Capítulo 18
Hay mucha luz en la muerte, o lo que supongo que es la muerte, blanca y pura. No como la batalla del ministerio, que ha sido negra y oscura. Como será el mundo mágico en los próximos años. Han pasado demasiadas cosas en solo un curso, demasiadas cosas que asimilar.
— ¿Abby? — Primero oigo la voz, luego aparece el pelo castaño y los ojos verdes. Si no fuera porque tiene una pequeña arruga en el puente de la nariz, pensaría que soy yo. Y ni siquiera me he dado cuenta de que he abierto los ojos—¿Qué haces aquí?
— Mamá. — Murmuro, y hago lo primero que se me ocurre, correr a abrazarla. —Creo que he muerto, pero no estoy segura, sigo oyendo las voces que me llaman, puedo oír a Harry gritando que Sirius va a volver, que yo voy a volver.
— ¿Qué has hecho? — Su tono maternal no pasa desapercibido, y no duda en regañarme. —Tienes que volver a tu cuerpo antes de que te encuentre.
— ¿Quién me busca? — Mi madre me mira sorprendida, como si en estos momentos tuviera que saberlo. —¿Mamá?
— Tu otra madre, Abby.
— ¿De qué estás hablando? —consigo decir, siendo plenamente consciente de que se está cumpliendo mi visión.
— Dime ahora mismo como has llegado hasta aquí. — Me exige, y yo doy un paso atrás.
— Por un arco que hay en el ministerio de magia, Sirius acaba de caer por ahí y he oído las voces y...
— ¡No! — grita, y entonces empieza a empujarme. — ¡Vete ya, vamos, no puedes estar aquí, tienes muchas cosas que vivir!
— ¿Dónde estoy? — Pregunto mientras que sigo andando en dirección al arco, que lo tengo a un paso. —¡Mamá!
— Abbigail, no es el momento, esto no tendría que estar pasando, vuelve con tus amigos. No dejes que ella te encuentre.
Con un último empujón por su parte, cruzo el arco de nuevo, y cierro los ojos. Ya no oigo la voz de Harry, pero sin embargo sí que noto que alguien me coge en brazos, no dejando que caiga al suelo.
— Esto es imposible. — Oigo murmurar a mi lado, y abro los ojos para ver que es el profesor Lupin quien ha impedido que me abra la cabeza. — ¿Qué eres, Abbigail Stone?
— Eso me gustaría saber, profesor. — Consigo decir, y empiezo a mirar a todos los lados al oír gritar a uno de los nuestros de dolor.
Lo siguiente fue ver a Bellatrix Lestrange salir corriendo con Harry detrás tratando de aturdirla. Trato de levantarme para ir a ayudarle, pero Lupin me empuja contra el suelo y me deja allí mientras que va a ayudar a Dumbledore con los mortífagos. En cuanto Lupin lo tiene todo controlado, Dumbledore sale detrás de Harry y yo veo que es el momento para ir allí también. Oigo los gritos de Bellatrix por todos lados, hasta que una voz me deja totalmente paralizada en el sitio, y más cuando le veo. El mismísimo Lord Voldemort está delante de Harry, al que Dumbledore empujó para empezar una nueva pelea. Una explosión me mandó contra una de las paredes y perdí la consciencia para recuperarla cuando mi cuerpo estaba volando hacia una de las chimeneas.
— ¡Ella es poderosa, amo, casi mata a Jugson sin utilizar la varita! — Oigo decir a Bellatrix.
Pensando que iba a entrar a la red flu, no estoy nada preparada para el golpe con el que caigo al suelo, justo al lado de una chimenea con las llamas verdes, de la que veo salir al mismísimo Ministro de Magia.
— ¡Estaba ahí! — Oigo gritar a un señor, y veo como el Ministro de Magia asiente.
— Yo también lo he visto. — Murmura. — Pero ¿cómo? En el mismo ministerio...
— Si baja al departamento de misterios podrá encontrar a nueve mortífagos. — Dice Dumbledore, justo a mi lado. Harry está con él, y me ayuda a levantarme para luego abrazarme. — Están en la cámara de La Muerte, para ser exactos.
— ¿Cómo sigues viva? — Murmura Harry y yo me encojo de hombros. — Querían secuestrarte ahora mismo, te has expuesto demasiado cuando casi matas al mortífago.
