y empiezo a tiritar.
Fred para la ducha improvisada que me he dado y me ayuda a salir de allí para llevarme a su habitación, donde me ayuda a cambiarme. Seguía sin dominar la cura de heridas en humanos, aunque quizá era por haberlo intentado tanto tiempo conmigo misma ya que había conseguido curar la mano de Fred a la primera. En el hombro tenía uno de los cortes más recientes, el cual no había tardado mucho en abrirse y ahora sangraba de forma abundante. Suspiro mientras que pongo la mano encima y trato de centrarme en cerrar la herida, sin preocuparme de si deja o no cicatriz. Ahora mismo lo importante es conseguir ropa limpia e ir a La Madriguera.
— ¿Cuántas, Abby? — Insiste Fred, esta vez de forma más suave e incluso con lástima. — ¿Por qué no nos dijiste que necesitabas ayuda?
— La sombra no dejaba de seguirme. — Murmuro, y sé que Fred no lo entiende ya que hay unas pocas cosas que no le he contado. — Me susurraba la profecía, quiere que la cumpla.
— ¿Qué profecía? — Pregunta él, y entonces caigo, quienes la escucharon eran Claire, Sam y Olivia. — ¿Abby?
— La de La Muerte podrá traer luz u oscuridad al mundo mágico, solo tres almas podrán salvarla. — Comienzo a recitar, y a mi lado oigo a Fred tragar saliva. — Nacida al comienzo del séptimo mes, antes de que llegue el quinto del noventa y ocho elegirá su destino, sellando o no su poder. Escapará una vez de su madre, y a la segunda se decidirá todo.
— No puedes estar hablando en serio.
— La sombra me ha encontrado, Fred, está siempre siguiéndome. Si me pilla desprevenida me matará. — Le confieso, manifestando por primera vez en voz alta el terror de aquella primera noche en la que apareció. — No puedo quedarme, estáis todos en peligro, tengo que ir a La Madriguera.
— ¡Olvida La Madriguera, tú eres más importante!
— ¡No cuándo la van a quemar y quizá puedo evitar que muera gente!
— ¿La van a quemar? — Veo como en los ojos de Fred cruza una mirada de odio, y entonces conjura su patronus. — Van a quemar La Madriguera, Abby lo ha visto, tenéis que salir de allí.
— ¿Cómo has hecho eso? — digo cuando veo que el patronus abandona la casa, y de sus labios se asoma una sonrisa.
— Si hubieras seguido viniendo a las reuniones de la Orden lo sabrías. — Me regaña, pero sé que lo hace sin malicia alguna, además de que me lo merezco. — Creo que deberías dejar la medimagia, al menos hasta que pase la guerra.
— No — digo de forma tajante.
— Te está matando, mírate. Necesitas ayuda, y está claro que tus amigas no te la pueden dar.
— ¿Y tú sí? — Le reprocho, aunque sé que no tiene la culpa. — Tú tampoco has hecho nada por ayudar.
— He estado durmiendo en la puerta de tu habitación durante dos meses y medio, esperando a que salieras alguna vez. — Fred consigue romperme un poco con su frase, así que aprovecho el momento para abrazarme. — He llevado comida a la puerta, esperando que la cogieras y no lo has hecho. Traté de romper la protección que pusiste a tu maldita habitación y traté de ir a buscarte a San Mungo todos los días, pero nunca estabas.
— Fred... — Trato de decir, pero él me interrumpe.
— No te atrevas a echarme en cara que no he hecho nada por ti, cuando lo único que he hecho en estos meses ha sido tratar de cuidarte. Todos lo hemos intentado, nos hemos desesperado por cuidarte.
Cuando termina, me quedo callada unos instantes, tratando de asimilar todo lo que me acaba de decir. Pero es demasiado cuando vuelvo a ver a la sombra, esta vez detrás de Fred y con la guadaña en alto, como siempre que estaba a punto de dormirme.
Consigo tirar de él, y la sombra no le daña, pero sigue ahí, mirándonos. Mirándome. A mi lado, noto como Fred se mueve, pero le obligo a quedarse quieto hasta que consigo encontrar mi voz de nuevo.
— No vas a tocarle, ni a él ni a nadie que esté a mi alrededor. Aléjate de mí. — Consigo decirle a la sombra, que para mi sorpresa desaparece de mi vista. Y por fin puedo respirar.
— ¿Abby? — Dice Fred, que sigue con la cara en el colchón pegada y sin poder moverse porque le tengo inmovilizado. Así que le suelto y cuando se levanta, no puedo evitar empezar a llorar, algo que llevaba querido hacer meses y no había podido. — Tranquila, vamos a estar para ti.
Paso la tarde llorando, mientras que Fred me abraza. En algún momento me quedo dormida del cansancio acumulado y, cuando despierto, Fred está a mi lado, profundamente dormido y abrazándome. Sé que no vale con dormir muchas horas seguidas para recuperar el sueño, pero al menos es un avance. Miro a mi alrededor, buscando a la sombra, pero por fin se ha ido.
