CapítuloIX
En mi departamento revisé los mensajes, había uno de Gonzalo:
—Lucía, estoy invitado a la recepción en el Internacional. Quisiera saber si me acompañarías.
Esa recepción era el evento del año, iba a salir en todas las portadas y revistas del mundo.Parecía muy raro que con el conflicto de un posible divorcio, Gonzalo me invitara justamente a mí —mendiga de su compañía— era como si siguiera manejando mis hilos de marioneta. Sin embargo y a pesar de las dudas,al otro día pasé por Laura y me la llevé por asalto a comprar un vestido adecuado para la ocasión.
—¡No tenés arreglo—mascullaba mi amiga— caes siempre en la misma.
— Sentate y mirá —ordené con autoridad.
Laura revoleó los ojos y levantó los hombros sin voluntad de oponerse. Siempre elijo el negro; me fascina como resalta el tono de mi piel y esta vez no fue la excepción. Un soberbio vestido de encaje y azabaches que me quedaba perfecto. Hasta Laura emitió un silbido de aprobación:
—¡Hermoso!
A las ocho llegó Gonzalo formal y elegantísimo. Laura me despidió saludando con las dos manos y cara de ilusión como si despidiera a la Cenicienta.
Nunca he pasado desapercibida y en esta ocasión eramos la pareja estrella; todos los ojos estaban atentos a nuestra llegada. Recordaba otro tiempo y a Gonzalo orgulloso de mostrarme a su lado, como si fuese un premio para exhibir.
En esta oportunidad me llevaba sujetándome el codo dominando mi dirección; lo cual me causó una rara sensación de sentirme dominada, que no me gustó en modo alguno. Creí que sería una idea mía y la desestimé.
Al tomar asiento vimos que Ignacio entraba al salón, sonriendo amablemente a todo con quien se cruzaba. Gonzalo tensó la expresión al verlo acercarse a nuestra mesa.
—Hola Lucía, estás soñada —no me esperaba el cumplido y agradecí con torpeza— Luego pregunté si estaba solo y respondió que sí.
—Hace poco que estoy acá, soy simpático pero no puedo hacer amigos tan pronto.
Y luego —haciendo caso omiso a que Gonzalo me acompañaba— me pidió que bailara con él. Siempre adoré bailar y no esperé que me repitiera la pregunta. Salí despedida como si la silla pinchara y tomé la mano de mi socio mientras Gonzalo mordía vidrios y miraba a Ignacio con gesto amenazante. Era buen bailarín y yo lo seguía feliz, había pasado mucho tiempo de no divertirme tanto. Al volver a la mesa Gonzalo estaba furioso, me había llevado para lucirme y yo lo había desairado al irme con nuestro socio.
Ignacio me dejó en la mesa.
—Muchas gracias Lucía fuiste muy amable. —Gonzalo —saludó— y se retiró por donde viniera.
—Espero que estés satisfecha — en tono de reproche— al quedar a solas.
—¿De qué hablás?
—¡Me hiciste quedar como un idiota! ¡Vos estás conmigo!
Me sorprendió su tono y sus palabras.
—Yo —le dije conteniendo la voz— estoy trabajando con vos y te acompañé como socios. Estuve con vos: "tiempo pasado".
Cuando llegaron los postres le ordenó al mozo que los retire en una forma muy descortés, que me avergonzó por la actitud altanera. No lo recordaba ni reconocía de esta forma.
—¡Nos vamos!
—Pero si todavía no sacaron las fotos que querías para la campaña.
—¡Te dije que nos vamos!
Me levanté molesta pero no quería hacer escándalos. Salí delante de él y estaba segura que las murmuraciones eran sobre nosotros.
Cuando trajeron el auto me tironeó del brazo con fuerza, sus dedos se me hundían en la carne y no me podía mover.
—-¡Soltame!
—¡No quieras jugar conmigo! ¡Ya una vez te descarté! ... Soy yo quien decido.
De un empujón me tiró contra el auto golpeándome el costado; parecía como si algo lo poseyera. No era para nada, el hombre de quien me enamoré hacía más de una década. Debo haberlo mirado con horror, ya que inmediatamente observó hacia todos lados buscando que no hubiera testigos y me ordenó que subiera abriendo la puerta.
—Te llevo a tu departamento, mañana hablamos.
A estas alturas, yo no tenía ningún entusiasmo de estar a su lado, pero no quería empeorar las cosas,así que me senté sosteniendo mi brazo dolorido e hice silencio.
—Te traje para cerrar negocios, tenías que estar al lado mío hasta que tomaran las fotos. Me pusiste en ridículo.
Yo encontraba su lógica incomprensible, no tenía sentido.
—No soy tu mujer. Esto era un contrato de trabajo; pero creo que después de lo que pasó, se termina acá mismo.
Gonzalo manejaba a mucha velocidad y apretaba la mandíbula.
—No te voy a dejar ir. Los papeles están firmados. El contrato es millonario y no lo pienso perder por tu culpa.
Cada vez me asustaba más.
—No puedo entender que te pasa. Hace años que no nos veíamos, ¿qué querías que hiciera? ¿Que esté a tu disposición para cuando te acuerdes? Tengo una profesión y una vida. No soy un juguete.
—-Frenó de golpe al llegar y antes de bajar, me gritó a la cara:
—Si te vas, mis abogados te van a arruinar por incumplimiento de contrato, angustia moral y cuanta cosa más se les ocurra. No creo que puedas responder económicamente así que pensalo.
Fue lo último que le oí decir. Desconcertada, desvalida; con el hermoso vestido que refractaba las luces de la calle, tardé en reaccionar y permanecí de pie en la vereda, llorando la despedida de mi viejo gran amor.
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