— Era eso o que me torturasen. — Consigo decir, y él asiente, dándome la razón.
— Señorita Stone, ¿puede ir a comprobar si sus compañeros se encuentran bien? — Me pregunta Dumbledore en un tono de orden que no dudo en seguir, a pesar de que tengo la sensación de que en cualquier momento voy desmayarme.
Voy andando despacio hasta que desaparezco de la vista de todos los que están en el vestíbulo, y bajo corriendo hacia el departamento de misterios a pesar de la cantidad de vueltas que me da la cabeza. No me había dado cuenta de que habíamos cambiado de lugar hasta ahora, aunque supongo que ha sido debido a toda la adrenalina que he estado teniendo en vena. Pronto encuentro a Luna, ya consciente, y juntas vamos a buscar a los demás, que están junto a Madame Pomfrey y el profesor Lupin.
— Coged el traslador, venga, no hay tiempo, hemos perdido mucho esperando a Stone. — Nos apremia Madame Pomfrey, y entonces me fijo en que todos están más o menos conscientes. Desorientados, pero conscientes.
Toco el translador justo a tiempo y aparecemos en la enfermería de Hogwarts, en mitad del pasillo. Para mi suerte, consigo llegar de pie, a pesar de que me tambaleo un poco y casi me caigo. Madame Pomfrey nos obliga a tumbarnos en las camillas, y va sanándonos uno a uno, Neville vuelve a tener una nariz proporcional a su cara, Ron está casi curado de las heridas hechas por el cerebro, el tobillo de Ginny está como nuevo y Hermione y Luna se ven aliviadas, aunque Hermione parece algo dolorida en la zona de las costillas. Por mi parte, lo único que hace Madame Pomfrey es quitarme el horrible dolor de cabeza que tenía y la sensación de mareo, lo cual ya es todo un alivio.
Hermione y Ron tuvieron que pasar varios días en la enfermería, e íbamos a verles todos los días, hasta que llegó uno de los números de El profeta y mi curiosidad por ver que decía Hermione sobre el tema me hizo ir a pesar de que mis EXTASIS empezaban en media hora. Empezamos a leer el profeta justo cuando llegó Harry, a quien no había visto en todo este tiempo ya que no coincidíamos.
— Mira, ya te han nombrado, Harry. — Dice Hermione, levantando durante unos segundos la vista del periódico.
— El niño que vivió, otra vez. — Dijo Ron y se comió una rana de chocolate.
— Te están haciendo la pelota, no es nada de otro mundo. — Hermione cerró el periódico y suspiró. — Cambiando de tema, ¿qué está pasando por el colegio?
— Los EXTASIS empiezan hoy. — Digo, y Hermione pone una cara de terror por verme todavía allí. — Calma, me quedan quince minutos todavía y la enfermería está muy cerca del Gran Comedor, ya lo sabes.
— El profesor Flitwick ha hecho desaparecer el pantano de Fred y George. — Interviene Ginny, y la dejo hablar, no necesito que me metan prisa. — Aunque ha dejado una muestra como recordatorio.
— Les debe ir realmente bien. — Dice Ron, y luego señala las ranas de chocolate. — Me han mandado todo eso.
— Te robo una, dicen que el chocolate viene bien para los exámenes, nos vemos la semana que viene.
No dejo responder a Ron y le cojo la rana para luego salir corriendo. El tiempo se ha ido agotando y ya casi es la hora del primer examen. Llego justo a tiempo para que se cierren las puertas y comienza el examen de transformaciones. Por la mañana teoría y por la tarde práctica, no paro en ningún momento de la semana y, cuando llega el viernes con el examen práctico de pociones, sé que he conseguido los cinco extraordinarios, superándome a mí misma. Pero tampoco es que lo vaya a ir diciendo por todos lados, cinco EXTASIS tampoco eran gran cosa.