Me concentro en la respiración de Fred, a mi lado, y casi vuelvo a quedarme dormida de no ser porque su despertador muggle suena a todo volumen, consiguiendo que me caiga de la cama.
— Apaga eso. — Le digo desde el suelo, y lo siguiente que oigo es un golpe y el ruido infernal para, pero aun así no me levanto del suelo.
— ¿Estás bien? — dice Fred asomándose por el borde de la cama. — Vuelve aquí, venga.
— Porque para que vas a ayudarme a levantarme, ¿verdad? — digo entre dientes, y oigo como el ríe, pero en cuanto me ve deja de reír.
— Tenemos que ir a San Mungo.
— ¿No querías que lo dejara?
— Tienes el hombro destrozado, al igual que todo el cuerpo. — Entonces me fijo en que la sangre empieza a bajar por mi brazo, al igual de que llego una camiseta varias tallas más grandes de lo que debería.
— Solo necesito comer, podré curarme yo sola.
— Nos vamos a San Mungo.
— ¡No! — grito, y a mi alrededor las mesillas de noche empiezan a temblar, al igual que la cama.
— ¡Cálmate! — me grita Fred, pero es demasiado tarde, los cajones de las mesillas salen volando, las puertas del armario se abren y la puerta de la habitación cae con un golpe seco al suelo, partida en dos.
— ¿Has sentido eso, Fred? — George llega corriendo, para luego pararse en seco en la puerta. — ¿Abby? Abby, joder, ¿estás bien?
— Ahora no, George — dice Fred, mientras que veo que se acerca lentamente a mí. — ¿Estás bien?
Asiento despacio, después del nuevo estallido de magia solo quiero dormir de nuevo, pero cuando Fred me abraza vuelvo a ponerme a llorar. Todo esto es demasiado para mí. Oigo a George suspirar, y luego el ruido de todas las cosas volviéndose a colocar en su sitio, puerta incluida que se cierra con un suave click. Fred me abraza con más fuerza, y yo le correspondo.
— No puedes dejar que el futuro se te cruce de esta manera, Abby. — Murmura él en mi oído cuando consigo dejar de llorar. — Tienes que apoyarte en nosotros, te ayudaremos a evitar todo lo que ves, podrás liberarte de tanta carga.
— No es eso lo que me preocupa, Fred. — Consigo decir. — Tres almas podrán salvarme si quiero, y no quiero salvarme, quiero que esas tres almas vivan, Fred.
— Si tres personas quieren salvarte deberías dejarlas elegir — dice él, y me alejo para tratar de entender que está diciendo. — Pienso ser una de esas almas que se sacrificarán.
Empiezo a notar que me quedo sin aire al ver la mirada de Fred, llena de intensidad, una que no puedo soportar. Se me acelera el corazón y trato de respirar, pero el aire no llega a mis pulmones. Hasta que siento la mano de Fred en mi espalda, haciendo círculos y sus labios sobre los míos, parando las bocanadas de aire que trataba de coger de forma desesperada. Nunca me había calmado en un ataque de ansiedad de esa forma, pero al cabo de unos minutos, Fred consigue que me tranquilice.
— ¿Puedo ir a por algo de comer? — Me pregunta suavemente, a lo que yo asiento. — No tardo mucho, ¿vale? Grita si necesitas algo.
Fred se va durante unos minutos, y mientras trato de buscar otra ropa que me pueda servir. La herida ha dejado de sangrar, pero ahora quien está llena de sangre soy yo. Aunque al menos ya no sangro tanto como antes, lo cual no deja de ser algo bastante positivo.
Cuando vuelve, lleva una bandeja con cereales que sabe que llevan sido mis favoritos desde pequeña. También hay una manzana, un zumo de naranja y un croissant, que es lo primero que cojo para comerme. Me bebo el zumo y entonces empiezo con los cereales, a los que no dudo en echar la manzana.
Según voy comiendo, empiezo a sentir más fuerza, las ganas de llorar constantemente no desaparecen, pero al menos consigo controlarme un poco mejor. Noto una mejoría en mi hombro, y ya que no había encontrado ninguna camiseta más y no me parecía adecuado mirar en el armario, decido que es momento de ver como tengo la herida así que me quito la camiseta.
— No están. — Murmura Fred mientras que yo observo mis brazos maravillada. No tengo ninguna cicatriz, a pesar de que minutos antes estaba cubierta de ellas.
— Me encuentro bastante mejor. — Le confieso, y él solo sonríe.
Cuando acabo el desayuno, a pesar de que me encuentro perfectamente, Fred me obliga a meterme en la cama. Insisto en que quiero ir a ducharme y cambiarme de ropa, pero él no para hasta meterme en la cama y bajar a la tienda, aunque gracias a mi insistencia me trae unos pantalones vaqueros y mi jersey favorito. No tengo varita ni llaves de mi piso, así que no me queda otra que quedarme en el de los gemelos hasta que alguno de los dos vuelva. En cuanto oigo la puerta, salgo de la habitación de Fred y me voy hacia su nevera, buscando algo más que comer. A pesar de que había sido un buen desayuno, no puedo evitar querer algo más.
Al final paso el día encerrada en la casa, sin nada que hacer más que mirar al techo y, cuando por fin se abre la puerta, veo que los gemelos no vienen solos. Claire, Sam y Olivia vienen con ellos, y con un estado mucho peor del que tenía yo hace unas horas.
— ¿Qué coño os ha pasado? — les digo por primera vez en meses, y Olivia se sujeta el brazo mientras que hace una mueca de dolor, así que es la primera que intento curar.
— A diferencia de ti, seguimos en la Orden. — Me echa en cara Sam, y yo no puedo decir nada ante su lógica.
— Recogeré mis cosas de la casa y buscaré otro apartamento —digo suavemente mientras que aprovecho para recoger mi varita, que Fred ha dejado encima de la mesa.
Salgo rápidamente del apartamento de los gemelos y me meto en el nuestro, para luego dirigirme a mi habitación. Todas mis visiones están pegadas en la pared, con una letra señalada en cada una de las hojas, formando una frase que me pone los pelos de punta.
— Vamos a por ti. — Oigo leer a Fred a mi espalda, y entonces me doy cuenta de algo. Él no debería haber podido entrar aquí dentro, al igual que las visiones no se podrían haber pegado solas en la pared.
Agarro rápidamente la mano de Fred y consigo que nos desaparezcamos justo a tiempo. Si cierro los ojos, puedo ver los rayos verdes que cruzan mi habitación de lado a lado, pero nosotros ya estamos lejos, en las afueras de La Madriguera. A los pocos segundos de que lleguemos, se aparecen Claire, Sam, Olivia y George, con algunas heridas extras que no deberían haber tenido. Me obligan a meterme en La Madriguera, a pesar de mis protestas, y allí me encuentro con una señora Weasley algo asustada.
— ¿Qué estáis haciendo aquí?
— Querían secuestrarla. — Dice Fred, a lo que la señora Weasley corresponde abrazándome fuertemente. — Estaban en el apartamento de las chicas, no entiendo cómo han podido entrar, Ojoloco puso los hechizos.
— Me hago una idea. — Consigo oír la voz de Claire, que nunca ha soportado a Moody y en estos momentos se nota. — ¿Qué pasa ahora con nosotras?
— Os quedaréis con nosotros, tenemos una habitación extra, entraréis las tres. — Resuelve George, y siento un poco de decepción mezclado con alivio al ver que no me cuenta. — Abby, seguirás durmiendo con Fred, ¿no?
— ¿Cómo que seguirá? — La voz de Molly Weasley suena amenazante, aunque en estos momentos no temo por mi vida.
— Desde que Fred consiguió que saliera de la habitación han dormido juntos. — Dice George con una sonrisa, y aunque su gemelo le da un pisotón, él sigue. — Bueno, Abby durmió tres días mientras que Fred trabajaba, creo que eso sería la definición correcta.
— Sea como sea, no voy a volver con vosotros. — Consigo hablar por primera vez desde que he llegado a La Madriguera, y todos se giran para verme. — Os pongo en peligro, ya tenéis bastante. Saldré del país y estaré a salvo, lo prometo.
— Tú no te vas a ningún lado. — Ojoloco Moody hizo acto de presencia, sin haber llamado a la puerta. — Ordenes de Dumbledore, tú te quedas con las copias y tus amigas. Vas a dejar la medimagia y te dedicarás a esconderte.
— ¡No quiero estar encerrada!
— Es lo que hay, niña, te quieren tanto como a Potter desde que vieron que puedes matar sin una varita. Si te realizan la maldición imperius eres un arma, y no pensamos dejar que caigas en las manos equivocadas. — Argumentó Moody, pero no pensaba darle la razón. Quería luchar y pensaba hacerlo.
— ¡Hola querida! — un alegre señor Weasley apareció por la puerta, con un sombrero puesto y un maletín en la mano. — ¿Qué hacéis aquí?
— Les han atacado. — Masculla Moody, y yo solo gruño. Si me fuera no estarían en peligro.
— Si te vas me voy contigo. — Me dijo Fred al oído, y un mal presentimiento me llenó todo el cuerpo. Él no podía dejar a su gemelo, mucho menos por protegerme.
— Déjate de tonterías, tienes una tienda de la que ocuparte. — Le susurro, y él solo se encoge de hombros.
— Ninguno se va a ir, esta noche os quedaréis aquí, los seis, no quiero peros. — Dictaminó la señora Weasley cuando vio que los gemelos iban a quejarse. — Mañana, con la luz del día, podréis volver.
— Le diré a Tonks que los acompañe, podrá hacer hechizos más potentes para que estén seguros. Aun así, Stone, deberías quedarte por un tiempo aquí.
Acepto con una sonrisa, sabiendo que si estoy aquí podré ayudar si de verdad pasa lo de La Madriguera. Había visto que Ron, Harry y Ginny estaban en la visión, así que suponía que sería estas Navidades. La señora Weasley prepara una rica sopa de cebolla y unas empanadas de calabaza que devoramos en cuestión de minutos, y cuando estoy ayudando a recoger, uno de los platos resbala de mis manos cuando entiendo como demonios han entrado los mortífagos.