Con los exámenes acabados, ya solo quedaban dos días en Hogwarts, y por tanto dos días para mi cumpleaños. Siempre regresábamos a casa el uno de julio, por lo que mis cumpleaños siempre habían sido en el tren, junto a los gemelos, pero este año fue junto a Claire, Sam y Olivia, que en ningún momento se separaron de mí. Harry les había contado a todos que atravesé el mismo arco que Sirius, con la diferencia de que yo volví. A consecuencia de esto, mis amigas no se separaron ni un segundo de mí, excepto para los exámenes y las veces en las que iba a la enfermería, donde estábamos obligadas a hacerlo uno porque los exámenes son individuales y lo otro porque Madame Pomfrey no quería tanta gente allí. No había querido pensar en nada de lo que había ocurrido en el departamento de misterios, y por eso la profecía seguía en mi baúl, envuelta en una sudadera de algodón para evitar que se rompiera.
Mientras que estábamos en el tren, las chicas me dieron la noticia de que teníamos un apartamento en el callejón Diagon, al lado del que tenían los gemelos. Eso eran muy buenas noticias, así que no dudé en abrazarlas fuertemente por ello. Sabía que lo más probable es que ellos tuvieran algo que ver con haber conseguido ese apartamento, ya que nosotras desde Hogwarts no podíamos hacer mucho.
Llegamos a media tarde a la estación de King Cross, haciendo que este fuera nuestro último trayecto en el tren. Y ninguna nos habíamos dado cuenta hasta que no frenó y vimos la estación.
— Pues... hemos acabado Hogwarts. — Murmuró Claire, y empecé a sentir un nudo en la garganta.
— No me quiero ir. — Dijo Sam, y entonces empecé a notar las lágrimas por mis mejillas.
No era la única que las tenía, en cuanto las cuatro vimos que estábamos llorando no dudamos en abrazarnos fuertemente para luego reír. Se cerraba una etapa de nuestras vidas, sí, pero eso no quería decir que la siguiente fuera a ser mala. Me arrepentía muchísimo de no haber hablado con ellas mucho antes, pero ya no podía hacer nada.
Hechizamos nuestros baúles para que entrasen en nuestros bolsillos y salimos del tren junto a Harry, Ron, Hermione y Ginny, que habían estado todo el rato en el compartimento de enfrente. Empecé a mirar en todas direcciones, buscando a los gemelos, pero era incapaz de verlos por ningún lado. Tampoco estaba la señora Weasley, así que empecé a suponer que no les habían dejado cruzar la barrera para recogernos. Esperamos pacientemente a que nos dejaran salir de la estación, y como si nada todos salimos al mundo muggle, hablando entre nosotros. Nos tuvimos que dividir en dos grupos, primero pasaron Harry, Ron, Hermione y Ginny y luego pasamos nosotras, pero yo ya estaba bastante impaciente.
Salir al mundo muggle nunca había sido mi parte favorita ya que significaba volver al orfanato unas semanas hasta que pudiera ir con los Weasley en las dos últimas semanas de verano. Pero esta vez estaba ansiosa por ver a los gemelos, y muy a mi pesar a uno más que otro. Solo esperaba que no les hubieran dicho nada sobre la batalla del ministerio, aunque teniendo en cuenta que había salido en el periódico y que Ron y Hermione habían estado en la enfermería al igual que Ginny, lo más probable era que lo supieran.
Cuando por fin atravesamos la barrera, lo primero que veo es a la señora Weasley abrazando a Harry, supongo que por la muerte de Sirius. Entonces veo a los gemelos y no puedo evitar salir corriendo en su dirección. Quien más cerca está es Fred, al que me lanzo sin pensarlo y él me coge rápidamente. Empiezo a reír como una loca y oigo que él también lo hace.
— ¡Os he echado de menos! — chillo y entonces veo a George por encima del hombro de Fred, que me levanta una ceja. — A ti también, no te preocupes que ahora me engancho como un mono.
— Eso si te dejo soltarte. — Me dice Fred al oído y entonces una risa se me escapa, y es bastante nerviosa.
— Tus padres están aquí, bájame venga. — Le digo, pero el me abraza con más fuerza.
— Ni que eso te importase mucho. — Me dice, y le doy un golpe suave en el hombro que hace que me baje, por lo que aprovecho para ir a abrazar a George.
— ¿Qué se supone que lleváis puesto? — Les pregunto al darme cuenta de que van de un verde para nada discreto.
— Chaquetas de piel de dragón, el negocio nos va muy bien. — Dice George, y Fred asiente orgulloso.