— Chicas, mi habitación no estaba incluida en las protecciones de la casa, ¿verdad? — digo lentamente, y entonces ellas mismas se dan cuenta de que ha pasado.
— Te ocupabas tú de ellas. — Susurra Claire, entendiendo que quiero decir. — ¿Cuándo las revisaste por última vez?
— No lo sé — confieso, asumiendo toda la culpa del ataque. — Han entrado por ahí, por eso mi habitación estaba desordenada y el resto de la casa en perfectas condiciones. Tendría que haberme dado cuenta de que no podía con todo sola, soy estúpida.
— Querida, no eres estúpida — dice la señora Weasley. — Nos has dicho que van a atacar La Madriguera, estaremos preparados para cuando ocurra.
— Creo que será en Navidades, ¿piensan volver Ginny, Ron y Harry? — La señora Weasley asiente, y mi mente empieza a trabajar a toda velocidad, como llevaba meses sin hacer. — Tenemos una semana para sacar todo lo importante de la casa, además de que habrá que buscar otro lugar para las Navidades. Se supone que tengo una casa en propiedad, pero... no sé dónde está.
— No podemos irnos, Abby, pensarán que tienen un topo en sus filas — argumenta el señor Weasley. — Pero si puedes encontrar esa casa, trata de hacerlo, a la Orden le vendría bien tener un nuevo lugar donde esconderse si la cosa se pone fea.
Por mucho que pienso en el lugar donde puede estar la casa, no se me ocurre absolutamente nada, pero teniendo en cuenta de que había heredado todo el dinero de la cámara de mi madre, estaba segura de que tendría un testamento donde pondría el lugar de la casa. Lo único que tenía que hacer es conseguirlo.
— Señor Weasley, ¿puedo acompañarle mañana al Ministerio? Creo que allí pueden saber dónde está la casa, y si es así tengo que destruir ese papel antes de que los mortífagos tomen el Ministerio.
— ¿También van a tomar el Ministerio? — pregunta Sam, y al igual que ha hecho el señor Weasley con mi pregunta, asiento. — ¿Qué más sabes?
— Que va a ser horrible — murmuro, y pronto siento unos brazos rodeándome.
— Basta de hablar de esto, tenemos muchas cosas que hacer mañana así que vamos, todos a dormir — ordena la señora Weasley, y obedecemos sin rechistar. — Fred, George, enseñad a las chicas donde van a dormir.
— ¿Y dónde van a dormir? —preguntan ambos a la vez.
— En la habitación de Ginny podemos meter cuatro camas, aunque quizá están demasiado apretadas... —empieza a pensar la señora Weasley, y como si estuviéramos en el colegio, no puedo evitar levantar la mano para hablar.
— ¿Qué estás haciendo? —dice Olivia, y yo solo me encojo de hombros.
— Parecía demasiado serio como para interrumpir. De todos modos, no necesito una habitación ahora mismo, no voy a dormir, así que las tres pueden ir a la habitación de Ginny.
— Abby, querida, tienes que dormir —trata de convencerme la señora Weasley, pero yo solo niego.
— Necesito pensar en lo que ha pasado, señora Weasley, en los últimos meses he tenido demasiadas visiones y... Tengo que volver a mi habitación —suelto de golpe, para después levantarme y tratar de salir de allí. Pero no me esperaba que ya hubieran cerrado la puerta.
— No vas a ir a ningún sitio, ¿estás loca? —dice George. — Acaban de ir a por ti, si vuelves te estás poniendo en bandeja.
— No eres consciente todo lo que he visto, ninguno lo sois —consigo decir, recordando todo lo que va a venir. — Si ellos lo ven, lo usarán en nuestra contra, ¿no lo veis?
— A dormir, los seis —finaliza la señora Weasley, sin ni siquiera escucharme. — Si quieres dormir con los gemelos, hazlo, Abby, pero duerme.
— Pero señora Weasl-
— No hay peros, Abbaigail Lilian Stone, vete a dormir ahora mismo.
— Mira, ya parece tu madre —dicen los gemelos, a lo que sencillamente les gruño, pero como no me queda otra opción, subo a la habitación de los gemelos.
Para mi suerte, uno de mis viejos pijamas de invierno está aquí, así que no tengo que ir a robarle ninguno a Ginny. Lo que no logro recordar es en que año lo dejé aquí, pero como llevo sin crecer desde los trece, es bastante complicado de saber. Dejo mi ropa perfectamente ordenada encima de las cajas que tiene ahora la habitación y me tumbo en la cama, empezando a pensar en como solucionar todo este problema. Podría convocar mis cosas, pero lo más probable es que ya las tuvieran. Lo mejor sería que pensasen solo son relatos, pero dudo mucho que sean tan tontos como para creer eso.
— Si te preocupan tus libretas están en nuestro apartamento.
— ¿Qué?
— Cuando te encontré en la calle llevabas un bolso, allí estaban todas tus cosas —dice Fred, dejando el marco de la puerta y entrando para sentarse en la cama conmigo. — Deja de preocuparte, ¿vale? Ya no sirve de nada.
— Probablemente les haya dado ideas de que secuestren a Luna, torturen a Hermione o que ataquen La Madriguera en la boda de Bill y Fleur —Fred pasa su brazo por encima de mi hombro y me acerca a él. — Si intentas consolarme eres pésimo en eso.
— Si han encontrado esos papeles será por algo, tú ves el futuro y sabes que no se puede cambiar, así que daba igual si los encontraban o no.
— No entiendes el peso que es.
— Pues enséñamelo.
— No puedo cargarte con esto.
— Llevo años esperando a que lo hagas, siempre he sido tu mejor amigo, y los mejores amigos se apoyan.
— Entonces, ¿yo qué soy? —dice George apoyado en el marco de la puerta.
— El hermano de su mejor amigo —le contesta Fred mientras que pongo los ojos en blanco. — Aunque si quieres puedes quedarte tú como su mejor amigo, no quiero ese puesto.
— ¿Qué? —la forma en la que Fred rechaza nuestra amistad hace que mi corazón se rompa en pedazos, y lo único que se me ocurre en esos momentos es salir de la habitación.
— ¿Eres idiota? —oigo decir a George cuando cierro la puerta, pero ahora mismo lo único que quiero hacer es morirme de vergüenza.
— ¡Abby, espera! —dice Fred a mi espalda, pero soy algo más rápida que él y consigo llegar a la planta baja y salir por una de las ventanas.
En el momento en el que pongo un pie en la hierba, me arrepiento de haber salido de la casa, donde no me había dado cuenta, pero hacía un calor muy agradable. Había salido solo con el pijama, pero no me esperaba que fuera a hacer tanto frío. Me atraviesa los huesos, dejándome sin poder moverme y caigo a la hierba sin poder evitarlo.
— ¡Desmaius! —oigo gritar a Olivia, y a mi lado oigo como la sombra ríe. — Sé quién eres, déjala en paz.
— No —susurro, pero no me oyen, la sombra se mueve de mi lado para ir con ella.
Sé que pensaba meterse en mi cuerpo, pero ahora lo hace en el de Olivia, haciendo que ella caiga al suelo sin remedio. Oigo a Claire gritar, y luego los pasos que van hacia ella, pero no llega a tiempo ya que la sombra también la atraviesa. Intento moverme, y cuando veo que puedo hacerlo a pesar de seguir sintiendo el frío en el cuerpo, trato de ponerme de pie.
— ¡Déjalas en paz ahora mismo! —chilla Sam con todas sus fuerzas, pero también es tarde para ella, la sombra la atraviesa sin remedio y cae al suelo.
Eso me deja levantarme del todo, mientras que la sombra sigue al lado de los cuerpos de mis amigas, riendo. Hasta que ve a Fred y George, parados en la puerta de La Madriguera y no duda en ir hacia ellos.
— A quien quieres es a mí, ¡vamos! —le grito, y me sorprende cuando se da la vuelta y viene hacia mí. —Llevas persiguiéndome meses, llévame de una vez.
— No podemos huir de La Muerte —dice la sombra, y al igual que ha aparecido desaparece. Las chicas recuperan la consciencia con una bocanada y corro a ayudarlas.
— ¿Qué habéis hecho? —murmuro cuando las ayudamos a levantarse.
— Darte la oportunidad de tener una vida, empieza a aprovecharla —dice Olivia.
— Creo que a las tres nos gustaría contarte más, pero no podemos todavía —dice Sam.
— Hemos hecho lo que teníamos que hacer, ¿vale? —dice Claire. —No íbamos a morir, tú misma sabes cuando va a ser, así que sabemos que podemos ponernos en peligro todo lo que queramos.
— No funciona así —digo, y ellas solo sonríen, con una de esas sonrisas que te parten en dos. —No moriréis, no dejaré que pase.
— A no ser que nos dejes congeladas en un glaciar, dudo mucho que impidas que vayamos a pelear.
— Solo tengo que manteneros unidas —contesto, y ellas no entienden lo que quiero decir. —Prometedme que no os separaréis cuando llegue el momento de pelear.
— No podemos hacer eso, habrá distintas zonas que cubrir y no podemos dejar una vacía solo porque tú quieras.
— Habrá gente para cubrirlas, estoy segura.
— Sé que queréis seguir hablando de esto, pero las tres estáis en pijama y os vais a poner malas, ¿queréis entrar de una vez? —dice George, con un tono bastante paternal.
— Ya voy, papá, ¿me das un beso de buenas noches? —le contesta Sam, y sorprendiéndonos a todos, ambos se dan un beso calificado como "te estoy comiendo los morros y si pudiera te comía entero".
— ¡Iros a una habitación! —dicen Claire y Olivia, mientras que Fred y yo reímos.
— ¿Puedo hablar contigo? —me susurra Fred al oído, y yo solo suspiro, pero asiento.