— Estupendo, ¿me dais trabajo? — Oigo decir a Sam por detrás de mí, y los gemelos sonríen de oreja a oreja.
— ¡El puesto es tuyo! — dicen a la vez, y Sam se lo agradece con una sonrisa.
— ¿Leísteis mi carta? — Preguntó Claire, y vi a ambos asentir, para que luego se girasen en mi dirección.
— ¿Cómo se te ocurre ir hacia el arco? — Pregunta George.
— ¿Querías suicidarte o qué? — Pregunta ahora Fred, y yo solo suspiro. Para variar no me apetece dar explicaciones.
— No es el momento, ¿podemos irnos? — suplico, pero los cinco niegan. — Estamos en mitad de una estación muggle, no es el mejor momento.
— Bien, vamos a La Madriguera. — Resuelve Fred, y entonces tengo miedo. Ir a La Madriguera implica que la señora Weasley lo sepa, y probablemente ya sabe que fui incapaz de proteger a todos los que fuimos allí. — Mamá no te va a hacer nada, te agradecerá que intentaras protegerlos a todos.
— Y tratará de engordarte. — Dice George, y entonces se fija en lo delgada que estoy. — ¿Cuánto has comido desde que nos fuimos?
— Demasiado poco supongo. — Digo mientras que me encojo de hombros y sigo a los gemelos, Claire, Sam y Olivia, que está más callada que nunca. Ella ha sido la más afectada por todo lo que ha pasado desde la vuelta de las vacaciones de Pascua.
Nos acercamos a donde está la familia de Harry, los cuales parecen totalmente asustados de Moody, aunque lo raro sería que no lo estuvieran. Hacemos acto de presencia solo para apoyar lo que sea que les están diciendo y entonces, para mi sorpresa, la tía de Harry me mira fijamente.
— Allison. — Murmura, y yo no puedo moverme. — Sé que eres tú, no hace falta que finjas que no sabes quien soy.
— Lo siento, señora, pero no soy Allison. — Digo, y a mi lado noto como Fred me coge la mano. — Soy su hija, Abby. No sabía que conocía a mi madre.
Como ya me esperaba, la tía de Harry empieza a ignorarme, lo que resulta un alivio a pesar de que quiero saber por qué conoce a mi madre. Aunque teniendo en cuenta que era amiga de Lily, supongo que la conocerá de eso. Al final Harry se marcha con sus tíos y su primo, mientras que los demás nos vamos de forma poco disimulada hasta un callejón. Hermione ya se había ido con sus padres, por lo que pudimos desaparecernos junto con Ginny y Ron en una aparición conjunta para ir a La Madriguera. Llegamos a una distancia prudencial de ella, como si no pudiéramos aparecer en sus terrenos, y cuando veo como Moody levanta su varita y se rompe una pequeña cúpula imperceptible, entiendo que es así.
Todos pasamos a la acogedora casa de los Weasley, y a mi lado las chicas no dejan de estar maravilladas con todo lo que ven, incluido el reloj que tiene todos los nombres de los miembros de la familia. Ahora mismo todos están apuntando a peligro de muerte, por lo que no puedo hacer otra cosa que no sea suspirar.
— Abbigail, tenemos cosas que hablar. — Dijo Moody a mis espaldas, y yo solo asentí. A su lado, el profesor Lupin tomó asiento en una de las sillas de la cocina mientras que la señora Weasley empezó a hacer la cena.
— Ron, Ginny, Fred, George, a vuestras habitaciones. — Ordeno la señora Weasley, y los gemelos empezaron a quejarse de forma ruidosa. — Vosotras también, queridas.
— ¡No nos puedes obligar! — dijeron los gemelos a la vez, y todos los demás a los que la señora Weasley había ordenado que se fueran asintieron.
— Nosotras queremos pelear contra Quien-Ya-Sabéis. — Dijo Olivia por primera vez desde que llegamos a Londres, y Moody sacó una pluma y un pergamino, listo para que las tres firmasen.
— ¡Sois muy pequeñas para eso! — Dijo la señora Weasley, y entonces Sam, que había sido la primera en firmar, fue con ella.
— Han matado a nuestros padres, señora Weasley, tenemos que luchar por ellos. — Dijo, y entonces la señora Weasley la abrazó fuertemente.