Entramos por fin dentro de la casa, y vuelvo a notar el calor reconfortante a pesar de que sigo teniendo los huesos congelados. Las chicas suben a su habitación, al igual que George mientras que Fred y yo nos quedamos delante de la chimenea, que sigue encendida para mi buena suerte. Quizás ellas también deberían haberse quedado, deben de estar tan congeladas como yo o incluso más ya que la sombra las ha atravesado totalmente.
Me siento justo delante del fuego, esperando a que Fred diga algo mientras que miro como las llamas consumen el fuego. Puedo ver como bailan entorno a lo que parecen dos figuras, una con barba y la otra con gafas. Desaparece tan pronto como han aparecido, y no puedo evitar acordarme de las nubes mostrándome el futuro. Que tonta fui al no darme cuenta.
— ¿Qué haces? —digo sobresaltada cuando me toca algo que no entiendo que es, pero pronto descubro que es una manta y mi corazón empieza a latir de nuevo. — Para no querer ser mi mejor amigo, bien pendiente de mí que estás.
— No me puedo creer que no lo hayas entendido después de todo este tiempo —dice Fred con una sonrisa que no entiendo a que viene. — Te lo dije en las Navidades del año pasado, quiero que seas mi novia, no mi mejor amiga.
— ¿Qué? —consigo decir, ya que no me esperaba para nada su respuesta. Pensaba que ya se había olvidado de ello, y yo estaba perfectamente bien así, incluso lo agradecía.
— Vive conmigo el presente, Abby, bloquea por una vez futuro y pasado —dice él mientras que se acerca a mis labios. —Yo también tengo miedo de estar contigo.
— No tengo miedo a estar contigo —murmuro, sabiendo que estoy mintiendo de forma descarada.
— Tienes el mismo miedo al compromiso que tienen tus amigas, Olivia dejó a la Slytherin por ello, Sam trata de liarse con quien pueda para evitarlo y Claire... hace lo mismo que Sam y lo mismo que haces tú —explica él, y no puedo evitar reír a la vez que me alejo de él.
— No nos liamos con quien sea para no tener compromiso, y que sepas que Olivia fue la que más ligues tuvo en las vacaciones, no las demás.
— Como se nota que no has estado pasando mucho tiempo con ellas últimamente —murmura él. —Te prometo que no es un reproche.
— Pues ha sonado como uno.
— Lo sé y lo siento —dice mientras que se acerca de nuevo a mí. —De todos modos, sigo pensando que le tienes un miedo al compromiso terrible.
— Si tú también lo tienes, ¿para qué vamos a molestarnos en hacer nada? Estoy muy bien así —digo, pero veo como Fred niega.
— Cuando me enteré de lo del Ministerio estuve a punto de ir hasta Hogwarts, pero mamá me lo prohibió —confiesa, y yo me quedo sorprendida. —Ahora casi te pierdo tres veces seguidas, Abby, por mucho que llamarte novia me cause terror, lo prefiero.
— ¿Por qué yo, Fred? Hay miles de chicas que no tienen tantos problemas, que no han intentado casi matarse ni corren hacia el peligro como idiotas.
— Me sigo preguntando por qué no eras Gryffindor.
— Porque soy una cobarde —confieso. —Gemma me propuso seguir nuestra relación a distancia, pero me negué al igual que ahora me niego a estar contigo. Si no te salvo, viviré con el corazón roto para siempre, Fred, no quiero tener que aguantar eso.
— ¿Por qué sigues pensando en el estúpido futuro? —Fred se aleja de mí y enseguida noto el frío de la habitación, a pesar de la chimenea encendida. —Estás perdiéndote los mejores años de tu vida por algo que todavía no sabes si va a pasar joder.
— ¿No te das cuenta? —consigo decir, antes de notar como se me rompe la voz. —Vienen a por mí, no solo los mortífagos, también esa estúpida sombra que no sé que cojones es.
— Date cuenta de una vez que no me importa, Abbigail, me dan igual los problemas que tengas, ¡deja de alejarnos a todos, joder! A ninguno nos preocupan, somos tus amigos, no tus enemigos. —Fred vuelve a salir de La Madriguera, y aprovecho para coger una de las mantas que hay en el sofá para luego seguirle.
— ¡Os estoy protegiendo! —grito una vez que he cerrado la puerta.
— ¡Nos estás destrozando! —me responde, y consigue que me quede sin habla. —¿Te crees que ha sido agradable verte encerrada en tu habitación tres meses? Las primeras semanas nos despertaban tus gritos de terror, ¡y no tuviste la maldita decencia de decirnos que coño pasaba! Luego te dejamos de ver totalmente porque decides hechizar tu habitación y no nos dejas pasar en ninguna circunstancia, y cuando por fin te vemos, ¡te encuentro en la puñetera calle tirada! Luego resulta que tienes todo el cuerpo lleno de cortes que te has hecho tú misma. ¿Sabes qué fue verte así?
— Yo no... no quería... —trato de buscar las palabras adecuadas, pero no encuentro ninguna.