— Oh queridas, lo siento mucho, no sabía nada. — Empezó a decir, y las tres solo negaron. Entonces se fijó en los gemelos, que estaban al lado del pergamino y George listo con una pluma. — Vosotros dos, seguís sin poder firmar.
— Molly... — Empezó a decir el señor Weasley, y luego se puso al lado de su mujer y le susurró algo al oído.
— ¡Pero son nuestros hijos! — Exclamó ella, y el señor Weasley negó.
— Son mayores de edad, Molly, ya tienen dieciocho y su propia tienda. — Argumentó el señor Wealsey.
Molly Weasley empezó a tener un dilema interno y al final les dejó firmar para la Orden del fénix, pero se aseguro de echar a Ron y Ginny que con muchas protestas se fueron a sus habitaciones.
— Por cierto, Abby, feliz cumpleaños. — Me dijo la señora Weasley y yo le sonreí de oreja a oreja. — He hecho galletas de avena para ti, las podemos poner unas velas y ya tienes tu tarta.
— Muchas gracias señora Weasley, ya sabe que no hacía falta. — Le digo, pero ella solo sonríe y con un movimiento de varita, hace que las verduras empiecen a cortase solas.
— Ahora no hay tiempo de felicitaciones, vamos a hablar de lo que pasó en el ministerio. — Empezó a decir Moody, y yo solo suspiré, no quería hablar de eso. — ¿Cómo escapaste a una maldición asesina, Stone?
— ¿¡QUÉ!? — gritaron los gemelos y mis amigas, haciendo que me sobresaltara.
— Explícate. — Me exigió Moody, pero solo pude encogerme de hombros.
No tengo la explicación que quiere, al igual que sé que no voy a tener ninguna para las preguntas que me haga.
— ¿Y el velo de la muerte? ¿Cómo conseguiste volver? — Me vuelve a exigir y aprovecho para abrazar mis rodillas y apoyar la cabeza en ellas.
— Mi madre estaba al otro lado. — Murmuro, y todos en la sala se callan, esperando a mis siguientes palabras. — Dijo que no tenía que estar allí, me empujó de vuelta por el arco.
— ¿Te dijo algo más? — Preguntó Moody, y yo negué rápidamente, no pensaba decir nada de mi supuesta otra madre. Aunque veo de reojo como Claire, Olivia y Sam se revuelven incómodas en la silla. Creo que han relacionado la visión que les conté brevemente con esto.
— Si no hay nada más que decir, vamos a cenar y a celebrar el cumpleaños de Abby, Alastor. — Ordenó la señora Wesaley, y al ex-auror no le quedó otra que aceptar ya que no podía sacar nada en claro de ahí. Nada más allá de que por algún motivo extraño, la muerte no parecía afectarme.
Moody se levantó de la mesa y se despidió de todos rápidamente, yéndose de La Madriguera. Tampoco esperaba que se quedase por mi cumpleaños, como hicieron Tonks y el profesor Lupin. Cenamos entre risas, a pesar de saber lo que se nos venía encima, y cuando sople las velas de las galletas, todos empezaron a aplaudir. Mis amigas sonrieron y me tendieron un papel, donde estaban nuestros itinerarios para nuestro viaje a lo muggle. Los gemelos a su lado sonrieron y entonces me di cuenta de que ellos las habían ayudado a preparar todo.
— Nos vamos mañana, así que deberíamos ir a dormir. — Dijo Claire, y yo solo asentí feliz.
— Si necesitáis algo, podéis venir cuando queráis. — Nos dijo la señora Weasley al despedirnos de todos, y nosotras asentimos.
Los seis salimos de los límites de La Madriguera y nos desaparecimos para llegar al Callejón Diagon, donde estaba nuestros apartamentos. Me moría de ganas de ver la tienda de los gemelos, pero era demasiado tarde para hacerlo, además ya lo haría a la vuelta, había tiempo.
Claire, Sam y Olivia no me dejaron despedirme de ellos, nos metimos en nuestra nueva casa rápidamente y me obligaron a irme a dormir, al igual que hicieron ellas. Con la diferencia de que yo no conseguí dormir nada, empezábamos una nueva vida.
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