— No querías, pero lo has hecho. Deberías haber buscado ayuda, pero no quisiste. Ahora te la ofrecemos y también la rechazas.
Fred empieza a andar por el jardín de La Madriguera, alejándose cada vez más de donde estoy. Sé perfectamente que tiene razón, pero en mi naturaleza no está el dejarme ayudar ni vivir el presente. Lo he intentado mil veces, pero vivo para el futuro, y probablemente lo haga mientras siga viendo desgracias en él.
Trato de seguir a Fred, pero en la oscuridad La Madriguera no tiene nada que ver con el día, por lo que tardo poco en perderme entre los árboles cercanos a la casa. No llevo encima varita y no puedo desaparecerme, tampoco puedo guiarme por las luces ya que en la casa no hay ninguna y es una noche nublada. Así que pruebo lo único que me queda para no pasar la noche a oscuras en medio de los árboles.
— ¡Fred! —empiezo a gritar, y a mi alrededor una bandada de pájaros sale volando, asustándome. —¡Fred!
— ¿Perdida, niña? —unas manos que parecen garras me agarran del cuello, dejándome sin respiración. —Creo que te vienes conmigo, el señor Tenebroso estará encantado de conocerte.
Antes de que me dé cuenta, mi poder actúa antes de que ni si quiera lo piense, y la persona que me está agarrando empieza a gritar con agonía. Afloja su agarre en mi cuello y entonces con una gran bocanada de aire empiezo a toser. Sé que no tengo tiempo para quedarme quieta, por lo que me pongo de pie y echo a correr lo más lejos que puedo de esa persona. He debido salirme de los límites de protección de La Madriguera sin darme cuenta, además de haber sido tan estúpida de no llevar varita. Evito mirar para atrás para evitar chocar con un árbol, pero cuando oigo un ruido a mis espaldas no puedo evitar hacerlo, chocando con alguien en cuanto lo hago.
— ¡Abby tranquila! —empieza a gritar Fred, y yo me doy cuenta de que estaba gritando. —¿Qué ha pasado?
— En el bosque, hay alguien, casi me estrangula —digo con dificultad, me duele muchísimo la garganta. Fred se levanta con la varita en alto, y cuando veo que quiere entrar al bosque, me levanto rápidamente para agarrarle. —Por favor, volvamos dentro.
— Si esa persona ha entrado en los límites estamos en peligro, Abby —dice él, pero yo niego.
— Ya lo estamos, conseguirán atravesarlos y quemarán La Madriguera, vamos por favor.
Fred suspira, pero me hace caso sabiendo que tengo razón, y yo me pego a él hasta que llegamos a la casa. Tengo muchísimo miedo, no solo porque casi me mata, si no porque quería llevarme con él. Fred sube las escaleras hacia su habitación y yo le sigo sin dudarlo, no voy a ser capaz de pegar ojo esta noche y mucho menos si tengo que dormir sola.
Abrimos la puerta evitando hacer ruido para que los señores Weasley no se den cuenta de que no estábamos durmiendo, y en cuanto estamos dentro, lo primero que hace Fred es encender la luz, sin que le importe George. Que resulta que no está en la habitación. Prefiero no preguntar donde está y me acerco directamente a la cama de Fred a recoger mi varita, no pienso volver a soltarla.
— ¿Cómo tienes el cuello? —pregunta Fred a mis espaldas, me giro para que lo vea y por su expresión puedo deducir que lo tengo hecho una mierda.
— Me duele —consigo decir. —Pero le he devuelto el daño, igual que hice con el mortífago del Ministerio.
— Evita hablar, solo lo hará peor —dice, pero me encojo de hombros, ahora mismo tengo otras preocupaciones de las que parece que Fred no quiere hablar ya que apaga la luz y luego se va directo a su cama.
— ¿Podemos hablar? —murmuro y Fred suspira, pero lo tomo como un sí. —No me puedo centrar en el presente, Fred, necesito ayudar a la gente. Si quieres estar conmigo tienes que aceptar eso, no puedo ni quiero cambiar quien soy por ti.
— No quiero que cambies, Abby, quiero que me dejes ayudarte con todos tus demonios —murmura Fred. —¿Duermes conmigo?
— Por favor, estoy muerta de miedo —digo, y me tumbo con él en la cama. —Nunca había dormido con nadie.
— Dormiste conmigo el otro día.
— Estaba inconsciente.
— ¿Nunca dormiste con Smith?
— Claro que me acosté con ella, pero por si no te has dado cuenta, en Hogwarts es complicado dormir en otras salas comunes, bastante que me colé en la de Hufflepuf y ella vino a la de Ravenclaw.
— ¿Me estás diciendo que George y yo hubiéramos podido ir a la sala común de Ravenclaw y nunca fuimos?
— Tampoco preguntasteis, aunque de todos modos no hubierais podido subir a la habitación.
— Eso crees tú, uno tiene sus métodos para saltarse la protección de la escalera. Y si no hubieras podido venir a Gryffindor.
— Ni loca hubiera entrado en vuestra sala común, ¿y si me hubieran visto?
— Harry tiene una capa de invisibilidad, se la hubiéramos pedido prestada.
— Así que hubiera podido ir a vuestra sala común a molestaros, pero nunca se os ocurrió.
— La Ravenclaw eres tú, a mí no me mires.
— La luz está apagada, tampoco es que pueda mirarte.
— ¿Y si dormimos y dejamos de hacer el tonto? Mamá nos matará mañana cuando vea tu cuello, así que por lo menos podríamos dormir algo. —Noto como Fred se acomoda en su trozo de cama sin tocarme, así que me muevo un poco más para que se encuentre cómodo y luego le uso de almohada.
— Mañana lo curaré y no tendrá por qué saber nada.
— Pero tenemos que contarles que pueden haber entrado en La Madriguera.
— Fred, se me cayó la manta, ¿vale? Mañana la vamos a buscar y podremos saber donde ha sido.
— Seguro que la ha movido o se la ha llevado o... —empieza a divagar, y no puedo evitar darle una pequeña patada.
— ¡Por Merlín, cállate ya!
— Cállame entonces.
Por un momento logro centrarme en el presente, y no dudo en besar a Fred para callarle. Él no duda en seguir el beso que, sin ninguna sorpresa, empieza a subir de tono. Sé perfectamente que no vamos a tener sexo aquí, en La Madriguera, con sus padres durmiendo unas habitaciones más allá, su hermano que puede venir en cualquier momento e incluso nuestras amigas podrían aparecer por la puerta. Pero no me impide fantasear con qué pasaría si siguiéramos.
Un ruido en la última planta de la casa seguido de dos personas que bajan por las escaleras nos hace separarnos de golpe, y sin ni siquiera decir nada, ambos empezamos a fingir que estamos durmiendo. La puerta se abre lentamente, y me entran ganas de reír cuando oigo que George choca con una de las cajas. A mi lado, Fred se mueve y noto como mueve la cabeza de forma en que su boca queda escondida en mi pelo.
— Sé que estáis despiertos —dice George, para luego encender la luz.
— Apaga eso, cabrón —murmuro tapándome la cara con el edredón de la cama. No he olvidado que tengo el cuello hecho una mierda.
— Sal de ahí, vamos.
George no me da tiempo a que agarre el edredón cuando tira de él, dejándonos totalmente al descubierto. Trato de moverme rápidamente para que no vea el cuello, pero sé que es un intento estúpido ya que lo que había empezado con una risa por parte de George, frena de golpe.
— ¿Qué coño te ha pasado? —murmura él mientras que me aparta del pecho de Fred, donde me había escondido.
— Salí, ella me siguió, alguien intentó ahogarla —susurra Fred, y entonces me doy cuenta de lo que está pensando.
— No es tu culpa, Freddie —me suelto de George y vuelvo a su lado, para luego pasar la mano por mi cuello y en seguida noto muchísimo alivio. —Estoy segura de que salí de los límites y por eso el mortífago estaba ahí.
— No me habías dicho que era un mortífago, Abby —dice Fred seriamente.
— Creo que no va a valer con que te escondas aquí o en nuestra casa, Abby —menciona George, aunque eso ya lo sabía. —Dudo mucho que la casa que te dejó tu madre sirva, así que olvida lo de ir al Ministerio mañana.
— Ya le he dicho a tu padre que iría —murmuro, y ambos chicos suspiran. —No es solo por mí, quiero que vuestros padres tengan algún lugar donde quedarse mientras que reconstruimos La Madriguera.
— Somos magos, en un día estará reconstruida —dice Fred.
— Aun así, hay que proteger a Harry, Ron y Ginny.
— Esos tres no necesitan protección, y lo sabes perfectamente —dice ahora George seguido de una sonrisa, está orgulloso de sus hermanos aunque no lo diga.
— Está bien, me rindo, ¿dormimos?
— Pensaba dormir con Sam en la habitación de Ron, pero ha oído un ruido, se ha asustado y al final ni polvo ni nada —se queja George. —Estúpido ghoul.
— No necesitaba saber que te ibas a tirar a una de mis amigas —le digo, y él se encoge de hombros.
— Tú te tiras a mi hermano gemelo y yo no te he dicho nada, así que te aguantas.
— Todavía no me he tirado a tu hermano en tu casa —a mi lado, Fred no puede evitar reírse.
— Todavía, tú lo has dicho, y como seguramente os mudéis a nuestro apartamento y dormiréis juntos, tendré que oírlo, así que te jodes ahora.
— Menos mal que eres el gemelo con tacto —le digo a George, y él me saca la lengua.
Cojo la varita de la mesilla de Fred y apago la luz para que podamos irnos a dormir de una vez. Estoy bastante cansada, además de que han sido demasiadas cosas para un único día. Fred se acomoda en la cama para luego acercarme a él y me abraza, lo que me tranquiliza. Desde la posición en la que estoy consigo escuchar su corazón, lo cual hace que me quede profundamente dormida en cuestión de minutos.
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